martes, 19 de junio de 2018

Chaikovski: De Borodino al Mundial de Fútbol



Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/6/17/el-disco-del-mes-obertura-1812/

Intérprete: Daniel Barenboim y The Chicago Symphony Orchestra
Título: Tschaikowsky: Ouverture solennelle “1812”
Discográfica: Deutsche Grammophon
Género: Clásica
Duración: 42min; 12 seg.
Número de canciones: 13
Fecha de publicación: 1982

Chaikovski: De Borodino al Mundial de Fútbol

Con motivo de la llegada de ese Mundial de fútbol de Rusia que todo lo inunda, desde Mi Nueva Edad no hemos querido ser menos y también nos sumamos al evento planetario recomendando un disco de uno de los mayores talentos musicales que se hayan dado por aquellas tierras. Nos referimos a Piotr Ilich Chaikovski, compositor romántico universalmente conocido por sus ballets y, como no, por la Obertura 1812 que hoy traemos como disco del mes.
Porque la Obertura 1812 es una pieza heroica de componente militar y nacional capaz de subirle los ánimos a cualquiera. Una composición antidepresiva, muy útil si nuestra selección de fútbol no lo hace muy bien en tierras rusas, o si nos llega otra mañana de lunes sin ganas de madrugar para ir a trabajar o, simplemente, si andamos algo bajos de ánimos.
No estamos bromeando: la Obertura 1812 de Chaikovski es una bebida energética musical para el alma, inflama el espíritu de resistencia y consigue que las fuerzas internas se regeneren. ¿Por qué?
La respuesta se encuentra en el talante épico magistral con el que Chaikovski supo vestir a la composición. Una composición en donde narra una historia determinante para el pueblo ruso: la invasión de las tropas napoleónicas, la batalla de Borodino de septiembre de 1812 en donde los franceses obtuvieron una mínima victoria a un gran precio de bajas y desgaste, y el avance hasta Moscú, en donde la Grande Armeé, agotada, sucumbió ante el poderío militar del zar Alejandro I.
Toda esa historia de resistencia y heroísmo, de patriotismo y lucha ante el invasor, se encuentra narrada en la partitura de la Obertura 1812Chaikovski cuida hasta el más mínimo detalle y así lo refleja en la composición, en donde se puede escuchar desde una melodía religiosa ortodoxa rusa hasta ciertos retales de la Marsellesa —para significar el desastre de los de Napoleón—, e incluso esos monumentales dieciséis disparos de cañón que son capaces de exacerbar el espíritu de cualquiera.
Pero, por encima de todo esto, el motivo principal de la pieza, ese leitmotiv, uno de los más célebres de la historia de la música, que se nos mete en la cabeza y nos anima, casi nos empuja, para afrontar con fuerzas renovadas cualquier desafío que se nos presente. Así es esta Obertura 1812, una descarga de adrenalina que se funde con los cañonazos de ese Allegro vivace final, mientras repican las campanas triunfantes, y nos parece que seremos capaces de afrontar de forma exitosa todas las adversidades que se nos presenten, como hizo aquel ejército ruso enfrentado a los todopoderosos franceses.
La edición de la Obertura 1812 que proponemos hoy en Mi Nueva Edad, además, se completa con el Capricho italiano y la Marcha eslava, dos bellísimas piezas inconfundibles en el repertorio de Chaikovski, y dirigidas por un astro de la batuta como Daniel Barenboim, al mando de la Orquesta Sinfónica de Chicago.
Toda una combinación de talentos para una pieza épica, la Obertura 1812, capaz de animar incluso a quienes parece que no les corra la sangre por las venas, aquellos que han perdido toda esperanza o, simplemente, para los que necesitan algo más que el monótono sonido del despertador para afrontar la jornada de esos malditos lunes siberianos a las siete de la mañana.

sábado, 26 de mayo de 2018

Fernando Marañón, escritor: “Nunca estuvo la cultura más asequible en España y nunca interesó menos que ahora”


Esta entrevista apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/fernando-maranon-escritor-nunca-estuvo-la-cultura-mas-asequible-en-espana-y-nunca-intereso-menos-que-ahora/

Nuestra Galería de Cronopios recibe a su tercer invitado. En esta ocasión se trata del escritor Fernando Marañón que en 2017 publicó su primera novela, Gilda en los Andes (Berenice). Sin embargo, no significó su debut literario porque antes ya había editado Circo de Fieras (Aache ediciones), un compendio más que interesante de prosas breves cargadas de un humor negro y una ironía disolvente. Fernando Marañón une el cine a sus grandes pasiones, y es un reconocido crítico que, además, ha escrito el libro Tiene delito (Nowtilus), sobre personajes cinematográficos que acompaña con ilustraciones de su propia mano.


Revista Achtung!: Literatura, dibujo y cine, son tus pasiones. ¿Puedes compaginarlas todas? Has escrito una novela sobre cine, eso ya aúna a dos de las tres. ¿Te ves obligado a dejar de lado alguna?
Fernando Marañón: Al cine es algo a lo que me aproximo más desde la afición. Aunque haya trabajado gracias a ello en radio, haya hecho crítica o cubierto festivales, siempre me he considerado más un espectador. Sin embargo, en el dibujo y en la literatura siempre he estado del lado de la creación activa; no obstante, ya hace tiempo que se me paso la necesidad de tener que elegir qué cosa. Ahora solo mandan los recibos. Si facturo más escribiendo que dibujando, pues me dedico a eso, y si es al revés, pues a dibujar. Va en función del beneficio. ¿Qué es lo que soy vocacionalmente? No lo sé. Las dos cosas me gustan y podría apostar por cualquiera de ellas.

Revista Achtung!: Trabajas en algo que nada tiene que ver con la literatura. ¿De qué manera lo compaginas con escribir y, sobre todo, con que plazos y de qué formas afrontas la creación de una novela?
Fernando Marañón: Pues lo hago durmiendo poco. Con cada libro que he escrito se ha dado una circunstancia diferente. Por ejemplo, el libro sobre cine lo generé, inicialmente, como el sustitutivo de un catálogo de los dibujos que contenía, lo escribí muy deprisa. Lo maduré mucho, pero no tuve que buscar demasiado. En el caso del libro de relatos Circo de fieras me marqué la exigencia de que fueran textos muy cortos; pensaba en el principio y en el desenlace, escribía una primera versión y como era un volumen pequeño lo podía repasar cuantas veces quisiera y tampoco noté la necesidad de buscar un momento o un tiempo especialmente adecuado para ello. Con la novela de Gilda en los Andes sí, claro; la novela es un bicho que necesita una continuidad, más menos intuyes el tamaño que va a tener, aunque nunca a ciencia cierta, así que alcanzas un momento en el que tienes un volumen de texto sobre el que tienes que moverte de un lado a otro estando muy pendiente y de forma muy continuada. Así que fue una BlackBerry con un tecladito como de máquina de escribir diminuta que me permitía mandarme el texto por correo electrónico y luego, por la noche, le dedicaba un par de horas. Pero era un texto sobre el que a lo largo del día ya había trabajado a ratos muertos; y así un día y otro hasta que generé todo el texto en bruto. Luego, para moverte dentro de esa selva ya no te vale un móvil, y necesitas el ordenador.

