miércoles, 31 de agosto de 2011

Tinieblas


Bernhard, Trastorno:

“Nos hemos confiado a las tinieblas como a una ciencia”.

El chacal ahíto de carroña




En Sarajevo: Esquina de la calle Franz Joseph, 28 de junio de 1914.

No sólo le he fallado a Serbia y al coronel Apis, también les he fallado a mis hermanos, a mis seis hermanos que murieron de hambre mientras mi padre, un campesino que se mataba a trabajar, pagaba los inmisericordes impuestos a los austrohúngaros, a esos corrompidos representantes de los Habsburgo. Sí, muchos creerán que lo hago por la población bosniaca que se considera serbia, ¡ qué va!, todo ha sido por mis hermanos, exclusivamente por ellos…, y ahora les he fallado, les he fallado a todos -apoyado en la puerta de la charcutería Schiller, Gavrilo Princip acababa su bocadillo y reflexionaba de esa manera. A sus oídos alcanzaban los ecos de las calles, ecos alimentados por el revuelo formado apenas media hora antes, cuando erraron tan estrepitosamente, tan indignos.

Esa jornada de muerte en Sarajevo los siete componentes de la banda de la Mano Negra se reunieron en un piso franco ubicado en una pastelería. Era el colofón a un entramado de intrigas, odios raciales, mentiras, verdades pronunciadas a medias que, de resultar con éxito, terminaría con el archiduque Francisco Fernando, aspirante al trono de la dinastía de los Habsburgo, cosido a balazos. El propio Dragutin Drimitievev, más conocido como el coronel Apis, una especie de padrecito para muchos mercenarios y revolucionarios centroeuropeos que no pasaba de ser un descerebrado sin entrañas, brindaba su total apoyo al crimen.
Esa jornada de muerte en Sarajevo el archiduque, empecinado en serenar los ánimos de los bosnios con una demostración de lo magnánimo que el Imperio regido por su tío era con ciertos nacionalismos, pretendía enseñar la cara más amable de la corona. Para ello, decidió exponerse a la hora de transitar por el seno de una ciudad que sabía hostil a su linaje: los periódicos publicaron con toda exactitud el recorrido de la comitiva que alcanzaría el ayuntamiento e, incrustada en ella, viajaría el representante real en un coche descubierto, la gran oportunidad para un ataque terrorista suicida por más que ciento veinte policías tomaran la localidad.

Esa jornada de muerte en Sarajevo los siete hombres se apostaron a lo largo de la línea letal que conformaba el paseo Apell, que discurría paralelo al río Miljacka. Cualquiera de ellos podría acabar, sin mayores problemas, con el archiduque, que ofrecería un blanco diáfano a su paso, pero sucedió lo imprevisto: los cinco vehículos del cortejo ganaron el lugar en donde se ubicaba el primer asesino y el hombre no reaccionó. Helado en su pavor se limitó a contemplar el desfile, ante su vista pasó el objetivo, figurín encastillado en la soberbia real. Tuvo que ser su compañero, Gavrinovic, quién despertara del letargo que el espanto sumía a sus camaradas. En su interior se desperezó el oscuro ángel asesino, desplegó sus alas y arrojó con decisión una bomba, con tal decisión y premura que olvidó el necesario retardo de diez segundos para que el artefacto detonara. En esos eternos diez segundos Gavrinovic ingirió un pomo de cianuro que Gavrilo Princip les suministró y se arrojó al río al grito de ¡soy un héroe serbio!

Instantes después, entre el revuelo provocado por la explosión ocurrida varios vehículos más atrás del coche del archiduque, el terrorista era detenido con espasmos y vómitos. El cianuro, manido, no valía para nada. Ya lo intuyó así Princip tras su fallida visita a Praga, donde quienes debían suministrarle las armas prometidas y el veneno acordado dieron un cobarde paso atrás. Un farmacéutico afín a la causa preparó los pomos al estilo de los alquimistas antiguos de la ciudad, con más fe que sapiencia, y el armamento, bastante deficiente, tuvo que viajar en el interior de una maleta que el camarada Danilo Ilic transportó desde las propias manos del coronel Apis a la pastelería de Sarajevo. El río apenas corría con un palmo de agua, colofón a la desgracia de Gavrinovic, por lo que la policía no tuvo complicaciones para detener al héroe serbio, aturdido, convulso y dolorido por la caída.

Allí debió terminar esa jornada de muerte en Sarajevo, pero no fue así. El resto de los integrantes de la Mano Negra se dispersaron de inmediato para reunirse, minutos después, en un parque. Eran un desastre, incapaces de acabar con el miserable fantoche real. El hambre, una reacción a la congoja, se desató en Princip. Un hambre salvaje, insoportable. La voracidad del chacal que lleva cuatro noches sin gustarse con la carroña. Esa mañana, tan nervioso, apenas desayunó: la imagen del archiduque desmembrado, repleto de metralla, era un embudo que cerraba su garganta y ahora, liberada la tensión, su estómago exigía alimento. Sorprendido por tamaña reacción física, también acuciado por la necesidad de reflexionar a solas su maldito fracaso, se alejó de los compañeros y se encaminó a la charcutería Schiller para tomar un bocado. En su cabeza no dejaba de maldecirse, temeroso de que Gavrinovic los delatara a todos tras ser interrogado en la comisaría.

Pese al fallido atentado, el archiduque mostró valor y decidió seguir adelante con su agenda para rendir la consuetudinaria visita al Ayuntamiento. La recepción resultó un acto forzado y ridículo, a causa de que ambos, alcalde y noble, mantuvieron sus respectivos discursos oficiales sin cambiar una sola letra: de espaldas a los sangrientos acontecimientos, se deshicieron en mutuos elogios y agradecieron la hermandad de la ciudadanía de Sarajevo con los Habsburgo y la calurosa acogida que prodigaban al representante del trono. En cuanto el archiduque fue informado de que la bomba hirió levemente a varios integrantes de su séquito ordenó al chofer, fuera ya de todo protocolo, que lo condujera camino del hospital para rendirles visita.

