jueves, 1 de marzo de 2012

7 Segundos de Condena (3)


3. Autopsia.
a) PROLOGO
Un hombre no se suicida por el amor de una mujer: dijo una vez el ilustre suicida: Cesare Pavese. Según él, un hombre se suicida por lo que conlleva ese amor por cualquier mujer: miedo, sentimientos de indefensión y debilidad.
Mi propia teoría -en el momento de saltar- era un poco diferente. Un hombre no se suicida por el amor de una mujer excepto si Ella es la única esperanza. Los hombres vulgares pasan toda su vida junto a una persona a la que no quieren, creen que aman a la que no desean mientras buscan a la que sería su mujer ideal, la de sus sueños. Es la esperanza que mueve el mundo: siempre hay un hombre tras una mujer, siempre existe una esperanza de que tras esa mujer exista la felicidad. Para esos hombres: las mujeres representan la felicidad, pero son la encarnación del desencanto. Porque siempre fallan.
Así, los hombres reanudan la búsqueda con el ánimo de que un día darán con la felicidad que ansían: se equivocan: nunca, nunca encontraran lo que anhelan, aunque en el empeño si se aproximen bastante a la felicidad plena. Por ello aguantan y aguantan. Nunca desesperan... Y un puñado de privilegiados consiguen encontrar su esperanza, y saben, que tras esa mujer, ya nunca existirán otras. Por eso se suicidan al perderla.
Esto era exactamente lo que a mi me ocurría.
Ella era la mujer de mi vida: las esperanzas de ser feliz pasaban por Ella. Y ÚNICAMENTE POR ELLA. Sin tenerla a mi lado, ninguna otra podría lograr que la olvidase. Podría estar junto a otras muchas, pero siempre la desearía a Ella. Este problema marcaba para siempre mi existencia. Destruía mi existencia -existencia, qué término tan manido, tan carente de significado, tan estúpidamente desgastado- antes de vivirla. Por eso me lancé al vacío.
Ser un privilegiado no conduce más que a morir... y ser una persona común desemboca en el fracaso continuo. Ya tengo bastante con mi único fracaso como para estrellarme en la desgracia y en la desesperación femenina una y otra vez. Mejor morir que soportar un eterno análisis de las razones, de los motivos, de las causas de mi comportamiento, de todo lo bien y lo mal realizado, de aquello que debí hacer y no hice, de eso que no debí de hacer e hice, esclavo de los malditos remordimientos y condenado a llamarme por toda la eternidad idiota. Prefería morir antes que soportar de por vida todos estos análisis infructuosos.
Lo bueno de estar desesperanzado es que siempre se busca la esperanza. Si se ha perdido esta -y se sabe, siempre se sabe, tristemente, se sabe- no se puede vivir a la búsqueda de lo que ya, jamás, se encontrará.
LA ESPERANZA ES LO ÚNICO QUE SE PIERDE, PERO TAMBIEN SE PIERDE.
Y me tuvo que suceder a mi. Tuve que ser yo quién extraviara su propia esperanza. También es mala suerte...
b) EL SALTO DEL TIGRE
Fueron menos de siete segundos de condena. Transcurrieron menos de esos siete repulsivos segundos de martirio.
Me empotré contra el asfalto en apenas unos dos segundos: 2 coma 434444 segundos, periódico, exactamente… ¿pueden ser los segundos, las milésimas, periódicas? Claro: en mi vida todo era periódico, se repetía de forma implacable, con el martillazo del martirio así que, los segundos, el tiempo, sus fracciones esquirladas en mi corazón: también esas eran periódicas.
Mientras caía, creí que realizaba un salto sexual al estilo del Kamasutra. Por ejemplo, el llamado salto del tigre, en el cual el macho se tira en plancha desde lo alto para caer sobre la hembra y penetrarla. Yo realizaba en esos instantes un coito mortal que me bañaba de placer. Llegué a pensar que experimentaría el orgasmo. Por contra, perdí el control sobre mis esfínteres. De modo que me oriné y defequé encima.
No era algo muy agradable eso de ensuciarse, pero, al menos, reventar resultó muy dulce. Se quebraron las vértebras de mi cuello y crujió la columna. Se partió en pedazos. Vértebras quebradas como esperanzas mutiladas por un monosílabo, un no, nacido de sus cálidos labios. Ella negó la vida, mi vida. Columna partida en pedazos como sensaciones acuchilladas en rodajas ante su frialdad. Un árbol de poderosas y profundas raíces que se desgaja del reseco terreno por culpa de un temporal de ira. Los huesos revientan, los pulmones se aplanan, el corazón grita y pide sobrevivir... pero ya no existe más espacio vital para él.
