sábado, 3 de noviembre de 2018

La utopía de la biblioteca ideal: esos libros que hay que leer antes de morir



*Esta columna apareció en achtungmag.com:


Una vez más, una de las asistentes a mi taller de literatura comparada me formuló una pregunta compleja: ¿Cuáles son los libros que uno debería leer con seguridad antes de morir? Y después, amplió el desafío: ¿Qué libros hay que leer para considerarse con una educación humanista? ¿Qué libros deben figurar en una biblioteca ideal? No son preguntas que se deban responder a la ligera. El universo de Internet anda repleto de listas, de recomendaciones y de prescripciones sobre los libros que se consideran fundamentales, clasificaciones subjetivas que obedecen a criterios de gustos y disgustos. Hoy, en este Odradek, me toca a mí reflexionar sobre estos asuntos que, de vez en vez, atormentan a los bibliófilos y a los lectores.

Hace tiempo, la editorial Grijalbo publicó un volumen con el interesante título de 1001 libros que hay que leer antes de morir. Abramos esta caja de Pandora cultural y echemos un vistazo, somero, a su interior.
El libro se nos ofrece como:
la recopilación definitiva de los libros que todo el mundo debería leer”.
Como imprescindibles aparecen Las mil y una noches, varios textos de Kafka, pero no entre ellos La transformación; se incluyen relatos —de Poe, por ejemplo—, pero falla en las obras clásicas de Greciay Roma. Una selección discutible.

