domingo, 20 de agosto de 2017

El don del error



El malabarista consiguió hacer girar los platillos en sus palos para siempre. Era un espectáculo sensacional... ¡Lo nunca visto! Entonces, el malabarista perdió el don del riesgo y del error, cayó en desgracia, y sin trabajo, hizo equilibrios con una vida de fracaso proyectada por su éxito.

Necromagia


El mago brotaba los animales desde la nada: palomas, conejos... Siempre muertos. Siempre animales muertos. Consciente de su don, abandonó la magia. Desde entonces, puedes verlo en hospitales, deambulando por residencias de ancianos y cambios de rasante.

sábado, 19 de agosto de 2017

García Lorca, Delmira Agustini, Pushkin, Lérmontov, Bruno Schulz: el asesinato de la literatura



*Este articulo fue publicado orignalmente en achtungmagazine. com:

http://www.achtungmag.com/garcia-lorca-delmira-agustini-pushkin-lermontov-bruno-schulz-asesinato-la-literatura/

El próximo 18 de agosto se cumplirán 81 años del fusilamiento de Federico García Lorca. Dejando a un lado espinosos asuntos políticos, reflexiones sobre la Memoria Histórica e indagaciones de tumbas ocultas en cunetas, el terrible asesinato del poeta —de 38 años— me sirve para recordar una serie de nombres que también murieron en circunstancias violentas y que, quizás, sean menos conocidos para el gran público.

Uno de los casos que siempre me ha dolido más es el de la poeta uruguaya Delmira Agustini. Una parte de su poesía, a pesar de encontrarse a caballo entre el colorista modernismo y el complejo vanguardismo, es una mezcla de erotismo con tintes trágicos. La tremenda carga sexual de sus composiciones parecía anunciar el funesto desenlace que le aguardaba.

Delmira fue asesinada por su marido, al que abandonó después de tan solo un mes y medio de casados. Su relación fue un romance clandestino, porque la madre de la poeta se oponía, condimentado con una historia de amor y odio que, sin duda, se trataba de un asunto de maltrato por parte del hombre. Algo que sorprende, visto el carácter femenino (y feminista) de los poemas. Enrique Job Reyes, este era el nombre del asesino, incluso estaba decidido a que, en cuanto se casaran, Delmira abandonara la poesía, algo que consideraba un capricho de solterita.

Lo turbulento de la relación, con demanda de separación y jueces de por medio, siguió por el derrotero habitual en estos casos. Job Reyes empezó a acosar a la poeta: la amenazaba, furioso por haber perdido el control sobre la mujer. Además, Delmira acababa de inaugurar la ley de divorcio en Uruguay, en un caso que fue ampliamente aireado por la prensa sensacionalista y que terminó por sublimar el odio del ex marido. Delmira, de 27 años, fue asesinada por Job Reyes de dos disparos en la cabeza. Acto seguido, el hombre se suicidó. Sin embargo, esos disparos no pudieron terminar con la poesía de Delmira Agustini, que se hizo eterna. Muy recomendable es la edición de sus Poesías Competas editada por Cátedra.

Retrocedamos siglos en el tiempo para hablar de Christopher Marlowe, poeta y dramaturgo inglés cuyo asesinato permanece oculto en las brumas del misterio de la historia. Marlowe, que frecuentaba lugares y compañías bastante poco recomendables, perdió la vida, aparentemente, en una miserable reyerta de taberna.

Marlowe siempre estuvo en el ojo del huracán debido a que llevaba una vida disoluta y plagada de escándalos, con duelos, acusaciones de un posible crimen, rumores de homosexualidad, de espionaje, de haberse convertido al catolicismo y de escribir unos panfletos muy comprometedores sobre religión en una época, la isabelina, en donde todos estos asuntos eran poco menos que una sentencia capital. Por ese motivo, se ha especulado con que su muerte no fue tal, que aprovechó el fingimiento para ocultarse y… ¡hacerse pasar por Shakespeare!

