sábado, 17 de febrero de 2018

Autores, lectores y mercado editorial: El juego del gato y el ratón



Esta columna se publicó en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/autores-lectores-mercado-editorial-juego-del-gato-raton/


Las decisiones empresariales que toman algunas editoriales muchas veces son, cuanto menos, sorprendentes. Diríase que en ocasiones van directamente en contra de los autores que publican, como si no les interesara lo más mínimo vender un libro. Tamaño disparate comercial yo no lo conozco en otros sectores. A todos nos resultaría impensable que nuestro carnicero se negara a vender sus filetes teniéndolos expuestos, bien apetecibles, tras el mostrador, o que el quiosquero hiciera lo mismo con la prensa, guardándosela para arrojarla a un contenedor al término de la jornada. Pues bien, las tácticas de muchas editoriales parece que van conducidas a ese objetivo, arrojar los libros a la basura. Eso es lo mismo que decir: tirar a sus autores por el inodoro.

Ya está este tipo con sus rabietas…, pensarán algunos lectores. Puede que sí, que esto no se trate más que de una rabieta, un enfado monumental que se repite todos los viernes cuando me planteo qué voy a escribir en esta columna de El Odradek, porque durante la semana he tenido que ir soportando, y encajando con una deportividad que ya me agota, numerosas afrentas, insultos y humillaciones provenientes del mercado editorial. Empeñado en, y aquí tiraré de diccionario para ser preciso, ciscarse y zurruscarse ya no solo en mi persona literaria, sino en una gran cantidad de amantes de la literatura, ya sean escritores o lectores e, incluso, libreros.
Desde hace unos meses mantengo, contra viento y marea y en colaboración con la asesoría literariaProscritos de Torrelodones, un taller de lectura comparada. Ni que decir tiene que los esfuerzos, las batallas y la denodada insistencia por sujetar a los alumnos es descomunal. Así, vamos tirando mes tras mes, con una oferta de lecturas diferente y original que pretende diferenciarse en algunos aspectos de los clubs de lectura habituales.
Partiendo de la idea comparatista de que la literatura es una infinita conversación entre todos los autores y todos los libros, propongo una serie de lecturas que denominaré como “menos habituales”, y después las hago entrar en contacto unas con otras, generándose una interpretación seria, profunda y transversal, que relaciona y remite a unos libros con los otros. Hemos estudiado, porque más que lecturas hacemos estudios fascinantes de las obras, Windows On The World de Frédéric BeigbederAmpliación del campo de batalla de Michel HouellebecqMatadero Cinco de Kurt VonnegutAusterlitz de W. G. Sebald (todas ellas editadas en Anagrama), El baile de Irène Némirovsky (en Salamandra) o El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers (en Seix Barral), entre otras.
En el futuro esperamos ver Las mentiras de la noche (Anagrama) de Gesualdo BufalinoSi una noche de invierno un viajero de Ítalo Calvino (Siruela), Natura Morta de Josef Winkler (en Galaxia Gutenberg), Amras de Thomas Bernhard o El palacio de los sueños de Ismaíl Kadaré (ambas en Alianza Editorial). Y digo “esperamos ver”, porque ya he tenido que eliminar algunos títulos de la lista, dado que las editoriales han decidido fulminarlos y borrarlos del mercado.
El motivo de esta columna y de mi enfado de hoy es que me he visto obligado a sacar de la lista de lecturas una novela extraordinaria que ha sido retirada del circuito del mercado. Evidentemente, puede buscarse de segunda mano con cierta dificultad, pero no podemos olvidar que el taller lo organizo con una librería que necesita, como agua de mayo, realizar ventas, y el taller es una buena forma de suministrar los libros de la lista a los alumnos. Sin embargo, con este libro, tras mucho insistir a la distribuidora, y recibir noticias contradictorias, finalmente, el libro no está disponible.
No se trata de un libro extraño y de un autor desconocido que escriba en una lengua oculta desde el último rincón del mundo. Que va. Ni publicado por una editorial independiente y minoritaria. Ni mucho menos. No es un escritor ajeno a España. Tampoco. Pero este libro, y me temo que gran parte de su obra, son ya casi irrecuperables.
Me estoy refiriendo a un Premio Nobel de Literatura y Príncipe de Asturias de las Letras (de ahí que su relación con España sea buena, además de poseer en la figura de Miguel Sáez uno de los traductores más brillantes de su obra, aunque no firme la traducción de esta novela en particular, que es de Carlos Gerhard). Obviamente, se trata de Günter Grass, y la novela en cuestión es El gato y el ratón. Y la editorial Alfaguara. Todo un póker o repóquer de indignación, a la vista de los nombres y los datos enumerados.


El gato y el ratón es la segunda novela de su autor, publicada en 1961, un texto breve, a modo de sándwich entre dos libros-río como son El tambor de hojalata (1959) y Años de perro (1963) y que, juntos, conforman lo que los críticos denominaron como la trilogía de Gdansk, a la que yo creo que se deben añadir los posteriores La ratesa (1986) y A paso de cangrejo (2002), pero eso ya es otra historia (todos en Alfaguara).
Esta novelita deliciosa nos habla de un grupo de adolescentes que se ven afectados por la llegada de la guerra y me resultaba muy útil en la progresión de lecturas del taller, en donde previamente habíamos analizado El guardián entre el centeno de Salinger (Alianza) con Holden Caulfield haciendo de las suyas, El corazón es un cazador solitario, con ese personaje de Mick Kelly y sus hermanos, El baile, con la vengativa muchacha Antoinette, y me vi obligado a renunciar al fascinante e hipnótico Francie Brady de El aprendiz de carnicero de Patrick McCabbe (editado en Edhasa) porque resultó ilocalizable.
Creí, ingenuo de mí, que la obra de un Premio Nobel y Príncipe de Asturias estaría al alcance de mi mano, pero la tiranía editorial, esas leyes que regulan la Sodoma de las mesas editoriales, se había encargado de desmenuzarlo. Y no debería producirme la sorpresa que me produce, porque otro premio Príncipe de Asturias como Ismaíl Kadaré ya hace tiempo que adquirió el estatus de autor clandestino. Muchos de sus libros, salvo un par de los más famosos, son imposibles de encontrar (y eso que comoGrass, su traductor, el malogrado Ramón Sánchez Lizarralde, se contaba como el mejor de todos los que vertían su obra a otras lenguas, tomándola directamente del albanés).
Pero Kadaré es un escritor de Albania. A fin de cuentas, ¿a quién puede importarle la literatura albanesa? Pero Grass es alemán, escritor de una lengua del primer y avanzado mundo cultural. Por eso, ni se me pasaba por la cabeza que recibiera un trato similar al del balcánico.
¿A qué nos conduce todo esto? A concluir que algunas editoriales, y peor cuanto más importantes, están instaladas de una forma descarada en el capitalismo cultural. Que sus lectores les importan un pimiento es una verdad indiscutible —lo sabemos y lo encajamos con una media sonrisa de resignación—, pero que sus propios autores les traigan sin cuidado es algo mucho más complejo de digerir.
La verdad es que tampoco puedo afirmar, en lo tocante a mi experiencia personal como autor de editoriales pequeñas e independientes, que me hayan tratado mejor que cuando he publicado mis obras en editoriales más grandes. Y ojo, sé de buena tinta que existen editoriales independientes que miman a sus autores, tratan con delicadeza sus ediciones y adoran a sus lectores. De hecho, en mi columna de El Odradek de la semana pasada me referí a ellas:

Por el contrario, yo me he topado, fueran pequeñas o más grandes, con verdaderos delincuentes de la literatura, desgraciados, embaucadores y ladrones que se han limitado a timarme, engañarme y despreciarme. Y como me ha sucedido a mí, sé que a otros muchos escritores les ha pasado, y les ocurre, lo mismo.
Doloroso e indignante resulta que te lleguen las liquidaciones anuales asegurando que tan sólo has vendido un ejemplar cuando tú mismo has comprado, para compromisos, más de una docena. O que en la maldita Feria del Libro, tras dos jornadas agotadoras de calor y estupideces, coloque con sudor y vergüenza una decenita de libros por día. ¿Dónde están esas ventas en el estadillo final que refleja un triste número uno como total de libros vendidos en el año?
Voy a concluir con algunas anécdotas sangrantes, como forma de ilustrar la manera en que estas editoriales toman sus decisiones de mercado. La poca afortunada portada de mi novela El vaso canope(editorial El tercer nombre) tenía, originalmente, una portada mucho más elegante, en donde aparecían los retratos de Eva Braun y Clara Petacci —no en vano la obra trata sobre la posible relación epistolar de ambas mujeres, las amantes de Hitler y de Mussolini—. El día en que se eligió la portada, un vozarrón proveniente del interior de un despacho aseguró que las fotos de aquellas dos fulanas no las conocía nadie y que era mucho mejor plantar una buena y típica esvástica.


Con ocasión de mi novela Kafkarama (de nuevo estas joyitas de El tercer nombre, felizmente desaparecidos) se me intentó colar una portada con una cucaracha repulsiva que daba asco (al hablar de Kafka, ya se sabe, pensaron los editores, el insectito de marras) y que por supuesto invitaba a no vender un solo libro, con la importancia que una buena portada posee para diferenciarse en la mesa de ventas, si es que se llega hasta ella. Tuve que amenazar con no publicar la novela para que suprimieran al bicho. Incomprensiblemente para mí, porque me resulta incomprensible, la portada con la cucaracha que nunca vio la luz aparece en algunas webs de venta de libros e, incluso, una versión en word sin corregir de la obra —el primer borrador que envié a la editorial— se ofrece como descarga gratuita en el sitio web de un caradura.

Otro editor que tuve fue incapaz de agregar notas a pie de una mis novelas por resultarle “demasiadocomplicado”, sin contar las numerosas tropelías, insensateces y barbaridades que he tenido que soportar por parte de una gente a la que, además, cedes tus derechos intelectuales, como media, por cinco años. De vergüenza.
Y una más: estoy intentando publicar mi ensayo sobre la obra de Ismaíl Kadaré, derivado de mi tesis doctoral sobre el albanés. A través de un contacto me dirigí a la editorial que publica en España casi la totalidad de su obra. Como es lógico, debería interesarles. Me llegó una respuesta algo desesperanzadora: si no venden sus libros, ¿cómo van a vender un ensayo sobre esas novelas?
Yo pensaba que el prestigio de publicarlo ya sería suficiente para una editorial tan poderosa, y una muestra de respeto a sus lectores ofreciéndoles una obra que interpreta algunas de las novelas que venden de ese autor. Pero que se planteen hacer dinero con un ensayo, y el que no hacerlo sea motivo para no publicarlo, me resulta tan absurdo como cruel.
Tal vez ya os he contado estas cosas en algunas de mis columnas. Si es así, me disculpo por repetirme, pero no veo nada malo en remachar ciertos comportamientos como respuesta a las puñetas con que cada día nos hieren las editoriales. Si, como he afirmado en numerosas ocasiones, la literatura en una defensa ante las ofensas de la vida, las editoriales, por regla general, son una ofensa para la literatura.
Evidentemente, chapuceros los hay en todas las partes y oficios, pero gente que trabaje tan mal y con tanta desgana, yo creo que es difícil encontrarla. Por eso, que fuera del mercado de segunda mano, y con dificultad, no se pueda localizar la segunda novela de todo un Nobel como Grass, o que sea imposible conseguir Superviviente de Chuck Palahniuk (en Siruela) o Las leyes de la atracción de Bret Easton Ellis (en Anagrama y, curiosamente, las segundas novelas de estos escritores), como en su momento ocurría con Americana (Seix Barral), la primera obra de Don DeLillo —felizmente reeditada al calor de los rumores de un Nobel que se le resiste— viene a demostrar el sinsentido en el que ha caído el mercado editorial, completamente corrupto por el ansia del negocio y del dinero, olvidando que están trabajando con libros y con los autores que los han escrito. Y que detrás de todo eso existe un lector que se merece el mayor de los respetos.
Por tanto, que estas novelas no se puedan encontrar, significa el enésimo exabrupto editorial con sus lectores y autores. Que tenga que sacar de las listas de lecturas obras como las de GrassMcCabbe o La leyenda del Santo bebedor de Joseph Roth (en Anagrama, en un limbo de la distribuidora que no sabe si la conseguirá o no), es algo que me ofende profundamente porque me envía un mensaje muy claro: no te salgas de la masa, acepta las reglas del juego, elabora un taller de lectura convencional, incluye las típicas lecturas de los Dan BrownZafónCercasMaría DueñasIldefonso Falcones, Javier Sierra…, de famosos televisivos, influencers y merluzos variopintos, en definitiva, de esos libros que puedes capturar de la mesa de novedades simplemente con alargar la mano y llenártela de porquerías.
Un ejemplo de esto lo podéis encontrar en esta otra columna mía sobre la literatura de influencers e instagramers:
Nos estamos cargando la literatura entre todos. Sí, entre todos, porque ante la zafiedad de las editoriales, que son las primeras que batallan con encono por destruirla, me da la sensación de que, nosotros, lectores y críticos, autores y bibliófilos, estamos haciendo bien poco. Porque recomendar editoriales independientes, pequeñas y honradas, puede que ayude en algo, pero no me parece la solución a un problema descomunal que amenaza con tragarse toda nuestra tradición cultural.
Llegará un día en que no podamos comprar el Quijote. Al tiempo.

jueves, 15 de febrero de 2018

Deacon Blue en Madrid: Modernizando el armario del tiempo



*Esta crónica apareció en achtungmag.com:


Deacon Blue trajeron al escenario del Teatro Barceló sus 30 años de carrera, y eso son muchos años ofreciendo grandes canciones. Tanto tiempo en la carretera se notó entre el público asistente; esta vez vi a menos gente joven que en otros eventos de este tipo. Al parecer, Deacon Blue son verdaderamente nuestros, quiero decir con ello que nos pertenecen, o que pertenecen a una generación, la nuestra, que todavía los recuerda con cariño, de la misma forma que nos acordamos de algunos ilustres que se quedaron ya por el camino, como The Adventures,  Friends Again o Talk Talk. Quizás, todo ese cariño profesado en ambas direcciones (del público a la banda y viceversa), fue una de las claves, junto con un concierto casi perfecto, que voltearon la noche en algo memorable.