Dos coches que no pudieron evitar mi cuerpo acabaron de convertirme en un pelele. Marioneta goyesca sin cuerdas con todos los miembros rotos y la cabeza totalmente vuelta del revés. Ironías de la vida... fui muñequito manejado por Ella, soy posesión infernal de película de serie B sin Ella.
Debo confesar, ahora, que en cierto instante -cuando me encontraba debajo del cárter del primer automóvil- me sentí como un perro que el bus de mi colegio atropelló durante una excursión que hicimos a Toledo. Luego -al arrojarme el vehículo con fuerza, treinta metros más allá, y aplastarme un segundo auto contra el bordillo- me gustó. Me encantó. Hasta lamenté la circunstancia desagradable de que un tercer coche o un gran autobús no me pasaran por encima.
Quizás podría machacarme ese automóvil embalado que escapa del atasco, en busca del maridito angustiado que aguarda la llegada de su conductora. O tal vez un autobús en el que fuera Ella sentada. Viajera con la mirada perdida y el pensamiento apaciblemente colocado sobre un jersey que le iba a regalar a su hombre por su cumpleaños. Durante un segundo extrañada por el bache que acababan de coger y que no era otro que mi cuerpo -que jamás volvería a moverse por Ella- y mi corazón -que jamás volvería a latir ya por Ella-.
El bus, el jersey rosa y el anuncio de Aspirina escrito con chapa en sus laterales se perderían en dirección al Corte Inglés. Unos grandes almacenes que acechaban con un anuncio de las rebajas en su fachada.
También se alejó el automóvil con mi sangre entre las ruedas. CON MI SANGRE BAJO SUS ZAPATOS DE TACÓN Y SUS MEDIAS DE SEDA.
Ejecuté, me ejecuté, un perfecto salto del tigre. Una zambullida sin salpicar casi agua, aunque algún juez olímpico resentido me podría calificar con un cero -nota a la que por otra parte ya estoy acostumbrado- por dejar un reguero de sangre y todas mis vísceras desparramadas por los sucios adoquines.
Me sorprendió enormemente que llegara la policía antes que la ambulancia. ¿Era posible ese desprecio por mi vida? Reflexioné un momento. Ya me encontraba muerto. Así que me daba igual. Además, resultaba absurdo tanto interés por morir y ahora protestar por eso. Mejor: el retraso de la ambulancia me sentenciaba definitivamente en el caso de que existiera una mínima posibilidad de supervivencia. Como no era así, no sucedió nada. Llegaron, pero yo ya estaba muerto.
Un corro de curiosos... gente asustada... sangre, blandas vísceras... ni para morir tuve estilo... no se preocupen señores, no se asusten que no ocurre nada... no me duele... quise levantarme y, primero, abroncar a los de la ambulancia para, después, tranquilizar a la gente. No pude. Estaba muerto. No me detuve a pensarlo. Estaba muerto. Muerto, muerto, muerto.
La imagen de un hombre ensangrentado, con la cabeza vuelta del revés y puesto en pie, tratando de serenar a la gente, no resultaría agradable -creo que cundiría aún más el pánico-. Así que olvidé la opción de levantarme y arengar al personal. Descubrí, asombrado, que aunque lo intentara no podría ponerme en pie. Es que estaba muerto. Muertomuerto. Muertomuerto. Muertomuertomuertomuertomuerto muerto. Muertomuerto.
Muerto.
La cabeza retorcida apuntaba al charco de sangre, caliente y espeso, formado sobre el asfalto. Transcurrió un breve tiempo hasta que me trasladaron a la UVI móvil, donde se certificó mi muerte. Era donante de órganos y por ello no demoraron mucho la operación. El juez se personó rápido y en un instante ya estaba en una camilla y dispuesto (mientras el vehículo aullaba camino del depósito) a que me extrajeran todos los órganos aprovechables para un trasplante. El desguace de mi cuerpo fue como el desguace de mis sentimientos. Aquella desmembración que Ella efectuó con la cucharilla de café del rechazo. Su rechazo. Cucharilla con la que me vació, uno a uno, todos los poros rellenos de ilusión...
No me detuve a pensar -y aún no le he pensado del todo- que estaba muerto.
