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miércoles, 1 de agosto de 2018

Primo Levi: Si esto es un hombre o la inutilidad de la resistencia


Edición filatélica conmemorativa italiana con el retrato de Primo Levi y el fondo con los primeros párrafos de su obra Si esto es un hombre.

*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/primo-levi-si-esto-es-un-hombre-o-la-inutilidad-de-la-resistencia/

El próximo día 31 de julio se cumplirán 99 años del nacimiento, en Turín, de Primo Levi, el escritor italiano. Sin embargo, creo que definirlo únicamente como escritor es abarcar escasamente la personalidad de Levi, que además de químico, fundamentalmente y por el resto de su vida, fue un superviviente de Auschwitz y se dedicó a recordarlo. Sus escritos, sus testimonios, han demostrado que la pluma de este autor de formación científica esta cargada de sentido y humanidad. Puso todo el empeño en dar testimonio de aquello, era para él algo más que una necesidad, y con ello nos regaló algunas de las páginas más estremecedoras de la literatura, así como lúcidas reflexiones conducidas al intento de digerir el significado de aquella barbarie. Creo que es hora de acordarnos, de nuevo, de él. En Achtung! y en esta columna de El Odradek, así lo entendemos.

Un boletín de la Agencia Reuters fechado en el día 11 de abril de 1987 anunciaba:
El escritor italiano Primo Levi Murió hoy, resultado de una caída por el hueco de la escalera de su residencia en Turín. La policía considera su muerte un suicidio. Tenía sesenta y ocho años”.
Para sus más allegados el suicidio era incomprensible. La fecha era bien significativa: ese día era el aniversario de su liberación del Campo de Auschwitz. Y no podían olvidar que, siendo químico de profesión, y por tanto con capacidad para acometer un envenenamiento plácido, hubiera elegido arrojarse por el hueco de unas escaleras. Una forma desagradable de morir, que además era cruel con la familia que lo encontró aplastado en el suelo del edificio ubicado en la calle Re Umberto, número 75.
Fachada de la casa familiar de Levi en la calle Re Umberto de Turín y detalle del telefonillo:


No dejó ninguna nota que explicara aquello. Es más, parece que sobre la mesa acababa de realizar la lista de la compra, y un amigo suyo, que apoyaba la idea del accidente, argumentó que nadie que piense en suicidarse hace minutos antes la lista de la compra. Algunos rumores decían que ese día un grupo de neofascistas se había metido con él, que incluso le apuntaron con armas…, o que el motivo del suicidio fue el impacto que experimentó al ver la película El quimérico inquilino, de Roman Polanski, en donde un judío polaco intentaba suicidarse lanzándose al vació por el hueco de las escaleras; unas escaleras que, al parecer, guardan un gran parecido con las de la casa de Primo Levi.

Cartel de la película de Polanski del año 1976, titulada en España como El quimérico inquilino.

Sea como fuera, y dado que el rumor del suicidio era cada vez más sólido, el Rabí Artom de la ciudad de Turín tuvo que inventarse un recurso legal-teologal para que se permitiera enterrar a Levi de acuerdo con el ritual judío a pesar de haberse suicidado. La muerte no era exactamente un suicidio sino, más bien, un asunto de lo que denominó “homicidio demorado”. El argumento: cualquiera que se hubiera suicidado tras pasar por un Campo de Exterminio, realmente, estaba siendo asesinado por el régimen nazi; aunque la muerte ocurriera muchos años después.
En conclusión, el diario Corriere della Sera se mostró contundente en su titular:
Aplastado por el fantasma del Campo”.
Así que Primo Levi, como judío italiano, fue deportado al campo de exterminio de Auschwitz en febrero de 1944 y sobrevivió a él, saliendo, moribundo, a mitad del año 45, cuando el lugar fue liberado por el Ejército Rojo.
Así registraba la prensa española, en este caso La Vanguardia en sus páginas de cultura, el suicidio de Primo Levi. Columna derecha.

