lunes, 28 de agosto de 2017

Astronauta


El astronauta contempló la tierra desde el módulo espacial: pupila azul clavada en unas fauces oscuras y espumantes de estrellas y horrores.

sábado, 26 de agosto de 2017

El marciano que aterrizó en Woking


*Esta reseña apareció en minuevaedad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/8/16/el-disco-del-mes-stanley-road-de-paul-weller/


Interprete: Paul Weller

Título: Stanley Road

Discográfica: Go! Discs

Género: Rock

Duración: 52m: 10s.

Número canciones: 12

Fecha de publicación: 7 de junio de 1995



El marciano que aterrizó en Woking


El próximo 15 de septiembre, el artista británico Paul Weller tocará en Madrid, y un día antes lo hará en Barcelona. Con motivo de su visita, que garantiza un puñado de canciones, sencillamente, excepcionales, recomiendo como disco del mes uno de sus trabajos maestros pertenecientes a su época en solitario: Stanley Road.
En efecto, Paul Weller, uno de los mejores y más valorados compositores de música rock, junto a los tándems de Lennon/McCartney y Jagger/Richards, ha sido capaz de firmar una cantidad prodigiosa de canciones inolvidables. Weller, nacido en Woking —a unos 40 kilómetros de Londres, localidad célebre por encontrarse allí la factoría del equipo McLaren de Fórmula 1, y por ser el lugar en donde aterrizaron los marcianos al principio de la novela de H. G. Wells, La guerra de los mundos— ha pasado por tres etapas musicales. En primer lugar, con el grupo surgido en el punk y que lo encumbró: The Jam. Después, con una de las formaciones de mayor clase en la historia del pop, The Style Council. Y por último, tras disolver estas exitosas agrupaciones, se embarcó en una prolífica carrera en solitario.
Stanley Road, por tanto, fue el tercer disco de su carrera como solista, y recibe el nombre de la calle de Woking en donde Weller se crio. El disco es un ejemplo de la demoledora capacidad del autor para crear canciones rotundas y perfectas. Weller, que contaba con diferentes números uno de sus etapas anteriores, llevó este trabajo a lo más alto de las listas británicas. Sin duda, alberga algunas de las mejores composiciones que haya escrito en su vida, y eso es mucho decir de alguien que ha firmado A Town Called Malice, Shout To The Top… y un larguísimo etcétera.
Stanley Road es un santuario de canciones, de brillantes canciones. Desde el principio, con The Changing Man, una de sus composiciones más eléctricas, se nos asegura que estamos ante un disco trepidante: le siguen Porcelain Gods y I Walk On Gilded Splinters —versión de una canción de Dr. John popularizada, entre otros, por los Allman Brothers— y que conforman un terceto excepcional para arrancar.
Y después, una de las canciones más inolvidables que haya compuesto Paul Weller: You Do Something To Me. Solamente por esta delicada pieza ya merecería la pena el disco. Pero por si todo ello fuera poco, y junto a otro grupo de temas realmente excepcionales, Stanley Road aún alberga varias obras maestras: Time Passes, Out Of The Sinking, Broken Stones (donde Weller alcanza una de sus más elevadas cotas de lirismo) y Wings Of Speed, una balada que pone los pelos de punta gracias al dúo realizado con Carleen Anderson, cantante de algunos grupos de Acid Jazz, como Incognito.
Porque este es un aspecto decisivo en Stanley Road: la enorme calidad de los músicos que colaboran con Paul Weller. Además de la citada Carleen Anderson, encontramos a Steve Winwood, Noel Gallagher de Oasis, Dr. Robert (que fuera líder de los Blow Monkeys), Mick Talbot y Steve White (que junto a Weller formaban The Style Council) y el guitarrista Steve Cradock (de Ocean Colour Scene).
El talento se acumula en este trabajo y se desborda incontrolable. Es Stanley Road una serie de canciones con una garra desencadenada, que saben convivir junto a momentos estelares de gran sensibilidad. La suma de todo ello, coloca a Stanley Road en un lugar de honor: ese al que solo acceden los discos verdaderamente grandes.

El catador


Tras una cata demasiado intensa, el catador percibió que había extraviado su gusto por el vino. Durante años saboreó acíbares y amarguras para ser, al final de la vida, perito en nubarrones y maestro en oscuridades. Hasta que le alcanzó la noche.

viernes, 25 de agosto de 2017

En el principio del éxito como grupo de masas



*Esta reseña apareció, originalmente, en el sitio minuevaaedad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/7/19/el-disco-del-mes-genesis/


Interprete: Genesis

Título: Genesis

Discográfica: Charisma Records

Género: Rock Sinfónico

Duración: 45m: 58s.