La primera vez que me enteré de qué era aquello de los viajes en el tiempo, esa esquiva capacidad de retrotraernos al pasado que tanto nos obsesiona y que ha parido obras geniales como La máquina del tiempo de H. G. Wells o la película Regreso al futuro de Zemeckis, fue en un tebeo, lo que ahora denominan comic, pero que en los tiempos de aquellas 25 pesetas de paga semanal de los domingos era un tebeo mondo y lirondo, con el nombre de Mortadelo y que presentaba una aventura llamada El Armario del Tiempo. Y esa aventura fue mi primera información al respecto del incansable anhelo del ser humano de pegar brincos de época en época como un canguro. El Delorean, y el libro Caballo de Troya de J. J. Benítez, ya me alcanzaron de mayor.
¿Por qué recuerdo esto? ¿Qué tienen que ver Mortadelo y Filemón con el concierto de Deacon Blue? Pues tener, no tienen mucho que ver, pero cuando accedí al Teatro Barceló, que se trata de la discoteca Pachá de toda la vida, pues me dio un vuelco el corazón. Entraba en mi propio armarito del tiempo. Muy bien podría llevar unos treinta y tantos años sin pisar por allí (en efecto, soy y he sido de salir más bien poco).
Cuando la banda de Ricky Ross apareció en el escenario yo me estaba acordando de esa última vez que estuve en Pachá. Entonces, en lo que debía ser el colmo de lo moderno, un tipo embutido en un albornoz aguantaba impertérrito en un sillón mientras contemplaba, detrás de unas gafas de sol, un televisor en donde no aparecían más que rayas. Una performance digna de Andy Warhol.
Me resultó algo sorprendente la forma en que Deacon Blue arrancaron el concierto. La gente ya se encontraba en plena ebullición desde mucho antes de empezar, en una sala abarrotada, y los músicos empezaron desmigando los acordes de un tema lento y calmado como es el bello Born In A Storm; era una mera excusa para fusionarla con Raintown, al igual que ocurre en el disco, y desencadenar, así, la locura.
Una locura, un delirio, que ya no se detuvo hasta el final, porque la banda regaló muchos de sus grandes éxitos y demostró un par de cosas: que casi son mejores que antaño, por no decir que, en efecto, lo son, y que la capacidad de Ricky Ross para escribir temas inolvidables, de esos de verdad, de los que calan en el inconsciente colectivo, es monumental.
No se mostraron cicateros, al contrario, y la cuota de canciones recientes fue escasa (aunque brillante, con un The Believers de muchos quilates), para presentarnos, 25 años después de su última actuación en Madrid —que por entonces tuvo lugar en la sala Aqualung—, lo mejor y más granado de su repertorio. Generosidad que, con estas bandas longevas, a veces, para irritación de los fanáticos, no resulta pródiga. Y no tengo más que recordar el soberbio concierto de The Waterboys de finales del pasado año, donde Mike Scott apenas concedió cuatro o cinco antigüedades a la galería, para vaciarse en  dos decenas de temas de su nuevo álbum (no por ello menos atractivo, pero la gente, es obvio, no deseaba aquello).
Puedes consultar mi crónica de aquel concierto aquí:
Sin embargo, Ricky Ross estaba dispuesto a reivindicarse. A dejar muy claro que es el cantante que mejor afina, que deja colgadas esas frases al final como nadie… En aquella barra de atrás, cuando todavía no sabía ni lo que era un Cuba-Libre, recuerdo perfectamente que me pedía esa curiosa mezcla que solo puede ser auspiciada por la falta de neuronas adolescentes: Licor 43 con Cointreau, o con Triple Seco, según tuviera de animado el cuerpo. Sabía a bollo, y casi era necesario tomárselo con un cuchillo y un tenedor. Tendría que haber probado a darle la vuelta al vaso: seguro que habría dejado sobre la barra un castillo de gelatina azucarada, pero aquella consumición significaba demasiado como para desperdiciarla así. Era el camino directo a la hombría, o eso creíamos unos cuantos, cuando era una autopista recta hacia el ridículo.


Muy pronto llego Wages Day, y es que junto con el disco Raintown, las canciones de When The World Knows Your Name fueron grandísimos éxitos en España, y eso que se quedó fuera del playlist Queen Of The New Year. Sin duda, ese disco de 1989 puede que sea la obra maestra del grupo, y algunas de sus canciones, como Fergus Sings The Blues o Real Gone Kid, podían escucharse a cualquier hora y en cualquier sitio, desde la música de ambiente del Corte Inglés hasta en la última discoteca de moda, pero yo debo confesar ahora un secreto y una percepción.
El secreto: en mi opinión, y en la forma en la que adoro ese disco, creo que la obra maestra del grupo es el extraño, barroco e inconcebible, Ooh Las Vegas, del año 1990. Muchos seguidores de Deacon Blue, los del sector recalcitrante de Dignity, se llevaran las manos a la cabeza y desearan, después, echármelas al cuello. Pero otros, los que perciben de una forma diferente el lirismo, saben que este disco es pura literatura, pura poesía y sentimientos.
Ooh Las Vegas apareció en España con el escaso atractivo título de B-sides, Film Tracks & Sessions, es decir, material de desecho, y además doble. Casi hora y media de canciones sobrantes…, que son una hora y media de obras maestras. Sólo es necesario escuchar DysneyworldS.H.A.R.O.NBack Here In Beanoland (el mejor tema que han hecho en su historia) y etcétera, etcétera, para darse cuenta de la magnitud de este trabajo, porque lo que se alberga en ese disco es el zumo que aparece después de exprimir el talento creativo de Ross. Y ahora viene la percepción.
Percepción: Aunque el éxito de When The World Knows Your Name fue descomunal en España, es este disco de rarezas el que encumbró a Deacon Blue en nuestros corazones. ¿Pero qué está usted diciendo hombre? Un momento, que me falta el golpe de gracia: este disco de rarezas se acompañó de un curioso E.P, una especie de maxi single que contenía cuatro canciones unidas por el título Four Bacharach & David Songs EP.
El E.P. contiene cuatro versiones de cuatro canciones eternas, de esas que son standards, compuestas por el dúo de compositores Burt Bacharach Hal David. Y entre ellas, I´ll Never Fall In Love Again. Boom, zas, una flecha directa al éxito. Aquí, Deacon Blue se enganchó al público español de forma definitiva.
Durante el concierto de 1991 en la Sala Universal de Madrid —cuando traían en la maleta el siguiente disco a When The World Knows Your Name, ese Fellow Hoodllums que era un bajonazo y que pese a todo funcionó en España—, el asunto transcurría adormecido en un discreto velo de aburrimiento hasta que apareció esa canción de Bacharach & David. La gente se puso como loca. Ahí me di cuenta de que Deacon Blue eran ya inmortales entre el público español.
I´ll Never Fall In Love Again brotó de nuevo, ahora en pleno 2018, en el Teatro Barceló. Fue recibida con el mismo entusiasmo, idéntica nostalgia, melancolía y rendición. La diferencia entre este concierto y el del año 91 radicó en que la banda se había dejado la piel sobre el escenario, que ni mucho menos habíamos transitado por el tedio, al contrario: vivíamos un viaje por lo más divertido de la memoria y el recuerdo.
Ricky Ross se mostró cálido y cercano, hablando muchas veces en español, coreando las canciones a dúo con el público. Tal vez, recordando el último concierto de los suyos en Madrid —el de Aqualung de un 25 de mayo de 1993, que promocionaba el peor disco de su historia, ese desconcertante Whatever You Say, Say Nohing—, Ricky nos prometió que “íbamos a vivir la mejor noche de nuestras vidas”, que este concierto sería “muy distinto” a lo que ofrecieron en esa noche de los tiempos.

