martes, 8 de noviembre de 2011

El último café del Barón Rojo


-Aeródromo de Cappy, en la mañana del veintiuno de abril de 1918-

-¡Hum! -el placentero suspiro de Manfred von Richtofen, más conocido por sus temerosos enemigos como el Barón Rojo, obedecía al primer sorbo de café negro y espeso, caliente y amargo, tan delicioso, con el que siempre acostumbraba a iniciar el día.

Eran las nueve de la mañana y Von Richtofen, de veinticinco años de edad, el más famoso y legendario de los pilotos alemanes, saboreaba, metódico como siempre, su taza de café. Era un ritual, su ritual, le gustaba sentirse despejado y con la adrenalina a tope, excitado por el efecto de la cafeína, que ponía todos sus huesos y músculos en tensión, con los sentidos alerta.

Como sucedía con el albor de cada nueva jornada estrenada en el bar de oficiales, alguien le preguntó por el número que sumaría la siguiente baja que ocasionase a los aviadores británicos y franceses, esas bestezuelas que volaban, resignadas, al matadero, frente a la ametralladora Spandau de su nave:

-La ochenta y uno -adelantó. Un compañero se sonrió al otro extremo de la barra. Lo admiraba con el orgullo de sentirse alemán, como Von Richtofen, el mayor as de la aviación existente. Ochenta derribos a sus espaldas eran muchos derribos.

Las misiones de vuelo sobre el territorio del Somme se habían prolongado hasta demasiado tarde durante la jornada anterior y Richtofen llegó tan cansado que apenas pudo conciliar tres horas de sueño. Aún antes de la llegada del amanecer ya se había puesto otra vez en pie, nervioso. Quizás se sentía un poco atontado por el madrugón, por lo que tomó una decisión que contravenía con sus milimétricas manías y decidió saborear otra taza de café antes de salir en una nueva misión.

Luego, se saltaría una segunda norma supersticiosa y, después, a la tercera ocasión en que quebrantó sus rígidas costumbres ese día, perdió la vida.

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