Al parecer, en aquella taberna, a una hora muy tardía, estalló una reyerta sobre el dinero que debían pagar por la bebida y la comida que habían consumido el propio Marlowe y sus tres acompañantes, que eran de lo más granado en el mundo de los chantajes, de las extorsiones y de los bajos fondos. Al parecer, el dramaturgo inglés se atravesó un ojo con la daga que empuñaba, producto del forcejeo con uno de sus acompañantes. Ingram Frizer, que así se llamaba el asesino, fue indultado al considerarse que el crimen se había cometido en legítima defensa. Sin embargo, estos hechos no quedaron claros, y los partidarios de la teoría conspirativa bautizada como Teoría Marlowe, argumentan que el autor siguió escribiendo desde las sombras, tal vez en Francia, obras que firmaba Shakespeare, un cómico mediocre que vio la posibilidad, así, de ganar un dinero fácil.

Lo que sí sabemos a ciencia cierta, es que El Doctor Fausto o El judío de Malta, cuya edición de la editorial Cátedra recomiendo, son dos de las mejores obras de Marlowe, precursor del teatro inglés. El Marlowe oficial murió en aquella taberna, con 29 años, pero… ¿existió otro Marlowe más allá de su asesinato?

Uno de los casos más celebres es el de Alexandr Pushkin, asesinado tras sostener un duelo a pistola con el militar francés Georges d`Anthès, a la sazón amante del embajador holandés en Rusia. Así que el duelo que emprendió el poeta romántico no tenía ninguna posibilidad de éxito a causa de la entidad del rival: manipularon la pistola del escritor y recibió un disparo en el pecho, mientras él apenas sí pudo rozar al francés.

La cuestión de honor que se intentaba satisfacer en un campo de las afueras de San Petersburgo, eran ciertos comentarios vejatorios que el militar había pronunciado contra Natalia Goncharova, mujer de Pushkin. Sobre la nevada de enero en la ciudad imperial no solo quedó arrojada la sangre del poeta de 37 años, sino toda una obra magnífica compuesta por piezas como la novela en verso Eugenio Oneguín, Boris Godunov o La hija del capitán, esta última editada en Alianza Editorial.
Por su parte, otro literato ruso, Mijaíl Lérmontov, muy afectado por el suceso, se apresuró a componer un poema para llorar la muerte de Pushkin, ignorando que su destino sería el mismo. Por culpa de unos comentarios que profirió, ridiculizando la forma de vestir de Nikolai Martynov —camarada suyo en el Ejército y oficial—, ambos se enfrentaron a pistola en la localidad de Piatigorsk, en el Cáucaso. Por respeto al escalafón militar, Lérmontov disparó al aire, pero su infame contrincante lo atravesó con un disparo en pleno corazón. Tenía 26 años. Un miserable final para el autor de la memorable novela Un héroe de nuestro tiempo (en Nórdica).

Me he referido antes al asesinato de Federico García Lorca por parte de las autoridades golpistas de Franco, y no quiero dejar de mencionar aquí a una víctima ejecutada por el otro bando. Se trata del genial dramaturgo Pedro Muñoz Seca, el padre de la astracanada, que murió fusilado en Paracuellos del Jarama. Detenido por las milicias anarquistas en Barcelona, el dramaturgo, acusado de católico y monárquico, fue llevado a Madrid e ingresado en prisión. Después, integraría una de las sacas de presos que fueron asesinados sumariamente en Paracuellos. Tenía 57 años. Autor de una ingente obra, entre sus mejores piezas destacan las celebradas Los extremeños se tocan y, como no, la famosísima y divertida La venganza de Don Mendo (en Galaxia Gutenberg).

Esta relación muestra una exigua lista de autores que murieron asesinados. Podría añadir los casos del poeta modernista peruano José Santos Chocano, muerto de una puñalada por la espalda mientras viajaba en un tranvía. Su asesino, un esquizofrénico llamado Martín Bruce Padilla, estaba convencido de que se había asociado con el poeta en la empresa de búsqueda de tesoros ocultos y extraviados, y que Chocano no estaba compartiendo los beneficios con él. A los 59 años, el poeta murió pobre.

