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martes, 12 de septiembre de 2017

Paul Weller en España: repasamos su carrera en solitario



*Este artículo apareció originalmente en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/paul-weller-espana-repasamos-carrera-solitario/

Con motivo de los próximos conciertos en España de Paul Weller, Achtungmag está ofreciendo a sus lectores una serie de especiales sobre el músico de Woking. En esta ocasión vamos a repasar su abundante y luminosa carrera en solitario.

La senda de Paul Weller como solista, después de haber comandado dos grupos tan importantes como The Jam y The Style Council, arroja un saldo de 13 discos en estudio —cuatro de ellos número uno en Gran Bretaña—, además de cuatro directos, otras cuatro recopilaciones y numerosos EPs. Esta exitosa etapa, todavía sin cerrar, se podría dividir en tres partes claramente delimitadas.

1-Primera fase: del Paul Weller Movement a Stanley Road (1992-1995)

Después de disolver The Style Council los intereses musicales de Paul Weller avanzaban en una dirección nueva. Sus composiciones se cargaron de elementos jazzísticos, alumbrando un primer disco con profundos toques de Acid Jazz y en el que mucho tenía que decir la producción de Brendan Lynch. Este debut está atravesado por el espíritu musical de Curtis Mayfield —no en vano, su tema Move On Up siempre ha sido un referente en las actuaciones en directo—, junto a una exploración de las raíces musicales de Weller, ese Rythm´n´Blues de los años 60.

Para llevar a cabo su ópera prima en solitario —1992 Weller eligió una compañía de prestigio, Go! Discs, que había grabado con algunos artistas afines, tales como Billy Bragg. Pero primero, el músico británico había lanzado en su propio sello, Freedom High, lo que sería un adelanto del disco bajo el nombre de The Paul Weller Movement. El single Into Tomorrow, muy bien recibido por crítica y público, le llevó a concretar su trabajo, titulado simplemente con su nombre: Paul Weller.


Para este disco se rodeó de la parte más brillante de The Style Council: el batería Steve White, una pequeña colaboración del teclista Mick Talbot, los coros de D. C. Lee y Camille Hinds; así como la participación del Dr. Robert —de The Blow Monkeys—.

Sin duda, este primer disco en solitario es uno de sus grandes trabajos, que deja canciones inolvidables como Bull Rush, It Didn´t Mean To Hurt You, Above The Clouds, Bitternes Rising… Un inconmensurable conjunto de joyas para una propuesta a modo de bisagra, de transición entre la etapa de Style Council y la carrera como solista.

Wild Wood, de 1993, nos muestra a un músico desatado en sus composiciones. Si el debut era bueno, ahora firmará una joya moderna, eléctrica, que bebe de las fuentes del rock clásico de grupos como Traffic y marcará la definitiva madurez de la nueva etapa.

Aunque repite gran parte del personal de su anterior disco, incluida la producción de Lynch, entre los músicos aparece el guitarrista Steve Cradock —de Ocean Colour Scene— que se convertirá en uno de sus más fieles escuderos y tendrá gran parte de mérito en comprender e interpretar el sonido guitarrero hacia el que Weller va derivando.

Es este Wild Wood un disco repleto de canciones redondas, algunas hasta el límite del lirismo, como la que da nombre al álbum, toda una reivindicación de la potencia y solvencia del autor como compositor. A ella, habría que añadir la demoledora Sunflower, Can You Heal Us (Holy Man), All The Pictures On The Wall, The Weaver…, para otra colección de temas impagable.


Y en 1995, Paul Weller construirá la que pasa por ser su mayor obra maestra en solitario: Stanley Road. Antes, había aparecido un interesante directo, Live Wood, con canciones grabadas durante la gira de los dos primeros discos. El título del disco Stanley Road está tomado de la calle de Woking en donde Weller pasó su infancia y, en ese sentido, emana una melancolía rockera. La sensibilidad en las composiciones está a flor de piel, como queda demostrado en You Do Something To Me, una de las baladas más importantes que se hayan compuesto en los últimos años. 

Pero Stanley Road es mucho más que todo eso: es un trabajo de inspiración sobresaliente con líneas de guitarra producto de la improvisación genial (Cradock, de nuevo, aporta mucho a la personalidad del disco), junto a canciones delicadas que consiguen un balance deslumbrante. Así lo entendió el público, que llevó al disco hasta un cuádruple platino en ventas. Los clásicos se amontonan: Out Of The Sinking, Porcelain Gods, The Changing Man, Time Passes, Pink On White Walls, Wings Of Speed


2-Segunda etapa: los años de la consolidación en solitario (1997-2005)

Heavy Soul, de 1997, era un disco difícil de realizar después haber cosechado un éxito tan grande con Stanley Road. Su título ya nos da una información definitiva de lo que podemos encontrarnos. Se trata de la primera vuelta de tuerca importante en el sonido del artista, que abraza unas composiciones mucho más crudas, con una producción más simple en la que prima un sonido más pesado, con canciones que se deslizan entre la furia —Peacock Suite o Heavy Soul— y el rock delicado —I Should Have Been There To Inspire You o Friday Street—. Es el primer disco de Weller publicado con Island Records.