De la consulta de esta lista, y de algunas otras, acabamos consiguiendo mayor despiste y perplejidad de las que ya teníamos. No sabemos muy bien a qué atenernos. ¿Qué motivos llevan a unos compiladores a opinar que La transformación no reúne méritos que la capaciten para figurar en el corpus de un libro que recomienda lo que hay que leer antes de morir y, sin embargo, incluye como obligatoria La historia de Genji, de Murasaki Shibiku? ¿Tan crucial resultará para nuestras vidas haberse leído Historia de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo? Incomprensible.
Pese a todo, la lista presenta grandes aciertos inesperados: La parranda del gallego Blanco AmorAusterlitz de Sebald, o el propio Kadaré, junto a disparates monumentales, obras que, desde luego, se encuentran a años luz de ser tan imprescindibles como para hacerles  un hueco entre esas 1001Julia NavarroZafón o Almudena Grandes.
Visto lo visto, después de consultar otros compendios que exhiben en sus solapas las promesas de orientarnos en la confección de una biblioteca ideal, o el polémico, inexacto y poco satisfactorio, Canonde Harold Bloom (en donde además ridiculiza y humilla a la literatura española), se puede llegar a una conclusión: hay tantas bibliotecas ideales como lectores, tantos libros imprescindibles como gustos, y las preguntas son preguntas sin solución… ¿O tal vez no?
Me aventuro a asegurar que puedo responder satisfactoriamente. Primero, necesito determinar que cualidades hacen a un libro tan necesario, tanto, como para que lo tengamos que leer antes de morir. ¿Respondemos a criterios de calidad, de estilo, de recepción, de favores de la crítica, de legiones de lectores? No, ninguno de ellos sería un criterio serio, ni valido, ni sincero.
El libro imprescindible, ese que hay que leer al menos una vez antes de morir, es aquél que nos transforma. Somos una persona antes de leerlo, y otra bien diferente una vez terminada la lectura. El texto ha obrado una metamorfosis en nosotros, nos ha cambiado; lo hemos incorporado a nuestro interior y ya no nos abandonará nunca. Forma parte de nuestras células, de nuestro ADN, de nuestro torrente sanguíneo, y nos altera la sustancia, nos ha hecho diferentes.
Esto, evidentemente, presenta un problema: no sabemos que un libro actuará así sobre nosotros hasta que lo hayamos leído. No sirven las recomendaciones, porque un efecto similar en el prójimo no significa que vaya a suceder en nosotros. Así que, leeremos montones de libros que no operen ese resultado, y que serán del todo prescindibles. Pero, entonces, aparecerá un volumen que obre el cataclismo. Ya lo podemos colocar en nuestra biblioteca ideal. Acabamos de inaugurarla.
Obviamente, uno se puede guiar por gustos y críticas para intentar orientarse, y elegir algunos de esos libros que han tenido ese efecto, o parecido, en otros lectores. Conformar la biblioteca ideal es una labor de acierto y error, y solo descartando lo que no nos emociona, encontraremos lo que nos entusiasma. Por ello, construir la biblioteca ideal es una tarea de toda una vida, al igual que nos moriremos sin haber leído todos los libros imprescindibles que hay que leer antes de morir simplemente porque, esos libros, los iremos descubriendo a medida que los leamos.
Aún así, muchos queréis pautas, títulos, nombres. Os advierto que los títulos que citaré a continuación me han removido por dentro, han sido esa gran bola de demolición para mi espíritu, pero ello no significa que tengan que ser cargas de dinamita para vosotros.
En una biblioteca ideal es imprescindible tener algunas de las obras clásicas de Grecia y Roma, obras que han conformado las tradiciones literarias, los mitos, los símbolos y los géneros que han venido después. Así que de esta literatura germinal considero imprescindibles la Ilíada y la Odisea, ambas de Homero, pero no así la Eneida de Virgilio, desvirtuada por su carácter de propaganda política. El asno de Oro de Apuleyo y las Metamorfosis de Ovidio; también las tragedias de Esquilo y la poesía de Catulo.
Como creadores de la novela moderna considero imprescindibles Las Confesiones de San Agustín, el Lazarillo de Tormes y el Quijote, pero veo menos valor en la Celestina o el Buscón, aunque añado el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán en lo referente a picaresca. Por supuesto, no dejo de lado a Shakespeare, pero no todo Shakespeare, con tan solo HamletJulio César y La tempestad, nos bastará. Además, añadiremos las Novelas ejemplares de Cervantes.
A vuela pluma, y sin ser muy juiciosos, dejándonos llevar únicamente por las emociones que desencadenaron en nuestro interior, jamás dejaría a un lado la Divina Comedia de Dante, el Decamerón de Boccaccio y no obviaría el Werther de Goethe —por encima de cualquiera otra obra de Goethe—, ni el Cándido de Voltaire. Además de Frankenstein de Mary Shelley y el Drácula de Stoker, junto a Los novios de ManzoniRojo y negro de Stendhal (pero no así La cartuja de Parma), los relatos de PoeLa muerte de Ivan Ilich, de Tolstoi y Crimen y Castigo de Dostoievski.
Por supuesto, por supuesto, también La regenta de Clarín Madame Bovary de Flaubert…, pero no me parece tan imprescindible Proust… Y si nos metemos en harina del siglo XX ya la lista se desboca de forma imparable. Tanto, que me limito a dar nombres en lugar de títulos: MannBöllGrassHesseBufalinoLampedusaKunderaUpdikeKadaréFoster WallaceKafkaJoyce, ZweigRoth…, y etcétera, etcétera, etcétera. Y Miller, y Bernhard, y Kerouac. Y luego los hispanoamericanos. Y los de literaturas escritas en lenguas “no dominantes”, como africanos, checos, búlgaros, polacos, albaneses…
Conformar una biblioteca ideal es una tarea utópica. Solo podemos ir añadiendo a ella libros a medida que los leamos. De igual modo, realizar un recorrido intelectual para obtener una formación humanista o en humanidades, se antoja casi imposible. Siempre habrá títulos que nos sobren y títulos que nos falten. A tal efecto, me pregunto si resulta de verdad necesario leer El discurso del método de Descartes o El príncipe de Maquiavelo desde nuestra perspectiva actual. Habrá quién opine que si y quién sostenga lo contrario.
Estrechemos el cerco: ¿Es necesaria la lectura de alguno de estos libros, impuesta como elemento inamovible de un acervo cultural que debemos adquirir? Sinceramente: no. Los libros imprescindibles son aquellos que nos resultan imprescindibles a nosotros, esos que nos han salvado la vida en alguna ocasión. Es más, nuestra biblioteca debería estar conformada solo por este tipo de libros.
En este enlace puedes leer una reflexión sobre lo que son y significan esos libros que pueden salvarnos, o de hecho nos han salvado, la vida:
Y ahora me pongo serio, porque hay quién opinará que no me he mojado lo suficiente, y voy a ofrecer dos listas distintas de diez libros cada una.

