domingo, 5 de noviembre de 2017

Ampliación del campo de batalla o de cómo ser extranjero de sí mismo


*Esta columna apareció en achtungmag.com

http://www.achtungmag.com/ampliacion-del-campo-batalla-extranjero/

Michel Houellebecq y Frédéric Beigbeder son dos escritores franceses que, además de ser amigos, han tenido una trayectoria vital parecida que se refleja en dos de sus novelas. Ambos, denuncian un mundo repleto de estupidez e hipocresía en donde el factor humano ha quedado apartado en beneficio del mercado y de la sociedad anclada en la cultura del éxito que fomenta unos valores tan absurdos como crueles.

Esta mañana, después de haber sostenido una deliciosa entrevista con Álvaro Espinosa, el cantante y guitarrista de Pink Tones —y que en breve aparecerá en nuestra Galería de Cronopios de Achtung!—, me he visto obligado a comer en un céntrico restaurante de la capital. Se trataba de uno de esos lugares destinados al consumo del oficinista de cierto fuste, con un menú del día caro, pero de calidad, y una potente carta.

Mientras saboreaba una excelente menestra, me veía rodeado por agresivos corporativistas, por profesionales curtidos y convencidos del lugar que ocupan en este mundo, y por peones del absurdo mundo laboral. No quiero dar una imagen punk ni parecer un antisistema, pero escuchando sus conversaciones y contemplando sus actitudes, me he sentido como los personajes protagonistas de Ampliación del campo de batalla y de 13, 99 Euros (ambas en Anagrama), novelas de los franceses Houellebecq y Beigbeder.

Ampliación del campo de batalla es la novela con la que Michel Houellebecq debutó, allá por 1994, en el mundo de la literatura. En principio, lo hizo sin hacer ruido y en una pequeña editorial, pero con el paso del tiempo el éxito literario creció hasta consagrar a su autor como uno de los escritores más importantes de su país.

En Ampliación del campo de batalla, el protagonista es un informático que, harto de su trabajo, se revela contra el mundo de convenciones laborales y comportamientos ridículos. En cierto modo, se trata de un antihéroe que se plantea el tema de la existencia, más cerca de El Extranjero (Alianza) de Camus de lo que pueda parecer, para realizar un desolador retrato de nuestra sociedad de consumo: un campo de batalla en donde luchamos cada día, o tal vez agonizamos, para no ser vencidos.

Este protagonista es un trasunto del propio Houellebecq que también fue informático y naufraga en la depresión que le provoca la decadencia del sistema en el que vive. Todos, adopten el papel que adopten, son perdedores en este ecosistema de la estupidez, la mentira, la prostitución de los valores, el consumismo instantáneo y el hedonismo salvaje. Ante eso no se puede oponer nada más que cierto tipo de nihilismo hastiado, que sirve más de protección que de solución.

El problema de la alienación por culpa de la cultura del éxito, por el mercado laboral increíblemente deformado, es que genera extranjeros internos, hombres extraños de sí mismos (de nuevo la referencia con Camus), y extiende una densa capa de insensibilidad sobre las personas y sus actos. El hastío ante semejante situación provoca un rechazo automático por parte del clan, que ya no nos considera como uno de sus iguales.

Los personajes de Houellebecq, y no solo en esta novela, exhiben un poderoso agotamiento vital. Así me sentía yo, agotado, mientras comía mi menú en el restaurante y en la mesa de al lado se glosaban las virtudes y las diferencias entre llevar a cabo un viaje de negocios en primera clase de una aerolínea, o en la clase ejecutiva de otra, en donde los estigmas del éxito radicaban en las diferencias de las bandejitas de comida preparada y recalentada que servían al viajero, siempre en función de la butaca que ocupase; y en el consumo de alcohol, por supuesto.

Un par de lugares más allá, se representaba una de esas pantomimas diarias que discurren con tanta normalidad como impersonalidad, una comida de negocios perpetrada por comerciales de una firma junto al cliente a quién pretendían embaucar. Términos del mundo del marketing, expresiones impersonales y bobaliconas, trufaban mi entrecot como una guarnición perniciosa: allí se hablaba sin ningún sonrojo de clientes VIP, de cómo había que “ir a bloque con el producto”, y se masajeaban unos a otros con una fraseología tan vacía de contenido como repleta de intención.

Desde la mesa se desprendía que, ellos, pertenecían al mundo del éxito, de los que hacen algo útil y tremendamente importante, aunque hayan entregado sus vidas a una batalla gomosa y absurda, braceando en medio de un mar que no engarza dos orillas —como afirma Houellebecq en Ampliación del campo de batalla—, y de la que yo, a día de hoy, no formo parte. Soy un apestado, alejado del mercado laboral desde hace años, y sumido, de nuevo en palabras de Houellebecq, en una “sensación de vacuidad universal”.

En efecto, y como a mí le ha sucedido a otros muchos, parece que hemos tratado, sin éxito, de vivir según las normas y las convenciones, tal y como le sucede al protagonista de Ampliación del campo de batalla, pero no lo hemos conseguido, hemos fracasado. De esta forma hemos transformado la cruel pradera de la existencia en un campo de batalla sangriento y aniquilador, en donde los sentimientos y todo aquello que nos hace humanos ha terminado por mutar en imbecilidad.

En mi caso, fueron casi doce años de un absurdo y amargo trabajo en donde pude asistir a lo peor que pueden entregar las personas: envidias, traiciones, chismorreos, un repertorio de la peor bilis posible. Con jefes incapacitados para llevar a cabo hasta la más nimia tarea y compañeros obsesionados en aniquilarte a golpe de insulto fácil y puñalada por la espalda.