Número canciones: 9

Fecha de publicación: 3 de octubre de 1983



En el principio del éxito como grupo de masas


El pasado viernes 30 de junio fue un día muy especial para los amantes de la banda de rock sinfónico Genesis. En Madrid, dentro del festival de Las Noches del Jardín Botánico, el que fuera guitarrista del grupo, Steve Hackett, regaló un asombroso concierto en donde interpretó magistralmente algunos de los temas más clásicos del grupo. Mientras, en Hyde Park, Londres, y al mismo tiempo, Phill Collins, alma de la banda desde que la abandonara Peter Gabriel allá por 1975, daba uno de los contadísimos shows de su gira de retorno Not Dead Yet, Era su vuelta a las tablas tras haber permanecido alejado de los escenarios casi cinco años, aquejado de diversos problemas de salud. En el parque londinense contó, además, con la presencia como teloneros de Mike and The Mechanics, la formación de otro guitarrista de Genesis, Mike Rutherford.
Esta serie de coincidencias hacen necesaria una reivindicación de una de las bandas de mayor éxito comercial dentro de esa difícil etiqueta que se denomina como rock sinfónico. Y el álbum Genesis, duodécimo trabajo del grupo, refleja muy bien la fusión entre el concepto progresivo y las fórmulas del rock y del pop, esas que Phill Collins ha estandarizado como nadie.
Es este disco uno de los mejores de la historia de Genesis como trío. En él ya no participa el mencionado Seteve Hackett, que había abandonado el grupo bastantes años atrás, pero las composiciones de Collins, Rutherford y el teclista, Tony Banks, son, en palabras de ellos mismos, parte de la mejor música que hayan grabado en su vida. El disco representa el éxito absoluto de Genesis en el mercado, con canciones de gran complejidad técnica y composiciones innovadoras que, además, fueron capaces de conquistar las radio-fórmulas. Temas como That´s All, se programaron sin descanso en las emisoras de medio mundo, repitiendo un sonido que pronto se iba a convertir en una marca distintiva (y que había comenzado a apuntarse con el disco anterior, Abacab, para desencadenarse por completo en el trabajo posterior, Invisible Touch).
Pero el disco alcanza mucho más allá de ser meramente un pelotazo comercial y presenta una serie de aspectos que lo convierten en una obra maestra. En primer lugar, la tacada de canciones más inspirada del grupo, que alinea nueve temas de un talento desbordante. Después, está el asunto de las baterías. Phill Collins, cantante y showman, siempre ha sido, por encima de todo, uno de los baterías más grandes del mundo del rock. Y eso lo demuestra en las composiciones rítmicas del disco, sin olvidar las cajas de ritmos y las programaciones innovadoras en Silver Rainbow o en It´s Gonna Get Better —aunque la más significativa, la que introduce la canción Mama, fue ideada por Mike Rutherford, lo que habla de la enorme versatilidad de los músicos del trío—.
Por si esto fuera poco, Home by the Sea, seguida del instrumental Second Home by the Sea, quizás sean de lo mejor que Genesis haya construido durante su época más pop-rock, por denominarla de alguna manera. El instrumental, con nominación al Grammy incluida, se sostiene con una batería electrónica demoledora y un fondo de sintetizadores que crean un épico ambiente claustrofóbico.
Genesis, por tanto, es un disco que abarca muchos estilos: desde el instrumental hasta la balada rock, pasando por el progresivo con toques de industrial, el art-rock y el pop más sencillo. Todo ello hace de este trabajo uno de los más divertidos, pegadizos, confortables y reconocibles de la banda, y es una perfecta oportunidad para reencontrarse con un sonido propio que ha marcado una época en la música de los años ochenta y parte de los noventa.


jueves, 24 de agosto de 2017

Steve Hackett en el Jardín Botánico y el talento de la guitarra cuántica


*Esta crónica apareció en el sitio achtungmag:

http://www.achtungmag.com/steve-hackett-jardin-botanico-talento-la-guitarra-cuantica/



Steve Hackett en el Jardín Botánico y el talento de la guitarra cuántica


La ciudad de Madrid despidió el mes de junio con el grandísimo concierto del guitarrista británico Steve Hackett, Un concierto tan perfecto como épico, parte del Festival de las Noches del Botánico. El despliegue de virtuosismo, maestría y saber hacer de Hackett y toda su banda, no merecía menos que el recinto del Real Jardín Botánico de Alfonso XIII: un lugar que parece concebido especialmente para que músicos con el marchamo de genios derramen las cataratas de su talento.

La música que brota de la guitarra de Steve Hackett es como una catedral gótica. Las notas ascienden puras y claras hasta los techos altos, se deslizan juguetonas por las arquivoltas y conforman una arquitectura sonora, luminosa y colorista como las vidrieras de la catedral de León. Durante casi dos horas y media —un ejercicio de generosidad porque ¿quién toca hoy en día dos horas y media en directo?— el guitarrista nos regaló un show perfectamente equilibrado en dos partes.

La primera parte del espectáculo, Hackett Old & New, reunía algunas de sus composiciones más emblemáticas en solitario, es decir, las acometidas tras abandonar la banda de rock progresivo Genesis, junto algunos temas de su último disco: The Night Siren.  Este nuevo trabajo es un álbum brillante y repleto de buena música, donde la hibridación de música e instrumentos conforman una coalición que cristaliza en una obra emocionante: sonidos de la India, Perú, Israel y Palestina, entre otros, en un esfuerzo para que el arte aúne aquello que política y gobiernos se obstinan en alejar.

Steve Hackett se complementa, se empasta como una de esas piezas de Tetris con los cinco miembros de la banda. A los teclados, un sobrio Roger King, un músico de estudio de dilatada carrera. En la batería, realmente notable, Gary O´Toole, impartiendo una clase de ritmos. En el saxo, la flauta, la percusión, y a los vientos en general, Rob Townsed, el fiel escudero de Hackett durante todo el concierto, un multi instrumentista que remataba con sus filigranas las piezas de orfebrería rock. Y al bajo, con un carisma hipnótico a medio camino entre un luchador de wrestling, Conan el Bárbaro y un chamán indio, Nick Beggs, poniendo el contrapunto espectacular ante la tranquilidad del resto de la banda. Mención aparte merece el vocalista encargado de interpretar las canciones de Genesis, el californiano Nad Sylvian, con una puesta en escena a lo Peter Gabriel, embutido en el carácter de baladista barroco y recargado, perfecto para mimetizarse con muchas de las historias que narran esas canciones.