Revista Achtung!: ¿De dónde sacaste el tiempo para Gilda en los Andes?
Fernando Marañón: Entonces ya sí, le robas tiempo al sueño. Porque no tienes otra: trabajas, tienes a la familia que atender… Al final lo que haces es prolongar la jornada, o anticiparla. Yo prefiero prolongarla porque soy un ave nocturna. A las cinco de la mañana no me levanto ni por un libro ni por casi por nada… Por la noche sí puedo seguir, aunque lo hice ya en la última fase de la escritura, porque la gran parte de Gilda en los Andes la generé entre desplazamientos, entre reunión y reunión, en todos esos tiempos muertos… Una hora de transporte es una hora de escritura, y yo trabajo deprisa, la primera versión la suelo escribir rápido. Tardo luego en repasar, pero no en crear. Me cundía mucho porque cada día generaba cinco o seis páginas en bruto. Al final de un año a ese ritmo tienes un material enorme. Mucho más del que necesitas.
Revista Achtung!: ¿Por qué decidiste que tu primer libro largo, tu primera novela, iba a tener ese componente de novela negra?
Fernando Marañón: Yo quería que la novela fuese de género, protegerla dentro de un molde porque tenía el temor de querer incluir demasiadas cosas en el texto, hablar mucho de uno mismo y dispersarme. Todos esos defectos que las óperas primas, sea en el género que sea, pueden tener: que quieres decirlo de todo, meterlo todo. Al final, te preguntas: ¿de qué me está hablando esta persona? Pensé, desde el principio, en un molde de género porque eso te obliga a ser mucho más preciso, a ir por un camino, sin salirte, y así cuentas, de todo lo que querías contar, sólo aquellas cosas que funcionan dentro de ese camino. Y aún así, alguna cosilla está puesta por capricho, pero son las menos porque sabes que tienes un espacio muy pequeño para los caprichos. Por este motivo lo quería todo dentro de un género. Y la novela negra es un género que, además, engancha al lector de primeras. Después, en el personaje central vuelcas ya todas tus proyecciones y obsesiones, pero lo importante es la peripecia vital que vive. Hay un misterio a desentrañar en el género que lo hace interesante. Gilda en los Andes es como un embudo, a medida que se acerca a su final la estructura de novela negra va estrechándose, comiéndose al resto. Al principio quieres dar las referencias suficientes de los personajes, pero una vez resuelto eso, toca solventar el problema, y por eso la novela avanza desde esos planteamientos iniciales en donde caben más cosas hasta alcanzar un juego de novela negra. Y lo entiendes cuando acaba, porque conoces de donde vienen esos personajes y el qué los motiva, puedes definirlos en función de si han resuelto o no sus problemas, y ya sabes si se han transformado y en qué.

Revista Achtung!: ¿Tenías a algún escritor como modelo para este tipo de novela de género?
Fernando Marañón: Uno, no. Tenía muchos. Es la ventaja de poder escribir una novela así con un montón de años a cuestas. Has leído mucho y has visto muchas películas. Eso te permite dejarte llevar si necesidad de vigilar a quién estás siguiendo. Después, cuando te la lees con ojos muy finos detectas si te estás arrimando a este o a aquél… Muchas veces los referentes no son conscientes, después caes en la cuenta. Has leído a todos, a Le Carré, a Agatha Christie, y eso te ha dado un bagaje que te ayuda a escribir, pero no tenía el referente claro mientras lo hacía. Pensaba en algo con un aroma un poco inglés dado que en Gilda en los Andes hay un viaje, saco a un personaje de su hábitat o contexto natural, hay espías, y los espías son algo de mucha tradición en la literatura inglesa… También es una vuelta de tuerca a la novela nórdica de moda, como tú muy bien has dicho en alguna ocasión…
Revista Achtung!: En efecto, parte de la acción de la novela sucede en Tromso. ¿La novela nace de tu viaje a Tromso o ya la llevabas pensada cuando visitaste Noruega?
Fernando Marañón: La idea nace del viaje. Tenía varias novelas en la cabeza, pero Gilda en los Andesno estaba entre ellas, y se puso la primera con motivo de una reunión con otro escritor que conoces, que ha formado parte además ya de esta Galería de Cronopios, me refiero a Juan Laborda Barceló. Al regreso del viaje quedé con él y le conté mi experiencia. Laborda vio una novela en el acto. Pero no en mi peripecia, sino en Tromso, en la noche polar, en el lugar… Me di cuenta de que tenía razón, por lo que armé unas líneas básicas que dieron lugar al germen de Gilda en los Andes. Así que no, no fui a Tromso con la idea de la novela… Después sí que he visitado algunos otros lugares con la intención de corroborar o comprobar que mi memoria no me traicionaba. Y esos viajes ya eran con la novela en la cabeza.

Revista Achtung!: Dicen, aquellos críticos que entienden de Literatura, que un buen novelista posee una voz propia. ¿Ya la tienes? ¿O a cuanta distancia crees que te encuentras de ella? ¿Te vas a seguir caracterizando por la forma de narrar en Gilda en los Andes o piensas cambiar de registro?
Fernando Marañón: Sí, creo que tengo una voz propia que ya adquirí hace tiempo y que luego he ido modulando y que ha ganado a base de trabajo. Los personajes de Gilda en los Andes tienen más recorrido. Estoy escribiendo otra historia sobre ellos, aunque independientemente están en la cabeza otras dos novelas que no tienen nada que ver. Esta siguiente novela me resulta algo más fácil porque ya tenía los personajes construidos y porque los escenarios los conozco muy bien. La falta de tiempo hace que busques siempre atajos para que la producción no se demore demasiado.
Revista Achtung!: ¿Y qué es lo que buscas cuando escribes? ¿Cuál es el objetivo?
Fernando Marañón: Tengo dos objetivos. En primer lugar, pasármelo yo bien haciéndolo, porque esto no da para vivir, salvo que se alineen los planetas y se den una serie de circunstancias que van más allá del talento: la suerte, el negocio… Hay un montón de factores que influyen para que puedas vivir de esto, y en España…, en fin. Por lo tanto, no escribo libros para ganar dinero, al menos a priori, dado que eso nadie lo puede planificar, y por eso el primer objetivo es pasármelo bien. A mí, escribir me alimenta el espíritu. El otro objetivo es que aquellos que me lean pues se lo pasen bien también, que alimenten su espíritu leyéndome, pero no porque yo escriba cosas profundísimas que marquen una impronta… Me bastaría con que se leyeran Gilda en los Andes un verano y lo recordaran por habérselo pasado bomba con el libro… Digo que me bastaría, pero vamos, eso ya sería mucho, desde luego.
Revista Achtung!: ¿También lo pasas bien incluso con todo lo que tiene de duro, pesado o exigente este oficio de escribir?
Fernando Marañón: Por supuesto, lo pasas bien incluso cuando sufres en el proceso de creación porque es un sufrimiento que te impones a ti mismo. Te metes en un callejón sin salida con unos personajes o con una situación y luego tienes que resolverlo, y en ese proceso te lo pasas muy bien. Al final, el balance es que has disfrutado mucho construyendo tu universo. Si, además, ese universo empatiza con alguien, y ese alguien lo disfruta, pues la satisfacción es enorme.
Revista Achtung!: Hablando de sufrir: habías publicado sobre cine, el libro de relatos, pero esta ha sido tu primera novela, lo que podríamos denominar tu primera experiencia editorial grande… ¿Cómo la calificas?
Fernando Marañón: Es decepcionante. Pero no solo para mí, creo para la inmensa mayoría de los autores de lengua española y, si nos quedamos particularmente en España, aún es más. Es decepcionante desde hace mucho tiempo, ya lo dijo Larra, aquello de que escribir aquí es llorar. Siempre tienes un inconveniente para juzgar esto y es la inercia que tenemos los españoles a pensar que la culpa de todo lo que pasa es ajena a uno mismo. La editorial, los distribuidores… Todos son unos tuercebotas menos tú. Y claro, la novela también tiene algo que decir aquí. Puede ser más densa, menos densa, amena o no tanto, aunque por supuesto tú te pienses que está perfecta. No puedes saberlo, es imposible conocer qué porcentaje de decepción corre de tu cuenta, cual corre de cuenta del editor, del distribuidor, del librero, de todos los actores en juego. En efecto, es decepcionante, pero es que el mundo editorial español es decepcionante. Desde luego que tiene buena parte de responsabilidad en todo ello, pero no sabes hasta qué punto es toda la responsabilidad.

