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lunes, 15 de enero de 2018

Ara Malikian en Madrid: Mucho más que las aventuras de un violín




*Esta crónica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/ara-malikian-madrid-mucho-mas-las-aventuras-violin/

Llevo suficientes años dedicándome a la crítica musical, presenciando conciertos, para reconocer a un genio en el mismo momento de verlo evolucionar sobre el escenario. Ara Malikian no deja ningún lugar a la duda: en cuanto aparece ante el público emana una luz que sólo está destinada a los grandes talentos. Porque este violinista genial, además, es un showman de primera y un entretenedor como he visto pocos. Su concierto en Madrid, el pasado día 29 de diciembre, demostró que Malikian es una bestia de las tablas, un devorador de audiencias, un encandilador moderno. Un artista que enlaza a su virtuosismo la humanidad y la calidez de los elegidos.

No es por casualidad que antes del concierto, en las pantallas de video y sobre el telón que oculta el escenario, pudiera leerse Corral de comedias portátil de Ara Malikian, y a los lados unas telas con un dibujo que imitaba a una corrala. Este detalle, el del corral de comedias, que muy bien puede pasar desapercibido para el público, es el leitmotiv del violinista, el hilo conductor que va a empastar todo el espectáculo, la forma con la que Malikian desgranará su música.

Los corrales de comedias tenían mucho de fiesta popular ambulante durante el Siglo de Oro español, producto de una tradición teatral en donde la obra de entretenimiento (es decir, la comedia) era la pieza más importante. Por supuesto, una buena comedia debía hacer reír, pero también emocionar y hasta provocar algún que otro llanto, además de llamar a la reflexión mediante el humor y presentar una visión crítica y deformada de la realidad con cuya hipérbole se ponía acento en algún aspecto esencial de la sociedad del momento.

No hubo mayor lugar de comedias que España, y parece que eso lo sabe muy bien Ara Malikian al instalarse en esa tradición, pero es que, pronto, su espectáculo se convierte también en comedia, siguiendo los cánones de entretener, emocionar, y mostrar espacios para la reivindicación y la reflexión. Todo ello, salpimentado de humor, trayendo así, al frente del escenario, la impecable interpretación de toda una banda de virtuosos —batería, guitarra, viola, violonchelo, contrabajo y percusiones africanas— con su Gran Entretenedor a la cabeza.

Es Malikian un Shakespeare en The Globe, o un Lope en Almagro, es un actor, un comediante, un feriante, un chisgarabís con seso y mesura, un zascandil juicioso y un hombre mágico. Un encantador. Su violín es una varita mágica. Su violín es un flautín con el que atonta a las cobras que serpentean en el interior de un cesto de mimbre. El pabellón, abarrotado, guarda silencio cuando habla, guarda silencio cuando toca el violín, guarda silencio incluso cuando aplaude rendido.

Es un chamán, un titiritero balcánico vestido con muchas pieles que se engolfa en sus danzas armenias, en los sonidos libaneses, en los ritmos de las czardas romanís, en el crujido de la música proveniente de los banatos, convirtiendo su violín en guzlas y rabeles. Sus melodías son canciones que hablan de hombres, hablan de alegrías y de tristezas, hablan de niños y mujeres, encandilan con una llamarada porque cada vez que el arco roza las cuerdas del violín es como si frotase una lamparilla mágica que reventara en colores.

Los tonos amaderados de su música son un bebedizo fuerte como el raki, emanan de su violín aromas de cafés y Anatolia, dulces de baklavas, y resultan contundentes como la humareda densa y amanzanada de un narguile.

Una guitarra eléctrica distorsionada inaugura la sesión del corralillo. Está sonando rock en un concierto de un violinista, y no es cualquier cosa, es Vodoo Child, el tema popularizado por Hendrix, toda una advertencia: vamos a presenciar eso que los críticos denominan como Crossover clásico, o tal vez no, tal vez vayamos a ver una comedia de casi tres horas sobre la biografía musical de Ara Malikian; y empieza a golpe de rock duro.

De momento, la definición de Crossover es impecable, dado que a la intensa y llamativa versión de Vodoo Child al violín, que se acompañada de forma contundente por la banda, le sigue una fusión bien curiosa con el Réquiem de Mozart. Pero eso esto es mucho más, dejarlo congelado en la definición de un concierto de Crossover Clásico sería hacerle un flaco favor. Es un espectáculo de violines, un recital de músicas del mundo, un regalo de sensibilidad, un ofrecimiento de paz, armonía y tranquilidad.

En efecto, tranquilidad, una calma represada que se contiene en la versión de Life On Mars de Bowie, que hunde a los asistentes en una melancolía lenta y en una trascendencia vital. La música debe conseguir eso, la catarsis en los asistentes, algo así como la función del teatro aristotélico propuesto en su Poética (Alianza) de hace 25 siglos, y Malikian nos redime con sus cuerdas, hace que nos sintamos todos más ligeros, incluso contentos por estar viviendo ese día.