Porque la batería de canciones que desgranaron en aquella ya lejana y casi olvidada ocasión se basaba en ese disco desmayado, que como buque insignia presentaba la pieza Your House, un fenómeno de feria con toques house, valga la redundancia, impropia de un compositor como Ross, que pretendió adentrarse así en los minados terrenos del rock alternativo. Pues ahora, incluso esta oveja negra de la composición del chico de Dundee, sonó hasta aceptable. Tal fue el esfuerzo de agradar desplegado por la banda.
Y una reflexión: muy malo debió de ser lo de Aqualung, tanto como para que Ross asegurara que ahora viviríamos algo muy diferente, en una especie de disculpa entre el paréntesis de los años. Él si lo recordaba, como si lo llevase clavado.
Incluso hubo un momento para el homenaje. Todo partió desde el público, porque alguien mostró repetidas veces una pancarta que recordaba a Graeme Kelling, el que fuera guitarra del grupo entre los años 1985 y 1994, y que en 2010 falleció de un fulminante cáncer de páncreas a los 47 añosRicky vio la pancarta, pidió a la persona que la portaba que se aproximase hasta el escenario, la tomó en sus manos, la desplegó y la enseñó al público, que prorrumpió en una cerrada ovación. Se tocó el corazón y lanzó un beso al aire. Se había emocionado con el detalle. The Show Must Go On.
Your Swaying ArmsChocolate GirlWhen Will You (My Telephone Ring) eran las luces de un faro que relumbraba entre la neblina generada por el humo seco, y ese olor extraño e inconfundible a concierto era como el bouquet que identifica de inmediato a una Gran Banda. Loaded demostró que, tal vez, y en lo que se refiere a su comportamiento en directo, sea la segunda mejor canción del grupo. Provocó un éxtasis tan solo superable por Dignity. Porque, claro, allí estaba Dignity, una canción que pese a entrar dos veces en listas, jamás alcanzó puestos de relumbrón en el Reino Unido.
Como la marmotilla de PunxsutawneyDignity arrancó tímida con las primeras frases coreadas por el público en un éxtasis absoluto. Mientras la canción abría sus ojos y se desperezaba con parsimonia, la locura se multiplicaba entre los deaconers. Elevada en todo lo alto, mostrada con orgullo sobre la escena, Dignity afirmaba que, una vez más, todo transcurría como antaño, aunque muchos fueran ya unas bolas de billar contempladas de soslayo por la mirada aterrada de quienes lucían unas profundas entradas.
Todo era similar a los viejos tiempos… De nuevo, el inmenso placer de gritar hasta enronquecer con la banda de Glasgow, aunque la primera vez que las voces se rompieron, en ese año 91, por ejemplo, o incluso antes, bajo el brazo transportábamos la carpeta repleta de apuntes de la universidad; ahora levantábamos los móviles para grabar la canción que luego enseñaríamos con orgullo ante los compañeros de la oficina: Uno, se morirá de envidia, aunque confesará entre dientes que era más de Prefab Sprout. Otro, muchísimo más joven, pero muchísimo más, hasta el nivel de becario sin futuro, no sabrá ni de qué le están hablando porque no quiere, ni necesita, que le saquen de su Luis Fonsi. Y ella, indie de las de toda la vida, no ve mundo ni frontera musical más allá de Russian Red y Arcade Fire.
Dignity puso las cosas en su sitio: nos sentimos con la comodidad del pasado que se nos repite como en una pesadilla nietscheana, esa que para nosotros es una bendición. Un pasado que volvía con la ambiental y emocionante Circus Lights, con Twist And Shout y con las versiones intercaladas de algunos clásicos de la historia de la música: My Girl de The TemptationsLand Of 1000 Dances de Wilson Picketty ese final tranquilo, en un cierre circular con el principio del concierto en calma, que nos trajo la versión de Forever Young del premio Nobel de Literatura Bob Dylan.
Forever Young. No podían terminar con una canción mejor. Porque así habían demostrado Ricky Ross y Lorraine McIntosh sentirse sobre el escenario, revitalizando magníficamente sus canciones y reanimando nuestras voluntades. Forever YoungForever Young para todos, porque no nos queda otro remedio que hacernos a esa idea. Nuestro armario del tiempo colectivo acababa de actualizarse: ahora es de acero inoxidable y del Ikea.
PacháLicor 43 y Deacon Blue. Un Picasso de emociones. Un surtidor de recuerdos y un puñadito de buenas canciones capturadas, para siempre, en el atrapasueños que nos hizo hombres.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Editoriales que aman a sus lectores: capitalismo cultural y pérdida de aura



*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/editoriales-aman-lectores-capitalismo-cultural-la-perdida-aura/

Hoy es 2 de febrero de 2018, lo que significa que se cumplen 96 años de la publicación del Ulises de James Joyce. En efecto, apareció en una fecha que casi podría catalogarse como mágica o cabalística: 2 de febrero de 1922, es decir: 2-2-22. Quizás, en ese arcano ya tenía impresa la marca de agua de las enormes dificultades con las que el volumen iba a enfrentarse, desde censuras a problemas de edición, pasando por convertirse en una de las obras claves de la literatura del siglo XX, adorada y denostada a partes iguales. Y esa afirmación que se repite como un mantra: tal y como está la industria editorial a día de hoy, esa novela nunca vería la luz en nuestros tiempos. ¿Solo el Ulises? Muchísimas, muchísimas novelas más, sobre todo clásicos, que bajo la perspectiva del capitalismo literario editorial moderno, no existirían.

