sábado, 3 de agosto de 2013

Polipiel



“El escritor tiene dos pieles, la de la marca y lo propia. La primera está hecha de imágenes, frases, adulaciones y reconocimientos, mientras que la del escritor de verdad se lava con jabón (…) El hombre marca comercial se distingue del escritor. Lo malo es cuando el uno puentea al otro. De tanto hacerse público el literato, el que sabe penetrar en lo sublime, cuando llega al papel se deja llevar y llevar, y lo que dijo en una charla, que no era nada, palabras hechas, de que la literatura no tiene nada que ver con la vida, y con la prisa, con la falta de oxígeno, resulta que empieza a escribir cosas artificiales, pobres, sin ideas, parecidas a las que sugirió el presentador de un curso. Siempre he pensado que los diarios paseos de los escritores del siglo XIX por las ciudades –Galdós, Zola, Dostoievski o Tolstoi-, por sus propiedades, oxigenaron bastante la literatura. Parece recomendable para un escritor ir a visitar los monumentos de una ciudad por medios propios en vez de en el coche del embajador o del ministro de cultura, porque quizá así se observen las cosas mejor, a nivel ciudadano, del futuro lector”.

Germán Gullón.         
Los mercaderes en el templo de la literatura.
Caballo de Troya, Madrid, 2004, pp. 62-63.

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