lunes, 16 de octubre de 2017

Amadís de Gaula cruza los mares: libros de caballerías para el siglo XXI


*Esta columna apareció en achungmag.com:

http://www.achtungmag.com/amadis-gaula-cruza-los-mares-libros-caballerias-siglo-xxi/


Esta semana hemos presenciado los fastos correspondientes al 12 de octubre, fiesta nacional de España y un día que siempre viene cargado de todo tipo de disputas. Sin embargo, en Achtung!, sabemos verle el lado literario a las cosas, y preferimos alejarnos de tensiones, denuncias y polémicas. Los barcos de los Conquistadores, o como se prefiera llamarlos, viajaron cargados de libros rumbo al Nuevo Mundo. Las novelas de caballerías tuvieron una presencia importante en el caminar de aquellos hombres por el continente americano.

Después de 1492, los barcos que partían camino de América se sucedían con efervescencia. Los capitanes al mando de las expediciones eran de buenas familias, generalmente los segundones, que habían recibido una educación o poseían ciertos estudios; Hernán Cortés, hijo de un hidalgo extremeño, cursó un par de años de leyes en Salamanca, aunque los abandonó finalmente.

Esto, junto al auge auspiciado por impresores extranjeros que se habían instalado en la península —en Salamanca o en Burgos— y que trajeron la innovación de la imprenta de Gutenberg, tan sólo descubierta unos 50 años antes, contribuyó a que se embarcaran auténticas bibliotecas en los navíos. Y los libros de caballerías eran los preferidos.

California, Amazonas o Patagonia, topónimos que surgieron de la fascinación de los Conquistadores por las aventuras caballerescas. La reina Califia, de las Sergas de Esplandián (Castalia), bautizó a California; Francisco de Orellana denominó a la región del río Amazonas por las figuras mitológicas, y Patagonia se debe al portugués Hernando de Magallanes y su pasión por la novela Primaleón, en donde aparece un gigante con el nombre de Patagón.

Por encima de todos estos libros se encontraba uno que era una especie de Best Seller de la época: el Amadís de Gaula (Espasa) del portugués Garci Rodríguez de Montalvo, publicado por vez primera en 1508. Las hazañas de Amadís, que narran su nacimiento, su amor por la princesa Oriana y una multitud de aventuras a lo largo de cuatro libros, fueron inspiradoras de aquellos que hicieron las Américas, inflamados por los ideales caballerescos que primaban las cuestiones del honor, la valentía y el arrojo. El Amadís de Gaula dio lugar a otras continuaciones, como el Amadís de Grecia.

Muchos de los Conquistadores se sintieron como Amadís en su batalla contra el Endriago (una bestia con rasgos de hidra y dragón) mientras avanzaban por territorios tan desconocidos como hostiles. Pero además del Amadís de Gaula, y su continuación en las Sergas de Esplandián, existieron numerosos libros de caballerías de los que algunos se han perdido para siempre: a lo largo del siglo XVI aparecieron más de 300 ediciones en España.

Uno de los libros cumbres de esta literatura caballeresca es Tirante el Blanco, escrito por el valenciano Joan Martorell, en el año 1490. Junto con el propio Amadís, es uno de los títulos salvados por Cervantes en el escrutinio del Quijote. Tirante el Blanco es una de las novelas más originales de todas, con ciertas desviaciones del género que lo hacen único. Valga como ejemplo el tratamiento del amor en la obra, que deja de ser caballeresco e idealizado para adornarse con tintes sexuales, o por la inclusión en la narración de detalles autobiográficos del propio autor. En este sentido, el Tirante es un libro atípico dentro de la novela de caballerías.

He mencionado “el escrutinio” del Quijote, en donde se procede al examen y condena de aquellos libros que han enloquecido a Alonso Quijano, y podemos fijarnos en algunos de los textos salvados para establecer una especie de canon de la calidad de este tipo de novelas.

Entre el cura y el barbero arrojan muchos volúmenes al fuego, entre ellos todas las secuelas del Amadís, incluido el Esplandián, también el Florismarte o el Palmerín de Oliva. Pero entre los volúmenes indultados se encuentra el Palmerín de Inglaterra (Miraguano) de Francisco de Moraes.