En el año 2000 alumbra Heliocenric, trabajo de mayor carácter psicodélico, y de sonido mucho más complicado que los álbumes anteriores. El rock desnudo y rabioso de Heavy Soul se viste, ahora, con tonos folks y acústicos, creando una atmósfera introspectiva. Un buen ejemplo de esto son Here´s The Keeper, Frightened y The Love-Less. Y en el año 2002, después de un directo acústico —Days Of Speed— en el que Weller interpreta sus éxitos tan sólo con una guitarra, aparece Illumination, segundo número uno en las listas de álbumes tras el éxito de Stanley Road.

Es Illumination un cierto renacimiento creativo que marca algunas diferencias con los discos anteriores. Avanza en el sonido incorporando algunas soluciones musicales sorprendentes; Weller empieza a tomar riesgos muy serios, esos que lo llevarán, mucho más adelante, a firmar discos como Saturns Pattern que, sin este Illumination, no habría sido posible. Para el catálogo de los grandes hallazgos queda It´s Written In The Stars. Y emboscadas en el disco, algunas colaboraciones de lujo, como Noel Gallagher de Oasis o Kelly Jones, de Stereophonics.

La apuesta que cierra esta segunda etapa es As Is Now, del año 2005. Antes, Weller ha sacado un curioso recopilatorio titulado Under The Influence, en donde selecciona las canciones de los artistas que, evidentemente, lo han conformado como músico: temas de Bob Marley, Tom Waits, Ray Davies de The Kinks, Curtys Mayfield, Marvin Gaye, incluso Coltrane, para un disco en donde Weller tan solo actúa como recopilador.  Será en el impecable Studio 150, a continuación, en donde se atreverá a realizar versiones de grandes clásicos. Mención aparte merece su All Along The Watchtower de Dylan.


En As Is Now, una vez abandonado el sello Island, y de regreso a los sellos de música independientes, Paul Weller da rienda suelta al sonido que ha sido su marca de estilo, rozando en algunos momentos el espíritu de The Jam. Come On/Let´s Go y Here´s The Good News aportan un espíritu joven y optimista, como si el músico hubiera vuelto a mudar de piel. Para el recuerdo, From The Floorboards Up.


3-Tercera etapa: del sueño a la revolución amable (2008-2017)

Después de un nuevo directo, Catch Flame!, en 2008 aparece 22 Dreams, que entra en el número uno de las listas. Lo primero que sorprende de este disco es que, después de 30 años de carrera, Weller no poseía en su haber ningún disco doble, y 22 Dreams lo es. Un torrente de creatividad compositiva para un trabajo con recovecos sorprendentes, un álbum para extraviarse en su interior, reposado pero sin perder sus golpes de rabia, y con algunas composiciones magníficas, como All I Wanna Do (Is Be With You), Have You Made Up Your Mind o Sea Spray. Noel Gallagher repite como invitado, junto a Robert Wyatt y Graham Coxon de Blur.

Para la siguiente entrega, Wake Up The Nation —de 2010—, Weller apuesta por un grupo de canciones cortas, la mayoría apenas sobrepasan los dos minutos, y de estribillos contundentes. Una de las más notables es Fast Car/Slow Traffic, en una sorprendente colaboración con Bruce Foxton, bajista de The Jam, que parece cerrar algunas brechas abiertas desde hacía años. Kevin Shields, cantante y guitarrista de My Bloody Valentine, y el batería de la ELO, Beverley Bevan, son algunos de los invitados para un disco con músculo, visceral.


Una nueva entrega en directo, Find The Torch, Burn The Plans, dará paso a Sonik Kicks, muy en la línea del anterior trabajo en estudio. Si juntamos los títulos de ambos discos, descubrimos cual es el interés de Weller en estos momentos: Despertar a la nación con patadas sonoras. La música debe remover el espíritu, agitar, y Sonik Kicks es una buena muestra de eso: un disco enfebrecido y ruidoso que significó el cuarto número uno en las listas británicas de álbumes. When Your Garden´s Overgrown es una de las mejores canciones del disco.

En 2015 llegó Saturns Pattern, la duodécima entrega de la carrera en solitario de Weller. Auspiciado por la firma en el sello discográfico Parlophone, el resultado musical es buenísimo. Se trata de una actualización —o mejor de una reactualización, dado que Weller está continuamente reinventándose— de todas sus influencias. El inicio del disco es realmente notable, con la garra desencadenada de White Sky, una canción en donde encontramos ciertos recuerdos a Lenny Kravitz, seguido de Saturns Patttern para mostrarnos a un Weller en estado de gracia. Y el ejemplo mayúsculo de todo ello es I´m Where I Should Be.


2017 está siendo un año mágico para The Modfather: ha terminado su primera banda sonora, la de la película británica Jawbone, rubricada con una de las mejores que haya compuesto en su historia: The Ballad Of Jimmy McCabbe. Y a ello hay que añadir la publicación de su decimotercer trabajo en solitario: A Kind Revolution, que viene a hermanar, temáticamente, con Wake Up The Nation y Sonik Kicks, pero de una forma más amable, contenida, como si la proximidad de su 60 cumpleaños le hiciera ver las cosas de una manera más calmada, reposada, para después destaparse con la energía de un chaval. Así es A Kind Revolution. Robert Wyatt y Boy George —en el dueto One Tear— como colaboradores de lujo. Y un puñado de canciones enormes. A destacar Woo Sé Mama, Long Road y Satellite Kid.