Durante toda la actuación hay tiempo para el humor. Ya sea en el discurso del violinista dirigiéndose al público, convirtiendo el concierto en un concierto biográfico, ya sea en alguna de las piezas interpretadas (La Campanella de Paganini, por ejemplo). Y tras una vibrante Misirlou que es como un terremoto en el Peloponeso, llega 1915 y se abren los corazones.

¿Qué ocurrió en 1915 que merece un tema tan desgarrador? Es el año en que se desencadenó el genocidio armenio, alcanzando las matanzas hasta 1923. Arrojó casi dos millones de muertos a manos del Imperio Otomano y el gobierno de los Jóvenes Turcos, el nombre por el que se conocía al partido nacionalista de Enver Pasha, en el poder de Turquía. Se toma, oficialmente, el 24 de abril de 1915 como fecha para conmemorar la masacre, el día en que el gobierno turco empezó con las detenciones de armenios en Estambul.

Por supuesto, y en un tono serio que no ha empleado en todo el concierto, Ara Malikian se encarga de explicar todo eso al público como introducción a la pieza. Este drama, que junto con la Shoah está considerado como uno de los mayores genocidios del siglo XX, fue magistralmente retratado en la novela Los cuarenta días del Musa Dagh (Losada) del praguense Franz Werfell. Si os interesa una crítica que realicé hace un tiempo, os dejo este enlace:


Se trata de un tema terrible: el exterminio sistemático de una porción de la población por motivos étnicos. Desde Auschwitz, aunque también podríamos decir que desde el genocidio armenio, como sostuvo Theodor Adorno, no parece ya que sea posible escribir poesía. Evidentemente, estas palabras no significan literalmente lo que dicen, sino algo mucho peor.

Con la perpetración del genocidio el hombre ha perdido la inocencia, el candor necesario para fascinarse ante la belleza. Se ha embarrado. Y precisamente la poesía, y por supuesto la música, solo se puede componer desde esa inocencia, desde el estado de eterna perplejidad y asombro infantil que posee al espíritu del creador. Las matanzas nos han despojado de la belleza. Y por eso la poesía y la música son difíciles de admitir tras los crímenes.

Así lo entiende, también, Malikian en su tema 1915. Por eso, una gran parte de la interpretación se produce pellizcando el violín con los dedos. La poesía de la música de la que el hombre ya no es merecedor se obtiene con la caricia del arco sobre las cuerdas. Ante el drama y el asesinato masivo, hay que arrancarle a golpes la música al instrumento, con las manos, de una forma humana y trabajosa que nos pone en contacto directo con el barro de las fosas comunes.

Será gracias al poder regenerador de la composición de Malikian, que nos trae de vuelta a las víctimas para honrarlas, cuando se pueda acariciar de nuevo el violín, pero siempre con una larga flema de dolor que anega toda la composición. Aunque libanés de nacimiento, es de ascendencia armenia; por todo eso es un Wadji Mouawad de la música clásica.

Afortunadamente, el concierto está repleto de momentos en los que el corazón galopa de gozo y no se empequeñece de congoja como con 1915. Ahí está la épica interpretación del clásico de Led Zeppelin, un Kashmir antológico. No se me ocurre un mejor tema para el violín moderno de Malikian. El pesado ritmo de la composición permite el relieve del fraseo del instrumento, que hace las veces de la voz de Robert Plant. Los aires marroquís de kasbas y medinas son perfectos para aromatizarnos desde el violín del Gran Entretenedor.

También, Broken Eggs, el Requiem por un loco —compuesto para despedirse de su violín que se le había roto— o la magistral El vals de Kairo —creada poco antes del nacimiento de su hijo—, desencadenan admiración y entusiasmo entre los asistentes, que muchas veces no saben si guardar silencio o romper a ovacionar.

Exactamente eso ocurre con el último tema del concierto, de Johann Sebastian Bach. A la belleza insostenible de la pieza, se le suma una interpretación emocionante, cuando, de pronto, Malikian se baja del escenario mientras continúa tocando, y se mezcla entre un público que asiste a su paseo de una forma reverencial, extática, solemne.

En mitad de la muchedumbre, el violinista derrama su medicina. Ilumina el rostro de las personas ante las que pasa, erguido, imbuido del espíritu de todos aquellos músicos que, antes que él, tocaron el instrumento, y a cuyo legado debe su arte. No se trata sólo de Malikian caminando entre su público, es una oferta: es la posibilidad de curarnos con el sanador multitudinario, con el hacedor de milagros, con el hombre que ha venido a contar su historia en el centro del patio del corral de comedias y se ha transmutado en un actor del método, en un divo de la ópera, en un humilde servidor de sueños.