El vehículo debía volver por el paseo Apell, pero el conductor se equivocó. Tomó un giro errado y apareció en la esquina de la calle Franz Joseph; se detuvo para dar marcha atrás y corregir su ruta justo delante de Gavrilo Princip que, una vez terminado su bocadillo, encendía un cigarrillo harto perjudicial para su tuberculosis, un mal en estado tan avanzado que ya bien poco le importaba cuidarse. Sus ojos, abiertos a la incredulidad, contemplaron la pechera condecorada de la Historia, la pechera que le condecía, en una diana refulgente, la tan esquiva segunda oportunidad para convertir, ahora sí, la jornada de Sarajevo en una jornada de muerte.

El volante se atascó. El conductor maldijo en voz baja. Azorado por su error lamentó la mecánica del auto y pensó en moler a palos al muchacho encargado del mantenimiento. Necesitó un golpe de fuerza para desbloquear la dirección, pero ya era tarde para Europa. Gavrilo empuñó su Browning del calibre 22 y elevó el brazo con la firmeza de un autómata. Le aumentó la fiebre y su frente se cuajó de gotitas de sudor. No apuntó, no miró, sus pupilas en absoluto necesitaban asomarse al abismo de las ojeras para acertar.

Dos disparos.

Dos pelotazos de felpa que sacuden al muñeco de feria.

La princesa Sofía, junto al archiduque, realizaba su primer viaje oficial. Dado su origen plebeyo, el protocolo traía de cabeza a la familia real y los chambelanes no permitían que la mujer abandonara el Palacio. El archiduque impuso su capricho para el viaje a Sarajevo. Sofía contempló el balazo que penetró por el cuello de su marido. El dolor transformó su rostro de figurín a fantoche, de fantoche a pelele, de pelele a hombre.

-¡Por el amor de Dios! ¿Qué te pasa? -le preguntó la mujer angustiada para, a continuación, desplomarse a un lado, herida de muerte en el abdomen.

-¡Sofía, Sofía, no te mueras, vive para nuestros hijos! -gritó el archiduque antes de, también él, desvanecerse y tornarse en figura maldita de la Historia.

Gavrilo, petrificado en el caos, contempló la escena con el arma, humeante, empuñada en dirección a su hazaña indeleble por siglos. Con un movimiento mecánico extrajo su pomo de cianuro, pero temió que no surtiera el efecto deseado. Con pulso firme se aproximó el cañón de la pistola a la sien. Tibio, entre las dos orillas de la duda –veneno, disparo-, dilapidó su tiempo. Manos como garfios y brazos como correas se le aferraron brutalmente. Estaba perdido.

A las once y media falleció el archiduque. La princesa Sofía, embarazada de tres meses, lo hizo un poco antes. El asesinato a sangre fría de una mujer indefensa y en estado de gestación era el acto más vil que un hombre podía cometer. Así lo creía Gavrilo, pero no por ello dejaba de sentirse orgulloso.

El chacal, por fin, ahíto de carroña.

Aguda fiebre de grillos (parte 3 de 10)


El padre Gago: entraba en clase, se frotaba las manos y recitaba un Ave María para, a su término, ordenar un papelucho: era un viajero avezado con gran parte del mundo recorrida y asiduo visitante de los museos y monumentos más importantes. ¿Cómo podía lograr eso con su miserable sueldecillo del internado? Muy fácil, el dinero le quedaba prácticamente íntegro ya que comía allí, vivía allí, y no gastaba en ropa (siempre iba uniformado con sus viejas sotanas, con sus trajecitos grises, limpios, muy limpios desde luego, porque la limpieza era su manía; olía como a polvos de talco y demostraba una extraordinaria pulcritud).

Cuando se presentó ante sus alumnos el primer día de clase dio -con un retorcido sentido del humor que a los chavales no les hizo ninguna gracia- lo que él llamaba los dos principios metafísicos: el primero: a su clase nadie entraba con las pezuñas al aire, ninguno de los presentes, bajo ningún concepto, osaría calzar zapatos sin calcetines pues aunque se laven los pies a diario no todos los días se lavan los zapatos, argumentaba, no sin cierta razón... incluso opinaba que el zapato era el peor invento, lo más sucio que fue capaz de pergeñar el ser humano: uno se subía toda la porquería de la calle a casa sin darse cuenta y paseaba sus suelas inmundas por la alfombra del salón: ¡con la de gérmenes asquerosos que viajaban ahí!; nunca se cansaba de admirarse ante la inteligencia de los japoneses y de los ciudadanos de muchos países nórdicos: dejaban reposar los zapatos en la puerta.

Su segundo principio metafísico era: el tonto solo puede ser tonto: lo pronunciaba con evidente placer: como obnubilado ante la sabiduría que contenía la ridícula premisa: ese era el magistral segundo principio que enunció y que luego hizo repetir una y otra vez a sus atónitos alumnos: no repararon en que les exigía la misma entonación con la que él matizaba sus palabras: repartiría capones a diestro y siniestro: dejándolos caer por entre la fila de estudiantes: hasta que tuvieran a bien recitar el principio con la propiedad debida: A ver, hermano... ¿dígame el segundo principio metafísico? –preguntaba con sorna: el chaval, asustado por la inmensa y descomunal estupidez que le obligaban a repetir, murmuraba un inaudible y aséptico: el tonto solo puede ser tonto: acto seguido, como accionado por un resorte automático, el interfecto recibía un caponazo rubricado con un solemne: ¡imbécil! Entonces, el padre Gago repetía su genialidad: haciendo hincapié en la entonación que no debía pasárseles por alto a los chicos: El TOOONto SOoolo puEEEde sEEEr TOON to: y proseguía con su vendimia de capones por los pupitres, en espera de ese alumno que se dignara a imitar, punto por punto, su deje: así era aquel hombre: para Alejandro el mejor profesor del internado de Valladolid porque, pese a sus coscorrones, a sus insultos y a calificar los pies de los chavales como pezuñas, en sus clases flotaba un amor por el Arte que supo inculcar muy bien en los alumnos: unos alumnos que dejaron el internado con notables conocimientos acerca de la materia: que eso era de lo que se trataba.

