martes, 17 de julio de 2018

Los conciertos del Botánico en Madrid: Simple Minds y la noche boca arriba



*Esta crónica apareció en el sitio achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/los-conciertos-del-botanico-en-madrid-simple-minds-y-la-noche-boca-arriba/

El ejercicio de veteranía que la banda escocesa Simple Minds desplegó dentro del festival de las Noches del Botánico, demostró a Madrid que este grupo conserva el mismo nervio que le hizo triunfar en los años ochenta apoyado, fundamentalmente, en el carisma y la voz de un Jim Kerr todavía elástico y de un setlist equilibrado en donde los grandes éxitos de antaño se abrazaron de forma melódica y exacta con las canciones de su nuevo disco: Walk Between Worlds.

A veces, las giras de estos grupos anclados en el triunfo de antaño y que se han puesto de nuevo en gira con la excusa de presentar un nuevo disco, ofrecen la sorpresa de alimentarse de un último trabajo a la altura de lo que significó su estrellato, con temas decentes, cuando no brillantes, que conviven sin estridencias en la selección de canciones interpretadas en vivo.
Uno de los carteles de la gira que deja bien claro quienes son los dos miembros originales que todavía permanecen de Simple Minds.

Tal es el caso de esta gira Walk Between Worlds Tour. Éxitos que conviven en la memoria colectiva como Waterfront o Love Song, comparten escena con canciones del más reciente disco: Summer o The Signal And The Noise, y la conjunción funciona realmente bien. De esta forma, el público recupera a los Simple Minds con su músculo de antaño y descubre a una versión remozada de la banda que ofrece toda la calidad en su nueva encarnación del siglo XXI. Tal vez eso sea, realmente, caminar entre mundos.
Me resulta bien curioso que un grupo con la etiqueta de new wave o pospunk electrónico accediera al estrellato a través del éxito de la industria hollywoodiense, es decir, del consumo masificado de la radio fórmula. Me refiero al mega hit que los encumbró y que marcó un antes y un después, que proyectó a la banda a lo más alto desde la oscuridad de sus composiciones profundamente experimentales y alternativas: Don´t You Forget About Me.

Esa canción cambió en gran parte la historia de Simple Minds. El grupo, fiel a sus marcas originales, viró con este tema a un new wave ciertamente más comercial y reventó las esclusas del reconocimiento internacional. Algo parecido a lo que le sucedió a otra banda oscura y en principio minoritaria, The Psychedelic Furs, que encontraron el acceso a la popularidad que los llevó a abandonar los tiempos de garaje con Pretty In Pink, otro tema utilizado por la industria cinematográfica y, como en el caso de Simple Minds, para una película de adolescentes descerebrados, aunque en este caso la canción de The Psychedelic Furs estaba compuesta antes que la película que, incluso, se inspiró en ella.
A pesar de lo ligero y poco atractivo que en principio podría parecer, sustentado por la escasa calidad de ambas películas (The Breakfast Club en el caso de los escoceses y La chica de rosa con los londinenses), el resultado de ambos temazos es reconfortante. Y así quedó demostrado en la noche madrileña del Jardín Botánico, cuando los primeros acordes de Don´t You Forget About Me la pusieron boca arriba, la voltearon, para firmar un concierto espectacular repleto de concesiones al público (como ese Mandela Day, por ejemplo, en un repertorio con dos temas más que los interpretados en Granada Valencia, que se quedaron sin escuchar este himno).
La noche boca arriba, ese delirio del público unido al título de uno de los mejores cuentos de Cortázar…, y de pronto entiendo que lo de la noche boca arriba no ha sido una casualidad, me ha venido a la cabeza por algo: reflexiono acerca de aquel tiempo pasado de los ochenta en que me alimentaba, casi en exclusiva, de Jack Daniel´s, literatura y música, y con mis lecturas de Julio Cortázar, o Borges, acompañadas de un lecho musical en donde a menudo retumbaban Promised You A MiracleWaterfronty el disco mas completo, la obra maestra del grupo, ese Once Upon A Time que me dejó una profunda huella, casi como una cicatriz.
Un clásico: los cuentos completos de Cortázar reunidos en los cuatro volúmenes de Alianza Editorial.

The Signal And The Noise, del último disco, es el tema con el que Jim Kerr ha elegido comenzar el concierto. Bien pronto se reconocen todos los estilemas del grupo, aunque se trata de una canción nueva. Poderosa batería, ambientalidad de los teclados y ese toque de canción tipo himno en los estribillos y del que nunca han podido escapar o nunca han querido escapar (y que elevaron al paroxismo, y también un poco al aburrimiento, en el casi fallido Street Fighting Years).
En cualquier caso, es un buen principio, nervioso y contundente, ellos lo saben, y al finalizar la canción hacen algo que jamás había visto antes en un concierto: se colocan los siete integrantes del grupo en fila delante del público, como cuando las bandas saludan al final, con la diferencia de que acaban de empezar.
Recogen así, todos juntos, los aplausos que son el reconocimiento del público al longevo recorrido de la banda, para de inmediato retornar a sus puestos sobre las tablas mientras suena el atronador y característico bajo de Waterfront. Ese bajo, la entrada de la batería de Cherisse Osei, la guitarra punteando… Ya está aquí el muro de sonido de Simple Minds, ese muro de sonido tan característico. En efecto, son ellos, y no otros, los que están tocando en el Botánico.
Foto promocional de los siete componentes de Simple Minds para esta gira de 2018.