De forma que, como Houellebecq, pero sobre todo como Beigbeder, un buen día decidí dejar ese mundo y convertirme en un apestado social. Y eso nos lleva a la novela 13,99 euros: su protagonista, en la cumbre de la mentira de ese mundo laboral erigido a golpe de frases contundentes, de reuniones y comidas de negocios, abandona la convención para intentar recuperarse como ser humano, aunque para ello, primero, tenga que realizar ese preceptivo descenso a los Infiernos.

Por este motivo, Ampliación del campo de batalla y 13, 99 euros son dos novelas complementarias, dado que en ellas se refleja la renuncia de sus protagonistas al mundo de las convenciones, su rechazo a lo establecido (¿establecido por quién?, y sobre todo, ¿con qué autoridad sobre nosotros?), y la conversión, automática y definitiva, en detritos sociales.  

Como un leproso que lleva más de tres años al margen del mundo laboral, de ese mundo que tan orgullosamente desmigaban en la mesa de al lado con frases grandilocuentes de mercadotecnia, agoté un pequeño bizcochito de postre. Los integrantes de la comida de negocios se arrojaban si ningún tipo de rubor mentiras a la cara, que encajaban y regurgitaban envueltas en otras mentiras que volvían a ser repartidas, tal que si aquello fuera un partido de tenis de la infamia en donde todos estaban encantados de conocerse así mismos, es decir, eran tan cool que si se detenían a pensarlo con detenimiento podrían romperse de triunfo, como aquél licenciado que se creía todo él hecho de vidrio y no permitía que nadie lo tocara.

Estos personajes, abandonados de la vida, emitían mensajes tales como lo caro que a uno de ellos le resultaba llenar el depósito de su cayenne, que le salía más a cuenta tomar un avión para visitar a sus hijos durante el fin de semana que fijaba la custodia compartida. Asentados en el reflejo pálido de sus vidas, ubicado en la cresta de la ola del éxito del mercado laboral, no podían percatarse de que realmente se estaban moviendo a horcajadas de la cresta de un gallo de corral que solo cacarea cuando sale el sol.

Tal vez, para ser conscientes de ello, necesitarían leer a Houellebecq o a Beigbeder, en lugar de los mensajes insultantemente soft de Paulo Cohelo o Jorge Bucay, o las novelitas de Federico Moccia, compradas en arrebatos consumistas que sustituyen todos esos orgasmos pendientes.

En esas mesas, en ese restaurante, todos han aprendido a mentir y a mentirse sobre ellos mismos para no percibir el vertedero del campo de batalla, ampliado hasta abarcar el cosmos entero, en donde han construido sus nidos.

Termino mi comida. Pienso que nunca me fue tan útil como ahora la lectura del libro de Adam Soboczynski, El arte de no decir la verdad (Anagrama), porque es el único motivo que me impide, sociópata de mí, no llevar a cabo allí mismo una declaración a voces de lo que opino de todos ellos. El campo de batalla se ha ampliado hasta los mantelillos y las mesitas del menú del día… Pero me contengo. Al fin y al cabo soy un apestado y conozco mis limitaciones.

Me marcho sin dejar propina.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Juan Laborda Barceló, escritor: “La única esperanza del ser humano se alberga en sus emociones, en el encuentro con el otro”




*Esta entrevista se publicó en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/juan-laborda-barcelo-escritor-la-unica-esperanza-del-humano-se-alberga-emociones-encuentro/


En 2017, Juan Laborda Barceló ha publicado Paraíso imperfecto (Alrevés), su tercera novela después de La casa de todos (2009, editorial AACHE) y de La fragilidad del neón (2014, Alrevés). Estos títulos integran su currículum literario, una parte de su trayectoria cultural, porque Laborda, además de desempeñar una tarea docente como profesor de Historia, ha participado en libros colectivos, colabora en suplementos culturales y revistas, y es un experto crítico cinematográfico.
En Achtung! publicamos hace poco una reseña crítica de Paraíso imperfecto. Puedes recordarla aquí:


Juan Laborda es el primer Cronopio que aparece en esta nueva Galería de Cronopios que hoy arranca su andadura en Achtung! Un escaparate por donde, esperamos, desfilen todos aquellos que, como definía Julio Cortazar, son “dibujos fuera del margen”, es decir, únicos en su impulso creativo. Los Cronopios son idealistas, sensibles, poco convencionales…

Recibimos a Juan Laborda en nuestro estudio literario de Torrelodones, hasta donde ha tenido la amabilidad de acercarse nada más terminar sus clases en el colegio de Aravaca en donde trabaja. Así, arropados por las estanterías repletas de libros, iniciamos una conversación alrededor de Paraíso imperfecto, que nos llevará a reflexionar sobre asuntos como la violencia, la literatura, la naturaleza del hombre y cierto pesimismo histórico.

Revista Achtung!: En el Paraíso Terrenal no había ninguna imperfección… Si acaso, estaba el árbol del conocimiento del bien y del mal, pero por sí mismo no representaba un riesgo. El problema vino al introducir al hombre en el interior de ese Paraíso. ¿Crees que lo imperfecto en un Paraíso imperfecto es el ser humano y que, mientras existamos, el Paraíso será imposible?