De todas maneras, resultaba ridículo ese intento de convertir sus clases, con tales mamarrachadas exentas de toda genialidad e interés, en una réplica patética del machadiano Juan de Mairena. Ese temido primer día de clase los mandó reflexionar y escribir la conclusión a la que deberían llegar acerca de lo del tonto que será siempre tonto, bueno, sobre lo de el TOOONto SOoolo puEEEde sEEEr TOON to, dicho sea con su entonación fundamental. Las respuestas descerebradas que se escucharon fueron acordes a la memez que las suscitaba, ya que nada bueno se podía razonar sobre tamaña estolidez, aunque al padre Gago le pareciera la más sensacional de las reflexiones metafísicas.

Porque para ese hombre, para el bueno del Jabugo, la entonación era algo de importancia extrema: en otra ocasión, mientras estudiaban las Pinturas Negras de Goya, apareció en una diapositiva el cuadro de un aquelarre presidido por el diablo en forma de macho cabrío; el padre Gago pareció invadido por una extraña enfermedad, una especie de ataque nervioso que le obligó a repetir en voz alta, prodigándose en extraños y desaforados visajes: ... y presidiendo la escena, en lo alto, ¡el GRAAAN CAAAbrrrOOONNN! Los alumnos lo miraban anonadados. No cesaba de repetir lo del Gran Cabrón y con ese énfasis deberían declamarlo los chicos: A ver, hermano –preguntaba- ¿y en lo alto, presidiendo le escena?: y el chaval, entre asustado, acobardado y avergonzado de tener que pronunciar esa palabra que en un internado de curas sonaba a taco impronunciable, no tenía más remedio que sobreponerse y decir, entre dudas y balbuceos: el Gran Cabrón. Automáticamente, le caía el caponazo preceptivo sobre la cabeza, con el consecuente ¡imbécil! de rigor: el padre Gago acosaba al siguiente alumno: y se repetía punto por punto la escena: al término de la fila ninguno de los niños era capaz de repetir lo del Gran Cabrón con la entonación adecuada: como si le provocara un esfuerzo supremo y un cansancio agotador, el padre Gago impostaba: ¡En lo más alto, presidiendo la escena y el cuadro, hermanos, ¡el GRAAAN CAAAbrrrOOONNN! Y Alejandro no sabía si en esos instantes el padre Gago era un genio sublime o un payaso ridículo: o si tal vez se movía por la peligrosa linde que separaba ambos calificativos.

Desperdicio


Bukowski, del libro de poesía La gente parece flores al fin:

“no hay nada en el aire salvo

nubes, no hay nada en el aire

salvo lluvia, la vida de cada cual es muy corta para

encontrar significado y

todos los libros casi un

desperdicio”.

Vida y muerte


Bernhard, Trastorno:

“La vida es tan larga como hace falta para preparar la muerte”.

Abandono


Bernhard: Trastorno:

“Pienso una y otra vez que estoy abandonado. Y siento esa idea como la más repugnante de las ideas: estar abandonado. La soledad es el camino de los hombres hacia la repugnancia”.

martes, 30 de agosto de 2011

La desgracia de los insectos




En Praga: Café: La Señal de los Dos Mirlos, noviembre de 1913.

-El doctor Brod me avisó de que podría encontrarlo aquí… -Kafka interrumpió la lectura del Praguer Tagblatt, elevó la cabeza sorprendido y miró a quién le dirigía tal afirmación. El caballero, sonriente, formuló un resuelto ¿puedo?, y con la vista indicó la silla vacía que se encontraba enfrente.

-Si, por supuesto –aseveró Kafka molesto. Ese pesado de Brod, siempre pregonaba cosas de él; a dónde iba, de dónde venía, los lugares por los que paseaba. ¡Era tan indiscreto!

El hombre se acomodó y ambos se miraron fijamente.

-¿Tengo el honor de hablar con…? –preguntó Franz, sin ocultar un tonillo de irritación.

-Soy Robert Musil, el escritor –Kafka intentó disimular su azoramiento. Esa confesión acababa de provocarle un terremoto interno. Se encontraba ante uno de los grandes del momento, desde luego, y fue incapaz de reconocerlo. ¿Qué podría desear de él?

-Tengo entendido que su Estudiante Törless es espléndido -matizó, empastó un tono desganado para que diera la sensación de que tampoco le concedía demasiada importancia, que todavía no leyó la obra; pero cierto era que recordaba el entusiasmo con el cual devoró las páginas de la novela que, no obstante, le resultó por momentos demasiado retórica, una forma benévola para denominar la sensación de cansancio que experimentó al recorrer ciertos pasajes... Lamentaba no poder intercambiar ahora diferentes puntos de vista al respecto. Todavía nadaba en su memoria una metáfora magnífica: sintió que se le estrangulaba la garganta, como si le estuvieran echando arena. Por eso, sólo por esa brillante imagen, ya le merecía la pena el tiempo empleado en la lectura del Törless; y también se vio identificado con un párrafo que culminaba con una reflexión que parecía definirlo justo a él, a Franz Kafka: Tenía una vida a la que nadie atendía más que a la de las arañas y ciempiés del sótano y del desván. En verdad, era admirable ese escritor que se encontraba delante, lástima que en su cabezonería, en su tozudez, en esa especie de venganza urdida con precipitación, no quisiera admitir que conocía muy bien su texto.

-El Törless ya tiene unos años. ¿Es que no lo ha leído? –Kafka hizo una mueca que no permitía atisbar una respuesta clara-. No se preocupe, yo mismo me ocuparé de que le llegue un ejemplar. Dedicado, por supuesto.

-Es usted muy amable.