Así es el violín de Ara Malikian. Porque es ese violín, cuando lo acaricia, es el que le hace ser como es, sin bebedizos ni pócimas mágicas. Únicamente con música. Y a nosotros nos convierte en sus feligreses. Solo podemos exclamar: ¡La curación ha comenzado!

miércoles, 20 de diciembre de 2017

No hace mucho. No muy lejos: La exposición de Auschwiz abra sus puertas en Madrid


Esta columna apareció en achgtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/no-mucho-no-lejos-la-exposicion-auschwitz-abre-puertas-madrid/

Realmente no existe una excusa para no asistir a lo que es un pedazo de nuestra vergüenza más inmediata. Y tiempo para ello hay de sobra, porque la exposición sobre el Campo de Exterminio de Auschwitz que se inaugura desde hoy, primero de diciembre, en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid, alcanzará hasta el 17 de junio de 2018. Con el lema “No hace mucho. No muy lejos”, se nos propone un recorrido por ese pedazo del horror moderno que ha conformado parte de la personalidad del hombre de la segunda mitad del siglo XX, aquel que, según Adorno, ya no podía escribir poemas tras Auschwitz.

Por eso he querido hoy, desde esta columna de opinión de El Odradek que me brinda todas las semanas Achtung!, dedicar estas líneas a la reflexión sobre un lugar que, indudablemente, en el instante en que pude conocerlo en persona, reconfiguró mi percepción de la Historia y me moldeó como parte del escritor que soy hoy en día. Sobre este asunto, ya he hablado en esta misma revista online:


Ahora quiero detenerme en lo que la exposición de Madrid nos ofrece, y en dónde radica lo verdaderamente importante de la muestra.

En primer lugar, tengo que reparar en el lema, en ese demoledor “No hace mucho. No muy lejos”, que casi parece decirlo ya todo. En efecto, para la marea devoradora de la Historia, algo que ocurrió hace poco más de 70 años no significa nada, pero es un lapso de tiempo que, para la vorágine de nuestro moderno devenir, puede parecer olvidado. Ciertamente, un genocidio de semejantes características, cometido a mitad del siglo pasado, en lugar de darnos la sensación de pertenecer al lugar oscuro del olvido de los hechos tendría que mostrársenos bien presente. Porque está ahí al lado. Todavía.

Y sucedió no muy lejos. En el mismo corazón de Europa. Actualmente, y gracias a los modernos medios de transporte, se encuentra a unas tres cómodas horas de avión. Esta debería ser una circunstancia que no podría dejarnos indiferentes, porque se trata de un crimen de unas dimensiones tan descomunales que no ha sucedido, para nosotros españoles y europeos, en las catacumbas del otro extremo del mundo.

Sin embargo, en España nunca ha habido una cultura del Holocausto, si es que se puede denominar así. España, tradicionalmente, siempre ha abrazado una actitud abiertamente pro palestina, algo que tal vez pueda entenderse si hurgamos en los complejos históricos que nos encadenan a aquella expulsión de los judíos en 1492, o a Franco y su parafernalia política. Desde luego, cada país es dueño de posicionarse políticamente como prefiera.

Y a nosotros nos acompaña desde hace mucho esta elección, que no significa un antisemitismo reconocido o un sentimiento anti hebreo de por sí. Solamente es la actitud política de simpatizar con uno de los lados en un conflicto que muchos entienden como claramente excluyente. O estás con unos o vas en contra de los otros. Y de ahí, a negar el Holocausto, o a tomarlo demasiado a la ligera, hay un paso.

Pero el hecho de que este país se manifieste abiertamente pro palestino en sus políticas y comportamientos no debería llevarnos a ignorar el crimen del Holocausto o, lo que es peor, a permitir la sangrante costumbre de ponerlo en duda o trivializarlo. Los españoles somos muy de odiar visceralmente y de no perdonar afrentas por los siglos de los siglos. De ahí que aquellos franceses napoleónicos que nos invadieron en 1808 nos siguen irritando tanto ahora como antes, pero eso no fue óbice para que con motivo de los tristes y lamentables atentados yihadistas de París en nuestro país se levantara una sincera oleada de apoyo y solidaridad. Entonces, ¿por qué motivo no ocurre esto con los judíos?

Me he sorprendido, de verdad lo digo, en más de una ocasión, teniendo que dar demasiadas explicaciones ante la ceguera de turno de quién pretendía negar el Holocausto. No lo ponía en duda o se atrevía a discutir uno u otro aspecto, lo negaba. Y ahí radica la enorme fortaleza de este crimen. Y su triunfo por encima del tiempo.

