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miércoles, 27 de junio de 2012

El segundo armisticio del bosque de Compiègne


-Afueras de París, veintiuno de junio de 1940-

El once de noviembre de 1918, con el enfermo de Pasewalk sumido por entonces en reflexiones y negros presagios, anegado en sus densos deseos de venganza, tan densos y tan negros como la estática humareda que permanece tras el impacto de un obús, ese día, a las cinco y diez de una fría y neblinosa madrugada entre la nieve, dos vagones de ferrocarril coincidieron en un claro del bosque de Compiègne, a cincuenta kilómetros al norte de París. 

Uno de los convoyes pertenecía a los aliados y, el otro, a los alemanes. Los derrotados fueron invitados al vagón número 2419 D, el vagón del mariscal Foch. En su interior les aguardaba una mesa rodeada de diez sillas y sobre la mesa diez documentos que expresaban las condiciones de una rendición mucho más de diez veces humillante. Esa misma mañana se efectuaba el alto el fuego en todos los frentes, ya demasiado tarde para August Macke y Franz Marc, demasiado tarde ya para el soldado Oskar Pollak... Una rendición demasiado insoportable para el enfermo de Pasewalk que, al enterarse, se mordía los puños en su habitación del sanatorio y juraba venganza...

Desde entonces, Francia acondicionó el lugar del carrefour de l´Armistice como una zona histórica y monumental: dos losas de granito señalaban el punto exacto en donde se detuvieron los trenes de las potencias contendientes. El vagón, en cuyo interior se firmó el acto final de la Gran Guerra, se exhibía en una nave construida a propósito muy cerca de allí. En 1937 se le añadió al conjunto la estatua del mariscal Foch, colocada junto a un bloque de granito en el que se podía leer: Aquí, el once de noviembre de 1918, sucumbió el orgullo criminal germano, vencido por los pueblos libres que intentó esclavizar. Cerca de dicha inscripción, se erigía el monumento memorial de Alsacia-Lorena que presentaba una impresionante águila de bronce en referencia a los alemanes, caída y atravesada por una enorme espada aliada. Otra leyenda recordaba a los heroicos soldados de Francia, defensores de la patria, gloriosos liberadores de la Alsacia y la Lorena.

Aquella paz fue una paz vergonzosa para los derrotados, un abuso, una paz que manchó de oprobio al bando vencedor, emborrachado en su gloriosa victoria y que no supo, en absoluto, perdonar. Una paz que sentó las bases de toda la venganza, de la carnicería posterior. Al menos, así lo entendía el enfermo de Pasewalk, que se prometió devolverles la jugada a los franceses en el mismo lugar. Y lo consiguió.

A las tres y cuarto de la tarde de un espléndido veintiuno de junio de 1940, Hitler, acompañado de Göring y sus acólitos más siniestros, pisó la tranquila zona en donde veintidós años atrás Alemania se había rendido al mariscal Foch. Los alemanes se tomaron la molestia de trasladar el ajado y carcomido vagón de Foch desde el pabellón en el que se exponía hasta la zona exacta del encuentro original, para recrear, con la mayor exactitud posible, el cuadro del armisticio de 1918, pero a la inversa. Hitler siempre supo ser vengativo.

La delegación alemana se apeó de sus coches frente al memorial de Alsacia-Lorena, cubierto de banderas con la esvástica que no permitían la lectura de las inscripciones ni la visión del águila del Reich atravesada por la espada aliada. Sin embargo, el Führer no pudo evitar leer el bloque de granito, que no se encontraba tapado en su totalidad, y engulló de muy mala gana lo de sucumbió el orgullo criminal germano vencido por los pueblos libres que intentó esclavizar. No llegó a montar en cólera,  pensó que todo eso ya daba igual, no se trataba más que de una vetusta historia que él mismo se encargaba de enmendar, de cambiar. Allí, se iban a escribir nuevas y mucho más brillantes páginas... ¿Acaso no pertenecía ya París al Tercer Reich? Y también debió de acordarse de cuando convalecía en Pasewalk: ahora, el enfermo de Pasewalk se cobraba la deuda. El oprobio de los cuatrocientos cuarenta y ocho artículos de Versalles iba a ser, definitivamente, limpiado.

Hitler ocupó en el interior del vagón la misma silla en la que aposentó sus ilustres posaderas el mariscal Foch. En apenas cinco minutos la delegación francesa apareció en escena, con el general Huntziger a la cabeza y con el mariscal Petaín a su lado, entre otros prebostes.

El general Keitel leyó los términos de la rendición francesa y el resto fue historia, tal y como deseaba Hitler: el Gobierno francés capituló y el vagón del mariscal Foch fue trasladado a Berlín. Se expuso durante un tiempo en Lustgarten, hasta que fue destruido por las SS en el año 1943. Además, se desmanteló todo el complejo y, por supuesto, el insultante monumento de la Alsacia-Lorena.

Adolf Hitler, al bajar del vagón de la firma, expresó su alegría con una amplia sonrisa, con un nervioso palmoteo sobre uno de sus muslos y con una irreverente elevación de la pierna derecha a modo de improvisado pasito de baile. Se le abría un futuro tan prometedor desde allí...

Francia pudo restaurar el complejo del carrefour al termino de la Segunda Guerra Mundial pero el vagón de Foch que se exhibe allí actualmente no es el original, algo que no advierten al incauto turista. O quizás no desean recordárselo al visitante como, también, prefieren ignorar que, sin el orgulloso y humillante armisticio que se firmó allí en el 1918, tal vez la Bliztkrieg no hubiera asolado Europa, ni las hordas de la Wehrmacht violentado las fronteras de Polonia, ni Alemania podría haber esgrimido la resentida paz derivada de la Gran Guerra como una burda justificación de todo el horror desencadenado posteriormente...

Como, tampoco, nunca hubiese sucedido nada, si un amargado profesor de la Academia de Bellas Artes de Viena no considerara necesario suspender, una vez más, el examen de acceso del alumno-candidato Adolf Hitler por dibujar pocas cabezas; sí, pintó muchos paisajes... pero escasas personas en ellos.
           

domingo, 12 de febrero de 2012

Un enfermo de Pasewalk


En el atascado frente de trincheras de Ypres, en Bélgica, las nubes de gas mostaza eran de tal densidad que no le permitían ver nada al soldado de enlace Adolf Hitler, que no cejaba en su empeño de transportar ordenes y claves entre el Alto Mando y el frente avanzado, entre el frente avanzado y la retaguardia... Órdenes destinadas a desencadenar operaciones que deberían de alcanzar un punto determinado del mapa, órdenes para tomar una zona, órdenes para emplazar en un nuevo lugar un nido de ametralladoras estratégico; órdenes, siempre órdenes.

El soldado mensajero Hitler las transportaba, eficiente, de un lugar a otro, en bicicleta, a pie, corriendo e, incluso, en más de una ocasión, arrastrándose por el fango, serpenteando en el lodo.

Al regreso de la entrega de uno de estos mensajes Hitler retomó su posición en el interior de una de las trincheras del regimiento List. Sintió hambre, abrió una de las latas de comida preparada del ejército y con un gran cucharón que apenas sí penetraba por la embocadura del recipiente empezó a comer con ansia. Masticaba con la boca desmesuradamente abierta, junto a otros tres soldados que dormitaban, relajados, sobre el talud de la trinchera, ganándole un inesperado provecho a la inquietante pausa del combate.

En efecto, era uno de esos extraños momentos de relativa paz y el mensajero Adolf, repleto, emitió un brutal eructo de satisfacción al termino de su comida. El silencio se apoderó del instante y una voz en el interior de su cabeza le dijo:

¡Levántate y márchate de aquí, abandona la trinchera!

Al principio, no le prestó mayor importancia, pero transcurrido un rato, la vocecilla insistió en su aviso. Hitler, asustado, miró hacia a ambos lados y contempló a sus compañeros que reposaban exhaustos y confiados. La voz repitió la advertencia y, entonces, decidió obedecerla: se levantó y abandonó la zanja. Cuando se parapetaba en otro lugar, el silbido de un mortero rasgó el aire; el impacto, justo en el centro del sitio que ocupaba antes, aniquiló a sus tres camaradas.