-Es lo menos que puedo hacer por un autor tan brillante –detrás de esos elogios sabía muy bien quién se ocultaba: Brod. Otra vez había hablado de su literatura por ahí, de esos escritos que no deseaba que fueran conocidos, de esos trabajos que le disgustaban tanto y que tenía la sensación de que no se encontraban a la altura. Pero esa sensación era exclusivamente suya. Porque Werfel, Brod, Pollak, sin duda cegados por una mala comprensión del sentimiento de la amistad, se deshacían en los elogios que tanto le fastidiaban y no perdían oportunidad de recomendarlo. Eso no le gustaba nada. De hecho, tal era su neurosis acerca de su producción que, cuando su primer editor le devolvió las pruebas de imprenta de La Condena, él le remitió una nota en la que pedía, es más, casi rogaba, si sería posible cancelar la edición. Siempre le estaré mucho más agradecido por la devolución de mis manuscritos que por su publicación, manifestó por ver si el editor entraba en razón y apartaba de sus futuros proyectos la intención de publicar a Kafka. ¿En dónde se vio algo parecido? ¡Un escritor que anima a su editor a que no lo publique! Cuando Max Brod se enteró de aquello casi rompe su amistad con Franz, de pura indignación.

-Fui a buscarlo a su casa, pero no estaba usted allá. Localicé a su amigo el doctor Brod y me dijo que solía frecuentar La Señal de los Dos Mirlos. Por eso estoy aquí… bueno no por eso, he venido desde Viena con la intención de contar con una colaboración suya, con sus escritos, para una inminente revista literaria que pienso editar. Se llamará Cosmo. No tiene sentido que se resista, su amigo ya me advirtió de su obstinación, que de nada le valdrá conmigo. Tengo ese firme propósito y no mudaré mi empeño.

-Señor Musil… -en el tono de Kafka se olía la negativa como en el viento se advierte la cercanía de la tormenta. Sin embargo, no pudo argumentar ni una palabra más, el hombre volvió a la carga:

-Será una publicación para escritores jóvenes; le ruego que lo reconsidere, esa publicación será un traje extraordinariamente adecuado para su obra, confeccionado a medida.

Max Brod apareció por la puerta del café en ese instante. Franz lo fulminó con la mirada. Su amigo, más que preguntar, afirmó:

-¡Que alegría verlos aquí juntos! ¿Han llegado a un acuerdo? ¡Le advertí que el doctor Kafka sería difícil de convencer!

Sin dar tiempo a que Brod se sentara, Kafka explotó:

-¡Max, tu yo vamos a terminar mal! –en un tono duro, pero más comedido, añadió-: Estoy cansado de explicarte que mi literatura es sólo mía, que no deseo compartir mis despropósitos con nadie, al menos hasta que sean mínimamente aceptables, si es que eso llegara a ocurrir. De hecho, lo poco que he publicado es un error, un grandioso error. Lo que tengo escrito o lo que escribo ahora no es, ni mucho menos, digno de que vea la luz-. Brod trató de reconvenirlo pero no tuvo ocasión-: Espero que, si muero antes que tú, quemes todo lo que tengo metido en mis cajones, además de mis cuadernos y mis cartas. ¡Que no quede nada! ¿Pero qué os habéis creído? –con un movimiento brusco recogió su sombrero y se puso en pie-: Me alegra, desde luego, que usted señor Musil se acuerde de mí, pero por otro lado su propuesta me entristece tanto… ¡Porque yo no tengo nada que ofrecerle! En diferentes circunstancias tendría mucho gusto en hablar con usted. Puede que eso sea posible en otra ocasión. ¡Buenas tardes caballeros!

Chasqueados, contemplaron a Kafka salir como una exhalación del café. Tras unos instantes de silencio, Brod intentó iniciar una disculpa que fue abortada por Musil:

-No se preocupe, usted no es culpable -le quitó importancia al asunto-. Pero es un caso que resulta harto lamentable, porque me gustaría contar con él. Kafka es muy bueno.

-Sí, en efecto –aseguró Brod-. Demasiado bueno para sí mismo.

-Espero que acabe por darse cuenta –añadió Musil.

-Sería tan triste que nunca se percatara de ello -en las palabras de Brod ya existía un completo rastro de certeza.

Tropas


Unos versos de Buk:

“y pensé en sucias tropas saqueando algún pueblo nuevo

y en mis antiguas novias de nuevo desdichadas con sus


nuevos hombres”.

Como una fiera


Bukowski, de su libro de poemas La gente parece flores al fin:

“el corazón ruge como una fiera
por lo que nos han hecho”.

Aguda fiebre de grillos (parte 2 de 10)


Sí, el padre Gago: ese cura de traje gris: alzacuellos blanco: con su eterno aspecto aseado: impecable: que recién terminado el bisbiseo con un ¡Jesús! ordenaba ¡papelucho!: ese: disfrutaba de las tres comidas gratis en el comedor del internado y como vivienda poseía una habitación privada en el piso de arriba. Por cierto, que ese piso de arriba, en donde habitaban la mayoría de los curas, siempre fue un lugar misterioso y aterrador para los alumnos: algo prohibido y peligroso, una Terra Incógnita inaccesible e inexplorable que causaba desazón entre los muchachos. A Alejandro, lo que más le inquietaba del piso superior era que los curas se quedaran allí, siempre allí, entre los muros desiertos y silenciosos, cuando acababan las clases, cuando los internos ya dormitaban en sus habitaciones, o durante los fines de semana en que los chavales abandonaban el colegio para visitar a sus familias: era como si los sacerdotes formasen una parte indivisible con el edificio.

No creía, o no deseaba creerlo aunque en el fondo lo sabía, que Gago fuera como todos los demás curas del colegio: tan cura que hasta daba la misa. Por eso, sintió una profunda decepción, una desagradable nausea al ver oficiar al padre Gago: porque aunque llevara el alzacuellos colocado durante las clases, Alejandro prefería pensar que el alzacuellos del padre Gago no era más que un molesto adorno, como una persona encorbatada no es necesariamente un ejecutivo, un oficinista o un padrino de bodas; su ilusión se esfumó al contemplar como elevaba el cáliz con devoción y provocaba la misteriosa transubstanciación con sus palabras: el padre Gago perdió en ese momento bastante de su encanto a los ojos de Alejandro: aunque en el terreno docente continuara siendo para él digno de toda admiración.