Esta última entrega musical es un nuevo paso en la prolongada carrera de Paul Weller. Repleto de energía, se acaba de embarcar en una gira que lo llevará a todos los rincones de Europa, Estados Unidos, Canadá y Japón, como parte de un espíritu de trabajo y mejora continua, que se refleja, sin lugar a dudas, en una discografía excepcional que es como un museo británico de la música.

Disfrutad de un lista de Paul Weller que he creado en Spotify:

jueves, 7 de septiembre de 2017

Paul Weller, el marciano que aterrizó en Woking



*Este artículo apareció en el sitio achtungmag:

http://www.achtungmag.com/paul-weller-el-marciano-que-aterrizo-en-woking/


Paul Weller, el marciano que aterrizó en Woking

Paul Weller ofrecerá dos conciertos en España durante este mes de septiembre. El día 14 tocará en Barcelona y el 15 lo hará en Madrid. Con motivo de esta visita, Achtungmag os ofrece una serie de especiales sobre el músico. En esta primera entrega repasaremos de una forma global su carrera, que se ha dividido en tres etapas: con The Jam, con The Style Council, y en solitario.

Paul Weller nació en Woking, a unos 37 kilómetros de Londres, ciudad perteneciente al condado de Surrey que, antes de hacerse célebre con el éxito de las composiciones del británico, era conocida por ser el lugar de residencia del escritor de ciencia ficción H. G. Wells, cuyas novelas La máquina del tiempo (Valdemar), La isla del Doctor Moreau (Alianza Editorial), El hombre invisible (Alfaguara) y La guerra de los mundos (Alianza Editorial) significaron grandes éxitos en su época.
Y precisamente será en La guerra de los mundos, cuando inmortalice a Woking para siempre: el autor lo elegirá como uno de los lugares de aterrizaje de las naves extraterrestres que inician la invasión.

Aquello, fue en 1898. Muchos años después, en 1958, otro marciano nacía en Woking. Se trataba de John William Weller, conocido en el mundo de la música como Paul Weller; y marciano, sí, por lo portentoso de su talento a la hora de componer canciones plenas de vida, pegadizas y con unas construcciones impecables, circunstancia que le ha llevado a ser uno de los artistas ingleses más reconocidos, figura capital de la cultura británica.

El joven Paul siempre se mostró inclinado a la música, especialmente por la de los Beatles y The Who. Aunque sus padres eran de extracción baja, no dudaron en hacer todo tipo de sacrificios para apoyar al muchacho, e incluso le compraron una de sus primeras guitarras. Tal era la confianza que tenían en él, que el padre, John Weller, se convirtió en su manager desde el primer momento, y ya lo fue toda la vida, hasta su fallecimiento en 2009.

Después de unos principios titubeantes, la formación definitiva del primer grupo importante de Weller, The Jam, cristalizaría en 1976, y apenas un año después, el primer disco de la banda aparecería en el mercado bajo los auspicios del sello Polydor: In the City. El recibimiento del debut de la banda fue positivo, y algunas de las canciones del álbum se convirtieron muy pronto en himnos del panorama punk tumultuoso y revuelto que se había desencadenado en Gran Bretaña. Además de la canción que le da nombre al disco, Away From The Numbers o Art School mostraban el camino por donde iría el grupo, al menos en esos primeros años.


Después de un segundo trabajo, This Is The Modern World, todavía enraizado en el punk, pero de tono mucho más reposado que In The City, la banda firmó All Mod Cons, el disco que los consagró, en parte gracias a temas como Down At The Tube Station At Midnight, donde Weller demostraba toda su capacidad para contar historias cotidianas en sus canciones.


Sin embargo, y tras tres exitosos discos como fueron Setting Sons, Sound Affects y The Gift, plagados de canciones que ya forman parte de los clásicos, Weller entendió que la banda había tocado su techo, que el proyecto estaba agotado, y que era momento de experimentar con nuevas formas musicales que afirmaran su evolución.

Lo que Paul Weller buscaba era un grupo que le permitiera mayor libertad a la hora de componer temas con reminiscencias soul, funk e incluso con toques de jazz. Para ello, fundó The Style Council, junto al teclista Mick Talbot y el batería Steve White. El grupo, sólidamente apoyado en el virtuosismo musical de sus integrantes y en una compleja y laboriosa tarea de imagen, consiguió labrarse una reputación dentro del pop sofisticado y el Art Pop, gracias a composiciones que fusionaban bajos funk, guitarras eléctricas suaves, ritmos de bossa novas, y todo ello salpicado de ritmos de jazz, de soul y con una pizca de disco.


Como resultado, una cantidad de canciones inolvidables: Shout To The Top, The Lodgers, Walls Come Tumbling Down!, My Ever Changing Moods o Long Hot Summer. Después de cinco discos, en donde Our Favourite Shop fue su obra maestra, la deriva de Weller hacia la música house le llevó a un enfrentamiento con la discográfica Polydor, que rechazo el  que debería ser el siguiente disco del grupo. Ese fue el momento para deshacer The Style Council y, embarcado en sellos independientes, iniciar su carrera en solitario.


Será esta carrera en solitario el periodo más largo y fructífero de Paul Weller, a pesar de todo lo que ya había conseguido. Su álbum de debut, que lleva su propio nombre, es una obra maestra en donde se pueden encontrar todavía muchos ecos de The Style Council, pero también un apuesta mucho más forma por el estilo jazzy.