Diez libros que hay que leer antes de morir (da igual el orden):
La broma infinitaDavid Foster Wallace
El malogradoThomas Bernhard
Windows On The WorldFrédéric Beigbeder
El tambor de hojalataGünter Grass
El Palacio de los SueñosIsmaíl Kadaré
Las mentiras de la nocheGesualdo Bufalino
Solenoide-Mircea Cӑrtӑrescu
La transformaciónFranz Kafka
Matadero CincoKurt Vonnegut
AusterlitzSebald

Diez libros que hay que tener en una biblioteca ideal:
Berlín AlexanderplatzAlfred Döblin
Una soledad demasiado ruidosaBohumil Hrabal
Los versos satánicosSalman Rushdie
La insoportable levedad del serMilan Kundera
Si una noche de invierno un viajeroItalo Calvino
ReconstrucciónAntonio Orejudo
AméricaJames Ellroy
Los cuarenta días del Musa DaghFranz Werfel
Momentos estelares de la humanidadStefan Zweig
El miedo del portero al penaltiPeter Handke

Y de regalo, diez libros que, por uno u otro motivo, me cambiaron la vida:
SpiritusIsmaíl Kadaré
Bella del SeñorAlbert Cohen
El rodaballoGünter Grass
Ampliación del campo de batallaMichel Houellebecq
La vida nuevaDante Alighieri
El libro del desasosiegoFernando Pessoa
El oficio de vivirCesare Pavese
El AlephJorge Luis Borges
De sobremesaJosé Asunción Silva
Natura Morta-Josef Winkler

Recordad que cada vez que empezáis un libro es posible que estéis añadiendo un nuevo volumen a vuestra biblioteca ideal. Eso significa que en cada lectura, en cada texto, puede encontrarse el instante de la epifanía, ese momento irrepetible que puede hacernos mejores. Y eso solo lo consigue la buena literatura. La Gran Literatura.

martes, 23 de octubre de 2018

La primera Rock Opera exitosa de la historia



*Esta crítica apareció en Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/10/16/el-disco-del-mes-tommy-de-who/

La primera Rock Opera exitosa de la historia

El Capitán Walker, que había sido dado por desaparecido, regresa de la guerra. Al llegar a casa encuentra a su mujer en brazos de su nuevo marido, con quién ha reconstruido su vida. Tras un forcejeo, el Capitán Walker resulta muerto accidentalmente. El pequeño Tommy, su hijo al que nunca llegó a conocer, ha presenciado toda la escena y queda traumatizado. Desde ese instante ni oirá, ni verá, tampoco hablará. Se ha vuelto mudo, ciego y sordo.
¿Os suena la historia? En efecto, así empieza una de las óperas rock más importantes de la historia de la música. Tommy, de la banda británica The Who.
Tommy es el cuarto disco de The Who. En sus trabajos anteriores ya habían coqueteado con un estilo que podría aproximarse a la música conceptual, siendo Tommy el resultado definitivo de esa idea. Fue la primera ópera rock que se hizo popular, aunque Pete Townshed —guitarrista y compositor principal de The Who— se había inspirado en el disco S. F. Sorrow, de The Pretty Things, que pasa por ser la ópera rock que inició el género, publicada en 1968.
Independientemente de estas curiosidades, el disco que recomendamos hoy en Mi Nueva Edad es el resultado del trabajo de unos músicos en estado de gracia, capaces de concatenar una canción maestra tras otra para narrar la historia Tommy, un muchacho traumatizado que buscará la curación en las drogas, en la falsa religión, en todos los placebos que pueda ofrecerle la sociedad de consumo y que, después de un terrible viaje interior, recuperará la vista de forma milagrosa e incluso llegará a formar una especie de secta.
Esta narrativa, cargada de crítica social, de una acidez por momentos ofensiva con lo políticamente correcto y lo establecido, cristaliza a través de algunas de las mejores canciones que se hayan visto en la historia del rock. Empezando por la Obertura, el disco nos va entregando momentos inolvidables: Amazing JourneyChristmasThe Acid Queen, la inolvidable Pinball WizardSally SimpsonI´m Free o el espectacular cierre con We´re Not Gonna Take It.
Un momento, dirán algunos, ¿Tommy no es una película? En efecto. Seis años después del éxito del disco, en 1975, el director inglés Ken Rusell decidió llevarlo al cine. El elenco fue espectacular puesto que, además de aparecer The Who al completo —con Roger Daltrey, su cantante, en el papel estelar de Tommy—, desfilaban por la cinta Eric ClaptonTina TurnerElton John, además de Ann-Margret Oliver Reed encarnando a los personajes principales.
Y nota para los cinéfilos, también tiene sus minutos Jack Nicholson, que ese mismo año hacía el papelón en Alguien voló sobre el nido del cuco. Y apunte para los muy, muy curiosos: el tenista español Tommy Robredodebe su nombre, porque es su nombre, no se trata de un mote, a la pasión de sus padres por el disco de The Who.
El resultado de la película fueron dos nominaciones a los Oscar —la banda sonora de The Who perdió contra la de la película de KubrickBarry Lindon— y obtuvo un galardón en los Globos de Oro. El disco que apareció con la música de la película mantiene las mismas canciones del Tommy original de The Who, pero interpretada por los actores: Tina Turner canta The Acid Queen, por ejemplo, y el dúo conformado por Ann-Margret y Oliver Reed mantiene una abrumadora presencia protagonista.
Por este motivo, en Mi Nueva Edad recomendamos el Tommy original, desarrollado al completo por The Who. Esta fue la idea primordial que Townshed tuvo en su cabeza, y escuchar a Roger Daltrey cantando The Acid Queen, sin desmerecer a Tina Turner, resulta emocionante.
Tommy es un disco imprescindible de una banda imprescindible. Su vigencia continua plena —el grupo lo ha interpretado infinitas veces en directo— dejándonos, además, un puñado de estribillos que ya son nuestros; estribillos que pertenecen a todos los que amamos el rock y que nos expresamos en ese idioma: se nos pone la piel de gallina cuando escuchamos “It´s a boy Mrs. Walker, it´s a Boy”. No hay más que añadir: esa sensación puede resumir la importancia de Tommy en nuestras vidas.