Tomado de Bukowski


Tomado de Bukowski: Y con leves variantes: aplicado a mí:

Y no me has engañado, sólo era que quería creer.

Tomado de Bernhard


Tomado de Bernhard y, con leves variantes: aplicado a mí:

Mi ser, mi comportamiento, mi existencia, descalifica al mundo y a su Creador.

Toque de queda


Bukowski, un verso de un poema:

“el mundo ha quedado más oscuro que un toque de queda”.

Como se ha dicho tantas veces...


Bernhard: Trastorno:

“Como se ha dicho tantas veces, el mundo es realmente un escenario en el que continuamente se ensaya. Dondequiera que miremos, vemos un continuo aprender a hablar y aprender a leer y aprender a pensar y aprender de memoria, aprender a engañar, aprender a morir y aprender a estar muerto, que ocupan todo nuestro tiempo. Los hombres no son más que actores que nos representan algo que conocemos. Personas que aprenden un papel. Cada uno de nosotros aprende continuamente un (su) papel, o varios papeles o todos los papeles imaginables, sin saber para qué (o para quién) los aprende. Ese escenario teatral es un tormento y nadie considera como un placer lo que pasa en él. No obstante, todo sucede en ese escenario de forma natural. Continuamente, sin embargo, se busca un director de escena. Cuando el telón se levanta, todo ha terminado. La vida era una escuela en la que se aprendía a morir. Millones y millones de alumnos y profesores la poblaban. El mundo era la escuela de la muerte. El mundo es primero la escuela primaria de la muerte, luego la escuela secundaria y, por último, para los menos, la escuela superior de la muerte. Los hombres eran alternativamente maestros o alumnos de esas escuelas. El único objetivo docente alcanzable es la muerte”.

lunes, 29 de agosto de 2011

Hank Chinaski, director de un grupo de Alcohólicos Anónimos


Cuando uno se levanta más días de su vida con resaca o todavía borracho, que sereno, necesita una ayuda: pues bien: yo había alcanzado tal límite: me encamine a la AAAA, es decir: la Asociación Americana de Alcohólicos Anónimos: donde aguardaba recibir esa ayuda.

El centro de mi localidad, en Pomona, era un cochambroso edificio de convenciones que había quedado relegado a eso, para actividades sociales, y en el que la AAAA llevaba mucho tiempo con sus reuniones… aunque yo nunca le presté el menor caso: hasta ese día.

Cuando entré para presentarme como nuevo miembro me quedé absolutamente alucinado: el director del centro era Hank Chinaski: el mayor borracho que ha existido y existirá: el Gran Borracho de Occidente. El personaje literario, el alter ego de Bukowski, que se bebía todo lo bebible.

Llevo sobrio desde el 9 de marzo de 1994… calcula: un montón de años… me confesó, para animarme. Lo dejó, en efecto, dejó la bebida para dedicarse ahora a ayudar a los demás, cansado de ser un estereotipado personaje de novela. Increíble, no porque un personaje de novela apareciera ante mis ojos, de carne y hueso, con un enorme parecido al propio Bukowski, que va, eso no me sorprendía, en mis borracheras y delirios había visto y sentido cosas peores. Lo que no podía creer: que Chinaski estuviera al frente de la AAAA, y sobrio.

Obviamente: en cuanto terminó aquella sesión del grupo lo invité a tomar algo. Fuimos a un bar e intenté beberme unos whiskys con él, pero no le servían. Un enorme letrero, en cada bar al que fuimos, avisaba: NO DEN DE BEBER A CHINASKI.

Acabamos en mi casa. Descorché una botella de vino y llené hasta arriba dos vasos: le ofrecí a Chinaski, derrotado sobre mi sofá. Me miró. Contempló el vaso. Me volvió a mirar. Su mirada seria y ceñuda, de reprimenda, se ablandó: me sonrió.

¡A la mierda!, dijo. Se sacudió el vaso de vino. Acababa de arruinar sus décadas de abstinencia y, chico, que bien nos sentíamos. A la botella de vino le siguieron otras, y cervezas, y vodkas, y whiskys, hasta que la luz de la mañana entró por la ventana para iluminar con su fuego nuestra enorme borrachera.

Sí, fue muy sonado: Chinaski despertó de aquello con una mala resaca. O yo que sé: tal vez cansancio, hartura de haber vuelto a lo mismo. Contempló su cara picada frente al cristal del baño y lo reventó de un puñetazo. Con los dos trozos más grandes se cortó venas y tendones, insensibilizado por el alcohol se pasó de la raya tajando, para suicidarse no necesitaba montar la carnicería que montó. A su lado: varias botella de Canadian apuradas hasta la desesperación.

Esa noche, cuando mi nuevo director del grupo de la AAAA se presentó, no pude evitar exclamar un: ¡OH DIOS MÍO!, ¡DIOS MÍO! Y es que, Arturo Bandini, el gran Arturo Bandini, el personaje de las novelas de John Fante, había acudido a sustituir al malogrado Chinaski. Y llevaba, también, una eternidad sobrio…

Un absurdo


Bernhard, Trastorno:

“El amor es un absurdo y no existe en la Naturaleza”.

Asidero en la oscuridad


Bukowski: un pedazo del poema: Asidero en la oscuridad:


“soy

una serie de

pequeñas victorias

y grandes derrotas

y estoy tan

asombrado

como cualquier otro

de

haber llegado

desde allí hasta

aquí

sin cometer ningún asesinato

ni haber sido

asesinado;

sin

haber dado con mis huesos en el

manicomio.


mientras esta noche

me bebo a solas otra vez

el alma a pesar de todo el sufrimiento

pretérito

gracias a todos los dioses

que no estuvieron

de

mi parte

entonces”.


De La gente parece flores al fin.

Traducción de Eduardo Iriarte.

Madrid. Visor: 2009.