Revista Achtung!: ¿Esta decepción se inscribe dentro de una crisis generalizada de las Humanidades, o las Humanidades están en crisis porque hay una quiebra general de valores?
Fernando Marañón: Yo creo que la crisis no es tanto de Humanidades como un problema del espacio y del tiempo de ocio de los que se ha apoderado el teléfono movil. Y ese tiempo de ocio va contra unos ocios anteriores que estaban más relacionados con las Humanidades. La lectura ha ido perdiendo terreno frente a las pantallas: la del ordenador, la del cine, la del televisor, la del teléfono. La lectura se ha ido quedando en un espacio que está al borde del frikismo. La lectura ya es muy poco usual, casi diría que elitista. Realmente, en España la lectura ha sido siempre algo elitista, tuvo su momento de expansión, pero es algo que pertenece a las élites. Y no se trata de que la gente no lea. La gente lee en el móvil, lee el periódico, lee el blog de alguien, una página web, mensajes, correo, el muro de Facebook… Están leyendo, pero en el teléfono movil, y en ese soporte no se puede leer una novela ni un clásico, ni ningún tipo de libro, porque es incomodísimo.
Revista Achtung!: Coincidirás en que un par de grupos editoriales lo capitalizan todo, de hecho editan un tipo de literatura de merchandising que podríamos denominar como de capitalismo cultural y a la que pertenecen los autores que más venden y que, generalmente y salvo excepciones, no poseen ni una gota de calidad literaria. ¿Crees que este capitalismo cultural está contribuyendo a arruinar el oficio de la literatura?, ¿será posible contrarrestarlo de alguna manera?
Fernando Marañón: Indudablemente, el capitalismo cultural existe. Es como un círculo vicioso: apoyan a escritores porque venden, pero entonces los demás no venden…, ¿pero esos no venden porque no los apoyan o porque realmente no venden? Esos escritores a los que se apoya comercialmente son mayores, cada vez más, y necesitan un relevo; tendrán que apoyar a una generación que sustituya a esa, incluso aunque sea dentro de ese capitalismo cultural. Pero esto no solo sucede con los libros y la literatura, ocurre con cualquier producto cultural. Los grupos grandísimos, estas editoriales que todo lo controlan, solo quieren que leas sus libros, que compres sus periódicos, escuches sus radios y veas su televisión. Ahora bien, creo que hay un montón de editoriales pequeñas donde la élite lectora que no se compra el último Best seller tiene ahora una grandísima oferta (lo que no significa que el autor que publica en ellas gane dinero, no gana un céntimo). Esas pequeñas editoriales hacen ediciones cortas de pocos ejemplares y apuestan por otras cosas. No redunda en ningún beneficio de los autores, pero de este tipo de editoriales hay muchas, más que nunca. Ofrecen un abanico, para aquellos a quienes verdaderamente les interesa, que es muy amplio.
Revista Achtung!: Y uno de los principales problemas a la hora de vender libros, o cualquier cosa relacionada con la cultura, es que a la gente le resulta muy cara…
Fernando Marañón: La gente se queja de que la cultura está carísima. En todas las ciudades hay librerías de viejo en donde puedes encontrar libros por precios irrisorios, exposiciones gratis, teatro subvencionado, descuentos de todo tipo… Lo que resulta caro de la cultura es el acceso a la cultura mercantil y, además, estrenarla; es decir, lo nuevo. Yo quiero ser el primero que compra el libro, que acude a la película o a la obra de teatro. Eso es caro, pero disfrutar de la cultura, si de verdad te interesa, es muy barato. Una película, si es buena, la puedes ver en cualquier momento de tu vida, no es necesario hacerlo en el día del estreno, y eso es cultura, lo otro es moverse al impulso de la moda. Moverse en ese impulso es muy caro, pero acceder a una cultura intemporal no lo es. La cultura es muy asequible. De hecho, nunca ha estado más asequible. Y lo triste es que nunca ha estado más asequible y que nunca ha interesado menos. Es un problema de nuestra sociedad mercantil en la que solo tiene valor aquello que posee un precio. No sabemos distinguir entre precio y valor; ahora impera la máxima de que cuanto más cuesta algo, mayor es su valor. Quizás, el que haya tantas posibilidades gratuitas o muy baratas de acceder a la cultura puede que haya conseguido que la gente le haya perdido el respeto, y ya no sepa valorarlo como se merece.
Puedes encontrar aquí la crítica que de su novela Gilda en los Andes hicimos en Achtung!:
Y esta fue mi recomendación de Gilda en los Andes como libro del mes de junio de 2017 para la página Mi Nueva Edad:


jueves, 17 de mayo de 2018

Roger Waters y la poesía que nos hierve la sangre


Esta crítica apareció en el sitio Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/5/14/el-disco-del-mes-wish-you-where-here-de-pink-floyd/


Título: Wish You Where Here
Discográfica: Harvest/EMI
Género: Rock Progresivo
Duración: 44min; 28 seg.
Número de canciones: 5
Fecha de publicación: 12 de septiembre de 1975