Esa fue la primera vez en que el futuro Führer escuchó esa vocecita interior providencial, tal y como él mismo la calificaría desde entonces. No cabía duda, pudo oírla con claridad en el interior de su cabeza, la obedeció y salvó la vida por ello. Acató la orden ante lo insistente de la advertencia, de manera automática, como si se tratase de la mismísima ordenanza militar dictada por un superior. Ante la vocecita no cabía la posibilidad de rechistar.

En ese instante, al abandonar la trinchera, se inició la relación entre Hitler y la voz interior que tan a menudo le hablaría. Desde entonces, siempre iba a saber cómo actuar al escucharla; la consideraba una inspiración divina, la Voz de la Providencia, tal ves lo que una vez leyó en algún lado: ese aliento pitagórico de Dios. Esa voz acababa de salvarle la vida en la guerra y se juró que, junto a ella, conduciría al pueblo alemán hasta la victoria. Esa voz era una demostración de la predestinación del caudillo, de su relación verdadera con la Providencia.

Y esto era algo indudable para él.

Más adelante, en pleno auge del Tercer Reich, Hitler achacaría a la voz el mérito de salir indemne de varios atentados, porque demostró una anticipación a los sucesos más propia de un demonio que de un ser humano. Sí, era la voz, que le avisaba del peligro como aquella vez, en las trincheras... Sin embargo, un tiempo después, lo que la voz no le advirtió, o tal vez no quiso hacerlo para, así, alejar a Hitler definitivamente de los peligros del frente, fue de la amenaza que representaba una densa nube de cloro gaseoso lanzada desde las posiciones británicas. Los alemanes contestaron con un contraataque de gas mostaza sobre las posiciones francesas que, producto del caprichoso viento, se les volvió en contra, quedando atrapados entre dos humaredas tóxicas.

El molesto e irritante humo golpeó en la cara del recién ascendido a cabo Adolf Hitler. Primero sintió un súbito escozor para, después, apoderarse de él la ceguera. Presa de los nervios desatados ante el pánico que le causaba la certeza de quedarse ciego, con la cara despellejada que le ardía, comenzó a proferir aullidos de pavor y a corretear, sin sentido ni dirección, de un lugar a otro del frente. Se caía a menudo por entre las trincheras, se enfangaba, provocaba el caos y la confusión entre los soldados, aunque también desataba la carcajada en unos pocos, que se reían y se burlaban de verlo así, con tan infinita torpeza. Tropiezo tras tropiezo, rodaba por los taludes embarrados, como un tonto.

Al final se dieron cuenta de que no era presa de un ataque de histeria provocado por el miedo al combate y que, de verdad, el cabo Hitler se encontraba cegado. Como se arriesgaba a que un tommy inglés le pegase un tiro, que con tanto ir y venir era un blanco perfecto en mitad del revuelo, unos sanitarios se lo llevaron cogido de ambos brazos. Allí se despedía Adolf Hitler del frente de la Gran Guerra. La próxima vez que Alemania, su Alemania, entrase en una contienda, sería él quien dirigiría a mariscales y lugartenientes, no como sucedió hasta entonces, que ese atajo de inútiles lo mandaron a él, un mísero cabo.

Pero eso ya sería otra historia: una historia que se empezó a rumiar en el sanatorio pomerano de Pasewalk, cercano a la localidad de Stettin.

Pomerania, noviembre de 1918:

El enfermo de Pasewalk llevaba internado casi un mes. El enfermo de Pasewalk hacía relativamente poco que se levantaba y comenzaba a dar algunos tranquilos paseos por los jardines del hospital. Se recostaba sobre las paredes de los pasillos para reposar su agotado cuerpo y comenzaba a ver algo más que la borrosa nube aguada que, desde la lesión, aparecía ante sus irritados ojos. Porque cuando los médicos le quitaron las vendas creyó desesperarse: tras varios días en la más absoluta de las oscuridades, días en los que soportó la administración de las pomadas oftálmicas para aliviar la quemazón de los párpados, sólo lograba atisbar delante de él una masa informe, decolorada, borrosa y caldosa, indefinible. El facultativo le recomendó paciencia y tranquilidad, que poco a poco recuperaría la vista. Era una suerte, no perdería visión y, además, para cuando viera por completo, la guerra estaría terminada, definitivamente perdida para Alemania, con lo que no se vería en la obligación de reincorporarse a filas. Las noticias que llegaban del frente eran preocupantes. Informaban de deserciones en masa, de batallones enteros pasados a las filas enemigas, de soldados que tiraban sus fusiles al suelo y salían despavoridos, de masacres, de divisiones aniquiladas por completo, de errores en el Alto Mando Estratégico, de una absoluta pérdida de la moral de combate, del extravío de la fe en la victoria.

¿Suerte? ¿Eso era tener suerte? ¡Él no era ningún cobarde! Deseaba recuperarse lo antes posible para volver a incorporarse a su regimiento List, para regresar al frente a batallar y a entregar, si eso era necesario y por el bien de la victoria, su vida por Alemania. No, él no era ningún cobarde, desde luego, de esos que buscan herirse por cualquier medio, autolesionarse, o que se fingen enfermos, empeñados en denodados esfuerzos por contraer alguna enfermedad contagiosa o infecciosa que los libre de acudir a las trincheras.

Escuchó multitud de historias diferentes al respecto. Un recluta de Praga se inyectó petróleo en las rodillas y en los tobillos para simular reuma edematoso, un soldado austriaco se dejó atropellar por un carromato en las calles de Viena para así quebrarse un miembro, unos amigos de Budapest se bañaron durante varios días de copiosas nevadas en el Danubio y pescaron unas tremendas pulmonías... Incluso, ya en el mismo frente, muchos se disparaban adrede, se clavaban astillas, púas y alambres.

Los desdichados que, ingeniosamente según ellos, se disparaban, bien pronto era descubiertos... Los restos de pólvora alrededor de la herida –en el pie o en una pierna- delataban a los médicos la existencia de una detonación a quemarropa imposible de ser efectuada por el enemigo atrincherado en lontananza. Se los condenaba a muerte y, en el caso de que tuvieran que amputar la zona afectada, aguardaban a que el paciente se hubiera recuperado por completo para ejecutarlo. Se suponía que, durante la convalecencia, el reo tendría tiempo de reflexionar sobre su cobardía; así servía de ejemplo a los demás soldados, siempre tentados de elegir las autolesiones como una manera de abandonar el frente por la vía rápida.

De hecho, en la caja de reclutamiento de Viena eran tropel los que se presentaban para alegar enfermedades, taras, lesiones congénitas y otro puñado de mentiras. Allí, el sistema para que los mentirosos reconocieran su culpa era bien sencillo: varios días a pan y agua, a dieta o en ayunas, continuas purgas, administración de vomitivos y lavados de estómago, mucha quinina amarga y, como último remedio, horas envueltos en sábanas y mantas empapadas en agua helada. Después del tratamiento ninguno se atrevía a mantener su enfermedad ficticia y todos deseaban acudir al frente aunque, a veces y durante la estancia, hubieran contraído verdaderos males que ahora sí que los incapacitaban de verdad; pero ya no querían ni oír hablar de escaparse.

Hitler reflexionaba sobre estos asuntos y se mordía los puños por la desesperación que le producían los últimos partes de guerra y el no poder acudir en ayuda de tantos y tantos compañeros que lo necesitaban en su regimiento. Todas las mañanas, a las doce, el cura del sanatorio leía copia de un informe que se colgaba en la puerta de ayuntamientos y parroquias. El doctor Wegmüller acompañaba al párroco y los enfermos capaces de trasladarse hasta el pabellón de ocio se les arremolinaban en derredor para escuchar las novedades. Otra vez, como en los últimos días, incluso se diría que en las últimas semanas, las noticias no eran buenas, aunque la Komandatur intentaba disimular un poco y no expresar los desastres y las retiradas con palabras y frases claras, pero Hitler, como casi todos a esas alturas, sabía leer entre líneas. Si decían rectificaron sus líneas hasta posiciones defensivas hablaban de una humillante retirada, del vergonzoso sálvese quien pueda.