Sin embargo, y esto todavía me sorprende más, estamos en la querida Sefarad de un montón de hebreos que todavía conservan la llave de su casa medieval de Toledo, o de cualquier otro pueblo de donde sus antepasados fueron expulsados. La concesión del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia al Museo del Holocausto Yad Vashem en 2007, o a las Comunidades Sefardíes en 1990, son dos gestos de reconocimiento oportunos, pero que no tuvieron mayor calado en el ciudadano de a pie, que continúa entendiendo poco y mal del asunto, e incluso argumentando auténticas barbaridades en relación a Auschwitz y a lo que, realmente, aconteció en aquel lugar de martirologio.

No nos engañemos, gestos como el del embajador Sanz Briz, son excepciones que, por su carácter especialmente extraño, llaman todavía más la atención por lo exótico y casi disparatado. De ahí la importancia de que la inauguración de esta exposición itinerante tenga lugar en Madrid. Nadie con mayor despego por este crimen que nosotros, los españoles.

Mi padre y mi madre fueron hijos de la Guerra Civil. Mi padre lo paso peor, le tocó en Barcelona, y mi madre la superó en Zaragoza, protegida, además, por su padre (mi abuelo) que se mostró muy competente para sobrevivir en esos momentos de dificultades. Por ese motivo, mis progenitores siempre se mostraron liberales, aunque no modernos —no se puede obviar que eran hijos del franquismo—. Quiero decir con ello que eran completamente empáticos con el sufrimiento humano.

Mi padre no dudaba en hablarme de atrocidades cometidas por el Ku Klux Klan sobre la población negra de América (entonces eran simplemente negros, no afroamericanos), por ejemplo, en unos años en donde la educación escolar en valores no existía, porque tampoco era necesario que nadie inculcara en nuestras tiernas cabecitas de infantes que no se debía apalizar a otro o que, simplemente, los demás merecían un respeto. Sin embargo, no creo recordar, al menos hasta donde mi memoria alcanza, que mi padre me hablara alguna vez de los judíos ni del Holocausto.

En efecto, no existe una tradición a ese respecto en España, ni siquiera ahora en que tanta literatura y cine han contribuido a popularizar los sucesos, con no siempre el mismo efecto. Nadie podrá apearme de que en este país retrocedimos años en este asunto a raíz del éxito comercial, Óscar incluido, de La vida es bella. Una película que contribuyó a trivializar un asunto por el que tal vez podríamos haber empezado a interesarnos gracias a la recuperación histórica, poco después, de Sanz Briz o Francis Boix. Sin embargo, la sombra de aquella película, tal vez mal entendida, no digo que no, tuvo mucho de significativo alimento para quienes ya se tomaban el asunto a broma.

Y me pregunto qué reacción tuvo la contemplación de ese filme en aquellos que como Primo Levi consagraron sus vidas a dar testimonio, a luchar contra el horror, a contemplar en el espejo su imagen manchada por la llamada “indignidad del superviviente”, y que terminaron con sus vidas por pura impotencia y hartazgo.

El aluvión comercial ha llevado a incluir Auschwitz dentro de los programas de visitas de los tour operadores. En los circuitos turísticos. Eso, cuando yo lo visité en 1991, no ocurría. De esta forma, se ha producido una trivialización del Holocausto, en parte con trabajos que han hecho tanto bien como mal (por ejemplo, La lista de Schindler) a la hora de popularizar el asunto. Es indudable que todo lo que sea dar a conocer y difundir el drama es bueno, pero tal vez, si falta rigor, se puede caer en esa terrible banalización.

Por eso, exposiciones como esta son tan necesarias, porque viene avalada por el propio museo del campo, con seriedad, con un único objetivo: mostrar el horror. Lo que allí sucedió.

En la muestra nos vamos a encontrar con una serie de objetos heridos de tristeza. Esta tristeza de los objetos, de los zapatos y las gafas, de un vagón de ferrocarril, de un barracón, emana directamente del lugar de procedencia: el centro del dolor humano. Sólo visitando el campo, o acudiendo a esta exposición, se puede comprender el verdadero significado de la frase de Adorno sobre esa imposibilidad de la poesía después de Auschwitz.

Porque la poesía nos pone en contacto con un lado inocente e infantil que, desde que los hombres fuimos capaces de perpetrar aquella desgracia, hemos extraviado, para no recuperarlos nunca más. Eso es lo que nos impide ser poetas después de los campos de exterminio: ya no seremos honrados ante la belleza porque nos acompaña la mácula del terrible crimen que pesa sobre nuestras conciencias.

Un poeta es una persona que se sorprende ante la belleza de la naturaleza. Pero, ¿qué capacidad de sorpresa puede quedarnos, es decir, que bagaje de pureza, tras sucesos como los de Auschwitz? Siento decirlo, pero así lo creo: en este aspecto el campo representa una gran victoria para quienes lo crearon, es decir, la más absoluta de las derrotas para el género humano.

