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miércoles, 1 de agosto de 2018

Primo Levi: Si esto es un hombre o la inutilidad de la resistencia


Edición filatélica conmemorativa italiana con el retrato de Primo Levi y el fondo con los primeros párrafos de su obra Si esto es un hombre.

*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/primo-levi-si-esto-es-un-hombre-o-la-inutilidad-de-la-resistencia/

El próximo día 31 de julio se cumplirán 99 años del nacimiento, en Turín, de Primo Levi, el escritor italiano. Sin embargo, creo que definirlo únicamente como escritor es abarcar escasamente la personalidad de Levi, que además de químico, fundamentalmente y por el resto de su vida, fue un superviviente de Auschwitz y se dedicó a recordarlo. Sus escritos, sus testimonios, han demostrado que la pluma de este autor de formación científica esta cargada de sentido y humanidad. Puso todo el empeño en dar testimonio de aquello, era para él algo más que una necesidad, y con ello nos regaló algunas de las páginas más estremecedoras de la literatura, así como lúcidas reflexiones conducidas al intento de digerir el significado de aquella barbarie. Creo que es hora de acordarnos, de nuevo, de él. En Achtung! y en esta columna de El Odradek, así lo entendemos.

Un boletín de la Agencia Reuters fechado en el día 11 de abril de 1987 anunciaba:
El escritor italiano Primo Levi Murió hoy, resultado de una caída por el hueco de la escalera de su residencia en Turín. La policía considera su muerte un suicidio. Tenía sesenta y ocho años”.
Para sus más allegados el suicidio era incomprensible. La fecha era bien significativa: ese día era el aniversario de su liberación del Campo de Auschwitz. Y no podían olvidar que, siendo químico de profesión, y por tanto con capacidad para acometer un envenenamiento plácido, hubiera elegido arrojarse por el hueco de unas escaleras. Una forma desagradable de morir, que además era cruel con la familia que lo encontró aplastado en el suelo del edificio ubicado en la calle Re Umberto, número 75.
Fachada de la casa familiar de Levi en la calle Re Umberto de Turín y detalle del telefonillo:


No dejó ninguna nota que explicara aquello. Es más, parece que sobre la mesa acababa de realizar la lista de la compra, y un amigo suyo, que apoyaba la idea del accidente, argumentó que nadie que piense en suicidarse hace minutos antes la lista de la compra. Algunos rumores decían que ese día un grupo de neofascistas se había metido con él, que incluso le apuntaron con armas…, o que el motivo del suicidio fue el impacto que experimentó al ver la película El quimérico inquilino, de Roman Polanski, en donde un judío polaco intentaba suicidarse lanzándose al vació por el hueco de las escaleras; unas escaleras que, al parecer, guardan un gran parecido con las de la casa de Primo Levi.

Cartel de la película de Polanski del año 1976, titulada en España como El quimérico inquilino.

Sea como fuera, y dado que el rumor del suicidio era cada vez más sólido, el Rabí Artom de la ciudad de Turín tuvo que inventarse un recurso legal-teologal para que se permitiera enterrar a Levi de acuerdo con el ritual judío a pesar de haberse suicidado. La muerte no era exactamente un suicidio sino, más bien, un asunto de lo que denominó “homicidio demorado”. El argumento: cualquiera que se hubiera suicidado tras pasar por un Campo de Exterminio, realmente, estaba siendo asesinado por el régimen nazi; aunque la muerte ocurriera muchos años después.
En conclusión, el diario Corriere della Sera se mostró contundente en su titular:
Aplastado por el fantasma del Campo”.
Así que Primo Levi, como judío italiano, fue deportado al campo de exterminio de Auschwitz en febrero de 1944 y sobrevivió a él, saliendo, moribundo, a mitad del año 45, cuando el lugar fue liberado por el Ejército Rojo.
Así registraba la prensa española, en este caso La Vanguardia en sus páginas de cultura, el suicidio de Primo Levi. Columna derecha.

Siguiendo la inquietud de otros intelectuales que pasaron por semejantes circunstancias —el Premio Nobel de Literatura húngaro Imré Kertész, por ejemplo, que estuvo en Auschwitz y Buchenwald—, Levi se aprestó a dar testimonio, aunque sobre él pesaría toda la vida esa máxima de Adorno que afirma:
Después de Auschwitz es imposible hacer poesía”
Al igual que Levi había resistido con vida mientras estuvo en el campo, también se dedicó a resistir a los demoledores efectos de la experiencia y a combatir al terrible fantasma de los recuerdos, pero no pudo evitar entregarse a ser un superviviente por el resto de su vida. Si esto es un hombre (Península) su primer testimonio, apareció en 1947 y pasó sin pena ni gloria. El resto de su obra siguió por los mismos derroteros, apoyada firmemente en el recuerdo y la denuncia: La tregua, Los hundidos y los salvados(ambos en Península), El sistema periódico (en El Aleph con traducción de Carmen Martín Gaite)… Sería el éxito de La tregua la circunstancia que lo catapultaría mundialmente como uno de los escritores más importantes sobre el Holocausto.


Escritor, judío y superviviente de Auschwitz. ¿De qué manera Levi, en sus textos, intentó resistir a la terrible experiencia? Su actitud no fue la de clamar una venganza desencadenada ni la de entonar un perdón humillante. Una venganza que para el escritor alemán W. G. Sebald en su obra Campo Santo(Anagrama), se fundamenta en que:
Todo daño tiene su equivalente en alguna parte y realmente puede ser compensado, aunque sea, mediante el dolor del causante del daño, hipótesis que Nietzsche consideró el fundamento de nuestro sentido del derecho”.
Para Levi, sin embargo, no se trata de este tipo de venganza, sino de administrar justicia. La salida al problema estriba en la simple administración de la justicia:
No tiendo a perdonar, nunca he perdonado a ninguno de nuestros enemigos de entonces (…) La venganza no me interesa, me convenía que los demás, la gente del oficio, se encargara de los ahorcamientos, obra de justicia”.
Creía en la justicia y pensaba en dejar que fueran los profesionales quienes la administraran. Porque, ante el asesinato en masa, el genocidio, obtener el perdón de un solo individuo no vale de nada. Lo que si resulta valioso, extraordinariamente precioso, es dar testimonio, utilizar el recuerdo. Y a ellos, a los que se quedaron por el camino, consagró sus obras.

Esta obsesión por dar voz a los hechos, que la masacre no cayese en el olvido, fue lo que terminó por amargar la propuesta de supervivencia y resistencia de Primo Levi. Demasiado a menudo se encontró, como manifiesta Reyes Mate en su libro Por los campos de exterminio (Antrhopos), que como testigo era “tratado como aguafiestas”, tal vez haciendo buena la idea de Walter Benjamin:
Recordar es apropiarse del pasado en el instante de peligro”.
Y esa obsesión por el recuerdo les ha resultado siempre muy molesta e incómoda a quienes han intentado mirar para otro lado y querer pensar, para tranquilizar sus conciencias, que o nada tuvieron que ver con aquello o que, realmente, nada pudieron hacer para evitarlo.

Primo Levi relata a menudo la convicción de los nazis, cargada de soberbia, cuando decían a los prisioneros que nadie saldría vivo para contarlo y que, aunque lo consiguieran, nadie se lo creería. Y así lo registra en su prólogo de Los hundidos y los salvados, donde reproduce lo que aseguraban los nazis de Auschwitz:
De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para dar testimonio de ella, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros que lo negamos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la dicte”.
Se tardó en creerlo, desde luego, pero los nazis se equivocaron, porque al final se creyó, aunque todavía existan negacionistas o revisionistas. El principal problema radicó en que aquella verdad tan insoportable de admitir generaba molestias; la verdad, sus raspas, se hicieron tan incómodas que supervivientes como Primo Levi acabaron sintiéndose como traidores por haber sobrevivido, como seres molestos que se movían, allí donde fueran, con la indignidad de los supervivientes.
Reyes Mate, filósofo español siempre sensible a las circunstancias de los Campos de Exterminio y en particular a Primo Levi.

Kertész, en su libro Sin destino (El acantilado), ya apunta claramente a esa derrota del superviviente” que, como dice­:
“Tiene que aceptar cualquier argumento con tal de seguir viviendo”.
Y que ante la pregunta de qué era lo que sentía tras todo lo pasado y sufrido, únicamente podía argumentar: “Odio”.

Sobre este asunto, en relación con los sufrimientos del escritor austriaco Jean AmerySebald concluye en Campo Santo que:
La existencia prolongada más allá de la experiencia de la muerte tiene su centro afectivo en un sentimiento de culpa, esa culpa del superviviente (…) la carga psíquica más pesada de los que escaparon al asesinato”.
Ese era el pecado. Haber vuelto para contarlo, no haber fallecido para integrar las listas, para ser llorados, recordados de otra manera mucho más higiénica para la culpa colectiva y europea: simplemente de una forma fúnebre en la que no pudieran, al igual que los otros seis millones, hablar, acusar, señalar, argumentar la pregunta dolorosa: ¿Qué hiciste tú para poder evitarlo? Reyes Mate es categórico:
Europa no puede pensarse ya de espaldas a esta tragedia”.
Pero lo cierto es que, como se lamenta más adelante Reyes Mate en su texto Por los Campos de Exterminio:
 “Los lugares están abandonados y los acontecimientos olvidados. Europa no ha aprendido nada”.
Tumba de Primo Levi en el Cementerio Monumental de Turín. Aunque en un principio solo se consignaron en la lápida los años de nacimiento y muerte, después se le añadió el número de prisionero que se le tatuó en Auschwitz, una identidad que le acompañó de por vida: 174517.

 Como dice Sebald en relación con lo que representa sobrevivir a la experiencia de los Campos:
Haber sobrevivido significa (…) ser condenado a una existencia fantasmal, porque en su verdadera figura sigue viviendo aún en la ciudad de los muertos. Primo Levi, que estuvo algún tiempo en Auschwitz, describió esa ciudad muy concretamente: Buna se llamaba aquel conglomerado babilónico, donde además de los administradores y técnicos alemanes deambulaban cuarenta mil trabajadores reclutados en los campos de concentración circundantes, que hablaban más de veinte idiomas. En medio de la ciudad se alzaba, como un verdadero monumento, la torre de carburo construida por los esclavos, cuya punta estaba casi siempre rodeada de niebla”.
Sin embargo, lejos de la culpa de unos y de otros, se encuentra el intento de comprender lo sucedido en la obra de Primo Levi. Así, en Si esto es un hombre, manifiesta claramente sus dudas ante la posibilidad de aclarar, de una forma racional, lo sucedido:
Quizá no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender casi es justificar. Me explico: comprender una proposición o un comportamiento humano significa (incluso etimológicamente) contenerlo, contener al autor, ponerse en su lugar, identificarse con él. Pero ningún hombre normal podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebbels, Eichmann e infinitos otros… No podemos comprenderlo; pero podemos y debemos comprender donde nace, y estar en guardia. Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también”.
 De forma que, para Levi, Auschwitz es incomprensible, estará condenado a luchar toda su vida contra los recuerdos y las vivencias de una monstruosidad enigmática. Los conocimientos relativos al Holocausto, por muchos que se posean, nunca constituyen una explicación suficiente al horror. Aunque tal vez, como concluye Reyes Mate:
Decimos que Auschwitz es incomprensible porque no queremos ver a la barbarie como una posibilidad latente de nuestra cultura”.
En Los hundidos y los salvados, capítulo central en su tarea de resistencia, Levi descubre una zona denominada como La Zona Gris. Esta zona define a todos los insertados en el sistema de los Campos que no eran sencillamente víctimas o verdugos, sino que colaboraban con los guardianes o superiores para asegurarse la supervivencia. No todo era blanco y negro, había grises. Esos grises hacían aún más incomprensible lo sucedido e hicieron más intolerable el recuerdo de Levi.
La Zona Gris, película sobre la rebelión de un grupo de prisioneros de Auschwitz que toma su nombre de la obra de Primo Levi.

Entre Si esto es un hombre y Los hundidos y los salvados hay una reflexión brutal: Auschwitz no ha servido de nada, la historia de la humanidad sigue su curso. Levi va cayendo, poco a poco, en la desesperanza y ya sólo puede reformular en su trabajo Informe Sobre Auschwitz (Reverso Ediciones) el axioma de Adorno:
Después de Auschwitz no se puede escribir poesía que no trate de Auschwitz”.
Porque la realidad de aquel sistema, tan perverso, es definida por Sebald como un proceso:
“En que el provecho económico que obtenía el sistema de utilización de despojos humanos (…) no justificaba ni de lejos el gasto realizado. Y en ese saldo negativo se esconde una dimensión en cierto modo metafísica, un mal al parecer totalmente sin sentido”.
Fue la imposible realidad de ese sin sentido, constatada, tan horrible, tan insoportable, que Levi se dejó caer por el hueco de las escaleras de su casa cuando pasaban cinco minutos de las 10 de la mañana. Los que quieren creer que nunca dio por doblada su resistencia siguen afirmando que le dio un vahído, un mareo. Pero otros, intuimos la desoladora verdad, con un Levi derrotado en su exasperante lucha, circunstancia que comprende muy bien Sebald cuando afirma:
“Forma parte del estado de ánimo físico y social de la víctima el que no se la pueda compensar por lo que se le hizo. Quién fue víctima sigue siéndolo”.
Porque, en palabras del historiador Lothar Machtan en su obra El secreto de Hitler (Planeta):
Hitler (…) no sólo infecto de forma fatal su mundo, sino también el nuestro, dejando en él su huella perdurable”.

Se ha creado así un reinicio de la historia para muchos intolerable. Imre Kertész en Un instante de silencio en el paredón (editorial Herder), libro de ensayos y conferencias, afirma con la contundencia de la derrota absoluta:
Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz”.



Eso fue lo que le resultó del todo intolerable a Primo Levi, que declaraba al regresar de Auschwitz, en 1945:
Todo se ha vuelto un caos: estoy solo en el centro de una nada gris y turbia, y precisamente sé lo que ello quiere decir, y también sé que lo he sabido siempre: estoy otra vez en el Lager, y nada de lo que había fuera del Lager era verdad.”
 Y eso es lo que también les resultó insoportable a intelectuales y a escritores, a pensadores brillantes, como el ya mencionado Jean Amery, al poeta Paul Celan, o a Stefan Zweig, aunque alejado de los Campos de Exterminio muy próximo a la creencia de esa contundente derrota de la humanidad. Y esa certeza es tan aplastante como imposible de admitir.
Jean Amery y Paul Celan:



domingo, 13 de mayo de 2018

No hace mucho. No muy lejos. Reflexiones sobre la exposición de Auschwitz


*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/no-hace-mucho-no-muy-lejos-reflexiones-sobre-la-exposicion-de-auschwitz/

Hace años de mi visita al campo de exterminio de Auschwitz. Fue a principios de los 90, cuando me embarqué en un largo Interrail que a golpe de mochila me llevó a recorrer una Europa del Este bajo la convulsión del final de los comunismos. Por supuesto, caminaba con mis propias fuerzas telúricas desencadenadas en mi interior, y tal vez aquel viaje era una forma de sentirme ligero por última vez ante la perspectiva de un futuro adulto y asfixiante. Tal vez. Entonces, no sabía mucho de la Segunda Guerra Mundial, en realidad no sabía casi nada de nada en absoluto, con una pésima carrera de periodista a las espaldas que me prometía un futuro vencido y cuatro estúpidas vivencias metidas en mis bolsillos como todo bagaje para enfrentarme al mundo. De forma extraña, sin saber los motivos que me guiaron allí, terminé en Polonia, después en Cracovia, más tarde en Oswiecim y, finalmente, bajo el cartel de la malignidad: Arbeit Macht Frei. Mi mundo, mi percepción de la vida, del ser humano, estaba a punto de cambiar. La persona que salió de aquel lugar acababa de entender que la muerte viaja en vagones de ganado y también en los tomos de piel de las obras de algunos intelectuales, que el mal se alberga en barracones de castigo y entra en ebullición en hornos crematorios y, además, ese mal puede congelarse para, después, ser troceado, repartido, y esparcido por el mundo como un vendaval de odio.



Ya falta poco para que se despida de Madrid la que, tal vez, haya sido la exposición temporal más importante que haya albergado la ciudad en su historia, me refiero a Auschwitz: No hace mucho. No muy lejos, en las salas del Centro de Exposiciones Arte Canal hasta el 17 de junio.

Ya es hora de hablar de ella en esta columna de El Odradek, como una forma de rendirle el tributo merecido a una muestra que, además de ser absolutamente imprescindible, debo interpretarla como un regalo (pese a lo terrible de su naturaleza) que se nos ha hecho a todos los madrileños, y por ende a todos los españoles, al darnos la oportunidad de conocer mejor un grueso tasajo de la historia del mal de Europa, del hombre y de sus políticas, de la intolerancia y del crimen, pero también nos ha enseñado una serie de comportamientos ejemplares, de sacrificios, de gestas de sufrimiento, de  resistencia, e incluso los mensajes de un grupo de lúcidos pensadores que nunca deberemos olvidar.
Desde Achtungmag siempre hemos sido muy receptivos a este acontecimiento, del que hemos ido dando cumplida cuenta a medida que se aproximaba, y yo desde mi columna de este Odradek he dedicado algunos artículos a reflexionar sobre la cultura del Holocausto en España, de mi experiencia cuando visité el Campo o de cómo todo ello me influyó en mi destino como escritor.
Puedes consultar algunos de estos artículos en los siguientes enlaces:
Así como reseñas críticas de algunos libros especialmente importantes a los que hemos atendido en el último año, y que de una u otra manera se ocupaban del asunto:
La exposición que ya se aproxima a su término es extraordinaria de principio a fin: Sencillamente organizada, pretende ofrecer una perspectiva que alcanza mucho más lejos de plasmar la mera historia del Campo de Exterminio de Auschwitz. Busca mostrar las causas y los motivos que condujeron al asesinato en masa de los judíos europeos, la forma en que se tomaron las decisiones jurídicas y políticas, en qué modo se realizaron los procesos, cómo se fue deshumanizando al judío hasta convertirlo en un objeto a exterminar para que la población civil, el ejército, y el brazo político, burocrático y ministerial, no contemplara en ellos el menor atisbo de una humanidad con rostros y sonrisas, sino las frías raspas de los números que arrojaban las estadísticas o los insignificantes nombres consignados en una lista.
Eliminado todo resquicio de humanidad en el judío, el proceso podía desencadenarse. Pero, obviamente, ese proceso de deshumanización no era algo sencillo de concretar, llevaba mucho tiempo, y un elevado esfuerzo y consumo de recursos. Esta es una de las enseñanzas principales de la exposición, el proceso de la degradación que sucede en un doble sentido: Todo un grupo humano será considerado como infrahumano y toda una sociedad será capaz de permitir que se corrompan sus valores morales hasta consentir un crimen de semejantes dimensiones, de unas características que no solo la marcarán ya para siempre, sino que terminarán por arruinar siglos de humanismo europeo, de filosofía, de arte y poesía, llevando a nuestra civilización cultural hasta el mismo borde de la extinción.
Y la otra enseñanza de la muestra se deriva de su lema: No hace mucho. No muy lejos. En efecto, este drama ocurrió hace menos de lo que parece, al doblar una esquina del reciente pasado, y fue aquí cerca. Eso significa que, si no andamos alerta, cualquier suceso parecido o igual, muy bien podría ocurrirnos de nuevo. Esa inmediatez espaciotemporal sobre la que insiste la exposición busca que el recuerdo de Auschwitz no se pierda por el vertedero de la Historia, cobijado en que fue algo que sucedió hace mucho, no se sabe muy bien por qué motivos y en un sitio muy lejano. Pero de eso nada.
Yo mismo, dando cuatro tumbos en la Europa de principios de los años 90, fui capaz de llegar hasta la puerta del horror casi sin proponérmelo. ¿Acaso no podría venir el horror en este siglo XXI a tocar con sus nudillos al portal de nuestros países y de nuestras casas? ¿Es que acaso no lo lleva haciendo ya un tiempo de una u otra manera?
Exposiciones como la de Auschwitz son necesarias para que no le abramos paso al espanto, para que nos mantengamos conscientes de la magnitud del significado de aquello porque, y aunque suene repetitivo, no se me ocurre mejor recurso que recordarlo una y otra vez, teniéndolo bien presente para que nunca vuelva a suceder. Esa es una gran verdad. Y una gran tragedia que nos acompañará para siempre.
Así que nada más acceder a la muestra, la inmediatez y la cercanía espacio temporal se explicita con la primera llamada de atención: “Un punto en el mapa” es el nombre que recibe el primer segmento, ubicando exactamente el lugar del crimen, para que a nadie le queden dudas de dónde fue, de dónde está y en dónde es y siempre será, porque solo fijándolo en el mapa será posible que permanezca para siempre imborrable en la cartografía de nuestras cabezas y en los cráteres de nuestro corazón. Y Santayana nos recibe, además, con su célebre frase sobre cómo no recordar el pasado te podría condenar a repetirlo en el futuro.
La exposición, al igual que la memoria de Auschwitz, se hace fuerte en los símbolos. Esta matanza, la enormidad de la masacre, adquiere un relieve insoportablemente real, se proyecta desde su tiempo, a golpe del significado que poseen los objetos asociados al desastre: el calzado es uno de los mejores embajadores del horror. Ya sea el zapato solitario de una mujer que lo perdió en su camino a la Cámara de gas, o los zapatitos de un niño pequeño, o las brutales botas militares de uno de los oficiales del Campo. Este calzado se muestra como la prótesis huérfana del horror. Así lo reflejan unos versos del poema de Moshe Schulstein, del poema Vi una montaña (1947):
Somos los zapatos, somos los últimos testigos.
Somos zapatos de nietos y abuelos,
de Praga, París y Ámsterdam,
y solo porque estamos hechos de tela y cuero
y no de sangre y carne, 
cada uno de nosotros evitó el fuego del infierno.”
Los objetos son los absolutos protagonistas de un lugar en donde se los ha despojado de las vidas a las que iban asociados. Emanan un dolor y una trascendencia que en alguna de mis novelas me he atrevido a calificar como “la tristeza de los objetos”, y si nos referimos a Auschwitz, además de montones de zapatos, encontramos muchos peines, cientos de espejos, innumerables maletas, gafas…, todos ellos son elementos cotidianos que por culpa del aquelarre asesino se han trasmutado en embajadores de un espanto para el que ni mucho menos estaban diseñados. ¿Acaso una maleta debe permanecer repleta de dolor? ¿Y un espejo sólo reflejar ya, eternamente, el rostro de la muerte? ¿Y unas gafas deben permitir una más clara y cercana imagen del horror? Todos esos objetos están malditos, entristecidos en su nuevo rol de testigos de algo a lo que nunca quisieron pertenecer.



Hay que intentar entender de quién es la primera culpa de todo esto porque, la última culpa, esa la tengo yo bien clara, metida entre ceja y ceja, y es culpa de todos nosotros. Una culpa inmensa y enorme como el tiempo que ya jamás podrá abandonarnos. Pero el inicio, el planteamiento del crimen, necesariamente debe señalar a unos culpables. Existe una culpabilidad compartida, tal y como se encarga de recordar y documentar la muestra, entre quienes lo idearon, quienes lo permitieron, quienes lo llevaron a cabo y, por supuesto, quienes miraron para otro lado y no quisieron hacer nada para evitarlo.
Sin embargo, el proceso político que desencadenó el Holocausto no es tan simple. Y eso es lo que trata de mostrarnos una extensa sección de la muestra, mucho antes de abordar el funcionamiento del Campo, la vida cotidiana, la forma en que se realizaban las matanzas o la liberación del lugar. Empezando ya a principios del siglo XX, después con la Gran Guerra y con la cristalización de ciertos sistemas filosóficos y políticos que consideraban al “judío” como un ente nocivo, el animal, el dragón de fuego de Auschwitz empezó a alimentarse.
Con la llegada del NSDAP al poder en Alemania comenzaron a recortarse diferentes esferas de derechos de los judíos, una restricción que iba conducida a mostrar su deshumanización frente a la opinión publica. La segregación, el maltrato, se hizo extensivo a otros ámbitos no específicamente judíos.
Tengo la absoluta certeza de que el plan de eutanasia T4 (Aktion T4) de camiones móviles de gaseamiento de enfermos mentales mediante motores de monóxido y tubos de escape —en su mayoría se eutanasiaron niños— es la bisagra decisiva que, entre 1939 y 1942, y junto con la conocida como Orden de los Comisarios del 6 de junio de 1941 que obligaba al Ejercito, es decir a la Wehrmacht, a ejecutar sumariamente a los comisarios políticos durante la invasión de la Unión Soviética, implicó a los diferentes sectores en la tremenda rutina de la matanza sistemática.
Son dos formas de preparar a la sociedad para su posterior participación en el Genocidio, una manera de allanar el camino, de que la transición desde eliminar a enfermos o a rivales políticos resultara natural al derivarse en dirección a los judíos que ni tan siquiera podían considerarse como humanos. Permitido lo primero…. ¿quién podía extrañarse de lo siguiente?
Lo que uno no consigue explicarse nunca es la manera en que un pueblo culturalmente avanzado pueda abrazar semejante oprobio. Uno de los lugares más significativos de la exposición es el que refleja el escritorio de la familia HaberfeldAlfons Haberfeld era un próspero empresario licorero. El Genocidio acabó con su hija de dos años y con la abuela, y la casa de los Haberfeld en Oswiecim cayó en poder de los nazis y levantaron en ella su Cuartel General.
El escritorio y la biblioteca de los Haberfeld que se reproduce en la exposición muestra una parte de ese mundo culto, de ese “mundo de ayer” en palabras de Stefan Zweig, que desaparecería para siempre, robado sin remedio, arrebatado sin miramientos y con crueldad, y en donde la cultura parecía ser uno de los pilares fundamentales de la existencia.
 En efecto, un mundo de ayer, también todo un mundo perdido, tal y como se denomina al último segmento; un final que llena de congoja. Proyectadas en las paredes de ambos lados de un pasillo se pueden ver los retazos de las vidas felices de una serie de personas, de judíos, en sus escenas cotidianas, disfrutando de una paz que muy pronto se les desvanecerá para siempre.

En estas familias, en esos niños sonrientes junto a sus padres, en esos paseos por la campiña, en las tardes soleadas en el porche de la casa, se encierra el auténtico drama del Genocidio. Parece imposible entender que tipo de amenaza podrían representar estas personas que saludaban a la vida con optimismo y fuerza, como hacemos todos nosotros. Por eso, hay que ser conscientes de que la desaparición brutal de ese mundo sucedió hace tan solo 72 años, a unos escasos 2.754 kilómetros de aquí.

Por eso, nunca estará de más recordar las palabras de Primo Levi:
Ocurrió. En consecuencia, puede volver a ocurrir: esto es la esencia de lo que tenemos que decir. Puede ocurrir, y puede ocurrir en cualquier lugar”.
Poco o nada más puedo añadir yo a las palabras de Primo Levi, quizás aportar algo con mi esfuerzo literario y señalar, para quién pueda estar interesado, que en el Taller de Lectura Comparada que imparto en Torrelodones dedicaremos la sesión del día 24 de mayo a Si esto es un hombre (Austral), del propio Levi, y la del día 31 de mayo a Sin destino (El acantilado) de Imre Kertész. Dos obras claves para comprender el sistema criminal que arrolló con su ira el mundo de ayer.


Es otra forma de continuar empeñados en ese recuerdo crucial, tan decisivo, tan necesario como la exposición que termina en estos próximos días. Aún hay ocasión de verla y descubrir que el horror continúa, petrificado, no hace mucho tiempo de ello. No se encuentra muy lejos de nosotros, de nuestras familias, de nuestro mundo cotidiano, confortable y a salvo: es decir, de nuestros corazones que están obligados a vivir permanentemente con la amenaza, incluso con la congoja por lo ocurrido antes, pero jamás —nos negaremos siempre a ello— nos conduciremos con miedo.

domingo, 4 de febrero de 2018

Los libros como nuestra defensa ante las ofensas de la vida


*Esta columna se publicó en achtungmag:

http://www.achtungmag.com/los-libros-como-nuestra-defensa-ante-las-ofensas-de-la-vida/


Durante estos días, una persona que es muy querida para nosotros está pasando por unos momentos muy difíciles y dolorosos a causa de la pérdida de un familiar. En situaciones así hay pocas cosas que puedan decirse o hacer, salvo dejar pasar el tiempo para hacerse a la idea. Sin embargo, parece que esta persona ha encontrado en los libros, en sentirse rodeada y arropada por ellos, en sumergirse en la lectura, aunque sea brevemente, aunque abandone a las pocas páginas un volumen para ponerse con otro, un refugio a los malos momentos que la afligen. En este caso, con mayor razón que nunca, se cumple la máxima de Cesare Pavese de que “la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”.

Muchas personas han manifestado, en diferentes ocasiones, que la literatura, o los libros, o la lectura, no es que les ha cambiado la vida, sino que les ha salvado la vida. Esta afirmación, que puede parecer exagerada o frívola es, en muchos de los casos, una verdad incuestionable. En el caso de Pavese, a pesar de la convicción en su frase, esa defensa literaria al final terminó por quebrarse y se suicidó. Sin embargo, hay otros casos en donde la luz de los libros ha iluminado las tinieblas de las pulsiones de la muerte.

Daniel Pennacchioni era un pésimo estudiante. Y el problema se agudizaba con unos grandes problemas de aprendizaje, dificultad manifestada en la escuela y que lo convertía en una diana para sus compañeros. Estaba desesperado, y según avanzaba en los cursos, su sensación de rabia y de dolor lo estaban llevando hacia una idea: el suicido. Sin embargo, con 13 años, decidió empezar a leer a los clásicos, quizás espoleado por un profesor que le propuso cambiar el examen de matemáticas que tenía que hacer por la lectura de un libro, por ver si de aquello sacaba más provecho.

Y vaya que lo sacó: de la lectura de los cuentos de Andersen pasó a esos clásicos, y desde ellos, además, empezó a escribir. A menudo, manifiesta que la lectura, y después esa escritura, le salvaron la vida; que le impidió arrojarse por una ventana. Ese muchacho rescatado por la literatura es hoy el más que pujante escritor Daniel Pennac. Esta historia la he encontrado en una entrevista que la periodista Catalina Gómez le realizó para la revista digital Arcadia un 30 de junio de 2010.

Un muchacho tartamudo que no hablaba prácticamente con nadie, se encontraba solo y aislado en su desesperación. Para sostenerse en un mundo cruel, empezó a escribir de una forma vehemente, y a leer volúmenes que intercambiaba en un trapero por dos reales. Este niño se hizo un escritor de un éxito descomunal, especialmente entre los jóvenes. Es Jordi Serra i Fabra, y no tiene problemas en reconocer que leer, también a él, le salvo la vida. Este relato lo podemos encontrar en una entrevista realizada por Jordi Avellá para el periódico El Mundo, un 26 de marzo de 2015.

Los ejemplos son muchos entre los escritores: Simone de Beauvoir manifestó en muchas ocasiones que cuando era niña, y cuando era adolescente, los libros la salvaron de la desesperación. O Bukowski, que aseguraba que la escritura le salvaba de caer en la locura. Pero prefiero referirme a la lectura, no a la escritura, cuando digo que los libros han salvado de la oscuridad a muchas personas y que, en efecto, han sido esa defensa ante las ofensas de la vida. Porque la vida tiene muchas ofensas.
Incluso en los lugares más hostiles, en donde la muerte es cotidiana, aferrarse a la literatura puede ser el detalle que marque una diferencia entre vivir o ser aniquilado. Primo Levi, durante su cautiverio en el campo de Auschwitz recordaba la Odisea de Homero y pasajes de la Divina Comedia de Dante como una forma de mantenerse atado a su espíritu humano, al concepto de belleza, a la lucha por la vida…

De la misma forma, el escritor Varlam Shalámov en sus Relatos de Kolymá (Editorial Minúscula) recuerda que durante su condena en Siberia algunos afortunados, los intelectuales, los escritores, la gente que era como él, podían sobrevivir algo mejor si eran capaces de montar historias para los prisioneros con los que compartían barracón.


Durante las noches, un grupo de hombres reducidos a un escombro humano, que ansiaba relacionarse con esa parte anulada de su ser, la imaginación, consumían ávidos las historias que brotaban como un vino cálido de las bocas de esos narradores afortunados. Los jefes del barracón, los temibles capos, a menudo sanguinarios presos comunes —porque la mayoría de los prisioneros eran condenados políticos— apreciaban estas narraciones porque sosegaban su fiereza, y prometían que, a cambio de aquellas historias desgranadas sobre los espíritus helados y que se fundían en sus corazones como carbones al rojo, al siguiente dia la vida resultaría un poco más sencilla para tan valiosos relatadores. Y eso significaba que podrían seguir viviendo en un lugar donde lo habitual era continuar muriendo.

Allí adentro, en el barracón que se mantenía medio podrido en mitad del frío, se apiñaban esos hombres en derredor de un aedo, de un recitador que empezaba a derramar las virtudes curativas de sus historias, mientras afuera, la noche tremenda trataba de ocultar los lugares del crimen. Y lo que contaba no eran sino aquellas historias que había leído en los grandes clásicos de la literatura: las aventuras de Ulises, algo de Shakespeare… lo que fuera, traído a la memoria como salvación.

Pero al fin y al cabo, estas han sido, aunque reales, historias de personajes íntimamente relacionados con la literatura. Eso no quiere decir que sean menos ciertas, pero ahora voy a recordar algunos sucesos en donde los libros han servido de parapeto ante la desesperación y el impulso violento, en personas que salvaron sus vidas por la irrupción de los libros en su día a día.

Buceando en los archivos de la hemeroteca digital podemos encontrar algunos testimonios realmente impactantes. Tal es el caso de Mariano Cuesta, que el 27 de mayo de 2015 escribía en Eldiario.es su historia relacionada con una adolescencia compleja, agudizada por cierto retraso y problemas de aprendizaje y conducta. De nuevo, esos problemas magnificados en el colegio, como en el caso de Pennac, y de nuevo el descubrimiento de la lectura como salvación, en concreto El proceso de Kafka, perfecto para identificarse con un personaje en un mundo en el que no se comprende nada, y mucho menos el castigo y la crueldad sin motivo:

Me refugié en la lectura. Conocí a Kafka, Camus, Hesse, Stephen King… Una gran cantidad de autores en los que encontré refugio, algunos como Kafka me hacían comprender que no estaba solo en mi existencia incomprendida”.

Otro caso es el de José, que nos lo cuenta el escritor Fran Correa. José agradece a su bibliotecaria Yunia que le haya salvado la vida. El relato de este suceso, publicado en el medio Cubanet, es del 5 de febrero de 2015. José era un pintor de brocha gorda que tan solo tenía a su televisor para hacerle compañía después de las jornadas agotadoras. Eso y el ron con el que ahogaba su existencia. Pero un dia el televisor se averió, y entonces se desesperó. La soledad y el silencio de su cuarto a oscuras, y la imposibilidad económica y también comercial de encontrar piezas de repuesto (recordemos que nos encontramos en Cuba) lo llevó a la angustia.

Tenía una soga, pero no encontró en donde colgarse…, o tal vez no llegó a intentarlo con ahínco porque esa cuerda ataba un rimero de libros. Al ver esos libros, recordó que en la esquina de su casa vivía Yunia, una mujer que había sacrificado su habitación para convertirla en una biblioteca comunitaria:

Cuando estuve frente a los libros me sentí salvado. Comencé fuerte, por todo Vargas Llosa y después me leí En el camino, de Jack Kerouac y Ragtime, de Doctorow (…) Seguí con Tom Wolfe y Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, que me hizo recordar mi niñez (…) y luego encontré lo mejor, las biografías de Aníbal, de Alejandro Magno, de Julio César, de Kennedy, de Martín Luther King… Ya no me hace falta el televisor, y todos gracias a la bibliotecaria Yunia, que vive al doblar de la esquina”.

Estas son sólo algunas de las historias que se pueden encontrar publicadas en la prensa. Hay muchas más, pero ahora quiero terminar con dos historias que conozco de primera mano. Una, me la conto su protagonista hace ya tiempo, quizás demasiado tiempo, y no quiero dejar de traerla aquí porque siempre se ha mantenido fresca en mi memoria.

Es la historia de una mujer maltratada por su marido. Es la historia terrible de una mujer sometida a tremendas vejaciones. Es la historia de una mujer que durante mucho tiempo vivió sometida como un perro, atada a una mesa, a los muebles, para que no pudiera salir de casa. No creo que jamás llegue a leer esto, si lo hace puede que se sienta molesta, no lo dudo, pero como mantengo su anonimato esta historia puede ser, lamentablemente, una de tantas de esas que aparecen en los telediarios cada día.

Prisionera en su propia casa, sin poder ir al baño ni lavarse, salvo cuando al hombre le venía en gana, encontró en aquella habitación en donde la recluían una forma de escapar. Un libro que, independientemente de mi opinión sobre su calidad literaria, algo que ahora no viene al caso, le sirvió de sujeción, fue una forma de aferrarse para poder salir de aquella tortura. El libro que leyó poco a poco, administrado como el contraveneno, la cura, el antídoto a toda esa violencia machista, era Como agua para chocolate de Laura Esquivel. Perderse en esa lectura hizo que se detuviera el tiempo, que pudiera escapar mentalmente de aquella situación.

Mucho tiempo después, cuando pudo liberarse, y el maltratador terminó en la cárcel, me contó esta historia. No puedo negar que le habían quedado multitud de marcas psicológicas, un fuerte desequilibrio, que trataba de controlar con un infinito amor por los libros. Años después, visto su deterioro —dejamos de hablarnos y he perdido todo contacto, me temo que para siempre—, he llegado a preguntar qué cantidad de verdad se albergaba en la historia…, si fue realmente así o era una forma de poder digerir lo terrible de la experiencia.

Prefiero darla por cierta, así resulta mucho más esperanzador y, aunque suene raro, incluso hermoso: el libro, el único libro de esa habitación de tortura, emergiendo como un salvavidas al que aferrarse.

La otra historia es la de un hombre de cuarenta años que una noche se despierta desesperado, enfermo de soledad y harto de angustias. Se levanta de la cama, y decidido sale de casa, descalzo, en calzoncillos, y sube a la azotea en obras de una parte del edificio en el que vive, en donde están realizando unas obras de reformas. Salta los plásticos anaranjados que prohíben el paso y, por la escombrera y los suelos de cemento, se aproxima hasta justo el borde de uno de los pisos abiertos a la noche. Son diez pisos. Y está seguro de que tiene que hacerlo.

Entonces, una certeza le asalta. Sabe que aún tiene muchos libros por leer, porque ama profundamente la literatura (esa que tanto le ha dado, pero que también tanto le ha quitado, después), y sobre todo: tiene muchas novelas pendientes por escribir. Y se da la vuelta. Ha comprendido en dónde se encuentra la salvación. Se vuelve a la cama y no le dice nada a nadie de aquello.

Años después, incluirá este suceso en un breve capitulillo de su novela Casillero del diablo (Xorki). Por supuesto, aquel aborto de suicida en calzoncillos era yo. No podía dejar abandonados a Kafka, a Bernhard, a Houellebecq, a Grass… Entonces, me decidí a estudiar Teoría de la literatura y literatura comparada, y hacerme Doctor en Estudios Literarios…, pero bueno, esa ya es otra historia.

Fue el fotógrafo húngaro André Kertész, hijo de librero, quién se dedicó a retratar en sus fotos a los lectores que sorprendía en cualquier lugar, ensimismados en sus libros. Blindados en sus libros. Parapetados tras los volúmenes. Entre 1915 y 1975, desde Budapest a París, y Nueva York, recogió instantáneas de personas defendiéndose de las afrentas de la vida con un libro. Esta fotos se pueden verse en el libro Leer (editado por     Periférica y Errata Naturae).

No puedo terminar esta columna sin recordar las palabras del escritor Willian Sommerset Maugham:

Adquirir el hábito de la lectura es construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida”.

Y sin recordar a Cervantes cuando nos avisa de que:

en algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia”.

Así es, y por eso, la persona a la que me refería al principio, ha elegido muy bien al refugiarse en los libros para superar un trance tan doloroso como la pérdida de un ser querido. Porque en esta vida somos superhéroes del sufrimiento y nos comportamos ante el daño que nos inflige la realidad batallando como Batman o Superman. Solo nos falta llevar puesta una capa. Y esa capa son, sin duda, nuestras lecturas favoritas, nuestros libros, aquellos que nos blindan y nos hacen más fuertes. Y nos permiten volar.