jueves, 3 de noviembre de 2011

Famous last words...



Famous last words… en efecto, es el título de un empalagoso disco de sonido infantiloide de Supertramp, gomoso y chirriante como una bisagra oxidada, pero que contiene una de mis canciones favoritas: It´s raining again. Qué le vamos a hacer… Famous last words, en efecto, las últimas palabras de alguna celebridad, de un prócer, siempre despiertan una oleada de curiosidad en el vulgo; como si la mente preclara, al borde del abismo, cercana a la muerte, se viera iluminada con alguna revelación que, en su infinita sabiduría, tras sus enigmáticas últimas y célebres palabras, regalara al mundo la resolución de algún misterio existencial.
Últimas y celebérrimas palabras, no esas sandeces de Rosebud y toda esa mandanga, ni un ¡guau!, y ni mucho menos ese Luz, más luz de Goethe (por cierto, que ese también es el título de una novela… de las muchas que he tenido que leer durante mi última investigación, sólo con recordarlas siento náuseas, aunque no sé bien si las ganas de vomitar me vienen por esas lecturas que he intentado olvidar o por la resaca de White & Mackay). Últimas y célebres palabras las que me tocaba investigar porque, sí: soy investigador privado en Anchorage.
El comité de la fundación y del legado, vamos, los encargados de administrar la pasta que a su muerte había dejado Juan Pablo Castell (ya saben, el asesino de María Iribarne) que asentado desde hacía muchos años como floreciente y respetado ciudadano de Anchorage, aunque nadie sabía cómo había llegado hasta la ciudad ni de qué modo, tras todo el asunto de la muerte de María, consiguió su fortuna (unos dicen que con la venta de unos Salzillos que eran pasos de Semana Santa de Murcia, otros con unos cuadros de Rembrandt que originariamente pertenecían al Rijksmuseum), pues el comité, presto a escribir un volumen biográfico del egregio personaje, me encargó una investigación para desvelar el secreto que encerraban sus últimas palabras, algo que, presuponían, sería un código, una clave, que podría desvelar el asesinato de María Iribarne, por ejemplo, o aportar luz, más luz, sobre otros aspectos oscuros del personaje Castell.
Sin embargo, tras meses de pesquisas, entrevistas con quienes rodearon su lecho de muerte en el instante en que pronunció aquellas palabras, primero para certificar la autenticidad de lo que los testigos aseguraban haber oído, tras meses de leer en su biblioteca personal y enorme, tras meses de indagar y de analizar una y otra vez la novela en la que aparecía como personaje y asesino de María Iribarne, tuve que rendirme al misterio.
Reconozco que es el primer caso que se me resiste, que no logro resolver. La resaca que padezco ha sido producto de mi frustración, puesto que hace unas horas decliné el trabajo frente al comité, admití mi fracaso y corrí a emborracharme.
Juan Pablo Castell se ha llevado a la tumba el significado oculto de sus últimas palabras, pronunciadas antes de sucumbir a un cáncer de próstata galopante.
¡Se me olvidaba! Seguro que ustedes quieren saber. Las últimas y enigmáticas palabras de Castell, las dos palabras que me han arrojado a la inutilidad y que nunca más pronunciaré, dos palabras que archivaré para siempre porque ya me niego a continuar con ellas, impotente como estoy, las dos palabras son:
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