La ineludible cita con el parte de las doce se repitió durante unos días llenos de incertidumbre. Una aciaga mañana, el párroco y el doctor Wegmüller se mostraban más apesadumbrados de lo que en ambos ya era habitual: informaron de la rendición de los Imperios Centrales. Con Alemania derrotada, tan solo quedaba por firmar el armisticio. Era el final de la monarquía por la que tanto lucharon, ahora se avecinaban turbulentos tiempos de república, a expensas de los caprichos de los vencedores. Alemania en manos de judíos, rusos, comunistas, republicanos... ¡Demasiado para el joven Hitler!

Hitler, recostado sobre la pared, desolado, se dejó escurrir de espaldas y quedó sentado en cuclillas. Las lágrimas brotaron a sus ojos, la rabia y la indignación se apoderaron de él. Un espeso y dramático silencio flotaba sobre el pabellón de ocio del sanatorio de Pasewalk, inusualmente abarrotado de médicos y enfermeras e, incluso, de los enfermos que apenas si podían tenerse en pie.

-Bueno, pues ya ocurrió... -murmuró alguien.

-Esto se ha terminado, era cuestión de tiempo -y la voz sonaba amarga, resignada. Poco a poco, todos retomaron sus ocupaciones y volvieron a sus habitaciones; todos, menos Hitler, que rumiaba su venganza, convencido de que a Alemania le acababan de asestar una puñalada por la espalda, la Dolchstob, una traición perpetrada por los políticos que la mandaban, por la casta endiosada de barones y condes, de la nobleza de monóculo que aglutinaba los altos mandos y, como máximos culpables, los soldados cobardes, judíos en su mayoría, así opinaba, que dejaron al país en la estacada con su vergonzosa huida del campo de batalla.

¡Qué diferentes eran sus lágrimas de ahora comparadas con las pretéritas lágrimas de alegría que vertió entre la multitud de la manifestación patriótica de Munich, en la Odeonsplatz! Cuando la muchedumbre, y él entre ella, inflamada por la proclama mediante la cual Alemania declaraba la guerra, comenzó a entonar el Deutschland über Alles y el Die Watch am Rhein. Entonces, se dejó llevar por un llanto de alegría, henchido de un espíritu popular de patriotismo y fe en la victoria. Parecían esos tiempos unos tiempos tan lejanos...

Sí, que diferentes eran ahora esas lágrimas.

Con gran dolor comenzó a llorar, a llorar como sólo lloró una vez antes, frente a la tumba de su madre.

Ocho días después de la firma del armisticio, el once de noviembre de 1918, Adolf Hitler, el enfermo de Pasewalk, recibió el alta médica. Ahora podría vengarse de quienes apuñalaron a Alemania por la espalda, de todo ese grupo de rufianes que se aprovechaban de la guerra para apoderarse del país, de los perpetradores de la mayor villanía del siglo.

Sí, pensaba vengarse.

Y vaya que se vengó.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Espuma de mar en la ribera del río Isonzo


En las cercanías de Görz: Cuartel General de la División de Voluntarios Austriacos; retaguardia del Frente Alpino del río Isonzo –Estafeta Postal-, 15 de septiembre de 1915.

El aspecto del capitán de correos Palotay siempre era el mismo: aturdido. Aturdido por la gran cantidad de cartas que el Estado necesitaba censurar, embotado por la enorme pila de pliegos que cada día leía con ojos escrutadores, con la mayor de las atenciones posibles, pendiente de un detalle aquí, de un desliz acá, de una indiscreción más allá que, con pulso firme y trazos gruesos, eliminaba para dejar ilegibles. Tal era el proceso del censor Palotay: abría los sobres (que alcanzarían su destino violentados por el bien de la seguridad nacional), extraía y leía con atención las cartas y reprobaba sin miramientos.

Con enorme cansancio, sujetó entre sus manos una nueva misiva que recogió del infinito montón apilado junto a su escritorio. Contempló el remitente y se dijo: Otra vez ese Oskar Pollak del demonio, que no para de enviar cartas. Rasgó el sobre, extendió el papel en la mesa e inició la lectura. El encabezamiento databa, con pelos y señales, el lugar de estacionamiento de la división de Cazadores Austrohúngaros.

-¡Sólo le falta indicar las cotas métricas y el número de baterías que defienden nuestras posiciones! -exclamó indignado Palotay para preguntarse, después, mientras encendía una pipa de espuma de mar con la magnífica cabeza de un dogo esculpida en la cazoleta-: ¿No será un espía? –las dudas eran razonables, a otros, por mucho menos, les formaban Consejo de Guerra.

Con gran celo tachó la información prohibida para, a continuación, desmenuzar con tiento el resto del contenido:

‹‹En el Frente XXXXXXXXXXXXXXXX

‹‹Estimado y querido Franz:

‹‹Espero que la palabra “Frente”, escrita en el encabezamiento de la carta, no te cause miedo ni intranquilidad. Queda sin preocupaciones por tu amigo que, pese a encontrarse, en efecto, en el Frente, también se encuentra a salvo. Hacen falta más que unas divisiones italianas para terminar conmigo y, por ende, con el ejército austriaco desplegado por la zona.

A continuación, Palotay aplicó una nueva censura: consideró que resultaba demasiado peligroso citar el lugar de nacimiento del río porque eso proporcionaba pistas de la ubicación de las tropas en ese instante. Mientras, el humo de su pipa se elevaba al compás de unas detonaciones lejanas, quizás de baterías italianas, tal vez austriacas. ¿Quién podría saberlo desde allí, tan lejos? Prosiguió con la lectura:

‹‹Casi me parece mentira que el plácido curso del río que nace en XXXXXXXXXX, con sus apacibles recodos, pueda concentrar el espíritu bélico de dos naciones. A ti, querido Franz, te gustaría ver el paraje, te ayudaría a disipar la nubosa y gris languidez que te rodea en Praga, esa Praga que amas y odias por igual y que, ¡ojala me equivoque!, un día terminará por consumirte anegado y ahogado en tu tristeza.

‹‹¡Basta ya de melancolías! ¡Miremos al futuro con optimismo creciente! A continuación paso a exponerte una muestra de mis proyectos, ambiciones que conformarán el futuro, ese futuro que será nuestro por entero, futuro en el que nos comeremos el mundo. Dejé en Praga, ya casi listo para su edición, un manuscrito titulado La Actividad Artística Bajo el Papa Urbano VIII que, a buen seguro, deberá ser publicado en dos tomos. Te ruego que, si dispones de tiempo, te dirijas a casa de mis padres y se lo pidas; ellos esperan ansiosos tu visita. Me encantaría que sometieras el trabajo a un vistazo crítico de los tuyos. Y digo crítico, por supuesto, que ya sabes que de buen grado aceptaré todos y cada uno de tus reproches.

‹‹Por otro lado, Franz, amigo, mantengo aquí, a mi lado y en el cuartel, los manuscritos de los trabajos que he realizado acerca de los pontificados de Inocencio II y de Alejandro VII. Tal vez no sea el lugar más adecuado para ellos, ¡estoy seguro de que no lo es!, pero debo reconocer que mis papelotes me han abierto la franca amistad de un capitán amante del arte y de la historia que se ha mostrado muy interesado en mi proyecto de elaboración de una bibliografía sobre las guías artísticas romanas. Al enterarse el capitán Tadeusz, que así se llama mi superior, de que he viajado por Viena y Roma, en calidad de crítico de arte, de que me ocupo del periodo barroco y de la historia arquitectónica de Praga, casi se desmaya, de lo gran amante del arte que es. Así que ya lo ves, gracias a mi pasión por la belleza incluso aquí he conseguido a un buen amigo.

Palotay no sabía cómo actuar. ¿Qué partes de ese párrafo eran inconvenientes? ¿Quién era ese Franz? ¿Debería conocer ese tal Franz que la Oficialidad, en lugar de pensar en la batalla, se entretenía con los soldados, enzarzada en charlas artísticas? ¿Qué imagen daba así el Ejército Imperial?

‹‹En cuanto todo esto acabe pienso iniciar una biografía de Pietro de la Cortona y, por supuesto, continuaré abundando en el arte italiano, no muy bien visto por aquí, en mitad del conflicto, continuamente encañonados por rifles de esa nacionalidad. Ya sabes, las guerras tan sólo son un mero accidente que enfrenta a los hombres; después, italianos y austriacos volveremos a ser los camaradas de siempre.

