Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de octubre de 2018

¿Por qué esas editoriales y no otras? Un tsundokiano y su biblioteca



*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/por-que-esas-editoriales-y-no-otras-un-tsundokiano-y-su-biblioteca/

Una asistente a mi taller de literatura comparada que imparto en la Agencia Literaria y Librería Proscritos de Torrelodones, que además interviene vía Skype desde Estados Unidos, me puso un Whatssap en dónde me pedía que expusiera en alguno de los formatos en los que me muevo habitualmente —vía Instagram, o en los blogs que administro— un compendio de editoriales de referencia, con sus características, en qué se especializan, los motivos que las hacen diferentes… Al parecer, en Estados Unidos hay verdadero interés en este asunto, que no es una cuestión baladí, puesto que no es lo mismo leer un título publicado por una editorial que por otra. A veces, es que ni parece el mismo libro. Por eso, entiendo que este sea un excelente tema para esta columna de hoy de El Odradek.

De editoriales ya hemos hablado en Achtung!, concretamente sobre aquellas que cuidaban con mimo y detalle a sus lectores. Os dejo aquí el enlace por si os interesa, y además creo que complementará muy bien a esta columna de hoy:
Lo cierto es que, si miramos a nuestras librerías, nosotros enfermos tsundokianos, de repente nos damos cuenta de que poseemos muchos más libros de una colección que de otra, o un mismo libro en tres ediciones diferentes. Esto, ¿a qué misterio obedece? ¿A nuestro afán compulsivo de comprar libros? ¿A nuestro Diógenes literario?
Desde luego que no, aunque haya quién piense que estamos chalados y que algo hay de eso. Realmente, las editoriales se eligen ellas solas, entran en nuestras casas y adornan nuestros plúteos porque así lo quieren. Me explico, es muy difícil decirle que no a un libro de El Acantilado, de Asteroide, deImpedimenta o de Periférica, por ejemplo, aunque no tenga nada que ver con nuestros gustos o ni siquiera sea de un escritor que nos guste.
Este magnetismo se debe al tipo de ediciones con valor añadido que practican esas editoriales. Traducciones cuidadas, encuadernaciones perfectas, un papel agradable, una tipografía exquisita, una portadas que son obras de arte… Y por supuesto, la rigurosa elección de los autores publicados, alejados —la mayoría de las ocasiones— de los meros criterios comerciales.
De manera que, si miro ahora mismo en dirección a las estanterías del estudio en donde escribo estas líneas, lo primero que veo es una fila de libros de El Acantilado. Y eso, claro, me agrada mucho. Esta editorial se caracteriza por las traducciones, magníficas, y no de novelistas que precisamente escriban en una de esas lenguas llamadas dominantes.
El catálogo de El Acantilado es un árbol repleto de frutos polacos, austrohúngaros, rusos, checos… Además, es notable la edición de volúmenes de cartas cruzadas entre escritores, y las biografías. En este último campo destacan dos empeños monumentales: el tríptico biográfico sobre Kafka de Reiner Stach y la Vida de Samuel Johnson por James Boswell. Entre el género epistolar, valgan como muestra las cartas de Stefan Zweig con Joseph Roth o las mantenidas con Hermann Hesse.
El Acantilado ofrece un repertorio impresionante de autores de los imprescindibles: Joseph Roth, Stephan Zweig, la Premio Nobel Aleksiévich, Tólstoi, o Kertész —otro Nobel de hace poco—. Recomiendo de su catálogo las novelas de Yuri Andrujovich y los libros del polaco Zbigniebw Herbert; y por dar un par de títulos que creo imprescindibles, El soldado Švejk, de Hašek o El jardín de los Finzi-Contini de Giorgio Bassani.


El Acantilado es la editorial indicada si buscas literatura centroeuropea, epistolarios y exégesis críticas y biográficas. Para leer siempre, pero en especial en el otoño y el invierno, con mantita de cuadros y en casa mientras afuera llueve o nieva.

