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jueves, 15 de febrero de 2018

Deacon Blue en Madrid: Modernizando el armario del tiempo



*Esta crónica apareció en achtungmag.com:


Deacon Blue trajeron al escenario del Teatro Barceló sus 30 años de carrera, y eso son muchos años ofreciendo grandes canciones. Tanto tiempo en la carretera se notó entre el público asistente; esta vez vi a menos gente joven que en otros eventos de este tipo. Al parecer, Deacon Blue son verdaderamente nuestros, quiero decir con ello que nos pertenecen, o que pertenecen a una generación, la nuestra, que todavía los recuerda con cariño, de la misma forma que nos acordamos de algunos ilustres que se quedaron ya por el camino, como The Adventures,  Friends Again o Talk Talk. Quizás, todo ese cariño profesado en ambas direcciones (del público a la banda y viceversa), fue una de las claves, junto con un concierto casi perfecto, que voltearon la noche en algo memorable.

La primera vez que me enteré de qué era aquello de los viajes en el tiempo, esa esquiva capacidad de retrotraernos al pasado que tanto nos obsesiona y que ha parido obras geniales como La máquina del tiempo de H. G. Wells o la película Regreso al futuro de Zemeckis, fue en un tebeo, lo que ahora denominan comic, pero que en los tiempos de aquellas 25 pesetas de paga semanal de los domingos era un tebeo mondo y lirondo, con el nombre de Mortadelo y que presentaba una aventura llamada El Armario del Tiempo. Y esa aventura fue mi primera información al respecto del incansable anhelo del ser humano de pegar brincos de época en época como un canguro. El Delorean, y el libro Caballo de Troya de J. J. Benítez, ya me alcanzaron de mayor.
¿Por qué recuerdo esto? ¿Qué tienen que ver Mortadelo y Filemón con el concierto de Deacon Blue? Pues tener, no tienen mucho que ver, pero cuando accedí al Teatro Barceló, que se trata de la discoteca Pachá de toda la vida, pues me dio un vuelco el corazón. Entraba en mi propio armarito del tiempo. Muy bien podría llevar unos treinta y tantos años sin pisar por allí (en efecto, soy y he sido de salir más bien poco).
Cuando la banda de Ricky Ross apareció en el escenario yo me estaba acordando de esa última vez que estuve en Pachá. Entonces, en lo que debía ser el colmo de lo moderno, un tipo embutido en un albornoz aguantaba impertérrito en un sillón mientras contemplaba, detrás de unas gafas de sol, un televisor en donde no aparecían más que rayas. Una performance digna de Andy Warhol.
Me resultó algo sorprendente la forma en que Deacon Blue arrancaron el concierto. La gente ya se encontraba en plena ebullición desde mucho antes de empezar, en una sala abarrotada, y los músicos empezaron desmigando los acordes de un tema lento y calmado como es el bello Born In A Storm; era una mera excusa para fusionarla con Raintown, al igual que ocurre en el disco, y desencadenar, así, la locura.
Una locura, un delirio, que ya no se detuvo hasta el final, porque la banda regaló muchos de sus grandes éxitos y demostró un par de cosas: que casi son mejores que antaño, por no decir que, en efecto, lo son, y que la capacidad de Ricky Ross para escribir temas inolvidables, de esos de verdad, de los que calan en el inconsciente colectivo, es monumental.
No se mostraron cicateros, al contrario, y la cuota de canciones recientes fue escasa (aunque brillante, con un The Believers de muchos quilates), para presentarnos, 25 años después de su última actuación en Madrid —que por entonces tuvo lugar en la sala Aqualung—, lo mejor y más granado de su repertorio. Generosidad que, con estas bandas longevas, a veces, para irritación de los fanáticos, no resulta pródiga. Y no tengo más que recordar el soberbio concierto de The Waterboys de finales del pasado año, donde Mike Scott apenas concedió cuatro o cinco antigüedades a la galería, para vaciarse en  dos decenas de temas de su nuevo álbum (no por ello menos atractivo, pero la gente, es obvio, no deseaba aquello).
Puedes consultar mi crónica de aquel concierto aquí:
Sin embargo, Ricky Ross estaba dispuesto a reivindicarse. A dejar muy claro que es el cantante que mejor afina, que deja colgadas esas frases al final como nadie… En aquella barra de atrás, cuando todavía no sabía ni lo que era un Cuba-Libre, recuerdo perfectamente que me pedía esa curiosa mezcla que solo puede ser auspiciada por la falta de neuronas adolescentes: Licor 43 con Cointreau, o con Triple Seco, según tuviera de animado el cuerpo. Sabía a bollo, y casi era necesario tomárselo con un cuchillo y un tenedor. Tendría que haber probado a darle la vuelta al vaso: seguro que habría dejado sobre la barra un castillo de gelatina azucarada, pero aquella consumición significaba demasiado como para desperdiciarla así. Era el camino directo a la hombría, o eso creíamos unos cuantos, cuando era una autopista recta hacia el ridículo.