¡Eso ya era intolerable! Enardecía la cultura enemiga, instaba a la reconciliación, a la tregua, a la paz con los países hostiles. No, Palotay no pensaba pasar eso por alto y con un furioso golpe de su muñeca tachó el párrafo entero. Menos mal que el soldado se despedía con un cierto ensalmo patriótico. Eso lo salvaba, de momento, de que elevara un informe y se le abriera un expediente por derrotismo que podría culminar en juicio sumarísimo:

‹‹En fin, amigo Franz, ¡toda mi admiración por Durero! He comenzado las primeras líneas de su biografía, pero me temo que será un trabajo muy largo.

‹‹Suerte, pronto volveremos a vernos:

‹‹Tu Oskar Pollak, voluntario austriaco.

‹‹Post Data:

‹‹Aprovecho para saludar a tu inseparable amigo Max Brod, ¿le va todo tan bien?

Palotay sonrió con malicia y decidió eliminar todos los párrafos inconvenientes, incluido en el cual Pollak se refería a su amistad con el superior y al gusto del capitán por el arte. La carta quedaba insulsa, reducida en sus tres cuartas partes, pero los soldados ya sabían a lo que se exponían. Arrojó el sobre al interior de una saca que rebosaba de misivas ya censuradas y avisó a su ordenanza para que la despachara. El secretario, de mala gana -maldecía rezongando entre dientes-, se llevó el fardo de allí no sin antes colocar en su lugar uno vacío, que se iría engrosando poco a poco con el goteo de nuevas cartas inspeccionadas.

Satisfecho con su actividad, Palotay cargó y encendió una nueva pipa y se recostó en la silla. El aroma del tabaco, las vaharadas del humo, lo sumieron en un sueño agradable y cálido en donde un enorme caldero de goulash expandía sus aromas a carnes y especias al arrullo de las detonaciones que se sucedían en el Frente, cada vez más cercano.

***

Un estampido brutal despertó a Palotay. Tal fue el susto que la pipa de espuma de mar se le cayó al suelo.

-¡Mierda! -exclamó con disgusto, puesto que el material era muy frágil y con cualquier golpe podía quebrarse, además de ser un recuerdo familiar muy apreciado. Cuando su bisabuelo se reunió con otros criadores del Dogo Alemán, allá por el mil ochocientos ochenta y siete, con la intención de crear la normativa y los estándares del animal, decidió encargar a un gran artesano la elaboración de una pipa cuya cazoleta reflejara lo más fielmente posible las enhiestas orejas del que se consideraría el Apolo de los Perros. Con buen criterio, el artista eligió la espuma de mar, material que proporcionaba las mejores características para esculpir…

Se agachó para recogerla y se congratuló de su buena suerte: parecía que no sufría desperfectos. Alargó la mano, ya la alcanzaba…, entonces, un estruendo terrible agitó la Estafeta Postal. La pared, que lindaba con uno de los taludes de la trinchera, se desmoronó producto del fuego de tambor de las baterías italianas y un violento chorro de agua embarrada penetró con furia y arrastró la pipa un poco más allá.

Palotay juraba a gritos. Con el agua a media pierna chapoteaba desesperado entre el limo. El ordenanza abrió la puerta alarmado y chilló:

-¡Italianos!, ¡son los italianos que ya vienen! –Palotay no prestó mucha atención a la advertencia. Agitaba los brazos entre cartas, enseres y artilugios de escritorio que flotaban a su alrededor. Creyó que si disponía de unos minutos más, tal vez uno solo, sería capaz de recuperar su amada pipa.

domingo, 27 de noviembre de 2011

El "valiente y respetable enemigo" enterrado


Veinticuatro de abril de 1918:

Era una mañana entre nublada y soleada que terminó por cerrarse con grandes y negros nubarrones que eligieron descargar una pesada lluvia en el mismo momento en que se enterraba el féretro de Manfred von Richtofen, alias el Barón Rojo.

El ataúd desfiló a hombros de los miembros de su escuadrilla. Encabezaba la marcha un cura que recitaba responsos y, a los lados, varias filas de soldados en actitud marcial presentaron sus armas y honores a los restos del piloto caído y, en extraño y romántico gesto, una de las coronas que adornaban el ornato fúnebre fue enviada por sus propios adversarios. En ella podía leerse:

A nuestro valiente y respetable enemigo.

Repetidas salvas de fusilería, bajo la tenaz lluvia, acompañaron las paletadas de tierra que ocultaron el féretro.

La gloria fue para Errol Flynn


Trincheras del Somme, en la tarde del veintiuno de abril de 1918

Antes de que el aparato de Roy Brown aterrizase en el aeródromo de Bertangles la noticia ya corría como la pólvora. Que se mostrara algo azorado en su modestia al descender de la carlinga no era sino una mera pose. Acababa de sobrevolar de forma rasante el campo de trincheras del valle del Somme para rubricar su hazaña. Henchido de orgullo se pavoneó en el aire como uno de los gallos de Faverolles del mariscal Merde, en un claro reclamo para sí de la paternidad del derribo. Todo el mérito de haber terminado con el Barón Rojo era suyo y, allá abajo, los soldados atrincherados lanzaron sus cascos al aire en señal de alegría y agradecimiento. Y Brown pensó que eso era lo mejor de todo, el agradecimiento. Se lo agradecían, por eso se preocupó de que nadie albergase la más mínima duda acerca de lo que allá arriba acababa de ocurrir: él era quién debía de pasar a la Historia como el piloto que abatió al mito alemán.

-Yo preferiría brindar con una buena cerveza -les dijo a los muchachos que ya lo rodeaban alborozados y sin apenas darle tiempo a bajarse por completo del avión. La ocurrencia se celebró con una gran risotada. Se apiñaban los mecánicos, los mozos de hangares, los soldados del retén, los encargados del aeródromo, los de intendencia, sus otros camaradas pilotos... que le propinaban sonoras palmotadas en la espalda, apretones de manos, piropos, elogios, alharacas, enhorabuenas. Entonces, el corrillo se abrió y apareció el comandante con una botella de champán en una mano y la espumosa jarra de cerveza en la otra.

-¡Muy bien, muchacho! -le felicitó a la par que descorchaba la botella y salpicaba a todos con un reguero de líquido. A las pocas horas, Brown recibía un mensaje del Alto Estado Mayor Aliado: le proponían para un par de condecoraciones, el Gobierno del Canadá lo invitaba personalmente para un acto de reconocimiento y se le concedían dos semanas de permiso. Luego vendrían los homenajes en Toronto, en su barrio, en su escuadrilla, y las medallas, los diplomas, las conferencias, una biografía, una película de Hollywood, la fama, el éxito...

Ajeno a todo, el ametrallador Perth aplastaba la cara contra el embarrado suelo de la trinchera como una manera de que no se la volaran los fragmentos desprendidos de las carcasas de los obuses. Con los ojos llenos de tierra y con los churretes de barro que correteaban por sus mejillas, poco podía saber él de la cantidad de homenajes y de fama que el aviador Brown cosechaba por un derribo que tan sólo se le podría atribuir a Perth.

Sin embargo, no muy lejos de las trincheras, en las tiendas de campaña, el sargento de la compañía a la que pertenecía Perth luchaba a brazo partido con la burocracia y el estamento militar para que se reconocieran los méritos del soldado, que no sería sino reconocer los méritos de la división australiana, que incluso podría recibir una medalla. Con ella vendría aparejada la gloria.

-Es una inyección de moral para la tropa, señor -el sargento mentía, ese argumento no era cierto en absoluto, tan sólo perseguía su propio éxito al mando- y además, lo que es justo es justo, ese Brown no merece, ni de lejos, toda la polvareda triunfal que se ha montado a su alrededor.

El coronel escuchó con atención la historia de su sargento. Tras reflexionar unos minutos resolvió que trajeran de inmediato al ametrallador Perth ante su presencia. El sargento, al escuchar la orden, supo que acababa de conseguirlo, que se terminaría por saber la verdad y que se despojaría a Brown de tan injustos honores. Se levantó eufórico, saludó a su superior y gritó alborozado:

-¡Al instante, señor!

