viernes, 3 de junio de 2011

Dos imbéciles en el congreso de narratología



Dos imbéciles asistieron al congreso de narratología que se celebraba en Casas de Don Fabrique: la villa de la literatura, en donde la panadera despachaba brioches y medias lunas mientras recitaba fragmentos de Hamlet y La Tempestad, en inglés, o el cartero repartía mientras citaba a Eliot, en inglés, o la peluquera lavaba, fijaba y peinaba mientras peroraba sobre la simbología victoriana en los cuadros de los prerafaelitas... en inglés.
Dos imbéciles asistieron al congreso de narratología que se celebraba en Casas de Don Fabrique: su ponencia sobre la esgrima, la ornitología y la papiroflexia en la obra de Fray Bernardino de Sahagún fue, según ellas, muy admirada. Según ellas.
Las dos imbéciles, después de su ponencia, se sentaron detrás del todo, y se dedicaron, como dos imbéciles que eran, a criticar a los demás y sus comunicaciones. Como eran imbéciles, se pasaban notitas, comentarios hirientes, pero como eran imbéciles usaban el Mac para hacerlo. Tecleaban con el ordenador sobre las rodillas:
¿Has visto que patético? (en ese momento asistían a una ponencia sobre el arenque en salazón y su relación con el canon de Bloom en la narrativa postcolonial).
El nivel de esta gente es de tercero de la ESO.
Claro tía, porque nosotras citamos a San Juan, a Teresa de Jesús...
Nosotras nos basamos en fuentes de todo respeto, cultas...
Como Derridá...
Y en el campo literario de Bourdieu.
Y no olvides el régimen nocturno, digestivo, de Durand.
Ni a Barthes...
Es que, ¿sabes tía?, nosotros somos cultas.
Somos unas INTELECTUALES, ja, ja, ja.
Ni lo dudes, es que ¡fíjate como hablan, no saben ni leer!
Si, tía, somos INTELECTUALES; estamos a otro nivel.

Las dos imbéciles se fueron a la mierda, quiero decir, que no se quedaron por más rato a soportar la tortura de escuchar unos ponentes tan por debajo de sus intelectuales inteligencias, y se montaron en el coche de camino a la gran ciudad.
Un camión aceitoso se interpuso entre ellas y sus inteligencias. Ahora podrían reflexionar sobre el campo literario de Bourdieu mientras pasaban el resto de sus vidas como unos vegetales, enganchadas al respirador, o sobre la deconstrucción de Derridá mientras alguien se apiadaba de ellas y les apañaba la reconstrucción de una cara nueva con la piel sacada del culo.

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