Mostrando entradas con la etiqueta Sebald. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sebald. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de agosto de 2018

Primo Levi: Si esto es un hombre o la inutilidad de la resistencia


Edición filatélica conmemorativa italiana con el retrato de Primo Levi y el fondo con los primeros párrafos de su obra Si esto es un hombre.

*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/primo-levi-si-esto-es-un-hombre-o-la-inutilidad-de-la-resistencia/

El próximo día 31 de julio se cumplirán 99 años del nacimiento, en Turín, de Primo Levi, el escritor italiano. Sin embargo, creo que definirlo únicamente como escritor es abarcar escasamente la personalidad de Levi, que además de químico, fundamentalmente y por el resto de su vida, fue un superviviente de Auschwitz y se dedicó a recordarlo. Sus escritos, sus testimonios, han demostrado que la pluma de este autor de formación científica esta cargada de sentido y humanidad. Puso todo el empeño en dar testimonio de aquello, era para él algo más que una necesidad, y con ello nos regaló algunas de las páginas más estremecedoras de la literatura, así como lúcidas reflexiones conducidas al intento de digerir el significado de aquella barbarie. Creo que es hora de acordarnos, de nuevo, de él. En Achtung! y en esta columna de El Odradek, así lo entendemos.

Un boletín de la Agencia Reuters fechado en el día 11 de abril de 1987 anunciaba:
El escritor italiano Primo Levi Murió hoy, resultado de una caída por el hueco de la escalera de su residencia en Turín. La policía considera su muerte un suicidio. Tenía sesenta y ocho años”.
Para sus más allegados el suicidio era incomprensible. La fecha era bien significativa: ese día era el aniversario de su liberación del Campo de Auschwitz. Y no podían olvidar que, siendo químico de profesión, y por tanto con capacidad para acometer un envenenamiento plácido, hubiera elegido arrojarse por el hueco de unas escaleras. Una forma desagradable de morir, que además era cruel con la familia que lo encontró aplastado en el suelo del edificio ubicado en la calle Re Umberto, número 75.
Fachada de la casa familiar de Levi en la calle Re Umberto de Turín y detalle del telefonillo:


No dejó ninguna nota que explicara aquello. Es más, parece que sobre la mesa acababa de realizar la lista de la compra, y un amigo suyo, que apoyaba la idea del accidente, argumentó que nadie que piense en suicidarse hace minutos antes la lista de la compra. Algunos rumores decían que ese día un grupo de neofascistas se había metido con él, que incluso le apuntaron con armas…, o que el motivo del suicidio fue el impacto que experimentó al ver la película El quimérico inquilino, de Roman Polanski, en donde un judío polaco intentaba suicidarse lanzándose al vació por el hueco de las escaleras; unas escaleras que, al parecer, guardan un gran parecido con las de la casa de Primo Levi.

Cartel de la película de Polanski del año 1976, titulada en España como El quimérico inquilino.

Sea como fuera, y dado que el rumor del suicidio era cada vez más sólido, el Rabí Artom de la ciudad de Turín tuvo que inventarse un recurso legal-teologal para que se permitiera enterrar a Levi de acuerdo con el ritual judío a pesar de haberse suicidado. La muerte no era exactamente un suicidio sino, más bien, un asunto de lo que denominó “homicidio demorado”. El argumento: cualquiera que se hubiera suicidado tras pasar por un Campo de Exterminio, realmente, estaba siendo asesinado por el régimen nazi; aunque la muerte ocurriera muchos años después.
En conclusión, el diario Corriere della Sera se mostró contundente en su titular:
Aplastado por el fantasma del Campo”.
Así que Primo Levi, como judío italiano, fue deportado al campo de exterminio de Auschwitz en febrero de 1944 y sobrevivió a él, saliendo, moribundo, a mitad del año 45, cuando el lugar fue liberado por el Ejército Rojo.
Así registraba la prensa española, en este caso La Vanguardia en sus páginas de cultura, el suicidio de Primo Levi. Columna derecha.