El sargento corrió a lo largo de la línea del frente y gritó incansablemente el nombre de Perth. Siempre se encontraba con alguien que acababa de verlo o que sabía de su última posición. “Iba por allá”, “le vimos en esas trincheras de allí”... y las indicaciones y las conversaciones se interrumpían bruscamente por el impacto de algún obús o por el tableteo del fuego de las ametralladoras enemigas.

-¿Es cierto eso que se comenta por ahí? -le preguntaban los compañeros a Perth, pero él manifestaba no saber nada de nada, ignoraba a que diantres se referían. Al enterarse de que se le atribuía el derribo del Barón Rojo sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. “No puede ser”, pensó. Era un hombre más bien tímido, no quería notoriedad, prefería mantenerse alejado de la fama, de las condecoraciones, de los homenajes.

Prefería continuar con vida.

-¡Te propondrán para una medalla, una de las gordas! -le gritó un compañero. Perth se notaba aterrado por la responsabilidad.

“¡Perth, ametrallador Perth, Perth, Perth, Perth!”, le llamaba sin cesar el sargento por entre el barrizal de la línea de trincheras. “¡Señor!”, le avisó un soldado. El sargento se volvió expectante. “Lo busca por lo de la medalla, ¿no es verdad?”. El sargento meneó la cabeza afirmativamente. “Pues no lo busque más, que ya lo ha encontrado, está por ahí detrás desde hace un par de horas”, y le señaló el talud de una profunda trinchera.

Con gran nerviosismo, el sargento rodeó el montículo para aparecer por el lado más bajo de la trinchera, el que miraba a la retaguardia, a la vez que gritaba alborozado: “¡Maldito sea Perth, llevo todo el día buscándolo por en medio de este barrizal infernal!”. Y añadió un: “¡Venga, vamos!, lo llaman de Comandancia, le van a dar una medalla por lo de...”, pero no pudo acabar la frase. Al girar y descubrir el suelo de la trinchera se encontró con cuatro cadáveres en fila. El tercero por la derecha era el del ametrallador Perth. Un gran agujero abierto en su pecho dejaba ver algunas costillas desgajadas y un reguero sangriento. Un gran agujero justo en el lugar en el que iban a colgarle la medalla.

“Ha muerto sin la gloria que merecía...”, reflexionó el desencantado sargento, que se acababa de quedar sin la propia gloria que para sí tanto ansiaba. Nunca condujo a Perth en presencia de los superiores, nunca se investigó la autoría real del derribo. Brown pudo disfrutar de un par de semanas de permiso y descanso en Canadá y pudo sacar brillo a sus medallitas.

Al fin y al cabo, las guerras necesitaban de héroes, daba igual quienes fueran, acertados o no.

Errol Flynn encarnó a Brown en la película.

viernes, 18 de noviembre de 2011

El últmo vuelo del Barón Rojo


-Sobre el frente del Somme en la mañana del veintiuno de abril de 1918-

-¡Ahí vienen, ahí vienen! -le advirtió su compañero, el servidor de la ametralladora.

Perth se encontraba entre tenso y asustado, pero en absoluto nervioso, no podía temblarle el pulso ahora que dependía su vida de ello. Varios aviones alemanes, en formación de ataque, perseguían a un grupo de combate inglés sobre el cielo del frente del Somme. Desde abajo apenas podían ayudar a sus compañeros aliados, la altura era demasiada como para soñar en acertarles a los aparatos con los disparos desde el nido de las ametralladoras.

Como sucedía cada mañana en el campo de aviación de Cappy, el Barón Rojo montó en su triplano Fokker Dr I y salió, junto a otras dos docenas de aviones que formaban el agrupamiento, a la caza de una escuadrilla de aviones Sopwith Camel aliados que evolucionaban sobre el área del pueblecito de Saylli-le-sec; sería coser y cantar, un trabajo fácil. Les infligían tantas bajas a los ingleses que sus pilotos eran cada vez más jóvenes e inexpertos.

El Barón se sentía despejado por las dos tazas de café y pensó que desde entonces siempre desayunaría dos tazas, tal era el grado de alerta en el que se encontraba.

Avistaron la escuadrilla enemiga y se abalanzaron sobre ella. Muy pronto comenzó la mengua aliada; por contra, los alemanes apenas sufrían algún rasguño en la carena de sus aviones. En eso, Von Richtofen, demasiado excitado y seguro de sí mismo, tal vez por la taza extra de café ingerida, se lanzó en una alocada persecución en pos del alférez novato Wilfrid May. Traicionaba así a sus maniáticos y milimétricos hábitos, a sus ritos sagrados, pero no por segunda vez en ese día, sino ya por tercera vez porque, justo antes de acceder al hangar donde se encontraba su avión, se dejo hacer, en contra de la superstición de la flotilla, una foto junto a un perrillo. Esa foto del barón, sujetando a un fox terrier en sus brazos, se haría famosa al convertirse en la última imagen de Von Richtofen con vida.

Sí... se dejó fotografiar y, además, se tomó una taza extra de café... Pero, sobre todo, y eso era lo grave, se dejó fotografiar antes de un combate.... De repente, se encontró sin cobertura por parte de su escuadrilla, abismado en un vuelo demasiado cercano del suelo.

Sintió varios impactos en la cola del aeroplano que provenían de la ametralladora Vickers del capitán canadiense Roy Brown. El enemigo se aprovechaba de su retaguardia desguarnecida y le hostigaba. Richtofen debía de olvidarse del novato al que perseguía, remontar el vuelo y ponerse a salvo del posible fuego de tierra. ¿Cómo era tan estúpido para meterse tan abajo, entre dos líneas de disparo? Pensó en que la culpa de todo radicaba en la segunda taza de café, que obnubilaba sus nervios... pero sabía que el problema era el gafe de la maldita fotografía.

Una ráfaga de ametralladora lanzada desde el frente de tierra le segó el pecho.

El aparato del Barón Rojo se empotró contra los árboles de un bosque cercano. Los soldados que presenciaron desde tierra la maniobra de Brown lo celebraron alborozados. El piloto canadiense levantó los brazos en señal de alegría y ejecutó dos triunfales pasadas rasantes sobre el frente aliado para atribuirse todo el mérito del derribo.

-¡Lo he visto todo, soldado Perth! -le advirtió su sargento.

-¿Qué es lo que ha visto, mi sargento? -preguntó Perth, todavía aturdido por la salva de disparos que acababa de lanzar al aire.

-¡Que acaba de derribar al Barón Rojo! -pero el soldado ametrallador Perth se encontraba tan exhausto de la refriega que le temblaron las piernas, se quedó sin aire y se desplomó sin sentido. Su sargento salió a toda prisa de allí, en dirección a las tiendas de la Comandancia:

-¡Debo de informar sobre esto! ¡La gloria del derribo le pertenece a nuestro pelotón! ¡Será una sensacional inyección de moral para nuestros hombres!

El ametrallador Perth fue reanimado con un poco de agua sucia y embarrada

En el hangar alemán, un hombre con un fox terrier y una cámara fotográfica en brazos se deshacía en impacientes preguntas acerca de cuándo regresaría el Barón Rojo, de quien ansiaba una nueva fotografía tras su misión triunfal.

martes, 15 de noviembre de 2011

El ametrallador Perth saborea su té


-Trincheras del Somme, en la mañana del veintiuno de abril de 1918-

-¡Hum! –fue el placentero suspiro del ametrallador Russell Perth, del VI regimiento aussie de Infantería; un suspiro placentero producto del reconfortante paladeo de su té matutino, un bebedizo elaborado entre las trincheras y los agujeros de obús del frente del Somme, entre el barro y que, al menos, le servía para calentarse los congelados dedos y las palmas de las manos, unas manos apenas protegidas por unos sucios mitones.

Durante esas primeras horas en las trincheras no solía existir mucho jaleo. Eran unas horas que Russell Perth aprovechaba para desperezarse ante una nueva mañana, una mañana más de nubes y lluvias torrenciales. Los bombardeos, el fuego cruzado de obuses y los gases venenosos, solían empezar pasadas las diez de la mañana. Era como si se hubiera establecido un acuerdo tácito para permitir el descanso de los hombres, para que todo el mundo pudiera disfrutar de sus desayunos... por llamar a la taza de agua sucia de alguna manera.