Desde el inicio de la primera parte del concierto, Steve Hackett ya dejaba muy clara cuál sería su propuesta: música a raudales inmersa en unas composiciones para guitarra demoledoras. Buen ejemplo de ello fue el tema con el que se abría el show, Every Day, de su tercer álbum Spectral Mornings, publicado allá por el año 1979. Es una de sus composiciones en solitario que más recuerda a Genesis pero, sobre todo, destaca con un relieve especial en directo gracias al apoyo de los teclados que recibe la guitarra.

Muy pronto, ya en la segunda canción, apareció un tema del último disco, de ese The Night Siren prodigioso. Se trataba de El Niño, para, después, recordar The Steppes, una canción del año 1980 e incluida en Defector. La composición, repleta de arabescos, parece reivindicar el espíritu de pura sangre de la guitarra. Algo de vital importancia si tocas en España, país que el propio Hackett calificó como “Home of guitar”. Después, en una de las muchas charlas que intercambió con el público, intercalando palabras en español, recordó algunos de nuestros guitarristas más importantes: Andrés Segovia, Joaquín Rodrigo y Paco de Lucía. Siempre cercano a la audiencia, rendía así su reconocimiento a algunas de sus mayores influencias.

Dos nuevas canciones de su último disco llevarían el setlist a uno de los primeros momentos estelares de la noche. Después de In the Skeleton Gallery, interpretaron Behind the Smoke, uno de los mejores cortes de The Night Siren. La canción, inmersa en ese espíritu de maridaje con otras culturas, refiere una historia de emigración. Una canción sobre los emigrantes que el propio Hackett presentó como una historia también propia, en referencia a una parte de su familia que abandonó Polonia huyendo de los pogromos, pasó temporalmente por Portugal, y terminó recabando en Inglaterra, donde echó, finalmente, raíces.

La primera parte del espectáculo se cerró con Rise Again —del disco de 1999, Darktown— y otro momento inolvidable: la interpretación de la emblemática Shadow of Hierophant, uno de los cortes más sobresalientes de esa obra de arte que es el primer disco en solitaro de Hackett, Voyage Of The Acolyte, alumbrado en 1975. De entre el ritmo nervioso, casi neurótico, emergía una interpretación cavernaria de Nick Beggs, sentado en el suelo y aporreando con los puños los pedales del bajo como esos simios golpeaban los huesos al principio de la película 2001: Una Odisea del Espacio. Como resultado, una ejecución contenida en un crescendo que al final se disparó en un estallido que dejó anonadado al público ante lo que acababa de escuchar y ver. Y sin un momento de resuello, Hackett atacó la segunda parte del concierto: Genesis Revisited.

La parte dedicada a Genesis bebe, fundamentalmente, del disco Wind & Wuthering de 1976. Hackett confesó, al presentarlo, que es uno de sus trabajos favoritos, en sintonía con la opinión de muchos de los fans del grupo y del propio Tony Banks, teclista de Genesis, aunque las discrepancias durante la grabación llevaron, poco después, a que Hackett abandonara el grupo definitivamente. El disco se divide en dos partes: Wind (tomado del título de una de las canciones del disco que se llamaría The House Of The Four Winds, luego renombrada como Eleventh Earl Of Mar) y Wuthering, en alusión a una de las fuentes de inspiración del trabajo: la novela Cumbres Borrascosas de Emily Brontë.

Así que el repertorio clásico se inició con Eleventh Earl Of Mar, primer corte del Wind & Wuthering. Aquí apareció Nad Sylvian, el vocalista, metido en su papel de Undécimo Conde de Mar, tal y como reza el título de la composición. Fumando de una larga pipa y con ademanes rococós, demostró que acometería con solvencia el difícil trabajo de suplantar la voz de Phill Collins, como después lo haría con las de Peter Gabriel.

La segunda canción de Wind & Wuthering también fue la segunda canción de esta parte: One From The Vine, la obra maestra del disco, que terminó con todo el público puesto en pie agradeciendo la interpretación de esta delicada suite. Otra canción de este disco vino a continuación, Blood On The Rooftops, con su introducción de guitarra clásica y el batería, Gary O´Toole, enfrascado en la dificultosa tarea de cantar mientras tocaba, misión resuelta con sobresaliente.

Después llegó el instrumental …In That Quiet Earth —cuyo título hace referencia directa a la última línea de la novela de Emiliy Brontë—, una pieza de ritmos muy distintos, con cambios y parones que demostraron la buena conjunción de la banda, para rematar el recorrido por Wind & Wuthering con el lirismo de la balada más grande de la era Genesis: Afterglow.

La combinación machacona de batería y teclados anunció la ejecución de Dance On A Volcano, del disco A Trick Of The Tail, de 1976. Después del abandono de Peter Gabriel aquella fue la primera grabación de Genesis como cuarteto. Collins, Banks, Rutherford y Hackett se encontraron ante el desafío de continuar con una banda que la crítica y los fans daban por muerta. Sin embargo, la respuesta fue un disco tan exitoso como apabullante. La interpretación de Dance On A Volcano por parte de Hackett y su banda fue de los mejores momentos de la noche, gracias, en parte, a un Nad Sylvian en un estado de gracia histriónica.

