martes, 5 de diciembre de 2017

The Waterboys en Madrid o el bello arte de mantenerse a flote


*Esta crónica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/the-waterboys-madrid-bello-arte-mantenerse-flote/


Fue allá por 1986, creo, cuando el programa Metrópolis de la segunda cadena de la televisión iniciaba su andadura (recientemente ha conmemorado 30 años de emisiones). Sí, fue allá por 1986, cuando aparecieron en aquella Telefunken que habíamos comprado apenas cuatro años antes —para ver a Naranjito, los fastos del Mundial 82 y el fracaso vergonzoso de los Juanito, Satrústegui y compañía—. Fue en 1986 cuando, una madrugada de aburrimiento de viernes junto a mi hermano, de repente, se convirtió en una madrugada de ojos como platos, desmesurada apertura de bocas y fascinación ante el videoclip que se derramaba desde la pantalla azulada. Eran The Waterboys, y su tercer disco, This Is The Sea, daba sus primeros balbuceos. Y aquella canción, Don´t Bang The Drum, nos hipnotizó. Al día siguiente ya nos habíamos comprado ese álbum… Y claro, en él estaba incluida The Whole Of The Moon. Ahora, han pasado algo más de tres décadas desde aquello y Mike Scott se asoma al escenario del Nuevo teatro Alcalá; hace una promesa: “Hoy sonarán canciones de amor”.

Amor y agua, agua y amor. El componente acuático siempre ha sido una de las señas de identidad de The Waterboys, o sería mejor decir de Mike Scott, único integrante original y permanente que persiste desde los inicios de la banda. El violinista Steve Wickham es otro de los veteranos, pero él entró en el grupo ya en el tercer disco, después abandonó la banda en 1990 y regresó en el año 2000.

Así que amor y agua, para un Mike Scott que estudió la carrera de Literatura en la Universidad de Edimburgo, y que no ha dudado en cuajar de referencias literarias las letras de sus canciones e, incluso, musicalizar poemas de Yeats o Robert Burns. Entonces, si hablamos de amor y de agua…, tendremos que hablar de la romántica y dramática historia de Hero y Leandro. Y ahora más que nunca, porque Scott acaba de publicar el 12º trabajo de la banda, y en él ha introducido unos cambios significativos, que lo convierten en un Leandro de la música actual.

Un momento, un momento, me diréis muchos, ¿quién es Hero? ¿Un comercial de mermeladas? Y Leandro… ¿El último fichaje brasileño del Barcelona? No, la repuesta a las identidades de Hero y Leandro se encuentra un poco más lejos del Nou Camp. Concretamente, en la mitología griega, tratado en la literatura clásica romana por autores como Ovidio, por ejemplo, o por nuestro renacentista Garcilaso de la Vega.

La historia narra la desventura de Hero, una sacerdotisa que habitaba una torre en un extremo del estrecho del Helesponto. Leandro, que vivía en el otro lado, se enamoró de ella. Cada noche, cruzaba el mar a nado para acudir a la cita. Hero encendía una fogata en la torre con cuya luz guiaba al esforzado amante. Sin embargo, una noche de tormenta, un vendaval apagó la hoguera y, extraviado, Leandro se ahogó.

Mike Scott es un Leandro musical, que al contrario del personaje legendario ha sabido mantenerse a flote. Y lo ha hecho con tanta clase y estilo que ha convertido la supervivencia en un mar de turbulencias en un ejercicio de fino y bello arte. Tal y como se afirmaba en el título de aquél disco de The Boomtown Rats: The Fine Art Of Surfacing.

Pero es que Mike Scott, además, es un Leandro redivivo a causa del motor compositivo que ha guiado su último trabajo en estudio como The Waterboys, el disco Out Of All This Blue: la artista japonesa Megume Igarashi, también conocida como Rokudenashiko. Mike Scott se casó con ella en 2016, confirmando así una relación con una diferencia de edad de casi 14 años que, para algunos estrechos de mente, roza lo escandaloso.

La verdad, es que todo lo que tiene que ver con Rokudenashiko resulta escandaloso en Japón. Porque esta artista, escultora entre otras virtudes creativas, ha tratado un tema prohibido en la cultura secular nipona: la vagina. Ha plasmado esa parte femenina en fundas para el móvil, collares, abalorios, pequeños juguetes, e incluso se construyó una canoa con la forma de su vulva, que había escaneado previamente, desencadenando un monumental escándalo que terminó por llevarla durante una semana a la cárcel.

Con estos mimbres, no es de extrañar que Mike Scott se haya sentido rejuvenecido y enamoradísimo de una mujer que no parece nada convencional. Por ello, ha consagrado casi todo el disco Out Of All This Blue a celebrar ese amor por la japonesa. Y me detengo tanto en este disco para hablar del concierto ofrecido en Madrid porque de las 23 canciones que interpretó, 13 pertenecían a este disco. Son muchas canciones nuevas.

Tal vez demasiadas, al menos para un segmento del público y de seguidores que no han encajado muy bien estas nuevas coordenadas compositivas de un Mike Scott que busca hacer bailar al personal porque se siente pletórico. El inicio del concierto fue trepidante, y eso que de una tacada arrancó con cinco canciones del disco nuevo. ¡Pero qué forma de sonar, qué tremendo poderío de la banda, qué grupo de músicos!

Músicos, en efecto: ya he mencionado al violinista Steve Wickham, toda una institución sobre las tablas, acompañado de Bart Walker a la guitarra, muy culpable de que The Waterboys ahora oscilen entre el trago de scotch y el sorbo de burbon sureño. Al lado, dos baterías, Ralph Salmins y John Green, muy culpables de la contundencia sonora que despliega esta banda en directo, con el bajista Aongus Ralston y las voces en los coros de Jes Kav y Zennie Summers. Todo ello culminado por ese Angus Young de los teclados que es el efervescente Brother Paul Brown. Con Mike Scott, nueve miembros sobre la tarima del Nuevo Teatro Alcalá.

Así que a las raíces folk y celtas-escocesas e irlandesas de The Waterboys, se les suman los hervores sanguíneos de músicos de Menphis y Nashville. De esa forma, el sonido que persigue Mike Scott deriva hacia un rock negro y sureño de blues con toques country absolutamente delicioso…, para desesperación de algunos de sus fans más recalcitrantes. Pero un placer para los amantes de la música con mayúsculas, esa Big Music que The Waterboys conocen tan bien —y que es la forma en la que ellos mismos denominaron al sonido desplegado en sus primeros discos—.