En la siguiente balda de mi aparador encuentro la colección de publicaciones de Anagrama. Lo confieso: no soy muy seguidor de la línea crema de esta editorial, un catálogo que presenta uno de los mayores gruesos de narrativa en español (de hecho la colección se llama Narrativas hispánicas). A mí, este ejército de escritores, la mayoría de las veces me da un poquito de repelús y tengo muy pocos ejemplares.
Sin embargo, de la colección amarilla, es decir Panorama de narrativas, tengo muchísimos volúmenes. Ocurre como con la colección crema, es todo un ejército de escritores impresionantes, editados en cientos de volúmenes con buenas traducciones. Pero lo que realmente caracteriza a esta colección es la variedad de formas y estilos, con algunos de los mejores libros que he leído en mi vida.
Anagrama está publicando en esta colección la obra del Premio Nobel francés Modiano, todos los libros de John Fante, a Bukowski, Houellebecq, Thomas Bernhard, Beigbeder, y tantos y tantos. Se mire a donde se mire solo se leen grandes nombres en los lomos de los libros apilados. Además, en su haber tienen la publicación de Bella del Señor, de Albert Cohen, novela para mí rupturista de las ideas que me hacía de la literatura, o a Magris, Martin Amis y Carrére. ¿Se puede añadir más?
Se puede. Anagrama ha editado en su Panorama de Narrativas libros descomunales, por los que tal vez no apostarían todos los editores. El diccionario Jázaro de Pavic, La Gran Trilogía de Von Rezzori, o Calle Este-Oeste de Philippe Sands, libro del año 2017 —por cierto— para Achtung!:
Recomendaré dos autores en esta colección: el belga Hugo Claus y el polaco Kusniewicz. Y un par de libros necesarios: Las mentiras de la noche, de Gesualdo Bufalino, y Menos que cero, de Bret Easton Ellis.
Por si todo esto no fuera ya una locura, además, Anagrama ofrece los mejores libros de su Panorama de Narrativas en unas atractivas ediciones de bolsillo, los Compactos, que también copan toda una parte de mis estanterías.
Si lo tuyo es leer en el metro, o perderte un rato en el Starbucks de turno con un macchiato, y buscas buenas novelas contemporáneas, Anagrama es tu editorial.