Sentimiento universal 3


No me parece justo.

Aguda fiebre de grillos (parte 1 de 10)




Penetraba el padre Gago en el aula: un recitativo prendido de los labios, salmodia consuetudinaria, rezo a modo de saludo que todos los curas del internado proferían obligatoriamente antes de iniciar cada clase: Dios te salve María, llena eres de gracia, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre... ¡Jesús!

El padre Gago pronunciaba la oración entre dientes: chapurreada deprisa y maquinalmente mientras con gesto maniático se frotaba las manos: la oración duraba justo el tiempo que una persona necesitaba para recorrer la breve distancia que separaba la puerta de la pizarra: el padre Gago pisaba el estrado en el mismo instante en que pronunciaba el desganado: ¡Jesús!, para, tras una sonora palmadita de aviso, exclamar un: ¡papelucho!, que alborotaba a los alumnos: raudos, al ensalmo de palabra tan mágica, los chicos ocupaban sus pupitres y buscaban apresurados cualquier papel que se les pusiera a mano para responder en él a la pregunta del improvisado examen.

El padre Gago era conocido como el Jabugo entre los alumnos: más bien chato y regordete, con las gafas en quimérico, pero a la par estable equilibrio sobre esa naricilla porcina de la que jamás llegaron a caerse –para decepción de la chavalería-, impartía las clases de Arte y amaba su materia como pocos profesores del internado; porque el profesorado adolecía de amor por el prójimo, de amor por las asignaturas y de amor por sus propios trabajos. La excepción, en eso, era el padre Gago: que aparecía en la clase: entonaba su canturreo: y concluía con un seco: ¡Jesús! Y tras la palmadita de rigor anunciaba: ¡papelucho!

La pasión por la asignatura que cada curilla impartía tan sólo la sentía verdaderamente el padre Gago –que acababa de rezar el Ave María y ordenar papelucho- y en cierta medida, aunque por otros motivos, el padre Palomino, encargado de las clases de literatura y Ecce Homo de eterno malestar en el aparato digestivo, con úlcera, ardores y flatulencias, escritor y poeta de los de cafetín y vasito de bicarbonato que un día leyó en clase un poema y preguntó con insistencia a los hermanos si sabían quién era el autor: entre los nombres que se barajaron como posibles alumbradores de la obrita aparecieron Espronceda y Bécquer, para satisfacción del esponjado cura. El padre Palomino desveló –con una modestia forzada y entre dientes, aunque todo su ser pugnaba por abrir los ventanales y gritar con viva voz a los campos castellanos que era él, en efecto, el creador- que se trataba de un poema suyo:

Pía que te pía, pía,

un pajarillo en el árbol,

aguda fiebre de grillos

va su pico goteando.

Así rezaba la composición, y los alumnos sentían un morboso escalofrío, algo macabro, incluso algo erótico, al saborear en los oídos eso de aguda fiebre de grillos va su pico goteando.

El padre Gago entendía a los niños, los admiraba y sabía cómo tratarlos, no les exigía un comportamiento adulto, una de las mayores obsesiones del padre Canto: un hombre reconcomido y resentido con todo el mundo: que regalaba golpetazos en la cabeza con unas gruesas llaves: que telefoneaba a las familias de los alumnos para reprenderlas por cualquier nadería –incluso a las horas más intempestivas y en los momentos más inopinados- y que castigaba de manera desproporcionada y amenazadora: el padre Canto era un malnacido, en toda la extensión de la palabra.

Si Alejandro debía su amor por el Arte a las clases del padre Gago –ese que decía ¡Jesús! entre dientes y ordenaba un papelucho tras la palmadita de aviso- bien podría haberle adeudado al padre Canto un aborrecimiento eterno por la Historia: la materia que impartía con evidente desgana y nula preparación pedagógica. Sin embargo, por una de esas paradojas de la vida, la nefasta enseñanza de la Historia por parte del padre Canto influyó definitivamente en Alejandro, que solía preguntarse si lo que el mal encarado curilla les reseñaba, entre eructos ácidos y vaporadas de Chinchón seco, guardaba algún parecido –por remoto que fuera- con los acontecimientos reales. Si yo impartiera clases de Historia no las daría así, se decía a menudo y, al final, Alejandro se convirtió en catedrático de Historia, casi como una forma de llevar a cabo un desagravio de la asignatura en compensación por el grosero y grasiento manoseo al que el padre Canto la sometió durante años. Pero eso es otro asunto, ya.

Vendas mugrientas


Bukowski, un verso de un poema:

“es como si el mundo entero estuviera envuelto en vendas

mugrientas”.

Absurdo horizonte




Bernhard, en Trastorno:

“El horizonte es el absurdo más útil de todos”.

Y con él somos tres


Resulta que, he descubierto, que ya somos tres los que aborrecemos el cine: Holden Caulfield, Charles Bukowski y yo. Buk, en su novela Hollywood, opina del cine (y no deja de tener retranca el asunto, puesto que en ella narra cómo confecciona el guión y posteriormente se produce y se dirige la película Barfly):

“Era una enfermedad: ese gran interés en un medio que, sin cesar, una y otra vez, no lograba producir nada en absoluto. La gente se había acostumbrado de tal forma a ver mierda en las películas que ya no se daba cuenta de que era mierda”.

Ya coincidimos en algo los tres… lástima que sólo me parezca en eso –sólo en eso- a Holden y Chinaski.

sábado, 27 de agosto de 2011

La casualidad en Viena






Un indeterminado día al inicio de febrero de 1913.