Es difícil imaginarse un mundo sin el Ulises, aunque puede que eso a muchos les provocase una gran alegría. Pero más complejo sería, aún, no disponer de Cien años de soledad, porque en numerosas ocasiones he podido leer afirmaciones de expertos al respecto: el mundo editorial de hoy no admitiría una novela como la de Gabriel García Márquez.
No admitiría una de las obras maestras de Gabo, como tampoco publicaría muchas otras que, además, significaron el debut literario de sus autores, por lo que tampoco existirían sus escritores. Seguramente, ni Kafka, ni Grass, ni Bernhard, entre otros muchos, verían sus textos en negro sobre blanco.
Evidentemente, esto presenta un grave problema en la concepción actual del mercado editorial. Las grandes editoriales no arriesgan ni un ápice en sus publicaciones, orientadas directamente a lo que vende y proporciona beneficios. Recordemos esas palabras de la instagramer @bei_uri respecto a la acusación de que la publicación de un libro firmado por ella es un mero acto de capitalismo cultural que nada tiene que ver con la literatura: “Las editoriales no son ONGs”, tal y como afirmó en un mensaje para defenderse.

En efecto, las editoriales son empresas que están obligadas a ganar dinero para mantener sus cuentas en saldos positivos, es decir, obtener beneficios. Con la literatura se puede ganar dinero igual que con cualquier otro producto. Se trata de vender libros o batidoras o refrescos de cola. Todo es igual. Todo enfocado de la misma forma en el mercadeo. Y aquí es donde las grandes editoriales cometen el pecado que, al parecer, algunas pequeñas editoriales han sabido corregir.
Porque una editorial podrá vender miles de libros de la última bazofia mediática o premiada en uno de esos paripés montados por las cuadras de agentes literarios. Pero cuando consigue colocar el producto (se trata de un libro, no conviene olvidarse de eso) y venderlo en masa, factura exclusivamente un artefacto sin alma literaria. Aquí es a donde yo quería llegar.
Las pequeñas editoriales, cada vez hay más de ellas en España, independientes y que están haciendo las cosas bien, privilegian otra cosa por encima de las ventas, una esencia que tan solo somos capaces de advertir, percibir y valorar quienes somos bibliófilos y tsundokianos, los amantes de la buena literatura: venden aura. ¿Pero qué significa esa aura literaria?

Fue el filósofo alemán Walter Benjamin quien escribió, en 1936, el tratado titulado La obra de arte en la época de su reproducción mecánica. Y tras semejante título se esconde una de las reflexiones más brillantes e inquietantes, y por qué no decirlo, incómodas, que afectan al mundo de la cultura hasta convertirlo en un estado dictatorial de capitalismo cultural.
Para Benjamin, una obra de arte es singular y original en tanto en cuanto posee lo que denomina como aura. Es aquello que la hace irrepetible y única. Por lo tanto, la reproducción técnica masiva destruye esa singularidad, destroza el aura de la obra, convirtiéndola en un mero objeto de consumo. Así que, de igual modo que Benjamin aplica esta tesis para las obras de arte, yo la extrapolo a la literatura. Las tiradas masivas de novelas concebidas como producto han perdido el aura que las pudiera convertir, originalmente, en textos culturales y literarios.
Por eso, las pequeñas editoriales lo han visto claro. Para competir con las grandes maquinarias que publican miles de libros e inundan el mercado con sus porquerías era necesario ofrecer algo más. Y ese algo más, además de esfuerzo, dedicación, amor por los libros, respeto por los autores y por los lectores, es saber mantener el aura literaria, aquello que confiere al libro de un valor atemporal y casi mágico. La filosofía que permitiría que ahora, en estos miserables tiempos que corren, el Ulises, o Kafka, o Proust, pudieran ser publicados.
Como lectores, como lectores que amamos la literatura, debemos atender a estas editoriales que preservan el aura de los libros y escaparnos de las otras como de una peste destructiva. Si no todas las grandes editoriales son sinónimo de mala literatura, sí que lo son de otras prácticas que atacan frontalmente a las preservadoras de aura. Y aquí entramos nosotros, como si fuéramos los monjes que velamos por la inviolabilidad de un monasterio sagrado.

La literatura, no nos engañemos, es algo sagrado. Algo sagrado que se ha manoseado, corrompido y prostituido hasta convertirlo en un negocio repulsivo al amparo de esa afirmación de que “una editorial no es una ONG”. Lo sagrado de la literatura radica en el aura que albergan las obras y las hace únicas e irrepetibles; estas obras conectan con nuestros rincones más oscuros, los iluminan, y los devuelven a la vida. Este tipo de literatura, podemos calificarla como literatura pura aunque no deja de ser la literatura de toda la vida, es incompatible con las tácticas industriales de mercado en donde cualquier método o práctica se permite, en donde la valía del libro se mide por los miles de ejemplares vendidos y no cuenta otra cosa.
Pero cuidado, este tipo de literatura pura no está reñida con la ruina. Una editorial pequeña e independiente no hace las cosas por amor al arte, no es una ONG, pero ama el arte. Esa es la diferencia. Una editorial de este tipo cuida su catálogo, mima sus ediciones, les alegra la vida a los lectores, no los emponzoña con subproductos de infra-autores vendidos como si fueran obras maestras. Una editorial así presenta escritores serios en sus casetas durante la Feria del libro, mientras a su alrededor la náusea de lo fatuo y de lo vergonzoso firma toneladas de ejemplares rellenos de nada.
El lector que desee virar esta dinámica editorial, la tiranía de la mesa de novedades y las grandes superficies, deberá atender a estos nombres: CombaLa bella VarsoviaTres hermanasMinúsculaJus edicionesMalpasoLa huerta grandeEdiciones del subsueloLa línea del horizontePasado & Presente… son sólo algunas.