Un libro muy interesante, que abunda en todos estos asuntos, es Los libros del conquistador (Fondo de Cultura Económica) de Irving Leonard, donde analiza las lecturas favoritas de los hombres que viajaron al Nuevo Mundo, y las que llevaron consigo. Se trata de un libro antiguo, de mediados del siglo pasado, pero que ha resultado capital para dar luz a algunos de los enigmas que presentaban estas obras que tanto influyeron en los expedicionarios. Sólo hay que tener en cuenta un dato para percibir la magnitud del asunto: en febrero de 1601 se enviaron cerca de 10 mil volúmenes a las Indias.

De manera que, aquellos que deseen adentrarse en este terreno tan desconocido por el lector medio, pueden iniciarse con el Amadís, el Tirante y, como complemento, alguno de los libros menos famosos; me permito recomendar el Morgante, del italiano Luigi Pulci, una obra que presenta algunas características bien interesantes: una estructura de episodios entrelazados en donde tienen gran protagonismo los gigantes, todo ello narrado desde un notable flash back.

Y como colofón, El libro de la orden de caballería (Alianza) de Ramon Lull, breve compendio de las reglas necesarias para llegar a ser un buen caballero. Además, los más curiosos pueden acceder a las guías de lectura caballeresca del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Medievales y del Siglo de Oro “Miguel de Cervantes”, que complementan la colección de Los libros de Rocinante, y que son las ediciones de 31 libros de caballerías castellanos (entre ellos el Platir, el Felixmarte o el Policisne). 

Podéis consultarlos aquí:


Y las guías de lectura caballeresca:


En estos tiempos difíciles que corren, de insultos precipitados, descortesía a raudales, insolidaridad cimentada en el odio y nula empatía, tal vez venga bien recordar estos libros que para muchos no dejan de ser tomos rancios y aburridos, para quedarnos con los mejores valores que desprenden: el ansia de ayudar al prójimo, la generosidad de sus héroes y la actitud valiente con la que afrontar los retos y las situaciones comprometidas de la vida.


Quizás las cosas nos irán mejor si fuéramos un poco más Amadís.

viernes, 13 de octubre de 2017

Baklava


somos:
cinco capas
de un baklava

una primera
de piñones azules y salvajes
de chefchaouen
y miel de cantares
en tus labios

la segunda,
nueces tostadas en
la samarkanda de nuestro cuerpo
y aromas de agua de azahar en tus ojos

una tercera de
almendras y canela
derramadas en el pelo

la cuarta,
de hojaldres como las olas
en el abrazo de un mar luminoso

la quinta
es pistacho en nuestras manos,
almíbar al caminar
y roiboos
en el marrakech
de la noche

martes, 10 de octubre de 2017

Kafka y Conrad editados por Navona: dos venerables ancianitos que montan en skateboard


*Esta reseña apareció en mi columna semanal de los viernes, El odradek de achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/kafka-conrad-reeditados-navona-dos-venerables-ancianitos-montan-skateboard/


La transformación de Franz Kafka y El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, son dos grandes clásicos de la literatura. De eso no cabe duda. Y como tales los ha editado Navona, dentro de su colección Ineludibles. Porque, realmente, lo son: son dos textos imposibles de eludir, de ignorar.
Para superar el posible hartazgo con el que alguien pueda recibir la enésima publicación de clásicos de esta magnitud, Navona ha revitalizado los textos presentando una nueva traducción junto con una edición sobria, funcional, agradable y cuidada. De esta forma, Kafka y Conrad se han visto redimensionados, y ahora podemos disfrutar de estos textos, que son como dos venerables ancianitos cargados de sabiduría, con un nervio y un pulso de jovenzuelos.

Como crítico y teórico de la literatura, es bastante dificultoso ofrecerle a un lector veterano argumentos diferentes para aproximarse a estos dos libros. Sin embargo, y contando con que su nuevo envasado editorial ya es de por sí una buena excusa, supongo que los lectores curtidos sabrán excusarme si no soy capaz de añadir casi nada nuevo de reclamo. Ahora bien, el número de personas que envidio profundamente, aquellas que aún se mantienen virginalmente instaladas en el desconocimiento del goce que les proporcionarán semejantes obras, quizás encuentren atractivas mis palabras a la hora de decidirse por las ediciones de Navona, huyendo de algunas otras traducciones alambicadas, o de aquellas ediciones de saldillo que abundan de ambas novelas.

Empezaré por Kafka y La transformación. En efecto, Navona, o su traductor y autor de un pequeño prólogo, Xandru Fernández, le han dado a la narración el título adecuado. Como muy bien afirma en dicho prólogo, si Kafka hubiera querido llamarlo La metamorfosis lo hubiera titulado así, Die Metamorphose, pero se decidió por llamarlo Die Verwandlung: La transformación.