lunes, 22 de octubre de 2018

¿Por qué esas editoriales y no otras? Un tsundokiano y su biblioteca



*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/por-que-esas-editoriales-y-no-otras-un-tsundokiano-y-su-biblioteca/

Una asistente a mi taller de literatura comparada que imparto en la Agencia Literaria y Librería Proscritos de Torrelodones, que además interviene vía Skype desde Estados Unidos, me puso un Whatssap en dónde me pedía que expusiera en alguno de los formatos en los que me muevo habitualmente —vía Instagram, o en los blogs que administro— un compendio de editoriales de referencia, con sus características, en qué se especializan, los motivos que las hacen diferentes… Al parecer, en Estados Unidos hay verdadero interés en este asunto, que no es una cuestión baladí, puesto que no es lo mismo leer un título publicado por una editorial que por otra. A veces, es que ni parece el mismo libro. Por eso, entiendo que este sea un excelente tema para esta columna de hoy de El Odradek.

De editoriales ya hemos hablado en Achtung!, concretamente sobre aquellas que cuidaban con mimo y detalle a sus lectores. Os dejo aquí el enlace por si os interesa, y además creo que complementará muy bien a esta columna de hoy:
Lo cierto es que, si miramos a nuestras librerías, nosotros enfermos tsundokianos, de repente nos damos cuenta de que poseemos muchos más libros de una colección que de otra, o un mismo libro en tres ediciones diferentes. Esto, ¿a qué misterio obedece? ¿A nuestro afán compulsivo de comprar libros? ¿A nuestro Diógenes literario?
Desde luego que no, aunque haya quién piense que estamos chalados y que algo hay de eso. Realmente, las editoriales se eligen ellas solas, entran en nuestras casas y adornan nuestros plúteos porque así lo quieren. Me explico, es muy difícil decirle que no a un libro de El Acantilado, de Asteroide, deImpedimenta o de Periférica, por ejemplo, aunque no tenga nada que ver con nuestros gustos o ni siquiera sea de un escritor que nos guste.
Este magnetismo se debe al tipo de ediciones con valor añadido que practican esas editoriales. Traducciones cuidadas, encuadernaciones perfectas, un papel agradable, una tipografía exquisita, una portadas que son obras de arte… Y por supuesto, la rigurosa elección de los autores publicados, alejados —la mayoría de las ocasiones— de los meros criterios comerciales.
De manera que, si miro ahora mismo en dirección a las estanterías del estudio en donde escribo estas líneas, lo primero que veo es una fila de libros de El Acantilado. Y eso, claro, me agrada mucho. Esta editorial se caracteriza por las traducciones, magníficas, y no de novelistas que precisamente escriban en una de esas lenguas llamadas dominantes.
El catálogo de El Acantilado es un árbol repleto de frutos polacos, austrohúngaros, rusos, checos… Además, es notable la edición de volúmenes de cartas cruzadas entre escritores, y las biografías. En este último campo destacan dos empeños monumentales: el tríptico biográfico sobre Kafka de Reiner Stach y la Vida de Samuel Johnson por James Boswell. Entre el género epistolar, valgan como muestra las cartas de Stefan Zweig con Joseph Roth o las mantenidas con Hermann Hesse.
El Acantilado ofrece un repertorio impresionante de autores de los imprescindibles: Joseph RothStephan Zweig, la Premio Nobel AleksiévichTólstoi, o Kertész —otro Nobel de hace poco—. Recomiendo de su catálogo las novelas de Yuri Andrujovich y los libros del polaco Zbigniebw Herbert; y por dar un par de títulos que creo imprescindibles, El soldado Švejk, de Hašek o El jardín de los Finzi-Contini de Giorgio Bassani.