Sin embargo, serán su segundo y tercer trabajos en solitario, de nuevo guiados por la senda de la genialidad, los que lo consagrarán como un solista que a menudo será comparado, ya, con Neil Young, Steve Winwood y Van Morrison, al respecto de la calidad de sus discos y su dilatada carrera, por su calidad compositiva y por la fidelidad y honestidad en sus planteamientos.

De esa forma, Wild Wood, Stanley Road y Heavy Soul, marcarán el rumbo definitivo de la música de Weller. Composiciones complejas con guitarras eléctricas que van derivando hacia el rock potente, como si música se volviera más cruda paulatinamente. El éxito de crítica y público ratifican a Paul como uno de los compositores más importantes de la música popular inglesa, lo que es mucho decir, y continúa sumando trabajos en solitario a su discografía.

La primera década de los 2000 vera el alumbramiento de nueve discos más de Paul Weller. Algunos de ellos son deslumbrantes, como Saturns Pattern y el más reciente, A Kind Revolution. La lista de canciones inolvidables es enorme: From The Floorboards Up, I´m Where I Should Be, White Sky, y las más recientes Woo Sé Mama o Long Long Road. Además, Weller realiza numerosos conciertos y giras, recorriendo prácticamente el mundo entero. Sus shows en directo son todo un regalo eléctrico, plagados de fuerza y acompañados de una banda sobresaliente.


La carrera interminable de este músico no parece resentirse. Después de dos bandas legendarias y una etapa como solista abrumadora, acaba de firmar una banda sonora para la película Jawbond, donde su canción estrella, The Balad Of Jimmy McCabbe, tal vez sea una de las mejores composiciones de Weller. Algo que nos anuncia que el futuro será, acaso, sólo el principio de la historia musical de este marciano del rock.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Paul Weller, the Martian that landed in Woking

By Jose Carlos Rodrigo Breto

trad. by Elena Martínez Sáenz

*Originally posted in spanish in achtungmag.com

Paul Weller will offer two concerts in Spain during this month of September. On the 14th he will play in Barcelona and in the 15th he will do so in Madrid. On the occasion of this visit, ACHTUNG! will offer you a series of specials about the musician. In this first instalment, we will go over his career in a global way, dividing it in three stages: with The Jam, with The Style Council and solo.


Paul Weller was born in Woking, about 37km away from London, city that belongs to the county of Surrey which, before becoming famous due to the British artist’s compositions, was known for being the place of residence of the science fiction writer H. G. Wells, whose novels The Time Machine, The Island Of Dr. Moreau, The Invisible Man and The War Of The Worlds meant great successes of their time.


And it will be precisely in The War Of The Worlds, when Woking will be forever immortalized: the author will choose it as one of the landing places for the extraterrestrial ships that will initiate the invasion.

That was in 1898. Many years later, in 1958, another Martian was born in Woking. This time it was John William Weller, known in the music world as Paul Weller; and a Martian, yes, because of his portentous talent when composing songs full of life, catchy and with impeccable constructions, circumstance that has led him to be one of the better known English artists, capital figure of the British culture.

The young Paul always showed himself inclined towards music, specially the one of The Beatles and The Who. Although his parents belonged to a modest background, they didn’t doubt in making all kind of sacrifices to support the young boy, they even bought him one of his first guitars. It was such the confidence they had in him, that the father, John Weller, became his manager from the first moment, and continued to be so, until his death in 2009.




After some halting starts, the definite formation of Weller’s first important group, The Jam, would crystallise in 1976, and barely a year later, the band’s first record would appear in the market under the auspices of the stamp Polydor: In the City. The debut’s reception was very positive, and some of the album’s songs quickly became hymns of the tumultuous and rebellious punk panorama that had been triggered in the United Kingdom. Aside from the song that gives its name to the record, Away From The Numbers or Art School showed the road the band would follow, at least those first years.


After a second work, This Is The Modern World, still rooted in punk, but with a much more rested tone than In The City, the band signed All Mod Cons, the record that consecrated them, partially thanks to themes such as Down At The Tube Station At Midnight, where Weller proved his capacity to tell everyday stories in his songs.


However, and after three successful records like Setting Sons, Sound Affects and The Gift were, riddled with songs that have become classics, Weller understood that the band had reached its ceiling, that the project was worn out, and it was time to experiment with new musical ways that would confirm his evolution.

What Paul Weller was looking for was a group that would allow him more freedom when composing themes that included soul, funk or even a touch of jazz, For this, he founded The Style Council, along with the keyboardist Mick Talbot and the drummer Steve White. The group, that relayed solidly in the musical virtuosity of its members and in a complex and laborious image duty, was able to bring out a reputation inside the sophisticated pop and the Pop Art, thanks to compositions that united funk basses, soft electric guitars, bossa novas rhythms, and all of it splashed by jazz, soul and some disco rhythms too.


As a result, many unforgettable songs: Shout To The Top, The Lodgers, Walls Come Tumbling Down!, My Ever Changing Moods or Long Hot Summer. After five records, where Our Favourite Shop was their masterpiece, Weller’s drift towards house music drove him towards a confrontation with the Polydor discography, which turned down what should’ve been the next group’s record. That was the moment to dissolve The Style Council and, boarding his independent stamps, initiate his solo career.