Cuando Gregorio Samsa se despierta, “después de un sueño intranquilo”, ya se ha convertido en un insecto. La metamorfosis tendría mucho de proceso evolutivo, de mutaciones en diversas formas, y presenciaríamos en la narración los cambios estructurales que abarcarían desde una fase de pupa hasta el estadio de insecto de Gregorio Samsa. Pero la narración comienza in media res, cuando el protagonista ya se ha transformado por completo.

Kafka ha compuesto un relato que muy bien puede entenderse como una obra cumbre de la ciencia ficción, pero esa es sólo una de las muchísimas lecturas que permite un texto de una riqueza tan enorme como este, y además, entenderlo como una joya de la Sci-Fy tal vez sea la aproximación más simple. Porque La transformación está atravesada de un carácter simbólico en donde toda la historia es una metáfora de la incomunicación del hombre, aplastado, angustiado, sometido.

De esta manera, entendiendo el relato de Kafka como algo simbólico, podemos darle todo el sentido que contiene: La transformación se ha producido, realmente, en el interior del hombre, y se trata de un protagonista colectivo, dado que nos representa a todos nosotros.

Por ese motivo, que Samsa haya mutado en cucaracha, o escarabajo, realmente carece de importancia. De hecho, el propio Kafka le insistió a su editor Kurt Wolff que en ningún caso podía aparecer un insecto en la portada, lo que dio lugar a una de las cubiertas más emblemáticas de la historia de la literatura.

Sirva como anécdota el dato de que la primera traducción de una obra de Kafka a otro idioma fue La Transformación, vertida al castellano en junio de 1925, apenas un año después de la muerte del autor, y casi tres años antes de que apareciera en francés. El texto apareció como una traducción anónima en los números 24 y 25 de Revista de Occidente, bajo el título de La Metamorfosis. Desde entonces, se divulgaría con ese nombre por todo el orbe de habla hispana —y se especula con dos buenos conocedores de la lengua alemana como posibles autores: el director de la Revista, Ortega y Gasset, o tal vez el secretario de redacción, Fernando Vela—.

Si os interesa una interpretación más profunda de las muchas lecturas que se pueden hacer del texto, aquí os dejo un enlace a un trabajo mio:


Recordemos unas palabras de Kafka sobre las cualidades de un buen libro:

Creo que debemos leer solo la clase de libros que nos hieren, que nos apuñalan. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta con un golpe en la cabeza, ¿para qué leemos?... Necesitaríamos libros que nos afecten como un cataclismo, que nos acongojen profundamente, como la muerte de alguien a quién hemos amado más que a nosotros mismos, como si nos hubieran desterrado a una selva, lejos de todos, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha para el mar congelado que tenemos dentro de nosotros”. 
Con La Transformación lo ha conseguido.
Por su parte, mi historia con El corazón de las tinieblas de Conrad es una relación de amor y de odio…, que acaba de solucionarse gracias a la edición de Navona y, hay que decirlo, por la insistencia de mi amigo Ignacio Vacchiano en que le concediera nuevas oportunidades en forma de lectura. Tenía razón.
A la hora de leer a Kafka es difícil sacudirse el asunto del insecto, el de la figura de un hombre entenebrecido por la presencia del padre, o aquello de que decidió quemar toda su obra, como casi imposible resulta abstraerse de las muchas interferencias que pueden obstaculizar a El corazón de las tinieblas. En primer lugar, que en cierto modo es un recorrido como el del descenso de Dante a los Infiernos, o las incansables comparaciones de la película Apocalypse Now con el libro, del cual, evidentemente, toma gran parte de la trama.

Sin embargo, una vez olvidado todo esto y alejando de nosotros la falsa afirmación de que el texto es lento, como asfixiado por ese espíritu opresivo de la jungla que Conrad pretende retratar, si sabemos sobreponernos a la intromisión de algunas interpretaciones que solo encuentran una denuncia del régimen criminal del rey belga Leopoldo II en el Congo, podemos acceder a un trabajo literario de virtudes planetarias (y pienso en la sonrisa de satisfacción de mi amigo Ignacio al leer esto).
Desde luego, si no se ha leído nunca la novela de Conrad, la edición de Navona es la indicada para hacerlo. Y lo es, por ejemplo, por la traducción de un gigante como el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, que además es biógrafo de Conrad y ha conseguido algo muy peculiar y decisivo con El corazón de las tinieblas: dotarlo de una luz especial.
En El corazón de las tinieblas vamos a toparnos con un tratado sobre la angustia y la codicia, sobre la inmundicia humana, desplegada en el seno de uno de los lugares más hostiles para el hombre: la jungla pavorosa y asfixiante, que alberga un misterio de terror que termina enloqueciendo a quienes se adentran en ella. En este aspecto, no puedo dejar de poner en paralelo esta lectura con los Cuentos amor, locura y muerte del uruguayo Horacio Quiroga, donde la presencia de la selva y la muerte configuran un cronotopo muy parecido al de Conrad en El corazón de las tinieblas.