Porque lo realmente aterrador y maligno de los campos de exterminio es la institucionalización de la muerte como producto. El hombre es la materia prima que, debidamente transformada, según las reglas más efectivas de rendimiento, plazos y costes industriales, acaba manufacturado en Muerte. Allí se fabricaba Muerte en serie, y se dedicaban todos los esfuerzos a ello. Este concepto innovador y aterrador es el que provoca el fracaso gnoseológico que nos hará arrastrar una quiebra epistemológica que nos alcanza como hombres del siglo XXI.

La industrialización de la muerte, con todos los recursos productivos puestos a su disposición, ya sean económicos o humanos, marcará un antes y un después, tanto en las preguntas que desde entonces debemos formularnos acerca del comportamiento de los hombres, como en las respuestas que debemos hacernos acerca de los motivos que son capaces de desencadenar semejantes conductas.

Y aunque, a día de hoy, en parte gracias a toda la carga de investigación, de documentación, y de estudios referidos al asunto, pueda parecer que poseemos soluciones, créanme, estamos tan lejos de encontrar una respuesta a las preguntas como cerca de concluir que, todo aquello, no fue algo más que lo meramente inherente al comportamiento humano; un comportamiento que se desencadena en determinadas circunstancias, y del que, por ende, ninguno de nosotros estamos libres si se nos condiciona lo suficiente.


Por eso, aquello que no ocurrió ni hace tanto tiempo, ni tan lejos, puede ocurrir de nuevo, tal y como sostenía Primo Levi, en cuanto bajemos la guardia, nos descuidemos, o simplemente pensemos que se trata de una sarta de exageraciones, cuando no de mentiras. He aquí la verdadera necesidad de acudir a la exposición. Y por cierto, por duro o difícil que puede parecer: lleven a sus hijos. Todos nos estaremos haciendo un favor.

jueves, 21 de septiembre de 2017

No me preguntes como pasa el tiempo: Paul Weller y su (r)evolución amable



*Esta reseña apareció originalmente en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/no-me-preguntes-pasa-tiempo-paul-weller-revolucion-amable/


Paul Weller posee una extraña virtud: cada concierto suyo parece ser el mejor concierto que hayas visto. Así, hasta que vuelve y te demuestra que estabas en un error, que el de ahora sí que ha sido su mejor concierto…, hasta que retorna de nuevo. El músico británico, apoyado en una banda sobresaliente y plagada de talento, nos ofreció en la madrileña sala de La Riviera un ejemplo de la mejor manera de combatir el paso del tiempo: a golpe de rock, de canciones imperecederas, sin olvidarse del pasado —al que hay que tratar con respeto—, pero mirando con firmeza al futuro. Quizás, en la música de Weller, lo que menos importe es el presente, el ahora, porque sus discos siempre contemplan la posibilidad de la posteridad y sus actuaciones nos dejan una permanente sensación de asombro que aumenta con el transcurso de las horas, hasta que somos conscientes de que hemos visto uno de los shows más grandes de nuestra vida… Y ya llevamos unos cuantos.


Estamos en algún instante entre 1908 y 1910. Marcel Proust está creando una de las más grandes obras literarias posibles: En busca del tiempo perdido (Alianza Editorial). Escribiendo de noche y durmiendo de día. Induciendo el sueño con veronal. Voluntariamente recluido por 15 años en un cuarto del número 102 del parisino bulevar Haussmann. Con las paredes forradas de corcho para aislarse del ruido. Imaginemos al autor enfermizo, hipocondriaco, malherido de asma, poniendo a su servicio los resortes narrativos derivados de la recuperación del tiempo, componiendo su monumento literario gracias al flash back producido por una magdalena:

“En el mismo instante en que ese sorbo de té mezclado con sabor a pastel tocó mi paladar… el recuerdo se hizo presente… Era el mismo sabor de aquella magdalena que mi tía me daba los sábados por la mañana. Tan pronto como reconocí los sabores de aquella magdalena… apareció la casa gris y su fachada, y con la casa la ciudad, la plaza a la que se me enviaba antes del mediodía, las calles…”

Ahora, nos encontramos en el madrileño Paseo de la Virgen del Puerto, en el interior de la sala La Riviera. Paul Weller aparece sobre el escenario. Suenan las primeras notas de White Sky, la canción que abre su penúltimo y brillante disco, Saturns Pattern. El público, que casi llena por completo el lugar, está rendido al genio británico desde el primer instante. Y eso es así porque se lo ha ganado a pulso tras una carrera modélica, repleta de giros y cambios de orientación, pulsando los más variados resortes musicales. En una palabra: evolución.

Segunda canción, segundo tema de Saturns Pattern: Long Time restalla con la furia de un puñetazo. Estas dos primeras piezas demuestran que las direcciones musicales de Weller son impredecibles. Tan pronto abraza el soul como el funk, pasa del pop al rock, coquetea con la psicodelia y los sintetizadores… Es un hombre en permanente estado de inquietud. Un líder que disolvió las dos bandas en las que militaba —The Jam y The Style Council— cuando entendió que las fórmulas estaban agotadas. Un músico de abrumador pasado que se muestra iracundo y contundente sobre el escenario, después de tanto tiempo y batalla. ¿Cómo lo consigue?