Siguiendo la inquietud de otros intelectuales que pasaron por semejantes circunstancias —el Premio Nobel de Literatura húngaro Imré Kertész, por ejemplo, que estuvo en Auschwitz y Buchenwald—, Levi se aprestó a dar testimonio, aunque sobre él pesaría toda la vida esa máxima de Adorno que afirma:
Después de Auschwitz es imposible hacer poesía”
Al igual que Levi había resistido con vida mientras estuvo en el campo, también se dedicó a resistir a los demoledores efectos de la experiencia y a combatir al terrible fantasma de los recuerdos, pero no pudo evitar entregarse a ser un superviviente por el resto de su vida. Si esto es un hombre (Península) su primer testimonio, apareció en 1947 y pasó sin pena ni gloria. El resto de su obra siguió por los mismos derroteros, apoyada firmemente en el recuerdo y la denuncia: La tregua, Los hundidos y los salvados(ambos en Península), El sistema periódico (en El Aleph con traducción de Carmen Martín Gaite)… Sería el éxito de La tregua la circunstancia que lo catapultaría mundialmente como uno de los escritores más importantes sobre el Holocausto.


Escritor, judío y superviviente de Auschwitz. ¿De qué manera Levi, en sus textos, intentó resistir a la terrible experiencia? Su actitud no fue la de clamar una venganza desencadenada ni la de entonar un perdón humillante. Una venganza que para el escritor alemán W. G. Sebald en su obra Campo Santo(Anagrama), se fundamenta en que:
Todo daño tiene su equivalente en alguna parte y realmente puede ser compensado, aunque sea, mediante el dolor del causante del daño, hipótesis que Nietzsche consideró el fundamento de nuestro sentido del derecho”.
Para Levi, sin embargo, no se trata de este tipo de venganza, sino de administrar justicia. La salida al problema estriba en la simple administración de la justicia:
No tiendo a perdonar, nunca he perdonado a ninguno de nuestros enemigos de entonces (…) La venganza no me interesa, me convenía que los demás, la gente del oficio, se encargara de los ahorcamientos, obra de justicia”.
Creía en la justicia y pensaba en dejar que fueran los profesionales quienes la administraran. Porque, ante el asesinato en masa, el genocidio, obtener el perdón de un solo individuo no vale de nada. Lo que si resulta valioso, extraordinariamente precioso, es dar testimonio, utilizar el recuerdo. Y a ellos, a los que se quedaron por el camino, consagró sus obras.

Esta obsesión por dar voz a los hechos, que la masacre no cayese en el olvido, fue lo que terminó por amargar la propuesta de supervivencia y resistencia de Primo Levi. Demasiado a menudo se encontró, como manifiesta Reyes Mate en su libro Por los campos de exterminio (Antrhopos), que como testigo era “tratado como aguafiestas”, tal vez haciendo buena la idea de Walter Benjamin:
Recordar es apropiarse del pasado en el instante de peligro”.
Y esa obsesión por el recuerdo les ha resultado siempre muy molesta e incómoda a quienes han intentado mirar para otro lado y querer pensar, para tranquilizar sus conciencias, que o nada tuvieron que ver con aquello o que, realmente, nada pudieron hacer para evitarlo.

Primo Levi relata a menudo la convicción de los nazis, cargada de soberbia, cuando decían a los prisioneros que nadie saldría vivo para contarlo y que, aunque lo consiguieran, nadie se lo creería. Y así lo registra en su prólogo de Los hundidos y los salvados, donde reproduce lo que aseguraban los nazis de Auschwitz:
De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para dar testimonio de ella, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros que lo negamos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la dicte”.
Se tardó en creerlo, desde luego, pero los nazis se equivocaron, porque al final se creyó, aunque todavía existan negacionistas o revisionistas. El principal problema radicó en que aquella verdad tan insoportable de admitir generaba molestias; la verdad, sus raspas, se hicieron tan incómodas que supervivientes como Primo Levi acabaron sintiéndose como traidores por haber sobrevivido, como seres molestos que se movían, allí donde fueran, con la indignidad de los supervivientes.
Reyes Mate, filósofo español siempre sensible a las circunstancias de los Campos de Exterminio y en particular a Primo Levi.

Kertész, en su libro Sin destino (El acantilado), ya apunta claramente a esa derrota del superviviente” que, como dice­:
“Tiene que aceptar cualquier argumento con tal de seguir viviendo”.
Y que ante la pregunta de qué era lo que sentía tras todo lo pasado y sufrido, únicamente podía argumentar: “Odio”.