Muy pronto llego Wages Day, y es que junto con el disco Raintown, las canciones de When The World Knows Your Name fueron grandísimos éxitos en España, y eso que se quedó fuera del playlist Queen Of The New Year. Sin duda, ese disco de 1989 puede que sea la obra maestra del grupo, y algunas de sus canciones, como Fergus Sings The Blues o Real Gone Kid, podían escucharse a cualquier hora y en cualquier sitio, desde la música de ambiente del Corte Inglés hasta en la última discoteca de moda, pero yo debo confesar ahora un secreto y una percepción.
El secreto: en mi opinión, y en la forma en la que adoro ese disco, creo que la obra maestra del grupo es el extraño, barroco e inconcebible, Ooh Las Vegas, del año 1990. Muchos seguidores de Deacon Blue, los del sector recalcitrante de Dignity, se llevaran las manos a la cabeza y desearan, después, echármelas al cuello. Pero otros, los que perciben de una forma diferente el lirismo, saben que este disco es pura literatura, pura poesía y sentimientos.
Ooh Las Vegas apareció en España con el escaso atractivo título de B-sides, Film Tracks & Sessions, es decir, material de desecho, y además doble. Casi hora y media de canciones sobrantes…, que son una hora y media de obras maestras. Sólo es necesario escuchar DysneyworldS.H.A.R.O.NBack Here In Beanoland (el mejor tema que han hecho en su historia) y etcétera, etcétera, para darse cuenta de la magnitud de este trabajo, porque lo que se alberga en ese disco es el zumo que aparece después de exprimir el talento creativo de Ross. Y ahora viene la percepción.
Percepción: Aunque el éxito de When The World Knows Your Name fue descomunal en España, es este disco de rarezas el que encumbró a Deacon Blue en nuestros corazones. ¿Pero qué está usted diciendo hombre? Un momento, que me falta el golpe de gracia: este disco de rarezas se acompañó de un curioso E.P, una especie de maxi single que contenía cuatro canciones unidas por el título Four Bacharach & David Songs EP.
El E.P. contiene cuatro versiones de cuatro canciones eternas, de esas que son standards, compuestas por el dúo de compositores Burt Bacharach Hal David. Y entre ellas, I´ll Never Fall In Love Again. Boom, zas, una flecha directa al éxito. Aquí, Deacon Blue se enganchó al público español de forma definitiva.
Durante el concierto de 1991 en la Sala Universal de Madrid —cuando traían en la maleta el siguiente disco a When The World Knows Your Name, ese Fellow Hoodllums que era un bajonazo y que pese a todo funcionó en España—, el asunto transcurría adormecido en un discreto velo de aburrimiento hasta que apareció esa canción de Bacharach & David. La gente se puso como loca. Ahí me di cuenta de que Deacon Blue eran ya inmortales entre el público español.
I´ll Never Fall In Love Again brotó de nuevo, ahora en pleno 2018, en el Teatro Barceló. Fue recibida con el mismo entusiasmo, idéntica nostalgia, melancolía y rendición. La diferencia entre este concierto y el del año 91 radicó en que la banda se había dejado la piel sobre el escenario, que ni mucho menos habíamos transitado por el tedio, al contrario: vivíamos un viaje por lo más divertido de la memoria y el recuerdo.
Ricky Ross se mostró cálido y cercano, hablando muchas veces en español, coreando las canciones a dúo con el público. Tal vez, recordando el último concierto de los suyos en Madrid —el de Aqualung de un 25 de mayo de 1993, que promocionaba el peor disco de su historia, ese desconcertante Whatever You Say, Say Nohing—, Ricky nos prometió que “íbamos a vivir la mejor noche de nuestras vidas”, que este concierto sería “muy distinto” a lo que ofrecieron en esa noche de los tiempos.