En la tercera canción del concierto encontramos la respuesta a cómo hace lo que hace, que fundamentalmente consiste en fascinarnos con cada disco o concierto: Toca I´m Where I Should Be (así, el concierto se ha abierto con tres canciones seguidas de Saturns Pattern). Estoy donde debo estar, podríamos traducir este título. En efecto, Weller, tras años de luchas musicales, de intentos de reivindicarse, de crear algunas de las canciones más bellas del rock inglés, está en el lugar en donde debe estar. Esto es, grabando discos magníficos, como su último trabajo, ese A Kind Revolution que le trae de gira, o derrochando energía sobre un escenario.

Y allí, sobre la tarima de La Riviera —que es donde Weller debe estar—, estalla la primera canción proustiana, la magdalena musical. Se trata de My Ever Changing Moods. El músico es ahora un chamán que ha convocado y rescatado de las sombras del tiempo a una banda de leyenda: The Style Council. Con los primeros acordes de esa inconfundible guitarra, la memoria involuntaria del público se ha deslizado sin ataduras hasta mediados de los años 80.

Mientras coreamos a gritos la canción aparecen, por los resquicios del recuerdo, las noches de discotecas, las juergas con los amigos, los veranos de cervezas… My Ever Changing Moods tiene ese poder. El poder de disparar la nostalgia, siempre algo amarga, y la capacidad de pintar una sonrisa, ciertamente dulce, en el rostro de los espectadores que se ven a sí mismos bailoteando al ritmo bossa-nova de Had You Ever Had It Blue, con unos pantalones vaqueros desteñidos, hombreras, y el viento canoso de la década acariciándoles el pelo engominado.

Porque Weller ha concatenado dos canciones de The Style Council, y tras My Ever Changing Moods ha interpretado Had You Ever Had It Blue; un tema bien curioso porque se trata de una reescritura de With Everything To Loose —del disco Our Favourite Shop—. La pieza original, de incendiaria letra política y reivindicativa, para su mudanza de piel en Had You Ever Had It Blue se ha transformado en una cuestión de amores desesperanzados. El objetivo de esta re-composición fue la banda sonora de la película Absolute Begginers de Julian Temple, un musical repleto de estrellas del pop, como Bowie, Sade, etc.

Weller ha conseguido algo más que enfervorizar al público con estos temas de The Style Council. Igual que aquella magdalena de Proust que desencadenaba los resortes de la memoria involuntaria, por un instante nos ha hecho partícipes de una pequeña parte de la letra de My Ever Changing Moods

The past is knowledge
The present our mistake
And the future
We always leave too late.

El pasado es sabiduría, el presente nuestro error y el futuro siempre lo dejamos para muy tarde”. Estos serán los pilares fundamentales sobre los que se cimentarán las casi dos horas de concierto de Weller, sólidamente ancladas en el pasado, ubicadas en nuestro presente, pero siempre mirando hacia adelante, prolijas en conocimiento y con la importancia de saber reconocer los errores para convertirlos en mejoría y porvenir.

Por eso, aparece Nova, la primera canción que interpreta de A Kind Revolution, seguida de Long Long Road, en un interesante binomio para presentar este último trabajo. En Nova los ecos de David Bowie son notables, el cantante ha tomado un riesgo, porque todas sus composiciones de A Kind Revolution, como ocurría con Saturns Pattern, miran aventuradamente al futuro. Long Long Road es una canción lírica y delicada con cierto regusto a The Beatles, que se agudiza en su interpretación en directo. De nuevo, ese pasado que es conocimiento, como el mayor de los tesoros de Mr. Weller.

Saturns Pattern, la canción que da título a ese disco, brota a golpes de teclado, iluminando las curvas y los sinuosos recovecos que la música del Modfather ha recorrido en sus ansias de futuro. Y demuestra que es una de esas composiciones maestras al comportarse en directo de una forma arrebatadora. Así, llega Up In Suze´s Room, muy celebrada por el público. Un tema bautizado de psicodelia que poco a poco se va abriendo camino entre los clásicos wellerianos de su época en solitario, perteneciente a uno de sus trabajos más sólidos: Heavy Soul.

Y de repente, Shout To The Top! La Riviera enloquece. Es la tercera y última aparición de The Style Council en el concierto. Es Marcel Proust en estado puro. Es una regresión colectiva con alas que se agitan al son de los golpes rítmicos de la canción. Es el recuerdo de la música sonando a todo volumen en el radiocasete del automóvil durante una tarde de otoño, a la salida de la Facultad. Es el sonido de una década, la verdadera banda sonora de nuestras esperanzas juveniles, maleadas y tal vez malbaratadas por el paso del tiempo. De nuevo esta todo ahí: pasado, presente, errores, recuerdos, sabiduría y futuro. Eso es Shout To The Top!