Hackett siguió desgranando grandes clásicos de la era Genesis, en una especie de retroceso cuántico en el tiempo que manaba de su guitarra heisenbergiana. Con cada acorde situaba a la audiencia en una década pasada. Cada nota era un escalón en el emocionante descenso al pasado. De esa forma, le llegó el turno a Inside And Out, una joya oculta de la discografía de la banda, un descarte de Wind & Wuthering y que apareció en un extraño EP del año 1977 bajo el curioso título de Spot The Pigeon. La canción, que narra en su primera parte (Inside) el lamento de un hombre tras ser puesto en libertad tras un largo periodo de encarcelamiento, culmina con una segunda parte instrumental (An Out) donde la guitarra y el sintetizador emprenden un diálogo emocionante.

La introducción de piano anunció Firth of Fifth, primera de las canciones de la época de Peter Gabriel, correspondiente a Selling England By The Pound, de 1973. Una introducción tan compleja que Tony Banks dejó de interpretarla en directo con Genesis después de cometer algunos errores. Un regalo más que Steve Hackett nos ofrendaba, y que el público supo agradecer, junto con el solo de guitarra de esta canción, uno de los mejores que haya interpretado.

Con ese cuento de hadas que es la pieza The Musical Box, llegó el final del concierto y se alcanzó el clímax del público, que coreó enfervorecido la sección de cierre de este corte del disco Nursery Crime, de 1971. Después, Hackett ofreció todavía un bis: Los Endos, el instrumental que culmina el disco A Trick of The Tail, y que mezcló con uno de sus temas en solitario, Slogans, del ya mencionado disco Defector.


El público abandonó sus asientos con la satisfacción pintada en sus rostros, y en muchos casos con amplias sonrisas de felicidad que reconocían lo valioso del enorme concierto que acababa de entregarnos Steve Hackett. El músico supo, desde el mástil de sus guitarras, detener el tiempo, moldearlo a su antojo, llevarlo de adelante hacia atrás, y enseñarnos el embrujo de una época en donde el rock era un jardín botánico repleto de flores líricas, de dragones épicos, de gigantes que tocaban el corazón de la gente con la delicadeza de sus canciones y la rapidez de sus dedos, volando sobre las cuerdas de los instrumentos como pájaros de fuego.

miércoles, 23 de agosto de 2017

El lirismo pavoroso de David Lynch


*Esta reseña se publicó, originalmente, en el sitio minuevaedad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/6/14/el-disco-del-mes-floating-night/


Interprete: Julee Cruise

Título: Floating into the Night

Discográfica: Warner Bros

Género: Ambiental, Dream Pop

Duración: 47m: 56s.

Número canciones: 10

Fecha de publicación: 12 de septiembre de 1989


El lirismo pavoroso de David Lynch

El regreso de la serie televisiva Twin Peaks, una segunda parte rodada algo más de veinticinco años después de su emisión original, ha provocado todo un revival de los fanáticos de los mundos oníricos y esotéricos de David Lynch. Dentro de todo el universo mágico y espiritual que se desplegaba en la serie, uno de los elementos fundamentales era su banda sonora. Una banda sonora que estaba interpretada por la cantante Julee Cruise, y que se concretó en un disco que es una rara joya de pop ambiental: Floating into the Night.
El disco, aparte de la archiconocida Falling, por ser la sintonía de la serie, esconde un repertorio de una calidad sorprendente, con un cuidado trabajo de composición y producción, en donde sobresale la tarea de un tándem de lujo: el compositor Angelo Baladamenti —que precisamente ganó el premio Grammy por el instrumental Twin Peaks Theme, es decir, el instrumental de Falling— y el propio David Lynch. Entre estos dos genios, cuya colaboración ya se remontaba a la aclamada película Blue Velvet, se repartieron los aspectos decisivos de la elaboración del disco. Toda la música está compuesta por Baladamenti, que además toca los sintetizadores y el piano (en un disco cuyo principal soporte son los sintetizadores, es decir, es el creador de la impresionante atmósfera de Floating into the Night), y se encarga de los certeros arreglos de orquesta.
La participación de David Lynch es clave: suyas son las letras, melancólicas, oscuras, atormentadas, que muchos críticos interpretan como confesiones, o retazos de confesiones, de la propia Laura Palmer, que así daría una versión o imagen de su mundo angustioso en continua batalla entre el amor y la maldad representada por Bob, ese espíritu demoniaco que la acecha. Además de como letrista, el director de cine se pone a la producción, mano a mano con Baladamenti, y es autor de la dirección artística del álbum, así como de la fotografía, convirtiendo este debut de la cantante de Iowa en una extensión dramática y asfixiante de la serie televisiva.
Por entre la atmósfera opresiva y claustrofóbica aparece la voz de Julee Cruise, modulada con la técnica de la reverberación digital para acentuar lo onírico y ambiental, que se rasga con unos arreglos de jazz poderosos. Así, varias piezas delicadas erizan el vello cuando las escuchamos. Se tratan de Mysteries of love, que ya formaba parte de la banda sonora de Blue Velvet, y The Nightingale, de un lirismo decadente e inquietante. Rockin´Back Inside My Heart es el tema estrella del disco, un tiempo acelerado que se complementa a la perfección con las composiciones más ambientales, como son I Remember, Into the Night o The World Spins.

Con motivo del regreso del agente Cooper a la televisión, es muy recomendable dejarse atrapar en la telaraña vocal de esta cantante de agudos inquietantes, capaz de levantar una arquitectura del misterio que evoca un mundo extraño, tal y como son las películas de David Lynch que, en Floating into the Night, encuentra la definición musical perfecta, como una prótesis de poesía triste y pavorosa a su cine y a Twin Peaks.

martes, 22 de agosto de 2017

Réquiem electrónico por un mundo que se ahoga



*Esta reseña apareció, originalmente, en el sitio minuevaedad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/5/17/el-disco-del-mes-oxygene-de-jean-michel-jarre/


            Interprete: Jean-Michel Jarre.
            Título: Oxygène.
            Discográfica: Dreyfus/Polydor.
            Género: Música Electrónica.
            Duración: 39m; 38seg.
            Número canciones: 6.
            Fecha de publicación: Diciembre de 1976.