Y junto a ellos, la colección de Tusquets, otra referencia imprescindible de buena literatura extranjera porque, en el tema nacional y salvando a Orejudo, prefiero no decir nada. Sin embargo, Tusquets y sus atractivos libros negros de la colección Andanzas destacan en la selección de autores, a veces minoritarios —el rumano Manea, que con persistencia han convertido en un clásico de la editorial— y otras veces de renombre mundial como Updike.
Sin embargo, últimamente parece que la apuesta por la calidad ha disminuido y que todo apunta a lo comercial. Una lástima. Al menos nos quedan libros extraordinarios que no conoceríamos de no ser por Tusquets: Bajo el volcán de Malcolm Lowry, por ejemplo. Y Kundera, siempre Kundera, por supuesto.
Tusquets: si quieres thriller nórdico o novela negra, mucha literatura anglosajona y norteamericana, o si prefieres leer en un banco del parque, o tal vez hasta paseando por la ciudad (yo lo hago, camino y leo, ¿qué pasa?), por su evidente carácter cosmopolita.
Ahora necesito recuperar una editorial algo menos obsesionada por el triunfo comercial. Me fijo en los volúmenes que tengo de algunas realmente pequeñas, independientes, o modestas; o simplemente, muy especializadas. Un ejemplo es la deslumbrante Nørdica, experta en libros de autores de los diferentes países nórdicos. Aunque, curiosamente, me apetece recomendaros su edición de la novela del germano Von Kleist, la archiconocida Michael Kohlhass.
Otra de estas editoriales es Periférica, con libros de una calidad enorme y que dedica especial atención a las literaturas francesas e italianas, entre otras muchas. Muy manejable, si decides viajar esta es tu editorial. Y como no, Ediciones del Subsuelo, con un repertorio que nace de una innegable vocación ensayística, con nombres como el Nobel André Gide o George Meredith, y en su faceta narrativa los talentos de Karl Kraus y Quenau o el magisterio del húngaro Szentkuthy.
Si lo tuyo es pensar y reflexionar hasta romperte la cabeza, especialmente con ensayos sobre literatura, Ediciones del Subsuelo es tu editorial. Para esos días en lo que no apetece una novela mientras dejas caer la tarde de domingo. Ahogarás los gritos de la radio y del fútbol sumergiéndote en estos volúmenes.
Os dejo varias reseñas que hemos escrito de publicaciones de esta editorial:
Después, otras joyas, como son los Libros del Asteroide, con su firme apuesta por volúmenes excelentes: Miklós Bánffy y su Trilogía transilvana o los de Angel Wagestein, Rodolfo Walsh o el norcoreano Bandi. Exótico pero cercano, este catálogo ha recuperado al gallego Blanco Amor y al mexicano Rafael Bernal y su descacharrante El Complot Mongol. La lista es interminable.
Asteroide: si tratas los libros como un miniaturista, los coleccionas con primor y los comprendes como objetos de arte y además te interesan las literaturas algo ajenas a nosotros como la búlgara o la norcoreana; y si disfrutas leyendo en la cama. Porque son para remolonear una mañana de sábado.
Como ejemplo, estas reseñas publicadas en Achtung!:
Interminable, también, es la editorial de referencia de los clásicos castellanos y universales por antonomasia: Cátedra. ¿Hay algo clásico hispánico que no esté editado aquí? Se trata de la mayor exposición de literatura castellana que uno pueda encontrar. Sus volúmenes de color negro, los de autores en español, y blancos, de los internacionales, llenan varias estanterías de casa. Desde Cervantesa Lorca, de Lope de Vega a Galdós, teatro, poesía, nada se queda en el tintero. Y lo mismo ocurre con sus letras universales: Dante, Shakespeare, Homero, Virgilio, Goethe.
Además, las ediciones de Cátedra son enormemente didácticas y, en muchos aspectos, un modelo a seguir. Profusamente anotadas se completan con un minucioso prólogo y un trabajo de estudio e investigación del encargado de la edición (generalmente pesos pesados de la filología y la crítica) que convierten la edición de un clásico en un texto atractivo y nuevo.
Cátedra: clásicos y más clásicos, en especial Siglo de Oro y picaresca. Si gustas de pasar algunas tardes leyendo en el silencio de la biblioteca.
No me olvido de Impedimenta. Claro que no, tal vez sea una de las editoriales más atractivas del momento, o tal vez la que más. Ahora, su buque insignia es el talentoso, hasta lo estelar, Mircea Cӑrtӑrescu. Este rumano ha irrumpido con la fuerza que solo pertenece a los colosos literarios. Si no me creéis probad a leer Solenoide y después hablamos.

Impedimenta tiene un catálogo completísimo con algunas joyas excelsas: Buena noches, dulces sueños, del checo Jiři Kratochvil y que también reseñamos aquí:
Estamos ante una editorial que es como una caja de bombones, esto lo diría Forrest Gump, lo sé, pero es así. Cualquiera de sus libros encierra una golosina. Así que si eres un hedonista literario, que te gusta leer mientras fumas en pipa, bebes un coñac y escuchas música, estas ante la editorial de tu vida. Gran literatura escrita por grandes autores. Tan simple como complejo.
Hay otras muchas editoriales que por tiempo y espacio no puedo consignar ya aquí, rápidamente cito La línea del Horizonte para libros de viajes o el sensacional, riguroso y completo Fondo de Cultura Económica, una referencia en el ensayo histórico. Un ejemplo, esta crítica de un ensayo de Juan Laborda Barceló:
También, la incomparable Minúscula, con otro de esos repertorios de novelas de autores distintos, fuera de los círculos comerciales o recuperados después de un tiempo de olvido, o Pasado & Presente, con su trabajo de recuperación de textos históricos y ensayos sobre literatura, y Navona que presenta un catálogo sensible, emocionante, que equilibra con grandes clásicos como Faulkner o Kafka junto a libros biográficos…
En fin, unos pocos han sido los elegidos para este Odradek, pero el mercado está repleto de editoriales que publican sin parar. Otra cosa es que lo hagan bien, menos bien, excelentemente, o que busquen engañarnos. No debemos olvidar, y las editoriales tampoco, que el lector es soberano, y sabe muy bien a donde dirigirse para encontrar el caviar literario.
Por eso, nosotros los tsundokianos, si tenemos tal o cual libro en una u otra edición, no es producto de la casualidad, ni de la publicidad. Es gracias al aval de esas editoriales, un aval tan complicado de conseguir, porque se caracterizan por vender libros con un valor añadido: son libros con aura. Es decir, editados según criterios de calidad y buen gusto. Lo demás, sobra.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo (Parte 3)



