viernes, 16 de abril de 2010

EL MINOTAURO (EN EL LABERINTO DE LOS SUEÑOS ROTOS)


El engendro llegó a casa con ese sabor a ceniza en la boca, con la sangre de la derrota despeñada por la garganta; en el corazón un carbón, un tizón de Altea que marcaba su vida en combustión. En el pecho una chimenea de brasas apagadas y humeantes, todavía calientes por el caliente latido.
La bestia traía el olor de su pelo en su pelo, el olor de su pelo en las manos, su perfume entrelazado en la ropa. Quizás eso no era suficiente. No, nunca podía ser suficiente.
El animal saboreaba la derrota como lo haría un catador, el líquido de la derrota engullido a buches, saboreado por las papilas, bailado en la boca hasta amasarlo como una bola negra. Era, en efecto, un catador de desgracias, un experto en tristezas, un entendido en maldades, un perito en desesperación. Era un desgraciado.
Masticó su lástima mientras contemplaba el paso de los taxis bajo la lluvia. Pensó en que era el prototipo del perdedor: un Hernán Cortés bañado en la sangre del fracaso, un Mussolini de la pena, un Hitler del desencanto.
Y un perro, también, ¿por qué no?; era un perro. Guau, guau. Un perro perdedor. El último galgo de la última carrera.
Vio pasar los taxis que salpicaban el agua de los charcos en donde se reflejaban los neones desmayados de su vida.
"Es como en un libro de Ellroy", se dijo. Y, en efecto, lo era.
Se olió las manos y apestaban a ella. A su colonia, a su pelo. A su voz, a su risa, a su corazón.
Todo él apestaba.
Era el estereotipo del fracaso aromático.
Emanaba una voluta de olor a ella, de dolor a ella, y una fumata negra de fracaso.
Se plantó bajo la lluvia. El Minotauro se plantó bajo la lluvia del bulevar. Miró al cielo:
-Dios, si existes, te exijo que me destruyas.


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