RÉQUIEM ELECTRÓNICO POR UN MUNDO QUE SE AHOGA
           
El pasado 29 de abril, algunos afortunados pudimos asistir a uno de esos acontecimientos únicos e históricos que contaremos a nuestros nietos: con motivo de la celebración del Año Jubilar Lebaniego, el músico francés Jean-Michel Jarre ofreció un inolvidable espectáculo de luz y sonido en la explanada del Monasterio de Santo Toribio de Liébana, muy cerca de Potes, en Cantabria. Jarre aprovechó para mezclar en su repertorio temas de sus últimos trabajos, junto a los grandes clásicos que lo han llevado a ser calificado como el padre de la música electrónica. Y entre ellos, no pudo faltar la interpretación de alguna pieza de Oxygène.
            Han transcurrido cuarenta años desde la publicación de Oxygène, y el disco está más fresco y más vivo que nunca. Sigue en vigor con la fuerza de aquello que nació moderno y adelantado a su tiempo, y así se conserva. Como si el músico lionés supiera de la vigencia de su trabajo, lo ha completado con la edición, en 1997, de una segunda parte, y en el 2016, con una tercera entrega.
            Buena culpa de lo que hace que Oxygène sea un disco único, más allá de la notable contundencia de sus sintetizadores helados, o de su mensaje ecologista que abarca desde una portada impactante —que utiliza una pintura del artista Michael Granger en donde aparece el planeta tierra como una calavera descarnada—, pasando por su título, toda una denuncia ecológica de ese oxígeno que nos falta, de esa falta de oxígeno que está acabando con el planeta, es la peculiar circunstancia de su composición, el producto de un genio de los teclados.
            Oxygène es un disco elaborado en un estudio casero (concretamente con un grabador de 8 pistas instalado en la cocina) por un músico que, a la edad de 28 años, ya tocó todos los instrumentos de la obra y controló las mezclas y el proceso de producción. El resultado fueron doce millones de copias vendidas, y algunas partes de la suite, como la cuarta, se han incorporado al imaginario colectivo y han conformado las señas de identidad de lo que podría denominarse como el sonido Jarre.

            Oxygène revolucionó la música de teclados, llevó a las composiciones electrónicas un paso más allá e influyó en lo que posteriormente se denominaría música Synth. Y, curiosamente, lo hizo en el comienzo de la desgarradora vorágine del punk. Quizás, por eso, sea un réquiem apocalíptico por el planeta Tierra, en donde los sintetizadores imitan a los vientos siberianos y el pespunte del órgano Farfisa emula a las burbujas de lava de los volcanes: es un paseo por el frío y por el infierno, una banda sonora para un mundo en descomposición que deja un páramo de hermosa belleza tras cada escucha.

lunes, 21 de agosto de 2017

Jean-Michel Jarre en Liébana: Una conexión de trece siglos



Esta reseña se publicó, originalmente, en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/jean-michel-jarre-liebana-una-conexion-trece-siglos/

Jean-Michel Jarre en Liébana: Una conexión de trece siglos



Sobre el Monasterio se proyectaban imágenes de los dibujos del libro del Beato de Liébana, escrito en el siglo VIII, mientras en el escenario Jean-Michel Jarre, un músico del siglo XXI, daba un repaso a sus últimos trabajos, Electronica y Oxigene 3, sin olvidarse de algunos de los clásicos que lo han convertido en el padre de la música electrónica. El show, pleno de fuerza y con un espectáculo visual inigualable, celebraba el Año Jubilar Lebaniego, y dejó la sensación entre los asistentes de que acababan de asistir a un momento histórico bajo el cielo de Cantabria.
            The Connection Concert, así había bautizado Jarre el concierto. En efecto, el asunto se trataba de una conexión mediante la música: un enlace con el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, una comunión con el misticismo religioso que emana el libro del Beato de Liébana —un comentario al Apocalipsis de San Juan pródigo en dibujos y que contiene uno de los mapamundis más importantes de la Edad Media— y un enganche con la naturaleza. La naturaleza, principal preocupación de cara al concierto, que al final se portó bien. Un taxista comentó, esa misma mañana, que había entrado un viento del sur, y que cuando ocurría eso nunca llovía. Podíamos estar tranquilos.


           Tranquilidad, se respiraba un misterioso reposo a pesar de las seis mil personas que abarrotaban el recinto del aparcamiento junto al Monasterio, lugar elegido para montar el escenario. Era como si, embutidos entre las montañas y bajo aquella cúpula de estrellas, se estuviera cocinando una poción mágica que entró en ebullición con los primeros sonidos de Ethnicolor. En escena, un trio de músicos parapetados tras la espectacular cortina de leds que emitía incansables efectos luminosos. Junto a Jean-Michel Jarre, en el centro y rodeado de teclados, contribuían en la percusión, las voces, y los sintetizadores, Claude Samard y Stephane Gervais, como dos bolas de demolición en la interpretación de cada tema, que en directo suenan más graves que en estudio, con unos bajos estremecedores y unas baterías de ritmos hipnóticos.