Roger Waters y la poesía que nos hierve en la sangre

Roger Waters, quién fuera el talentoso bajista de Pink Floyd, —la legendaria banda londinense de rock progresivo— ofreció dos conciertos en Barcelona durante el pasado mes de abril y ahora regresa con dos fechas más programadas para Madrid en los días 24 y 25 de mayo. Probablemente, y junto a las giras de algunos monstruos sagrados del rock que también esperamos para el futuro más inmediato (U2 Guns N´ Roses), será uno de los acontecimientos musicales del año. Por ese motivo, hemos pensado en elegir para nuestra recomendación del disco del mes de mayo en Mi Nueva Edad a una de las joyas que componen el cuarteto de obras maestras que alumbró aquel grupo inigualable: Wish You Where Here, editado en el año 1975.
El primer aspecto al que necesitamos atender es al del espíritu del cuarteto de discos al que me refiero, en el que Wish You Where Here pertenece a la segunda entrega. La banda, entre marzo de 1973 y noviembre de 1979, firmó cuatro de las más grandes obras maestras que un grupo de rock haya compuesto, demostrando que se encontraban en estado de gracia, aunque la relación entre los músicos no fuera especialmente buena.
El primero de estos discos fue el impresionante The Dark Side Of The Moon, al que seguiría el propio Wish You Where Here, después Animalsy, finalmente, The Wall. Cuatro grabaciones de leyenda que al principio son, fundamentalmente, producto del tándem compositivo Gilmour-Waters, para ir, poco a poco, cayendo la responsabilidad exclusivamente en Roger Waters, que termina por firmar, prácticamente en solitario, The Wall.
Esta cuestión de quién compone los temas no es un asunto menor, porque el espíritu creativo de Waters, a medida que se apodera de las canciones del grupo, empieza a concebir discos conceptuales, no sólo de cortes sueltos, en donde se desarrolla toda una idea de forma unitaria a lo largo de ellos, y que alcanzará su cenit en el éxito de The Wall.
Por ello, la segunda entrega de esta época dorada del grupo, Wish You Where Here, ya se encuentra inmersa en esa dinámica de intentar narrar una historia a través de la música, en este caso lo que había sido la amistad, las relaciones, y la pérdida de calidez entre los miembros de la banda, también molestos por el trato de la industria musical.
El primer tema del disco, una suite de algo más de trece minutos, es uno de los clásicos del grupo: Shine On You Crazy Diamond, que arranca con una introducción de sintetizadores gélidos y afilados, industriales, que definen con toda luminosidad el sonido que va a conseguir y desarrollar el grupo en el disco, probablemente el mejor de toda su historia.
A esa profundidad de los teclados de Richard Wright, multiplicada por pistas de grabación en donde se hicieron sonar copas sobre cuyos bordes se pasaban los dedos, se le añade la guitarra aguda y certera de Gilmourpara encadenarse en un complejo tema de prog-jazz —con las diabluras maravillosas del saxofonista Dick Parry— que rinde tributo a la memoria de Syd Barret, el miembro de la banda que había abandonado a causa de problemas relacionados con las drogas y complicaciones mentales. Shine On You Crazy Diamond está considerada como una de las más grandes canciones de la historia del progresivo.
Shine On You Crazy Diamond se fusiona con el segundo tema del disco, el demoledor Welcome To The Machine, una canción en donde Watersquería demostrar el lado oscuro, por no decir que maligno, de la industria musical (que es la propia “máquina”). Destaca por unos sintetizadores futuristas y apocalípticos que entablan diálogo con las tensas guitarras acústicas de Gilmour hasta que se funden, en la versión del cd, con la canción siguiente, Had A Cigar, que en el vinilo original ya era el principio de la cara B del disco.
Lo primero que llama la atención es la voz del cantante de folk Roy Harper, elegido para esta pieza, al parecer casi por casualidad y porque pasaba por allí en ese momento. La canción, de nuevo, es un ataque a la industria discográfica con un ritmo de funk-rock que se va encendiendo hasta desencadenarse en un arrebatador solo de guitarra de Gilmour que se verá interrumpido bruscamente por el barrido del dial de una radio que busca una emisora en donde, finalmente, ya aparecen los primeros acordes de la que tal vez sea la canción más inmortal del grupo: Wish You Where Here.
Nuevamente, el tema nos recuerda a Syd Barret, con una letra que cualquier aficionado del grupo puede entonar a coro dado que se ha convertido en un himno, y con un solo de guitarra acústica de 12 cuerdas acompañado de articulaciones vocales scat por parte de Gilmour(pequeños balbuceos improvisados y sin sentido) que ha entrado en la historia de los grandes riffs del rock.
Finalmente, Wish You Where Here deja paso a la última e hipnótica sección de la suite Shine On You Crazy Diamond, ahora extendida en sus partes sexta a novena, y que cierra circularmente el disco, la obra maestra. Este concepto global, que desarrolla un sonido arrollador sustentado por agresivos sintetizadores contrapunteados por guitarras acústicas y solos electrizantes, quizás haya sido el momento cumbre de la banda, y uno de los más afortunados del rock progresivo al que siempre se le acusó de ser grandilocuente y de transmitir pocos sentimientos, solamente virtuosismo.
Pues bien, Wish You Where Here es un equilibrio de todo ello, aderezado, además, con un concepto poético que provoca que la vida bulla en su interior, igual que a los aficionados al grupo, a su música y a la música de calidad en general, nos hierve la sangre cada vez que lo escuchamos porque estamos ante uno de esos pocos discos que, una vez puestos, hay que oír obligatoriamente hasta el final.
Y eso es lo único que de verdad nos importa de toda esta crítica.

domingo, 13 de mayo de 2018

No hace mucho. No muy lejos. Reflexiones sobre la exposición de Auschwitz


*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/no-hace-mucho-no-muy-lejos-reflexiones-sobre-la-exposicion-de-auschwitz/

Hace años de mi visita al campo de exterminio de Auschwitz. Fue a principios de los 90, cuando me embarqué en un largo Interrail que a golpe de mochila me llevó a recorrer una Europa del Este bajo la convulsión del final de los comunismos. Por supuesto, caminaba con mis propias fuerzas telúricas desencadenadas en mi interior, y tal vez aquel viaje era una forma de sentirme ligero por última vez ante la perspectiva de un futuro adulto y asfixiante. Tal vez. Entonces, no sabía mucho de la Segunda Guerra Mundial, en realidad no sabía casi nada de nada en absoluto, con una pésima carrera de periodista a las espaldas que me prometía un futuro vencido y cuatro estúpidas vivencias metidas en mis bolsillos como todo bagaje para enfrentarme al mundo. De forma extraña, sin saber los motivos que me guiaron allí, terminé en Polonia, después en Cracovia, más tarde en Oswiecim y, finalmente, bajo el cartel de la malignidad: Arbeit Macht Frei. Mi mundo, mi percepción de la vida, del ser humano, estaba a punto de cambiar. La persona que salió de aquel lugar acababa de entender que la muerte viaja en vagones de ganado y también en los tomos de piel de las obras de algunos intelectuales, que el mal se alberga en barracones de castigo y entra en ebullición en hornos crematorios y, además, ese mal puede congelarse para, después, ser troceado, repartido, y esparcido por el mundo como un vendaval de odio.