Sobre este asunto, en relación con los sufrimientos del escritor austriaco Jean AmerySebald concluye en Campo Santo que:
La existencia prolongada más allá de la experiencia de la muerte tiene su centro afectivo en un sentimiento de culpa, esa culpa del superviviente (…) la carga psíquica más pesada de los que escaparon al asesinato”.
Ese era el pecado. Haber vuelto para contarlo, no haber fallecido para integrar las listas, para ser llorados, recordados de otra manera mucho más higiénica para la culpa colectiva y europea: simplemente de una forma fúnebre en la que no pudieran, al igual que los otros seis millones, hablar, acusar, señalar, argumentar la pregunta dolorosa: ¿Qué hiciste tú para poder evitarlo? Reyes Mate es categórico:
Europa no puede pensarse ya de espaldas a esta tragedia”.
Pero lo cierto es que, como se lamenta más adelante Reyes Mate en su texto Por los Campos de Exterminio:
 “Los lugares están abandonados y los acontecimientos olvidados. Europa no ha aprendido nada”.
Tumba de Primo Levi en el Cementerio Monumental de Turín. Aunque en un principio solo se consignaron en la lápida los años de nacimiento y muerte, después se le añadió el número de prisionero que se le tatuó en Auschwitz, una identidad que le acompañó de por vida: 174517.

 Como dice Sebald en relación con lo que representa sobrevivir a la experiencia de los Campos:
Haber sobrevivido significa (…) ser condenado a una existencia fantasmal, porque en su verdadera figura sigue viviendo aún en la ciudad de los muertos. Primo Levi, que estuvo algún tiempo en Auschwitz, describió esa ciudad muy concretamente: Buna se llamaba aquel conglomerado babilónico, donde además de los administradores y técnicos alemanes deambulaban cuarenta mil trabajadores reclutados en los campos de concentración circundantes, que hablaban más de veinte idiomas. En medio de la ciudad se alzaba, como un verdadero monumento, la torre de carburo construida por los esclavos, cuya punta estaba casi siempre rodeada de niebla”.
Sin embargo, lejos de la culpa de unos y de otros, se encuentra el intento de comprender lo sucedido en la obra de Primo Levi. Así, en Si esto es un hombre, manifiesta claramente sus dudas ante la posibilidad de aclarar, de una forma racional, lo sucedido:
Quizá no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender casi es justificar. Me explico: comprender una proposición o un comportamiento humano significa (incluso etimológicamente) contenerlo, contener al autor, ponerse en su lugar, identificarse con él. Pero ningún hombre normal podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebbels, Eichmann e infinitos otros… No podemos comprenderlo; pero podemos y debemos comprender donde nace, y estar en guardia. Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también”.
 De forma que, para Levi, Auschwitz es incomprensible, estará condenado a luchar toda su vida contra los recuerdos y las vivencias de una monstruosidad enigmática. Los conocimientos relativos al Holocausto, por muchos que se posean, nunca constituyen una explicación suficiente al horror. Aunque tal vez, como concluye Reyes Mate:
Decimos que Auschwitz es incomprensible porque no queremos ver a la barbarie como una posibilidad latente de nuestra cultura”.
En Los hundidos y los salvados, capítulo central en su tarea de resistencia, Levi descubre una zona denominada como La Zona Gris. Esta zona define a todos los insertados en el sistema de los Campos que no eran sencillamente víctimas o verdugos, sino que colaboraban con los guardianes o superiores para asegurarse la supervivencia. No todo era blanco y negro, había grises. Esos grises hacían aún más incomprensible lo sucedido e hicieron más intolerable el recuerdo de Levi.
La Zona Gris, película sobre la rebelión de un grupo de prisioneros de Auschwitz que toma su nombre de la obra de Primo Levi.