*Esta columna apreció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/algunos-libros-imprescindibles-defendernos-verano-veraneo-parte-3/

Esta semana hemos pasado el Rubicón del verano, ese punto de no retorno que significa el 15 de agosto. Porque el 15 de agosto aúna todos los males vacacionales juntos: el espanto del periodo agostímarida con las fiestas de los pueblos y el resultado es repugnante. El 15 de agosto, y los dos o tres días que le siguen, son el mal absoluto, ese Satanás anclado en el mismo centro del Infierno en la Comediade Dante, salvo que en este caso, además, el demonio hace gala de una malsana fijación: rifar perritos-piloto y poner la música más atronadora y chabacana posible en la pista de los autos de choque. Esta es la tercera entrega (y última) de El Odradek y esos libros veraniegos que pueden salvarnos de situaciones límite como son las ferias que se deslizan con nocturnidad y alevosía en nuestras vidas, para no dejarnos dormir hasta las tantas de la madrugada.

Pero antes de entrar en el espectral mundo de las fiestas de los pueblos, y en concreto en las fiestas de Torrelodones, me ha quedado pendiente relataros una última aventura, o más bien desventura vacacional, de esos tiempos en los que me marchaba bien lejos, en una huida que buscaba escaparme de mí mismo y, después, de todo lo que me rodeaba.
Nuevamente Fuerteventura como escenario de mi desgracia. En concreto, un lugar, un hotel en Costa Calma, cerca de la Playa de Sotavento, lo suficientemente remoto como para que no hubiera un médico en muchos kilómetros alrededor, una circunstancia que a un veraneante del malditismo como yo no suele preocuparle… Hasta que se desencadena el cólico nefrítico.
Así fue: al segundo día de tomar posesión del bungaló tipo iglú más alejado de todos (porque era un hotel conformado de bungalós) mis riñones entendieron que me encontraba en una situación muy interesante para sufrir un cólico. Bienvenidos al capítulo de enfermedades veraniegas, de consultorios fantasmas, de médicos extraños. De veraneantes ingleses, holandeses, belgas, esquilmando a nuestra universal y bienintencionada Seguridad Social. De salas de espera con descalabrados, intoxicados, quemados por el sol, meduseados, erizados, cortodigestivados, en fin, todos ellos mirando al techo, sin saber muy bien cómo acababan de arruinar lo que prometía ser un lapso vacacional maravilloso.
Tengo que decir en mi defensa que a la vista de esta perspectiva, y de la lejanía del médico más próximo, opté por aguantar con los dolores en el hotel y consumir los días que tenía allí contratados. Entonces, descubrí lo complejo que es sentirse horriblemente mal en el corazón de una infraestructura que está diseñada para agobiarte, azuzarte, hostigarte con la excusa del agasajo y que no entiende de solitarios ni reservados ni, por supuesto, de enfermos.
Aunque por un momento he pensado que todos estos complejos, si algo buscan detrás de esa presunta felicidad del cliente, es precisamente eso: hacerlo enfermar. De ahí los pantagruélicos bufés libres del desayuno, las opíparas cenas, los bares de cocteles en mitad de las piscinas con el objetivo de que bebas mientras estás en remojo y, además de con una borrachera, también llegues a la habitación con una buena cistitis.
Si en algún momento no nos ponemos malos de beber, de comer o de bañarnos, o agarramos algo en el Spa o en la sauna, o en el baño en agua helada, o bajo los chorros o las duchas con aceites esenciales, es como si la diversión no hubiera existido. El veraneante de pro, el que se recuece al borde de la piscina un 15 de agosto, ese, si no se pone malo no obtiene el mayor beneficio de las vacaciones. Suena raro, lo sé, pero muchas veces es lo que parece. En vacaciones la gente vomita mucho. Y motivos para hacerlo hay de sobra, desde luego.