Leyendo a Conrad, y también leyendo a Quiroga, extraemos una reflexión inquietante: la profanación de la naturaleza, en este caso el saqueo de sus recursos y el maltrato y la esclavitud de aquellos que la habitan, desencadena consecuencias terribles. Fundamentalmente, la locura y la muerte.
Porque El corazón de las tinieblas es una novela sobre el mal, ya sea una perversidad albergada en el interior del hombre o la perfidia mortal que despliega el entorno selvático que lo rodea —en defensa propia ante los abusos que soporta, desde luego—; un mal que se desencadena como una venganza, es la respuesta de la tierra a una violación, lo que quizás podría vestir a la novela de Conrad con un interesante carácter ecologista que dispararía otras interpretaciones.
El mal está presente en la naturaleza como un castigo al hombre por haberla alterado, pero también como recordatorio de que, primigeniamente, pertenecemos a ese entorno y que debemos someternos a sus leyes: el ser humano es frágil, como todos los elementos que conforman la hostilidad de la jungla.
Mediante el relato dentro del relato, la historia que les cuenta Marlow a los tripulantes de un barco que aguarda el cambio de marea en las orillas del Támesis, el narrador revive la opresión que experimentó durante su estancia en el Congo. Se produce así una interacción externa-interna de los paisajes: el tiempo actual del relato junto al tiempo pasado de lo narrado por Marlow.
Y las claves del descenso a este infierno africano se encuentran en el cauce del río por el que ha navegado el protagonista a la búsqueda de Kurtz. La masa de agua se va convirtiendo en un curso sinuoso y terrorífico, hasta que deja de transmitir la sensación de río y se convierte en algo aplastante.
Es el entorno de una naturaleza inclemente, capaz de extraer toda la insoportable malignidad humana hacia el exterior. El hombre, oprimido por las fuerzas naturales, se convierte en un desecho nervioso presto a saltar a la yugular de su semejante ante la menor irritación, y debe morir para integrarse en la naturaleza que ha profanado, ya que la muerte es un estado natural que arregla las cosas, que las devuelve a su sitio.

Cuatro veces leí esta novela antes de toparme con la edición de Navona, que me ha permitido descubrir en ella gran parte de las virtudes que la hacen ineludible. Con estas nuevas ediciones, Kafka y Conrad, esos dos venerables ancianos que se aproximaban a pasitos lentos y cargados de sabiduría, arrojan al suelo sus sombreros de hongo y se convierten en jóvenes vivarachos que toman las tablas de sus skateboards y realizan las piruetas más arriesgadas con lo magistral de su literatura.

domingo, 1 de octubre de 2017

Literatura de viajes, viajeros y grandes exploradores: a la búsqueda de lo prohibido



*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/literatura-viajes-viajeros-grandes-exploradores-la-busqueda-lo-prohibido/


Hace unos días pude ver la película La ciudad perdida de Z, basada en el libro de David Grann (Debolsillo). Se trata de una historia biográfica sobre el explorador británico Percy Fawcett, obsesionado por encontrar una ciudad perdida en el Amazonas, siguiendo el rastro de la leyenda de El Dorado y la ciudad de oro. Mientras veía la película no podía dejar de acordarme de un libro bastante parecido, al menos coincidente en los aspectos de la figura del explorador y sus vicisitudes, El capitán Richard F. Burton, de Edward Rice (Siruela).

La principal diferencia entre Fawcett y Burton es que el primero nunca regresó de su última expedición, extraviado junto a su hijo en algún lugar recóndito del Amazonas. No se conoce bien cuál fue la suerte que corrieron padre e hijo. Se barajó la posibilidad de que hubieran muerto a manos de los indígenas, pero también se especuló que Percy Fawcett se quedase, extrañamente, a vivir con los indios al estilo de un Kurtz conradiano. Unos 100 hombres partieron en expediciones de rescate, con el objeto de hallar restos o indicios del explorador: ninguno de ellos regresó de un territorio extraordinariamente hostil y peligroso.