Entiendo que todo esto sean demasiados inconvenientes para que el fanático del sonido sucio del trío mágico conformado por Scott, Thistlethwaite y Wallinger, entre el 83 y el 88, pueda disfrutar del concierto. Pero lo cierto es que los dos últimos componentes, geniales desde luego, hace casi 30 años que abandonaron el grupo, y que Mike Scott ha peregrinado, como ese Leandro nadador, por un erizado mar del folk-rock tradicional, luego ha derivado hacia sonidos mucho más duros, pasando antes por las baladas, hasta desembocar en la gran recombinación que aparece en el último disco: desde ritmos de hip-hop hasta golpetazos country & western, desde contundentes guitarras de blues hasta estridentes piezas de rock. Todo eso se pone en escena. Y se añade a un líder profundamente enamorado y con ganas de bailar.

El resultado es un concierto magnífico, pero repleto de canciones nuevas, tal y como el espíritu juvenil de Scott demanda. Por ello, no será hasta la sexta canción cuando aparezca un gran clásico de otros tiempos, A Girl Called Johnny —segundo tema de su disco debut, de 1983— celebrado con igual algarabía por el nostálgico y por el fan recalcitrante. De las primeras cinco canciones nuevas, Santa Fe y Love Walks In han sido tremendamente efectivas, lo que me hace pensar que este último trabajo de Mike Scott, por otra parte soberbio a pesar de las muchas malas críticas que haya cosechado, todavía mejora mucho más al ser atacado en directo. Algo que se confirmará en las excepcionales versiones de The Hammerhead Bar o Morning Came Too Soon.

No será hasta mucho después, al aparecer When Ye Go Away —de 1988— y All The Things She Gave Me —de 1984—, cuando el fanático disfrute de nuevo, mientras que el nostálgico se felicite por recuperar estos temas, pero hace rato que ha comprendido la evolución lógica y normal del músico y de sus músicas, y hasta se está planteando el comprarse ese nuevo disco cuyos temas han sonado tan maravillosamente bien.

Mike Scott continúa surcando los mares con las brazadas de su nueva música consagrada a su joven mujer, haciendo alguna pausa para enseñar un caramelo a los fundamentalistas del pasado, y que así se mantengan tranquilos. La gollería llega, en este caso, con Medicine Bow, de su obra maestra This Is The Sea, y entonces vuelvo a recordar aquella noche frente al Telefunken. Con mi hermano y con tanta música por descubrir.

Y claro, The Whole Of The Moon. Que cierra el concierto y da paso a los bises creando un momento de adoración colectiva a Mike Scott que, desde su teclado, repite una y otra vez el inmortal estribillo del himno. Es el momento por el que todos han pagado su entrada. Y nos lo ha ofrecido como una forma de reconocer que, aquello que le permite hacer una música como la de ahora, son las composiciones de éxito de antes.

Por eso, tras un doble bis con la delicada How Lon I Will Love You?, notablemente endurecida, y un cierre sorprendente con la pieza This Is The Sea, acelerada y exuberante, al fan le sorprende hasta casi la indignación que se hayan obviado temas como Fisherman´s Blues o The Pan Within, por ejemplo, dando prioridad a las nuevas composiciones.

Pero esta se trata de una sorpresa que tan sólo anida en quienes, completamente equivocados, acudieron al Nuevo Teatro Alcalá con la convicción de presenciar un ejercicio de pasado, y se toparon con un monumento de futuro musical, pleno y fresco, que echó por tierra sus expectativas de revival. Mike Scott nada y bracea para reunirse, con sus canciones, cada noche junto a su Hero japonesa. No piensan permitir que se les apague la fogata que alumbra el punto de encuentro de su amor, y mientras, The Waterboys seguirán demostrando que sobre el escenario, nadando incluso contra corriente, es en donde mejor despliegan sus habilidades, convirtiéndolas en un arte delicado, como de filigrana nipona.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Entrevista capotiana para el blog de Toni Montesinos


A continuación reproduzco la entrevista capotiana que me hizo Toni Montesinos para su blog:

http://almaenlaspalabras.blogspot.com.es/2017/11/entrevista-capotiana-jose-carlos.html

Entrevista capotiana a José Carlos Rodrigo Breto

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Carlos Rodrigo Breto.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Indudablemente, en el interior de alguna novela: tal vez en la Vetusta de Clarín, o siendo un personaje de “La broma infinita” de Foster Wallace… Pero siendo algo más realista, en la ciudad de Praga, en concreto en el interior de esa casita azul de la calle de los alquimistas en donde Kafka escribió parte de “El castillo”. Es una casa tan diminuta que todo te queda muy a mano. Con lo que odio subir escaleras.
¿Prefiere los animales a la gente?
Pues no. Prefiero a la gente, aunque en este caso puedo citar a Bukowski como respuesta: “No es que odie a la gente, solo que soy más feliz cuando no están a mi alrededor”.
¿Es usted cruel?
Si es cruel citar a Bukowski… pues sí soy cruel. Bueno, fuera bromas, necesito ser directo y decir lo que pienso. Me molesta mucho lo políticamente correcto y a veces no poder expresarme con una opinión fundamentada. Si se considera una crueldad a decir las cosas como creo que se deben decir, entonces, vivimos en un mundo que se ha convertido, además de hipócrita, en cruel. Qué paradoja.
¿Tiene muchos amigos?
Pues conocidos tengo muchos…, pero amigos los necesarios: dos o tres, y son de la infancia.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Qué me soporten. Eso es lo más importante. Como escritor que soy me muevo en los límites de la manía, de los tics y de los tocs, de la histeria y la bipolaridad y, por supuesto, de la eterna mala leche. Por eso necesito que los amigos sean enormemente pacientes y comprensivos con alguien que parece que no hace nada durante todo el día mientras ellos trabajan y luego, además, no deja de quejarse.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Ya no. Antes me entristecían algunos comportamientos, pero he aprendido que eso es culpa mía. Se trata de no esperar nada, así no te decepcionas, y lo que venga después, pues son todo alegrías.
¿Es usted una persona sincera? 
Soy escritor, vivo de la mentira, de la fabulación, del artificio. ¿Cómo voy a ser sincero?
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Este es uno de mis secretos: no tengo tiempo libre, igual que tampoco me aburro nunca. Siempre estoy empleando el tiempo en algo, generalmente en cosas que ocurren dentro de mi cabeza. Me atrevería a decir que ando escribiendo permanentemente, de memoria, tomando notas, desarrollando historias, fabulando… Siempre estoy recibiendo información que puede ser aprovechable en mi progreso como escritor o estudioso de la literatura; cuando leo, cuando escucho música, cuando paseo o cuando veo una película. Todo es material de trabajo. Por eso no tengo tiempo de ocio, porque mi ocio es alimento creativo, muchas veces de forma involuntaria. Y por ello, tampoco me aburro nunca, aunque envidio a las personas que son capaces de desconectar y descansar, porque yo no lo consigo ni durmiendo.
¿Qué le da más miedo?
Hay un montón de cosas que me dan miedo. Soy un ser asustadizo por naturaleza. Por ese motivo, para defenderme del pavor y de las ofensas del día a día, he buscado refugio en la literatura que, por cierto, también me asusta bastante. Pero, sobre todo, lo confieso, algo especialmente pavoroso es enfrentarme a las llamadas de teléfono. Sinceramente, no puedo con ellas.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Creía que a medida que cumpliera años, las cosas me irían resbalando, pero ha ocurrido al contrario. La inmoralidad, la desfachatez, la corrupción, la falta de principios, la cara dura y especialmente, la grosería y la insolidaridad, me escandalizan terriblemente. Es más, me perturban.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Me hubiera gustado ser tenista o trabajar como farero en un lugar bien apartado de todo. Realmente esta segunda opción me gusta más que la del tenis… Incluso me gusta más que la de ser escritor.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Teniendo en cuenta que gran parte de mi vida la dediqué, profesionalmente, a ser profesor de tenis y pádel, creo que ya hice todo el ejercicio físico que me tocaba. Así que la respuesta es obvia: no.
¿Sabe cocinar?
Digamos que me defiendo con algunas cosas. Me considero un chef con cinco estrellas en lo denominada “cocina de salón”. Soy un teórico de los fogones. Toda ciencia necesita de sus teóricos para poder consolidarse. Pues ese soy yo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Me gustaría entrevistar a Stalin y, después, darle con un piolet en la cabeza. Pero en su defecto, por lo del piolet lo digo, no por la entrevista en sí, me conformaría con Kim Jong-un.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Roma, porque es símbolo de eternidad y, al revés, se lee amor.
¿Y la más peligrosa?
Oído, porque hay que tener mucho cuidado con lo que escuchamos, toda esa sarta de mentiras, insultos, manipulaciones, que buscan convertirnos en enemigos a unos de otros…, y porque al revés, se lee odio.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No pasa un día en que no quiera matar a alguien. Soy muy matarife para según qué cosas…
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
No tengo. No creo en la política. Cuando un líder político crea en mí, yo creeré en él. En eso me pasa como con las camisetas de los grupos de rock. ¿Llevan los Rolling Stones una camiseta con mi cara? Pues que no esperen que lleve yo una con las suyas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Si pudiera ser un alimento, desde luego uno de los buenos: un bocadillo de chorizo de calidad o una ración de callos. Pero si tuviera que ser un animal, en concreto un insecto, pues el chinche asesino o Rhinocoris Iracundus. Lo vi el otro día en el zoo de Madrid y me resultó fascinante. Y si fuera un edificio, pues la sinagoga Viejo-Nueva de Praga por aquello de que allí reposa el Golem… O incluso sería el propio Golem, pero con las virtudes letales del Iracundus. ¡Eso sería mucho mejor!
¿Cuáles son sus vicios principales?
Fumar en pipa. Disfrutar de un buen whisky, un buen coñac, de una buena comida, de un buen licor balcánico, y de ver agonizar a mis enemigos. Esto último, más que vicio, es entretenimiento.
¿Y sus virtudes?
Pues también me gusta ver agonizar a los enemigos de los demás… No, seamos serios, mi principal virtud es que soy tenaz, mantengo un gran empeño por lograr metas que parecen disparates. Así, me hice profesor de tenis, disk-jockey, bombero forestal o Doctor en Literatura. Si continúo percutiendo, puede que un día logre el mayor disparate de todos: ser escritor.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Dentro del esquema clásico…, supongo que mi vida brincando como un saltimbanqui. Pero yo no soy mucho de esquemas clásicos, y estoy demasiado cansado y mayor para las acrobacias, así que es muy posible que mi cabeza se llenara de pensamientos absurdos como cuando Sam Neill en “Calma Total” chupa el aire de unas tuberías del barco, o de esos memos de los Kingsman cuando hacen lo mismo con unas duchas que han desmontado. Así que mi último pensamiento sería, seguro: ¡Denme un tubo que chupar!

domingo, 3 de diciembre de 2017

La hermandad literaria de la uva



*Esta columna fue publicada en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/la-hermandad-literaria-la-uva/


La nómina de escritores que se han sumergido en un océano de color tinto es tan amplia como legendaria. La idea de Bukowski aporreando las teclas de su máquina de escribir mientras bebía vodka y componía poemas, o de Hemingway haciendo el memo en los San Fermines con un chato de vino y sin saber muy bien que ocurría a su lado, ya forma parte de la iconografía literaria.

Si tenemos que escribir sobre los grandes borrachines de las letras, una parada obligatoria debemos hacerla en Francis Scott Fitzgerald, tan capaz de crear hermosas historias como El gran Gatsby (Anagrama) o la incomparable Suave es la noche (Alfaguara), como de mantenerse durante días en el corazón de la melopea de ginebra, concretamente del Gin Rickey (ginebra, lima y soda).

Aunque las especulaciones sobre su muerte son muchas, desde que tenía tuberculosis hasta úlceras, un infarto acabó con su vida. No cabe duda, de que el proceso destructivo de la bebida fue minándolo hasta matarlo.


Bebedores legendarios son también William Faulkner —con lagunas temporales de las que no recordaba nada, la inconsciencia, o peleas monumentales gracias al Julepe de Menta, a base de Jack Daniel´s y menta—, Ian Fleming —una botella de ginebra al día—, John Steinbeck y el Jack Rose, a base de Applejack, granadina y zumo de limón, Truman Capote —un recordman de los Martinis que acabó falleciendo de cirrosis a los 59 años—, Malcolm Lowry —whisky, tequila y mezcal—, Joseph Roth —un gran amante de coñac—, Anne Sexton —Margaritas— y Baudelaire —absenta—.

Otros ilustres bebedores fueron William Burroughs, Marguerite Duras, Lawrence Durrell o Jack Kerouac.