Ya falta poco para que se despida de Madrid la que, tal vez, haya sido la exposición temporal más importante que haya albergado la ciudad en su historia, me refiero a Auschwitz: No hace mucho. No muy lejos, en las salas del Centro de Exposiciones Arte Canal hasta el 17 de junio.

Ya es hora de hablar de ella en esta columna de El Odradek, como una forma de rendirle el tributo merecido a una muestra que, además de ser absolutamente imprescindible, debo interpretarla como un regalo (pese a lo terrible de su naturaleza) que se nos ha hecho a todos los madrileños, y por ende a todos los españoles, al darnos la oportunidad de conocer mejor un grueso tasajo de la historia del mal de Europa, del hombre y de sus políticas, de la intolerancia y del crimen, pero también nos ha enseñado una serie de comportamientos ejemplares, de sacrificios, de gestas de sufrimiento, de  resistencia, e incluso los mensajes de un grupo de lúcidos pensadores que nunca deberemos olvidar.
Desde Achtungmag siempre hemos sido muy receptivos a este acontecimiento, del que hemos ido dando cumplida cuenta a medida que se aproximaba, y yo desde mi columna de este Odradek he dedicado algunos artículos a reflexionar sobre la cultura del Holocausto en España, de mi experiencia cuando visité el Campo o de cómo todo ello me influyó en mi destino como escritor.
Puedes consultar algunos de estos artículos en los siguientes enlaces:
Así como reseñas críticas de algunos libros especialmente importantes a los que hemos atendido en el último año, y que de una u otra manera se ocupaban del asunto:
La exposición que ya se aproxima a su término es extraordinaria de principio a fin: Sencillamente organizada, pretende ofrecer una perspectiva que alcanza mucho más lejos de plasmar la mera historia del Campo de Exterminio de Auschwitz. Busca mostrar las causas y los motivos que condujeron al asesinato en masa de los judíos europeos, la forma en que se tomaron las decisiones jurídicas y políticas, en qué modo se realizaron los procesos, cómo se fue deshumanizando al judío hasta convertirlo en un objeto a exterminar para que la población civil, el ejército, y el brazo político, burocrático y ministerial, no contemplara en ellos el menor atisbo de una humanidad con rostros y sonrisas, sino las frías raspas de los números que arrojaban las estadísticas o los insignificantes nombres consignados en una lista.
Eliminado todo resquicio de humanidad en el judío, el proceso podía desencadenarse. Pero, obviamente, ese proceso de deshumanización no era algo sencillo de concretar, llevaba mucho tiempo, y un elevado esfuerzo y consumo de recursos. Esta es una de las enseñanzas principales de la exposición, el proceso de la degradación que sucede en un doble sentido: Todo un grupo humano será considerado como infrahumano y toda una sociedad será capaz de permitir que se corrompan sus valores morales hasta consentir un crimen de semejantes dimensiones, de unas características que no solo la marcarán ya para siempre, sino que terminarán por arruinar siglos de humanismo europeo, de filosofía, de arte y poesía, llevando a nuestra civilización cultural hasta el mismo borde de la extinción.
Y la otra enseñanza de la muestra se deriva de su lema: No hace mucho. No muy lejos. En efecto, este drama ocurrió hace menos de lo que parece, al doblar una esquina del reciente pasado, y fue aquí cerca. Eso significa que, si no andamos alerta, cualquier suceso parecido o igual, muy bien podría ocurrirnos de nuevo. Esa inmediatez espaciotemporal sobre la que insiste la exposición busca que el recuerdo de Auschwitz no se pierda por el vertedero de la Historia, cobijado en que fue algo que sucedió hace mucho, no se sabe muy bien por qué motivos y en un sitio muy lejano. Pero de eso nada.
Yo mismo, dando cuatro tumbos en la Europa de principios de los años 90, fui capaz de llegar hasta la puerta del horror casi sin proponérmelo. ¿Acaso no podría venir el horror en este siglo XXI a tocar con sus nudillos al portal de nuestros países y de nuestras casas? ¿Es que acaso no lo lleva haciendo ya un tiempo de una u otra manera?
Exposiciones como la de Auschwitz son necesarias para que no le abramos paso al espanto, para que nos mantengamos conscientes de la magnitud del significado de aquello porque, y aunque suene repetitivo, no se me ocurre mejor recurso que recordarlo una y otra vez, teniéndolo bien presente para que nunca vuelva a suceder. Esa es una gran verdad. Y una gran tragedia que nos acompañará para siempre.
Así que nada más acceder a la muestra, la inmediatez y la cercanía espacio temporal se explicita con la primera llamada de atención: “Un punto en el mapa” es el nombre que recibe el primer segmento, ubicando exactamente el lugar del crimen, para que a nadie le queden dudas de dónde fue, de dónde está y en dónde es y siempre será, porque solo fijándolo en el mapa será posible que permanezca para siempre imborrable en la cartografía de nuestras cabezas y en los cráteres de nuestro corazón. Y Santayana nos recibe, además, con su célebre frase sobre cómo no recordar el pasado te podría condenar a repetirlo en el futuro.
La exposición, al igual que la memoria de Auschwitz, se hace fuerte en los símbolos. Esta matanza, la enormidad de la masacre, adquiere un relieve insoportablemente real, se proyecta desde su tiempo, a golpe del significado que poseen los objetos asociados al desastre: el calzado es uno de los mejores embajadores del horror. Ya sea el zapato solitario de una mujer que lo perdió en su camino a la Cámara de gas, o los zapatitos de un niño pequeño, o las brutales botas militares de uno de los oficiales del Campo. Este calzado se muestra como la prótesis huérfana del horror. Así lo reflejan unos versos del poema de Moshe Schulstein, del poema Vi una montaña (1947):
Somos los zapatos, somos los últimos testigos.
Somos zapatos de nietos y abuelos,
de Praga, París y Ámsterdam,
y solo porque estamos hechos de tela y cuero
y no de sangre y carne, 
cada uno de nosotros evitó el fuego del infierno.”
Los objetos son los absolutos protagonistas de un lugar en donde se los ha despojado de las vidas a las que iban asociados. Emanan un dolor y una trascendencia que en alguna de mis novelas me he atrevido a calificar como “la tristeza de los objetos”, y si nos referimos a Auschwitz, además de montones de zapatos, encontramos muchos peines, cientos de espejos, innumerables maletas, gafas…, todos ellos son elementos cotidianos que por culpa del aquelarre asesino se han trasmutado en embajadores de un espanto para el que ni mucho menos estaban diseñados. ¿Acaso una maleta debe permanecer repleta de dolor? ¿Y un espejo sólo reflejar ya, eternamente, el rostro de la muerte? ¿Y unas gafas deben permitir una más clara y cercana imagen del horror? Todos esos objetos están malditos, entristecidos en su nuevo rol de testigos de algo a lo que nunca quisieron pertenecer.