¿Qué hacía un australiano allí, en el frente de Bélgica, tan alejado de su casa, de su tierra, de su isla? Perth no encontraba respuestas, solo sabía que, tras alistarse y soportar un largo viaje, terminó en la embarrada Europa.

-¡Cuidado! -gritaron dos observadores. Los enemigos cumplían milimétricamente con el horario habitual del ataque: las diez en punto y, desde lejos, una escuadrilla de aviones alemanes se aproximaba hacia la situación donde se ubicaba Perth. Arrojó la taza con los restos de su humeante té al suelo y adoptó una posición defensiva en su nido de ametralladoras. Asió el arma fuertemente con ambas manos para, acto seguido, apuntar al cielo.

martes, 8 de noviembre de 2011

El último café del Barón Rojo


-Aeródromo de Cappy, en la mañana del veintiuno de abril de 1918-

-¡Hum! -el placentero suspiro de Manfred von Richtofen, más conocido por sus temerosos enemigos como el Barón Rojo, obedecía al primer sorbo de café negro y espeso, caliente y amargo, tan delicioso, con el que siempre acostumbraba a iniciar el día.

Eran las nueve de la mañana y Von Richtofen, de veinticinco años de edad, el más famoso y legendario de los pilotos alemanes, saboreaba, metódico como siempre, su taza de café. Era un ritual, su ritual, le gustaba sentirse despejado y con la adrenalina a tope, excitado por el efecto de la cafeína, que ponía todos sus huesos y músculos en tensión, con los sentidos alerta.

Como sucedía con el albor de cada nueva jornada estrenada en el bar de oficiales, alguien le preguntó por el número que sumaría la siguiente baja que ocasionase a los aviadores británicos y franceses, esas bestezuelas que volaban, resignadas, al matadero, frente a la ametralladora Spandau de su nave:

-La ochenta y uno -adelantó. Un compañero se sonrió al otro extremo de la barra. Lo admiraba con el orgullo de sentirse alemán, como Von Richtofen, el mayor as de la aviación existente. Ochenta derribos a sus espaldas eran muchos derribos.

Las misiones de vuelo sobre el territorio del Somme se habían prolongado hasta demasiado tarde durante la jornada anterior y Richtofen llegó tan cansado que apenas pudo conciliar tres horas de sueño. Aún antes de la llegada del amanecer ya se había puesto otra vez en pie, nervioso. Quizás se sentía un poco atontado por el madrugón, por lo que tomó una decisión que contravenía con sus milimétricas manías y decidió saborear otra taza de café antes de salir en una nueva misión.

Luego, se saltaría una segunda norma supersticiosa y, después, a la tercera ocasión en que quebrantó sus rígidas costumbres ese día, perdió la vida.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Panorama del Káiser


En Praga: Plaza de la Ciudad Vieja, marzo de 1918.

Arrastraba el lastre de sus pulmones por las callejas de Praga, perdía trocitos de vida enganchados en los salientes del adoquinado. Una sensación de aplastamiento, el peso de todas las gárgolas y pináculos de la ciudad apuntalados en su pecho para quebrárselo, le obligaba a detenerse a cada pocos pasos, tomar aire con ahogo y proseguir la marcha con la vista perdida en las esquinas, horizontes demasiado alejados para ganarlos sin descanso.

A la vuelta de un chaflán alcanzó la Plaza de la Ciudad Vieja. Le sorprendió un montón de gente arremolinada en derredor de un charlatán que vendía su producto con un vocabulario superlativo. Encima del pequeño entarimado iba y venía, refugiado en sus barbas coronadas con tupidos bigotes, quien decía ser el padre de la criatura que promocionaba. Un empleado de la atracción se aproximó a Kafka y le entregó una hoja bastante bien impresa en la que se anunciaban en alemán las maravillas que se ocultaban en el Kaiserama y que, por un módico precio, el espectador podría disfrutar y asombrarse con ellas a partes iguales.

El término, Kaiserama, le sonó de antes a Kafka. En cuanto se sumergió en la lectura del programa comprendió de qué se trataba:

Sólo durante esta semana en Praga. Dos colecciones de 50 vistas tridimensionales compuestas con los últimos avances de la técnica y de la industria fotográfica. 100 fotografías con una profundidad y un realismo que parecen tener vida propia. El original y único Panorama del Kaíser, ahora rebautizado Kaiserama, réplica del aparato que deleita a los berlineses desde 1883 y cuyo padre e inventor August Fuhrmann se complace traer en persona a todos los praguenses.

A continuación, se desgranaban los títulos y los motivos de las composiciones destinadas a deleitar a los espectadores:

La Plaza del Mercado Nuevo de Hamburgo, Gliptoteca del Museo Nacional de Berlín, unas vistas de Marruecos, otras vistas –muy curiosas- de Constantinopla, imágenes de Praga, escenas de la vida cotidiana en Varsovia, edificios monumentales de Brujas, Amberes y Gante, maravillas de Egipto, el Castillo de Praga, escenarios naturales de Bohemia…

Kafka recordó la primera vez en que contempló un Kaiserpanorama. Fue durante un viaje de negocios, allá por mil novecientos once. Se topó con el ingenio en una atracción de provincias. Entonces, no se alimentaba la profunda animadversión por Francia e Inglaterra, así que las escenas de ejércitos y desfiles, las flotas de buques, las paradas militares grandilocuentes y el propio Kaíser que prestaba su nombre al invento, aparecían en tres dimensiones sin ningún tipo de rubor. Le impresionaron las fotos del Zeppelin Deutchsland en su vuelo inaugural, imágenes que también causaron sensación entre los demás espectadores. Ahora, la Guerra Mundial imponía sus cortapisas, ejercía su censura. De las fotos de entonces al repertorio actual quedaban expulsadas todas las que se referían a familias reales –el Koprinz, el mismísimo Kaíser-, y los retratos de países no muy bien vistos por los Imperios Centrales. Era una lástima, porque el inventor del sistema, Fuhrmann, envió a cientos de fotógrafos por todo el mundo para recoger placas de lugares exóticos y de acontecimientos relevantes. En cualquier caso, ese hombre poseía un aguzado sentido del negocio. Presentaba la atracción en persona, el sesudo inventor convertido en el desaforado charlatán aupado en el estrado y, para la exhibición en Praga, colmó a su ingenio de fotos que reflejaban lugares emblemáticos de la ciudad y de la región.

Con hechuras de titiritero, Fuhrmann ordenó a sus ayudantes que retiraran las lonas que cubrían el artefacto. Una exclamación de asombro del público congregado ahogó en ese momento las campanadas del Reloj Astronómico, que exigía dar las cuatro de la tarde. Por una vez no sería el mítico artefacto, preñado de ruedas dentadas, ejes, bastidores, mecanismos y autómatas, el principal objeto de atención del lugar.

Lo que a Kafka le pareció un samovar gigante, encastillado en maderas barnizadas, cristaleras, platas y dorados repujados, sujeto por un entramado de hierros, se mostró en toda su desnudez para disfrute de los praguenses: consistía en un cilindro de madera de unos cinco metros de diámetro, a modo de carrusel. Veinticinco espectadores tomaban asiento en derredor y acercaban los ojos a una especie de gafas adheridas a la estructura del aparato con las que podían ver en relieve las colecciones de fotos que se proyectaban en el interior.

Se formó, con una brevedad sorprendente, una enorme cola de personas que ansiaban purgar su curiosidad asomada a los atractivos agujeros. Fuhrmann se frotaba las manos, calculaba mentalmente la recaudación y lo fructífera que le resultaría la semana en Praga. Kafka, antes de abandonar el lugar, no pudo evitar acercarse a él para preguntarle:

-Disculpe, caballero –el inventor le dirigió una mirada de soslayo-: ¿Podría explicarme el motivo del cambio de nombre de su invento, de Kaiserpanorama a Kaiserama? ¿Acaso ya no se trata de un panorama?