This solitary career will be Paul Weller’s longest and most productive period, despite everything he had already achieved. His debut record, that has his own name, is a masterpiece where you can still find echoes of The Style Council, but also a bet on a more jazzy style.

However, it will be his second and third solo works, leaded again by the path of genius, the ones that will consecrate him as a solo artist that will now be often compared with Neil Young, Steve Winwood and Van Morrison, because of the quality of his records and his extensive career, his quality composing and his fidelity and honesty in his approaches.




That way, Wild Wood, Stanley Road and Heavy Soul, will mark the definite direction of Weller’s music. Complex compositions with electric guitars that drift towards powerful rock, as if music was slowly turning rawer. The critic’s and public’s success will ratify Paul as one of the most important composers of popular English music, which is a lot to say, and he continues to add solo works to his discography.


The first decade of the 2000s will see the birth of nine more records of Paul Weller. Some of them are dazzling, like Saturns Pattern and the most recent, A Kind Revolution. The list of unforgettable songs is huge: From The Floorboards Up, I’m Where I Should Be, White Sky, and the most recent ones Woo Sé Mama or Long Long Road. Also, Weller performs numerous concerts and tours, going across practically the whole world. His direct shows are an electric present, raddled with strength and accompanied by an outstanding band.


The never-ending career of this musician doesn’t seem to weaken. After two legendary bands and an overwhelming solo phase, he has just signed the soundtrack for the movie Jawbond, where his star song, The Balad Of Jimmy McCabbe, may be one of Weller’s best compositions. Something that tells us that the future will be, perhaps, only the musical history start of this rock Martian.   

      

sábado, 26 de agosto de 2017

El marciano que aterrizó en Woking


*Esta reseña apareció en minuevaedad.com:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/8/16/el-disco-del-mes-stanley-road-de-paul-weller/


Interprete: Paul Weller

Título: Stanley Road

Discográfica: Go! Discs

Género: Rock

Duración: 52m: 10s.

Número canciones: 12

Fecha de publicación: 7 de junio de 1995



El marciano que aterrizó en Woking


El próximo 15 de septiembre, el artista británico Paul Weller tocará en Madrid, y un día antes lo hará en Barcelona. Con motivo de su visita, que garantiza un puñado de canciones, sencillamente, excepcionales, recomiendo como disco del mes uno de sus trabajos maestros pertenecientes a su época en solitario: Stanley Road.
En efecto, Paul Weller, uno de los mejores y más valorados compositores de música rock, junto a los tándems de Lennon/McCartney y Jagger/Richards, ha sido capaz de firmar una cantidad prodigiosa de canciones inolvidables. Weller, nacido en Woking —a unos 40 kilómetros de Londres, localidad célebre por encontrarse allí la factoría del equipo McLaren de Fórmula 1, y por ser el lugar en donde aterrizaron los marcianos al principio de la novela de H. G. Wells, La guerra de los mundos— ha pasado por tres etapas musicales. En primer lugar, con el grupo surgido en el punk y que lo encumbró: The Jam. Después, con una de las formaciones de mayor clase en la historia del pop, The Style Council. Y por último, tras disolver estas exitosas agrupaciones, se embarcó en una prolífica carrera en solitario.
Stanley Road, por tanto, fue el tercer disco de su carrera como solista, y recibe el nombre de la calle de Woking en donde Weller se crio. El disco es un ejemplo de la demoledora capacidad del autor para crear canciones rotundas y perfectas. Weller, que contaba con diferentes números uno de sus etapas anteriores, llevó este trabajo a lo más alto de las listas británicas. Sin duda, alberga algunas de las mejores composiciones que haya escrito en su vida, y eso es mucho decir de alguien que ha firmado A Town Called Malice, Shout To The Top… y un larguísimo etcétera.
Stanley Road es un santuario de canciones, de brillantes canciones. Desde el principio, con The Changing Man, una de sus composiciones más eléctricas, se nos asegura que estamos ante un disco trepidante: le siguen Porcelain Gods y I Walk On Gilded Splinters —versión de una canción de Dr. John popularizada, entre otros, por los Allman Brothers— y que conforman un terceto excepcional para arrancar.
Y después, una de las canciones más inolvidables que haya compuesto Paul Weller: You Do Something To Me. Solamente por esta delicada pieza ya merecería la pena el disco. Pero por si todo ello fuera poco, y junto a otro grupo de temas realmente excepcionales, Stanley Road aún alberga varias obras maestras: Time Passes, Out Of The Sinking, Broken Stones (donde Weller alcanza una de sus más elevadas cotas de lirismo) y Wings Of Speed, una balada que pone los pelos de punta gracias al dúo realizado con Carleen Anderson, cantante de algunos grupos de Acid Jazz, como Incognito.
Porque este es un aspecto decisivo en Stanley Road: la enorme calidad de los músicos que colaboran con Paul Weller. Además de la citada Carleen Anderson, encontramos a Steve Winwood, Noel Gallagher de Oasis, Dr. Robert (que fuera líder de los Blow Monkeys), Mick Talbot y Steve White (que junto a Weller formaban The Style Council) y el guitarrista Steve Cradock (de Ocean Colour Scene).
El talento se acumula en este trabajo y se desborda incontrolable. Es Stanley Road una serie de canciones con una garra desencadenada, que saben convivir junto a momentos estelares de gran sensibilidad. La suma de todo ello, coloca a Stanley Road en un lugar de honor: ese al que solo acceden los discos verdaderamente grandes.