Otra de las diferencias, y muy notable, es que mientras Fawcett limitó sus andanzas al Amazonas, Richard F. Burton llevó sus expediciones mucho más allá. Es en este sentido cuando el libro de Edward Rice adquiere un relieve notable. El retrato que hace de Burton es soberbio, atento al detalle, pero sin desenfocar el verdadero espíritu y personalidad del personaje biografiado: antropólogo, militar, traductor de árabe y lenguas orientales, cartógrafo, poeta, lingüista, botánico, geólogo, traductor de Las Mil y una Noches… y, obviamente, explorador y descubridor.

Burton atesora en su carrera algunos hitos legendarios. Fue uno de los pocos occidentales en entrar en La Meca, con todo el riesgo que aquello entrañaba en el año 1853. A tal efecto, su obsesivo trabajo de estudio sobre las costumbres y comportamientos de los árabes lo llevaron a mimetizarse de tal forma que pudo pasar por uno de ellos —llegó, incluso, a circundarse—. De esta forma, siguió las andanzas del boloñés Ludovico de Varthema que, ya en 1503, lo había conseguido. La editorial Akal publicó en 2010 la primera traducción moderna de la edición latina que Arcangelo Madrigiani llevó a cabo sobre el viaje del explorador italiano en 1511. Después, fue el viajero portugués Pedro da Covilha el siguiente europeo en entrar en la Kaaba.

Aunque también fue el primer europeo que entró en la ciudad prohibida de Harar, en Somalia, realmente, por lo que Burton debería pasar a la posteridad, es por su descubrimiento de las Fuentes del Nilo Blanco y el lago Tanganika, hitos que su compañero, pero también rival John H. Speke, se atribuyó, iniciando una larga y agria polémica. Sospechosamente, el mismo dia de 1864 en el que la Asociación Británica Geográfica de Bath había designado para resolver el conflicto, mediante un careo ente ambos exploradores, Speke falleció en un extraño accidente de caza en Somerset, víctima de un disparo proveniente de su propio rifle.

Volviendo al retrato que de Burton lleva a cabo Edward Rice, cabe destacar que las páginas de su biografía son unas páginas vibrantes y repletas de vida. Contienen momentos memorables, y además sabe alimentar el misterio y el misticismo del explorador.

Burton admiraba al barcelonés Domingo Badía, más conocido como Ali Bey, que en cierto modo es el modelo que el británico imitó. Bey, también militar y experto arabista, viajó por tierras musulmanas a petición de Manuel Godoy, ministro de Carlos IV, compaginando sus dotes de explorador con los de espía al servicio de la corona española. Bey fue el tercer occidental en acceder a La Meca, pero el primero en documentar el lugar con dibujos y planos.

Producto de sus andanzas, aparecieron los libros con sus viajes en 1814. Existe una magnífica edición en tres tomos, editada por Almed en 2012. Alí Bey fue envenenado con una taza de café por los servicios secretos británicos en Damasco, mientras realizaba una misión de espionaje para Francia.
Pero no todo es brillante en la literatura de viajes o de grandes viajeros, y quiero traer aquí un par de esos libros que me han decepcionado profundamente. Se trata de Guia para viajeros inocentes (Ediciones del viento) de Mark Twain, y La vuelta al mundo en 81 días, (Debolsillo) de Manu Leguineche.

En el primero, el norteamericano, por otra parte un excelente narrador, alcanza límites insoportables con unas humoradas que pretenden ser sutiles pinceladas de socarronería, y que terminan por hartar; mientras, en el segundo, el reportero español anda más atento a erigir un monumento a su ego descomunal, relatándonos las personas importantes que conoce y lo importante que es él mismo, que a lo interesante del viaje. Al final, es el mismo defecto el que frustra ambos libros: un ego descontrolado que antepone a los autores por encima de los viajes.

Si os interesa un análisis más en profundidad del libro de Mark Twain, podéis encontrarlo en este enlace; se trata de un estudio que realicé hace tiempo:


Y para el libro de Manu Leguineche, igual:



No quiero terminar sin volver al motor que ha movido esta columna, el excepcional relato biográfico del capitán Burton que lleva a cabo Edward Rice. Un libro monumental que asegura fascinación desde el principio hasta el final, y que viene a recordarnos que la biografía es un género que permite trabajos realmente emocionantes para los lectores. Y además, fue una de las obras favoritas de mi hermano, y para mí, con eso, ya está todo dicho.

domingo, 24 de septiembre de 2017

México: literatura para tratar de paliar el dolor y la tragedia



*Esta columna apareció originalmente en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/mexico-literatura-tratar-paliar-dolor-la-tragedia/


Esta semana hemos vivido uno de esos sucesos que nos resultan imposibles de asimilar cuando la Naturaleza se pone intratable: me refiero al terremoto de México. La desgracia ha golpeado con especial virulencia a un país que me es particularmente querido, con el que mantengo unas relaciones muy especiales. Por ese motivo, he pensado que una buena forma de ayudar a que estas horas tan terribles resulten algo más llevaderas a todos los mexicanos podría ser hablando de su inmensa tradición cultural en esta columna de los viernes de El Odradek.