Juan Laborda: En efecto. El Edén es la perfección absoluta y somos nosotros los que rompemos ese espacio. Yo hablo de esto en mis novelas, es un tema recurrente: es el ser humano quien posee la semilla del mal e incluso, en nuestro deseo de construir, podemos destruir. Cuando el hombre busca la utopía puede llegar a cometer verdaderos crímenes, porque obligar al otro a cambiar es, al final, una forma de fanatismo. Si quieres crear un mundo mejor, es muy fácil caer en esa ruptura del Paraíso. El ser humano alberga en su interior una semilla del mal muy potente; también la tiene de bondad, somos capaces de lo mejor desde luego, pero la del mal está presente de una forma inconsciente.

Revista Achtung!: ¿Te has dado cuenta de que en tu novela se cumple la máxima lampedusiana de que todo cambia para que todo siga igual? Porque al final todo sigue siendo lo mismo… Hay una especie de tesis sobre la inmovilidad de la Historia. ¿O crees que existe una evolución a mejor en el pueblo de tus personajes después de más de 250 páginas de conflictos, problemas, violencia e, incluso, muerte? A mí. El final me llena de pesimismo y desesperanza…

Juan Laborda: La frase de Lampedusa siempre ha sido todo un leitmotiv para mí. Que todo cambie para que nada cambie, es toda una realidad histórica. Yo no soy partidario de un pesimismo existencialista, pero sí que creo que las modificaciones del ser humano son mucho más penosas y costosas de lo que históricamente se dice. Y ahora me pongo el sombrero de historiador: en la Historia nosotros exponemos los hechos para que tengan unas causas, algo que es necesario para explicarla, pero que no refleja la verdadera realidad del ser humano, incapaz de cambiar fácilmente; somos una especie de cobayas que nos movemos entre nuestros deseos de cambio y nuestros actos de cambio, de ahí la complejidad de que en una comunidad se produzcan cambios profundos y que, sobre todo, sean fructíferos. ¿Es una visión pesimista? Sí, pero también sé que la única esperanza del ser humano se alberga en sus emociones, en el encuentro con el otro, en el amor… Siempre hay algo de esperanza en aquello que no toca los ámbitos de lo político ni de lo social, ni lo económico. La esperanza aflora en lo emotivo.


Revista Achtung!: ¿Un gobierno de buenas voluntades es un gobierno imposible?

Juan Laborda: Sí, totalmente. La futilidad del acto de cambio hace que cuando se accede al poder, lo que se había planteado previamente sea prácticamente imposible de ser llevado a la práctica. Este es un tema que recorre mis tres novelas como un hilo conductor. El poder corrompe, y si es un poder absoluto pues corrompe de una manera absoluta. No se puede transformar la realidad sólo con buenas intenciones. La transformación real no vendrá de la mano de lo político o de lo económico..., tiene que venir desde lo humano. O al menos así lo siento.

Revista Achtung!: ¿Por qué la distopía?

Juan Laborda: Una de mis obsesiones, de siempre, ha sido el tema de las ideologías, de esas ideologías que brillan mucho y luego, con el paso del tiempo, se rompen. Como ya decía en mi anterior novela, La fragilidad del neón, estas ideologías se comen a sus propios creyentes. Por ello, una distopía, algo que no ha ocurrido pero que muy bien podría haberlo hecho, me permite jugar con esta cuestión de las ideologías, hasta donde nos podrían llevar los hechos de la Historia. Creo que es un material literario muy bueno; además, la distopía te permite elucubrar sobre cuestiones del ser humano porque no es necesario estar apegado a los hechos, a los datos, algo a lo que nos obliga la Historia.

Revista Achtung!: Y para tomar distancia te ubicas en un territorio irreal, al estilo de la Oleza de Miró o la Región de Benet…

Juan Laborda: Desde luego, este era un juego que quería hacer desde el principio, que el lugar pareciese real sin serlo, eso me ha permitido mezclar la ficción con algunas cosas que yo he vivido en ciertos pueblos del Mediterráneo. Creo que, a veces, cambiar los nombres te protege. Y tal vez fue La costumbre de morir (Alianza Editorial), novela de Raul Guerra Garrido, el libro que me marcó a la hora de escribir Paraíso imperfecto. Raul Guerra Garrido ubica a sus personajes en un lugar que llama “el pueblo más bonito del Mediterráneo”, y yo también he querido entrar en ese juego. Mi pueblo es lo que denomino como un espacio Frankenstein porque aúna elementos de diferentes sitios que he tomado para construir mi propio lugar.

Revista Achtung!: La violencia aparece de una forma brutal cuando brota en tu novela. En El extranjero (Alianza) de Camus, Mersault mata a un árabe en la playa sin tener ningún motivo para ello…, y en El miedo del porteo al penalti (Alfaguara) de Handke, el portero Bloch estrangula a la taquillera del cine de una manera igual, automática. Ambos han extraviado la identidad y el crimen puede ser una forma de identificarse con algo. En Paraíso Imperfecto, Jihan parece moverse de una forma idéntica… ¿Se trata de una reivindicación de la identidad a través del crimen? ¿Es la deshumanización el origen del mal moderno?

Juan Laborda: Sí creo que la deshumanización es el origen del mal. En mis novelas suele haber mucha violencia, no es que haya continuos actos de violencia, pero sí que se le da una importancia y un peso que podría denominar como fotográfico porque es una de esas pulsiones inherentes a nosotros mismos que no podemos dejar de lado ni negarlas. Otra cosa es que luego seamos capaces de controlarlas, pero la pulsión cainita está ahí. Es una realidad del ser humano. Me parece un error obviarla. Es naif intentar hablar de la bondad del ser humano. No podemos olvidar que esa violencia, desde los tiempos del Australopithecus, incluso antes, es la que nos hizo vivir y sobrevivir. Por eso, esta novela, más que las otras, es una novela de pulsiones. El problema es la forma y la manera en que las pulsiones se desatan y provocan un daño. Y eso ocurre cuando existe un desarraigo y una falta de humanidad. Jihan está muerto por su pasado y actúa de forma visceral porque intuye una amenaza y se defiende, lo que le lleva a cometer un crimen execrable. Un hombre sin esperanza está roto, y es capaz de cualquier cosa.