            Muy pronto, en la tercera canción del setlist, ya apareció uno de los grandes clásicos, Oxigène 2, y quedó demostrado que las transiciones entre las canciones nuevas y las antiguas, y las sorprendentes remezclas, se iban a complementar a la perfección durante las dos horas de espectáculo. Después de la notable Circus, el concierto llegó a una de sus cotas con la impactante Exit, en donde se escucharon las palabras de Eduard Snowden, el ex agente de la CIA, advirtiendo de los peligros de la cultura global y del espionaje de masas; pudo verse en las pantallas su rostro, dirigiéndose al público, mientras el tema elevaba a un Jarre en estado de gracia, tanto en lo compositivo como en lo interpretativo.

            “Para mí la música es como la paella”, explicó el músico de Lyon, quizás refiriéndose a la multitud de elementos que conforman sus creaciones. Sin embargo esta afirmación ya la habíamos podido encontrar en el encarte del disco del año 1992, Nerve Net, de otro genio de los teclados y la electrónica, Brian Eno, cuando aseguraba que ese disco era “como paella”. Tras la confesión culinaria, los láseres iluminaron los montes lebaniegos y los suaves sintetizadores de Èquinoxe 7 y Oxigène 8 —interpretada con una micro cámara montada en las gafas del músico y que permitía ver al detalle todos los movimientos de sus veloces dedos sobre los teclados— dejaron paso a la pieza más potente de la noche, Zero Gravity, el tema en donde colaboran los veteranos del space rock Tangerine Dream: un remix aplastante que convirtió la explanada en una rave trance nerviosa y efervescente.

            En consonancia con ese engarce entre los temas nuevos y antiguos, a la locura de Zero Gravity le siguió una pieza muy querida por Jarre, tal y como la presentó, la delicada Souvenir of China. Y tras esta, la colaboración estrella con los Pet Shop Boys en la canción Brick England. Desde ese instante, el concierto atacó su parte final, discurriendo por un puñado de canciones clásicas que sonaban revitalizadas en las potentes remezclas, junto a esa interpretación, ya legendaria, del músico a los mandos del arpa láser, que culminó con una proyección de luces sobre el cielo y las montañas de Liébana. La mezcla de Zoolookologie con Stardust, cerró un espectáculo tan impecable como emocionante.

            Para la memoria, y para la historia de quienes acudimos al concierto, quedará un buen puñado de imágenes. Además de la plasticidad del arpa láser, también el instante en que Jarre tocó la guitarra como cierre a Conquistador, con un feedback sostenido que invocó a grupos como los Who, maestros en eso del acople (curiosamente, Pete Townshed ha colaborado en el álbum Electronica), o las luces de los teléfonos móviles del público encendidas y oscilantes mientras sonaba Oxigène 4, tal vez como una forma de conectar con los tres cientos mil espectadores de la audiencia televisiva y del streaming.




El puente musical entre el Beato del siglo VIII y la música del siglo XXI había sido construido a golpe de sintetizador y bajo las estrellas de Cantabria. Ahora, ya podía ponerse a llover porque, como dijo Borges en uno de sus poemas, eso de la lluvia “es una cosa que sin duda sucede en el pasado”.

sábado, 19 de agosto de 2017

García Lorca, Delmira Agustini, Pushkin, Lérmontov, Bruno Schulz: el asesinato de la literatura



*Este articulo fue publicado orignalmente en achtungmagazine. com:

http://www.achtungmag.com/garcia-lorca-delmira-agustini-pushkin-lermontov-bruno-schulz-asesinato-la-literatura/

El próximo 18 de agosto se cumplirán 81 años del fusilamiento de Federico García Lorca. Dejando a un lado espinosos asuntos políticos, reflexiones sobre la Memoria Histórica e indagaciones de tumbas ocultas en cunetas, el terrible asesinato del poeta —de 38 años— me sirve para recordar una serie de nombres que también murieron en circunstancias violentas y que, quizás, sean menos conocidos para el gran público.

Uno de los casos que siempre me ha dolido más es el de la poeta uruguaya Delmira Agustini. Una parte de su poesía, a pesar de encontrarse a caballo entre el colorista modernismo y el complejo vanguardismo, es una mezcla de erotismo con tintes trágicos. La tremenda carga sexual de sus composiciones parecía anunciar el funesto desenlace que le aguardaba.

Delmira fue asesinada por su marido, al que abandonó después de tan solo un mes y medio de casados. Su relación fue un romance clandestino, porque la madre de la poeta se oponía, condimentado con una historia de amor y odio que, sin duda, se trataba de un asunto de maltrato por parte del hombre. Algo que sorprende, visto el carácter femenino (y feminista) de los poemas. Enrique Job Reyes, este era el nombre del asesino, incluso estaba decidido a que, en cuanto se casaran, Delmira abandonara la poesía, algo que consideraba un capricho de solterita.

Lo turbulento de la relación, con demanda de separación y jueces de por medio, siguió por el derrotero habitual en estos casos. Job Reyes empezó a acosar a la poeta: la amenazaba, furioso por haber perdido el control sobre la mujer. Además, Delmira acababa de inaugurar la ley de divorcio en Uruguay, en un caso que fue ampliamente aireado por la prensa sensacionalista y que terminó por sublimar el odio del ex marido. Delmira, de 27 años, fue asesinada por Job Reyes de dos disparos en la cabeza. Acto seguido, el hombre se suicidó. Sin embargo, esos disparos no pudieron terminar con la poesía de Delmira Agustini, que se hizo eterna. Muy recomendable es la edición de sus Poesías Competas editada por Cátedra.

Retrocedamos siglos en el tiempo para hablar de Christopher Marlowe, poeta y dramaturgo inglés cuyo asesinato permanece oculto en las brumas del misterio de la historia. Marlowe, que frecuentaba lugares y compañías bastante poco recomendables, perdió la vida, aparentemente, en una miserable reyerta de taberna.