El acervo literario mexicano es inmenso. Se trata de uno de los países latinoamericanos con mayor producción y talento, plagado de buenos escritores que han encontrado su lugar en los escalones de la inmortalidad. Por ello, me resultaría muy sencillo hablar aquí ahora, enumerar, algunos de esos genios que están en boca de todo el mundo. Indudablemente, Juan Rulfo y su Pedro Páramo (Cátedra) o cualquier obra de Carlos Fuentes. Qué decir de Octavio Paz, Elena Poniatowska (parisina por accidente), Fernando del Paso, Laura Esquivel, Elena Garro, Jaime Sabines, o retrotraernos hasta el siglo XVI para recordar a Sor Juana Inés de la Cruz, entre otros muchos autores.

Sin embargo, quiero aproximarme a cuatro escritores mexicanos mucho menos conocidos por el gran público, como lo son Rafael Bernal, Mariano Azuela, el poeta Jose Emilio Pacheco y el malogrado Jorge Ibargüengoitia. En efecto, si algo les caracteriza a todos ellos es que ya están fallecidos; pero hay algo más que actúa como un hilo conductor en sus vidas repletas de talento: supieron innovar, marcar la diferencia, y dejar obras para la posteridad absolutamente decisivas en sus géneros.

La literatura mexicana se encuentra atravesada de parte a parte por esa tremenda primera línea que viene a ser algo así como nuestro lugar de la Mancha: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal pedro Páramo”. La obra de Juan Rulfo podría haber oscurecido las letras de su país con la proyección de una sombra enorme y aniquiladora sobre el resto, más aún cuando en Ciudad de México se forjó Octavio Paz, un titán de la poesía y Premio Nobel, circunstancias tremendas que podrían acabar con cualquier escritor modesto, dado que los focos casi siempre iluminan a los mismos: Rulfo, Paz y, si se me apura, al tercer convidado, el mediático y hollywoodiense Fuentes.

Sin embargo, la riqueza literaria del país es enorme, especialmente en los autores que podemos llamar de género. Quiero empezar por Mariano Azuela y su novela Los de abajo (Cátedra) un trabajo bien curioso, y tremendamente entretenido. Los de abajo inaugura la literatura de la Revolución Mexicana y, de todos los autores que también explotaron ese riquísimo campo literario —Guzmán, López y Fuentes o Romero— es la novela que, indiscutiblemente, ha pasado a la posteridad.

Los de abajo proyecta su foco sobre los desheredados y los desarrapados, con cierto aire de western o de novela de frontera. Ya su título ofrece información acerca de los verdaderos protagonistas del relato, los revolucionarios que, desde lo más abyecto de la sociedad, buscan imponer un nuevo orden que casi siempre encuentra su mejor vehículo de expresión en la violencia.

La novela presenta al campesinado oprimido por los caciques, al ejército federal de Victoriano Huerta, que intenta imponer por la fuerza las decisiones políticas de los gobernantes, y a Demetrio Macías, entre otros, que forma una cuadrilla revolucionaria que, en algunos momentos, recuerda al Michael Kohlhaas de Heinrich von Kleist o al grupo de guerrilleros albaneses —los mokranos— que luchan en El año negro, la novela de Ismaíl Kadaré. Puedes encontrar una reseña de esta novela en el siguiente link:


Al fin y al cabo, todos estos personajes de la historia de la literatura lo único que intentan es levantarse contra situaciones que consideran injustas, una vez que se dan cuenta de que ya no pueden contar con la ayuda del poder oficial, que hace tiempo que ha dejado de encontrarse de su lado —si es que alguna vez lo estuvo realmente—.