August Fuhrmann se atusó los bigotes. Antes de responder afloró una gran sonrisa en su rostro:

-¡Todo sea por la Publicidad, por el competitivo mundo publicitario! –se dirigía a Kafka de igual manera, con la verborrea que antes empleó para encandilar a la multitud; al viejo estilo de un chamarilero que quisiera venderle un crecepelo. Como vio que no le comprendía, aún tuvo cierta generosidad para aclarar-: Fue a raíz de mí presentación del producto en América. Allí aprendí nociones de Publicidad. América, un lugar en donde todo es susceptible de ser vendido... Aprendí Publicidad le digo, pero también aprendí que para vender un producto se debe poseer un nombre con gancho. ¿No se atreva usted a negarme que Kaiserama posea mucho más gancho comercial que Kaiserpanorama, tan largo, con unas resonancias, digamos, más indeseables?

Kafka lo entendió muy bien. Fuhrmann trataba de desvincularse del Panorama del Kaíser. Ese nombre recordaba demasiado a las ideas y decisiones políticas que les llevaron a una guerra que Austria-Hungría se encontraba a punto de perder. Kaiserama se ajustaba más a lo que ofrecían las fotos: la vida, la gente y las ciudades en tiempos del Kaíser, pero sin contar para nada con el Kaíser. Además, ese era un buen nombre si Fuhrmann pretendía ampliar su exhibición en el futuro, de gira por países ahora hostiles. Resultaba menos ampuloso, con menores connotaciones negativas ante el enemigo porque, la Publicidad, el Negocio, no entendía de guerras ni componendas.

Mientras se retiraba, el inventor volvió a pregonar las bondades de su producto; podía proporcionar un rato de entretenimiento dentro de tiempos tan duros. Además, Fuhrmann lanzó un desafío a gritos:

-Continúa siendo un panorama, pero ya no es del Kaíser. El panorama pertenece ahora a su creador. ¿Quién sabe si no lo llamaré en un futuro Fuhrmannrama?

Son tiempos duros, son los agotados tiempos del Kaíser, pensó Kafka, que ya alcanzaba la puerta de casa.

-No creo que estos años pasen a la historia como una época de Kaiserama –se dijo en voz baja-; tal vez, a lo sumo, lo hagan como una especie de Kaiserkaleidoscopio. Sí, esa acepción me agrada más…, realmente, ahora que lo pienso, creo que cada uno vive inmerso en su propio Kaiserama, rodeado de sus instantáneas, de los suyos, de sus contemporáneos. En ese sentido, mi Kafkapanorama, bueno, mi Kafkarama, si atendemos a las leyes de la Publicidad americana, bien poco entretenimiento posee. Mi vida es una colección de tediosas fotos en las que el elemento tridimensional no las convierte en más atractivas: un Max Brod congelado en mitad de una lectura en un café; mi padre con un gruñido suspendido frente a la puerta de la tienda; yo mismo, detenido, abrumado en mi cuarto, delante de un cuaderno en blanco, no soy capaz de escribir una sola línea...

Abrió la puerta y, con un hondo suspiro, dejó tras de sí las calles de esa Praga que terminaría aupada por encima de políticas, sucesos y personajes para ser, en un tiempo futuro no tan lejano, la ciudad del más brillante, llamativo y apasionante Kafkarama jamás ideado.

Franz, que ignoraba todo eso, se dedicó a maldecir los ruidos familiares que le impedirían concentrarse para escribir con un poco de sentido.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Aquí dentro se cuece la muerte



En Praga: Caja de Reclutas, febrero de 1918.

-Ya puede usted estar bien seguro de que no lo matarán ni las balas inglesas ni las francesas. No, usted no morirá de eso. ¡Vístase!

No, no me moriré de eso, reflexionó Kafka, a la par que se subía los pantalones frente al mismo espejo que guardaba en la memoria de su azogue el reflejo de otra imagen de Kafka, un año atrás. Hoy, su estado aún resultaba más lamentable. El doctor, un momento antes, auscultó su pecho y meneó la cabeza con un movimiento negativo, de una gran desesperanza ante lo inevitable, ante lo que borbollaba en sus pulmones, dentro de él, el mal que avisaba al médico, le decía: aquí dentro se cuece la muerte. Sí, durante los últimos días su pecho parecía manifestar eso a quién quisiera oírlo.

-No, no moriré de un disparo, ni de un obús en el Frente -masculló mientras tomaba su sombrero y salía de la consulta. La nevada le recibió en la calle y una punzada atravesó sus costillas-: Tal vez eso sería lo más conveniente o, al menos, lo mejor –añadió en voz baja.

Kafka sabía que, en los mismos instantes de su incapacidad declarada, acorazados de la Entente, de la Alianza, o de un grupo de naciones, cuales fueran, eso no importaba ya, hostigan una indefensa playita en cualquier indefenso lugar; de igual manera, la maldita enfermedad rendiría por bloqueo su desabrigado organismo y, con ello, firmaría el armisticio de su Gran Guerra.

Un tranvía funerario, repleto con tres ataúdes de tres hermanos que recibieron tres balazos en sus tres corazones, avanzó delante de Kafka, dobló la esquina y tomó dirección al cementerio, donde aguardaban tres túmulos a cielo abierto que, poco a poco, vacíos de esperanza, se colmarían de nieve.

martes, 11 de octubre de 2011

Gangrena gaseosa


En la Retaguardia del Isonzo: Hospital de Campaña italiano, agosto de 1917.

No podía creerlo. Debía de soñar todavía, seguro que una de esas pesadillas producto de la fiebre, porque abrió los ojos y vio, justo frente a su cama, al rey Víctor Manuel III rodeado de toda su comitiva y acompañado de los principales prebostes del hospital y del Regimiento.

-Convalece de su última operación, que se le realizó hace tres días –explicó uno de los Oficiales médicos a Su Alteza Real.

Era una pesadilla, obviamente, porque Mussolini aborrecía a la realeza y era imposible que el mentecato se encontrara, ahora, delante suyo, y escuchara encandilado los detalles de sus heridas de guerra. No, definitivamente, no podía ser eso de ningún modo.

-Lleva seis meses de hospital y le extraímos cuarenta y cuatro fragmentos de astillas y proyectiles tras veintisiete operaciones, dos de ellas se realizaron sin anestesia… -el Oficial médico recitaba los datos del heroísmo de Mussolini, que el enfermo interpretó como el momento ideal para formular una bravuconada:

-Esas operaciones sin anestesia…, las pedí porque quería ver el proceder los médicos, vigilarlos, ¡no fuera a despertarme sin piernas! –la chanza sólo fue recibida con medias sonrisas por el personal sanitario. No les gustó nada que el patán se burlara de ellos.

El rey tragó saliva tras escuchar la tontería e interpretó su personaje: un mamarracho a años luz del dolor, del sufrimiento, inmune incluso al propio resentimiento que brutos como Mussolini podrían albergar contra la monarquía a la que consideraban una sanguijuela que oprimía a los trabajadores.

Se dirigió, calmudo, al convaleciente:

-¿Dígame, Mussolini, se encuentra bien? –el interpelado abrió los ojos desaforados. ¿Podría encontrarse bien después de lo relatado? Decididamente, ese reyezuelo era un estúpido. ¡Qué lástima no poseer la totalidad de las fuerzas para correrlo a puñadas, para expulsarlo del Pabellón Médico a puntapiés y patadas!

-No me encuentro muy bien, Majestad –sin embargo, se contuvo a la hora de responder, presa de un extraño pudor que se negaba a reconocer como respeto.

-¡Bravo Mussolini! Aguante la inmovilidad y el dolor con valentía, es su deber –eso era todo lo que se le ocurría para transmitir ánimos. Al monarca le gustaría ser capaz de pronunciar unas palabras más elevadas, pero se sentía torpe, inhábil para ello, de su boca no brotaban más que nimiedades.

-Gracias Majestad –el reconocimiento brotó del pecho de Mussolini con un suspiro desgastado. En realidad querría mandarlo a tomar viento.

El rey reposó sus atribulados ojos en la mesilla del herido. Allí florecía la espléndida pipa de espuma de mar. Uno de los médicos se anticipó, sumiso, a la pregunta que se disponía a pronunciar Su Alteza.

-Es la pipa de Mussolini, no se separa de ella. La suele utilizar cuando lo sacamos al jardín para tomar el aire…

-Es muy bonita –murmuro el rey, encaprichado. Se aclaró la voz con una ligera carraspera para añadir-: Por el momento, convaleciente, no creo que el herido salga de nuevo al patio, así que no veo la necesidad de la pipa…

-En efecto, Alteza, no la necesita en absoluto –como si la pipa fuera suya, el médico dispuso a su antojo del objeto, ofrendándoselo al rey con un gesto de extraordinaria sumisión que, para los allí presentes, desprendió un olor repulsivo, de úlcera infecciosa.