Revista Achtung!: En La Regenta (Akal), en El obispo leproso (Alianza), en las novelas de Thomas Bernhard, siempre existe algo oculto, sucio e innombrable en la zona oscura de los pueblos o los ámbitos rurales. Paraíso Imperfecto no es ajeno a ello.

Juan Laborda: Efectivamente, en La España vacía, (Turner) de Sergio del Molino, un ensayo que me gustó mucho, se plantea que algunos de los que han huido de las ciudades, los llamados neorrurales que se acercan al campo, acaban cometiendo crímenes después de un tiempo de estar allí, y pone como ejemplo el caso del famoso crimen de Fago, que muestra cómo lo rural tiene algo oscuro. Solo hay que recordar Los santos inocentes (Planeta) de Delibes, con esa sumisión a los señores y esa violencia desatada que tiene mucho que ver con la pulsión desencadenada en un espacio rural en donde no hay normas y uno puede cobrarse la justicia por su mano. Parece que el espacio rural nos conduce hacia lo atávico, aquello que tenemos más dentro. Lo que uno encuentra en el pueblo no es la Arcadia feliz, sino una apariencia de Arcadia feliz con muchos males enquistados. Curiosamente, parece que en la ciudad estamos más a salvo, como protegidos, y no digo que en la ciudad no haya este tipo de males, los hay, desde luego, pero parece que se desvirtúan. La delincuencia de los grandes crímenes, de las drogas, todo eso es inherente a las ciudades, pero los traumas familiares que llevan a un Puerto Hurraco, por ejemplo, ocurren en los pueblos. Hay que recuperar la imagen del pueblo, real y dura, para la literatura que, creo, está siendo últimamente demasiado urbanita.

Revista Achtung!: ¿Es el cacique a la antigua, al estilo de Los bravos (Castalia) o de Jarrapellejos (Castalia), o tratado de una forma moderna, el cacique político de tu novela, una fuente inagotable de literatura?

Juan Laborda: El abuso de poder es algo que nunca pasará de moda y los escritores siempre vamos a recurrir a ello para manifestar de forma evidente una injusticia. El cacique es una muestra de que la ley no es igual para todos, de que existen diferentes varas de medir, de que hay una especie de resto feudal e, incluso, de ese derecho de pernada que aún continuaba en vigor en lugares de la Alcarria a finales del siglo XIX. El cacique es el abuso de poder, y eso es algo inagotable, igual que la injusticia, y el cacique expresa, por su mera existencia, el acto de injusticia flagrante porque simplemente que lo sea ya es injusto. Y eso nos lleva a un camino literario.

Revista Achtung!: ¿Es el cacique, el tirano, nuestro yo reprimido que siempre acaba saliendo? De ahí lo utópico e imposible de cualquier utopía, ¿es el mal inherente a la naturaleza humana?

Juan Laborda: Un antiguo alumno me preguntó, al leerse Paraíso imperfecto, si estos personajes tienen mucho de nosotros. En efecto, estos personajes son uno mismo, un mismo yo: el yo idealista, el yo sensible, el yo activo, el yo violento, el yo poderoso, el yo ególatra que llevamos dentro y hay que intentar contener… Todo esto se puede leer como una disputa entre lo que uno quiere y lo que uno es capaz de hacer. Nos vemos reflejados en el cacique por cercanía o por oposición. La figura del cacique no deja indiferente a nadie porque es muy difícil que uno presencie un acto de injusticia de este calibre y no se sienta tocado. El cacique es algo que todos llevamos dentro y por eso la utopía es imposible. Ante los grandes proyectos renovadores siempre triunfa lo cainita que nos brota de dentro. No quiero ser pesimista, pero de no ser así, el mundo habría cambiado, existirían las sociedades igualitarias, la Arcadia feliz, habitaríamos en la meta historia de Marx, sin clases ni abusos…, pero no. Lo que vemos es que cada día se siguen cometiendo abusos y barbaridades. Tal vez caminemos en una dirección que pueda ser la adecuada, pero la ejecución de ese camino siempre será imperfecto por culpa del yo. La utopía es imposible porque tenemos incorporado el conflicto en nuestro ADN.


Revista Achtung!: Así visto, Paraíso imperfecto parece una reflexión sobre el mal, pero no es eso exclusivamente, ¿es, además, una indagación en la violencia como motor humano?

Juan Laborda: La violencia desata consecuencias. Es un motor narrativo, tiene esa función en mi novela al igual que la corrupción. Ambas, hacen que las cosas avancen porque frente a la violencia, frente al dolor, frente a la muerte, el ser humano reacciona y se pone a actuar. La acción se moviliza así. Miedo, dolor y violencia son tres de los pilares sobre los que yo me muevo a la hora de escribir, dado que esta sociedad intenta no reparar en todo ello. La literatura debe incomodar, y estos son temas que incomodan.

Revista Achtung!: Explícame el significado del cine club, o la presencia del cine en la novela. Como cinéfilo que eres esta referencia no podía faltar en el libro, pero aquí viene cargada de otros valores.