Veamos una lista de los escritores que más bebían y sus tragos favoritos:

Oscar Wilde y la absenta. Hemingway y la absenta en cóctel con champán. Raymond Chandler y los Gimlets. Alan Poe y el coñac, solo o bien en ponche de huevo. Bukowski y el Vodka 7 (es decir, con Seven Up).

Sin duda es una lista contundente. Quiero detenerme un momento en dos escritores y bebedores muy peculiares, y el primero de ellos es John Fante.

John Fante no obtuvo un gran reconocimiento de su obra como novelista. De hecho, sólo después de su muerte se le empezó a considerar como el padre del Realismo Sucio, sobre todo cuando Charles Bukowski comenzó a reconocerlo como tal. El problema de Fante, tal y como explica su hijo en la extraordinaria biografía Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia (Sajalín), fue que renunció a ser escritor a cambio de la vida muelle repleta de campos de golf que le proporcionaban los guiones magníficamente remunerados que le demandaba la empresa cinematográfica de Hollywood, y eso terminó por amargarlo por completo. Bueno, eso y la diabetes, que lo dejó ciego e inválido.


Entonces, lo que de verdad nos importa de John Fante no son sus órganos macerados en alcohol sino la grandeza literaria de sus obras denostadas en su tiempo y admiradas actualmente. Es un escritor enorme, y es queda demostrado, por ejemplo, en la saga de uno de sus personajes más memorables, Arturo Bandini, compuesta por Espera a la primavera, Bandini, Pregúntale al polvo, Sueños de Bunker Hill y Camino de los Ángeles (todas ellas en Anagrama).


Son novelas algo gamberras, extraordinariamente divertidas, con un personaje disolvente como Arturo Bandini, que batalla para triunfar como escritor en el ambiente de Los Ángeles, en una especie de alter ego que muchas veces recuerda a ese Hank Chinaski que oculta a Bukowski.

Pero Fante no sólo iba a legarnos la saga de novelas de Bandini. Así mismo notables son Llenos de vida y La hermandad de la uva (ambas en Anagrama); en esta última los protagonistas son un grupito de bebedores, que terminan por resultar realmente carismáticos e, incluso, enternecedores. Hace unos pocos años, Anagrama publicó, en esa recuperación de la obra narrativa de Fante, un libro de relatos: El vino de la juventud.


De tal palo tal astilla, o de tal padre tal hijo. Es el caso de Dan Fante, el autor de la biografía a la que me refería anteriormente, y que experimentó un viaje de la mano del alcohol mucho más oscuro, tenebroso y demoledor que el de su padre.

Todas estas experiencias quedan reflejadas en las novelas Chump Change y Mooch —ambas en Sajalín—, narraciones excelentes, vibrantes, vertiginosas y, si alguna vez la literatura aspiró a la verdad, de lo más sincero y descarnado que he leído.


Dan Fante, como muy bien aprendió de sus mayores, también se crea un alter ego, esta vez el escritor Bruno Dante, consumido por el vino barato (llamado Perro Loco), y en permanente peregrinar por las reuniones de alcohólicos anónimos. A pesar de lo tremendo de las narraciones, en ellas aparece de forma muy brillante la esperanza al final de camino. En noviembre de 2015, Dan Fante falleció a los 71 años, víctima de cáncer.

Vamos a fijarnos en los bebedores patrios. A Lope de Vega parece que le gustaba el vino en demasía, y a Quevedo también. Francisco Umbral y Claudio Rodríguez también usaban los vapores etílicos a la hora de incentivar la inspiración.

Quiero terminar con la leyenda, porque realmente no hay nada comprobado con veracidad al respecto, de Dylan Thomas. Al parecer, un instante antes de fallecer, reconoció, no sin orgullo, que acaba de beber 18 whiskies seguidos. “Creo que es un récord”, sentenció antes de desplomarse y entregar su poesía a la posteridad.


sábado, 2 de diciembre de 2017

Maximiano Revilla: Cruzado del verso, poeta de la imaginación y el cortejo



*Esta entrevista se publicó originalmente en el blog de pensamiento poético Verde Luna:

https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/11/14/maximiano-revilla-cruzado-del-verso-poeta-de-la-imaginacion-y-el-cortejo/

Maximiano Revilla es una de las voces poéticas más particulares, originales y sorprendentes del panorama literario español actual. Y esos adjetivos con los que lo defino se los ha ganado a pulso y son producto de un afán de estudio y mejora inquebrantable, de un sentimiento poético fuera de lo común, y de una voluntad de bulldozer a la hora de percutir contra lo establecido y lo monótono.
Maximiano lleva un prodigioso y fecundo camino: Consonancias de la voz (2003), De todo lo que no se pierde (2005), Motivos venatorios (digital, 2013), Urbanidades y otras distancias (digital, 2013), Notateti (digital, 2013), Cuando se lanzan los cuerpos desde la terraza para ver qué sucede (digital, 2014), Pálpitos del tren que no vuelve (2016), Un cuántico aleteo en la boca (2017).
En Verde Luna henos realizado dos reseñas críticas de su obra:

1-Tu último libro, “Un cuántico aleteo en la boca”, es una visión del mundo cotidiano con los ojos del poeta, pero ¿cómo ve el poeta el mundo de la poesía?
 Sorprendido, tremendamente sorprendido al comprobar cómo, en este mundo en el que nos movemos, vegetamos o simplemente esperamos a que todo termine, en este mundo donde la nota predominante es la excesiva velocidad, la evolución a toda prisa, la innovación hasta esos extremos a los que solo el hombre es capaz de llegar y continuar rodando un trecho más de patio o de cielo; digo que, el mundo de la poesía, es el único mundo estancado en la prehistoria de la historia, el único detenido en ese pasado que, si huele, y huele mucho, es a naftalina, a conservantes con sus letras y sus números, iguales a los que aparecen en cualquier etiquetado. Sí, el mundo de la poesía es el único que continua sin conseguir dar ni media zancada de olvido al pasado y seguir hacia el futuro, con algo de inventiva, el único que vive, tremendamente, cómodo dentro de su zona de confort, nadando entre esa roña que ocupa las playas alrededor de sus ombligos, en esas profundas simas de abstinencia y vértigo a la impaciencia de las cosas. Sí, estoy convencido que algunos intentaron salir y saltar del vacío al vacío, pero les ha sido imposible llegar a nadar sin ahogarse; y más que nada porque como decía Machado “La poesía hecha ahora, puede entretener a las masas e iniciarlas en la expresión de su propio sentir externo; ya que su interior solo podrá ser ocupado cuando lleguen los nuevos poetas con su nueva sentimentalidad”. Por eso, sin visos de que nada cambie, seguimos estando donde siempre estuvimos, en el carro de las resacas de cualquier buhonero, en la lista de clientes de cualquier comercial.
Sin dudar ni un instante afirmo que veo el mundo de la poesía: achacosamente viejo y enfermo, con las mismas caricaturas, las mismas discusiones y los mismos pensamientos generacionales que existieron y existen, desde siempre, entre padres e hijos, entre aprendices y maestros.
2-Eres un feroz combatiente contra los lugares comunes y las figuras de repetición en la poesía. ¿Crees que en nuestro día a día esos males son los causantes de muchos de los problemas que nos aquejan y nos hacen enfermar como sociedad? Parece que la rutina de lo cotidiano es uno de los asuntos que te preocupan en tu poemario.
El lugar común. ¡Ah, el lugar común! Esa palabra o frase o idea que, convertida en un vicio por su excesiva utilización, ya no aporta nada. Podría afirmar que, quien se expresa, con ellos, es por falta de imaginación, o de recursos para ampliar el cuerpo del escrito, puesto que resulta más fácil sustituir la búsqueda de ideas originales y creativas por otras ya gastadas, simplificándolas y simplificando los conceptos que, seguramente, merecerían perder o ganar tres o cinco instantes más para materializarlos y matizarlos, pero simplemente digo que, sobre todo, es por vaguería.
El lugar común, por las transigencias de este mundo donde se enciende la luz comunitaria, es el camino más sencillo para llegar cuanto antes a cualquier espacio, espacio donde siempre hay alguien que enchufa y protege para que no se noten mucho las distancias, distancias cubiertas por los curritos que realizan en la calle los trabajos sucios. Y sin embargo, tengo que reconocer que lo que para mí es un lugar común, para otra mayoría, al no haber leído el original, eso que les presentan ahora es originalísimo.
Sí, entiendo las figuras de repetición como la luz de otro día que, tal vez, llegue y nos traiga los mismos desatinos, los mismos errores, las mismas formas generales del adoctrinamiento, la misma manera sencilla de aprendernos, como Plateros, el camino a casa. Sí, tal vez a esa casa, siempre llena de silencios. Y sin embargo, lo que proporciona a la repetición su carácter novedoso, es lo mismo que la pone en duda: el hecho de que lo que repite, es algo que ya ha sido: un color kilométrico, un beso con cincuenta años cumplidos, una sonrisa que no tiene por qué tener historia, una situación determinada que, siempre niña, nos sorprende y nos llena de misterio. Sí, cuando no se ve y sólo se oye repetida una vez y otra vez la misma voz, surge la sorpresa en la mente del que escucha, aparece la imagen abstracta del momento agradable o desagradable, un objeto desmaterializado que despierta una vibración en la conciencia capaz de situarnos donde más le interese al poeta, en el mismo vértice del abismo, junto al espectro de la repetición que nos despierta.
Desde mi cabeza, totalmente reformada y amueblada por las imposibilidades de no alcanzar a tener nunca el título de propiedad, de sus encuentro y mis encuentros, en el bolsillo, afirmaría que sí, que nos han hecho, nos hacen y nos harán enfermar como sociedad, pero que, sin duda, estamos totalmente capacitados para sobreponernos y continuar.
Confieso que una de mis grandes torpezas o aciertos, a la hora de crear poesía, es haber llegado a comprender que nunca soy yo quien elige: ni sus temas ni sus formas, que después de amasar y amasar durante tanto tiempo el verso y el poema, son estos los que me dictan, qué y cómo escribir, por lo que sí, he de responder afirmativamente, parece que en esta ocasión, en “Un cuántico aleteo en la boca” es en la rutina de lo cotidiano por donde mejor se han movido. Lo único que a mí me dejaron fue escoger donde: de cuatro a siete de cada madrugada.
3-La tristeza… ¿viene de la mano de la falta de imaginación? Sin embargo, nadie más imaginativo que un poeta, como tú por ejemplo, y sin embargo tus versos viajan cargados de una amargura profunda y pesada. ¿Son tus poemas la admisión o el reconocimiento de una derrota?
Permíteme que para contestar a esta pregunta, comience utilizando unos versos de Baudelaire: “Hoy el poeta, cuando quiere imaginar […] siente el alma envuelta en un frío tenebroso, y, lamentablemente, se asusta de la visión”, y desde aquí, continuar negando que la tristeza venga de la mano de la falta de imaginación, pues es desde esta atmósfera triste y desgarrada desde donde el autor hace que el lector vaya ansioso a buscar esa alegría que echa en falta. Sí, es cierto que, de las emociones básicas del ser humano en el transcurso de su existencia, es en la tristeza donde, en más ocasiones, nos detenemos y con la que más tiempo desperdiciamos, pero también es verdad, que es esa misma tristeza, la causa que nos lleva a buscar las alegrías y los encuentros, la que cogiéndose de la mano de la imaginación pone en valor la felicidad, puesto que solo, después de sentir el aire del filo de su destreza, después de patalear y llorar hasta decir basta, se saborean de otra forma los escasos momentos felices que nos acompañan. Y sí, admito que mis tropiezos, más que nada, en los huecos inexistentes de las baldosas, son cada vez más dolorosos, pero todas las ficciones que he vivido y vivo en el sueño de los poemas, aunque nunca se hayan materializado ni se hayan modelado en la realidad, jamás las podré considerar como derrotas. Esos versos, poemas que tú dices, cargados de una amargura profunda y pesada, tienen como única intención “supuestamente” despertar, dos o tres pensamientos dulces, entre las mil hojas del posible lector. Y ya que reconocer o admitir una derrota supone primero constatar que hubo una batalla; acaso, esa, de un aquí y un ahora, la que se quiere despistar, desde esa guerra por edades hasta ese duelo inventicida demasiado enganchado a la sombra de las tristezas, no, que va, no voy a reconocer ni admitir ni constatar que en mí, haya habido derrotas ni duelos ni batallas. Voy a ser modosito. No voy ni a faltar ni arañar a nadie, mientras me sigan acribillando mis ignorancias, afirmaré que todo lo que me rodea es hermoso.
4-¿Encuentras en la poesía un blindaje a las agresiones de la vida cotidiana, una forma de decir lo que de otra manera te resultaría imposible, o un vehículo para mostrarte tal y como eres?
Al pensar que es la poesía lo que nos queda de aquellas humedades juveniles de los sueños, sí, tal vez tendría que reafirmarla como mi blindaje. Y sin embargo, por ser yo un ser relativamente insignificante, alguien que quitando a los trescientos  o mil amigos, y a un familiar que, durante mucho tiempo me han acompañado, creo que no tiene ningún sentido disfrazar, ni lo que hago ni lo que digo ni lo que soy, por lo que, en un momento determinado o indeterminado de mi historia, sobre todo cuando aún pensaba que la poesía era otra cosa distinta: acaso ese ir de la luz a la luz sin dolor, sin sombras en el recorrido, sin excesivos sobresaltos, sin inventiva ni creación, que yo me llamaba yo, y detrás de ese yo estaban, para blindarme al descalabro, mis avales. Esos avales de espuma desde los que me pensaba retractar. Pero hoy que el poeta es un asalariado más, un nominista, un currito por cuenta propia, un aficionado que dedica a escribir poesía, las horas que roba al sueño. Hoy que es el poeta otro mundo, otro prostituto de las palabras, otro mercenario del  ritmo, tal vez, ese que se contrata como autónomo y en ocasiones estresantes, completa el círculo de las canicas, del agua, del aire, de la tierra, del fuego, de todo lo que acoge los restos del funeral, y los deposita sobre las canas del alma. Hoy que mi pensamiento es una maraña de ideas y contra ideas, cubiertas por el polvo de la ignorancia y que mi cabeza funciona como las esponjas de los cuartos de baño, las que en su recorrido, bajo la ducha, se saturan con las ideas muertas, las que tras apretar, escapan para que de inmediato se vuelvan a saturar, sí, aquí que me muestro tal y como soy, podría decir que la poesía es un blindaje a las agresiones de la vida. Pero solo si me presionas, si no me escapo, de uno a cuatro instantes, con mi traje de cortejar.