El Acantilado es la editorial indicada si buscas literatura centroeuropea, epistolarios y exégesis críticas y biográficas. Para leer siempre, pero en especial en el otoño y el invierno, con mantita de cuadros y en casa mientras afuera llueve o nieva.

En la siguiente balda de mi aparador encuentro la colección de publicaciones de Anagrama. Lo confieso: no soy muy seguidor de la línea crema de esta editorial, un catálogo que presenta uno de los mayores gruesos de narrativa en español (de hecho la colección se llama Narrativas hispánicas). A mí, este ejército de escritores, la mayoría de las veces me da un poquito de repelús y tengo muy pocos ejemplares.
Sin embargo, de la colección amarilla, es decir Panorama de narrativas, tengo muchísimos volúmenes. Ocurre como con la colección crema, es todo un ejército de escritores impresionantes, editados en cientos de volúmenes con buenas traducciones. Pero lo que realmente caracteriza a esta colección es la variedad de formas y estilos, con algunos de los mejores libros que he leído en mi vida.
Anagrama está publicando en esta colección la obra del Premio Nobel francés Modiano, todos los libros de John Fante, a BukowskiHouellebecqThomas BernhardBeigbeder, y tantos y tantos. Se mire a donde se mire solo se leen grandes nombres en los lomos de los libros apilados. Además, en su haber tienen la publicación de Bella del Señor, de Albert Cohen, novela para mí rupturista de las ideas que me hacía de la literatura, o a MagrisMartin Amis y Carrére. ¿Se puede añadir más?
Se puede. Anagrama ha editado en su Panorama de Narrativas libros descomunales, por los que tal vez no apostarían todos los editores. El diccionario Jázaro de PavicLa Gran Trilogía de Von Rezzori, o Calle Este-Oeste de Philippe Sands, libro del año 2017 —por cierto— para Achtung!:
Recomendaré dos autores en esta colección: el belga Hugo Claus y el polaco Kusniewicz. Y un par de libros necesarios: Las mentiras de la noche, de Gesualdo Bufalino, y Menos que cero, de Bret Easton Ellis.
Por si todo esto no fuera ya una locura, además, Anagrama ofrece los mejores libros de su Panorama de Narrativas en unas atractivas ediciones de bolsillo, los Compactos, que también copan toda una parte de mis estanterías.
Si lo tuyo es leer en el metro, o perderte un rato en el Starbucks de turno con un macchiato, y buscas buenas novelas contemporáneas, Anagrama es tu editorial.

