miércoles, 1 de junio de 2011

Tomás Verja, traductor de Thomas Bernhard


Tomás Verja, traductor de Thomas Bernhard,vivía en Tomelloso (¡coño, joder, como Plinio, el detective) y en las angustiosas tardes de calor manchego se dedicaba a poner, en Esperanto, las novelas del austriaco Thomas Bernhard, por aquello del fresquito, seguramente, del fresquito de Austria, se entiende, porque traducir era, para él, como tener aire acondicionado, decía, si lo hacía con un autor de un país frío.
Tarde tras tarde y noche tras noche, en blanco tras blanco, ponía negro sobre blanco y negro sobre negro, en algún amanecer salteado con un tazón de ajo blanco (para refrigerarse también por dentro, decía) y, así, se le fue derritiendo el cerebelo hasta creerse que Tomelloso (¡si, joder, el de Plinio, cojones), hasta que Tomelloso le parecía la Viena imperial, un pollino mohíno el pianista Glenn Gould y Honorio, el del bar, el actor del Burgtheater.
Tomás Verja, traductor de Thomas Bernhard al Esperanto, la última noche de su vida, antes de que le reventara la sesera, se fue donde Honorio y se trasegó tres litros de vino. Cada vez que se terminaba un chato le preguntaba a Honorio sobre que tal le había ido la representación del Pato Salvaje, de Ibsen, sobre detalles de la función; Honorio, cada vez que le preguntaba, lo que hacía era servir otro chato.
Después, sentado ante el volumen de Amras, ya en su escritorio, Tomás Verja, traductor de Thomas Bernhard al Esperanto, se preparó para traducir. Como al Príncipe de Salina, del Gatopardo, algo le dolió detrás de los ojos y zas, se le diluyó el cerebro saliéndosele por las orejas.
Casi una semana después, encontraron a Tomás Verja, traductor de Thomas Bernhard al Esperanto, medio podrido sobre su escritorio (al estilo de un Petrarca machego), sobre el libro de Bernhard, Amras, del que había empezado a traducir su titulo al Esperanto: Amras, había escrito, a mano, con una letra gótico florida.

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