Tampoco puedo olvidarme de los escritores que fueron represaliados en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Al caso más famoso, el de la ucraniana Irène Némirovsky, de 39 años y gaseada en Auschwitz, se le suman los de Milena Jesenská —que mantuvo una relación amorosa epistolar con Kafka— fallecida en el campo de Ravensbrück a los 47 años de edad, o el del extraordinario autor húngaro Antal Szerb, de 40 años, y asesinado de una paliza en el campo de concentración de Balf. Entre su obra teórica dedicada a la literatura, nos dejó una novela preciosa, El viajero bajo el resplandor de la luna (Ediciones del Bronce).

En otra columna de esta bitácora ya me he referido al crimen del escritor polaco Bruno Schulz, muerto a manos de la Gestapo en el gueto de Drohobycz. Contaba con 50 años. Y por último, para cerrar este artículo, convocaré aquí al padre de la Oratoria, el autor de las Filípicas y las Catilinarias, que tanto estudiamos quienes tuvimos la suerte de coquetear con el latín. Su oposición a Marco Antonio le hizo ser decapitado y Fulvia, la esposa del Triunviro, vejó la cabeza del escritor romano arrancándole la lengua con sus manos. Cicerón, en el momento de su muerte, tenía 63 años.

He querido tener una especial atención a las edades de los escritores en el momento de su muerte (desde Lorca a Cicerón) para mostrar que, la mayoría de ellos, se encontraban todavía con tiempo de sobra para acometer grandes trabajos. Por supuesto, lamento profundamente todos estos crímenes, pero como amante de la literatura no puedo dejar de pensar en las numerosas obras maestras que nos privaron las infames acciones de los asesinos, derramadas por los sumideros de la historia junto a los regueros de sangre y vergüenza.


viernes, 18 de agosto de 2017

Paul Carrack en Madrid: Su voz, el mejor instrumento



*La crónica de este concierto apareció, originalmente, en la web achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/paul-carrack-madrid-voz-mejor-instrumento/


Paul Carrack en Madrid: su voz, el mejor instrumento.

            Paul Carrack llenó el Teatro Nuevo Apolo de Madrid con un soft rock dulce y contenido, donde su cálida y prodigiosa voz dio un repaso por su último disco, Soul Shadows, sin olvidarse de algunos de los grandes temas que ha interpretado con bandas ya legendarias, como Ace, Squeeze o Mike and the Mechanics.  Carrack demostró que se encuentra en uno de sus mejores momentos, brillante a la hora de ejecutar sus personalísimas baladas, y repleto de ritmo y buen gusto en cada una de sus interpretaciones.

            Con puntualidad, y con una guitarra acústica de color rojizo, Paul Carrack apareció sobre el escenario del teatro arropado por una banda de seis componentes. A simple vista, llamaba la atención la sección de percusión, compuesta por dos baterías, uno de ellos el hijo de Paul. A ambos lados del cantante se ubicaron dos teclistas. Steve Beighton, además, destacó como un notable encargado del saxo; el combo lo completaban el bajista Jeremy Meek y el guitarrista de free jazz, Dean Brown.
            Desde la primera canción, Too Good to Be True, quedó claro que el grueso del setlist giraría alrededor del último disco de Carrack, ese Soul Shadows de 2016, y que las interpretaciones se moverían en una línea de contención, discreción y buen gusto, en donde la voz el cantante sería la principal invitada de la noche. De inmediato, Carrack se sentó al piano para atacar uno de sus grandes clásicos: Satisfy My Soul,. Es en estos medio tiempos en donde consigue sacarle todo el partido a los tonos de su prodigiosa garganta.
A continuación, una batería de temas de su último disco: Late at Night, el fantástico Sleep on Me, y Watching Over Me. Para entonces, era patente la deriva que ha experimentado la música de Carrack, que se ha vestido con algunos elementos del country, incluso del skiffle, y que por ello acompañó algunas de las canciones con harmónica e, incluso, su hijo marcó el ritmo con una tabla de lavar. Eyes of Blue fue la segunda gran canción de la noche. En la balada melódica Carrack es el rey, y hace del escenario su castillo cuando desgrana su voz en estas piezas.