Siguiendo la inquietud de otros intelectuales que pasaron por semejantes circunstancias —el Premio Nobel de Literatura húngaro Imré Kertész, por ejemplo, que estuvo en Auschwitz y Buchenwald—, Levi se aprestó a dar testimonio, aunque sobre él pesaría toda la vida esa máxima de Adorno que afirma:
Después de Auschwitz es imposible hacer poesía”
Al igual que Levi había resistido con vida mientras estuvo en el campo, también se dedicó a resistir a los demoledores efectos de la experiencia y a combatir al terrible fantasma de los recuerdos, pero no pudo evitar entregarse a ser un superviviente por el resto de su vida. Si esto es un hombre (Península) su primer testimonio, apareció en 1947 y pasó sin pena ni gloria. El resto de su obra siguió por los mismos derroteros, apoyada firmemente en el recuerdo y la denuncia: La tregua, Los hundidos y los salvados(ambos en Península), El sistema periódico (en El Aleph con traducción de Carmen Martín Gaite)… Sería el éxito de La tregua la circunstancia que lo catapultaría mundialmente como uno de los escritores más importantes sobre el Holocausto.


Escritor, judío y superviviente de Auschwitz. ¿De qué manera Levi, en sus textos, intentó resistir a la terrible experiencia? Su actitud no fue la de clamar una venganza desencadenada ni la de entonar un perdón humillante. Una venganza que para el escritor alemán W. G. Sebald en su obra Campo Santo(Anagrama), se fundamenta en que:
Todo daño tiene su equivalente en alguna parte y realmente puede ser compensado, aunque sea, mediante el dolor del causante del daño, hipótesis que Nietzsche consideró el fundamento de nuestro sentido del derecho”.
Para Levi, sin embargo, no se trata de este tipo de venganza, sino de administrar justicia. La salida al problema estriba en la simple administración de la justicia:
No tiendo a perdonar, nunca he perdonado a ninguno de nuestros enemigos de entonces (…) La venganza no me interesa, me convenía que los demás, la gente del oficio, se encargara de los ahorcamientos, obra de justicia”.
Creía en la justicia y pensaba en dejar que fueran los profesionales quienes la administraran. Porque, ante el asesinato en masa, el genocidio, obtener el perdón de un solo individuo no vale de nada. Lo que si resulta valioso, extraordinariamente precioso, es dar testimonio, utilizar el recuerdo. Y a ellos, a los que se quedaron por el camino, consagró sus obras.

Esta obsesión por dar voz a los hechos, que la masacre no cayese en el olvido, fue lo que terminó por amargar la propuesta de supervivencia y resistencia de Primo Levi. Demasiado a menudo se encontró, como manifiesta Reyes Mate en su libro Por los campos de exterminio (Antrhopos), que como testigo era “tratado como aguafiestas”, tal vez haciendo buena la idea de Walter Benjamin:
Recordar es apropiarse del pasado en el instante de peligro”.
Y esa obsesión por el recuerdo les ha resultado siempre muy molesta e incómoda a quienes han intentado mirar para otro lado y querer pensar, para tranquilizar sus conciencias, que o nada tuvieron que ver con aquello o que, realmente, nada pudieron hacer para evitarlo.

Primo Levi relata a menudo la convicción de los nazis, cargada de soberbia, cuando decían a los prisioneros que nadie saldría vivo para contarlo y que, aunque lo consiguieran, nadie se lo creería. Y así lo registra en su prólogo de Los hundidos y los salvados, donde reproduce lo que aseguraban los nazis de Auschwitz:
De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para dar testimonio de ella, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros que lo negamos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la dicte”.
Se tardó en creerlo, desde luego, pero los nazis se equivocaron, porque al final se creyó, aunque todavía existan negacionistas o revisionistas. El principal problema radicó en que aquella verdad tan insoportable de admitir generaba molestias; la verdad, sus raspas, se hicieron tan incómodas que supervivientes como Primo Levi acabaron sintiéndose como traidores por haber sobrevivido, como seres molestos que se movían, allí donde fueran, con la indignidad de los supervivientes.
Reyes Mate, filósofo español siempre sensible a las circunstancias de los Campos de Exterminio y en particular a Primo Levi.