Juan Laborda: El arte en general, y muy especialmente el cine, son los asideros necesarios para continuar adelante. El arte, la pintura, la poesía, son alimentos espirituales que nos permiten continuar. El arte es la capacidad de seguir y para mí, el cine, es uno de los artes más esperanzadores. Nos ayuda a encontrarnos, a ser más nosotros mismos y, como los libros, es un rayo de luz. Podrían ser otras artes…, como pintar o escribir, pero creo que el cine tiene algo que no tienen las demás, y es la colectividad.

Revista Achtung!: Analizas la sociedad del pueblo donde evolucionan tus personajes con el realismo de un científico que observara una cepa maligna… ¿No sentiste la tentación de crearles una vacuna literaria que pudiera hacerlos terminar pacíficamente?

Juan Laborda: El único lugar donde hay esperanza es en nosotros mismos, en las artes y, en concreto, en el cine. Por eso no quería darle a la historia un final más feliz, creo que la novela ya tiene su carga emotiva con las tres historias de amor que aparecen y dejan un hilo de esperanza… Dejo la puerta abierta a que las emociones sigan fluyendo. Y la única vacuna es esa, las emociones y el arte como esperanzas en este universo maligno.


Termina así este encuentro con nuestro primer Cronopio; una charla que ha dejado flotando en el ambiente palabras sobre la utópica aspiración del hombre por la justicia, por el progreso y por la felicidad y, tal vez, la certeza de que eso nunca será posible. En las novelas de Juan Laborda Barceló podemos encontrar una reflexión sobre todos esos misterios, desplegados en páginas de buena literatura, y que son como las sombras que nos hacen imperfectos.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Bestiario de Halloween (Al estilo de H. P. Lovecraft)


*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/bestiario-halloween-al-estilo-lovecraft/


Independientemente de que me parezca una mamarrachada o no (que sí, me lo parece), y de las consideraciones sobre el enanismo mental, el colonialismo cultural y la imbecilidad imperante, un año más regresa la fiesta de Halloween. Siempre nos trae una cosa buenísima, y es la oportunidad de poder recordar algunas páginas de la mejor literatura de horror y espanto, recuperando las novelas más habituales del género. Sin embargo, esta vez me voy a distanciar de licántropos y chupasangres, para proponer una serie de monstruos que han surgido de la pluma de H. P. Lovecraft. Quién sabe si alguno de ellos puede inspirar una renovación en los disfraces este año, y en lugar del consabido atrezo de momia, alguien se presente en la fiesta vestido de Primordial, Cthulhu o Dagón.

En este año de 2017 se ha cumplido el 70 aniversario del fallecimiento del gran genio de Providence, que abandonó este mundo a la temprana edad de 46 años, devorado por un cáncer en el aparato digestivo. Para fortuna nuestra, dejó tras de sí una abundante y brillante obra, que lo convirtió en uno de los maestros absolutos del género de terror.

De su cabeza brotaron seres espantosos. Aquí os traigo unos cuantos especímenes:

1-Cthulhu:
Para mí es una de las más grandes creaciones de Lovecraft, una especie de aglutinante de toda la maldad enfermiza que era posible transmitir al papel. Se trata de un ser extraterrestre que existió antes del tiempo y que permanece en estado de hibernación en la ciudad sumergida de R´lye. Los seguidores de algunas religiones ancestrales ansían el retorno del monstruo a la tierra, que dominará trayendo el caos y la locura.

Lovecraft lo describe como:

Un monstruo de perfil vagamente humano, pero con una cabeza a modo de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo cubierto de escamas y de aspecto gomoso, unas prodigiosas garras tanto en extremidades anteriores como posteriores y unas largas y estrechas alas en la espalda”.
La primera aparición de este engendro se produce en una historia corta fechada en 1928, titulada La llamada de Cthulhu.

2-El Intruso:
Le tengo mucha simpatía a este espantajo. Protagonista del relato al que da nombre (The Outsider, 1926), lleva una existencia de completa soledad y abandono en el interior de un castillo. Narrado en primera persona, el personaje apenas recuerda nada de su vida, y todo lo que sabe lo ha leído en los libros. Incluso desconoce cuál es su aspecto, puesto que no hay espejos en donde contemplarse.

Harto de su encierro, consigue escapar por un techo enrejado, para descubrir que acaba de acceder al suelo del mundo de arriba, es decir, los habitantes de ese mundo lo mantenían oculto como una aberración. Llega hasta una nueva fortaleza, siguiendo el sonido que le llega de una fiesta. Cuando se presenta allí todos huyen despavoridos.

Entonces, el Intruso se topa con una figura repulsiva y horrorosa: su imagen reflejada en un espejo. Aunque intenta retornar a su reclusión no lo consigue, y queda condenado a vagar fantasmalmente. Posiblemente, se trata de un vampiro o de un muerto viviente.

3-Dagón y los Profundos:
Originalmente, es el dios asirio de la fertilidad, protector de las cosechas, pero sufre a manos de Lovecraft una transformación cuando lo convierte en padre de los Profundos. Estos Profundos son unos seres caracterizados de la siguiente manera en el relato largo La sombra sobre Innsmouth (1936):
Creo que su color predominante era un verde grisáceo, aunque tenían un abdomen blanquecino. Eran brillantes y resbaladizos, pero su espina dorsal era escamosa. Sus formas eran vagamente antropoides, mientras que su cabeza era de pez, con prodigiosos ojos grandes y saltones que nunca cerraban. Al lado del cuello tenían agallas palpitantes y sus largas zarpas poseían membranas interdigitales. Andaban de forma irregular, a veces erguidos y a veces en cuatro patas. Estaba de alguna forma alegre de que no tuvieran más de cuatro extremidades. Sus voces croantes, aullantes, claramente usadas para articular el habla, poseían todos los matices de expresión que le faltaba a sus caras”.
Por su parte, Dagón no deja de ser un Profundo que ha crecido descomunalmente y que tiene millones de años de edad. Protagoniza su propio relato, Dagón (1919).