Víctor Manuel III se guardó la pipa en un bolsillo de la guerrera militar. Mussolini lo aferró de una de las mangas. Se encontraba bajo los efectos de los medicamentos porque, lejos de percatarse del robo de su pipa a manos del personaje que para él podría ser el más indeseable que existía, le rogó al rey que dejaran de sonar los timbres de los teléfonos. En un lugar de reposo para heridos esos desconsiderados timbrazos perturbaban la calma.

Nadie se esforzó en explicarle al rey, que se marchaba del pabellón, que Mussolini creyó oír timbrazos en la campanilla de un monaguillo que acompañaba al sacerdote y que, en esos instantes, administraba la extremaunción al desdichado que ocupaba lugar en la cama de al lado, devoradas sus extremidades por la gangrena gaseosa.

lunes, 10 de octubre de 2011

La venganza del Mesozoico


En el Frente del Isonzo: Monte del Carso, Cota 144, 23 de febrero de 1917.

Parecía que sería una mañana tranquila, pero el capitán se empeñó en que no fuera así: ordenó maniobras para mantener alerta y en forma a la tropa y dispuso un fuego graneado de mortero sobre una serie de objetivos naturales. Debían apuntar al Portón del Este, localizado entre dos insolentes peñas del Mesozoico, o acertarle a la cota 265, ubicada en la falda de un montecillo de la época del Mioceno. Así, el orgullo de las piedras que la erosión y el paso de los siglos no consiguió destruir, sería borrado de la geografía y del mapa por unas bombas dirigidas por un puñado de astrosos milicianos italianos que, de muy mala gana, practicaban puntería por mero capricho de sus superiores. Cambrico, Magdaleniense, Carbonífero… periodos de tiempo fáciles de borrar de un soplido por la maquinaria bélica del hombre. Evaporados sin ningún sentido.

Un silbido, una parábola y el impacto elevaba un terrón de barro. El humillo blanquecino en suspensión permitía calificar la puntería de los artilleros.

-¡Sois unos burros! ¡Zopencos! –protestaba el capitán ante el mal ejercicio de sus hombres, que volvían a recargar una y otra vez. Los impactos cercaron los objetivos por la derecha, después los aliviaron con tiros demasiado alejados por la izquierda. Ahora, corrieron un breve, pero serio riesgo, de volar por los aires tras la corrección de unos grados al norte y, antes, fueron librados por exceso de inclinación al sur de los morteros; se probó la puntería quizás un poco más alta, también a tirar más abajo: los alrededores sembrados de cráteres, y en medio de todo, burlones, el Portón y la Cota se despechugaban indemnes.

-¡Inútiles, seguiremos hasta que acertéis, será mañana o el año que viene! –las airadas órdenes del capitán se contestaban con más fuego artillero y, si cabe, con peor puntería.

Entre la desgana generalizada llamaban la atención los servidores de uno de los morteros ubicados en el interior de una trinchera. El grupo se componía de cinco hombres. Uno de ellos era el sargento Mussolini, ascendido veintidós días antes. En lugar de atender a su cometido, enfriar la boca del artefacto con agua, se repantingaba al sol, apoyado en uno de los taludes, a buen recaudo de los prismáticos del capitán, engolfado con la fumada de la pipa de espuma de mar hurtada al enemigo. El fondo de la cazoleta prendía con una brasa rojiza a cada chupada, igual que la boca del mortero, incandescente ya desde un par de detonaciones anteriores. A unos metros reposaba un cubo de madera enmohecida, sin una gota de agua en su interior, y el cucharón necesario para refrescar la pieza. Los cinco hombres, retorcidos sus cráneos por el alto sol, con la resaca de la tarde anterior, bebieron toda la reserva de líquido por ver de paliar la sed y el dolor de cabeza provocados por la borrachera que sendas cantimploras de schnapps de ciruelas arrebatadas a los austriacos desencadenaron en sus ya de por sí mermadas facultades.

-¡Preparados para un nuevo disparo! –ordenó el capitán desde un altozano.

Un conejo, atolondrado por las descargas, brincaba de un lado a otro. Los soldados intentaban acertarle de un disparo con sus carabinas de peor puntería que los obuses.

-¡Dejad a ese animal en paz, idiotas! ¡Disparad fuego de mortero! –la orden, gritada con enorme desprecio, fue obedecida con la exasperante lentitud de quienes veían perderse ladera abajo el complemento a las insulsas cenas de rancho.

En cuanto embocaron el obús se dieron cuenta de lo que estaba a punto de suceder. El cañón de la pieza artillera blanqueaba por el calor, amenazaba con derretirse o reventar en el momento de escupir la munición.

Se miraron unos a otros. Era necesario refrescar el arma.

Rápido, agua.

El agua.

Mussolini mordió con fuerza la pipa en su boca. Abrió los brazos, no entendía qué le demandaban. Sus compañeros buscaron con ojos febriles el cubo tirado en un rincón. Mussolini comprendió la gravedad del asunto y se giró rápido en pos del cucharón. Escarbó en el interior de la madera carcomida y corroboró que no quedaba ni una gota de agua. Se volvió para advertir de tal circunstancia a sus camaradas, pero el aviso se le colgó de la boca como la pipa de espuma.

Un zumbido.

Una explosión sorda.

Una oleada de metralla destripó a los soldados, muñecos de paja, y arrojó, cargado de hierro y esquirlas, el cuerpo de Mussolini a cuatro metros de distancia.

El subteniente Francesco Caccese desbrozó un silencio de pánico reverencial y fue el primero en acercarse al lugar del accidente: Mussolini era el único que permanecía con vida. Su pierna izquierda, el pecho y la ingle, aparecían horadadas por pequeños pedazos de metal. En su boca, contraída por el éxtasis del dolor, aún permanecía intacta, de milagro, la pipa de espuma de mar. Esa misma pipa a la que sus manos acalambradas, antes del desmayo, se aferraron desesperadas mientras lo retiraban en camilla camino del Hospital de Campaña.

sábado, 8 de octubre de 2011

Un jugo amargo


En Praga: Caja de Reclutas, enero de 1917.

-Le daremos un año de momento. Al comienzo del dieciocho se presenta de nuevo y tomaremos una decisión concreta y definitiva. Aquí tiene –el doctor le extendió a Kafka un papel en el que se leía:

Exento temporalmente del Ejército por debilidad general.

Ese era el diagnóstico: debilidad general, palabras que masticaba, de las que extraía todo un jugo amargo. Se veía reflejado en el espejo, sentado en la camilla, en calzoncillos, tan delgado y quebradizo… rechazado para la defensa del Imperio.

-Será usted más útil aquí, en su puesto, en el desempeño de su trabajo administrativo. Hará más por el esfuerzo de guerra que si lo envío a morirse en las trincheras –el médico temía que, si calificaba de apto a Kafka, ni siquiera le daría tiempo a perecer en combate, tal era el estado del alfeñique examinado: la gripe, la congelación, el tifus, una pulmonía o el agotamiento propio del eterno viaje en tren al Frente, cualquiera de esas circunstancias, acabarían antes con él que un proyectil.

Kafka procuró respirar muy hondo, hinchó varonilmente el pecho, pero no le fue posible camuflarse. Hundido, enflaquecido, su aspecto, ahora que se contemplaba de semejante guisa, era deprimente.

-¿A qué espera? ¡Deprisa hombre! ¡Tenemos una guerra que ganar! –el doctor aún debía valorar a un montón de jóvenes que aguardaban veredicto: vivir unos días más para morir en el Frente o, acababa de sucederle a él, así lo pensaba mientras se subía los tirantes, morir en vida durante unos años más, en la Aseguradora, abrazado a sus quehaceres diarios, ahogado en ese Moldava particular suyo que era la desesperanza del tráfago monótono.

Al salir de la consulta se topó con una larga fila de muchachos. Miraban con una expresión sin brillo en los ojos, tan mate que le dio la sensación de encontrarse ante un desfile de muertos en vida.

Igual que él, exactamente como él.