Sin embargo, y no puedo dejar de contemplar este aspecto con desesperación, al final la Revolución devora a sus hijos, como siempre, y todo acaba en el mismo punto desgraciado en donde comenzó: la sangre, la muerte y la violencia solo han servido para empeorar las cosas, y los ideales que alimentaron la Revolución han sido traicionados y, finalmente, olvidados; incluso sus máximos representantes, Zapata y Carranza por ejemplo, se enemistan y entran en guerra entre ellos. La Revolución se ha corrompido.

Los de abajo fue publicada por entregas en el diario El Paso del Norte, durante los últimos meses de 1915. No vio la luz como novela en un solo volumen hasta el año 1920, convirtiéndose en un gran éxito.

Por su parte, Rafael Bernal firma El complot mongol (Libros del Asteroide), una novela de género negro a la que ya me he referido en alguna ocasión, como se puede comprobar en este enlace:


Con El complot mongol, Bernal marca el inicio del género negro mexicano, y lo hace con una novela tan descacharrante como notable. En ella, a golpe de humor negro, se mezclan en un universo delirante personajes tan curiosos como agentes de la CIA y de la KGB en un México de los años setenta y que está a punto de recibir la visita del Presidente de los USA. Según creen todos estos Servicios Secretos, el Presidente se encuentra en el punto de mira de una trama llevada a cabo por los chinos con el objeto de asesinarlo… Una trama-babel que se enreda en venganzas e intereses oscuros sobre Filiberto García, detective y asesino encargado de impedir el magnicidio.

Bernal ha tomado elementos del clasicismo negro —Dashiell Hammett, los suburbios, la reflexión sobre el mal— para mexicanizarlos de una forma asombrosa, sustentados en un trabajo con el lenguaje sencillo y magistral. El resultado es tan deslumbrante, que la novela ha admitido películas, su vertido al cómic e, incluso, una sorprendente puesta al día en un sitio web interactivo:


Mención aparte merece el poeta mexicano José Emilio Pacheco. Escribir poesía en el país de Octavio Paz es algo así como intentar ser novelista en el de Cervantes o autor teatral en el de Shakespeare… Después de ellos, ¿queda algo decente que decir? Pacheco es un poeta descomunal, que en sus versos introduce un continuo juego meta literario.

Su poesía es un diálogo inteligente con otros autores, y sus obras, además, un compendio de preguntas existenciales y reflexiones sobre el paso del tiempo. En ese sentido, uno de mis volúmenes favoritos es No me preguntes cómo pasa el tempo (Visor), en donde los poemas entablan un diálogo con los grandes de la literatura universal, intentando desmitificar algunas visiones sobre la poesía y la función del poeta.

Es José Emilio Pacheco un poeta distinto, cargado de sorpresas, que se enfrenta al paso del tiempo con la palabra, creando un universo propio en donde la escritura es un gran palimpsesto que se alimenta de literatura. Puedes encontrar una reseña más amplia del libro en esta crítica que realicé hace ya un tiempo:


Siempre sorprendente, Pacheco también lo intentó con la novela. Muy recomendable es Las batallas en el desierto (Tusquets) una narración corta que ha tenido gran calado en la cultura mexicana.

El caso de Jorge Ibargüengoitia siempre me ha resultado particularmente doloroso. El escritor falleció en el accidente del vuelo 11 de Avianca cuando, proveniente de París, se aproximaba para tomar tierra en el aeropuerto de Barajas un 27 de noviembre de 1983. En aquella enorme desgracia, entre las 181 víctimas, también fallecieron otras importantes figuras de la cultura como el escritor peruano Manuel Scorza, el uruguayo Angel Rama y la pianista barcelonesa Rosa Sabater.

Jorge Ibargüengoitia utilizaba el humor y el sarcasmo como sus mejores armas para sacarle partido a su obra, de marcados tintes paródicos. Agudamente crítico con la sociedad mexicana, buscaba en sus novelas denunciar a los ignorantes, a los corruptos, como ejemplo de una realidad en descomposición ante la que es necesario resistirse. En el momento del accidente, llevaba consigo el borrador de una nueva novela, que desapareció entre las llamas.

Entre sus narraciones más notables se encuentran Los relámpagos de agosto (RBA) y Las muertas (RBA) esta última un ejercicio ejemplar de novela-crónica negra que escarba en la atroz historia de las Poquianchis, una especie de madamas de prostíbulo sanguinarias y pueblerinas que cometieron los más perversos crímenes en sus burdeles.

Al principio de esta columna me he referido a las grandes plumas de la literatura mexicana, el poeta Octavio Paz, el narrador Carlos Fuentes y el que muy bien pude ser uno de los padres de las letras mexicanas, Juan Rulfo. De los dos primeros, voy a recomendar textos que se alejan de los ámbitos que les dieron la fama, si bien en el caso de Paz es un reconocido ensayista.