Marlowe siempre estuvo en el ojo del huracán debido a que llevaba una vida disoluta y plagada de escándalos, con duelos, acusaciones de un posible crimen, rumores de homosexualidad, de espionaje, de haberse convertido al catolicismo y de escribir unos panfletos muy comprometedores sobre religión en una época, la isabelina, en donde todos estos asuntos eran poco menos que una sentencia capital. Por ese motivo, se ha especulado con que su muerte no fue tal, que aprovechó el fingimiento para ocultarse y… ¡hacerse pasar por Shakespeare!

Al parecer, en aquella taberna, a una hora muy tardía, estalló una reyerta sobre el dinero que debían pagar por la bebida y la comida que habían consumido el propio Marlowe y sus tres acompañantes, que eran de lo más granado en el mundo de los chantajes, de las extorsiones y de los bajos fondos. Al parecer, el dramaturgo inglés se atravesó un ojo con la daga que empuñaba, producto del forcejeo con uno de sus acompañantes. Ingram Frizer, que así se llamaba el asesino, fue indultado al considerarse que el crimen se había cometido en legítima defensa. Sin embargo, estos hechos no quedaron claros, y los partidarios de la teoría conspirativa bautizada como Teoría Marlowe, argumentan que el autor siguió escribiendo desde las sombras, tal vez en Francia, obras que firmaba Shakespeare, un cómico mediocre que vio la posibilidad, así, de ganar un dinero fácil.

Lo que sí sabemos a ciencia cierta, es que El Doctor Fausto o El judío de Malta, cuya edición de la editorial Cátedra recomiendo, son dos de las mejores obras de Marlowe, precursor del teatro inglés. El Marlowe oficial murió en aquella taberna, con 29 años, pero… ¿existió otro Marlowe más allá de su asesinato?

Uno de los casos más celebres es el de Alexandr Pushkin, asesinado tras sostener un duelo a pistola con el militar francés Georges d`Anthès, a la sazón amante del embajador holandés en Rusia. Así que el duelo que emprendió el poeta romántico no tenía ninguna posibilidad de éxito a causa de la entidad del rival: manipularon la pistola del escritor y recibió un disparo en el pecho, mientras él apenas sí pudo rozar al francés.

La cuestión de honor que se intentaba satisfacer en un campo de las afueras de San Petersburgo, eran ciertos comentarios vejatorios que el militar había pronunciado contra Natalia Goncharova, mujer de Pushkin. Sobre la nevada de enero en la ciudad imperial no solo quedó arrojada la sangre del poeta de 37 años, sino toda una obra magnífica compuesta por piezas como la novela en verso Eugenio Oneguín, Boris Godunov o La hija del capitán, esta última editada en Alianza Editorial.
Por su parte, otro literato ruso, Mijaíl Lérmontov, muy afectado por el suceso, se apresuró a componer un poema para llorar la muerte de Pushkin, ignorando que su destino sería el mismo. Por culpa de unos comentarios que profirió, ridiculizando la forma de vestir de Nikolai Martynov —camarada suyo en el Ejército y oficial—, ambos se enfrentaron a pistola en la localidad de Piatigorsk, en el Cáucaso. Por respeto al escalafón militar, Lérmontov disparó al aire, pero su infame contrincante lo atravesó con un disparo en pleno corazón. Tenía 26 años. Un miserable final para el autor de la memorable novela Un héroe de nuestro tiempo (en Nórdica).

Me he referido antes al asesinato de Federico García Lorca por parte de las autoridades golpistas de Franco, y no quiero dejar de mencionar aquí a una víctima ejecutada por el otro bando. Se trata del genial dramaturgo Pedro Muñoz Seca, el padre de la astracanada, que murió fusilado en Paracuellos del Jarama. Detenido por las milicias anarquistas en Barcelona, el dramaturgo, acusado de católico y monárquico, fue llevado a Madrid e ingresado en prisión. Después, integraría una de las sacas de presos que fueron asesinados sumariamente en Paracuellos. Tenía 57 años. Autor de una ingente obra, entre sus mejores piezas destacan las celebradas Los extremeños se tocan y, como no, la famosísima y divertida La venganza de Don Mendo (en Galaxia Gutenberg).

Esta relación muestra una exigua lista de autores que murieron asesinados. Podría añadir los casos del poeta modernista peruano José Santos Chocano, muerto de una puñalada por la espalda mientras viajaba en un tranvía. Su asesino, un esquizofrénico llamado Martín Bruce Padilla, estaba convencido de que se había asociado con el poeta en la empresa de búsqueda de tesoros ocultos y extraviados, y que Chocano no estaba compartiendo los beneficios con él. A los 59 años, el poeta murió pobre.

Tampoco puedo olvidarme de los escritores que fueron represaliados en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Al caso más famoso, el de la ucraniana Irène Némirovsky, de 39 años y gaseada en Auschwitz, se le suman los de Milena Jesenská —que mantuvo una relación amorosa epistolar con Kafka— fallecida en el campo de Ravensbrück a los 47 años de edad, o el del extraordinario autor húngaro Antal Szerb, de 40 años, y asesinado de una paliza en el campo de concentración de Balf. Entre su obra teórica dedicada a la literatura, nos dejó una novela preciosa, El viajero bajo el resplandor de la luna (Ediciones del Bronce).