4-Nyarlathotep:
También conocido con el sugerente nombre de El caos reptante, es un dios que aparece en cuatro relatos —pero es mencionado en otros muchos— y puede adoptar distintas formas. No se limita a ser un dios destructor, además, se deleita sembrando la locura y el pavor en los humanos. A causa de las innumerables formas que puede tomar se lo conoce como El de las Mil Caras. De sus caracterizaciones, mis predilectas son la de Faraón Negro (en la novela corta de 1943, En busca de la Ciudad del Sol Poniente) y la de una especie de murciélago tentacular (El morador de las tinieblas, 1936).

Semejante horror fue producto de una pesadilla que experimentó Lovecraft.

5-Princesa Mono:
Realmente curiosa esta historia que se narra en Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su familia, de 1921. La llamada Princesa Mono es una especie de homínido del Congo. El explorador Wade Jermyn se enamora de ella; el producto de la unión es una descendencia infame y maldita. La Princesa Mono vivirá recluida en la mansión del explorador y, a su muerte, será momificada y devuelta su tribu primitiva, donde será venerada como una diosa.

6-Erich Zann:
La música del alemán Erich Zann puede escucharse a la medianoche. Es una melodía de violín o de tal vez viola, que resuena en una casa de huéspedes de París. El músico, mudo y de aspecto inquietante, tal vez un espectro, toca su instrumento para mantener a raya a una presencia que le acecha.
La música de Erich Zann es un relato de 1922.

7-Azathoth:
Es el dios más poderoso del universo Lovecraft. Se intuye que es una descomunal masa tentacular con numerosos ojos y bocas dentadas. Es el caos primigenio, la destrucción absoluta, la anti creación. Está ciego y no posee inteligencia alguna, lo que lo convierte en letal. Por ello, unos músicos cósmicos lo mantienen arrullado por la nana que interpretan con una especie de flautines.
Aparece mencionado en algunos de los 13 relatos de Lovecraft que conforman el ciclo literario conocido como Los mitos de Cthulhu.

8-Doctor Herbert West:
Protagonista de Reanimador, relato en seis capítulos, del año 1922. El doctor fue un investigador de la ficticia facultad de Medicina de la Universidad de Miskatonic especializado en la resurrección de cadáveres. Al descubrirse sus macabros experimentos fue expulsado, por lo que instaló su laboratorio en una granja abandonada que finalmente se incendió… y esto es sólo el principio de la historia.

Estos muertos, al retornar a la vida mediante la administración de un suero, se comportan de una forma brutal, es decir, se convierten en zombis.

9-Doctor Muñoz:
Mi personaje favorito de los aquí enumerados. Protagonista del relato titulado Aire frío, de 1928, y es español. El buen doctor vive en la ciudad de Nueva York, y ya está mayor. Curiosamente, necesita mantener fría su habitación, por debajo de los 11 grados, mediante una maquinaria que absorbe amoniaco gracias a una bomba de gasolina. Un fallo de una pieza hará que el sistema deje de funcionar y el anciano se descomponga a gran velocidad porque, realmente, llevaba 18 años muerto y sólo el aire frío lo mantenía en pie.

El doctor Muñoz era una especie de zombi o no muerto, que había conseguido detener la putrefacción de su propio cuerpo.

10-Primordiales:
Por último, estos seres, también conocidos como los Antiguos, primeras razas que habitaron la Tierra. Su aparición estelar es en la novela titulada En las Montañas de la Locura, de 1931. Son de aspecto ciertamente vegetal, bulbosos y con tentáculos, con una cabeza en forma de estrella de mar y que dejaron las ruinas de una antiquísima ciudad erigida entre los hielos de la Antártida.
Algunos ejemplares pudieron entrar en una especia de animación suspendida de siglos, tal vez de eras…



Esta ha sido mi propuesta para unas terroríficas lecturas de Halloween. El universo de Lovecraft es tan rico como espeluznante. Valga decir que esto que he presentado es tan solo la punta del iceberg narrativo de un autor tan genial como inquietante.

martes, 31 de octubre de 2017

El capitalismo literario o el mercadeo como una de las bellas artes


*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/el_capitalismo_literario_o_el_mercadeo_como_una_de_las_bellas_artes/

La semana que termina todavía lo hace bajo las polémicas sacudidas que entre los lectores ocasiona el anuncio del Premio Nobel de Literatura y el de otro premio, algo menos prestigioso, el Planeta. El controvertido oropel de semejantes entorchados me ha llevado a escribiros esta columna acerca de los resortes de la industria de la cultura, de cómo tritura a las personas con talento y de un concepto realmente notable: el llamado capitalismo literario.