Y junto a ellos, la colección de Tusquets, otra referencia imprescindible de buena literatura extranjera porque, en el tema nacional y salvando a Orejudo, prefiero no decir nada. Sin embargo, Tusquets y sus atractivos libros negros de la colección Andanzas destacan en la selección de autores, a veces minoritarios —el rumano Manea, que con persistencia han convertido en un clásico de la editorial— y otras veces de renombre mundial como Updike.
Sin embargo, últimamente parece que la apuesta por la calidad ha disminuido y que todo apunta a lo comercial. Una lástima. Al menos nos quedan libros extraordinarios que no conoceríamos de no ser por TusquetsBajo el volcán de Malcolm Lowry, por ejemplo. Y Kundera, siempre Kundera, por supuesto.
Tusquets: si quieres thriller nórdico o novela negra, mucha literatura anglosajona y norteamericana, o si prefieres leer en un banco del parque, o tal vez hasta paseando por la ciudad (yo lo hago, camino y leo, ¿qué pasa?), por su evidente carácter cosmopolita.
Ahora necesito recuperar una editorial algo menos obsesionada por el triunfo comercial. Me fijo en los volúmenes que tengo de algunas realmente pequeñas, independientes, o modestas; o simplemente, muy especializadas. Un ejemplo es la deslumbrante Nørdica, experta en libros de autores de los diferentes países nórdicos. Aunque, curiosamente, me apetece recomendaros su edición de la novela del germano Von Kleist, la archiconocida Michael Kohlhass.
Otra de estas editoriales es Periférica, con libros de una calidad enorme y que dedica especial atención a las literaturas francesas e italianas, entre otras muchas. Muy manejable, si decides viajar esta es tu editorial. Y como no, Ediciones del Subsuelo, con un repertorio que nace de una innegable vocación ensayística, con nombres como el Nobel André Gide o George Meredith, y en su faceta narrativa los talentos de Karl Kraus y Quenau o el magisterio del húngaro Szentkuthy.
Si lo tuyo es pensar y reflexionar hasta romperte la cabeza, especialmente con ensayos sobre literaturaEdiciones del Subsuelo es tu editorial. Para esos días en lo que no apetece una novela mientras dejas caer la tarde de domingo. Ahogarás los gritos de la radio y del fútbol sumergiéndote en estos volúmenes.
Os dejo varias reseñas que hemos escrito de publicaciones de esta editorial:
Después, otras joyas, como son los Libros del Asteroide, con su firme apuesta por volúmenes excelentes: Miklós Bánffy y su Trilogía transilvana o los de Angel WagesteinRodolfo Walsh o el norcoreano Bandi. Exótico pero cercano, este catálogo ha recuperado al gallego Blanco Amor y al mexicano Rafael Bernal y su descacharrante El Complot Mongol. La lista es interminable.
Asteroide: si tratas los libros como un miniaturista, los coleccionas con primor y los comprendes como objetos de arte y además te interesan las literaturas algo ajenas a nosotros como la búlgara o la norcoreana; y si disfrutas leyendo en la cama. Porque son para remolonear una mañana de sábado.
Como ejemplo, estas reseñas publicadas en Achtung!:
Interminable, también, es la editorial de referencia de los clásicos castellanos y universales por antonomasia: Cátedra. ¿Hay algo clásico hispánico que no esté editado aquí? Se trata de la mayor exposición de literatura castellana que uno pueda encontrar. Sus volúmenes de color negro, los de autores en español, y blancos, de los internacionales, llenan varias estanterías de casa. Desde CervantesLorca, de Lope de Vega a Galdós, teatro, poesía, nada se queda en el tintero. Y lo mismo ocurre con sus letras universalesDanteShakespeareHomeroVirgilioGoethe.
Además, las ediciones de Cátedra son enormemente didácticas y, en muchos aspectos, un modelo a seguir. Profusamente anotadas se completan con un minucioso prólogo y un trabajo de estudio e investigación del encargado de la edición (generalmente pesos pesados de la filología y la crítica) que convierten la edición de un clásico en un texto atractivo y nuevo.
Cátedra: clásicos y más clásicos, en especial Siglo de Oro y picaresca. Si gustas de pasar algunas tardes leyendo en el silencio de la biblioteca.
No me olvido de Impedimenta. Claro que no, tal vez sea una de las editoriales más atractivas del momento, o tal vez la que más. Ahora, su buque insignia es el talentoso, hasta lo estelar, Mircea Cӑrtӑrescu. Este rumano ha irrumpido con la fuerza que solo pertenece a los colosos literarios. Si no me creéis probad a leer Solenoide y después hablamos.

Impedimenta tiene un catálogo completísimo con algunas joyas excelsas: Buena noches, dulces sueños, del checo Jiři Kratochvil y que también reseñamos aquí:
Estamos ante una editorial que es como una caja de bombones, esto lo diría Forrest Gump, lo sé, pero es así. Cualquiera de sus libros encierra una golosina. Así que si eres un hedonista literario, que te gusta leer mientras fumas en pipa, bebes un coñac y escuchas música, estas ante la editorial de tu vida. Gran literatura escrita por grandes autores. Tan simple como complejo.
Hay otras muchas editoriales que por tiempo y espacio no puedo consignar ya aquí, rápidamente cito La línea del Horizonte para libros de viajes o el sensacional, riguroso y completo Fondo de Cultura Económica, una referencia en el ensayo histórico. Un ejemplo, esta crítica de un ensayo de Juan Laborda Barceló:
También, la incomparable Minúscula, con otro de esos repertorios de novelas de autores distintos, fuera de los círculos comerciales o recuperados después de un tiempo de olvido, o Pasado & Presente, con su trabajo de recuperación de textos históricos y ensayos sobre literatura, y Navona que presenta un catálogo sensible, emocionante, que equilibra con grandes clásicos como Faulkner o Kafka junto a libros biográficos…
En fin, unos pocos han sido los elegidos para este Odradek, pero el mercado está repleto de editoriales que publican sin parar. Otra cosa es que lo hagan bien, menos bien, excelentemente, o que busquen engañarnos. No debemos olvidar, y las editoriales tampoco, que el lector es soberano, y sabe muy bien a donde dirigirse para encontrar el caviar literario.
Por eso, nosotros los tsundokianos, si tenemos tal o cual libro en una u otra edición, no es producto de la casualidad, ni de la publicidad. Es gracias al aval de esas editoriales, un aval tan complicado de conseguir, porque se caracterizan por vender libros con un valor añadido: son libros con aura. Es decir, editados según criterios de calidad y buen gusto. Lo demás, sobra.