Vayamos con la literatura: Para esos momentos de cólico en mitad de la nada tenía, afortunadamente, un buen puñado de libros. Recuerdo que entre pinchazo y pinchazo, cuando los picos de fiebre me devolvían a momentos de tranquilidad, tomaba de la mesilla mi ración de lectura medicinal. Concretamente, ese Wittgenstein manchado de sangre que es Una investigación filosófica(Anagrama), del recientemente fallecido Philip Kerr. Una novela negra distinta, absorbente y dinámica, ubicada en una especie de Londres distópico (pero no muy alejado en el tiempo, al contrario, en la novela, escrita en el año 1992, se habla del Londres de 2013), que tuvo efectos calmantes para mi cólico.

n este enlace podéis leer una crítica que hice del libro:
Se trata de algo distinto, quizás sea la mejor novela de Kerr, y como la leí en Fuerteventura le otorgo en mi baremo heladero de excelencia dos Sandy Pop, que son producto del esfuerzo empresarial de aquellas tierras.

Después, cuando empecé a mejorar, muy lentamente, me dejé caer por el salón de la televisión del hotel con el ánimo de probarme y ver mis fuerzas. Entre turistas que se ponían chuzos a gin-tonics y combinados de ron Arehucas yo me sentaba pálido y demacrado con una tacita de poleo o manzanilla entre las manos. Lo sé, doy pena.
Al salón llevaba un libro, como no, aunque no era sencillo naufragar en la lectura cuando la televisión atronaba con Juan Carlos Navarro anotando canastas como un poseso (por cierto, hoy acaba de retirarse, qué viejos somos ya…). Era un partido del Eurobasket de Lituania, en donde España se hizo de nuevo con el oro —venía de ganarlo también en la edición anterior, jugada en Polonia—.

Así que mientras bebía a sorbitos la infusión, trataba de leer algunas páginas de El asesino de la carretera (Ediciones B), novela de James Ellroy, pero Navarro, que finalmente sería elegido MVP del torneo, interfería con el incansable bombardeo del aro de la selección que se le pusiera por delante. La novela de Ellroy es una de las mejores obras que he leído del norteamericano, un auténtico MVP de la novela negra, con ese estilo telegráfico propio tan atractivo como contundente.

Alguien se me acercó farfullando en español unos elogios al baloncestista que, al parecer, acababa de masacrar a Macedonia con la friolera de 35 puntos, 19 de ellos en un solo cuarto, record absoluto de un Eurobasket. Confieso que miré con indiferencia a esa persona que intentaba entablar una conversación conmigo, también con mi poleo y con mis profundas ojeras: en mis manos tenía a un verdadero crack, a Ellroy ni más ni menos, y donde estuviera esa fascinante narración de los crímenes de un asesino en serie operando por las carreteras de Estados Unidos, ninguna actuación gesta deportiva podía hacerle sombra.

Para El asesino de la carretera, en mi clasificación de excelencia, le doy dos polos de gelatina, el Gelyde fresa.