Porque todos los grupos, al menos los buenos, los que poseen una personalidad verdadera, tienen ese momento exacto en un concierto que hace que cuando lo escuchas te percates, definitivamente, de que en efecto estás presenciando un concierto de esa banda. Es como su tarjeta de visita personal, tal vez un acorde, un sonido característico, una guitarra, o la entrada de una batería o la profundidad de unos sintetizadores. En U2 es cuando suena la guitarra de The Edge en Pride o en Where The Streets Have No Name, recuerdo que con Genesis me ocurría al escuchar la pandereta de Phil Collins, o el sonido cavernoso del Stick de Tony Levin en los conciertos de King Crimson.
Solo son algunos ejemplos; así que cuando arrancó aquel bajo, y luego entró la guitarra, y Waterfrontpuso de nuevo la noche boca arriba, entendí que estaba viendo a Simple Minds. Nadie en el mundo podría desplegar ni imitar ese sonido, esa montaña sonora en cuya cima se mueve la voz de Jim Kerr.
La noche boca arriba, relato de Cortázar, y decía otro escritor argentino, Roberto Arlt, que una buena página literaria debía ser como “un cross a la mandíbula”, algo que muchos han adaptado a la teoría general del relato, afirmando que un cuento que se precie debe arrancar noqueando al lector. Con ese principio, juntando una poderosa canción nueva con WaterfrontSimple Minds fueron fieles a su propia teoría compositiva, y nos dejaron rendidos y con la guardia baja desde el segundo tema.
La concatenación de grandes temas no iba a detenerse aquí. A Waterfront le siguió otro clásico, Let There Be Love, y después, como resonando desde otro mundo, Love Song. Vayamos por partes:
The Signal And The Noise, de Walk Between Worlds, 2018.
Waterfront, de Sparkle In The Rain, 1984.
Let There Be Love, de Real Life, 1991.
Love Song, de Sons And Fascination, 1981.
Las cuatro primeras canciones abarcan un arco temporal de 27 años. Y sonaron todas perfectamente empastadas, sin discrepancias, sin fricciones, tan frescas y jugosas como si hubieran sido inmediatamente recogidas del árbol de la inspiración. Estas cuatro canciones eran el golpe directo, el gancho demoledor que impactaba justo ahí, en el centro de la mandíbula del espectador.

Love Song, con esa introducción efervescente que de forma automática transporta al público más veterano hasta las misteriosas noches de la radio española, a las madrugadas recortadas de oscuridad en las ventanas y asfixiadas por el humo azul de los cigarrillos, Love Song fue, sin duda, la puerta de acceso a ese mundo de atrás, ese mundo pasado que todavía permanece albergado en algún lugar polvoriento de nuestra cabeza.
Una vez abierta esa esclusa el vertido de cualquier canción de Simple Minds en esta noche boca arriba provoca sensaciones convulsivas, es el viaje por una autopista de luz y tiempo; ahora suena Let There Be Love, que cuando era pincha discos en un antro de la madrileña zona de Moncloa solía poner como una forma de tregua ante la música basura que me veía obligado a pinchar, para hacer algo más respirable la atmósfera de minis de cerveza y submarinos de whisky.

Después, el septeto de Kerr atacó un tema nuevo, Sense Of Discovery, y el toque de una garganta prodigiosa enfermó de música el recinto del BotánicoSarah Brown (M PeopleStevie WonderIncognitoAnnie LennoxSimply RedBrian Ferry…) derramó su voz como un destilado de miel y ron, mientras la galesa Catherine Anne Davies (por cierto, doctora en Literatura) opuso el tono delicado y de una belleza gélida y aguda de su voz durante la interpretación de Dolphins.
El soul de Sense Of Discovery, con un ejercicio de coros emocionante, significó el puente perfecto por el que desfilar hacia el Mandela Day y el recuerdo del concierto en Wembley con motivo del 70 aniversario de Nelson Mandela: 11 de junio de 1988. Qué lejos queda ese “entonces” …
Sin embargo, este “ahora” muestra unos relieves palpables con otro retazo de pasado que Jim Kerrdeposita en nuestras manos para que brille reluciente: se trata de She´s A River, canción del disco publicado en el año 1995 y titulado Good News From The Next World, que atesoramos con cuidado para añadir a su lado Someone Somewhere In Summertime, de New Gold Dream, año 1982, y que se nos aparece con el sabor añejo pero rebelde de un dulce espumoso.

Es la hora de presentar a la criatura recién nacida, ese Walk Between Worlds que debe hacer su puesta de largo en escena concatenando dos canciones, después de que la banda nos haya hipnotizado con el principio de su relato: érase una vez una banda escocesa que hizo himnos oscuros y electrónicos…
…Y que ahora, en el nudo de la historia que nos está narrando, se muestra segura y rejuvenecida con Walk Between Worlds y Summer. Entonces, en Summer, el bochornoso clima, pesado y cargante como sólo el verano sabe serlo en Madrid, entonces, digo, en Summer, caen unas pocas gotas de lluvia sobre el agobio que baila al son de Simple Minds bajo los cielos de nubes negras que jamás llegarán a descargar.

Es la hora de acometer la parte final de la historia: ese desenlace épico en el que aparecen dragones, príncipes y héroes, caballeros templarios y gigantes, mujeres exploradoras y heroínas aventureras: suenan Once Upon A Time y All The Things She Said del disco que ha sido la mejor obra del grupo, su cota más alta, su cenit compositivo: Once Upon a Time, del año 1985.

De verdad, creo que este disco deberían tocarlo, siempre, entero. Es perfecto. Cierto es que en esa década de los 80 muchos grupos firmaron discos perfectos, pero lo de Once Upon A Time es tremendo: la combinación de talento, de unas canciones demoledoras junto a unos arreglos originalísimos y entonces revolucionarios para la banda, además de esa edición en picture disc que conservamos todos con tanto cariño en la memoria. El disco rompió ventas, y todos compramos esa versión pintada en donde el vinilo parecía una tarta de nata y oro, junto a una cajita de presentación que parecía una bombonera.
Yo vendí todos mis vinilos… Problemas de espacio y el relevo tecnológico del disco compacto. No puedo evitar una tenaza en el corazón cuando recuerdo ese picture y me pregunto quién lo tendrá ahora, si significará para él tanto como significaba ese Once Upon A time pintado para mí.