Y voy a recomendar un libro de cada una de ellas, como una forma de apoyarlas, ayudarlas y difundirlas. Si los amantes de los libros y de la buena literatura no ensalzamos el trabajo bien realizado, entonces, ¿quiénes van a hacerlo? Ya he ido poniendo algunas de las portadas a lo largo de este artículo.

De Comba os aconsejo Memorias de Leticia Valle, de Rosa Chacel. De La bella Varsovia el poemario de Sara Herrera titulado Hombres que cantan nanas al amanecer y comen cebolla. De Tres hermanas, El diario de Virginia Wolf Vol. I (1915-1919). De Minúscula los seis ciclos, en seis volúmenes, de Relatos de Kolymá, de Varlam Shalámov. De Jus ediciones estaremos atentos a la próxima publicación de Relatos para piano, del formidable Felisberto Hernández. De Malpaso, la novela inédita de Malcolm LowryRumbo al Mar Blanco. De La huerta grande un ensayo de Jorge ComensalYonkis de las letras. De Ediciones del subsuelo un texto de mi admirado autor húngaro Miklós SzentkuthyLeyendo a Agustín. De La línea del horizonteCon las suelas al viento, de Martín Casariego. De Pasado & Presente el libro Las confesiones de Himmler, de Arno Kersten, y del que prometo reseña crítica en breve.

Como decía arriba, se tratan tan solo, afortunadamente, de unos pocos títulos de la mucha y buena literatura de calidad que publican este tipo de editoriales. Después, si queremos leer las novelas de Jorge Javier Vázquez, los poemas de la influencer de turno o del presentador de televisión famoso, pues podemos hacerlo, pero entendiendo que se tratan de artefactos comerciales, que en nada tienen que ver con la literatura, completamente desprovistos de aura.
O lo que es lo mismo: totalmente carentes de interés para nosotros, lectores.

Poema de San Valentín



cuando te conocí me hice poeta
poeta de los que mira al sol
sin cegarse
poeta poeta

desde que soy poeta
soy como tú
en mi interior rebrillan las costuras
de una torrentera de versos
que arrastran el limo de aquellos días
de paros cardiacos y cortes de luz
de autobuses destartalados y carreteras

desde que soy poeta en tu presencia
he aprendido a guardar silencio
asomado a las ventanas
a ser equilibrista frente al andén
a beberme el cuajarón del odio
y dejar en carne viva las letras
que conforman tu nombre

y soy poeta porque te conocí
porque desde todos esos libros
te hiciste poema
tocaste con la yema de tus dedos
las escamas de mi creación
y las convertiste en las plumas de un dragón

esas plumas, esas
son los versos que articulan
el caparazón
de nuestra respiración


domingo, 11 de febrero de 2018

Music Has No Limits o el asombro como una de las Bellas Artes

*Esta crónica apareció en en Mi Nueva Edad:


https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/2/5/music-has-no-limits-o-el-asombro-como-una-de-las-bellas-artes/


La noche de 31 de enero, igual que después se ha venido repitiendo durante las cuatro primeras noches de febrero, una hermosa voz congeló la respiración y detuvo los corazones cuando, sobre el escenario del Teatro de la Luz Philips Gran Vía, cantó el aria de Puccini titulada O mio bambino caro. Y de repente, como si la música se quebrase para acceder a otra dimensión, que aceleró la respiración de los espectadores, se fusionó con la guitarra salvaje de Sweet Child O’ Mine de Guns N´ Roses.
Este es el principio del show de Music Has No Limits, un espectáculo que arranca movilizando las sensaciones del espectador. Los asistentes atraviesan por el arrobo de la lírica, asisten al asombro de su viraje al rock duro, y se exaltan con las piezas de funk y power music. En esto consiste una de las propuestas más originales que pueden verse actualmente sobre las tablas. Esa entrega de Puccini, para después ofrecernos los acordes nerviosos de Slash, es una invitación a montarnos en la montaña musical del ritmo. Así, durante un par de horas de bocas abiertas, ojos como platos y gestos de admiración.
Son diez artistas entregados a una misión, tejer un patchtwork sonoro en donde se alternen algunas de las mejores canciones de la historia de la música, con independencia de su estilo. En esa cálida almazuela conviven en armonía los elixires de la ópera con el espíritu de Michael Jackson, la locura de Queen con el ritmo callejero de Bruno Mars, los amaneceres rave de David Guetta con los aromas a café y rones de Juan Luís Guerra,los gélidos teclados de Ultravox con el fervor de la sangre de Miami Sound Machine. ¿Y a qué suenan todos juntos? Pues suenan a maravilla, a júbilo, a recuerdos, en una palabra, a vida.