Tras el magnífico cover de Don´t Let the Sun Catch Your Crying —de Gerry and the Pacemakers y popularizada por la cantante Louis Cordet—, llegó un set acústico e intimista de tres canciones, donde el cantante se acompañó de una pequeña percusión y de un contrabajo eléctrico, alcanzando uno de los mejores momentos de la noche. Tempted, de Squeeze, uno de los grupos en donde militó Carrack, y una larga interpretación de Bet Your Life que sirvió para incluir algunos solos de guitarra, saxofón y bajo, dejaron paso a una canción escrita por Carrack junto a Jim Capaldi, Love Will Keep Us Alive, para aquél esperado álbum de retorno de los Eagles en 1994, Hell Freezees Over. Una balada en donde su voz alcanzó la mayor cota de lirismo del concierto.
Ya en la recta final, llegó el gran momento, la canción The Living Years, perteneciente al grupo Mike and the Mechanics, donde Carrack ejerció de vocalista, y que alcanzó el número uno en los Estados Unidos en 1989. Fue una interpretación emocionante, impregnada de esa contención que bañó a todas las piezas del show, pero desbordante de pasión.

Con How Long, el tema de Ace, otra banda en donde militó Carrack, y Over My Shoulder, otro exitazo de Mike and the Mechanics, el cantante instó al público a que abandonara las butacas del teatro y se arrancaran a bailar. Una petición que fue secundada de forma enfervorizada, y el ambiente que se generó fue tan agradable que, visiblemente complacidos, los miembros de la banda regalaron como segundo bis un What´s Going On, el temazo de Marvin Gaye, que entusiasmó al público.
Se echaron en falta algunos temas emblemáticos (con Mike and the Mechanics tiene un buen puñado de ellos, no en vano desde el público le pidieron con insistencia Another Cup of Cofee), o alguna canción de un álbum completamente olvidado por Carrack como es Groove Approved, de 1989, y que se encuentra entre lo mejor de su producción. Quizás esto obedezca a ese progresivo abandono del soul que ha ido experimentando el artista, para centrarse en un soft rock salpicado de elementos funk, con toques country y una poderosa sección de metales que sirve para vestir de gala una de las mejores voces blancas del rock actual que, con sus tonos de maderas y su temperatura caliente, alcanza en las baladas su máxima expresión como instrumento musical.




jueves, 17 de agosto de 2017

Un crosssover maestro



*Esta reseña se publicó, originalmente, en el sitio minuevaedad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/4/19/el-disco-del-mes-new-dawn-de-izzy-cooper/

            Interprete: Izzy Cooper
            Título: New Dawn
            Discográfica: Virgin Records
            Género: Ópera, Crossover clásico
            Duración: 62m; 27 seg.
            Número canciones: 16 (Bonus Edition)
            Fecha de publicación: 9 de septiembre de 2002
           
            Izzy Cooper, o si se prefiere, Isobel Cooper, es una soprano inglesa que ha utilizado algunos de los resortes de la industria musical del rock y del pop para aproximar la música clásica al gran público. En ese sentido, ha seguido la estela que, en su día, marcó la última parte de la carrera de Luciano Pavarotti. Una inercia que también ha convertido a cantantes de la llamada música culta en intérpretes de masas, como Andrea Bocceli, Lara Fabian, Sarah Brightman o Charlotte Church, entre otros. Esta forma popular de acercarse a la ópera se denomina crossover clásico, ya que los artistas fusionan la técnica de la lírica con un enfoque de rockstars, dulcificando su repertorio para que sea apto para todos los públicos.
            Y New Dawn, tercer trabajo de Izzy, está repleto de dulzura, y también rebosa talento. Los cuatro autores elegidos por la cantante para comenzar el disco, los temas eternos de Handel, Mozart, Faure y Puccini, son toda una declaración de intenciones de la soprano, que quiere colocar a los grandes compositores en el salón de casa del oyente. Después, en perfecto equilibrio, se desgrana un cuidado repertorio que bebe de las fuentes de la canción tradicional y del folk americano, inglés, francés, irlandés y galés.
            Izzy Cooper posee una voz extraordinaria, a la que suma el acierto de las canciones elegidas para el disco. Desde el estremecedor principio, con la notabilísima interpretación de Lascia Ch´io Pianga de Handel, seguida de una delicada Sull´Aria —de Las bodas de Fígaro mozartianas, la Pavana de Faure y un aria de Puccini —en este caso de su ópera Madama Butterfly—, hasta las transiciones melódicas que consigue con piezas tomadas del folclore popular, como la galesa Suo Gân o la inglesa Greensleeves, ejecutadas con una delicadeza y una contención estremecedoras.
            Mención aparte merecen Le Temps Des Cerises —canción francesa tradicional popularizada por Yves Montand—, The Water Is Wide —del folclore escocés—, y Steal Away, un góspel americano en donde Izzy parece sentirse especialmente cómoda y alcanza las mayores cotas de un virtuosismo vocal cristalino. Los arreglos musicales, mantenidos en un segundo plano, envuelven la voz de la cantante, y los registros de Izzy dialogan con la orquesta en una pacífica armonía que arropa al oyente.
            Izzy Cooper nos regala, de esta forma, una delicada joya del crossover operístico. Como la propia intérprete asegura en las notas que acompañan al disco, esta música eleva el espíritu y toca el alma. Aunque estas palabras puedan sonar algo gastadas, nunca fueron más ciertas en este New Dawn porque, tras su escucha, sentiremos que acabamos de dar un paseo angelical por la lírica y que, impregnados de ella, nunca la abandonaremos.