En otra columna de esta bitácora ya me he referido al crimen del escritor polaco Bruno Schulz, muerto a manos de la Gestapo en el gueto de Drohobycz. Contaba con 50 años. Y por último, para cerrar este artículo, convocaré aquí al padre de la Oratoria, el autor de las Filípicas y las Catilinarias, que tanto estudiamos quienes tuvimos la suerte de coquetear con el latín. Su oposición a Marco Antonio le hizo ser decapitado y Fulvia, la esposa del Triunviro, vejó la cabeza del escritor romano arrancándole la lengua con sus manos. Cicerón, en el momento de su muerte, tenía 63 años.

He querido tener una especial atención a las edades de los escritores en el momento de su muerte (desde Lorca a Cicerón) para mostrar que, la mayoría de ellos, se encontraban todavía con tiempo de sobra para acometer grandes trabajos. Por supuesto, lamento profundamente todos estos crímenes, pero como amante de la literatura no puedo dejar de pensar en las numerosas obras maestras que nos privaron las infames acciones de los asesinos, derramadas por los sumideros de la historia junto a los regueros de sangre y vergüenza.


viernes, 18 de agosto de 2017

Paul Carrack en Madrid: Su voz, el mejor instrumento



*La crónica de este concierto apareció, originalmente, en la web achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/paul-carrack-madrid-voz-mejor-instrumento/


Paul Carrack en Madrid: su voz, el mejor instrumento.

            Paul Carrack llenó el Teatro Nuevo Apolo de Madrid con un soft rock dulce y contenido, donde su cálida y prodigiosa voz dio un repaso por su último disco, Soul Shadows, sin olvidarse de algunos de los grandes temas que ha interpretado con bandas ya legendarias, como Ace, Squeeze o Mike and the Mechanics.  Carrack demostró que se encuentra en uno de sus mejores momentos, brillante a la hora de ejecutar sus personalísimas baladas, y repleto de ritmo y buen gusto en cada una de sus interpretaciones.

            Con puntualidad, y con una guitarra acústica de color rojizo, Paul Carrack apareció sobre el escenario del teatro arropado por una banda de seis componentes. A simple vista, llamaba la atención la sección de percusión, compuesta por dos baterías, uno de ellos el hijo de Paul. A ambos lados del cantante se ubicaron dos teclistas. Steve Beighton, además, destacó como un notable encargado del saxo; el combo lo completaban el bajista Jeremy Meek y el guitarrista de free jazz, Dean Brown.
            Desde la primera canción, Too Good to Be True, quedó claro que el grueso del setlist giraría alrededor del último disco de Carrack, ese Soul Shadows de 2016, y que las interpretaciones se moverían en una línea de contención, discreción y buen gusto, en donde la voz el cantante sería la principal invitada de la noche. De inmediato, Carrack se sentó al piano para atacar uno de sus grandes clásicos: Satisfy My Soul,. Es en estos medio tiempos en donde consigue sacarle todo el partido a los tonos de su prodigiosa garganta.
A continuación, una batería de temas de su último disco: Late at Night, el fantástico Sleep on Me, y Watching Over Me. Para entonces, era patente la deriva que ha experimentado la música de Carrack, que se ha vestido con algunos elementos del country, incluso del skiffle, y que por ello acompañó algunas de las canciones con harmónica e, incluso, su hijo marcó el ritmo con una tabla de lavar. Eyes of Blue fue la segunda gran canción de la noche. En la balada melódica Carrack es el rey, y hace del escenario su castillo cuando desgrana su voz en estas piezas.

Tras el magnífico cover de Don´t Let the Sun Catch Your Crying —de Gerry and the Pacemakers y popularizada por la cantante Louis Cordet—, llegó un set acústico e intimista de tres canciones, donde el cantante se acompañó de una pequeña percusión y de un contrabajo eléctrico, alcanzando uno de los mejores momentos de la noche. Tempted, de Squeeze, uno de los grupos en donde militó Carrack, y una larga interpretación de Bet Your Life que sirvió para incluir algunos solos de guitarra, saxofón y bajo, dejaron paso a una canción escrita por Carrack junto a Jim Capaldi, Love Will Keep Us Alive, para aquél esperado álbum de retorno de los Eagles en 1994, Hell Freezees Over. Una balada en donde su voz alcanzó la mayor cota de lirismo del concierto.
Ya en la recta final, llegó el gran momento, la canción The Living Years, perteneciente al grupo Mike and the Mechanics, donde Carrack ejerció de vocalista, y que alcanzó el número uno en los Estados Unidos en 1989. Fue una interpretación emocionante, impregnada de esa contención que bañó a todas las piezas del show, pero desbordante de pasión.

Con How Long, el tema de Ace, otra banda en donde militó Carrack, y Over My Shoulder, otro exitazo de Mike and the Mechanics, el cantante instó al público a que abandonara las butacas del teatro y se arrancaran a bailar. Una petición que fue secundada de forma enfervorizada, y el ambiente que se generó fue tan agradable que, visiblemente complacidos, los miembros de la banda regalaron como segundo bis un What´s Going On, el temazo de Marvin Gaye, que entusiasmó al público.
Se echaron en falta algunos temas emblemáticos (con Mike and the Mechanics tiene un buen puñado de ellos, no en vano desde el público le pidieron con insistencia Another Cup of Cofee), o alguna canción de un álbum completamente olvidado por Carrack como es Groove Approved, de 1989, y que se encuentra entre lo mejor de su producción. Quizás esto obedezca a ese progresivo abandono del soul que ha ido experimentando el artista, para centrarse en un soft rock salpicado de elementos funk, con toques country y una poderosa sección de metales que sirve para vestir de gala una de las mejores voces blancas del rock actual que, con sus tonos de maderas y su temperatura caliente, alcanza en las baladas su máxima expresión como instrumento musical.