lunes, 30 de abril de 2012

Too Many Teardrops (por cinco lloré)

Fueron cinco, sí, cinco, hasta el momento por cinco: lloré.
La primera fue S: amor platónico y amor de aula y de adolescencia, pero ella prefería ocultarse para besarse con mi mejor amigo en los portales, después de las clases, mientras yo escuchaba el You Can´t Hurry Love de las Supremes en la versión de Phill Collins. Ni para la canción original valían mis sentimientos tan prematuramente alborados…
La segunda A: sí, A: lloré por ella durante muchos años… tantos años, y conservo aún una carta con su letra, una carta de tinta corrida por goterones de las, entonces, sus lágrimas, sí: sus lágrimas también: ella lloraba porque era incapaz de quererme, ni tan siquiera un poquito: de quererme: a años luz de mi amor por ella. Hacía el esfuerzo por sentir algo y, además, de ese esfuerzo, como unas ronchas amargas, le brotaron lágrimas, como las mías, o eso me dijo: eso me dejó escrito para siempre en mi dolor. Y mis lágrimas: al compás de Thick as Thieves, la canción de los Jam que entonces me arrebató y, años después, al coincidir ambos en un concierto, me fue devuelta: y fui consciente del monigote al que había rendido fidelidad, absurda fidelidad, durante tantos años de corazón atrancado.
La tercera: otra S. Una S de desayunos, fundamentalmente de eso: de desayunos: y por la que escribí el Manifiesto de la Tristeza Azul. Una S que ignoró mi amor silencioso y decidió, mandándome a dormir al cuarto de los invitados, tomar las riendas de su propia vida y naufragarla en la destrucción, mientras sonaban The Style Council y su canción The Whole Point of No Return… Así fue como una S se juntó a la primera S: ya son dos eses: SS, anagrama del dolor, siglas de botas militares, porras e interrogatorios de un amor estrellado y arrojado por la trampilla con ganchos de carnicero.
La cuarta fue una N: N, sí, esa N que decidió absurdamente acostarse con el primero que se le puso delante, así, por capricho, y provocó un hervidero de mi volcán de dolor y de asco aquella mañana en que contemplé mi reflejo en el espejo del baño y descubrí que sería, entonces y desde entonces, un Minotauro sin Creta, un Eugene Tooms sin Baltimore.
Y la quinta, T: siempre T. Consideraba a su cuerpo como un premio que era necesario merecérselo y a cuya piel yo me aproximaba con enormes dificultades y fue un premio que disfrutaron, ese maldito verano de Casillero del Diablo y Satie, tantos y tantos que no se merecían aquel cuerpo y a los que, evidentemente, les adornaban unas virtudes descubiertas acaso en décimas de segundo, unas virtudes de las que yo carecía por completo, a pesar de que hubiera agonizado por T. Pero eso no era mérito suficiente.
Por todas: por todas ellas lloré: pero lo que ignoran es lo poderosos que podríamos haber sido juntos: que desencadené una energía con mi amor que podría haberme convertido en central hidroeléctrica y embadurnar el cielo de vapor de agua y en dos palabras se resume ese derroche de fortalezas y empeños despreciados: es injusto.
Ahora, suena la canción Too Many Teardrops de los Stranglers y concluyo que, en efecto, han sido demasiadas lágrimas.
Demasiadas.
***
CODA:
-Todo eso que ha dicho usted me parece muy bien… ¿Pero qué hay de Ella? ¿Por Ella no ha llorado nunca?
-Ummm –y mientras pensaba la respuesta, realmente, ya estaba llorando por Ella. Volví la cabeza con disimulo para que el tipo aquel no apreciara mis lágrimas y lo fumigué con mi respuesta-: Por Ella ni he llorado, ni lloro, ni pienso llorar jamás…
Él se rió. Sus risotadas eran como puñadas en el centro, justo en el centro de los ahogos de mi pecho.
-Vamos… ¡bien pronto llorará!
Miré por la ventana, desvié la mirada hacia un escaparate, a la esquina, a una alcantarilla, a la acera, a la fachada de un edificio, a una ventana, no sabía en donde refugiar el fuego líquido que se deshacía en mi cara. ¡Joder, ya estaba llorando!
Por Ella. También.
Sí, también. Por Ella, también.

martes, 28 de febrero de 2012

Una ciudad llamada Malicia (abridged)


"El fantasma de un tren de vapor

despierta ecos en mi camino.

Por el momento no va a ninguna parte

-sólo da vueltas y vueltas-.

Niños en el patio y columpios que crujen.

Risa perdida en la brisa."

(Paul Weller -The Jam-, "A Town Called Malice").

Náufrago entre la agonía, floto a la deriva de las lágrimas, acunado por la lástima, mecido en los brazos del odio. Zozobro hacia el ayer y me ahogo en el adiós. Soy expedicionario sin retorno del mañana, perdido en el futuro, anclado en los recuerdos, atrapado por los sueños, enredado entre los deseos... varado en el asco.