miércoles, 16 de agosto de 2017

El crooner con alma grunge



La siguiente reseña se publicó, originalmente, en la web minuevadad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/3/15/paul-anka-el-crooner-con-alma-de-grunge/


Interprete: Paul Anka

Título: Rock Swings

Discográfica: Verve Music Group

Género: Swing Jazz

Duración: 58m: 18s.

Número canciones: 14

Fecha de publicación: 31 de mayo de 2005.


          
               EL CROONER CON ALMA GRUNGE

         
            Sorprendente. O mejor dicho, una sorpresa deliciosa. Así de perplejo se queda uno  después de escuchar por primera vez este Rock Swings de Paul Anka, un cantante más que veterano (en el momento de editar este disco contaba con 64 años) y que atesora una prodigiosa carrera musical: alrededor de 125 discos grabados, 15 millones de copias vendidas; todo un ídolo en los años 50 y, además, padre de la mítica My way que popularizó Frank Sinatra.
            Nos encontramos ante un descomunal trabajo de versiones de algunos de los grandes clásicos del rock que alcanza mucho más allá de lo que sería un disco de covers, algo muy de moda últimamente, por cierto. Paul Anka reconstruye los temas con su estilo personal de swing y jazz, entabla un inteligente diálogo con ellos, dotándolos así de una personalidad nueva y propia que muestra matices ocultos que uno nunca podría imaginarse al escuchar las canciones originales.
            Pero sin duda, la mayor sorpresa viene en la selección de los temas versionados, canciones que reventaron las listas de éxitos. Aquí radica el riesgo del disco, y el éxito de Paul Anka: reinventa temas recordados por todos y, en muchos casos, incluso mejora el original, como sucede con la versión de It´s my life, el archiconocido éxito de Bon Jovi, que suena arrolladora.
            En efecto, Bon Jovi, pero la icónica banda de Nueva Jersey no es la única en pasar por la trituradora crooner de Anka, una maquinaria musical que se sustenta en unos poderosos arreglos de Big Band, unas secciones de metales tan potentes como luminosas, y la voz de Anka, su voz, que arropa las versiones con seguridad y calidez, derrochando carisma. Así, a la versión de Bon Jovi se le unen las no menos asombrosas interpretaciones de Eye of the tiger —el tema de Survivor que se hizo famoso por la película de Rocky III—, Jump —del mítico disco 1984 de Van Halen—, o todo un himno generacional como Smeels like teen spirit de Nirvana, junto a otras canciones de grupos y artistas tan emblemáticos como REM, Oasis, The Cure, Spandau Ballet, Pet Shop Boys, Billy Idol, Eric Clapton, Lionel Richie y el propio Michael Jackson, también invitado a este festín musical.
            En esto, precisamente, se fundamenta el mérito del disco, en cómo Paul Anka ha conseguido dominar con su propio estilo un puñado de canciones tan determinantes y paradigmáticas de la historia del pop, del rock, del metal y del grunge. Y es en las versiones de este último estilo musical en donde el cantante brilla más alto y su voz suena rejuvenecida y optimista. Para la historia quedará ya su reinterpretación de Black hole sun de Soundgarden, lo que viene a demostrar por qué Rock Swings es una joya que forma parte del catálogo de esos discos imprescindibles que hay que escuchar.

