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domingo, 11 de noviembre de 2012

farol de hero



tú podrías haber sido
linterna                  luz
luminaria
en estos momentos
tan oscuros

pero te has decidido
por faro                     en rompientes
bajo el
                         orvallo

para otros

para mí
serás
ese fanal
de hero

agitado               angustia
titilando
al otro extremo
del canal
que cruzo
a tientas
y a dudas

en las que me
sumerjo                   ahogo

domingo, 4 de noviembre de 2012

mala suerte y bruma

tardes
de bruma
niebla
en los ojos
y en el jardín
un barrizal

noches
nefastas
de inundaciones
y alcantarillas

mañanas
agudas
con desayunos
afilados

busco
tu nombre
tras la tapa
de un
yogur

mala suerte
continúe
intentándolo

jueves, 1 de noviembre de 2012

katrina



ahora que esta cerca
la extinción
me pregunto qué
he sido

he sido
un katrina
para los que me rodean
borrachos de barro
y heces
que les brincan de la boca
intoxicados por mi presencia
anegados en el lodo
de mis angustias

ahora que apenas estoy
a 4 o 5 megas
del colapso
descubro que fui
granizo y tormenta
aguas terrosas
que ahora se retirarán
dejando a la vista
el barrizal
de mi nombre

domingo, 1 de julio de 2012

Tú: mi máquina de aire acondicionado



 
La pasada noche:

Madrid marcó un récord:

fue la más calurosa en los últimos cien años. Yo:

en mi casa:

ti-ri-ta-ba.

Todo comenzó cuando descubrí, al acostarme, que una enorme brecha de hielo separaba un lado de mi cama del otro:

del lado:

de ese lado:

del lugar en donde solías acostarte. En el techo, encima de donde ponías la cabeza, unos largos chupones de hielo que se formaron con tus jadeos cuando hicimos el amor. Allí quedaron colgados y, cuando quebré uno con la mano, se liberaron esos grititos guturales y, por un instante, parecieron derretir el frío de la habitación. Pero unos diminutos jadeos no pudieron nada contra la enormidad de la congelación y poco a poco me fui helando:

convertido en estatua de hielo.

¿Y todo esto lo ha producido su corazón?, me preguntó el bombero que finalmente me rescató derribando muros azulados y neveros que bloqueaban las puertas y ventanas. El vaho salía de su boca, el vaho como un humo de combustión dolorida se elevaba desde mi cabeza.

Mucha gente, ahora –dijo mirando por la ventana hacia la ciudad abrasada en la noche ecuatoriana- lo envidiaría. Desearían poseer este poderoso aire acondicionado. Ahora, si todo esto lo ha producido su corazón, creo que debería ir al médico, a mirárselo –me aconsejó el bombero-.

Y mientras con unas mangueras terminaban de alejar los últimos chupones de hielo y despejar el piso, mientras el agua sucia arrastraba esas porciones heladas de mi vida y los cuarenta grados de calor se iban instalando en mis pulmones, le repuse:

No, no fue mi corazón.

Fuiste tú con tu ausencia siberiana:

Tú: mi máquina de aire acondicionado.