Un clásico literario —como En busca del tiempo perdido de Proust— es, en palabras de otro escritor, Mark Twain, “un libro del que todo el mundo habla, pero que nadie ha leído”. Sin embargo, una canción de rock clásica presenta una anatomía bien distinta: es una composición que nos sabemos de memoria, pero que a todo el mundo le suena diferente, por uno u otro motivo.

Shout To The Top! les sonó a algunos como ese primer disco de vinilo comprado con la ilusión estereofónica de las cajas del legendario Vieta Uno; para otros fue el pitch acelerado de un plato DJ-1400 de Acoustic Control, de cuando pinchaban la canción en una discoteca de moda… Sonidos, todos distintos, que llegaban desde un pasado que, a pesar de poseer entradas y calvicie, o tripa y arrugones, suena resurrecto y juvenil sobre el escenario. Es nuestro pasado y lo queremos. Y por eso amamos Shout To The Top!

Un momento frustrante para cualquier artista se produce cuando no consigue dar luz a su obra. Cuando nadie quiere apostar por ella, cuando los rechazos se acumulan clavados en el corazón como un San Sebastián de negativas, cuando parece que nadie va a querer que vuelvas a editar, publicar, difundir, mostrar al mundo, ninguna de tus ideas. A Marcel Proust le ocurrió con el primer volumen de su obra En busca del tiempo perdido, el titulado Por el camino de Swann (Alianza Editorial). Rechazado por la editorial Gallimard, tuvo que publicarlo costeándolo con dinero de su propio bolsillo.

Estamos ahora a principios de 1991. Paul Weller, tras 18 años invertidos en dos bandas de éxito, multitud de discos, de éxitos y de sencillos, se encuentra por vez primera sin grupo, sin discográfica y sin trabajo que promocionar. El final de The Style Council ha sido frustrante. Polydor no ha comprendido la deriva del grupo hacia la música Garage-House, entonces un género musical underground que en breve estallaría alcanzando un gran éxito en Gran Bretaña. Sin embargo, la discográfica no apoya la idea y el disco no ve la luz. En ese momento turbulento, Weller se reinventa. Crea Freedom High Records para dar salida a su primer single en solitario, firmado como The Paul Weller Movement y titulado Into Tomorrow. De nuevo, el tiempo, el mañana, los errores y el fantasma del pasado.

Sobre el escenario, Into Tomorrow. Uno de los momentos culminantes de un concierto plagado de momentos culminantes. La canción, esa mezcla de rock y funk, se desata con potencia. Es el sonido que quiso ser mañana y que ahora es hoy. Es el nuevo camino en solitario que ha llevado al muchacho de Woking hasta el futuro o, lo que es lo mismo, ha guiado a Weller desde la ciudad al bosque pasando por el mundo moderno y aterrizando en Saturno.

La pasión desencadenada de From the Floorboards Up se encadena con Into Tomorrow para generar un momento de electricidad que podría iluminar Madrid. La banda que acompaña a Paul tiene mucho de culpa en esto: el siempre fiable Andy Crofts en el bajo —de la banda The Moons—, el impresionante Steve Pilgrim a la batería y Ben Gordelier a la percusión, junto a Steve Cradock en la guitarra.

Es necesario detenerse en este guitarrista, miembro fundamental de la banda Ocean Colour Scene y mano derecha de Paul Weller en los escenarios cada vez que emprende una gira. Aunque suene a manido, realmente es un fiel escudero del genio, una especie de Sancho Panza guitarrero que custodia a este Don Quijote musical en que se ha convertido Weller, siempre luchando contra los molinos de viento de la industria, un inconformista que anda buscando su hueco y reafirmándose con ese ya mencionado Estoy donde debo estar y que sería el equivalente al cervantino y existencial Yo sé quién soy, frase crucial que pronuncia el Ingenioso Hidalgo en el Capítulo V de la Primera Parte.
En efecto, Weller sabe muy bien quién es, y lo que hace: se trata de un monumental compositor de buenas canciones, y se apresura a demostrarlo con Above The Clouds y, después y sentado al teclado, desgrana las notas de una super-pieza: You Do Something To Me. De su obra magna, Stanley Road, esta es una de sus más inconmensurables obras maestras.

Puedes encontrar una reseña mía sobre Stanley Road aquí:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/8/16/el-disco-del-mes-stanley-road-de-paul-weller/

Al momento tranquilo, casi introspectivo de la balada, pronto se le sube por la espalda una canción furibunda, Woo Sé Mama, de A Kind Revolution. La banda se desmelena, estalla el torbellino que ya no se detendrá. Marchan en el desfile musical, como agitadas en una coctelera que mezcla rock, pop, funk, blues, soul y funk: She Moves With The Fayre, Friday Street, Porcelain Gods, Peacock Suite y Whirlpool´s End.

