viernes, 18 de noviembre de 2011

El últmo vuelo del Barón Rojo


-Sobre el frente del Somme en la mañana del veintiuno de abril de 1918-

-¡Ahí vienen, ahí vienen! -le advirtió su compañero, el servidor de la ametralladora.

Perth se encontraba entre tenso y asustado, pero en absoluto nervioso, no podía temblarle el pulso ahora que dependía su vida de ello. Varios aviones alemanes, en formación de ataque, perseguían a un grupo de combate inglés sobre el cielo del frente del Somme. Desde abajo apenas podían ayudar a sus compañeros aliados, la altura era demasiada como para soñar en acertarles a los aparatos con los disparos desde el nido de las ametralladoras.

Como sucedía cada mañana en el campo de aviación de Cappy, el Barón Rojo montó en su triplano Fokker Dr I y salió, junto a otras dos docenas de aviones que formaban el agrupamiento, a la caza de una escuadrilla de aviones Sopwith Camel aliados que evolucionaban sobre el área del pueblecito de Saylli-le-sec; sería coser y cantar, un trabajo fácil. Les infligían tantas bajas a los ingleses que sus pilotos eran cada vez más jóvenes e inexpertos.

El Barón se sentía despejado por las dos tazas de café y pensó que desde entonces siempre desayunaría dos tazas, tal era el grado de alerta en el que se encontraba.

Avistaron la escuadrilla enemiga y se abalanzaron sobre ella. Muy pronto comenzó la mengua aliada; por contra, los alemanes apenas sufrían algún rasguño en la carena de sus aviones. En eso, Von Richtofen, demasiado excitado y seguro de sí mismo, tal vez por la taza extra de café ingerida, se lanzó en una alocada persecución en pos del alférez novato Wilfrid May. Traicionaba así a sus maniáticos y milimétricos hábitos, a sus ritos sagrados, pero no por segunda vez en ese día, sino ya por tercera vez porque, justo antes de acceder al hangar donde se encontraba su avión, se dejo hacer, en contra de la superstición de la flotilla, una foto junto a un perrillo. Esa foto del barón, sujetando a un fox terrier en sus brazos, se haría famosa al convertirse en la última imagen de Von Richtofen con vida.

Sí... se dejó fotografiar y, además, se tomó una taza extra de café... Pero, sobre todo, y eso era lo grave, se dejó fotografiar antes de un combate.... De repente, se encontró sin cobertura por parte de su escuadrilla, abismado en un vuelo demasiado cercano del suelo.

Sintió varios impactos en la cola del aeroplano que provenían de la ametralladora Vickers del capitán canadiense Roy Brown. El enemigo se aprovechaba de su retaguardia desguarnecida y le hostigaba. Richtofen debía de olvidarse del novato al que perseguía, remontar el vuelo y ponerse a salvo del posible fuego de tierra. ¿Cómo era tan estúpido para meterse tan abajo, entre dos líneas de disparo? Pensó en que la culpa de todo radicaba en la segunda taza de café, que obnubilaba sus nervios... pero sabía que el problema era el gafe de la maldita fotografía.

Una ráfaga de ametralladora lanzada desde el frente de tierra le segó el pecho.

El aparato del Barón Rojo se empotró contra los árboles de un bosque cercano. Los soldados que presenciaron desde tierra la maniobra de Brown lo celebraron alborozados. El piloto canadiense levantó los brazos en señal de alegría y ejecutó dos triunfales pasadas rasantes sobre el frente aliado para atribuirse todo el mérito del derribo.

-¡Lo he visto todo, soldado Perth! -le advirtió su sargento.

-¿Qué es lo que ha visto, mi sargento? -preguntó Perth, todavía aturdido por la salva de disparos que acababa de lanzar al aire.

-¡Que acaba de derribar al Barón Rojo! -pero el soldado ametrallador Perth se encontraba tan exhausto de la refriega que le temblaron las piernas, se quedó sin aire y se desplomó sin sentido. Su sargento salió a toda prisa de allí, en dirección a las tiendas de la Comandancia:

-¡Debo de informar sobre esto! ¡La gloria del derribo le pertenece a nuestro pelotón! ¡Será una sensacional inyección de moral para nuestros hombres!

El ametrallador Perth fue reanimado con un poco de agua sucia y embarrada

En el hangar alemán, un hombre con un fox terrier y una cámara fotográfica en brazos se deshacía en impacientes preguntas acerca de cuándo regresaría el Barón Rojo, de quien ansiaba una nueva fotografía tras su misión triunfal.

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