Hay que relajar el ambiente, aunque eso signifique ponernos todavía mas melancólicos. Después de la épica de las dos canciones de Once Upon A Time, con la determinante guitarra de Charlie Burchillvolviendo loco al público (junto a Kerr el único componente original de la banda que se mantiene en liza), llega esa delicada Dolphins, extraviada en el disco Black & White 050505 del año 2005 y una versión del grupo The Call, la canción Let The Day Beguin de su álbum homónimo de 1989, que interpreta en solitario Sarah Brown.
Porque, mientras tanto, Kerr se ha cambiado de ropa y se ha enfundado en una chaqueta de cuero que anuncia lo que va a suceder. Es la chaquetilla de cuero del rebelde de instituto, del gamberrillo castigado después de clase, del Breakfast Club: y suena Don´t You Forget About Me y claro, la noche boca arriba.
Los bises son un regalo inconmensurable para un público entregado al delirio: Promised You a Miraclede New Gold Dream y que todos recordamos de la versión en directo del disco de 1987 grabado en ParísLive In The City Of Light; después, See The Lights del Real Life y el que es, sin lugar a duda, el momento del concierto, por encima de Waterfront, de Mandela Day e, incluso, de Don´t You Forget About Me. Se trata de Alive And Kicking, la perla maestra del disco Once Upon A Time.

Poco más se puede decir de esta canción vestida de la belleza marfileña de las teclas de un piano de cola y las vibraciones coloristas de una batería inigualable. El público lo sabe. Y ellos, la banda, también. Es la culminación de la noche boca arriba, esa noche boca arriba…, que termina de voltearse con la última canción del concierto, Sanctify Yourself (Once Upon A Time es un disco de leyenda, y su espacio en el setlist de hoy así lo demuestra).
Don Julio era un gran amante del jazz, pero estoy seguro de que también le habrían gustado Simple Minds…
Sanctify Yourself nos devuelve al Jim Kerr más revoltoso, descarado y con un toque de rebeldía violenta. El Jim Kerr que, con su voz, una voz que sigue sonando como la de esos Simple Minds que surfeaban en la cresta de la ola del éxito en los años 80, ese Jim Kerr, ese mismo, termina de voltear la noche para poner así el colofón, el desenlace a la historia sobre música y décadas, notas y paso del tiempo, guitarras que son recuerdos y canciones capaces de poner Madrid y el Botánico, boca arriba.
Julio Cortázar, desde algún sitio que le permite verlo todo, ha contemplado esta noche calurosa y nos mira y sonríe. Seguro, sonríe.

lunes, 9 de julio de 2018

Para vosotros, alérgicos




*Esta entrada se publicó originalmente en el blog de la Asesoría literaria Proscritos de Torrelodones:

https://proscritos.com/para-vosotros-alergicos/


Muchos meses, demasiados creo yo, son los que llevamos soportando una alergia pertinaz de estornudos, toses, lloriqueos y ahogos. A ver si va a resultar que la alergia no es primaveral, sino una reacción defensiva ante los espantos que nos rodean, esos que últimamente son demasiado cotidianos…
Cada mañana, cuando me enfrento a la salva obligatoria de estornudos y angustias, me pregunto si se trata de una reacción provocada por la estupidez generalizada que entra por la ventana, se derrama en las redes sociales, asoma por el televisor o, simplemente, se pasea por la calle.
En efecto, quizás sea una alergia a todo eso, que es como decir que se trata de una alergia a una cosa sola: al ser humano. Porque los seres humanos somos cada vez más gilipollas. O tal vez siempre hayamos sido así, y ahora estemos tan hartos que ya no lo soportamos.
No soy ni un Sartre ni un Camus con la capacidad para refugiarme de nuestra estupidez detrás de un ego salpimentado de filosofías, ni un Dylan Thomas parapetado tras la botella, ni siquiera un influencer de cabeza hueca encastillado en esa novela que alguien le ha escrito para entontecer a sus miles de seguidores.
Por eso, porque no soy ninguno de ellos, creo que el remedio a la terrible alergia existencial que me persigue, que nos persigue a muchos, puede encontrarse en aquella frase de Cesare Pavese sobre entender la literatura “como defensa ante las ofensas de la vida”. Tal vez, hundirnos en la lectura de algún libro reparador sea la fórmula magistral que pueda calmar nuestras alergias provocadas por las oleadas de estupidez humana que nos rodean.
Lo tengo tan claro que creo que deberían recetarse lecturas y libros en las consultas de la Seguridad Social. Nos recibiría nuestro apático médico de cabecera con el desgastado “¿qué le pasa?”, y cuando le hubiéramos contado nuestros males, tiraría de receta y prescribiría una “muerte de Ivan Ilich”, de Tolstoi, para el pesadito que está siempre en el médico, al menor síntoma de resfriado, o el “retrato del artista adolescente”, de Joyce, para el muchacho hiperactivo; incluso, “En busca del tiempo perdido”, de Proust, para todos aquellos que solo sabemos vivir, y mirar obsesionados, la caja de caudales de nuestro pasado ulceroso.
Nos extendería la recetita, y al salir de la consulta se nos ofrecerían diferentes puestos de libros con todo tipo de volúmenes, desde ediciones de lujo hasta libros usados y de segunda mano, en donde poder adquirir nuestras medicinas.
Esa tarde, en casa, leyendo los remedios ordenados por los médicos, muchos encontraríamos calma a las alergias, porque, al fin y al cabo, nuestras alergias no son más que angustias del corazón. Y de eso, de angustias y corazones, la buena literatura, la que es grande de verdad, sabe mucho.

martes, 3 de julio de 2018

Adiós al mundo de ayer: cuatro escritores y sus visiones del mundo



*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/adios-al-mundo-de-ayer-cuatro-escritores-y-sus-visiones-del-mundo/

Este jueves terminé de impartir, por esta temporada (volveremos a mediados de septiembre), mi Taller de Literatura Comparada en la asesoría literaria Proscritos de Torrelodones. Desde el mes de octubre me he empeñado en demostrar que existen otras formas de leer, que es posible otra manera de afrontar y ejercitar la lectura. Ahora, me encuentro preparando un curso para el mes de julio, consistente en la visión que del mundo tienen cuatro autores: Zweig, Sebald, Kadaré y Houellebecq.

Así, para tener una perspectiva rápida del asunto, lo que más aparece en estas cuatro visiones es la idea de la inseguridad, de que el hombre no está ya a salvo de ninguna de las maneras. Si el mundo del ayer era un lugar seguro, el mundo del hoy es un sitio tremendamente peligroso.
La sensación de inseguridad es inherente al hombre moderno. Se nos ha apoderado un miedo pavoroso y no somos capaces de encontrarnos resguardados ni en el seno de nuestro principal refugio: en el hogar. Cualquier amenaza externa puede alcanzarnos, cualquier desastre afectarnos cuando menos lo esperemos.
En principio, esa maldita transición de un mundo seguro a un mundo inseguro, es decir, del mundo del ayer al mundo de hoy, vino de la mano de la quiebra que significó la Gran Guerra, es decir, la Primera Guerra Mundial, y la composición geopolítica resultante del conflicto que alimentó, durante 21 años, el siguiente estallido, la letal Segunda Guerra Mundial de la que el mundo resultante ya nunca fue el mismo de antes.

Primera y Segunda Guerra Mundial: imágenes de un mismo conflicto separado por 21 años
Porque hay que entender las dos guerras mundiales del siglo XX tal vez como una sola contienda separada por esos años de tregua, pero en donde la batalla, política, diplomática, económica, social, continuaba con encono: solo era necesario retomar las armas de nuevo. Y se retomaron.

La idea de mundo perdido, de ese mundo de ayer extraviado que jamás regresará, la encontramos en un libro determinante del primer autor de los cuatro que he mencionado antes: El mundo de ayer, ese ensayo biográfico escrito por Stefan Zweig y publicado por El Acantilado. Con la Primera Guerra Mundial se liquidó el Imperio Austrohúngaro y con él todo lo que se apareja a una especie de Antiguo Régimen monolítico: muchas cosas malas, en efecto, pero algunas buenas también ardieron en las bocas de esos cañones de agosto.
El Antiguo Régimen, el sistema de los Imperios Centrales que entraba en crisis, se había caracterizado por dotar al ciudadano de una sólida idea de seguridad que, en absoluto, era ni precaria ni vaporosa. Un habitante del Imperio Austrohúngaro podía saber a ciencia cierta los años durante los que trabajaría en una empresa, el dinero que ganaría, el momento de su jubilación, en qué podría invertir sus ahorros… Todo estaba calculado. El Imperio Austrohúngaro era el mayor sistema de pesos y medidas del mundo, la exactitud encarnada en el Estado. Y esa exactitud traía consigo una estabilidad que proporcionaba la seguridad automática.
De forma que, cuando el sistema saltó por los aires con la contienda, de repente, se liquidaron algunos constructos de la vieja era que dejaron a los súbditos de la Europa Central con una fría sensación recorriéndoles la espalda, con el escalofrío de alguien a quien le han retirado, súbitamente, el suelo bajo sus pies.
El periodo de entreguerras se encargo de terminar de liquidar cualquier atisbo de retorno al mundo seguro del ayer, hasta que la Segunda Guerra Mundial lo arrasó todo y la civilización que surgió de ella ya nada tenía que ver con la de antes: más indefensa, más desarraigada, completamente perdida la identidad para una Europa fantasma que jamás ha vuelto a recuperarse.
Aquí entra el escritor W. G. Sebald y su obra Austerlitz, publicada por AnagramaSebald nos cuenta el relato de Jacques Austerlitz, un hombre que no sabe quién es, condenado a vagar por las estaciones de ferrocarriles de Europa a la búsqueda de algunos retazos que puedan reconfigurar su identidad.

Tanto Austerlitz como el propio narrador ya viven asentados de forma permanente en el horror que proporciona la absoluta inseguridad que apareja la desaparición del mundo anterior y la completa incomprensión del nuevo que se les muestra, producto de las mayores infamias y brutalidades de las que ha sido capaz el hombre.
De esa forma, en la novela de Sebald nos encontramos con un relato sobre la identidad (o sobre a falta de ella) como una condena que arrastra la humanidad a causa de las guerras del siglo XX, y en concreto de la Segunda, equipaje con el que hemos llegado al cambio de milenio como si nos aproximáramos a un vertedero existencial.
Austerlitz, novela del cambio de siglo, obedece a todos esos estigmas de las literaturas que cabalgan a lomos de tránsitos temporales turbulentos. Igual que De Sobremesa (Cátedra) del colombiano José Asunción Silva nos muestra todo el pavor que se deriva de la inseguridad del salto del XIX al XX, Sebaldnos ofrece una visión traumática del hombre que entrará en el XXI sin haber resuelto los problemas del XX.

¿Y cómo será el pavoroso siglo XXI? Evidentemente, configurado por el 11-S, que al estilo de la Segunda Guerra Mundial destruye toda la falsa idea de seguridad que podíamos tener guardada como calderilla en los bolsillos y nos convierte, a todos, en aterrorizados conejillos a la espera de ese golpe definitivo que nos desnuque.
Así, como forma de protegerse o de blindarse, la soledad y la incomunicación se convierten en los elementos determinantes del comportamiento social del siglo XXI. Podría decirse que cada cual lleva su propio 11-S interior, que a cada uno se nos caen nuestras propias Torres Gemelas una y otra vez. Un panorama alienante, egoísta, deshumanizado, que refleja muy concretamente Ismaíl Kadaré en su novela El accidente, publicada por Alianza Editorial.

Esta novela es muy importante dentro de la narrativa del escritor albanés porque es una de sus primeras obras ubicadas en la modernidad de una Europa de cambio de siglos, de una Europa que ha dejado de existir como bloque hegemónico y que ha dejado paso a la desintegración de Estados e individuos.
En El accidente se nos presenta una visión europea del desencanto, una geografía continental de la violencia y del aislamiento, de la perturbación y del pavor a la soledad de unos seres que, cada vez que pueden, tienden a encerrarse como medio para encontrar un retazo de su identidad largamente perdida.
Ahora, la sobre modernidad, lo específicamente moderno, ultramoderno, ha conseguido convertir al hombre en una isla sin puentes que le comuniquen con otros hombres y otras islas. El mundo moderno de Kadaré en El accidente es nuestro mundo moderno actual, un mundo en el que todos somos viajeros (externos o internos, poco importa eso), donde siempre estamos de paso, amenazados absolutamente por todo, incluso por lo invisible, atenazados por las posibilidades aterradoras de que nuestra desdicha, además, se multiplique en mundos cuánticos y en millones de posibilidades diferentes y espantosas.




Zweig, Sebald, kadaré y Houellebecq: sus visiones del mundo en su literatura

El bosón de Higgs, de esa forma, no ha venido a clarificar nada, ni nos proporcionará un sendero de retorno al mundo de ayer, ese mundo de la seguridad, sino que ha sembrado otro pánico, el de certificar en nuestro subconsciente que las cosas en las que creemos, o creíamos, ni siquiera son como alcanzábamos a pensar.
Las agresiones llegan de todos lados, la sociedad se desmorona y toma algunas direcciones que, no por anunciadas en algunas de las novelas cruciales de la historia de la literatura, nos resultan menos sorprendentes. Con evidente facilidad el mundo se replica abandonando las páginas de 1984 (editorial Destino) de Orwell y encarnándose con estabilidad en lo cotidiano de nuestro día a día. La manipulación, el borrado de la realidad, la alteración, las mentiras, el mundo virtual, todo ello empieza a parecer una copia exacta de algunas de esas distopías demoledoras, del Nosotros (Akal) de Zamiatin o de La naranja mecánica (Minotauro) de Burgess



La verdad es que en este primer tramo del siglo XXI ya estamos viviendo en una distopía. La distopíanos es tan próxima que está entre nosotros, aunque a veces, manipulados por el propio sistema, no seamos capaces de verla. Entonces, llega la narrativa de Houellebecq y sus distopías próximas, porque lo que nos plantea en La posibilidad de una isla (Alfaguara), Plataforma o Sumisión estas dos últimas en Anagrama), no es un mundo distópico alejado, es el mundo que se encuentra aquí y ahora, cercano.



Leyendo a Houellebecq somos conscientes de esa evolución que hemos experimentado desde los mundos de ayer y de la seguridad de Stefan Zweig, que saltaron por los aires dejándonos la impronta del fracaso, tal y como aparece en Sebald, hasta el siglo XXI de la incomunicación de Kadaré, todo ello sublimado en personajes que son extranjeros de sí mismos, reconectados con la literatura de Camus de mediados del siglo XX porque, en esta distopía en la que nos encontramos actualmente, las cenizas a las que hemos reducido nuestro sistema de valores tienen una correspondencia directa con la deshumanización y el horror pavoroso que resultó de la Segunda Guerra Mundial.
Los sucesos a los que hacemos frente como sociedad durante esta breve tirada de siglo XXI son equivalentes a las peores emanaciones del siglo pasado. Hay una línea directa entre Auschwitz y las Torres Gemelas y Kosovo y el 11-M y la sala Bataclán y la Diagonal de Barcelona. Un agujero de gusano conecta este presente nuestro de sangre en guardabarros y escombreras que ocultan a los muertos con aquel otro de fosas comunes en bosques y camiones fantasma con tubos de escape escupiendo hacia el interior.
Por todo ello, podemos entender la narrativa de Houellebecq como un colofón, dado que su escritura se abandona al comportamiento de un ser humano completamente extraviado y desvalido que será capaz de cualquier cosa con tal de poder sobrevivir, aunque el mero hecho de sobrevivir ya comporte la mayor de las amarguras, el más enorme de los pavores en esta distopía de la inseguridad que consumimos y en la que nos consumimos.

lunes, 2 de julio de 2018

El Mundial Literario y las literaturas… ¿minoritarias?



*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/el-mundial-literario-y-las-literaturas-minoritarias/

El Mundial de Fútbol de Rusia acaba de cumplir su primera semana, inundándolo todo, capitalizando horas y horas de emisiones televisivas y radiofónicas, teniendo una presencia abrumadora en nuestras vidas, queramos o no. Pero dentro de este Mundial pueden existir otros, como el que estoy desarrollando en mi cuenta de @literatura_instantanea en Instagram. Ya os he hablado en varias ocasiones desde esta columna de El Odradek de esa fervorosa comunidad literaria que se ha formado en Instagram. En efecto, el sitio, en principio pensado para subir fotos de ególatras descerebrados y poco más, se ha revelado como un lugar muy interesante que alberga cuentas sobre literatura, música, artes, etcétera, tanto, que parece estar apuntillando al sempiterno Facebook. En el seno de esa comunidad literaria de Instagram estoy jugando mi propio Mundial: un Mundial literario.


Lo cierto es que hace cuatro años, con motivo del Mundial de Brasil, ya llevé a cabo esta idea pero de otra manera. Lo hice en Facebook, con bastante poco éxito: lo de los seguidores no parece ser mi fuerte. O al menos, no con el seguimiento que estoy consiguiendo ahora en Instagram. Quizás el vídeo, y la posibilidad de que se puedan ver mis barbas valleinclanescas, sean motivos que contribuyan al éxito…

Dejando mis tonterías aparte, la idea que movilicé entonces y he perfeccionado ahora consiste en la simpleza de recomendar libros de las literaturas correspondientes a los países que juegan. Así, un Argentina-Rusia me llevaría a recomendar y hablar un poco de Borges y de Tolstoi, por ejemplo, y de sus libros Ficciones La muerte de Ivan Ilich.
Cada jornada hago eso con todos los partidos. Como son tres por día hablo de seis países, recomiendo seis libros de seis escritores que intento no volver a repetir en las jornadas posteriores. Además, si es posible, ofrezco un once, una alineación completa de un país: once libros de once escritores.
De esta forma, al final del Mundial se habrán disputado 64 partidos y habré recomendado alrededor de 350 libros y más de 200 autores (96 en la primera fase, más 32 pertenecientes a los cruces de las eliminatorias directas, a lo que hay que añadir los textos recomendados en casi una veintena de “onces” nacionales).
Además, atendiendo a algunas sugerencias, porque quienes siguen la cuenta me apoyan con ideas y mucho cariño, esa es la verdad, he pensado utilizar las jornadas de descanso para dar un once literario ideal de aquellos países que no se han conseguido clasificar en esta ocasión, pero que suelen hacerlo: Hungría, República Checa, Estados Unidos… y tal vez de algunos otros como Rumania o Albania.
Lógicamente, esta tarea presenta algunas dificultades: en primer lugar, el tiempo que me lleva, que no es poco, desde luego, y después, el intento de cumplir ciertos criterios, siempre que eso me sea posible. Los libros recomendados deben ser míos, haberlos leído, y estar publicados en editoriales españolas. Obviamente, semejantes restricciones indican unas cuantas cosas: que necesito poseer una biblioteca enorme para poder disponer de tantos libros, tan variados, que he tenido que dedicarme media vida a la lectura, que me he dejado una fortuna en libros y que soy un friki o un tsundokiano peligroso. Sí a todo.
No nos asustemos, no siempre he podido cumplir con la máxima de tener el libro o de haberlo leído, circunstancias que advierto claramente a mis seguidores. Si no lo he leído, lo ofrezco de forma meramente informativa, no recomendando su lectura. Esto me sucede con algunas literaturas complejísimas por distancia idiomática, fundamentalmente, aunque creo que, realmente, todo se reduce a un asunto comercial o editorial (que son sinónimos, ¿lo sabíais?).
Me explicaré: la literatura australiana no es tan desconocida en España como pueda parecer. Esta bastante editada porque, a pesar de pillarnos tan lejos, pertenece al ámbito de la literatura en inglés, de la Commonwealth, de la bolsa de intereses culturales y comerciales (que últimamente significan lo mismo, ¿lo sabíais?) anglófilos, algo que gusta mucho a la industria editorial (porque es una industria, ¿lo sabíais?). Así que los australianos, en las antípodas nuestras, tienen su buena presencia en las librerías españolas, pero los tunecinos…, ¡ay, los tunecinos!
Sí, Túnez está aquí cerca, al menos un poquito más próxima que Australia…, pero no he podido conseguir encontrar casi nada de ellos. Lo mismo me ha ocurrido con Croacia —poquísimos libros—, mientras que de Japón disfruta de numerosos escritores vertidos al español, afortunadamente.
De esta manera, gracias a mi Mundial Literario Instantáneo, podemos tomarle el pulso a la industria editorial. Pocos croatas, pero bastantes serbios publicados. Muchos japoneses y australianos, pero casi nada de Túnez o, poco y minoritario, de nuestros vecinos marroquíes (algo realmente curioso). Bastantes nigerianos y senegaleses pero escasez de daneses o costarricenses. Y un páramo literario al respecto de países como Corea del Sur, IslandiaDinamarca (obviando el boom tan agotador como escaso de calidad de la literatura negra escandinava), Suiza, Egipto… y no digamos ya de Arabia SauditaIrán o Panamá (y estos últimos, hablan español, como nosotros… ¿De verdad que no merece la pena publicarlos?).
Se pueden extraer bastantes conclusiones de todo esto: una, que la gran industria editorial española se mueve por criterios meramente de capitalismo cultural, de “si vende lo edito y si no vende, no lo edito”, y que estamos inmersos en un absurdo y estúpido colonialismo cultural.
La primera afirmación, aunque cierta, presenta una pequeña luz de esperanza: las pequeñas editoriales independientes se preocupan de editar a esos autores de otros países: sobra decir a que países dedica sus intereses Nórdica (pero no solo a ellos), mientras que Sial atiende a los autores africanos oEdiciones del Oriente y del Mediterráneo al MagrebEdiciones del Bronce (que ya no sé si existe) atiende a diferentes países africanos, también a escritores húngaros, o Baile del Sol se dedica a croatas, búlgaros… Pero no nos frotemos las manos. Estas editoriales, y otras muchas que no cito, aplastadas por el rodillo de la industria cultural, o han desaparecido o han descatalogado sus libros, de forma que, a pesar de haber editado a escritores de estos países, ahora es casi imposible encontrarlos.



Que estamos inmersos en una literatura de colonialismo cultural es tan obvio como sangrante, e imposible de solucionar. En primer lugar, el papanatismo anglófilo, especialmente de todo aquello que viene bendecido desde Estados Unidos (me puedo acordar aquí de Jonathan Franzen), y después del Reino Unido; y desde los tiempos de NapoleónEspaña está sometida a una hipnosis francófila (que me lleva a recordar Las benévolas de Jonathan Little). Otras influencias, como la alemana, son menores, a pesar de su poderío de mercado.
Me pregunto cómo es posible que en un país de lectores como los españoles, sólidamente pro-palestinos, se desprecie de esa manera a la literatura en árabe (donde no se publica nada que no haya obtenido el visto bueno —es decir, el éxito de ventas— en el mercado americano o británico). Esto me lleva a formular algunas reflexiones a cerca de la forma en que unas literaturas entran a formar parte del canon literario, y por tanto son leídas y difundidas con autores mundialmente conocidos, y otras no.
La literatura croata, o la de Túnez, o la de Arabia Saudita, Irán o Corea del Sur, casi como cualquier asunto relacionado con el conocimiento general de estos países, tradicionalmente, resultan lejanas, cuando no totalmente ajenas, a una gran parte de la cultura europea, situación que se magnifica en el caso de la recepción de esta misma literatura en España. De tal manera, cabría afirmarse, que la fortuna y recepción de estas literaturas en España vienen de la mano, exclusivamente, de algún autor de forma individual, cuando el público es capaz de identificarlo como tal, es decir, como un autor coreano, árabe, etcétera…, algo que no siempre ocurre.
Un lector medio puede citarnos los nombres de algún escritor húngaro, con mayor seguridad ahora, después del boom que este tipo de literatura ha experimentado en España de la mano de Sándor Máraiy la extraordinaria popularidad de sus obras. Márai es uno de los novelistas húngaros de mayor éxito, curiosamente redescubierto de manera póstuma y que ha experimentado un enorme triunfo comercial desde finales de los años noventa y hasta principios del siglo XXI. Sus novelas, que viven numerosísimas reediciones, reflejan el decadente mundo del Imperio Austrohúngaro. Sus descripciones detalladas, pero repletas de ritmo, junto con una especial sensibilidad para recrear ambientes y comportamientos humanos, lo hacen uno de los autores favoritos del público, colocándose a la cabeza de las listas de los más leídos en competencia con los best sellers.
Sandor Márai

Lo mismo sucede con la literatura japonesa (gracias a ese éxito fabricado por las editoriales, un éxito cifrado más en las ventas, en la publicidad y en la oportunidad de los modismos), y también con algunos autores polacos, checos… Sin embargo, las dificultades para recordar a escritores de otros países por parte del gran público son evidentes ya que, incluso aunque se hayan leído alguna obra, al lector que no esté muy informado le costará identificarlo o lo segmentará en la definición de novelista asiático o árabe o balcánico, sin una aproximación determinada a su nacionalidad.
Además, en este conocimiento de otras literaturas minoritarias (si se me permite calificarlas así para los no estudiosos), hace mucho que autores emblemáticos, como Kundera para la checa, por ejemplo, han abandonado su lengua original para escribir en idiomas mayoritarios: además de Milan Kundera(checo, que escribe en francés), tenemos a Arthur Koestler (húngaro, que lo hacía en inglés y francés), Elías Canetti (búlgaro, que utilizaba el francés), Vladimir Nabókov (ruso que lo hizo en inglés) y Joseph Brodsky (también ruso que escribía en inglés).  El éxito para muchos de ellos, al escribir en lenguas mayoritarias, fue jugoso: el Premio Nobel.
Nabókov

Kundera

Canetti

Koestler

Brodsky
Estos extraños productos policulturales, no exentos por ello de calidad, han visto favorecida su fortuna al expresarse en idiomas mayoritarios. Actualmente, el lenguaje y la literatura han sido instrumentalizados por los Estados modernos y el mercado para crear un soporte que instaure un proyecto de comunicación masivo y así realizar un control cultural de las masas, es decir, la elección de los elementos que entrarán en el canon se toma de forma un tanto dictatorial, elegidos por ese “grupo social dominante” del que nos habla Harold Bloom en su obra El canon occidental (Anagrama).

El canon es, por tanto, modificado por los intereses del poder, que decide quién pertenece a él a través del control de los grandes medios de masas sin los cuales un autor nunca podrá ser conocido y, por tanto, no podrá ser incluido en el canon, lo que generará una lucha de “textos que compiten para sobrevivir”, tal y como lo define Bloom.

Sin embargo, opino que los textos no compiten entre ellos por establecer una supervivencia, una supremacía, algo así como un origen de las especies literario en donde sólo triunfará el más fuerte. De hecho, no creo en ningún caso que Tirano Banderas de Valle Inclán entre en ninguna pugna con Abel Sánchez de Unamuno, por ejemplo, o que La transformación de Kafka batalle por imponerse a codazos, buscando su hueco en el nicho cultural, con cualquier otra obra maestra de la literatura mundial.
Esta competencia tiene mucho de carácter editorial y comercial, una mera confrontación mercadotécnica con libros y autores en la actualidad, en la que el espacio que ocupa una publicación elimina la competición de mercado de la derrotada, pero en ningún caso esa batalla se produce con obras y textos que pertenecen a la que se podría denominar Gran Literatura.
Aunque las comparaciones puede que sean odiosas, sí son pertinentes. En ningún caso, La transformación de Franz Kafka le roba un lugar en la estantería a Yo, el Supremo de Roa Bastos, pero actualmente sí que libran entre ellos una enconada batalla por ocupar su lugar en la llamada mesa de novedades los últimos productos de gestores culturales como Arturo Pérez Reverte y Almudena Grandes, por ejemplo.
En asuntos canónicos, los autores de literaturas minoritarias bien poco pueden argumentar en su favor si —desde una perspectiva de mercado editorial— el apoyo de millones de lectores pueden hacer escandalosamente canónicos a Stieg LarssonKen Follet o Stephen King, todos ellos autores muy válidos en sus respectivas literaturas, si entendemos sus elaboraciones culturales como literatura y no como un producto susceptible de ser vendido, susceptible de alcanzar millones de ejemplares de venta, como podría ser el caso de un perfume o determinado modelo de teléfono.
En el caso de Stieg Larsson, por ejemplo, el éxito le vino con la trilogía de novelas llamada Millenium, todo un fenómeno de bestsellerización mundial que se produjo de forma póstuma. Este éxito ha rehabilitado todo un género, el de la novela negra nórdica, con numerosos epígonos que producen una gran cantidad de textos-cliché y copan las listas de ventas.
Quizás, otros críticos y otras perspectivas distantes en el tiempo, podrán ser capaces de catalogar o denominar algunos de los artefactos culturales que acaparan las ventas y las lecturas de la masa, y que aunque coinciden con KafkaJames Joyce o Marcel Proust en lo externo, es decir, en que se encierran entre una cubierta y sus guardas, decididamente pertenecen a ámbitos completamente diferentes.
En este sentido, en definir los productos actuales que comparten nicho literario con William FaulknerMiguel de Cervantes o Víctor Hugo, y con autores de lenguas y países minoritarios, debo traer aquí el ensayo del crítico Germán GullónLos mercaderes en el templo de la literatura (Caballo de Troya). De entrada, el texto se inicia con un capítulo titulado El libro, prisionero tras el código de barras, una advertencia de que el material de análisis literario actual poco tiene que ver con esas novelas de Benito Pérez Galdós o Thomas Mann, en tanto en cuanto aquellos libros jamás nacieron con la marca cainita del mercado, es decir, de la codificación que los convierte en objetos de consumo masivo desde el mismo instante de su creación.
Germán Gullón

Para esta nueva concepción de la novela, Gullón establece su origen en una mutación comercial elegida por los autores:
Los autores, por su lado, aceptaron convertirse en marcas comerciales. Es la llamada profesionalización del autor, desde las bienvenidas escuelas literarias, donde los alevines de escritor aprenden de gentes experimentadas los usos y costumbres del trato editorial, desde la nota del contrato hasta el tipo de texto a presentar”.
El autor literario se ha convertido, así, en marca comercial. Y lo que escribe, desde este momento, no son novelas, son productos o libros-espectáculo. De esta forma, Gullón ya puede calificar el producto comercial otrora conocido como novela y que se realiza actualmente bajo el efecto Dan Brown-Ruíz Zafón, como thriller culturalbibliothriller o ficción de entretenimiento, algo que hace en su ensayo Una venus mutilada (Biblioteca Nueva)Cabe preguntarse, ahora, el papel que juega la producción literaria de los autores de lenguas subjetivamente minoritarias (evidentemente el árabe, por ejemplo, es de todo menos una lengua minoritaria…, y qué decir del chino) inmersos en este panorama editorial de mercadeo.


Parece que, en cualquier caso, estos autores siempre tendrán las de perder. Afortunadamente, Bloomacude en su ayuda, puesto que para él un aspecto que hace a la obra canónica, es decir, que la sitúa por encima del todopoderoso bibliothriller definido por Gullón, es:
la extrañeza, una forma de originalidad que o bien no puede ser asimilada o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla como extraña (…) Cuando se lee una obra canónica por primera vez se experimenta un extraño y misterioso asombro, y casi nunca es lo que esperamos”.
Existe un grupo de escritores que le exigen al lector una lectura con claves. Esto significa que, al leerlos, se va filtrando todo un complejo mundo de imaginarios, de formas y maneras de narrar los asuntos, de un estilo peculiar y extraño que al principio produce la extrañeza por la que aboga Bloom, y que sólo con el tiempo y el conocimiento de sus obras, acaban por susurrarle al lector al oído, y éste puede compartir sus claves, sus bromas, sus guiños entrelíneas, al leer en el mismo sistema en el que el autor se expresa.
Esta característica, tan alejada del bibliothriller, sustenta la obra literaria universal, esa que, de nuevo en palabras de Bloom,
no nos hará mejores, tampoco peores, pero puede que nos enseñe a oírnos cuando hablamos con nosotros mismos”,
consiguiendo lo que Kafka definía con otras palabras:
Si un libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? Un libro tiene que ser el hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro”,
y cuando rompemos ese mar de hielo nos duele, y vemos las estrellas: teniendo presente ese dolor que provoca la Gran Literatura —el supremo displacer, lo califica Bloom—, por eso Dante quizás, si se me permite la chanza, acabe las tres partes de su Divina Comedia con esa palabra, “estrellas”.
En efecto, estos autores minoritarios y casi desconocidos se mueven en ese sistema de codificaciones que el lector, exigido por el autor, debe ir comprendiendo, estudiando, asimilando, hasta alcanzar el punto en el cual, superada la “extrañeza” bloomsiana, puede entablar el diálogo repleto de confidencias y riquezas expresivas que casi parecen escritas en exclusiva para nosotros. Es necesaria una familiarización previa, al estilo de otros autores como lo pueden ser Grass o Bernhard.

Por tanto…, ¿es de vital importancia para un autor que escribe en una lengua minoritaria abandonarla, como hicieron Kundera o Canetti, o encontrarse con traductores solventes que lo viertan a lenguas de primeras literaturas, tipo la inglesa, la francesa, o el español? No cabe discusión: la importancia de las traducciones es mayúscula, ponen al autor en el mundo. Tal y como afirma a este respecto George Steiner:
Los novelistas, los dramaturgos, incluso los poetas —esos guardianes escogidos de lo irreductiblemente autónomo— sienten dolorosamente esta realidad: deben ser traducidos si quieren que sus obras, sus vidas, tengan una oportunidad justa de salir a la luz”.
Y un claro ejemplo de ello es el boom de las letras japonesas, con Haruki Murakami a la cabeza. ¿Podríamos afirmar, entonces, que la traducción de una lengua minoritaria a una lengua, llamémosla, canónica —con el riesgo que eso representa—, hace al autor canónico aunque no escriba originalmente en esa lengua?
La conclusión que se extrae de un estudio atento del canon propuesto por Harold Bloom es la de que nos encontramos ante un canon evidentemente WASP, es decir, blanco, sajón y protestante, que en lo perverso de su sistema permite la entrada de ciertos textos, lo hace de una forma correctiva, pero torticera, abre la puerta trasera para que accedan algunos constructos culturales satélites al estilo del prototipo de novelista japonés o húngaro, que son más producto del colonialismo cultural o de los modismos.
Sin duda, los premios de cierto prestigio son la mejor forma de que este sistema cultural perversoconceda su mínima cuota a otras literaturas y permita una falsa sensación de permeabilidad dentro de su pernicioso inmovilismo.
Por ello, no es sorprendente ni extraño que autoproclamados defensores culturales que llevan más allá de lo excesivo sus labores de gatekeeper mediático como Fernando Sánchez Dragó, consideraron en su momento “una extravagancia” que el albanés Ismaíl Kadaré ganara el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2009.
Lo peor de las declaraciones de este gestor cultural —por calificarlo de alguna forma— que se encontraba entre los miembros del jurado que otorgó el galardón aquel año y que se jactó de no conocer la obra del albanés y de haber votado en blanco, es que son un claro ejemplo de la perversidad de la maquinaria del canon de Bloom funcionando con todo el estruendo de sus chirridos: pone en duda a Kadaré y se declara admirador de Murakami. Creyendo que actúa a contracorriente es víctima del mercado, del modismo y del colonialismo cultural impuesto por el propio canon.

No hay remedio, existe un canon paralelo al propio canon, un canon comercial donde influyen los premios, que llaman a otros premios, y la publicidad y el apoyo mediático que se obtiene de la concesión de dichos premios.
Pero yo estaba hablando, antes, de eso hace ya bastante rato, supongo que podréis disculpar mi digresión canónica, del Mundial Literario que he puesto en marcha en mi cuenta de @literatura_instantanea en Instagram. Un mundial en donde nadie pierde, en donde todos ganan, y en especial los lectores, que se alimentan de nuevos autores de esas literaturas minoritarias que el pérfido sistema se empeña en silenciarnos, con sus intentos de aplastarlos bajo el sello de lo no comercial.
En las editoriales independientes y en nuestra obstinación como lectores de una literatura de calidad se albergan las esperanzas de vida de todas estas literaturas; es decir, las esperanzas de que sean leídas.