Se había instalado en el Albergue de Hombres de Viena, situado al norte de la ciudad, pero eso no fue siempre así que, poco antes, vivió en húmedos sotanillos abandonados y en pensiones de mala muerte –como la de frau Zakreys y sus malditos diez kronen al mes-, se calentó como pudo al abrigo de los escombros de las casuchas derruidas, tomó sopa en los mediodías de caridad del comedor popular de un convento de la Gumpendorferstrasse y hasta se cobijó en el asilo de Meidling, un albergue repleto de piojos. Incluso, en más de una ocasión, sin una moneda en los bolsillos, se vio obligado a dormir al raso, pese a lo frío y duro del clima vienés. Durante una temporada, la más cruda e invernal, quitó a paladas la nieve que obstruía las puertas de los pasos de carruajes de la gente pudiente, también cargó equipajes como maletero en la Westbahnhof y se empleó en infinidad de humillantes chapuzas. Todos los sufrimientos se daban por buenos con tal de conseguir el deseo supremo por el que colgó los estudios y se trasladó hasta Viena: superar de una vez por todas el examen de ingreso a la Academia de Bellas Artes.

Un dinerillo escaso, no más de cincuenta kronen remitidos por su piadosa tía Johanna, le permitió hospedarse en el Albergue de Hombres. Revigorizado, comenzó a vender algunas de sus acuarelas, bien a través de pasantes judíos de arte o bien expuestas en un cochambroso tenderete improvisado en plena calle, en mitad del frío de la vía pública para, desde su frustrado parapeto, contemplar el bullicio de una ciudad inhumana y retrógrada embebida en el esplendor de su pléyade cultural. Así era la Viena de Hitler, una ciudad dura y cruel, aplastada por el peso del recuerdo de los numerosos genios que florecieron al amparo de las artes y al cobijo de los salones encopetados.

Así era la Viena de Hitler, sí, y también la Viena de Stalin, porque ambos personajes, por entonces dos perfectos desconocidos, un par de don nadies enfrentados a la humanidad desde la impotencia de su juventud, iban a coincidir en las rúas vienesas. El Hitler hambriento, que vivía en un albergue, se toparía con el Stalin agresivo, un joven comunista de poca monta llegado hasta Viena por orden de Lenin para asistir a un congreso político y familiarizarse allí con el programa elaborado por los socialistas austriacos.

Stalin deambulaba algo atolondrado a causa del bullicio urbano que le rodeaba. De repente, para evadirse del agobio provocado por una muchedumbre a la que en absoluto se acostumbraba, se detuvo a contemplar unas acuarelas que reflejaban típicos motivos vieneses y que intentaba vender un pintor callejero situado en una esquina de la Plaza de la Catedral.

Los ojos del ruso reposaron sobre los burdos lienzos de grueso trazo, exentos de talento.

-Es una reproducción de la Catedral de San Esteban -le aclaró Hitler a su posible comprador. Stalin, entonces aún conocido por el mote de Koba, un indomeñable bandolero antizarista cuyas hazañas le cautivaron en las lecturas de la infancia, elevó la vista del enmarañado lienzo y sus ojos colisionaron con los del pintor.

Ambos hombres se miraron: cara a cara los futuros amigos por conveniencia frente a la cuestión polaca, cara a cara quienes, después, se declararían la guerra como enconados e irreconciliables enemigos; ambos, también, supremos asesinos y genocidas. Dos mentes criminales que coincidieron en el presente de la opresora atmósfera vienesa, en la ciudad que era la cuna de la composición, en el fructífero paraíso de los Strauss, Brahms, Mahler, Beethoven, Haydn, Schubert, Schöenberg... tanta belleza pautada infestada por el légamo de ambos personajes.

Stalin venía de celebrar una reunión con Bujarin y Trotski, camaradas a los que, con el correr del tiempo, aniquilaría en su lucha intestina por alcanzar la totalidad del poder en la Unión Soviética. Esa tarde, tras discutir los aspectos del Partido Comunista en Austria, junto a otras zarandajas por el estilo, los tres personajes decidieron salir a pasear un poco para despejar sus cabezas embotadas de tanto término político. Stalin decidió adelantarse con unas briosas zancadas al cansino paso de Bujarin y Trotski, que terminaron por alcanzarlo justo a la altura del puesto de acuarelas.

Stalin fue rodeado por los colaboradores. Los tres contemplaban las acuarelas de un gañán que, con el paso del tiempo, llegaría con sus todopoderosos ejércitos a mancillar los arrabales de Moscú, la ciudad en donde el botarate que ahora miraba algo atónito e indeciso los cuadritos se haría fuerte, casi tan fuerte como un zar.

A los rusos no les gustaron las acuarelas: Bujarin meneó la cabeza en señal de desagrado, Trotski miró para otro lado y Stalin se dio media vuelta y se perdieron calle abajo: Trotski con su futuro de piolet que le hundiría el cráneo; Bujarín, tras la amarga esquina de los años, una traicionera ráfaga de balas que acabaría con sus aspiraciones de controlar el Politburó.

Aunque para todo eso, para el pioletazo, para el fusilamiento, para que el chamuscado cadáver de Hitler cayera en manos de un Stalin que ya no se acordaría por entonces ni del revolucionario y juvenil Koba ni del miserable pintorcillo de la Plaza de la Catedral de San Esteban, aún faltaba un poco: un terrible y sangriento lapso previo al advenimiento del tiempo de los asesinos.

Hitler no logró vender una sola acuarela durante ese día. En el intento de ahorrar un poco del dinero enviado por tía Johanna eligió quedarse sin cenar esa noche.

Un deseo de Charles


Hago mío el deseo de Charles Bukowski en su poema Sugerencia de cara a un acuerdo, cuando habla de la agonía de John Fante:

“sería agradable morir a la máquina de escribir en vez de con

el

Culo metido en una dura cuña”.

Mensaje


Mensaje de Charles, en unos versos:

“sea lo que sea

no vas a

conseguirlo

esforzándote

más de la cuenta”.

Las dos mejores cosas


De B.;

“y

recuerda,

lo segundo mejor

que hay

es

dormir toda una noche

de un tirón


y

lo mejor:

una muerte apacible”.

viernes, 26 de agosto de 2011

El extremo de los nombres


Nombres: son nombres: sólo son nombres: sólo sois eso: nombres: porque los nombres verdaderamente importantes se encuentran al principio y al final de la lista: esos nombres: esos dos nombres: son los que me mordieron la vida: no son nombres: son dentelladas: garras: mordiscos.