Empezaré por el capitalismo literario, etiqueta demoledora y apocalíptica para definir la situación de la industria del libro actual, y acuñado por una de esas usuarias del Instagram de las letras al que me he referido ya en otras ocasiones: Marina, instagramer que se hace llamar @sra­­_bibliotecaria.
Le escribo un mensaje directo para que me defina que entiende por capitalismo literario. Esta es su respuesta:

“Capitalismo literario es un término que engloba a todas esas obras destinadas a comercializar con la literatura en mayúsculas, prostituyéndola para agrandar carteras de magnates del mundo editorial. Son libros en los que su denominador común es que el “escritor” es un personaje en sí mismo, una figura del mundo del espectáculo (música, cine, televisión o radio), o está considerado un influencer en el nuevo mundo de las redes sociales en donde se mueve como pez en el agua y tiene hordas de seguidores. Capitalismo literario es editar libros con el único objetivo de vender y ganar dinero. Y se asegura la venta eligiendo a gente que mueve masas por su influencia social”.
Este concepto, que indudablemente ha elevado gran parte de la literatura que se publica hoy en día a lo que yo denomino como literahartura, aparece ampliamente desarrollado, sin darle ese nombre, en el ensayo de Germán Gullón titulado Los mercaderes en el templo de la literatura (Caballo de Troya). Un ejercicio demoledor y tristísimo de cómo las editoriales pueden destrozar a los buenos autores primando la dictadura de un insensible y descerebrado mercado editorial.

Desde luego, aunque no es lo habitual, Germán Gullón no es el único que ha escrito libros denunciando el miserable sistema cultural de los libros y la literatura de mercado. Un peso pesado de la polémica, Manuel García Viñó, publicó hace años el libro La gran estafa: Alfaguara, Planeta y la novela basura (ediciones VOSA), otra tremenda carga de profundidad contra un sistema que privilegia la capacidad de obtener ventas por encima del talento, y cuando no, recurre a resortes, cuanto menos, poco éticos.

El libro de Viñó se presenta con una sencillez demoledora: es un compendio de lo que él ha bautizado como crítica acompasada, y que definía así:

“Lo llamamos crítica acompasada porque se va haciendo al compás de la lectura y va cuajando en anotaciones (…) De esta suerte, van siendo puestas al descubierto las faltas gramaticales, los errores de léxico, los atentados contra la lógica, la estética y el estilo y, hablando sin disimulo y casi podría decir que sobre todo, las vaciedades y las auténticas tonterías, que, como se verá, abundan en los libros aquí analizados. Al comentarlas, como al comentar los atentados contra el más elemental raciocinio, en este tipo de crítica se suele emplear la ironía y el humor, que como pocas herramientas hacen ver la baja calidad de determinadas novelas que están circulando como obras excepcionales. Y, por razones derivadas del dominio que ejerce hoy sobre la literatura, especialmente la novela, la industria cultural, no suelen faltar apuntes de lo que podríamos llamar sociología de la vida literaria, que ayuden a comprender el “éxito de público de crítica” obtenido por un “producto” que nosotros demostramos que es deleznable”.
Pero García Viñó no detiene su método aquí o lo deja en el mero aspecto teórico. Arremete con ejemplos contra algunas de las figuras intocables de la pseudo cultura:

“Un segundo instrumento consiste en llamar la atención sobre el empleo abusivo de estos autores de frases hechas –y de conceptos acreditados y valores entendidos-, las cuales consideramos que contribuyen a un empobrecimiento literario del lenguaje y aparece como una manifestación de impotencia y de falta de recursos expresivos (…) Si de una “novela” de Gala, Maruja Torres o Almudena Grandes se suprimiesen las frases hechas, podrían quedar reducidas en casi un tercio. La voluntad de estilo en estos y los otros autores es prácticamente nula…”.
Visto en lo que consiste la crítica acompasada, el libro de Viñó embiste sin miramientos contra algunas de las novelas más encumbradas de los autores más notables del capitalismo literario:

“Después de algunos años alejado de los estudios literarios, cuando leí algunas obras de Javier Marías, tan ponderadas por críticos, académicos y profesores, comprendí que me encontraba en el camino adecuado para alcanzar el tipo de situación en que más disfruto de la vida: la de enfrentarme, desde la total independencia y provisto de ideas personales, al adocenamiento de lo oficioso y al conformismo de lo establecido. Aquellas no sólo eran las peores novelas –en rigor, ni siquiera eran novelas- de todos los tiempos, sino también unos libros ridículos, irrisorios. En ellos dominaba la incompetencia, la pobreza de ideas y una falta total de valores estéticos. Luego, al proseguir mis lecturas y comprobar que al mismo bajo nivel se situaban las obras de quienes eran ofrecidos al público como los renovadores de la novela española de fines del siglo XX y comienzos del XXI –Almudena Grandes, Muñoz Molina, Maruja Torres, Rosa Montero, J.J. Millás, etc.-, comprendí que me encontraba ante un colosal engaño; un engaño en el que participaban todas las instancias por las que discurre la “vida” del libro, desde las agencias a las bibliotecas, pasando por las editoriales, las librerías, la crítica, los medios de comunicación, los jurados de premios, la publicidad...»
Me parece impagable el trabajo de Viñó, que obviamente fue criticado y apaleado. No podía resultar de otra forma. Lo he traído aquí porque el asunto del capitalismo literario mencionado por la @sra_bibliotecaria me ha llevado a recordar la época en que leía este tipo de libros-denuncia con la esperanza de lamernos las heridas y las cicatrices unos a otros… Viñó fue uno de los pocos que se han propuesto denunciar una situación que parece no tener ya remedio.

Si tenemos que hablar de una ética algo comprometida en asuntos literarios, no puedo escaparme de comentar toda la parafernalia y rumorología del premio Planeta, necesariamente debo referirme a él. Y no porque esté concedido de antemano (algo a lo que no escapa casi ningún premio literario en este país, por no decir que ninguno), sino por sus legendarios tejemanejes que alimentan los mentideros de una indignación algo, digámoslo así, inocentona.

Que un premio literario se haya concedido de antemano es algo tan inherente al capitalismo literario que ya no escandaliza a nadie. Entonces, ¿que nos irrita del Planeta? Indudablemente, lo que tiene de corralito, de compadreo, de reunioncilla privada entre aquellos que se atiborran con el pastel de la literatura concebida como un negocio algo desaprensivo.