Es la vida encarnada en la música o la música que nos trae de la mano nuestras vidas, porque cada tema que aparece sobre la escena lleva una pequeña mochilita cargada de los recuerdos propios de cada espectador. Así, mientras en una butaca alguien se conmueve con Smooth Criminalporque le recuerda a la época en que acariciaba madrugadas bailoteando en las discotecas —por cierto, tiene que volver a salir de nuevo, se merece divertirse un poco—, otra persona, algo más allá, a duras penas contiene lágrimas de emoción porque recuerda ese video clip espectacular que veía una y otra vez en compañía de su hermano mientras traban de imitar, sin ningún éxito, el moonwalk —¿cómo es posible que haga tanto tiempo que no queda con su hermano?; sin falta, en cuanto salga del teatro—.
El piano estremecido que marca el comienzo del Bohemian Rhapsody de Queen consigue que alguien recuerde aquella legendaria actuación de Mercury y los suyos sobre el escenario del Live Aid, y un matrimonio algo talludito renueva su amor rememorando aquellas fiestas en donde esa canción se mezclaba con el olor a cerveza, abrazos y besos.
El poder de los músicos de Music Has No Limits radica en el equilibrio sorprendente que colocan sobre el escenario. Son como esos ilusionistas de los platos que se bambolean sobe unos palos, dando vueltas sin caerse nunca: las cuerdas de un violín y un violonchelo entablan una poderosa conversación con los elementos de un power trio de guitarra, bajo y batería, mientras el piano, cantarín y eltoniano, ejerce de cristalino maestro de ceremonias.
Pero todo ello no estaría completo sin el ensalmo de tres voces femeninas que trepanan el alma: una cantante lírica, una vocalista de funk, jazz y soul, y una garganta rockera. Entre las tres tejen una pegajosa red de matices en las que hemos quedado todos atrapados y de la que no podremos salir hasta que, con el demoledor número final, nos despertemos del sueño en el que nos han sumido.

Por nuestros oídos han desfilado el Smeels Like Teen Spirit de Nirvana y el Sweet Dreams de EurythmicsNumb de Linkin ParkBad Romance de Lady Gaga y Eye Of The Tiger de Survivor. Es una parada musical ecléctica y eléctrica, heterogénea en los ingredientes, pero ortodoxa en tanto que rinde tributo a los grandes clásicos.
Aquí no hay lugar para las medianías. Seleccionados en un gota a gota destilado por un experto perfumista sonoro, se desencadenan los éxitos revienta pistas, las composiciones que son número uno en nuestra memoria y en nuestro corazón; las canciones de amor, juventud, bravura y valentía que nos acompañan y nos animan, nos encorajinan, justo antes de acometer algún momento importante de nuestro día a día.
Es como la apertura de un frasco aromático en cuyas olas viajan los momentos más preciados y determinantes. Aquel Hymn de Ultravox que cantamos a voz en grito mientras agonizamos en el atasco cotidiano, ese Woman del Callao que bailamos con la desmesura de la desvergüenza en la fiesta que cambió nuestras vidas porque, allí, nos conocimos…, el Feel de Robbie Williams que solemos escuchar en esas mañanas que necesitamos un empujoncito extra, o aquella aria de ópera que consuela nuestras heridas, repara las cicatrices y abre las esclusas del corazón.
En esto radica la grandeza de semejante espectáculo. Bueno, en esto y en la ofrenda reverencial que los diez músicos de Music Has No Limits le hacen al público. Ellos lo saben muy bien. Saben que esas canciones que interpretan pertenecen a lo más recóndito de quienes ocupan las butacas, y con un respeto sagrado nos las entregan. Music Has No Limits devuelve la música al público.
Vaya que lo saben. Por eso, se descalzan del escenario para caminar entre las filas del patio de butacas, unirse a los asistentes y, sin detener la música, se nos acercan tocando incansablemente sus instrumentos; los arcos del violín y del violoncelo rasguean junto a nosotros. Y cantan, puntea la guitarra y retumba el bajo en un desfile dionisiaco, en un totum revolutum maravilloso que celebra el ágape de la vida.

Con esas canciones en nuestros bolsillos, o prendidas de la solapa como una florecilla luminosa, ya podemos abandonar el asombro teatral y reincorporarnos a nuestras rutinas. Sim embargo, vamos a descubrir que, mañana, durante la pausa para el café entre tarea y tarea, o mientras echamos gasolina, o acabamos de dejar a los niños en el colegio, de repente, nos asaltará una sonrisilla placentera porque somos como un pelícano de recuerdos y sensaciones: hemos atesorado en la bolsita de nuestra memoria los momentos deliciosos del show de Music Has no Limits.
Esos momentos que, ahora, rescatamos y volvemos a saborear de nuevo, haciendo de la manguera de la gasolinera una serpentina de colores, o de la taza de café un licor fosforescente; y los niños que se juntan con sus amigos a la puerta del colegio, bajo el eclipse de la influencia de Music Has No Limits que todavía nos late entre las costillas, son un pasacalles de carnaval que recorre las calles de Nueva Orleans en un confeti de alegría.
En MurciaLogroñoSantiago de CompostelaVigoRoquetas de MarMálagaA Coruña, AlbaceteCáceresBadajoz y León, están de suerte: el espectáculo total de Music Has No Limits visitará esas ciudades a lo largo de febrero, marzo, abril y mayo… El grupo de rock sinfónico Rush firmó un legendario disco en directo que se titula All The World´s A Stage, es decir, todo el mundo es un escenario. Si vives en estas ciudades no dejes pasar este acontecimiento en donde diez músicos generosos se encargan de mostrar, una y otra vez, cómo todo el escenario es un mundo.