Melancolía


Bukowski, en dos versos:

“la historia de la melancolía

nos incluye a todos”.

El último vaso de vino de Alois Hitler




En Leonding, cerca de Linz, en la mañana del tres de enero de 1903.

-¡Qué poco sabía él que reventaría! ¡Qué poco sabía que tomaba su último trago! -exclamó la señora Baum nerviosa y alborotada, dueña de la gasthaus Wiesinger, una tabernucha sita en la localidad austriaca de Leonding. Uno de sus conciudadanos, Alois Hitler, acababa de perecer en el interior de la cantina y, no todos los días, se moría alguien en su bar. De ahí la, más que comprensible, excitación de la mujer. Sin embargo, cuando la policía se personó en el local para elaborar el pertinente atestado, el asunto perdió lo poco que de pintoresco pudiera tener. La señora Baum intuyó con preocupación que, de momento, la gente preferiría no volver por allí porque “trae auténtica mala suerte beber en un lugar donde alguien se ha muerto”, eso sin añadir el lógico recelo que por un tiempo se apoderaría de los parroquianos al pensar que, tal vez, el motivo de la fulminante muerte del señor Alois Hitler bien pudiera encontrarse en el fondo del vaso de vino del Rin que saboreaba en el instante del óbito; las lenguas maledicientes siempre sospecharon que las bebidas de la gasthaus Wiesinger se adulteraban, por no decir que hasta se envenenaban, y acababan de encontrar una justificación para sus recelos.

Menos mal que, poco a poco, la clientela regresó al lugar. Con el paso del tiempo los parroquianos dejaron de concederle tanta importancia al suceso porque el ser humano es un animal de costumbres: tenían el hábito de beber allí y les sabía malo acudir a otro sitio, se sentían incómodos acodados en mostradores extraños. Además, la investigación pericial demostró que a las bebidas servidas por la señora Baum no les ocurría nada extraño, a no ser un ligerísimo bautismo consuetudinario. Eran vinos y licores de calidad; quedaba claro que el bueno de Alois Hitler sufrió un síncope natural.

-¡Qué poco sabía que tomaba su último trago! -le dijo la señora Baum a una vecina cotilla, la señora Plock-. ¡Ni siquiera llegó a bebérselo del todo! ¡Con lo que le gustaba el vino del Rin! Dio un sorbo, se relamió, se atusó un poquito esos monumentales bigotazos que gastaba y, dispuesto ya para un nuevo traguito, ¡zas!, se desplomó.

Alois Hitler, movido por la fuerza de la rutina, entró en la gasthaus Wiesinger a las ocho en punto de la mañana para degustar su vino del Rin. Trató con descortesía y rudeza, por no decir que con su típica grosería, a la señora Baum –resignada, la mujer sabía soportar ese trato que le dedicaban algunos clientes- y le plantó delante el obligado vaso de recio alcohol.

Alois Hitler miró a los lados, en una maniobra nerviosa destinada a comprobar que nadie más se encontraba en derredor, tal vez oculto entre las sombras, como si le fastidiase sobremanera que la gente pudiera contemplarlo beber. Repitió una vez más las hurañas miradas, furibundas, arrojadas a derecha e izquierda con hosquedad y, seguro de encontrarse solo, se acercó el vaso a la boca y dio el primer y pequeño sorbo, ese sorbito que le encantaba, que le sabía a manjar propio de los dioses. Depositó el vaso en el mostrador con parsimonia, se atusó los descomunales bigotes y se llevó la mano derecha al costado mientras su lengua corría por los labios a la captura de los restos de esa primera libación que lo resucitaba con sus mágicas propiedades. El trago de vinacho siempre conseguía que viera la vida, al menos por un rato, de otro color, casi con optimismo.

Se palpó el costillar porque un dolor incierto e indefinible le laceraba el cuerpo. Un dolor muy parecido a ese otro dolor del que ya se trató durante el verano pasado, por cuya asistencia los médicos le cobraron un dineral en consultas. ¡Pero que diantres!, se encontraba un poco mayor, cierto, ¡pero también se sentía mejor que nunca desde su jubilación como oficial de aduanas en el Servicio Imperial! Tras cuarenta años entregados al Estado bien se merecía un buen trago de vino cada mañana, ¡qué menos!

Con la intención de vaciar el resto del contenido en el estómago de un sólido, masculino y viril lingotazo, se acercó el vaso a la boca por segunda vez pero, antes de poder ingerirlo, cuando sus labios estirados hacia adelante en forma de embudo adoptaban ya el castrense ademán de un corneta, Alois se desplomó sin vida sobre el suelo de la cantina. El vaso se fracturó contra el entarimado, desintegrado en añicos multicolores, y dejó una rosácea roncha de vino que la señora Baum nunca pudo eliminar del todo pese a la ayuda de poderosos disolventes que devoraron por completo el brillo de la madera y dejaron una extraña sombra mate en el piso, mácula encima de la cual nadie quería situarse: ¡Estás pisando la mancha de Alois!, se advertían y divertían unos a otros por entre el fragor de las jarras de cerveza, inmersos en la batalla de las copas de aguardiente de cerezas. Entonces, con un gesto de malestar supersticioso, el aludido pegaba un respingo y se apartaba de allí. Llegó a ser una tradición del lugar que pagase una ronda de bebidas quien pisara la mancha.

El día en que una hemorragia pulmonar acabó, de manera fulminante, con la vida de Alois Hitler, su hijo Adolf, un golfillo maleducado de apenas catorce años, vagaba por las calles, perseguía y hostigaba a los perros, trepaba como un mono por los árboles, pateaba las piedras, capturaba insectos y se ensuciaba los pantalones con el barro de los charcos.

Ese día, el día en que murió Alois Hitler, su hijo Adolf se sentía feliz y lleno de vida por haberse saltado las clases de la Realschule de Linz.

Ese día, su padre, Alois Hitler, acababa de entrar en la Historia... eternamente amorrado a un vaso de vinacho.