viernes, 9 de septiembre de 2011

Aguda fiebre de grillos (parte 10ª y última)


El padre Gago rezaba de nuevo su amalgama de palabras masticadas, pronunciadas nada más llegar a clase, de las cuales tan sólo se comprendían el Ave María inicial y el Jesús final: mientras se frotaba las manos alcanzó el estrado y ordenó, con una leve palmadita, ¡papelucho!: los alumnos agarraron los primeros papeles que tenían a mano y el padre Gago dictó la pregunta: el vaso campaniforme: todos se aplicaron al asunto pero él, Alejandro, no sabía nada de nada acerca del vaso campaniforme.

A Carlitos Román le tocó en suerte leer su respuesta: una breve, pero completa exposición, sobre las virtudes que adornaban al susodicho vaso. Alejandro memorizó como pudo lo oído por boca de su compañero porque se temía que sería el siguiente y, en efecto, el Jabugo le ordenó: Hermano, léanos su papelucho. Se levantó, con el papel en blanco, y comenzó a simular una lectura embrollada… No, no, lo interrumpió el padre Gago: alzó su mano y con el dedo lo instó a que se acercara al estrado. Alejandro depositó el papel en blanco sobre su pupitre y se dispuso a dirigirse al lugar que el padre Gago ocupaba junto a la pizarra:

¡Traiga acá su papelucho!, le ordenó con sequedad: Alejandro dio media vuelta sobre sí y recogió el papel: se lo extendió al cura: Gago sujetó el papel con ambas manos: meneó la cabeza en señal de desaprobación y, al comprobar que estaba en blanco, bramó un categórico y humillante: ¡CEEERO!: que provocó un estallido de risa en toda la clase y un torbellino de vergonzantes carcajadas.

Presidía la escena como, en otra ocasión, también en lo alto, el Gran Cabrón. Aunque Alejandro, anonadado por lo que contemplaba, no fue capaz de darse cuenta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario