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martes, 7 de julio de 2020

El día del ornitorrico




Si dijera que no sé cómo llegamos a esta situación mentiría. Lo se muy bien. Lo sabemos todos muy bien ahora, en lo que nos ha quedado del planeta tierra. La culpa fue de los cangrejos, bueno, de los super cangrejos. Bueno, la culpa fue nuestra. ¿Qué tienen que ver los cangrejos en todo lo que ocurrió? Mucho.
Llegó un momento en la Tierra  en que no dejábamos de consumir antibióticos para todo, muchos antibióticos, y las farmacéuticas se hacían ricas fabricándolos. Pero claro, los antibióticos se caducaban, y había que destruirlos, y nosotros, que no necesitábamos tantas medicinas, la verdad, los expulsábamos cuando íbamos al baño. Todo eso fue a parar a los ríos, al agua, al mar, a los lagos, y casi toda el agua del planeta se llenó de un líquido antibiótico.
Unos pequeños cangrejos se atiborraron de filtrar las aguas antibióticas. Y esos cangrejillos de río eran los bocados favoritos de los ornitorrincos que se hartaron de comerlos. Los antibióticos hicieron a los ornitorrincos super resistentes y poderosos. Y un  día, comenzaron su revolución.
No sé si lo saben, bueno ahora lo sabemos ya todos después de la guerra, que los ornitorrincos utilizan un sistema de electrorrecepción para localizar los movimientos de sus presas. Consiste en detectar los campos eléctricos de otro animal, en este caso el cangrejo, ¡y zasca! ¡Ñam, ñam!
Los antibióticos asimilados por la comida de los cangrejos agudizaron el sentido de electrorrecepción de los ornitorrincos, que empezaron a comunicarse de forma telepática unos con otros y así organizaron su revolución.
El día que ahora conocemos como “El Día del ornitorrinco” fue cuando Platypus I se puso en contacto telepático con el resto de los ornitorrincos del mundo para atacarnos. Y ustedes dirán, bueno, no hay muchos ornitorrincos, en muchos sitios ya se habían extinguido. Pues eso es un error. Empezaron a salir de sus guaridas, del subsuelo en donde se habían ocultado, estaban en madrigueras ocultas bajo raíces y ramas podridas de los árboles, y nos invadieron. Eran enormes, llevaban años alimentándose de comida repleta de antibióticos, pero eso no fue lo peor.
Lo peor fue que muchos ornitorrincos ya estaban en nuestras ciudades. Platypus I avisó con sus ondas cerebrales al ornitorrinco Carl, la famosa mascota, adorable, del zoo de Sídney. El ornitorrinco Carl organizó la revolución de los ornitorrincos de todos los zoos del mundo: Dexter, el mas famoso ornitorrinco del zoo de Londres, Pepe, el del zoo de Madrid, Lannister, el del zoo de Nueva York…, así, todos se fueron sumando al levantamiento.
A la vez, los ornitorrincos que estaban en granjas farmacéuticas, en los laboratorios secretos ubicados en edificios misteriosos de las ciudades, se unieron a la lucha. ¡Un momento! ¿Qué ornitorrincos de ciudad son esos?, me preguntarán ustedes. Pues muchos, porque la ciencia los estaba usando para hacer experimentos con ellos: los atiborraban a antibióticos, también, para ver los efectos de los fármacos, y buscaban con la leche de las hembras crear un suero resistente a las bacterias mutantes que habían desencadenado varias pandemias devastadoras en el mundo. Además, el veneno de los ornitorrincos, tratado de forma conveniente, podía ser la cura de la diabetes.
Entonces, casi nadie sabía que el ornitorrinco es un animal venenoso. ¿Quién puede imaginarlo con ese pico de pato y esa carita adorable? ¡Pues lo son! Tienen unos espolones en las patas traseras llenitos de veneno. Un veneno que te provoca un dolor que dura meses, y te deja hecho polvo. Y el de los super ornitorrincos con antibióticos era un super veneno que causó muchas bajas durante la breve guerra contra los humanos.
Fue en esa breve guerra, que no duró mucho, cuando muchos supimos que eran venenosos. Cuando los ornitorrincos de las aguas llegaron a las ciudades, se juntaron con los ornitorrincos que se habían liberado de los zoos y de los laboratorios y comenzó la batalla. Sus impulsos electromagnéticos se convirtieron en poderosas descargas eléctricas, en rayos que lo destruían todo. ¡Zas, zas!, y los coches saltaban por la aires, los tanques se derretían como mantequilla, las casas se derrumbaban.
Londres fue la primera ciudad en caer, luego Nueva York, le siguieron París, otros sitios de Estados Unidos, pronto toda Australia, de allí saltaron por Asia y llegaron a Europa. El mundo era de ellos. Nos rendimos pronto y una mañana, el día de la derrota, ocurrió lo increíble: emitieron un comunicado por la televisión mundial.
Platypus I habló a los humanos, ahora los esclavos de los ornitorrincos. ¡Habían desarrollado nuestro lenguaje! Entre ellos no lo precisaban porque se comunicaban mentalmente, pero el ser humano era inferior y necesitábamos que nos dieran las órdenes en nuestro idioma, algo que no les costó mucho aprender.
Platypus I nos habló por la tele: estaban hartos y nos harían pagar por todo lo que les habíamos hecho. Nos odiaban por muchas cosas. Primero, estaban hartos de que los confundiéramos con patos. “Miserables humanos”, dijo Platypus I, “aunque tenemos pico no somos patos. Nunca más nos diréis eso”. Y después añadió: “Y tampoco nos gusta que nos llaméis la pesadilla de Darwin. Nunca más”.
La pesadilla de Darwin… Eso sí que era bueno: cuando el naturalista inglés Charles Darwin vio un ornitorrinco en 1836 puso en duda todas sus teorías de la evolución. Desde entonces, los ornitorrincos fueron odiados por los naturalistas y los estudiosos del siglo XIX. A muchos los mataron porque eran una criaturas malditas: un error abominable de la naturaleza. Tenían mamas, es decir, eran mamíferos vivíparos. Sí, pero ponían huevos. Entonces eran ovíparos. ¿Las dos cosas a la vez? Esos bichos se burlaban del naturalista sueco Carl Linneo que en 1753 publicó una clasificación completa de 7.300 especies.
Linneo dijo que los mamíferos eran vivíparos. Ahora llegaba el ornitorrinco que no paraba de poner huevos. Linneo aseguraba que los animales con pico volaban. El ornitorrinco era un gran nadador y de volar nada. Linneo aseguraba que un animal con pico no tenía dientes. Pues los ornitorrincos tenían buenos dientes.
La verdad, los maltratamos mucho, y si no hubieran sido los ornitorrincos, otros animales igual de maltratados se hubieran revelado contra nosotros: la foca monje, la ballena, los monos, los perros… ¡Hasta las vacas, las ovejas o las gallinas podrían haber reclamado justicia! Simplemente, los ornitorrincos no querían seguir los desgraciados pasos del Dodo, un raro pájaro de Madagascar que extinguimos a finales del siglo XVII. El último Dodo se vio en 1674…
En fin, que perdimos la guerra. En las conversaciones de paz los políticos fueron incapaces de conseguir nada, y desde entonces fuimos esclavos, desde ese día, desde “El Día del ornitorrinco”.
Nos llevaron fuera de las ciudades y nos pusieron a trabajar para ellos. En muchos sitios nos usaban para construir una especie de pirámides, como las de los faraones, pero con la forma del pico del ornitorrinco, para así celebrar la tiranía de Platypus I. En China, haciendo sombra a la Gran Muralla, se levantaba un pico de tamaño descomunal. En Nueva York, un pico enorme superaba en altitud al Empire State Building. En Kuala Lumpur, Malasia, el monumento a Platypus  I era dos veces más alto que las Torres Petronas. Fue un  tiempo terrible, pero afortunadamente, de pronto, las cosas cambiaron…
En un lugar oculto un grupo de humanos resistía a los ornitorrincos. Situados en una fortaleza bajo tierra en el desierto de lo que en otro tiempo había sido el mar del Aral, ahora un enorme territorio salado a causa del desastre ambiental que habíamos causado nosotros durante años, allí abajo, bajo toneladas de sal, la resistencia logró el arma que acabó con los ornitorrincos. Es que al hombre se la ha dado muy bien, siempre, eso de crear cosas para la destrucción.
La clave la encontró un investigador en una novela antigua de Ciencia Ficción, en “La guerra de los Mundos” de un escritor inglés, casi olvidado, H. G. Wells. En ese libro, de 1898, la humanidad se salvaba de una invasión extraterrestre contagiándolos con un virus parecido a la gripe o al catarro común, al que los marcianos no eran resistentes.
De esa novela salió la idea salvadora. Los ornitorrincos eran super ornitorrincos porque se habían atiborrado a antibióticos. Uno de los problemas de tomar tantos antibióticos es que te haces menos resistente a las super bacterias. Algo que nos pasaba a los humanos desde hacía muchos años, al habernos auto medicado con antibióticos sin hacer caso a los médicos, tratándonos enfermedades que no necesitaban esos medicamentos, como el refriado o pequeñas molestias de garganta.
Por eso, siguiendo la idea encontrada en la novela de H. G. Wells, se fabricaron unas bombas víricas con neumococos. Cuando estallaron, los ornitorrincos sufrieron neumonías, otra infecciones, y se pusieron muy enfermos. Platypus I se murió pronto, y sin su líder, empezaron a retirarse a sus antiguos hábitats y pudimos reconquistar las ciudades. Así, recuperamos lo que nos quedaba del planeta, totalmente arrasado después de aquellos años que vinieron tras “El Día del ornitorrinco”.
Ahora estamos reconstruyendo el mundo. Pero ya no somos los mismos. Esto nos ha cambiado profundamente. Nos hemos jurado proteger a los animales, tratar mejor nuestro entorno, y leer más. La salvación se encontraba en una novela. Hacemos más caso a los libros, no paramos de leer. La solución a casi todos los males y problemas se encuentra en los libros.
Hace poco hemos encontrado una novela de un escritor checo, Karel Čapek, que la escribió en 1936. Se titula “La guerra de las salamandras” y en ella se nos advierte de una posible rebelión de unas salamandras gigantes super inteligentes. Ahora que lo hemos leído estamos preparados. El conocimiento es poder. Algo que no teníamos cuando nos atacaron los ornitorrincos, después de despreciar a la lectura y a las humanidades durante años. No volverá a ocurrir.
“El Día del ornitorrinco” nos ha hecho mas responsables con el medio ambiente, con nuestro planeta, pero también nos ha devuelto nuestra relación con la literatura y los libros, que maltratamos durante décadas. Si pudieran, los libros también se revelarían contra nosotros, contra nuestros móviles y nuestras tabletas, contra nuestros ordenadores y contra Netflix. Pero bueno, eso ya es otra historia, y además, desde ahora vamos a tratarlos con cariño. Así fue como los libros fueron nuestra salvación y nos liberaron de “El Día del ornitorrinco”.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Paul Weller, el marciano que aterrizó en Woking



*Este artículo apareció en el sitio achtungmag:

http://www.achtungmag.com/paul-weller-el-marciano-que-aterrizo-en-woking/


Paul Weller, el marciano que aterrizó en Woking

Paul Weller ofrecerá dos conciertos en España durante este mes de septiembre. El día 14 tocará en Barcelona y el 15 lo hará en Madrid. Con motivo de esta visita, Achtungmag os ofrece una serie de especiales sobre el músico. En esta primera entrega repasaremos de una forma global su carrera, que se ha dividido en tres etapas: con The Jam, con The Style Council, y en solitario.

Paul Weller nació en Woking, a unos 37 kilómetros de Londres, ciudad perteneciente al condado de Surrey que, antes de hacerse célebre con el éxito de las composiciones del británico, era conocida por ser el lugar de residencia del escritor de ciencia ficción H. G. Wells, cuyas novelas La máquina del tiempo (Valdemar), La isla del Doctor Moreau (Alianza Editorial), El hombre invisible (Alfaguara) y La guerra de los mundos (Alianza Editorial) significaron grandes éxitos en su época.
Y precisamente será en La guerra de los mundos, cuando inmortalice a Woking para siempre: el autor lo elegirá como uno de los lugares de aterrizaje de las naves extraterrestres que inician la invasión.

Aquello, fue en 1898. Muchos años después, en 1958, otro marciano nacía en Woking. Se trataba de John William Weller, conocido en el mundo de la música como Paul Weller; y marciano, sí, por lo portentoso de su talento a la hora de componer canciones plenas de vida, pegadizas y con unas construcciones impecables, circunstancia que le ha llevado a ser uno de los artistas ingleses más reconocidos, figura capital de la cultura británica.

El joven Paul siempre se mostró inclinado a la música, especialmente por la de los Beatles y The Who. Aunque sus padres eran de extracción baja, no dudaron en hacer todo tipo de sacrificios para apoyar al muchacho, e incluso le compraron una de sus primeras guitarras. Tal era la confianza que tenían en él, que el padre, John Weller, se convirtió en su manager desde el primer momento, y ya lo fue toda la vida, hasta su fallecimiento en 2009.

Después de unos principios titubeantes, la formación definitiva del primer grupo importante de Weller, The Jam, cristalizaría en 1976, y apenas un año después, el primer disco de la banda aparecería en el mercado bajo los auspicios del sello Polydor: In the City. El recibimiento del debut de la banda fue positivo, y algunas de las canciones del álbum se convirtieron muy pronto en himnos del panorama punk tumultuoso y revuelto que se había desencadenado en Gran Bretaña. Además de la canción que le da nombre al disco, Away From The Numbers o Art School mostraban el camino por donde iría el grupo, al menos en esos primeros años.


Después de un segundo trabajo, This Is The Modern World, todavía enraizado en el punk, pero de tono mucho más reposado que In The City, la banda firmó All Mod Cons, el disco que los consagró, en parte gracias a temas como Down At The Tube Station At Midnight, donde Weller demostraba toda su capacidad para contar historias cotidianas en sus canciones.


Sin embargo, y tras tres exitosos discos como fueron Setting Sons, Sound Affects y The Gift, plagados de canciones que ya forman parte de los clásicos, Weller entendió que la banda había tocado su techo, que el proyecto estaba agotado, y que era momento de experimentar con nuevas formas musicales que afirmaran su evolución.

Lo que Paul Weller buscaba era un grupo que le permitiera mayor libertad a la hora de componer temas con reminiscencias soul, funk e incluso con toques de jazz. Para ello, fundó The Style Council, junto al teclista Mick Talbot y el batería Steve White. El grupo, sólidamente apoyado en el virtuosismo musical de sus integrantes y en una compleja y laboriosa tarea de imagen, consiguió labrarse una reputación dentro del pop sofisticado y el Art Pop, gracias a composiciones que fusionaban bajos funk, guitarras eléctricas suaves, ritmos de bossa novas, y todo ello salpicado de ritmos de jazz, de soul y con una pizca de disco.


Como resultado, una cantidad de canciones inolvidables: Shout To The Top, The Lodgers, Walls Come Tumbling Down!, My Ever Changing Moods o Long Hot Summer. Después de cinco discos, en donde Our Favourite Shop fue su obra maestra, la deriva de Weller hacia la música house le llevó a un enfrentamiento con la discográfica Polydor, que rechazo el  que debería ser el siguiente disco del grupo. Ese fue el momento para deshacer The Style Council y, embarcado en sellos independientes, iniciar su carrera en solitario.


Será esta carrera en solitario el periodo más largo y fructífero de Paul Weller, a pesar de todo lo que ya había conseguido. Su álbum de debut, que lleva su propio nombre, es una obra maestra en donde se pueden encontrar todavía muchos ecos de The Style Council, pero también un apuesta mucho más forma por el estilo jazzy.

Sin embargo, serán su segundo y tercer trabajos en solitario, de nuevo guiados por la senda de la genialidad, los que lo consagrarán como un solista que a menudo será comparado, ya, con Neil Young, Steve Winwood y Van Morrison, al respecto de la calidad de sus discos y su dilatada carrera, por su calidad compositiva y por la fidelidad y honestidad en sus planteamientos.

De esa forma, Wild Wood, Stanley Road y Heavy Soul, marcarán el rumbo definitivo de la música de Weller. Composiciones complejas con guitarras eléctricas que van derivando hacia el rock potente, como si música se volviera más cruda paulatinamente. El éxito de crítica y público ratifican a Paul como uno de los compositores más importantes de la música popular inglesa, lo que es mucho decir, y continúa sumando trabajos en solitario a su discografía.

La primera década de los 2000 vera el alumbramiento de nueve discos más de Paul Weller. Algunos de ellos son deslumbrantes, como Saturns Pattern y el más reciente, A Kind Revolution. La lista de canciones inolvidables es enorme: From The Floorboards Up, I´m Where I Should Be, White Sky, y las más recientes Woo Sé Mama o Long Long Road. Además, Weller realiza numerosos conciertos y giras, recorriendo prácticamente el mundo entero. Sus shows en directo son todo un regalo eléctrico, plagados de fuerza y acompañados de una banda sobresaliente.