El arco y la lira (Fondo de Cultura Económica) de Octavio Paz es un ensayo sobre los misterios de la poesía, sobre los resortes casi mágicos que consiguen que las palabras se conviertan en un poema. Una de las claves es la otredad, un término de compleja definición que alberga la chispa que enciende el fuego poético. Denso y brillante, en este ensayo Octavio Paz investiga como nadie las maravillas que puede producir el lenguaje cuando se alía con la imaginación.

Por su parte, de Carlos Fuentes quiero mencionar un ensayo titulado La gran novela latinoamericana (Alfaguara) que abunda en aquellas obras que conforman lo que podría denominarse como el canon de la literatura hispanoamericana, al gusto de Fuentes, obviamente, y discutible, pero que sirve como aproximación para todos aquellos que deseen familiarizarse con la literatura de un continente que, muchas veces, resulta abrumador en la generación de talentos literarios.


Y, como ya he manifestado al principio, de todos estos genios continentales, un buen grupo lo conforman los autores mexicanos. Valga este recuerdo y estas recomendaciones para tener en la memoria a un país que atraviesa un momento crítico y que, nosotros en Achtung!, deseamos hacer algo más llevadero reconociendo lo brillante de su literatura.

viernes, 22 de septiembre de 2017

El legado de un clásico americano


*Esta reseña apareció originalmente en el sitio Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/9/20/el-disco-del-mes-live-gretting-west-de-dan-fogelberg/


Interprete: Dan Fogelberg
            Título: Live-Greetings From the West
            Discográfica: Full Moon/Sony/Warner
            Género: Rock
            Duración: 1h; 54m; 27seg.
            Número canciones: 22 (2 CD)
            Fecha de publicación: Octubre de 1991.
                       
EL LEGADO DE UN CLÁSICO AMERICANO

El folk portentoso del cantautor norteamericano de Illinois, Dan Fogelberg, experimentó una explosión rockera a medida que iba grabando discos e impregnándolos con un toque country. De esa forma, en el año 1990, publicó uno de los mejores trabajos de su extensa carrera, The Wild Places, que rubricó con una excepcional gira de conciertos de la que se extrajo el disco que hoy recomendamos en Mi Nueva Edad: Live-Greetings From the West.
Sin lugar a dudas, como sucede con la mayoría de los discos imprescindibles en directo, y este es uno de ellos, los ingredientes que lo convierten en extraordinario suelen ser dos: una banda perfecta que arropa al cantante con un sonido mayúsculo, y la proyección en vivo de un disco en estudio sobresaliente (el ya mencionado The Wild Places).  De esta forma, en el show, Fogelberg incluye, junto a sus grandes éxitos de siempre, las canciones del último disco que, lejos de desentonar, adquieren un relieve de obra maestra.
Así, junto a temazos ya eternos como A Cry in the Forest, Run for the Roses o Leader of the Band, conviven cortes de The Wild Places como la canción del mismo nombre con la que abre el concierto, la composición en memoria de los indios americanos The Spirit Trail o la versión de The Rythm of the Rain, un estándar original de The Cascades y popularizada después por distintos artistas.
Al final del primer compacto destaca el grupo de canciones con aroma y estilo country que Fogelberg interpreta con su guitarra —especialmente brillantes son Old Tennesse y Road beneath My Wheels—, para dar paso, en el inicio del segundo disco, a tres temas firmados en colaboración con el flautista de jazz-fusión Tim Weisberg, composiciones que ambos grabaron juntos para la pequeña joya Twin Sons of Different Mothers, de 1978.
Estamos, sin duda, ante uno de esos descomunales trabajos en directo que, a veces, nos ofrecen los grandes artistas. Este Live-Greetings from the West pertenece al reducido grupo de los discos en vivo inolvidables y es, además, un auténtico american songbook que amalgama los estilos y las raíces del rock profundo sureño, del country, de la balada norteamericana, todos ellos envueltos en una ejecución impecable con un sonido magnífico.

Dan Fogelberg nos dejó en el año 2007. Contaba con 56 años y se encontraba en plena madurez musical. Lamentablemente, no pudo superar un cáncer de próstata pero, afortunadamente, ya había tenido tiempo de firmar este Live-Greetings From the West para la eternidad. Una grabación que aumenta su grandeza con cada escucha, y que nos recuerda con insistencia lo brillante que fue este compositor de canciones americanas.