Porque se rumorea que el premio, muchas veces, se otorga a una determinada cuadra literaria, es decir, a un autor que pertenece a un agente literario en concreto. La editorial ha adquirido compromisos contractuales con la agencia, y hay que otorgar el premio a uno de sus representados.

En otras ocasiones, se comenta por ahí, se ha llegado a otorgar el Planeta a novelas que no existían todavía o que eran un mero borrador… Desde ahí, llegar al escándalo del plagio de Cela es algo muy sencillo. Se afirma que no presentó novela alguna, pero se le otorgo el galardón. El gallego, empachado de Nobel, no tuvo tiempo de escribir nada a pesar de que se había comprometido y la editorial lo tomó de una de las concursantes que se había presentado al premio; unos cuantos negros literarios dieron forma celiana a la novela sustraída y listo. El resto de la historia de esta canallada literaria está en las bibliotecas, o en Internet, algo más propio de estos tiempos.

Luego, hay un grupito de autores recalcitrantes en la ofensa, que andan por ahí asegurando que a ellos se les ha ofrecido el Planeta, pero que después nada de nada. Yo he conocido a uno que tiene muy a gala esta cualidad de no premiado prometido. En cualquier caso, todas estas historias no deben desenfocarnos de la auténtica realidad de la malignidad del Planeta. Un amigo mío lo decía con mucha exactitud: “Hay que escribir muy mal para que te concedan el Planeta”.

Ignoro si esto es obligatorio, pero lo que sí es cierto es que Juan Marsé, abochornado ante el nivel “subterráneo” de las obras, como él mismo afirmó, se vio obligado a dimitir de su puesto como jurado en el año que ganó María de la Pau Janer. Y defendía así su actuación ante la prensa:

“Sé que esto tiene difícil arreglo, que así está el mercado, que el cotarro cultural y mediático es el que tenemos y que responde a intereses y bolsillos que tienen muy poco que ver con la literatura según yo la entiendo, pero en cualquier caso yo me niego a dar gato por liebre, ya sea como miembro del jurado en un concurso literario o como simple ciudadano al que le piden una opinión sobre un libro".
Aquí radica el problema, y el motivo por el cual el premio Planeta nos pone de tan mal café a nosotros, los que amamos la literatura y los libros. Las encuestas aseguraban no hace mucho que el españolito de a pie, el medio, el normal, el que desayuna a su lado ese café con leche mientras sumerge el pincho de tortilla en el interior de la taza, únicamente compra dos libros al año: uno intenta leerlo. El otro lo regala por Reyes. La compra de tan magníficos ejemplares la lleva a cabo durante su visita anual a la Feria del Libro local, donde además de pasmarse ante la fantochada de la representación cultural y pagar un refresco a precio de oro, adquiere el premio Planeta y su cacareado finalista. Cuál lea después, y cuál regale, bien poco nos importa.

Porque lo verdaderamente interesante es que acaba de hacerse con dos armas que no son como la poesía cargada de futuro, en afirmación de Gabriel Celaya, sino un revolver amartillado sobre la sien de la incultura. Si el españolito medio, ese que hace buches a su lado, enjuagues de café con leche para quitarse los restos de la tortilla de entre los dientes, únicamente lee un libro al año y regala otro, es posible, mucho, que nunca más vuelva a hacerlo cuando haya alcanzado la página 20 de la novela y su dedo ejecutor decida cerrar aquél disparate para no volver a abrirlo nunca jamás. Y no quiero pensar en la otra persona, la que recibe el regalito envenenado…

Además, este capitalismo literario prioriza las publicaciones de un sinfín de personajes mediáticos: presentadores de televisión, famosillos del colorín, blogueros con miles de seguidores…, de todo aquél capacitado para vender libros como churros. Es decir, el capitalismo literario equipara el lanzamiento y promoción de una novela con el de un perfume o el de unos zapatos. Son productos, y como tales, los críticos del futuro tendrán que establecer que nombre recibe la emanación cultural que hoy en día se oferta entre dos tapas de cartoné.

Y que estos famosillos presenten sus libros redunda en la imagen de que escribir es fácil. Alguien dijo que en España la mitad del país ha escrito un libro, y la otra mitad lo está escribiendo. La gente ve a estos personajes atareados hasta las tantas en los platós de televisión o atendiendo sus extraños negocios y que, de la noche a la mañana, se destapan con un libro. Eso devalúa el esfuerzo descomunal que supone escribir una novela (yo he tardado ocho años en terminar una, se de lo que hablo).

Recuerdo que iba a decir algo del Nobel… Bueno, visto lo visto, debemos felicitarnos de que se haya premiado, este año, a un escritor que escribe, porque podría ser infinitamente peor. Creo a que Ishiguro le llega muy prematuramente este honor, su obra no está lo suficientemente cuajada, y otros candidatos atesoraban méritos incontestables; pero es escritor, felicitémonos por ello.


Al final, también esto de los Nobel se pliega hacia el capitalismo literario… Durante una época no era capaz de entrar en una librería: me ponía enfermo, me chirriaban los dientes antes las mesas de novedades y me volvía hiperclorhídrico. Ahora me lo tomo con calma. He comprendido el lugar de cada uno en el mundo, es decir, en el sitio que ha pagado la editorial en la librería, y que si queremos ser escritores, pero de los de verdad, necesitamos el arrullo del pequeño librero y el aborrecimiento del mundo del capitalismo literario.