lunes, 14 de agosto de 2017

Blues, jazz y terciopelo

*Esta reseña apareció, originalmente, en el sitio minuevaedad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/2/15/el-disco-del-mes-lo-ultimo-de-van-morrison/


                Interprete: Van Morrison

                Título: Keep Me Singing

                Discográfica: Caroline Records

                Género: Blues, Jazz.

                Duración : 56m:36s.

                Número canciones: 13.

                Fecha de publicación: 30 de Septiembre de 2016.



                BLUES, JAZZ Y TERCIOPELO

Van Morrison debió beberse un vaso de terciopelo líquido, porque sólo así se puede explicar una garganta capaz de modular una serie tan asombrosa de tonalidades. Y de nuevo, todo ese recital de recursos, que nos arropa al escucharlo, se repite en su última obra maestra: Keep Me Singing.
Desde hace muchos años, casi cincuenta, el León de Belfast lleva firmando, uno tras otro, discos impecables. Más aún, desde la década de los noventa, cuando encontró un traje perfecto para su voz, vistiéndola con un frac de medios tiempos y una mezcla de rhythm and blues con unas gotitas de jazz. De todo eso hay en este Keep Me Singing, su trigésimo sexto trabajo, culminado con una exquisita producción y un desbordante buen gusto a la hora de componer canciones.
Van The Man, demasiadas veces huraño, y algunas otras emboscado en una oscuridad críptica, alumbra una obra optimista y luminosa, repleta de baladas, tranquila y reposada, una nueva afirmación –otra más– de quién pasa por ser uno de los cantantes más deslumbrantes de la historia de la música. Las trece canciones de este disco, precisas y preciosas, contenidas, no exentas de melancolía, nos transportan a momentos reflexivos y de calma en donde Van Morrison no sólo hace gala del don de su garganta; consumado saxofonista, toca el piano, la guitarra eléctrica y la acústica, la harmónica e, incluso, se atreve a probar suerte con la batería en un par de cortes.
Toda esta cascada de música irreprochable germina a sus vigorosos setenta y un años, unos años repletos de saber hacer y de clase, que se culminan en la obra cumbre del disco: Holy Guardian Angel. Y junto a ella, un clásico revisitado, Share Your Love With me, un tema que hicieron célebre algunos intérpretes de altura estelar como Aretha Franklin o Kenny Rogers. Para el final, y antes del instrumental que pone el cierre, la pegadiza Too Late, una demostración del optimismo que derrocha esta obra que toca, con la calidez de un artista en estado de gracia, el alma y el corazón.

domingo, 6 de agosto de 2017

En el Infierno congelado o el destino de un novelista



*La siguiente columna apareció, originalmente, en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/en-el-infierno-congelado-o-el-destino-de-un-novelista/


En el Infierno congelado o el destino de un novelista

El término serendipia es una palabra muy utilizada en la novela de la post-posmodernidad, y en la literatura cuántica. Parece que las casualidades y las coincidencias rigen nuestras vidas más de lo nos imaginamos. Ayer, abrí Instagram y me sorprendí con que una de las personas a las que sigo se había embarcado en la lectura de Si esto es un hombre, de Primo Levi. Yo acababa de escribir la reseña de Cinco días que estremecieron al mundo, de Nicholas Best (editorial Pasado & Presente), para esta misma página, y en ella me refería a esa obra y al poema del mismo título que la encabeza. Por si todo esto no fuera bastante, me topé con una noticia en la prensa: el museo del campo de exterminio de Auschwitz iniciará una muestra itinerante por 14 ciudades europeas.