Hay que intentar entender de quién es la primera culpa de todo esto porque, la última culpa, esa la tengo yo bien clara, metida entre ceja y ceja, y es culpa de todos nosotros. Una culpa inmensa y enorme como el tiempo que ya jamás podrá abandonarnos. Pero el inicio, el planteamiento del crimen, necesariamente debe señalar a unos culpables. Existe una culpabilidad compartida, tal y como se encarga de recordar y documentar la muestra, entre quienes lo idearon, quienes lo permitieron, quienes lo llevaron a cabo y, por supuesto, quienes miraron para otro lado y no quisieron hacer nada para evitarlo.
Sin embargo, el proceso político que desencadenó el Holocausto no es tan simple. Y eso es lo que trata de mostrarnos una extensa sección de la muestra, mucho antes de abordar el funcionamiento del Campo, la vida cotidiana, la forma en que se realizaban las matanzas o la liberación del lugar. Empezando ya a principios del siglo XX, después con la Gran Guerra y con la cristalización de ciertos sistemas filosóficos y políticos que consideraban al “judío” como un ente nocivo, el animal, el dragón de fuego de Auschwitz empezó a alimentarse.
Con la llegada del NSDAP al poder en Alemania comenzaron a recortarse diferentes esferas de derechos de los judíos, una restricción que iba conducida a mostrar su deshumanización frente a la opinión publica. La segregación, el maltrato, se hizo extensivo a otros ámbitos no específicamente judíos.
Tengo la absoluta certeza de que el plan de eutanasia T4 (Aktion T4) de camiones móviles de gaseamiento de enfermos mentales mediante motores de monóxido y tubos de escape —en su mayoría se eutanasiaron niños— es la bisagra decisiva que, entre 1939 y 1942, y junto con la conocida como Orden de los Comisarios del 6 de junio de 1941 que obligaba al Ejercito, es decir a la Wehrmacht, a ejecutar sumariamente a los comisarios políticos durante la invasión de la Unión Soviética, implicó a los diferentes sectores en la tremenda rutina de la matanza sistemática.
Son dos formas de preparar a la sociedad para su posterior participación en el Genocidio, una manera de allanar el camino, de que la transición desde eliminar a enfermos o a rivales políticos resultara natural al derivarse en dirección a los judíos que ni tan siquiera podían considerarse como humanos. Permitido lo primero…. ¿quién podía extrañarse de lo siguiente?
Lo que uno no consigue explicarse nunca es la manera en que un pueblo culturalmente avanzado pueda abrazar semejante oprobio. Uno de los lugares más significativos de la exposición es el que refleja el escritorio de la familia HaberfeldAlfons Haberfeld era un próspero empresario licorero. El Genocidio acabó con su hija de dos años y con la abuela, y la casa de los Haberfeld en Oswiecim cayó en poder de los nazis y levantaron en ella su Cuartel General.
El escritorio y la biblioteca de los Haberfeld que se reproduce en la exposición muestra una parte de ese mundo culto, de ese “mundo de ayer” en palabras de Stefan Zweig, que desaparecería para siempre, robado sin remedio, arrebatado sin miramientos y con crueldad, y en donde la cultura parecía ser uno de los pilares fundamentales de la existencia.
 En efecto, un mundo de ayer, también todo un mundo perdido, tal y como se denomina al último segmento; un final que llena de congoja. Proyectadas en las paredes de ambos lados de un pasillo se pueden ver los retazos de las vidas felices de una serie de personas, de judíos, en sus escenas cotidianas, disfrutando de una paz que muy pronto se les desvanecerá para siempre.

En estas familias, en esos niños sonrientes junto a sus padres, en esos paseos por la campiña, en las tardes soleadas en el porche de la casa, se encierra el auténtico drama del Genocidio. Parece imposible entender que tipo de amenaza podrían representar estas personas que saludaban a la vida con optimismo y fuerza, como hacemos todos nosotros. Por eso, hay que ser conscientes de que la desaparición brutal de ese mundo sucedió hace tan solo 72 años, a unos escasos 2.754 kilómetros de aquí.

Por eso, nunca estará de más recordar las palabras de Primo Levi:
Ocurrió. En consecuencia, puede volver a ocurrir: esto es la esencia de lo que tenemos que decir. Puede ocurrir, y puede ocurrir en cualquier lugar”.
Poco o nada más puedo añadir yo a las palabras de Primo Levi, quizás aportar algo con mi esfuerzo literario y señalar, para quién pueda estar interesado, que en el Taller de Lectura Comparada que imparto en Torrelodones dedicaremos la sesión del día 24 de mayo a Si esto es un hombre (Austral), del propio Levi, y la del día 31 de mayo a Sin destino (El acantilado) de Imre Kertész. Dos obras claves para comprender el sistema criminal que arrolló con su ira el mundo de ayer.


Es otra forma de continuar empeñados en ese recuerdo crucial, tan decisivo, tan necesario como la exposición que termina en estos próximos días. Aún hay ocasión de verla y descubrir que el horror continúa, petrificado, no hace mucho tiempo de ello. No se encuentra muy lejos de nosotros, de nuestras familias, de nuestro mundo cotidiano, confortable y a salvo: es decir, de nuestros corazones que están obligados a vivir permanentemente con la amenaza, incluso con la congoja por lo ocurrido antes, pero jamás —nos negaremos siempre a ello— nos conduciremos con miedo.

lunes, 30 de abril de 2018

Thomas Bernhard: retablo de enfermedad, locura, suicidio y muerte


*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/thomas-bernhard-retablo-de-enfermedad-locura-suicidio-y-muerte/

Imaginemos un escritor que sea capaz de enganchar tiradas de cientos de páginas sin colocar un solo punto y aparte: cuando se toma entre las manos una novela suya nos golpea un bloque de letras que parece infranqueable. Ahora, imaginemos que algunas de sus frases alcanzan una distancia de cuatro o cinco páginas, con decenas de comas, y que además repite y repite palabras e ideas sin descanso, casi de forma compulsiva. Además, sus temas giran en torno a la locura, a la muerte, a la enfermedad y a los comportamientos más abyectos del ser humano. ¿Leeríamos a un escritor así, a un autor que exige hasta la extenuación a sus lectores? Claro que sí que lo leeríamos. Y lo leemos: admiramos a Thomas Bernhard.