Estoy escribiendo esta columna con cierto dolor de cabeza producto de varias noches durmiendo muy mal. Y con esto regreso a Torrelodones y a este mismo verano, al día de hoy, 17 de agosto. Si, voy a hablar de las fiestas del pueblo, culpables de que no pueda dormir, ni descansar.
Aquí, en Torrelodones, todos somos muy democráticos y entendemos, o al menos el Consistorio así lo comprende, que todos los vecinos tienen el mismo derecho a participar de la fiesta. La fiesta, un compendio de actividades que rezuman buen gusto y saber hacer, que se mete en tu casa y en tu cama como la cabeza de caballo de El Padrino.
Literalmente en tu cama, porque los feriantes colocan las atracciones a poco más de 20 metros de tu salón, para que así puedas vivir hasta la madrugada el jolgorio de las canciones de los autos de choque: un año fue la Camisa Negra repetida a volumen brutal, otro año le toco a Justin Bieber… Los cristales retumban, y te ves obligado a tomar una elección: o cierras a cal y canto y te asfixias, o dejas las ventanas abiertas e inicias con resignación la semana del Lexatín.
Esta admirable querencia en llevarte la juerga hasta la puerta de casa (ahora mismo está repicando la bocina del látigo o del pulpo, completada con una sirena de ataque nuclear, que se repite cada par de minutos), y de que los borrachos orinen en tu portal, de que las peleas y las broncas se desparramen por las calles cortadas por las cuales no puedes llegar a donde vives, es un ejemplo de espíritu solidario, no cabe duda.
Por eso, cuando yo tenga algo que celebrar, quizás me plante delante de la casa de algún concejal, o de la alcaldesa, a las tantas de la noche, para hacerlos partícipes de mi alegría. Seguro que les gustaría. Y también apreciarían mucho el que me orinase o vomitara, dejando un montón de porquerías en la puerta. Esto suena un poco a escrache festivo, pero, al fin y al cabo, ¿no somos todos tan modernos, comprensivos y tolerantes?
La vida, durante los días que cercan como un ejército maligno al 15 de agosto, es imposible en Torrelodones. La solidaridad festiva impide descansar, impide pasear, circular, aparcar, respirar. Los barracones con salchipapas a precios abusivos (cada día más papas con menos salchis, nunca pensé que las salchis acabarían siendo un artículo de lujo), las tómbolas y el tiro con carabina de aire comprimido, todos con sus propias bandas sonoras, timbres, bocinas y sonidos desagradables, contribuyen a crear un estado de nervios permanente en las personas que no tenemos muchas ganas de divertirnos por decreto.
Efectivamente, estas son unas fiestas solidarias, porque a fuerza de ser insolidarios con todo el mundo se acaba molestando por igual. Lástima que en lo cultural, y hablo de ello porque es el campo que me interesa, no se lo tomen con tanto entusiasmo. Algunas propuestas realizadas por mí al Ayuntamiento, que pensaba realizar de forma desinteresada, es decir, gratuita, encontraron una contundente negación por respuesta, cuatro meses después de haberlas formulado. Y con la diplomática delicadeza de comunicármelo en un escueto mensaje enviado por correo electrónico.


Pasemos a la defensa. No voy a comentar nada de las lecturas con las que estoy intentado insonorizarme este año, porque muchas de ellas aparecerán en reseñas aquí en Achtung! Pero en otras ocasiones, en otros agostos de agonía de churros en aceite, de charangas estridentes y de malignos perritos-piloto, me he anestesiado con las novelas del albanés Ismaíl Kadaré o con Chuck Palahniuk, en concreto con Snuff (Debolsillo) una delirante narración sobre el mundo del porno.
Ya sé que ambos autores no son comparables, pero a Kadaré le otorgo la máxima y más preciada de las valoraciones: un Maxibon. Mientras que a Palahniuk, por lo entretenido, le doy un Magnum Black.

Así que aquí andamos los vecinos de Torrelodones, que no deben ser confundidos con los vecinos por Torrelodones. Los vecinos de Torrelodones estamos soportando nuestra ordalía particular de cada verano, y si sobrevivo a este mes de agosto (espero que los libros me ayuden), pienso proponer para las fiestas del año que viene un acto cultural de auténtico relumbrón: la quema pública de mis novelas en una pira en pena calle Real, rociada y azuzada con el aceite de las fritangas de los puestos, para alegría de todos.
Siempre fiel al espíritu democrático, eso sí, que me ampara y me protege para poder mearme en la puerta de las casas de la gente, vomitar por las calles, montar broncas de madrugada o introducir mi espíritu festivo en los dormitorios de los demás, os deseo que el final del verano os sea leve.
Y si las dos semanas que nos restan se nos hacen insoportables, siempre podemos acudir a una libreríapara buscar remedio. Al fin y al cabo, agosto solo ocurre una vez al año. Menos mal.