MUERTO.
c) DISECCIÓN
Mi corazón me desilusionó, era una porquería. Estaba avejentado y rajado. Raído. Se le notaba cansado. Ellos me lo sacaron, pero ignoraban que ANTES ME LO EXTRAJO ELLA. Y era, por otro lado, lógico que se viera así de estropeado. Estaba plagado de sufrimiento.
Con mucha cautela lo situaron en un contenedor con hielo. Rezumaba mi sangre roja y enfadada. Se mezclaba con los cristalitos congelados y me recordaba a las copas que -en interminables veladas- saboreábamos hasta el amanecer. Combinados, whiskys, alcoholes con mucho hielo. La granadina de la vida. Ella siempre bebió y comió de mi corazón. Pedacito a pedacito, con prudencia, para evitar emborracharse de él. Músculo que ahora representaba una copa difícil de beber, muy cargada de lástima y resentimiento. Un amargo trago que para Ella siempre resultó muy dulce.
Al extraer el corazón de mi pecho creí ver su nombre escrito a lo largo de los dos ventrículos. Pero el personal médico parecía no darse cuenta de esa circunstancia. Quise advertirles de que el corazón tenía un nombre grabado por acción de las lágrimas, pero no pude. Estaba muerto. Y, ahora, mi corazón congelado. Con su nombre congelado y gangrenado de ventrículo a ventrículo.
... Recordé que a menudo pintaba un corazón con su nombre y el mío sobre el polvo que cubría los muebles de mi habitación, sobre el cristal empañado del espejo del baño al salir de la ducha, sobre el parabrisas del coche al sorprenderme la helada en plena noche. Siempre grababa un corazón. Lo contemplaba y con movimientos automáticos y lágrimas en mis ojos lo borraba. SIEMPRE FALTABA ELLA PARA VERLO. Siempre faltaba, nunca estaba allí para que sus labios desempañaran el cristal y destruyeran el dibujo. NUNCA ESTUVO ALLÍ...
Me extrajeron otros órganos para diversos trasplantes, pero únicamente se utilizaron, al final, el corazón, los ojos y el hígado. Quedé con una completa pinta de estúpido, mayor aún, si cabe, al aspecto de idiota que poseía en vida. Con el cuerpo quebrado, el pecho abierto y perforado, los ojos vacíos y los párpados cosidos. El pecho abierto... con el pecho abierto, como siempre me mostré junto a ella. Con el pecho abierto y vulnerable. Ella nunca penetró en mi vulnerabilidad con suavidad. Fue taladro que cercena y muerde. QUE FINALMENTE MATA.
Apagaron la sirena. Ya no era necesario ir deprisa a ningún sitio. El conductor puso música. Alguien argumentó que deberían quitarla, en nombre de no se que sentido del respeto por los muertos. Quise decirle al conductor que no, que me gustaba, que se divirtiera, que a mí también me gustaban los RAMONES. No pude. Estaba muerto. La canción se titulaba CEMENTERIO DE ANIMALES. Decía así: "no quiero que me entierren en un cementerio para animales, no quiero vivir de nuevo mi vida..."
Yo sabía que no viviría de nuevo mi vida.
d) FRÍO, EN EL DEPOSITO DE CADÁVERES
EL DÍA EN QUE MI SANGRE MANCHÓ LAS ACERAS, el día en que mi cuerpo violó el asfalto, el día en que mis vísceras explotaron ante la contaminada bruma de la ciudad, el día en que mis venas se expandieron fuera, el día del BIG-BANG DE MIS ÓRGANOS, ese día supe que nunca volvería a vivir mi vida. Todos los fracasos, todos los errores, las desgracias, los fallos, quedaban archivados. A nadie interesaban ya.
Permanecí en el depósito de cadáveres, tumbado en una mesa de metal, hasta que el forense tuvo la feliz idea de realizar la autopsia, actividad que acometió empachado de aburrimiento y desgana por la maldita rutina. Quedé totalmente trepanado y cercenado, cosido y recosido, semivaciado y remendado, al compás de una salmodia de términos científico-biológicos que ilustraban mi estado de ánimo en ese momento y que podrían resumirse en unas palabras mucho más sencillas que flora post-mortem o rictus. Resumiendo: el cadáver mostraba un agudo estado de DESESPERACIÓN.