Kertész, en su libro Sin destino (El acantilado), ya apunta claramente a esa derrota del superviviente” que, como dice­:
“Tiene que aceptar cualquier argumento con tal de seguir viviendo”.
Y que ante la pregunta de qué era lo que sentía tras todo lo pasado y sufrido, únicamente podía argumentar: “Odio”.

Sobre este asunto, en relación con los sufrimientos del escritor austriaco Jean AmerySebald concluye en Campo Santo que:
La existencia prolongada más allá de la experiencia de la muerte tiene su centro afectivo en un sentimiento de culpa, esa culpa del superviviente (…) la carga psíquica más pesada de los que escaparon al asesinato”.
Ese era el pecado. Haber vuelto para contarlo, no haber fallecido para integrar las listas, para ser llorados, recordados de otra manera mucho más higiénica para la culpa colectiva y europea: simplemente de una forma fúnebre en la que no pudieran, al igual que los otros seis millones, hablar, acusar, señalar, argumentar la pregunta dolorosa: ¿Qué hiciste tú para poder evitarlo? Reyes Mate es categórico:
Europa no puede pensarse ya de espaldas a esta tragedia”.
Pero lo cierto es que, como se lamenta más adelante Reyes Mate en su texto Por los Campos de Exterminio:
 “Los lugares están abandonados y los acontecimientos olvidados. Europa no ha aprendido nada”.
Tumba de Primo Levi en el Cementerio Monumental de Turín. Aunque en un principio solo se consignaron en la lápida los años de nacimiento y muerte, después se le añadió el número de prisionero que se le tatuó en Auschwitz, una identidad que le acompañó de por vida: 174517.

 Como dice Sebald en relación con lo que representa sobrevivir a la experiencia de los Campos:
Haber sobrevivido significa (…) ser condenado a una existencia fantasmal, porque en su verdadera figura sigue viviendo aún en la ciudad de los muertos. Primo Levi, que estuvo algún tiempo en Auschwitz, describió esa ciudad muy concretamente: Buna se llamaba aquel conglomerado babilónico, donde además de los administradores y técnicos alemanes deambulaban cuarenta mil trabajadores reclutados en los campos de concentración circundantes, que hablaban más de veinte idiomas. En medio de la ciudad se alzaba, como un verdadero monumento, la torre de carburo construida por los esclavos, cuya punta estaba casi siempre rodeada de niebla”.
Sin embargo, lejos de la culpa de unos y de otros, se encuentra el intento de comprender lo sucedido en la obra de Primo Levi. Así, en Si esto es un hombre, manifiesta claramente sus dudas ante la posibilidad de aclarar, de una forma racional, lo sucedido:
Quizá no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender casi es justificar. Me explico: comprender una proposición o un comportamiento humano significa (incluso etimológicamente) contenerlo, contener al autor, ponerse en su lugar, identificarse con él. Pero ningún hombre normal podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebbels, Eichmann e infinitos otros… No podemos comprenderlo; pero podemos y debemos comprender donde nace, y estar en guardia. Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también”.
 De forma que, para Levi, Auschwitz es incomprensible, estará condenado a luchar toda su vida contra los recuerdos y las vivencias de una monstruosidad enigmática. Los conocimientos relativos al Holocausto, por muchos que se posean, nunca constituyen una explicación suficiente al horror. Aunque tal vez, como concluye Reyes Mate:
Decimos que Auschwitz es incomprensible porque no queremos ver a la barbarie como una posibilidad latente de nuestra cultura”.
En Los hundidos y los salvados, capítulo central en su tarea de resistencia, Levi descubre una zona denominada como La Zona Gris. Esta zona define a todos los insertados en el sistema de los Campos que no eran sencillamente víctimas o verdugos, sino que colaboraban con los guardianes o superiores para asegurarse la supervivencia. No todo era blanco y negro, había grises. Esos grises hacían aún más incomprensible lo sucedido e hicieron más intolerable el recuerdo de Levi.
La Zona Gris, película sobre la rebelión de un grupo de prisioneros de Auschwitz que toma su nombre de la obra de Primo Levi.