lunes, 19 de febrero de 2018

Contra una perspectiva prehistórica de la literatura y la lectura


*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/contra-una-perspectiva-prehistorica-de-la-literatura-y-la-lectura/

Cada vez me encuentro con más gente que lee. En Instagram, en ese Instagram literario del que tantas veces hablo, conformamos una legión numerosa de amantes de los libros, de tsundokianos, muchos de los cuales compartimos, además, las impresiones de nuestras lecturas. Es evidente que nadie tiene por qué conocer los resortes de las teorías literarias y de la narratología para dar sus opiniones sobre lo que acaba de leer, pero sin embargo, sí creo que se deberían desechar algunas prácticas que entorpecen la comunicación de esas opiniones e, incluso, crean cierta confusión a la hora de reseñar una obra. Por otra parte, encuentro todavía a muchos lectores anclados en ciertas costumbres periclitadas a la hora de llevar a cabo sus lecturas, unas ideas preconcebidas de la literatura que he denominado como “prehistóricas”.

Porque el lector habitual, ese compulsivo que encadena una obra con otra, es decir, el cierre de las tapas de un volumen con la apertura de las tapas de otro, apenas va más allá de mero hecho de la consumición de páginas y páginas de texto. He comprobado, demasiado a menudo, que para la gran mayoría de los lectores, el final de un libro significa la desaparición de todo un universo, como si la explosión de esa supernova literaria no dejara el menor rastro en su persona.
Estamos hablando de mundos, de constelaciones, de sistemas planetarios, de agujeros negros y de estrellas literarias. En efecto, un libro es todo eso, un sistema con leyes propias, que se rige por unos códigos determinados que ha concebido y puesto en pie con sus palabras el autor. Como tal debemos entenderlos.
Cerrar un libro dándolo por acabado y comenzar otro certifica su absoluta defunción. Convierte al texto, automáticamente, en un compartimento estanco que nada tiene que ver con las lecturas anteriores al mismo, ni con las que se realizarán después. Es algo completamente equivocado. En el juego cósmico de la escritura, y así viene a demostrarlo la literatura comparada, todos los libros dialogan entre sí, al igual que absolutamente la totalidad de los autores mantienen una charla, más que animada y enriquecedora, entre ellos.
La literatura se somete a las leyes del Universo. Un libro es un astro, con sus fuerzas de atracción, y también de repulsión, y nosotros como lectores ejercemos las veces de planetas. Si en el espacio interestelar se produce un cambio de órbita de un satélite, o sucede una explosión solar, la gravedad, el clima, o los pulsos electromagnéticos de otros planetas, incluida la Tierra, se ven alterados.
Por ello, nosotros, que somos nuestro pequeño planeta, nos vemos afectados con el fogonazo deslumbrante de una lectura que nos encandila, con el terremoto que provocan determinados párrafos, con las fuerzas telúricas que se desencadenan en nuestro interior al toparnos con una obra mayúscula que ni podemos ni queremos evitar. Ese cataclismo que provoca dentro de nosotros consigue que se abra un hueco en donde la memoria emocional de la lectura ya viaja, para siempre, acompañándonos.
Y como nos acompaña, nos influye sobre los siguientes libros que acometemos, porque proyecta su magnetismo sobre ellos, establece líneas de coincidencia y comparación, se suma a las visiones del nuevo texto, encajando como una pieza de precisión. Al cerrar el libro podemos pensar que hemos terminado con su lectura cuando, realmente, ese libro albergado en nosotros está empezando.
Son vasos comunicantes, recipientes conectados, puertas de viaje entre agujeros de gusano, conexiones de galaxias. Todos los libros se atraen y todos los autores se escuchan unos a otros, y esa circunstancia se suma a nuestras lecturas. Concebir el libro, la lectura de ese libro, como un acto aislado y no conectado, es una idea prehistórica de la literatura. Los libros se alimentan de libros. Los libros se albergan en nosotros. Los libros se proyectan sobre otros libros y nosotros los interrelacionamos. No se puede entender la lectura, ni la literatura de otra forma.
Solo de esta manera, se pueden comprender otras dos máximas que arruinan la concepción de la literatura: se puede hablar de un libro sin haberlo leído, porque en absoluto es necesario haberlo hecho, y los autores modernos y sus obras influyen directamente sobre autores y obras antiguas. Entender esto no debería ser muy difícil de conseguir, pero muchas veces me topo con una resistencia recalcitrante, generalmente producto de la irreflexión.
Al conversar todos los libros con todos, al alterar nuestro sistema interno después de una lectura, estamos cambiando la percepción y las conclusiones a las que hemos llegado de otras lecturas. De esta forma, podemos encontrarnos con un diálogo entre el soneto 126 de Lope de Vega y el poema del argentino Oliverio Girondo “Se miran, se presienten, se desean…”, o entre la novela picaresca del Estebanillo Gonzalez y Las aventuras del valeroso soldado Švejk, de Jaroslav Hasek. Son dos ejemplos de influencia “hacia adelante”, pero de igual manera la literatura está repleta de influencias “hacia atrás”, y de correlaciones recíprocas.
El escritor albanés Ismaíl Kadaré dialoga en su novela El accidente con un pasaje determinado del Quijote, la novelita insertada de El curioso impertinente, que nos obliga a leerla de otra manera. Igualmente. El Don Juan de Peter Handke transforma la visión que teníamos del Don Juan clásico. Son sólo dos ejemplos, pero la literatura está preñada de ellos. Foster Wallace dialoga con Cervantes,Houellebecq con Camus o Sebald con Handke. De forma recíproca, retroalimentándose en ambas direcciones, Günter Grass con el Lazarillo de Tormes, Dante con Bret Eston Ellis, Saramago con Sabato o Salinger con Dickens.