5-Me consta que eres un profundo conocedor de las técnicas, de los ritmos, de las formas poéticas. ¿Qué opinas de mucha de esta poesía que se perpetra hoy en día, repleta de ripios, vacía, inocua, poesía de blog o de bloggers e, incluso, poesía de presentadores de telediario?
Ya que ser poeta es una pose de estudio, la foto fija que encabeza las bibliografías, los ratos de asueto que, de alguna manera, se han de ocupar y pasar hasta conseguir ver como maduran las cosechas del pensamiento en paro; sí, desde aquí, desde esta postura casi perfecta que se me otorga en mi descalabro, te digo que, una gran mayoría, por no incluir al mundo entero, es poeta. Y me parece muy bien, sobre todo porque pareciera que ser poeta no requiere título oficial, ni requiere haber leído más que los índices de los títulos de los poemas que aparecen al final o al principio de los dos o tres libros que sirven de guía. Sí, ser poeta lo es cualquiera. Y esto es así, en parte por el mamoneo que se traen y se trajeron los “supuestos poetas oficiales”, por el evidente endiosamiento del que hicieron y hacen gala después de haber alcanzado las subvenciones o los escasos trabajos con puesto fijo de la dedocracia, sí, por irse pasando de unos a otros, los encuentros, las avalanchas, los acelerones, porque en el fondo el lector de hoy ya no se cree nada. Como lo común es mucho más fácil y sencillo de hacer y de imitar y como han sido tantos años pagando como originales, marcas blancas, ahora está poesía ripiosa, de blogs, esta poesía vacía, parece ser esa venganza que nadie podía esperar. Y sí, pensando que poetizar es crear mundos nuevos desde la ignorancia, yo los aplaudo, y al estar de acuerdo con G. Blocker cuando escribe que, “Quien persigue lo desconocido no puede seguir caminos conocidos” estoy seguro de que al final, entre tantos, alguien aportará algo distinto, nuevo original y genial.
6-¿En el mundo en el que vivimos la poesía está condenada a la extinción?
Pareciera como si hoy, que lo divino y lo profano, lo terrenal y las mismas nubes del sueño, se hubiesen puesto de acuerdo para, con palabras y más palabras, convencer y convencernos de que así es; particularmente, yo no lo creo, y estoy de acuerdo con Yves Bonnefoy cuando dice que: “La poesía está para recordarnos que todas las palabras, incluidas las que usamos automáticamente, o tanto que parecen gastadas y poco relevantes, son las responsables de la realidad”. Porque sí, también la realidad es y se puede ver con los ojos de la poesía. Y sí, por supuesto que hay playas que, rastrilladas por la maquinaria de los ayuntamientos, apenas, si dejan huecos o fisuras donde tropezar y caer y crear y exclamar “¡si no hay poesía, que desierto!” Y si no hay palabras, ¡que distancia! Es cierto que en el lenguaje poético son las palabras quienes abren y cierran el camino hacia la creación de otros mundos posibles que nacen de ellas, pero es el autor quién ha de escoger la más conveniente para recrear y enriquecer la capacidad léxica de nuestra lengua, para mejor comunicarse, para no ser, ni hacer lo mismo que ya hicieron todos, para escribir mucho más que sentimientos. Por todo esto y otras siete o cinco cosas más, mientras haya hombres y palabras y sentimientos y realidades que contar, que reír o que llorar, habrá poesía.
7-¿Al ponerte a escribir un poema, qué autores, que tradiciones, bullen en tu cabeza? ¿Tienes algún poeta de cabecera?
Si mi condición fuese otra, esta pregunta sería la ideal para poder jugar basketball, para pelotear mientras nombro nombres, acaso, con la oscura e interesada intención de hacer saltar sobre cualquier casino sus referencias. Lástima no saber aprovecharme. Cuando aún no era consciente de que para escribir, primero se tenía que estudiar y aprender una serie de reglas, cuando no tenía ni idea de que, el poner sobre papel, todo aquello que bullía en mi cabeza, se denominaba poesía, cuando aún no tenía ni idea de nada, (ahora que tampoco la tengo, voy a intentar disimular, a ver si no se nota mucho mi ignorancia y mis tropiezos, y aunque, particularmente, no es que me importe, no sé; como que parece que viajo por otras latitudes y queda de otra forma) Sí, cuando todavía no era consciente de nada, cuando mi buen amigo, por no decir el único de aquel entonces, “Gustavito” me acompañaba, recuerdo que llegaron de visita en la merienda, un par de libros de autores que, por supuesto, con los once o doce años, yo no sabía: ni quienes eran ni que habían escrito ni cuando lo habían escrito ni cuales pudieron o no pudieron haber sido los motivos para escribir, me imaginaba que, también ellos, lo habían hecho como yo, sin saber. Mis ojos solo se habían detenido y fijado en que, el uno, arriba ponía: Herrera y debajo Poesía y el otro; Garcilaso y Antología Poética. El uno era de color marrón, imitando ful de cuero, el otro gris azulado de ceniza y triste compostura, casi, casi podría afirmar que de sombra y miedo. Con el tiempo, según iba aprendiendo cosas, cursando estudios, memorizando y olvidando reglas, se fueron sucediendo libros y autores y verso y poemas, tantos y muchos más, como para, al menos, llegar a rozar la suela de los maestros, pero no, no tengo ninguno de cabecera, que es la pregunta que me propones, todos están enfrente y sobre mi cabeza, en las estanterías o por no quedar ya hueco en estas, en el suelo. Pero sí, te voy a dar dos nombres que para mí, ahora, destacan sobre todos los demás: Laureano Albán y David Abad.
8-¿Es la lucha por conseguir el poema una batalla contigo mismo, o un combate contra todo lo demás que te impide dedicarte a ser poeta como, por ejemplo, el trabajo, las obligaciones, las facturas que, evidentemente, nunca pagaran la poesía?
Seguro que luego todo cambia, pero ahora mismo pienso que no es ninguna de las dos cosas: ni batalla ni combate. Ni tan siquiera lo concibo como una lucha, si de alguna forma tuviese que calificarlo o definirlo sería como mi filosofía de vida, y esta, no sería capaz de entenderla, si no fuese unida a todo lo demás, si no se besasen, la una a las otras, si no se acurrucasen juntas, si no durmiesen y despertasen en la misma habitación, aunque por la comodidad de los años, en camas unidas pero separadas; ya que, lo mismo que a otros les dio por no comer carne o beber cerveza sin alcohol o pisar descontentos o causar sarpullidos, a mí me dio, como tú en otro artículo, muy bien dices, por “desayunar versos”. Tú sabes, José Carlos, mejor que nadie lo raro que puedo llegar a ser, lo impreciso de mis convicciones, los desajustes entre el mundo, el verso y mi cabeza. Cuando no se busca ya nada, cuando no se espera ya nada, cuando tienes muy claro que solo escribes para ti y para, ( me repito) los trescientos o mil inquietos pensamientos que necesitados exigen el siguiente poema regalo, es más que suficiente y una gran satisfacción haber llegado al centro de su mundo. No, por supuesto que no voy a ser nunca merecedor de ningún premio, ni lo busco ni lo espero. Sé que es difícil, y psicológicamente no recomendable romper las tradiciones, quemar las enseñanzas que se tienen como normas a seguir toda una vida, los hechos y las acciones de otras vidas, en parte equivocadas o no, otras vidas que dijeron en su momento lo que les apeteció, eso es lo que yo hago ahora, disfrutar plenamente haciendo, de otra forma, lo mismo de siempre.
9-¿Qué opinas del Blog Verde Luna?
Hoy que la poesía es una serie de ofertorios que nada tienen que ver con el esfuerzo de las musas, ni tan siquiera con el principio firme de su significante oscuro, hoy que, más bien, tiene que ver con el disimulo, el engaño, el falso protocolo de las fiestas, con los números, las negociaciones, las estadísticas, los currículums, con saber cultivar el amiguismo y ser, un excelente relaciones públicas, para poder así, deslizar, de manera convincente, la mano por la espalda, creo que Verde Luna es un blog valiente, imprescindible para dar a conocer las últimas novedades de lo que literariamente se está imprimiendo. Mis más sinceras felicitaciones.
10-Despídete con un pensamiento poético
Me voy a despedir con unos versos de Laureano Albán, más que nada por pensar que en ellos va parte de mi pensamiento poético:
“El verso es una belleza no creada,
La que permanece debajo, muy por debajo
de la capa del maquillaje, es el poema”.