Entre Si esto es un hombre y Los hundidos y los salvados hay una reflexión brutal: Auschwitz no ha servido de nada, la historia de la humanidad sigue su curso. Levi va cayendo, poco a poco, en la desesperanza y ya sólo puede reformular en su trabajo Informe Sobre Auschwitz (Reverso Ediciones) el axioma de Adorno:
Después de Auschwitz no se puede escribir poesía que no trate de Auschwitz”.
Porque la realidad de aquel sistema, tan perverso, es definida por Sebald como un proceso:
“En que el provecho económico que obtenía el sistema de utilización de despojos humanos (…) no justificaba ni de lejos el gasto realizado. Y en ese saldo negativo se esconde una dimensión en cierto modo metafísica, un mal al parecer totalmente sin sentido”.
Fue la imposible realidad de ese sin sentido, constatada, tan horrible, tan insoportable, que Levi se dejó caer por el hueco de las escaleras de su casa cuando pasaban cinco minutos de las 10 de la mañana. Los que quieren creer que nunca dio por doblada su resistencia siguen afirmando que le dio un vahído, un mareo. Pero otros, intuimos la desoladora verdad, con un Levi derrotado en su exasperante lucha, circunstancia que comprende muy bien Sebald cuando afirma:
“Forma parte del estado de ánimo físico y social de la víctima el que no se la pueda compensar por lo que se le hizo. Quién fue víctima sigue siéndolo”.
Porque, en palabras del historiador Lothar Machtan en su obra El secreto de Hitler (Planeta):
Hitler (…) no sólo infecto de forma fatal su mundo, sino también el nuestro, dejando en él su huella perdurable”.

Se ha creado así un reinicio de la historia para muchos intolerable. Imre Kertész en Un instante de silencio en el paredón (editorial Herder), libro de ensayos y conferencias, afirma con la contundencia de la derrota absoluta:
Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz”.



Eso fue lo que le resultó del todo intolerable a Primo Levi, que declaraba al regresar de Auschwitz, en 1945:
Todo se ha vuelto un caos: estoy solo en el centro de una nada gris y turbia, y precisamente sé lo que ello quiere decir, y también sé que lo he sabido siempre: estoy otra vez en el Lager, y nada de lo que había fuera del Lager era verdad.”
 Y eso es lo que también les resultó insoportable a intelectuales y a escritores, a pensadores brillantes, como el ya mencionado Jean Amery, al poeta Paul Celan, o a Stefan Zweig, aunque alejado de los Campos de Exterminio muy próximo a la creencia de esa contundente derrota de la humanidad. Y esa certeza es tan aplastante como imposible de admitir.
Jean Amery y Paul Celan:



martes, 3 de julio de 2018

Adiós al mundo de ayer: cuatro escritores y sus visiones del mundo



*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/adios-al-mundo-de-ayer-cuatro-escritores-y-sus-visiones-del-mundo/

Este jueves terminé de impartir, por esta temporada (volveremos a mediados de septiembre), mi Taller de Literatura Comparada en la asesoría literaria Proscritos de Torrelodones. Desde el mes de octubre me he empeñado en demostrar que existen otras formas de leer, que es posible otra manera de afrontar y ejercitar la lectura. Ahora, me encuentro preparando un curso para el mes de julio, consistente en la visión que del mundo tienen cuatro autores: Zweig, Sebald, Kadaré y Houellebecq.

Así, para tener una perspectiva rápida del asunto, lo que más aparece en estas cuatro visiones es la idea de la inseguridad, de que el hombre no está ya a salvo de ninguna de las maneras. Si el mundo del ayer era un lugar seguro, el mundo del hoy es un sitio tremendamente peligroso.
La sensación de inseguridad es inherente al hombre moderno. Se nos ha apoderado un miedo pavoroso y no somos capaces de encontrarnos resguardados ni en el seno de nuestro principal refugio: en el hogar. Cualquier amenaza externa puede alcanzarnos, cualquier desastre afectarnos cuando menos lo esperemos.
En principio, esa maldita transición de un mundo seguro a un mundo inseguro, es decir, del mundo del ayer al mundo de hoy, vino de la mano de la quiebra que significó la Gran Guerra, es decir, la Primera Guerra Mundial, y la composición geopolítica resultante del conflicto que alimentó, durante 21 años, el siguiente estallido, la letal Segunda Guerra Mundial de la que el mundo resultante ya nunca fue el mismo de antes.

Primera y Segunda Guerra Mundial: imágenes de un mismo conflicto separado por 21 años
Porque hay que entender las dos guerras mundiales del siglo XX tal vez como una sola contienda separada por esos años de tregua, pero en donde la batalla, política, diplomática, económica, social, continuaba con encono: solo era necesario retomar las armas de nuevo. Y se retomaron.