De entre todo el galimatías médico extraje una deducción. Tanta palabrería latina, tanto subterfugio medicinal, tantas vueltas para decir que estaba muerto y bien muerto. Eso era todo. Conservado a una temperatura de bajo cero, a juego con mis congelados sentimientos. SIEMPRE CONGELADOS SENTIMIENTOS.
Flotaba en formol. Junto a otros cadáveres, desparramados en una especie de contenedor-piscina. Conservado, a la espera de ver que destino me aguardaba: la disección, el crematorio o la fosa común. Deseaba ser donado a los estudiantes de medicina. Los únicos que gozarían al tocar y palpar mi cuerpo. Los únicos que se excitarían al sobarme. Al manosearme a sus anchas. Al menos, ellos, si que pasarían un rato agradable conmigo y con mis orificios. A ellos no les repelerían mis orificios. Ni mucho menos.
Sin embargo, no fue así. Un amigo, herido en su insensible sentido de la responsabilidad -sentido que siempre le faltó al encontrarse a mi lado-, se interesó desquiciadamente por mi final. Nunca me ayudó en vida -nunca me prestó ni la más remota atención-, pero ahora un descafeinado remordimiento le condujo a gestionar el papeleo de mi muerte, tal vez para paliar así su aflicción ante las inevitables circunstancias. Se encargó de todo. Sería incinerado, que tan poco estaba mal, ¿no?
Mientras flotaba en el formol junto a otros desgraciados, avisté a un pobre que acostumbraba a deambular por el barrio en el que yo vivía. Por la mal cosida herida de su cabeza se le desparramaba lentamente la masa encefálica. Intenté avisarle de que perdía materia gris, pero no pude mover ni un músculo. Permanecía allí, flotaba sobre aquel pestilente líquido, con mis pulmones anegados, la cabeza del revés, los párpados cosidos, las cuencas rezumantes de suero como dos uvas maduras, los labios resquebrajados y el cuerpo suturado. No podía moverme ni un milímetro.
La idea de que me encontraba muerto cruzó con brevedad por mi pensamiento, pero la deseché con la misma rapidez con que la masa encefálica de mi vecino llegó hasta mí y se me adhirió a las sanguinolentas manos.
e) EPÍLOGO
Apestaba a descomposición, a estiércol y a furia, con todo el pelo grasiento por el formol.
A eso de las doce del mediodía me consumí -como si no me hubiese consumido ya lo suficiente en vida- en el interior de un fuego eléctrico, funerario, y que muy poco tuvo de redentor. Asistí a mi barbacoa recostado en un ataúd normalucho, de madera de mala calidad.
Fueron escasos los asistentes al acto. Ardía delante de las lágrimas de mi impenitente amigo y de unos poquitos familiares lejanísimos, amén de los tristes compadres de cañas y pinchos de tortilla, compañeros de vomitonas y borracheras, camaradas de canutos y excesos, conocidos de suspensos y deseos frustrados, e incluso guardianes de besos en el portal.
No, no estaba. COMO SIEMPRE, ELLA NUNCA ESTABA.
Achicharrado. Calcinado. Ataúd+cadáver= 1 kilo y pico de cenizas.
Una urna plateada, desafiante, parecía decir un: ¡atrévete a tocarme! Dentro de ella me encontraba yo. Bueno, mi esencia. En eso me convertí. En polvo. Cumplí los bíblicos pronósticos a la perfección. Completaba el ciclo de la vida. Polvo al polvo. Lógico, siempre viví hecho polvo. No podría terminar de otra manera. Mis ideas acerca de perpetuarme en otros cuerpos fracasaron. Mis cenizas eran las únicas que aún podían llevarme a alcanzar ese placer, esa obsesión.
Esparcido, después de la hora comer, en un campo de Castilla. Una bonita idea de mi amigo que ahora lloraba al verme volar sobre La Mancha (¿se le metieron mis cenizas en los ojos?) como una nube de oscura basura. Rachas de viento sobre pardos y grises campos.
El polvo aterrizó junto a una granja. Sobre un comedero de cerdos. La montaña de cenizas fue reclamo y golosina para los puercos. De entre ellos, Cuto me devoró con gula. Era el jefe de la piara, el más fuerte y orondo, el animal que apartó a los demás a mordiscos, gracias a sus coces y gruñidos pudo ingerirme por completo.
Nunca antes luchó nadie así por mí. Aquel guarro me honraba. Era el fin que todo romántico desea. En el interior de los larguísimos intestinos de un cerdo. ¿O era un nuevo principio?

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