Porque la batería de canciones que desgranaron en aquella ya lejana y casi olvidada ocasión se basaba en ese disco desmayado, que como buque insignia presentaba la pieza Your House, un fenómeno de feria con toques house, valga la redundancia, impropia de un compositor como Ross, que pretendió adentrarse así en los minados terrenos del rock alternativo. Pues ahora, incluso esta oveja negra de la composición del chico de Dundee, sonó hasta aceptable. Tal fue el esfuerzo de agradar desplegado por la banda.
Y una reflexión: muy malo debió de ser lo de Aqualung, tanto como para que Ross asegurara que ahora viviríamos algo muy diferente, en una especie de disculpa entre el paréntesis de los años. Él si lo recordaba, como si lo llevase clavado.
Incluso hubo un momento para el homenaje. Todo partió desde el público, porque alguien mostró repetidas veces una pancarta que recordaba a Graeme Kelling, el que fuera guitarra del grupo entre los años 1985 y 1994, y que en 2010 falleció de un fulminante cáncer de páncreas a los 47 añosRicky vio la pancarta, pidió a la persona que la portaba que se aproximase hasta el escenario, la tomó en sus manos, la desplegó y la enseñó al público, que prorrumpió en una cerrada ovación. Se tocó el corazón y lanzó un beso al aire. Se había emocionado con el detalle. The Show Must Go On.
Your Swaying ArmsChocolate GirlWhen Will You (My Telephone Ring) eran las luces de un faro que relumbraba entre la neblina generada por el humo seco, y ese olor extraño e inconfundible a concierto era como el bouquet que identifica de inmediato a una Gran Banda. Loaded demostró que, tal vez, y en lo que se refiere a su comportamiento en directo, sea la segunda mejor canción del grupo. Provocó un éxtasis tan solo superable por Dignity. Porque, claro, allí estaba Dignity, una canción que pese a entrar dos veces en listas, jamás alcanzó puestos de relumbrón en el Reino Unido.
Como la marmotilla de PunxsutawneyDignity arrancó tímida con las primeras frases coreadas por el público en un éxtasis absoluto. Mientras la canción abría sus ojos y se desperezaba con parsimonia, la locura se multiplicaba entre los deaconers. Elevada en todo lo alto, mostrada con orgullo sobre la escena, Dignity afirmaba que, una vez más, todo transcurría como antaño, aunque muchos fueran ya unas bolas de billar contempladas de soslayo por la mirada aterrada de quienes lucían unas profundas entradas.
Todo era similar a los viejos tiempos… De nuevo, el inmenso placer de gritar hasta enronquecer con la banda de Glasgow, aunque la primera vez que las voces se rompieron, en ese año 91, por ejemplo, o incluso antes, bajo el brazo transportábamos la carpeta repleta de apuntes de la universidad; ahora levantábamos los móviles para grabar la canción que luego enseñaríamos con orgullo ante los compañeros de la oficina: Uno, se morirá de envidia, aunque confesará entre dientes que era más de Prefab Sprout. Otro, muchísimo más joven, pero muchísimo más, hasta el nivel de becario sin futuro, no sabrá ni de qué le están hablando porque no quiere, ni necesita, que le saquen de su Luis Fonsi. Y ella, indie de las de toda la vida, no ve mundo ni frontera musical más allá de Russian Red y Arcade Fire.
Dignity puso las cosas en su sitio: nos sentimos con la comodidad del pasado que se nos repite como en una pesadilla nietscheana, esa que para nosotros es una bendición. Un pasado que volvía con la ambiental y emocionante Circus Lights, con Twist And Shout y con las versiones intercaladas de algunos clásicos de la historia de la música: My Girl de The TemptationsLand Of 1000 Dances de Wilson Picketty ese final tranquilo, en un cierre circular con el principio del concierto en calma, que nos trajo la versión de Forever Young del premio Nobel de Literatura Bob Dylan.
Forever Young. No podían terminar con una canción mejor. Porque así habían demostrado Ricky Ross y Lorraine McIntosh sentirse sobre el escenario, revitalizando magníficamente sus canciones y reanimando nuestras voluntades. Forever YoungForever Young para todos, porque no nos queda otro remedio que hacernos a esa idea. Nuestro armario del tiempo colectivo acababa de actualizarse: ahora es de acero inoxidable y del Ikea.
PacháLicor 43 y Deacon Blue. Un Picasso de emociones. Un surtidor de recuerdos y un puñadito de buenas canciones capturadas, para siempre, en el atrapasueños que nos hizo hombres.

lunes, 15 de enero de 2018

Ara Malikian en Madrid: Mucho más que las aventuras de un violín




*Esta crónica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/ara-malikian-madrid-mucho-mas-las-aventuras-violin/

Llevo suficientes años dedicándome a la crítica musical, presenciando conciertos, para reconocer a un genio en el mismo momento de verlo evolucionar sobre el escenario. Ara Malikian no deja ningún lugar a la duda: en cuanto aparece ante el público emana una luz que sólo está destinada a los grandes talentos. Porque este violinista genial, además, es un showman de primera y un entretenedor como he visto pocos. Su concierto en Madrid, el pasado día 29 de diciembre, demostró que Malikian es una bestia de las tablas, un devorador de audiencias, un encandilador moderno. Un artista que enlaza a su virtuosismo la humanidad y la calidez de los elegidos.

No es por casualidad que antes del concierto, en las pantallas de video y sobre el telón que oculta el escenario, pudiera leerse Corral de comedias portátil de Ara Malikian, y a los lados unas telas con un dibujo que imitaba a una corrala. Este detalle, el del corral de comedias, que muy bien puede pasar desapercibido para el público, es el leitmotiv del violinista, el hilo conductor que va a empastar todo el espectáculo, la forma con la que Malikian desgranará su música.

Los corrales de comedias tenían mucho de fiesta popular ambulante durante el Siglo de Oro español, producto de una tradición teatral en donde la obra de entretenimiento (es decir, la comedia) era la pieza más importante. Por supuesto, una buena comedia debía hacer reír, pero también emocionar y hasta provocar algún que otro llanto, además de llamar a la reflexión mediante el humor y presentar una visión crítica y deformada de la realidad con cuya hipérbole se ponía acento en algún aspecto esencial de la sociedad del momento.

No hubo mayor lugar de comedias que España, y parece que eso lo sabe muy bien Ara Malikian al instalarse en esa tradición, pero es que, pronto, su espectáculo se convierte también en comedia, siguiendo los cánones de entretener, emocionar, y mostrar espacios para la reivindicación y la reflexión. Todo ello, salpimentado de humor, trayendo así, al frente del escenario, la impecable interpretación de toda una banda de virtuosos —batería, guitarra, viola, violonchelo, contrabajo y percusiones africanas— con su Gran Entretenedor a la cabeza.

Es Malikian un Shakespeare en The Globe, o un Lope en Almagro, es un actor, un comediante, un feriante, un chisgarabís con seso y mesura, un zascandil juicioso y un hombre mágico. Un encantador. Su violín es una varita mágica. Su violín es un flautín con el que atonta a las cobras que serpentean en el interior de un cesto de mimbre. El pabellón, abarrotado, guarda silencio cuando habla, guarda silencio cuando toca el violín, guarda silencio incluso cuando aplaude rendido.

Es un chamán, un titiritero balcánico vestido con muchas pieles que se engolfa en sus danzas armenias, en los sonidos libaneses, en los ritmos de las czardas romanís, en el crujido de la música proveniente de los banatos, convirtiendo su violín en guzlas y rabeles. Sus melodías son canciones que hablan de hombres, hablan de alegrías y de tristezas, hablan de niños y mujeres, encandilan con una llamarada porque cada vez que el arco roza las cuerdas del violín es como si frotase una lamparilla mágica que reventara en colores.

Los tonos amaderados de su música son un bebedizo fuerte como el raki, emanan de su violín aromas de cafés y Anatolia, dulces de baklavas, y resultan contundentes como la humareda densa y amanzanada de un narguile.

Una guitarra eléctrica distorsionada inaugura la sesión del corralillo. Está sonando rock en un concierto de un violinista, y no es cualquier cosa, es Vodoo Child, el tema popularizado por Hendrix, toda una advertencia: vamos a presenciar eso que los críticos denominan como Crossover clásico, o tal vez no, tal vez vayamos a ver una comedia de casi tres horas sobre la biografía musical de Ara Malikian; y empieza a golpe de rock duro.

De momento, la definición de Crossover es impecable, dado que a la intensa y llamativa versión de Vodoo Child al violín, que se acompañada de forma contundente por la banda, le sigue una fusión bien curiosa con el Réquiem de Mozart. Pero eso esto es mucho más, dejarlo congelado en la definición de un concierto de Crossover Clásico sería hacerle un flaco favor. Es un espectáculo de violines, un recital de músicas del mundo, un regalo de sensibilidad, un ofrecimiento de paz, armonía y tranquilidad.

En efecto, tranquilidad, una calma represada que se contiene en la versión de Life On Mars de Bowie, que hunde a los asistentes en una melancolía lenta y en una trascendencia vital. La música debe conseguir eso, la catarsis en los asistentes, algo así como la función del teatro aristotélico propuesto en su Poética (Alianza) de hace 25 siglos, y Malikian nos redime con sus cuerdas, hace que nos sintamos todos más ligeros, incluso contentos por estar viviendo ese día.

Durante toda la actuación hay tiempo para el humor. Ya sea en el discurso del violinista dirigiéndose al público, convirtiendo el concierto en un concierto biográfico, ya sea en alguna de las piezas interpretadas (La Campanella de Paganini, por ejemplo). Y tras una vibrante Misirlou que es como un terremoto en el Peloponeso, llega 1915 y se abren los corazones.

¿Qué ocurrió en 1915 que merece un tema tan desgarrador? Es el año en que se desencadenó el genocidio armenio, alcanzando las matanzas hasta 1923. Arrojó casi dos millones de muertos a manos del Imperio Otomano y el gobierno de los Jóvenes Turcos, el nombre por el que se conocía al partido nacionalista de Enver Pasha, en el poder de Turquía. Se toma, oficialmente, el 24 de abril de 1915 como fecha para conmemorar la masacre, el día en que el gobierno turco empezó con las detenciones de armenios en Estambul.