La idea de mundo perdido, de ese mundo de ayer extraviado que jamás regresará, la encontramos en un libro determinante del primer autor de los cuatro que he mencionado antes: El mundo de ayer, ese ensayo biográfico escrito por Stefan Zweig y publicado por El Acantilado. Con la Primera Guerra Mundial se liquidó el Imperio Austrohúngaro y con él todo lo que se apareja a una especie de Antiguo Régimen monolítico: muchas cosas malas, en efecto, pero algunas buenas también ardieron en las bocas de esos cañones de agosto.
El Antiguo Régimen, el sistema de los Imperios Centrales que entraba en crisis, se había caracterizado por dotar al ciudadano de una sólida idea de seguridad que, en absoluto, era ni precaria ni vaporosa. Un habitante del Imperio Austrohúngaro podía saber a ciencia cierta los años durante los que trabajaría en una empresa, el dinero que ganaría, el momento de su jubilación, en qué podría invertir sus ahorros… Todo estaba calculado. El Imperio Austrohúngaro era el mayor sistema de pesos y medidas del mundo, la exactitud encarnada en el Estado. Y esa exactitud traía consigo una estabilidad que proporcionaba la seguridad automática.
De forma que, cuando el sistema saltó por los aires con la contienda, de repente, se liquidaron algunos constructos de la vieja era que dejaron a los súbditos de la Europa Central con una fría sensación recorriéndoles la espalda, con el escalofrío de alguien a quien le han retirado, súbitamente, el suelo bajo sus pies.
El periodo de entreguerras se encargo de terminar de liquidar cualquier atisbo de retorno al mundo seguro del ayer, hasta que la Segunda Guerra Mundial lo arrasó todo y la civilización que surgió de ella ya nada tenía que ver con la de antes: más indefensa, más desarraigada, completamente perdida la identidad para una Europa fantasma que jamás ha vuelto a recuperarse.
Aquí entra el escritor W. G. Sebald y su obra Austerlitz, publicada por AnagramaSebald nos cuenta el relato de Jacques Austerlitz, un hombre que no sabe quién es, condenado a vagar por las estaciones de ferrocarriles de Europa a la búsqueda de algunos retazos que puedan reconfigurar su identidad.

Tanto Austerlitz como el propio narrador ya viven asentados de forma permanente en el horror que proporciona la absoluta inseguridad que apareja la desaparición del mundo anterior y la completa incomprensión del nuevo que se les muestra, producto de las mayores infamias y brutalidades de las que ha sido capaz el hombre.
De esa forma, en la novela de Sebald nos encontramos con un relato sobre la identidad (o sobre a falta de ella) como una condena que arrastra la humanidad a causa de las guerras del siglo XX, y en concreto de la Segunda, equipaje con el que hemos llegado al cambio de milenio como si nos aproximáramos a un vertedero existencial.
Austerlitz, novela del cambio de siglo, obedece a todos esos estigmas de las literaturas que cabalgan a lomos de tránsitos temporales turbulentos. Igual que De Sobremesa (Cátedra) del colombiano José Asunción Silva nos muestra todo el pavor que se deriva de la inseguridad del salto del XIX al XX, Sebaldnos ofrece una visión traumática del hombre que entrará en el XXI sin haber resuelto los problemas del XX.

¿Y cómo será el pavoroso siglo XXI? Evidentemente, configurado por el 11-S, que al estilo de la Segunda Guerra Mundial destruye toda la falsa idea de seguridad que podíamos tener guardada como calderilla en los bolsillos y nos convierte, a todos, en aterrorizados conejillos a la espera de ese golpe definitivo que nos desnuque.
Así, como forma de protegerse o de blindarse, la soledad y la incomunicación se convierten en los elementos determinantes del comportamiento social del siglo XXI. Podría decirse que cada cual lleva su propio 11-S interior, que a cada uno se nos caen nuestras propias Torres Gemelas una y otra vez. Un panorama alienante, egoísta, deshumanizado, que refleja muy concretamente Ismaíl Kadaré en su novela El accidente, publicada por Alianza Editorial.

