martes, 15 de noviembre de 2011

El ametrallador Perth saborea su té


-Trincheras del Somme, en la mañana del veintiuno de abril de 1918-

-¡Hum! –fue el placentero suspiro del ametrallador Russell Perth, del VI regimiento aussie de Infantería; un suspiro placentero producto del reconfortante paladeo de su té matutino, un bebedizo elaborado entre las trincheras y los agujeros de obús del frente del Somme, entre el barro y que, al menos, le servía para calentarse los congelados dedos y las palmas de las manos, unas manos apenas protegidas por unos sucios mitones.

Durante esas primeras horas en las trincheras no solía existir mucho jaleo. Eran unas horas que Russell Perth aprovechaba para desperezarse ante una nueva mañana, una mañana más de nubes y lluvias torrenciales. Los bombardeos, el fuego cruzado de obuses y los gases venenosos, solían empezar pasadas las diez de la mañana. Era como si se hubiera establecido un acuerdo tácito para permitir el descanso de los hombres, para que todo el mundo pudiera disfrutar de sus desayunos... por llamar a la taza de agua sucia de alguna manera.

¿Qué hacía un australiano allí, en el frente de Bélgica, tan alejado de su casa, de su tierra, de su isla? Perth no encontraba respuestas, solo sabía que, tras alistarse y soportar un largo viaje, terminó en la embarrada Europa.

-¡Cuidado! -gritaron dos observadores. Los enemigos cumplían milimétricamente con el horario habitual del ataque: las diez en punto y, desde lejos, una escuadrilla de aviones alemanes se aproximaba hacia la situación donde se ubicaba Perth. Arrojó la taza con los restos de su humeante té al suelo y adoptó una posición defensiva en su nido de ametralladoras. Asió el arma fuertemente con ambas manos para, acto seguido, apuntar al cielo.

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