Por supuesto, y en un tono serio que no ha empleado en todo el concierto, Ara Malikian se encarga de explicar todo eso al público como introducción a la pieza. Este drama, que junto con la Shoah está considerado como uno de los mayores genocidios del siglo XX, fue magistralmente retratado en la novela Los cuarenta días del Musa Dagh (Losada) del praguense Franz Werfell. Si os interesa una crítica que realicé hace un tiempo, os dejo este enlace:


Se trata de un tema terrible: el exterminio sistemático de una porción de la población por motivos étnicos. Desde Auschwitz, aunque también podríamos decir que desde el genocidio armenio, como sostuvo Theodor Adorno, no parece ya que sea posible escribir poesía. Evidentemente, estas palabras no significan literalmente lo que dicen, sino algo mucho peor.

Con la perpetración del genocidio el hombre ha perdido la inocencia, el candor necesario para fascinarse ante la belleza. Se ha embarrado. Y precisamente la poesía, y por supuesto la música, solo se puede componer desde esa inocencia, desde el estado de eterna perplejidad y asombro infantil que posee al espíritu del creador. Las matanzas nos han despojado de la belleza. Y por eso la poesía y la música son difíciles de admitir tras los crímenes.

Así lo entiende, también, Malikian en su tema 1915. Por eso, una gran parte de la interpretación se produce pellizcando el violín con los dedos. La poesía de la música de la que el hombre ya no es merecedor se obtiene con la caricia del arco sobre las cuerdas. Ante el drama y el asesinato masivo, hay que arrancarle a golpes la música al instrumento, con las manos, de una forma humana y trabajosa que nos pone en contacto directo con el barro de las fosas comunes.

Será gracias al poder regenerador de la composición de Malikian, que nos trae de vuelta a las víctimas para honrarlas, cuando se pueda acariciar de nuevo el violín, pero siempre con una larga flema de dolor que anega toda la composición. Aunque libanés de nacimiento, es de ascendencia armenia; por todo eso es un Wadji Mouawad de la música clásica.

Afortunadamente, el concierto está repleto de momentos en los que el corazón galopa de gozo y no se empequeñece de congoja como con 1915. Ahí está la épica interpretación del clásico de Led Zeppelin, un Kashmir antológico. No se me ocurre un mejor tema para el violín moderno de Malikian. El pesado ritmo de la composición permite el relieve del fraseo del instrumento, que hace las veces de la voz de Robert Plant. Los aires marroquís de kasbas y medinas son perfectos para aromatizarnos desde el violín del Gran Entretenedor.

También, Broken Eggs, el Requiem por un loco —compuesto para despedirse de su violín que se le había roto— o la magistral El vals de Kairo —creada poco antes del nacimiento de su hijo—, desencadenan admiración y entusiasmo entre los asistentes, que muchas veces no saben si guardar silencio o romper a ovacionar.

Exactamente eso ocurre con el último tema del concierto, de Johann Sebastian Bach. A la belleza insostenible de la pieza, se le suma una interpretación emocionante, cuando, de pronto, Malikian se baja del escenario mientras continúa tocando, y se mezcla entre un público que asiste a su paseo de una forma reverencial, extática, solemne.

En mitad de la muchedumbre, el violinista derrama su medicina. Ilumina el rostro de las personas ante las que pasa, erguido, imbuido del espíritu de todos aquellos músicos que, antes que él, tocaron el instrumento, y a cuyo legado debe su arte. No se trata sólo de Malikian caminando entre su público, es una oferta: es la posibilidad de curarnos con el sanador multitudinario, con el hacedor de milagros, con el hombre que ha venido a contar su historia en el centro del patio del corral de comedias y se ha transmutado en un actor del método, en un divo de la ópera, en un humilde servidor de sueños.


Así es el violín de Ara Malikian. Porque es ese violín, cuando lo acaricia, es el que le hace ser como es, sin bebedizos ni pócimas mágicas. Únicamente con música. Y a nosotros nos convierte en sus feligreses. Solo podemos exclamar: ¡La curación ha comenzado!