Esta novela es muy importante dentro de la narrativa del escritor albanés porque es una de sus primeras obras ubicadas en la modernidad de una Europa de cambio de siglos, de una Europa que ha dejado de existir como bloque hegemónico y que ha dejado paso a la desintegración de Estados e individuos.
En El accidente se nos presenta una visión europea del desencanto, una geografía continental de la violencia y del aislamiento, de la perturbación y del pavor a la soledad de unos seres que, cada vez que pueden, tienden a encerrarse como medio para encontrar un retazo de su identidad largamente perdida.
Ahora, la sobre modernidad, lo específicamente moderno, ultramoderno, ha conseguido convertir al hombre en una isla sin puentes que le comuniquen con otros hombres y otras islas. El mundo moderno de Kadaré en El accidente es nuestro mundo moderno actual, un mundo en el que todos somos viajeros (externos o internos, poco importa eso), donde siempre estamos de paso, amenazados absolutamente por todo, incluso por lo invisible, atenazados por las posibilidades aterradoras de que nuestra desdicha, además, se multiplique en mundos cuánticos y en millones de posibilidades diferentes y espantosas.




Zweig, Sebald, kadaré y Houellebecq: sus visiones del mundo en su literatura

El bosón de Higgs, de esa forma, no ha venido a clarificar nada, ni nos proporcionará un sendero de retorno al mundo de ayer, ese mundo de la seguridad, sino que ha sembrado otro pánico, el de certificar en nuestro subconsciente que las cosas en las que creemos, o creíamos, ni siquiera son como alcanzábamos a pensar.
Las agresiones llegan de todos lados, la sociedad se desmorona y toma algunas direcciones que, no por anunciadas en algunas de las novelas cruciales de la historia de la literatura, nos resultan menos sorprendentes. Con evidente facilidad el mundo se replica abandonando las páginas de 1984 (editorial Destino) de Orwell y encarnándose con estabilidad en lo cotidiano de nuestro día a día. La manipulación, el borrado de la realidad, la alteración, las mentiras, el mundo virtual, todo ello empieza a parecer una copia exacta de algunas de esas distopías demoledoras, del Nosotros (Akal) de Zamiatin o de La naranja mecánica (Minotauro) de Burgess



La verdad es que en este primer tramo del siglo XXI ya estamos viviendo en una distopía. La distopíanos es tan próxima que está entre nosotros, aunque a veces, manipulados por el propio sistema, no seamos capaces de verla. Entonces, llega la narrativa de Houellebecq y sus distopías próximas, porque lo que nos plantea en La posibilidad de una isla (Alfaguara), Plataforma o Sumisión estas dos últimas en Anagrama), no es un mundo distópico alejado, es el mundo que se encuentra aquí y ahora, cercano.



Leyendo a Houellebecq somos conscientes de esa evolución que hemos experimentado desde los mundos de ayer y de la seguridad de Stefan Zweig, que saltaron por los aires dejándonos la impronta del fracaso, tal y como aparece en Sebald, hasta el siglo XXI de la incomunicación de Kadaré, todo ello sublimado en personajes que son extranjeros de sí mismos, reconectados con la literatura de Camus de mediados del siglo XX porque, en esta distopía en la que nos encontramos actualmente, las cenizas a las que hemos reducido nuestro sistema de valores tienen una correspondencia directa con la deshumanización y el horror pavoroso que resultó de la Segunda Guerra Mundial.
Los sucesos a los que hacemos frente como sociedad durante esta breve tirada de siglo XXI son equivalentes a las peores emanaciones del siglo pasado. Hay una línea directa entre Auschwitz y las Torres Gemelas y Kosovo y el 11-M y la sala Bataclán y la Diagonal de Barcelona. Un agujero de gusano conecta este presente nuestro de sangre en guardabarros y escombreras que ocultan a los muertos con aquel otro de fosas comunes en bosques y camiones fantasma con tubos de escape escupiendo hacia el interior.
Por todo ello, podemos entender la narrativa de Houellebecq como un colofón, dado que su escritura se abandona al comportamiento de un ser humano completamente extraviado y desvalido que será capaz de cualquier cosa con tal de poder sobrevivir, aunque el mero hecho de sobrevivir ya comporte la mayor de las amarguras, el más enorme de los pavores en esta distopía de la inseguridad que consumimos y en la que nos consumimos.

jueves, 5 de julio de 2012

Homenaje a los vencedores


vosotros
sí vosotros
once hombres que habéis rellenado europa con vuestras quimeras e intoxicado para siempre a quienes os han conocido
vosotros tan inmensos en la derrota que al final se os ha tornado victoria al lado del tiempo
vosotros once
sois los vencedores
bernhard
kafka
bufalino
houellebecq
hrabal
grass
sebald
kadaré
roth
handke
zweig
vosotros
sí vosotros
sois los ganadores