Camino por la ciudad. De acera en acera. De calle en calle. De portal en portal y de rabia en rabia. Rabia, sí, rabia. Rabia, por dejar resbalar mi vida ínfima entre las basuras y el pavimento, acodada entre el abandono y el olvido. Intento no recordar el pasado, así no descubriré que soy un fracasado. Una estela amarga, como una larga flema, se me escurre entre la existencia. Hundo las manos en los bolsillos repletos de desesperación y extraigo lodo. Una masa negra y marrón, achocolatada, arenosa, que lentamente rezuma del cerebro y del corazón.

Taxis. Pasos de cebra. Semáforos. Obras públicas. Inmensas avenidas de luz. Señales de tráfico. Soy un automóvil que se estrella contra los atascos, que se golpea contra las colas de los cines. Reviento en pedazos.

Soy un fantasma abandonado en los raíles del metro. Apoyado contra la pared intento dar el salto a las vías. Carezco de tanto arrojo. Siempre me faltó decisión para terminar. El suicidio es una mera cuestión de decisión. Ya lo sé.

EL FANTASMA DE UN TREN DE VAPOR borra el archivo de la mente. De mí mente. Esa mente nunca ordenada por tomos y anaqueles. Esa mente que se aferra, se empeña en olvidar lo que pretendo recordar. El borrado automático sentencia mis posteriores actos. Me arrastro desencantado. Una insidiosa voz repite mi dolor y DESPIERTA ECOS EN MI CAMINO.

El borrado automático provocado por el dolor.

Los caballitos estériles de un tío-vivo giran y giran en el interior de la pupila. Busco en el diccionario del holocausto sentimental una definición que no encuentro. Mientras el dolor se quema y nos asfixian los tentáculos de la ciudad, mientras silban en la neblina del deseo los autobuses fantasmas, mientras escucho gritos en la claridad de las luces de neón, mientras todo sucede a la vez, deseo que dejes caer -una última vez- tu pelo sobre mí. Para poder sentir la seda alrededor de la cara. Tu seda. Sentir tu seda instantes antes de que me cieguen a dentelladas las bocas del metro.

Una lágrima cae de mis ojos. POR EL MOMENTO NO VA A NINGUNA PARTE ya que teme explotar sobre el asfalto duro y resquebrajado por la acción de los hombres. Cuarteado por la acción de tanto castigo, de tanto cansancio diario reiterativo. Reiterativo.

Da igual en que azotea me encuentre. Intento un salto a la liberación desde sus terrazas. El lastre del peso del tiempo me impide emerger al vacío. Me imposibilita para una autodestrucción que colme de felicidad los últimos minutos de la vida. Miro al cielo. La cabeza -como siempre y eternamente- SOLO DA VUELTAS Y VUELTAS. Me emborracho de azul.

Susurro una oración destinada a perdonar mis errores. La penitencia resulta excesiva. Soy incapaz de autoabsolverme. Pálido y tembloroso, descubro que para lo único que tengo soberanía es para la autodestrucción. Y ni a eso me atrevo.

Sentado en un parque contemplo el atardecer. Las sombras se apoderan de las aristas, de los picos, de los pináculos, de las antenas parabólicas de televisión, de los tejados, de los congelados áticos. Las sombras caen sobre las arcadas y los patios interiores. Las sombras lo invaden todo y yo floto entre ellas. Las sombras condenan mi existencia.

Los perros corretean y se rebozan entre la arena. No hay chicos en el parque. Antes me gustaba ver jugar a los NIÑOS EN EL PATIO del colegio. Ahora me asusta. Son un escaso bagaje que nunca podrá sustituirme.

Aterrado, me levanto del banco de piedra. En el parque existe demasiada soledad y COLUMPIOS QUE CRUJEN como para que me sienta un extraño. Sé que estás cerca y hasta puedo escuchar tu RISA PERDIDA EN LA BRISA. Una canción se repite

una estrofa me lastima

late con furia

y un final

que

nunca

llega

sábado, 14 de enero de 2012

One from the Jam (revisited)