En estos dos últimos temas que anteceden al primer bis, se hace patente la alquimia entre Weller y Cradock, entre hidalgo y escudero, enzarzados en una conversación de guitarras a dúo, en deliciosos fraseos sostenidos por sus instrumentos que acaban por montar las guirnaldas de una pequeña jam-session tan ruidosa como gozosa.

El tiempo se detiene en los bises. El primero arranca con These City Streets, ambiental y cósmica, con cierto regusto a aquella Kosmos del disco del debut en solitario de Weller, y que sirve para firmar hasta cinco canciones de Saturns Pattern, por tan solo cuatro de A Kind Revolution. En efecto, no tengo dudas: Saturns Pattern está llamado a ser uno de los grandes discos de la carrera de Weller y él parece saberlo. El bis fue subiendo de intensidad al aparecer otro de esos temas inolvidables del Stanley Road, la impactante Broken Stones. Y con la sala conteniendo la respiración, el estallido de felicidad: el ritmo, el contrapunto, esa línea de bajo que recuerda al Taxman de The Beatles, en una palabra: Start!

La primera canción de The Jam acababa de asomar la cabeza como si se desperezara una tortuga adormecida. Un tema sobre la comunicación y la incomunicación, tal vez sobre la extraña interacción que puede producirse entre una estrella del rock y su público:

No es importante para ti saber mi nombre
Ni que yo conozca el tuyo
Si nos comunicamos tan solo por dos minutos
Será suficiente

Número uno en las listas de Gran Bretaña en 1980, Start! incinera La Riviera, que alcanza el paroxismo, junto a un desmelenado Come On/Let´s Go del disco As Is Now, y que, curiosamente, no desentona con el tema compuesto 25 años antes. Es la puerta abierta a un segundo bis compuesto por dos canciones que son como dos estacazos atizados directamente sobre la nostalgia de los presentes: The Changing Man, del Stanley Road, y la comunión absoluta del artista con su público, ensamblados por el delirio y el recuerdo: A Town Called Malice.

Es la última canción del concierto que, no podía ser de otra forma, se cierra con el emblemático tema de The Jam. Weller ha tocado tres canciones de The Style Council y dos de The Jam, junto a los mejores éxitos de su carrera en solitario y los hits de sus dos últimos discos, Saturns Pattern y A Kind Revolution. En esto radica su grandeza: no ha necesitado acordarse de Sonik Kicks, ni de 22 Dreams, ni de Wild Wood, ni de Heliocentric, ni de Illumination, todos ellos discos muy notables, repletos de temas inolvidables, para arrastrarnos por un recorrido pleno de calidad, furia, veteranía y nervio. Memorable.

Con los últimos acordes de A Town Called Malice en la cabeza, muchos se retiran a casa recordando su primera borrachera en aquella fiesta del colegio en casa de Paco el heavy, o saboreando de nuevo el primer cigarrillo consumido medio a escondidas, o esos momentos tristes posteriores a los desengaños, anegados en tardes lluviosas de domingo, que se negociaban con cierta dignidad si nos acompañaba la ira de Paul Weller y The Jam en la doble pletina AIWA mientras la voz de tu padre o tu madre emergía de la realidad para quejarse del volumen demasiado alto de la música.

No me preguntes como pasa el tiempo (Visor), así se titula un poemario del mexicano José Emilio Pacheco. Es una pregunta que nos disgusta formular porque, siempre, el tiempo pasa doliéndonos. En la letra de A Town Called Malice podemos entenderlo:

El fantasma de un tren de vapor
despierta ecos en mi camino.
Por el momento no va a ninguna parte
-sólo da vueltas y vueltas-.
Niños en el patio y columpios que crujen.
Risa perdida en la brisa

En efecto, el concierto de Weller ha sido un viaje por los sentidos y por ese tren de vapor que es la memoria. Ha sido como saborear una y otra vez la magdalena del recuerdo, tan suave y esponjosa que despierta ecos en nuestros caminos, envuelta en ofrendas musicales llevadas a cabo por un Marcel Proust de la canción, capaz de serpentear por flash backs prodigiosos hasta nuestra juventud, dando vueltas y vueltas para, después, mostrarnos parte de lo que serán los clásicos modernos del futuro.

Ha sido todo eso, tiempo perdido en la brisa que después ha sido recordado y, en cierto modo, recobrado, por el hombre de Woking que alcanzó Saturno para ofrecernos una Revolución Amable después de haber intentado despertar a la nación con patadas sónicas.

Y esa revolución es, realmente, lo único que Paul Weller lleva haciendo toda su vida y lo que mejor sabe hacer: una (r)evolución que, no podía ser de otra forma, también ha sido —y es— la nuestra.