Entre Si esto es un hombre y Los hundidos y los salvados hay una reflexión brutal: Auschwitz no ha servido de nada, la historia de la humanidad sigue su curso. Levi va cayendo, poco a poco, en la desesperanza y ya sólo puede reformular en su trabajo Informe Sobre Auschwitz (Reverso Ediciones) el axioma de Adorno:
Después de Auschwitz no se puede escribir poesía que no trate de Auschwitz”.
Porque la realidad de aquel sistema, tan perverso, es definida por Sebald como un proceso:
“En que el provecho económico que obtenía el sistema de utilización de despojos humanos (…) no justificaba ni de lejos el gasto realizado. Y en ese saldo negativo se esconde una dimensión en cierto modo metafísica, un mal al parecer totalmente sin sentido”.
Fue la imposible realidad de ese sin sentido, constatada, tan horrible, tan insoportable, que Levi se dejó caer por el hueco de las escaleras de su casa cuando pasaban cinco minutos de las 10 de la mañana. Los que quieren creer que nunca dio por doblada su resistencia siguen afirmando que le dio un vahído, un mareo. Pero otros, intuimos la desoladora verdad, con un Levi derrotado en su exasperante lucha, circunstancia que comprende muy bien Sebald cuando afirma:
“Forma parte del estado de ánimo físico y social de la víctima el que no se la pueda compensar por lo que se le hizo. Quién fue víctima sigue siéndolo”.
Porque, en palabras del historiador Lothar Machtan en su obra El secreto de Hitler (Planeta):
Hitler (…) no sólo infecto de forma fatal su mundo, sino también el nuestro, dejando en él su huella perdurable”.

Se ha creado así un reinicio de la historia para muchos intolerable. Imre Kertész en Un instante de silencio en el paredón (editorial Herder), libro de ensayos y conferencias, afirma con la contundencia de la derrota absoluta:
Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz”.



Eso fue lo que le resultó del todo intolerable a Primo Levi, que declaraba al regresar de Auschwitz, en 1945:
Todo se ha vuelto un caos: estoy solo en el centro de una nada gris y turbia, y precisamente sé lo que ello quiere decir, y también sé que lo he sabido siempre: estoy otra vez en el Lager, y nada de lo que había fuera del Lager era verdad.”
 Y eso es lo que también les resultó insoportable a intelectuales y a escritores, a pensadores brillantes, como el ya mencionado Jean Amery, al poeta Paul Celan, o a Stefan Zweig, aunque alejado de los Campos de Exterminio muy próximo a la creencia de esa contundente derrota de la humanidad. Y esa certeza es tan aplastante como imposible de admitir.
Jean Amery y Paul Celan:



miércoles, 20 de diciembre de 2017

No hace mucho. No muy lejos: La exposición de Auschwiz abra sus puertas en Madrid


Esta columna apareció en achgtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/no-mucho-no-lejos-la-exposicion-auschwitz-abre-puertas-madrid/

Realmente no existe una excusa para no asistir a lo que es un pedazo de nuestra vergüenza más inmediata. Y tiempo para ello hay de sobra, porque la exposición sobre el Campo de Exterminio de Auschwitz que se inaugura desde hoy, primero de diciembre, en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid, alcanzará hasta el 17 de junio de 2018. Con el lema “No hace mucho. No muy lejos”, se nos propone un recorrido por ese pedazo del horror moderno que ha conformado parte de la personalidad del hombre de la segunda mitad del siglo XX, aquel que, según Adorno, ya no podía escribir poemas tras Auschwitz.