Ayer tuve una sesión más de mi Taller de Literatura y Lectura Comparada que imparto en Torrelodones. Consistió en el análisis y puesta en común de la novela Amras (editada en Alianza Editorial como todas las que aparecen en este artículo), del escritor austriaco Thomas Bernhard. Fueron dos horas muy enriquecedoras con un debate apasionante alrededor de esta obra tan difícil como sorprendente, tan dura como poética, tan Thomas Bernhard, al fin y al cabo.
Si quieres saber más de lo que hacemos en los Talleres de Literatura y Lectura Comparada puedes leer este artículo que publicamos aquí, en Achtung!:
Un escritor como Bernhard es insostenible en los tiempos que corren. Lo que demanda del lector solo lo hallará en quienes somos muy vehementes o en aquellos lectores verdaderamente avezados. Los amigos de novelitas del tres al cuarto y de consumo rápido, que lo fían todo a una lectura veloz con un final previsible que les proporciona un único sentido (el de terminar el libro y pasar al siguiente), deben olvidarse. Este caviar es mucho caviar. Ni siquiera sigan leyendo este artículo. Continúen con sus algarrobas literarias.

Pero como sé que hay muchos buenos lectores que saben apreciar a un novelista supremo que pone en pie unas arquitecturas narrativas en donde el lenguaje es el gran protagonista —mediante un trabajo que somete a ese lenguaje hasta la exasperación—, por todos ellos, hoy me apetecía recordar en esta columna de El Odradek a Thomas Bernard.
Es un escritor que o lo amas o lo odias, ambas cosas con pasión y casi furia. Es un autor de otros tiempos que resulta muy necesario para estos tiempos. Porque puede demostrar a mucha gente que anda ofuscada lo que es la verdadera literatura.
A Bernhard hay que leerlo para después aborrecerlo, si es que eso es necesario. Lo que ofrece es tan original, tan rigurosamente distinto, que si lo comparamos con todos esos autores que ahora mismo copan las mesas de novedades el resultado es bochornoso. Simplemente, son categorías diferentes.

Me parece determinante que su primera novela, con la que se revela como un escritor digno de tener en cuenta dentro de una tradición literaria como la alemana (tan compleja y repleta de autores mayúsculos) sea Helada, publicada en 1963. Un texto complejo como pocos, abigarrado, en donde ya aparecen todas esas incomodidades que Bernhard regala al lector. Aun así: un éxito.

En Helada asistimos a una relación entre hermanos en donde uno (el estudiante de medicina) observa al otro (un pintor recluido en un valle desde hace 20 años). Aparece esa Naturaleza opresora y maligna, los rasgos de una locura que se deriva de la localización topográfica y el miserable retrato de la sociedad rural austriaca.
Los eternos temas de Bernhard cuajan en Helada: un eje temático que aúna la enfermedad, la locura, el suicidio y la muerte; la ya mencionada hostilidad de la Naturaleza contra el hombre; la crítica a la sociedad austriaca; y un último conjunto que aglutina el aislamiento, la falta de comunicación y la soledad. Leer sobre estos temas, expuestos de forma compleja, no es sencillo, desde luego. Pero aquí radica la grandeza de este autor.
En 1964 publicará Amras como una forma de salir de un bloqueo, dado que el éxito de Helada lo tenía bastante presionado. En Amras el escritor se muestra todavía más hostil desde su planteamiento: unos hermanos sobreviven al suicidio masivo que habían planeado junto a sus padres, que sí fallecen. Además, uno de los dos hermanos es epiléptico, igual que lo era su madre, y para protegerlos del oprobio que acarrea esa enfermedad maldita junto a la pertenencia a una familia estigmatizada por el suicido, el tío materno decide recluir a los dos huérfanos en una torre.
Es difícil imaginar un planteamiento más duro y una puesta en escena más sórdida. Sin embargo, Amras contiene una gran carga poética, dado que se encuentra atravesado por el espíritu romántico de Novalis, determinante en la confección que de los mecanismos de la locura llevará a cabo Thomas Bernhard en la totalidad de su obra, independientemente de los factores externos producto de la azarosa vida del autor. Quienes me conocen ya saben que siempre trato de alejarme del biografismo a la hora de comprender una trayectoria literaria, puesto que soy de la opinión que eso embarra y arroja más nieblas que certezas sobre una lectura provechosa de los textos.
Amras se inicia con una cita de Novalis:
La esencia de la enfermedad es tan oscura como la de la vida”.
Por supuesto, esto no ha sido colocado al azar o por capricho al inicio de la novela. Para comprenderlo, debemos conocer cómo entiende el brote de locura Thomas Bernhard, apoyado, precisamente, en Novalis.
El poeta romántico Georg Philipp Friedrich von Hardenberg, más conocido como Novalis.

La novelística de Bernhard siempre intenta moverse entre dicotomías que, producto de su roce, producen el magma literario.  La más importante de estas dicotomías es la de una mente lúcida frente a una mente atrofiada. Y sobre ellos se articula el discurso bernhardiano.
Una mente lúcida es extremadamente sensible ante los sucesos que la rodean, de todos ellos extrae unas conclusiones torturantes. Los propietarios de este tipo de cerebros perceptivos en las novelas de Bernhard están condenados a la locura. Han elegido no sumergirse en la corriente mundana, zafia, vil, repleta de bajezas, de los representantes del pueblo, que significan el paradigma de mente atrofiada; se dejan llevar en dirección al crimen y a la inmoralidad.
Pero resistir intelectualmente (con su enorme dosis de suplicio) o dejarse ir para abrazar la ignominia (con su porción placentera) es una respuesta, una actitud que es necesaria tomar ante las afrentas de una vida que resulta insoportable. Un ejemplo es el mero acto de levantarse de la cama todas las mañanas, algo que resulta insufrible para Bernhard (y no es por causa del despertador que suena a las siete, del atasco en la autopista, de los problemas para aparcar o del jefe que nos espera); al levantarse uno asume voluntariamente y con mansedumbre la sarta de iniquidades, de humillaciones, derrotas y fracasos que van a baquetearnos hasta lo insufrible. Tal y como afirma en su novela Trastorno:
“Por la mañana todos tienen miedo de que les hablen; también yo tengo miedo por la mañana de que alguien me hable, de que pueda ser el primero a quien hablen. Oímos como nos levantamos, nos lavamos y nos vestimos, pero tenemos miedo de mirarnos. De repente nos hablamos mutuamente y quedamos destrozados. Destrozados para todo el día”.

En efecto: levantarse de la cama ya es nuestra primera derrota.