lunes, 1 de octubre de 2018

Nuestra inocencia, de Wadji Mouawad: un puñetazo teatral inolvidable



*Esta crítica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/nuestra-inocencia-de-wadji-mouawad-un-punetazo-teatral-inolvidable/

El pasado domingo tuve el privilegio de presenciar una nueva obra de Wadji Mouawad. En efecto, privilegio, porque la propuesta, los personajes, los argumentos que trata, la puesta en escena, están convirtiendo a este libanés-canadiense en todo un clásico de las tablas, tal vez en la mayor autoridad escénica de nuestro tiempo. Mouawad conmueve, Mouawad provoca, Mouawad emociona. Y su gran virtud: después de presenciar una obra suya, al término, el espectador ya no es el mismo. Y nunca volverá a serlo. Produce una metamorfosis que va más allá de la tan conocida catarsis teatral. Te injerta unas emociones que ya no se desprenderán jamás.

Hasta la fecha, he asistido a cuatro representaciones de obras de MouawadLitoralIncendiosUn obús en el corazón y la del pasado domingo, Nuestra inocencia. Las dos primeras pertenecen a esa monumental tetralogía de La sangre de las promesas, y que se completa con Cielos y Bosques (todas ellas publicadas por KRK ediciones). De Un obús en el corazón —y pro extensión de la obra de Mouawad—, ya hablé aquí en Achtung!:
Pero hoy quiero centrarme en el prodigioso despliegue al que pude asistir en el teatro Valle Inclán del Centro Dramático Nacional. Una obra en francés con subtítulos, cuya intrahistoria nos advierte que se fue prefigurando a medida que se ensayaba. El resultado: un nuevo puñetazo teatral inolvidable.
Cartel de la obra que nos trajo el Centro Dramático Nacional.
Nuestra inocencia, o Notre Innocence, es un texto dramático molesto, que escuece, una serie de acusaciones formuladas por la juventud de ahora hacia nosotros, los propietarios de la cincuentena, más culpables de lo que parece de la situación actual que viven ellos. En efecto, argumentan que son inocentes ante el desgraciado momento en el que se encuentran, prácticamente sin un futuro, y lo hacen lanzando reproches amartillados con furia.
Los protagonistas son un coro, un coro al estilo del clásico coro griego, que durante gran parte de la obra se dirigirá al patio de butacas como una sola voz en un ejercicio de garganta que roza con el síndrome de tourette más desencadenado.
18 jóvenes agriados y enfadados, irritados, que nos arrojan su amargura mientras reflexionan sobre las redes sociales, la pornografía o la sociedad de consumo, acusaciones enmarcadas en un ajuste de cuentas de la juventud actual con quienes hicieron el mayo del 68 y todavía se creen revolucionarios con derecho a exigir algo, a reclamar un activismo que, quizás, ya no pertenezca a estos tiempos.
Los protagonistas de la obra: el coro.

El motivo que desencadena la obra es el suicido aparentemente inexplicable de una mujer joven que decide lanzarse desde la ventana de su casa y deja huérfana a una niña de nueve años. El impacto que este suceso provoca en su pandilla de amigos es demoledor, y hace que salgan a flote todos los reproches y conflictos de esa juventud desamparada, desorientada, que no comprende la realidad a la que se esté enfrentando, y que se siente ahogada por todo lo que les rodea.
De modo que los protagonistas son 18 actores y actrices de entre 23 y 30 años: llevan a cabo un prodigioso despliegue de vitalidad; bailan sobre las tablas, discuten, se mueven espasmódicamente, sostienen un largo rato de inmovilidad mientras recitan pedazos de historia de la vida de la suicida, Valerie, y también de quienes habitaron antes que ella el apartamento del suicidio (un matarife cuyo oficio se detalla con profusión de sangre y vísceras y un obrero industrial polaco que murió de una forma atroz —la cabeza arrancada por unas aspas—). Toda una puesta en abismo de lo que significa vivir manchados de sangre y junto a la omnipresencia de la muerte.
Wadji Mouawad, un futuro Premio Nobel.