lunes, 27 de noviembre de 2017

De librerías, libros y libreros... en el día de las librerías


Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/librerias-libros-libreros-dia-las-librerias/


Para Marina, la Sra. Bibliotecaria de Instagram. No conozco a nadie que haga tanto por las pequeñas librerías y las editoriales independientes y de calidad.

Pues sí, hoy es el día de las librerías, pero no de esas del IKEA, imposibles de montar. Hoy es el día de las librerías que venden ese bien tan preciado, extraño, y que algunos se atreven a declarar en vías de extinción: los libros. Existe un recurso literario que consiste en la literatura que habla de la propia literatura, y recibe el nombre de metaliteratura. Pues bien, en un día tan señalado como hoy, voy a dedicar esta columna de El Odradek de los viernes a los libros que hablan de librerías y libreros: o sea, los metalibros.

Y empezaré confesando que la idea me rondaba por la cabeza desde el estreno a bombo y platillo de la película sobre la novela de La librería (Impedimenta), basada en el libro de Penelope Fitzgerald. No he visto la película, ni he leído el texto, de momento, así que me voy a referir aquí a algunos otros textos que se ocupan del asunto. Algunos son muy conocidos, otros nada.

Y quiero comenzar por una joya de miles de quilates: Mendel el de los libros (El Acantilado), en algunas ediciones antiguas aún preserva su título en alemán, Buchmendel, y su autor es Stefan Zweig. Publicado en 1929, se trata de un relato breve, pero intenso y hermosísimo, que destila amor por los libros y los eleva a la condición de todo un estilo de cultura y de vida, que al entrar en vías de extinción corre el riesgo de perderse.

Mendel es un librero de viejo, que pasa las horas desplegando su enorme sabiduría en un cafetín de Viena, de la Viena del Imperio Austrohúngaro. Cuando se produce el colapso del Antiguo Régimen, su condición de judío lo convierte en sospechoso de espionaje, y es recluido en un campo de prisioneros. A su regreso, ya se ha consumado la catástrofe, y su mundo ha cambiado radicalmente. Realmente, no queda ya espacio para la cultura, al menos la cultura que Mendel representa: clásica, erudita, reposada y tolerante.

Mendel es un librero de lance, un buhonero que trata con libros de segunda mano. Puedes encontrar en este enlace un artículo que publicamos en Achtung! sobre algunos de los libros más habituales que nos podemos encontrar en el ecosistema de la librería de saldo:


Más conocido, al menos por el boom que experimentó en el mercado anglosajón, es Una lectora nada común (Anagrama), del británico Alan Bennett y publicado en 2007. Es un libro realmente curioso, en donde la Reina de Inglaterra (la misma que en mi novela Softcore aparece retratada de una forma un tanto diferente) descubre un súbito amor por los libros al toparse con lo que por aquí denominamos vulgarmente como bibliobús.