He citado Trastorno, su tercera publicación y la segunda gran novela de Bernhard, publicada en 1967. Esta obra confirmó su éxito en Alemania, pero en Austria ya se había granjeado odios por la feroz crítica que mostraba del país, centrada en la malignidad de sus pueblos más típicos (como los del Tirolprofundo) y de sus centros de cultura impostada (como Viena). Una serie ingente de obras de teatro, después, contribuirían a generar polémicas, enfrentamientos, y un rechazo enorme por parte de sus paisanos. En esa vorágine, en un momento determinado, Bernhard llegará a prohibir la publicación de sus obras en Austria.
En Trastorno serán un médico y su hijo (de nuevo la tortuosa relación familiar, ya sea paterno-filial o entre hermanos) quienes pasan consulta en un profundo valle y se irán encontrando con un surtido de miseria y enfermedades que son, generalmente, producto del comportamiento depravado de los habitantes de la zona. Todos ellos han decido, ante la opresión de la Naturaleza, dejarse llevar, arrastrar en dirección a la zafiedad y a la inmoralidad.
Uno de los males prototípicos es la conocida como epilepsia del Tirol (que también aparece en Amras); en muchos casos son enfermedades producto de las relaciones incestuosas. Asesinatos, crímenes de todo tipo, adulterios…, todo es poco para caracterizar el ambiente de corrupción de esa población ubicada en la Estiria profunda.
Por otro lado, está el Príncipe Saurau, propietario de una mente lúcida que, ante la contemplación de la decadencia que lo rodea, se ha aislado en su castillo y está enloquecido. Novalis ya abundaba en esta terrible dualidad. Para él, las personas se dividían en asténicos y esténicos. Los primeros eran lúcidos y sufrientes, los segundos activos, representantes de una fuerza brutal. En palabras del propio Príncipe:
“No obstante, era un error creía él, negarse a aceptar la evidencia de que todo era enfermizo y triste —dijo realmente enfermizo y triste—”.
Pero, además, y esto es clave para la obra de Bernhard, esos asténicos luminosos tienen desarrollada una percepción de lo que les rodea a flor de piel, es decir, los bordes de la realidad les resultan insoportables, y eso les hace enloquecer. Se trata de un círculo maligno porque a mayor locura, a mayor enfermedad, mayor progreso en el proceso de captación de todo lo que les rodea, con una conclusión inevitable: enloquecimiento y muerte, generalmente mediante el suicidio (el otro gran tema de Thomas Bernhard).
Un ejemplo de este binomio locura-lucidez lo hallamos en la novela La Calera (cuyo núcleo central es un solo párrafo de más 220 páginas, con puntos y seguido, eso sí). La Calera es una vieja fábrica de cal abandonada en donde se encierran Konrad y su mujer, inválida por un tratamiento médico erróneo. Los cinco años de asilamiento voluntario, o de trabajo forzado de Konrad, obedecen al intento de conformar un complejo estudio sobre el oído, del que no consigue escribir más que unas palabras (muchos personajes de Bernhard están inmersos en planes inabarcables como Rudolf en la novela Hormigón —de 1983— que intenta llevar a cabo un estudio sobre el músico Mendelssohn).
Imaginativos diseños para las portadas de la La Calera:


Konrad termina por matar a su mujer de dos disparos (no hago ningún tipo de spoiler bernhardianopuesto que esto ya se cuenta al principio de la novela). En su cabeza ha entrado la locura. Tras esos años de silencio y aislamiento ha desarrollado un oído tan sensible que es capaz de escucharlo prácticamente todo, incluso, imagino, que los “ruidos del cerebro” de los que se queja el Príncipe Saurau en Trastorno.
Desde ahí, hasta alcanzar el suicidio para detener el sufrimiento, solo hay un paso. Y en eso ya no tiene nada que ver un clima opresivo o martirizado por ese viento caliente propio de la zona, el Föhn, que desata la locura. Casi es peor que reine el buen tiempo para estos seres de cerebro hiperactivo y luminoso. En Trastorno se especifica uno de los motivos:
“Precisamente en los días despejados, dijo, en que el mundo se mostraba en todas direcciones transparente como el aire y, simplemente por su serenidad, la Naturaleza era bella, el dolor de los que sobrevivían a alguien muerto hacía tiempo era doble”.
Las relaciones humanas para Bernhard son terribles además de imposibles, y sólo encuentra la paz el ser humano cuando, como se asegura en Trastorno,
“sólo era capaz de estar con otro ser querido cuando este había muerto y se encontraba verdaderamente dentro de él”.
He querido acercar los principales motivos novelísticos arraigados en la locura y la muerte que nos ofrece el autor austriaco a grandes rasgos, sin entrar en otras obras maestras de Bernhard —por motivos de espacio y porque la función de esta columna solo era aproximar algo de este escritor descomunal— como son El malogrado (de 1983), Tala (1984) o Maestros Antiguos (1985), o incluso en sus relatos y nouvelles, a los que tal vez dedique otro Odradek más adelante —sin duda lo merecen—.
Dos interesantes portadas de la novela Tala:


Odiado durante años en Austria, y muy en concreto en Viena, como si fuera una víctima de esa cultura vacua y alienante que tanto denunció, ahora se rinde homenaje a Bernhard en modo de souvenirs, postales y rutas por los cafés vieneses que frecuentaba.
Igual que existe una Viena mozartiana o musical alentada por los turoperadores, también existe unaViena de los escritores (en la que se incluye a Freud junto a Arthur Schnitzler, el poeta Peter AltenbergElias CanettiGraham GreeneKarl Kraus, entre otros muchos) de la que Thomas Bernhard forma parte. Supongo que muy a su pesar, si lo supiera.
Foto legendaria de Bernhard en su mesa habitual del café vienes Bräunerhof. Es una de las postalitas que se venden como souvenir vienés.

Este ha sido el viaje que he propuesto en El Odradek por la literatura mental y filosófica de uno de los mayores genios literarios del siglo XX. La cosa es bien sencilla: si no has leído nunca a Bernhard no sabes lo que es la literatura, por muchos libros, lecturas y autores que lleves en la mochila. Luego ya tendrás tiempo de odiarlo con bilis o amarlo hasta la vehemencia (como yo).


Pero no dudes una cosa: tu visión de lo que significa escribir, de lo que significa el monumental y mastodóntico oficio de construir una novela, experimentará un antes y un después tras conocer la obra de este hombre magníficamente traducido por Miguel Sáenz, uno de esos lujos de los que disfrutamos los lectores españoles (además ha traducido a GrassSebald o Brecht).
Si todavía tienes dudas de lo que afirmo, hazte un favor: con motivo de este próximo Sant Jordi, de la maldita noche en blanco de los libros o de la semana cultural que se avecina, deja a un lado a toda esa escoria cómodamente ubicada en la industria del capitalismo literario que copará actos y mesas de novedades con sus porquerías recién editadas para aprovechar el tirón mediático de la ocasión, e inténtalo con la novela El malogrado, una de sus mejores obras.

Todos esos autores no van a salvar la literatura que exprimen, de la que viven con sus inmensas basuras, aunque pretendan erigirse en adalides de una cultura destruida y en protectores del mercadeo que los alimenta de forma sonrojante, pero puede que la lectura de Bernhard te salve a ti, o al menos te reconcilie con la verdadera literatura de calidad, alejadísima de este saco de vergüenzas que es la literatura de consumo actual.
Toma El malogrado y corre a casa. Aíslate de esos estúpidos fastos y conmemoraciones de colorín. Abre el libro y empieza a leer a Bernhard. Celebra así tu propio día del libro, tu semana de la cultura, lo que desees. De inmediato, habrás caído en el embrujo del lenguaje bernhardianoNo podrás huir ya de su genialidad.