Por eso he querido hoy, desde esta columna de opinión de El Odradek que me brinda todas las semanas Achtung!, dedicar estas líneas a la reflexión sobre un lugar que, indudablemente, en el instante en que pude conocerlo en persona, reconfiguró mi percepción de la Historia y me moldeó como parte del escritor que soy hoy en día. Sobre este asunto, ya he hablado en esta misma revista online:


Ahora quiero detenerme en lo que la exposición de Madrid nos ofrece, y en dónde radica lo verdaderamente importante de la muestra.

En primer lugar, tengo que reparar en el lema, en ese demoledor “No hace mucho. No muy lejos”, que casi parece decirlo ya todo. En efecto, para la marea devoradora de la Historia, algo que ocurrió hace poco más de 70 años no significa nada, pero es un lapso de tiempo que, para la vorágine de nuestro moderno devenir, puede parecer olvidado. Ciertamente, un genocidio de semejantes características, cometido a mitad del siglo pasado, en lugar de darnos la sensación de pertenecer al lugar oscuro del olvido de los hechos tendría que mostrársenos bien presente. Porque está ahí al lado. Todavía.

Y sucedió no muy lejos. En el mismo corazón de Europa. Actualmente, y gracias a los modernos medios de transporte, se encuentra a unas tres cómodas horas de avión. Esta debería ser una circunstancia que no podría dejarnos indiferentes, porque se trata de un crimen de unas dimensiones tan descomunales que no ha sucedido, para nosotros españoles y europeos, en las catacumbas del otro extremo del mundo.

Sin embargo, en España nunca ha habido una cultura del Holocausto, si es que se puede denominar así. España, tradicionalmente, siempre ha abrazado una actitud abiertamente pro palestina, algo que tal vez pueda entenderse si hurgamos en los complejos históricos que nos encadenan a aquella expulsión de los judíos en 1492, o a Franco y su parafernalia política. Desde luego, cada país es dueño de posicionarse políticamente como prefiera.

Y a nosotros nos acompaña desde hace mucho esta elección, que no significa un antisemitismo reconocido o un sentimiento anti hebreo de por sí. Solamente es la actitud política de simpatizar con uno de los lados en un conflicto que muchos entienden como claramente excluyente. O estás con unos o vas en contra de los otros. Y de ahí, a negar el Holocausto, o a tomarlo demasiado a la ligera, hay un paso.

Pero el hecho de que este país se manifieste abiertamente pro palestino en sus políticas y comportamientos no debería llevarnos a ignorar el crimen del Holocausto o, lo que es peor, a permitir la sangrante costumbre de ponerlo en duda o trivializarlo. Los españoles somos muy de odiar visceralmente y de no perdonar afrentas por los siglos de los siglos. De ahí que aquellos franceses napoleónicos que nos invadieron en 1808 nos siguen irritando tanto ahora como antes, pero eso no fue óbice para que con motivo de los tristes y lamentables atentados yihadistas de París en nuestro país se levantara una sincera oleada de apoyo y solidaridad. Entonces, ¿por qué motivo no ocurre esto con los judíos?

Me he sorprendido, de verdad lo digo, en más de una ocasión, teniendo que dar demasiadas explicaciones ante la ceguera de turno de quién pretendía negar el Holocausto. No lo ponía en duda o se atrevía a discutir uno u otro aspecto, lo negaba. Y ahí radica la enorme fortaleza de este crimen. Y su triunfo por encima del tiempo.

Sin embargo, y esto todavía me sorprende más, estamos en la querida Sefarad de un montón de hebreos que todavía conservan la llave de su casa medieval de Toledo, o de cualquier otro pueblo de donde sus antepasados fueron expulsados. La concesión del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia al Museo del Holocausto Yad Vashem en 2007, o a las Comunidades Sefardíes en 1990, son dos gestos de reconocimiento oportunos, pero que no tuvieron mayor calado en el ciudadano de a pie, que continúa entendiendo poco y mal del asunto, e incluso argumentando auténticas barbaridades en relación a Auschwitz y a lo que, realmente, aconteció en aquel lugar de martirologio.