Diremos, sí, lo diremos: diremos que esto fue como en una novela de Nick Hornby, como en Alta Fidelidad, por ejemplo: una escena digna de esa novela, sacada de sus páginas… ¿por qué no? Y sin embargo, fue la realidad. Apareció: apareció 17 años después. Sí: 17 años sin vernos y apareció en el concierto de los Jam: delante de mis ojos: se pidieron un mini de cerveza: ella: y su marido.
En efecto: así fue.
Estuvimos los dos en el concierto de From the Jam… Ella, desde luego, siempre estaba presente en cada acorde, en cada rasgueo de guitarra. Presente en cada canción, en That´s Entertainment. Y en Strange Town. Y en la que decía que era nuestra canción: Thick as Thieves. Sí, unidos como ladrones; desde luego, así estuvimos. Y cuando, en el concierto, sonó When You´re Young.
Entonces, sobre todo.
Cuando, por unos minutos, hablamos, ella desplegó todo su odio por mí: un odio curioso: un aborrecimiento que se había perpetuado con el paso de los años: fijado: grasa fría en su corazón y en las –por qué no decirlo- arrugas de su rostro-. Entonces: ese despliegue de odio intenso y estéril me devolvió las canciones de los Jam: todas las canciones: también Smithers-Jones o Down at the Tube Station at Midnight.
Y me devolvió, su odio enlatado, a los propios Jam, de los que se había apoderado durante 17 años y ahora tocaban sobre el escenario, tan alejados del sudor, del calor y de los saltos de la gente, tan ajenos ya a nuestro sudor entre los asientos del coche, al calor que te regalé y tu congelaste con un “nada, nunca, ha merecido la pena” y los saltos de nuestros corazones: el tuyo con sus brincos egoístas, el mío malherido por décadas.
Y pese a todo: ahora habíamos coincidido: ahora estábamos allí.
Cuando en el concierto sonaban las canciones y el bajo de Foxton removía mi memoria, recordaba tus besos: y me repugnaron. Es cierto. Mientras el sonido se derramaba desde el escenario podía sentir cómo me estaba arrancando la piel, dejándola a un lado, mutando, y renaciendo con una piel nueva. Renovándome a base de dolorosos recuerdos. Era ella, en efecto, abrazada a su marido (que jamás podría compartirte con los Jam como te compartí yo: que te los descubrí para que los adorases por el resto de tu vida y ya: siempre: te recordaran inevitablemente: odiosamente: a mí), era ella la que con todo su dolor se abalanzaba en cada nota, en cada puente, en cada armónico.
Y se obró el milagro: entonces, al compás de A Town Called Malice.
Y me transmuté: arrojé mi piel a un lado y, con la piel, toda la dermis de mi pasado que me daba puñetazos en el hígado: y ahora: un nuevo dolor, dulce y renovado, tan delicioso: me punzaba a cada canción. Going Underground!
Sobre la marea de gente y ella, disolviéndose para siempre, y los tiempos de Periodismo, con el sabor dulce y amargo del alcohol en los labios, y puedo saber ya, después del concierto de los Jam: que ella, que ahora quizás acueste a sus hijos, ella: ha sido la píldora más amarga que he tenido que tragar (The bitterest pill i ever had to swallow) y en su momento: el definitivo TOQUE A RENDICIÓN
C´mon boy, c´mon girl, succumb to the Beat Surrender!!!
Y el nuevo inicio: Start!
Había recuperado a los Jam, y había recuperado Thick as Thieves, de nuevo, 17 años después, mi canción, ya nunca más nuestra canción.
Que las trompetas suenen, el metal estalle en mi cabeza (y en mi corazón) y mi vida y mi mundo sigan girando…
Ahora.

domingo, 9 de octubre de 2011

One From The Jam


Hoy estuvisteis las dos en el concierto de From the Jam… Estuviste tú, desde luego, presente en cada acorde, en cada rasgueo de guitarra. Presente en cada canción, en That´s Entertainment. Y en Strange Town. Y en la que decías que era nuestra canción: Thick as Thieves. Sí, unidos como ladrones; desde luego, así estuvimos. Y cuando sonó When You´re Young. Entonces, sobre todo.

Pero ella también estuvo. Ella: que ni sabe quienes eran los Jam, que incluso puede que los considere un molesto ruido. Ella, tan alejada del sudor, del calor y de los saltos, tan ajena a Smithers-Jones o a Down at the Tube Station at Midnight. Quizás navegando por su Facebook. Y pese a todo estaba allí.

De ti, cuando sonaban las canciones y el bajo de Foxton removía mi memoria, recordaba tus besos. Sí, de ti aún tengo tus besos, que ya es mucho más de lo que conservo de ella. Mientras el sonido se derramaba desde el escenario podía sentir cómo me estaba arrancando la piel, dejándola a un lado, mutando, y renaciendo con una piel nueva. Renovándome a base de dolorosos recuerdos. Eras tú, en efecto, la que con todo su dolor se abalanzaba en cada nota, en cada puente, en cada armónico, para abrasarme con el soplo caliente de tus labios que parecían haber descendido desde el techo de la sala para hacerme llorar al compás de A Town Called Malice. Tú: seguro.

Lo extraño es que allí, también, estaba ella, presente. Me transmuté, arrojé mi piel a un lado y con ella mi pasado que me daba puñetazos en el hígado: y sin embargo un nuevo dolor renovado me punzaba a cada canción. Going Underground!

Sí, estabas allí: no cabe duda. Como ya noté que estabas, aunque ni hubieses nacido todavía, cuando hace unos días vi un DVD de los Jam, del año 80. Igual que entonces: te elevabas sobre la marea de gente y te agarrabas de mis brazos levantados como para decirme, o recordarme, que ya nunca habré amado a nadie como a ti y que ya nunca jamás lo haré: y que cualquier intento de tenerte es imposible.

Y contigo y con ella, y con los tiempos de Periodismo o de Teoría de la Literatura, con el sabor dulce y amargo del alcohol en los labios, puedo saber ya, después del concierto de hoy: que tan sólo me resta, para acabar de arreglar todo este imposible, morirme.

Morirme: y antes de cerrar los ojos poder asegurar que tú, sí tú, y no ella, que ahora quizás acueste a sus hijos, tú: has sido la píldora más amarga que he tenido que tragar y el definitivo

TOQUE A RENDICIÓN.

C´mon boy, c´mon girl, succumb to the Beat Surrender!!!

Y que las trompetas suenen, el metal estalle en mi cabeza (y en mi corazón) y la miseria de mi vida y mi mundo sigan girando…