Es la trilogía de Primo Levi, compuesta por Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados (todas ellas editadas en Península), un tríptico estremecedor de toda la barbarie que el escritor italiano tuvo que soportar en el campo de Auschwitz. Levi, judío sefardí y químico de profesión, se vio internado en el anexo de Monowitz. Ese era el lugar destinado a la fabricación de caucho, aunque jamás se logró ese objetivo. Gracias a su condición de científico, Levi esquivó el destino de los 630 judíos de su transporte. Solo sobrevivieron 20 personas de ese envío.

Enfermo de escarlatina, soportó en el barracón médico los últimos días del campo, hasta que fue liberado por el Ejército Rojo. Su Trilogía de Auschwitz está atravesada por la presencia de la Divina Comedia de Dante, que coloca la parte del Infierno en paralelo con la existencia en Auschwitz. También aparecen continuas referencias a otros grandes clásicos de la literatura, en especial a Homero y su Odisea.

Intentando esquivar la abrumadora presencia de la película La lista de Schindler —cuya novela-ensayo de Thomas Keneally, El Arca de Schindler, es del todo recomendable— no puedo dejar de mencionar La zona gris, una película durísima sobre las condiciones de vida en el campo, y cuyo título se ha tomado del segundo capítulo de Los hundidos y los salvados de Levi, el último libro de la trilogía. Otra película que he visto hace poco, y que abunda en esta visión realista y devastadora, es la húngara El hijo de Saúl. Creo que puede ser lo más aproximado que se haya filmado sobre lo que de verdad tuvo que ser aquel infierno. El filme obtuvo el Óscar a la mejor película extranjera en 2016.


En la primera novela que publiqué hace años, Noche y Niebla (Nostrum), definí la existencia de Auschwitz, varado en nuestro tiempo actual, como un “infierno congelado”. Como si todo el mal que se desplegó allí se mantuviera en un estado latente, a la espera de volverse a despertar de nuevo. Debo reconocerlo: la visita al lugar cambió mi percepción de la realidad, de la Historia, y me marcó definitivamente. Me cambió la vida.

Desde entonces, ni en una sola de mis obras he dejado de referirme al Holocausto, o si lo prefieren a la Shoah, tal y como se denomina en hebreo. Y no pienso dejar de recordarlo, escribir sobre aquello, porque soy de los que mantiene la teoría de que hay que tenerlo bien presente en la memoria colectiva.

Creo que fue Vargas Llosa —cuando todavía era un buen novelista— quien afirmó que el escritor no elige el tema sobre el que va escribir, sino que es el tema quien lo elige a él. Desde luego, eso me sucedió a mí. La historia es muy larga de contar y este no es el lugar adecuado, pero yo no tenía ningún interés especial en Auschwitz en el año 1991, época en la que recorrí, durante varios meses, Europa a golpe de mochila e Interrail. Sin embargo, un impulso misterioso me condujo con encono, superando todos los problemas e inconvenientes, hasta sus acongojantes barracones.

Auschwitz es el nombre alemán que recibía la localidad polaca Oświęcim, sí, un lugar triste y gris, aplastado por el peso del horror y de su pasado. Recuerdo que, mientras me acercaba al pueblo, contemplaba los bosques por la ventanilla del tren. El dolor colgaba de las ramas de los árboles. El dolor se arracimaba en los hombres, también en cada esquina de aquel villorrio, en las calles, los adoquines, las aceras. El dolor aguardaba, como un guardagujas más, detenido al pie del andén de la estación.

En ese momento, el dolor no era contemplado como ahora, como un gran Parque Temático de diversión, principalmente relanzado por Hollywood, a horcajadas de la industria cinematográfica que, desde La Decisión de Sophie, pasando por La Caja de Música y acabando en La Lista de Schindler, ha estandarizado, franquiciado la imagen del Holocausto.

Ahora, se anuncia un tour por las grandezas de Polonia con las atrevidas palabras de “visitaremos Varsovia, Cracovia, Auschwitz, Chestojova”, incluyendo el campo de exterminio como un lugar de entretenimiento más, al nivel de tipismo de los bisontes de la reserva polaca de Białowieża, de la arquitectura de Gdansk, de las minas de sal de Wielickzka o del vodka Wyborowa. Un sitio más que se debe visitar, con sus guías y sus autobuses de turistas abarrotados: es un lugar de dolor de consumo rápido.