En efecto, es el bibliobús que nutre de lecturas al personal del Palacio de Buckingham, y un pinche de cocina se acabará convirtiendo en el asesor literario particular de la Reina. Hasta tal punto le toma gusto a la lectura, que la Monarca empieza a sentirse fastidiada por los quehaceres propios de su rango, que le privan de las placenteras horas que pasa con sus libros.

Placenteras, he dicho, eso es. Porque lo que Bennet plantea en la novela es la grieta que se abre en la Reina, consagrada hasta entonces a servir a su pueblo, al sacrificio (todo esto desde un punto de vista muy británico, claro), y que encuentra en la lectura el placer, ese placer que aquellos que ostentan semejantes cargos parecen tener vetado. Un placer tan enorme como para… ¿plantearse abdicar para consagrar todo su tiempo a la lectura?

Pero claro, si se trata de librerías, ¿cómo no mencionar el relato de Borges, La biblioteca de Babel? Aparecido en el libro de 1941, El jardín de los senderos que se bifurcan, forma parte del volumen Ficciones (Alianza). Los tics del escritor argentino, y algunos de sus tocs, aparecen en este texto: la recursividad cuántica, la estructura de fractales, la reflexión cosmológica… Todo esto convierte a este texto en un claro ejemplo de aquello que denomino como Literatura Cuántica.

La biblioteca de Babel es una narración fascinante, ¿acaso existe alguna narración de Borges que no sea fascinante?, en tanto que presenta el intento de una ordenación del cosmos como si fuera una biblioteca. Una biblioteca ciertamente eterna y que se sobrepone al tiempo y al espacio: permanece ahí desde siempre, y parece que siempre permanecerá. Sus galerías son infinitas, y las estructuras de cada una de ellas se ordenan según una matemática recursiva que va reproduciendo series de números, desde lo mayor a lo menor. Algo así como nuestras huellas dactilares, que son iguales a las espirales de las constelaciones que discurren sobre nuestras cabezas, a millones de años luz.

La biblioteca de Babel está repleta de trampas algebraicas, guiños numéricos y otros enigmas que la convierten en un lugar que parte del interior de nosotros mismos y se proyecta al infinito. Todos los demás enigmas que alberga este texto hipnótico ya los dejo al gusto del lector. Buena suerte.

Algo mucho más ligero en cuanto al planteamiento juvenil, son las deliciosas aventuras de un muchacho que trabaja en una librería de Zagreb. Estoy hablando del más que minoritario libro del autor croata Ivica Prtenjača, un auténtico ídolo literario en su país. Se trata de la novela Que bien, qué bonito (Baile del Sol ediciones), de 2006, en cuya traducción del doctor Francisco Javier Juez Gálvez tuve la ocasión de intervenir, muy modestamente, aportando mi espíritu literario.

La novela, fresca y divertida, pero también con una nube de pesadumbre o pesimismo generacional, presenta una ciudad de Zagreb ciertamente complicada, para una especie de autoficción con grupo juvenil al fondo. Llama poderosamente la atención la circunstancia de que el autor elija un minimalismo literario a la hora de utilizar los recursos en la novela, lo que la dota de relieve y de una garra extraordinaria.

En el siguiente enlace os dejo una crítica que realicé para el número 33 de los Cuadernos del Ateneo de La laguna:


Hay un relato muy notable dentro de una colección de cuentos titulada El hombre invadido (Anagrama), del escritor italiano Gesualdo Bufalino, publicado en 1986. De más que curioso nombre, Las visiones de Basilio o bien La batalla de las polillas y de los héroes, se nos presenta un momento de la historia de la humanidad en donde se ha decidido guarecer en una inmensa fortaleza todo el saber del mundo, enviando en barcos el contenido de innumerables bibliotecas. El cogollo, esa centena de textos que albergan el saber universal, se guarecen en la Torre de la fortaleza, con la esperanza de poder protegerlos de un gusano devorador de papel, mientras los químicos se afanan en descubrir el veneno que pueda doblegarlo.

El novicio Basilio, —sin olvidar que el relato, aunque en su parafernalia recuerda a una puesta en escena medieval, ocurre a finales del siglo XXI, después de ignominiosas catástrofes— queda recluido como único vigilante del preciado tesoro del saber. Desde luego, Bufalino, hombre cultísimo y de gran formación clásica, nos proporciona un relato que permite una lectura profunda riquísima, pero si nos quedamos en lo meramente lineal, no podemos dejar de sorprendernos por lo original del desarrollo del asunto.

A pesar de las precauciones tomadas, el gusano empieza a roer el núcleo del saber más importante. Las polillas destruyen los libros por doquier —deliciosa la reflexión metafórica que Bufalino lleva a cabo sobre la destrucción del lenguaje— hasta que Basilio encuentra una solución drástica para terminar con la amenaza que pone en riesgo lo más valioso del conocimiento de la humanidad… Leed el cuento si queréis saber cómo termina esta pequeña obra maestra. Solo diré que el novicio Basilio es el paradigma de librero o bibliotecario sacrificado, abnegado y perfecto en su cometido de preservar el saber albergado en los libros.

Así, nadie podrá decirme eso de que hago spoliers, aunque a estas alturas todos los que me siguen ya deberían saber que la verdadera riqueza de la lectura no se encuentra en el desenlace de un libro, sino en el viaje delicioso realizado hasta allí.

Y quizás, porque el viaje realizado hasta el final de 84 Charing Cross Road (Anagrama), de Helen Hanff, no me resultó nada satisfactorio, y no digamos ya el de la novela El lector (Anagrama) de Bernhard Schlink, no las he traído hasta mi compendio que busca llevar a cabo un homenaje a las librerías y a los libreros. Sinceramente, creo que deslucirían bastante, aunque muchos os preguntéis, y os entiendo, qué clase de males les encuentro a estas obras.

En estos dos enlaces, si os interesa, podréis descubrirlo:


Hoy es un día especial porque es el día de las librerías. No hay que olvidarlo. Son el pequeño reducto que nos queda para salvaguardarnos de la mediocridad, del hastío repetitivo de la rutina y de la crueldad de nuestros semejantes.


Celebrémoslo entrando en una librería de lance, visitemos a nuestro Mendel particular, y adoptemos el volumen que nos inspire mayor lástima, mayor abandono, dándole un refugio cálido en los plúteos de nuestro estudio, en el salón de casa, junto a las queridas ediciones de lujo de las novelas que más apreciamos. Así, nosotros, también seremos como el novicio Basilio