No nos engañemos, gestos como el del embajador Sanz Briz, son excepciones que, por su carácter especialmente extraño, llaman todavía más la atención por lo exótico y casi disparatado. De ahí la importancia de que la inauguración de esta exposición itinerante tenga lugar en Madrid. Nadie con mayor despego por este crimen que nosotros, los españoles.

Mi padre y mi madre fueron hijos de la Guerra Civil. Mi padre lo paso peor, le tocó en Barcelona, y mi madre la superó en Zaragoza, protegida, además, por su padre (mi abuelo) que se mostró muy competente para sobrevivir en esos momentos de dificultades. Por ese motivo, mis progenitores siempre se mostraron liberales, aunque no modernos —no se puede obviar que eran hijos del franquismo—. Quiero decir con ello que eran completamente empáticos con el sufrimiento humano.

Mi padre no dudaba en hablarme de atrocidades cometidas por el Ku Klux Klan sobre la población negra de América (entonces eran simplemente negros, no afroamericanos), por ejemplo, en unos años en donde la educación escolar en valores no existía, porque tampoco era necesario que nadie inculcara en nuestras tiernas cabecitas de infantes que no se debía apalizar a otro o que, simplemente, los demás merecían un respeto. Sin embargo, no creo recordar, al menos hasta donde mi memoria alcanza, que mi padre me hablara alguna vez de los judíos ni del Holocausto.

En efecto, no existe una tradición a ese respecto en España, ni siquiera ahora en que tanta literatura y cine han contribuido a popularizar los sucesos, con no siempre el mismo efecto. Nadie podrá apearme de que en este país retrocedimos años en este asunto a raíz del éxito comercial, Óscar incluido, de La vida es bella. Una película que contribuyó a trivializar un asunto por el que tal vez podríamos haber empezado a interesarnos gracias a la recuperación histórica, poco después, de Sanz Briz o Francis Boix. Sin embargo, la sombra de aquella película, tal vez mal entendida, no digo que no, tuvo mucho de significativo alimento para quienes ya se tomaban el asunto a broma.

Y me pregunto qué reacción tuvo la contemplación de ese filme en aquellos que como Primo Levi consagraron sus vidas a dar testimonio, a luchar contra el horror, a contemplar en el espejo su imagen manchada por la llamada “indignidad del superviviente”, y que terminaron con sus vidas por pura impotencia y hartazgo.

El aluvión comercial ha llevado a incluir Auschwitz dentro de los programas de visitas de los tour operadores. En los circuitos turísticos. Eso, cuando yo lo visité en 1991, no ocurría. De esta forma, se ha producido una trivialización del Holocausto, en parte con trabajos que han hecho tanto bien como mal (por ejemplo, La lista de Schindler) a la hora de popularizar el asunto. Es indudable que todo lo que sea dar a conocer y difundir el drama es bueno, pero tal vez, si falta rigor, se puede caer en esa terrible banalización.

Por eso, exposiciones como esta son tan necesarias, porque viene avalada por el propio museo del campo, con seriedad, con un único objetivo: mostrar el horror. Lo que allí sucedió.

En la muestra nos vamos a encontrar con una serie de objetos heridos de tristeza. Esta tristeza de los objetos, de los zapatos y las gafas, de un vagón de ferrocarril, de un barracón, emana directamente del lugar de procedencia: el centro del dolor humano. Sólo visitando el campo, o acudiendo a esta exposición, se puede comprender el verdadero significado de la frase de Adorno sobre esa imposibilidad de la poesía después de Auschwitz.

Porque la poesía nos pone en contacto con un lado inocente e infantil que, desde que los hombres fuimos capaces de perpetrar aquella desgracia, hemos extraviado, para no recuperarlos nunca más. Eso es lo que nos impide ser poetas después de los campos de exterminio: ya no seremos honrados ante la belleza porque nos acompaña la mácula del terrible crimen que pesa sobre nuestras conciencias.