Pero en aquel año lejano, también congelado en el tiempo, nací como escritor. Tal y como lo relato en mi última novela publicada hasta la fecha, Casillero del diablo (Xorki), y pidiendo disculpas por lo feo que resulta eso de auto citarse:

 “Veía claro lo que tenía que escribir. Tenía que escribir sobre aquello. Debía escribir sobre eso. El tema me había elegido… no, el tema no. Era el Campo. El Campo me había cogido por las piernas, el Campo, el Campo me lo ordenaba, me lo exigía”.

Desde entonces, ese tema se hizo presente en todas mis novelas.

Si esto es un hombre, de Levi, puede leerse en paralelo con otra de las grandes obras sobre Auschwitz y el Holocausto: se trata de Sin destino, del Premio Nobel de Literatura húngaro Imre Kertész. El libro, de marcado tinte autobiográfico, narra el paso del escritor por el campo de Auschwitz, y después por el de Buchenwald, cuando todavía era un adolescente. Respecto a Buchenwald, el libro de Jorge Semprún, Viviré con su nombre, morirá con el mío (Tusquets), completa perfectamente esta pequeña bibliografía que he aportado aquí sobre el Holocausto.


Sin embargo, además de las novelas, o de los escritos autobiográficos de experiencias vividas en mitad de la matanza, también se ha desarrollado una extensísima bibliografía que reflexiona sobre el asunto con un profundo análisis filosófico. El intentar explicar la barbarie desde un punto de vista humanístico, quizás, pueda resultar imposible, pero quiero mencionar uno de los trabajos que más me ha interesado en este aspecto. Se trata de Por los campos de exterminio (editorial Anthropos), de Reyes Mate.  Un breve tratado en donde su autor demuestra una extraordinaria lucidez a la hora de enfrentarse e interpretar los sucesos.

La obra de Mate está repleta de buenos trabajos acerca de este tema —en 2009 fue Premio Nacional de Ensayo—, pero el texto al que me refiero, junto a una tanda de tres conferencias a las que asistí en la Fundación Juan March de Madrid, durante el año 2003, me iluminaron aquellos aspectos oscuros que aún albergaba sobre el asunto.

A menudo se menciona un término pavoroso: la vergüenza del superviviente. Esa definición tan triste, de la que ya habla Levi en el capítulo tercero de Los hundidos y los salvados, es un lastre, el peso de la culpa que devora a los que salieron con vida del Holocausto, que ni comprenden ni soportan los motivos por los cuales a ellos no les alcanzó la muerte. Fue este sufrimiento el que llevó a Primo Levi a arrojarse por el hueco de las escaleras desde un tercer piso en Turín, en una muerte polémica porque durante un tiempo se quiso mantener la idea del accidente. Pero se trataba del mismo sentimiento de vergüenza y culpa que hizo que el poeta Paul Celan se lanzara al Sena.

El Premio Nobel húngaro, Imre Kertész, antes y después: a la izquierda, durante su internamiento.

Han pasado algo más de 72 años de la liberación de Auschwitz, pero es un asunto que, para muchos de nosotros, sigue siendo recurrente. El sistema concentracionario nazi, con la muerte como producto final de todo el esfuerzo consagrado a ello, significó una quiebra definitiva del humanismo y de todos los avances que en ese sentido había experimentado el hombre desde el Renacimiento. Por ello, no es de extrañar que algunos nos empeñemos tanto en recordarlo. La literatura intenta explicar al ser humano, y por eso vuelve una y otra vez a los campos de exterminio, en un intento de alumbrar las sombras más oscuras de nuestra naturaleza.

Yo, sin ir más lejos, acabo de terminar mi nueva obra, Softcore, y si algún día consigo editarla, podrá verse en ella que, nuevamente, abordo el asunto. Pero hasta que eso ocurra, tendremos tiempo de sobrecogernos con la muestra itinerante del museo de Auschwitz —en concreto se realizará a finales de año en el Centro de Arte Canal de Madrid, y significará su estreno mundial— y formularnos, de nuevo, la pregunta sin respuesta que nos carcome: ¿Cómo pudo ocurrir?