El comienzo de la obra aturde al espectador, lo deja aplastado sobre butaca. Es una cascada de palabras, un coro como una catarata que habla y habla, que recoge parte de la improvisación que Mouawad llevó a cabo en el taller que impartió en el Théâtre de la Colline de París. Es un knock out directo al oído, agotador y efervescente, con todas esas gargantas formulando preguntas y acusaciones, batallando con nuestra generación en una lucha existencial desesperada. Exigen que nos hagamos responsables de lo que les estamos dejando en herencia. Y lo que les estamos dejando es, de verdad, una porquería.
Tras el asfixiante coro que todavía retumba en la cabeza, la música electrónica a todo volumen contribuye al mayor aturdimiento, y conecta a esa juventud acusadora con la juventud desencadenada, la que nos parece irresponsable e incomprensible. Bailan, se mueven frenéticos mientras su amiga Valerie se empotra contra el suelo. Esto significa el fin de la fiesta, la toma de conciencia con la realidad, esa realidad que viene de la mano de la muerte, siempre.
Los protagonistas bailando en una actuación agotadora.
Los jóvenes se sienten culpables del desastre. Han cometido con Valerie cierto mobbing o acoso vía teléfono móvil con bromas de mal gusto, pero en una reunión que mantienen, repleta de reproches, acaba apareciendo el lado oscuro que oculta cada uno de ellos. Hay una forma de aliviar el dolor: hacerse cargo de Alabama, la hija de nueve años de Valerie.
Discusiones y desencuentros provocados por el suicidio de Valerie.
Sin embargo, en esta niña radica uno de los momentos fundamentales, de los puntos de giro de la obra. Alabama representa la entelequia, el sueño, lo imaginado, la posibilidad de lo que puede ser y no llegará a ocurrir. Alabama es, en su dulce inocencia onírica, la representación del mayor de los males de nuestra sociedad en este momento: la impostura, las vidas ficticias y mentirosas que se camuflan tras un perfil de Facebook o Instagram. Las letales apariencias.
Esta obra polifónica quiere desgajar a la juventud actual de cualquier tipo de culpa heredada del pasado. Del pasado solo somos responsables nosotros, y no podemos cargar sobre los muchachos y sus comportamientos todos los males de la sociedad actual, porque los hemos creado antes de que ellos existieran. Entre esos males, se encuentran la desesperanza y la desesperación que conducen al suicidio.
De esa manera, Nuestra Inocencia abraza, además, otro asunto polémico y controvertido: la cuestión del suicidio. El suicidio es un veneno que destroza a quienes lo presencian o lo sufren. Los amigos, los familiares, se preguntarán siempre por los motivos, por las causas que llevaron a sus seres queridos a tomar esa decisión tan trágica como contundente y si podrían haber hecho algo para evitarlo. Un suicidio, peor si además es el de una persona joven, sume en la zozobra y socaba los pilares de la sociedad.
Por ello, el suicidio tal vez sea una de las acciones más revolucionarias que existen, la guinda de la protesta. Negarse la vida en la sociedad actual es negarle a esa misma sociedad su capacidad de ofrecer una oportunidad, aunque sea solo una, a la persona que ha decidido quitarse la vida.
Sin embargo, y aunque brutal, Mouawad mantiene que suicidarse es un regalo que uno puede hacerse a sí mismo, y que no debemos, quizás, atormentarnos demasiado preguntándonos por los motivos y por nuestra culpabilidad. Ocurre y listo. El suicida es soberano en su decisión y, aquí viene lo terrible, le sobran motivos para hacerlo. Realmente, en el mundo en el que vivimos, a todos nos sobran los motivos para tirarnos por una ventana, y no hay culpables determinados.
Cada acto de la obra es un ejercicio de reflexión relacionado con la muerte, con la sangre, con el cuerpo, con la naturaleza y con la existencia. Cada acto nos ofrece un oscuro retrato del interior de las personas, de nuestro interior, pavoroso, desbocado, egoísta e insolidario, que apenas puede perturbarse ante las muchas desgracias que podemos llegar a presenciar en nuestro mundo.
Y entonces, va Mouawad y nos emociona; lo consigue: consigue lo imposible, perturbarnos con su texto, con sus actores, con su teatro. Con su concepción del mundo, este patio de desgracias, ese escenario de dolores que se transforma dentro de nosotros con una sensación extraña, como de resaca de culpabilidad. Y el milagro ya está obrado.
Mouawad ha conseguido con su obra, aunque sea tan sólo por unos instantes, hacernos mejores personas. ¿Acaso el teatro no trata de eso?