domingo, 1 de julio de 2012

El privilegio de las cenizas



No aparezco en ninguna fotografía. Con nadie. Ni agarrados de las manos, ni recibiendo un beso en la mejilla, ni siendo contemplado con cariño, con cierto cariño: así, cerquita. Esto, también, se me niega.

No, no aparezco en ninguna fotografía: es difícil el querer fotografiarse con un devorador de hígados, con un Minotauro impotente de abandonar su laberinto de humillaciones y que se golpea, una y otra vez, contra el burladero. Un Frankestein de remiendos como odios, de costurones de rechazos y curcusidos de afrentas y desprecios. Con dos clavos en las sienes y otros dos en el cuello por cada uno de los cuatro martillazos pronunciados por vuestras bocas.

No aparezco en ninguna fotografía: y así me voy volviendo península de amargura y después archipiélago de miedos, isla de terrores, un islote de vejaciones y, por fin, pedazo de hielo a la deriva sobre el que apoyaste tu pie para, simplemente, tomar impulso. Era por tomar impulso, y yo, qué idiota, qué Frankestein costurado de fracasos, creí que apoyabas el talón para asentarte cuando lo que buscabas era saltar, tomar impulso y saltar bien alto y lejos y ganar territorio continental mucho más allá del témpano que soy, a la deriva de los abandonos.

No aparezco en las fotografías: cada vez más solitario. Pero existe una solución. Sé que ya es hora de túmulo y fosa, que en su fondo y desde su fondo podré generar unos instantes de ternura para ser querido por vuestros corazones, al menos unos instantes… hasta que empiece la lluvia, haya que correr a resguardarse, o se llegue tarde al siguiente partido de fútbol, película en el cine o al lugar en donde aguarda –en plaza, bar o casa-  ese rostro amado junto  al que poder componer caras felices y tomarse fotografías muy juntitos.

A mí me quedará, entonces, el privilegio de las cenizas y de la incineración y de saber que el baile, la fiesta, ha terminado y que, ya, no es momento para tomarse fotografías, para rogar, para suplicar por unas fotografías.

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