Un poeta es una persona que se sorprende ante la belleza de la naturaleza. Pero, ¿qué capacidad de sorpresa puede quedarnos, es decir, que bagaje de pureza, tras sucesos como los de Auschwitz? Siento decirlo, pero así lo creo: en este aspecto el campo representa una gran victoria para quienes lo crearon, es decir, la más absoluta de las derrotas para el género humano.

Porque lo realmente aterrador y maligno de los campos de exterminio es la institucionalización de la muerte como producto. El hombre es la materia prima que, debidamente transformada, según las reglas más efectivas de rendimiento, plazos y costes industriales, acaba manufacturado en Muerte. Allí se fabricaba Muerte en serie, y se dedicaban todos los esfuerzos a ello. Este concepto innovador y aterrador es el que provoca el fracaso gnoseológico que nos hará arrastrar una quiebra epistemológica que nos alcanza como hombres del siglo XXI.

La industrialización de la muerte, con todos los recursos productivos puestos a su disposición, ya sean económicos o humanos, marcará un antes y un después, tanto en las preguntas que desde entonces debemos formularnos acerca del comportamiento de los hombres, como en las respuestas que debemos hacernos acerca de los motivos que son capaces de desencadenar semejantes conductas.

Y aunque, a día de hoy, en parte gracias a toda la carga de investigación, de documentación, y de estudios referidos al asunto, pueda parecer que poseemos soluciones, créanme, estamos tan lejos de encontrar una respuesta a las preguntas como cerca de concluir que, todo aquello, no fue algo más que lo meramente inherente al comportamiento humano; un comportamiento que se desencadena en determinadas circunstancias, y del que, por ende, ninguno de nosotros estamos libres si se nos condiciona lo suficiente.


Por eso, aquello que no ocurrió ni hace tanto tiempo, ni tan lejos, puede ocurrir de nuevo, tal y como sostenía Primo Levi, en cuanto bajemos la guardia, nos descuidemos, o simplemente pensemos que se trata de una sarta de exageraciones, cuando no de mentiras. He aquí la verdadera necesidad de acudir a la exposición. Y por cierto, por duro o difícil que puede parecer: lleven a sus hijos. Todos nos estaremos haciendo un favor.

miércoles, 28 de abril de 2010

En lacre


En lacre sellé mi angustia. Bajo lacre apacigüé la bestia y bajo lacre encerré mi odio. Preservado por el sello construí mi holocausto y lo envié a tu casa con dirección y señas. Mi sobre de Pandora reposó, retomando nuevas fuerzas genocidas, en el fondo de los buzones de correos, fue amorosamente transportado por el cartero hasta debajo de la puerta de tu casa.
Con una sonrisa te despiertas (siempre tuviste buen despertar) y le dedicas una caricia a la espalda que respira a tu lado. A unos metros de allí, el sobre palpita en el suelo. Tras la ducha, en el desayuno, te desvives por atender a tu hombre. Extiendes mermelada en las tostadas como un rojo lacre, un rojo sanguina. El café caliente y negro como tu sangre coagulada flota anodino en su taza, a la espera del crimen.
Y el sobre, mi sobre, lo contempla todo con calma; paciente, espera su momento, espiándolo todo desde su ojo de lacre.
Felices, os encamináis al trabajo. Despedida con un fugaz beso en la boca que tal vez haga demasiado ruido, aunque no hay allí nadie más para sentirse avergonzado. Bueno, si que hay algo, está mi sobre, que él vislumbra antes de salir por la puerta y te extiende con una gran sonrisa y un: es para ti.
Sorprendida, buscas un cuchillo para cortar el lacre, la sangre de mi corazón, y esbozas una estúpida mueca de complacencia azorada. El filo entra bajo el sello como astillas bajo las uñas y, con un chasquido, acabas de inmolar tu vida en mi holocausto.