La carrera interminable de este músico no parece resentirse. Después de dos bandas legendarias y una etapa como solista abrumadora, acaba de firmar una banda sonora para la película Jawbond, donde su canción estrella, The Balad Of Jimmy McCabbe, tal vez sea una de las mejores composiciones de Weller. Algo que nos anuncia que el futuro será, acaso, sólo el principio de la historia musical de este marciano del rock.


sábado, 26 de agosto de 2017

El marciano que aterrizó en Woking


*Esta reseña apareció en minuevaedad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/8/16/el-disco-del-mes-stanley-road-de-paul-weller/


Interprete: Paul Weller

Título: Stanley Road

Discográfica: Go! Discs

Género: Rock

Duración: 52m: 10s.

Número canciones: 12

Fecha de publicación: 7 de junio de 1995



El marciano que aterrizó en Woking


El próximo 15 de septiembre, el artista británico Paul Weller tocará en Madrid, y un día antes lo hará en Barcelona. Con motivo de su visita, que garantiza un puñado de canciones, sencillamente, excepcionales, recomiendo como disco del mes uno de sus trabajos maestros pertenecientes a su época en solitario: Stanley Road.
En efecto, Paul Weller, uno de los mejores y más valorados compositores de música rock, junto a los tándems de Lennon/McCartney y Jagger/Richards, ha sido capaz de firmar una cantidad prodigiosa de canciones inolvidables. Weller, nacido en Woking —a unos 40 kilómetros de Londres, localidad célebre por encontrarse allí la factoría del equipo McLaren de Fórmula 1, y por ser el lugar en donde aterrizaron los marcianos al principio de la novela de H. G. Wells, La guerra de los mundos— ha pasado por tres etapas musicales. En primer lugar, con el grupo surgido en el punk y que lo encumbró: The Jam. Después, con una de las formaciones de mayor clase en la historia del pop, The Style Council. Y por último, tras disolver estas exitosas agrupaciones, se embarcó en una prolífica carrera en solitario.
Stanley Road, por tanto, fue el tercer disco de su carrera como solista, y recibe el nombre de la calle de Woking en donde Weller se crio. El disco es un ejemplo de la demoledora capacidad del autor para crear canciones rotundas y perfectas. Weller, que contaba con diferentes números uno de sus etapas anteriores, llevó este trabajo a lo más alto de las listas británicas. Sin duda, alberga algunas de las mejores composiciones que haya escrito en su vida, y eso es mucho decir de alguien que ha firmado A Town Called Malice, Shout To The Top… y un larguísimo etcétera.
Stanley Road es un santuario de canciones, de brillantes canciones. Desde el principio, con The Changing Man, una de sus composiciones más eléctricas, se nos asegura que estamos ante un disco trepidante: le siguen Porcelain Gods y I Walk On Gilded Splinters —versión de una canción de Dr. John popularizada, entre otros, por los Allman Brothers— y que conforman un terceto excepcional para arrancar.
Y después, una de las canciones más inolvidables que haya compuesto Paul Weller: You Do Something To Me. Solamente por esta delicada pieza ya merecería la pena el disco. Pero por si todo ello fuera poco, y junto a otro grupo de temas realmente excepcionales, Stanley Road aún alberga varias obras maestras: Time Passes, Out Of The Sinking, Broken Stones (donde Weller alcanza una de sus más elevadas cotas de lirismo) y Wings Of Speed, una balada que pone los pelos de punta gracias al dúo realizado con Carleen Anderson, cantante de algunos grupos de Acid Jazz, como Incognito.
Porque este es un aspecto decisivo en Stanley Road: la enorme calidad de los músicos que colaboran con Paul Weller. Además de la citada Carleen Anderson, encontramos a Steve Winwood, Noel Gallagher de Oasis, Dr. Robert (que fuera líder de los Blow Monkeys), Mick Talbot y Steve White (que junto a Weller formaban The Style Council) y el guitarrista Steve Cradock (de Ocean Colour Scene).
El talento se acumula en este trabajo y se desborda incontrolable. Es Stanley Road una serie de canciones con una garra desencadenada, que saben convivir junto a momentos estelares de gran sensibilidad. La suma de todo ello, coloca a Stanley Road en un lugar de honor: ese al que solo acceden los discos verdaderamente grandes.