La literatura produce extraños compañeros de cama, pero solo si entiende cada libro como parte de un inmenso muro que vamos construyendo en nuestro interior. Cada lectura es un ladrillo que colocamos en ese frontal, agrupado junto a otros de similares características, corrientes y tendencias estilísticas. Esto hace que no haber leído determinado volumen, por ejemplo el Ulises de Joyce, no nos impida emitir juicios y opiniones sobre él. Hemos leído otras obras del autor, y otras novelas de la misma época, con propuestas estéticas parecidas o, incluso, similares.
No necesitamos más que contemplar el brillo del agujero sin taponar que pertenece a Ulises, para percatarnos de todos las piezas de alrededor, y entender de inmediato las características del libro aún no leído. De esta forma, podemos hacernos una idea, intuir si nos gustará o no, e incluso determinar si nos merece la pena invertir nuestro tiempo en leerlo. Es un sistema que no suele fallar, aunque en literatura, más que en ningún otro campo de estudio, no existen las verdades absolutas. Eso conviene no olvidarlo.
Amigos reseñistas, debéis tener en cuenta lo anteriormente expuesto, si os da la real gana, por supuesto, y advertir un par de cosas más. Una buena reseña crítica es aquella que, generalmente, no habla del argumento del libro, o lo trata de forma tangencial porque eso resulta inevitable o necesario para alumbrar algún aspecto determinado. Millones de reseñas críticas están construidas con una doble articulación realmente odiosa: varios párrafos contando el argumento, y un cierre de “opinión personal”, meramente basado en la crítica impresionista. Esta es una forma caduca de afrontar la exégesis de un texto. Realmente no puede calificarse como exegesis, sino como chapuza.
Es posible, quizás, que hace años, pero muchos años, muchísimos, presentar un resumen de la obra fuera pertinente, porque no existían los recursos y accesos a la información inmediata de ahora. Sin contar con los paratextos editoriales (solapas, fajas, videobooks, etcétera…) cualquiera interesado en un libro puede encontrar en fracciones de segundo de que trata un libro que piensa leer. Por tanto, esos párrafos inacabables dedicados a glosar el argumento son completamente innecesarios, tan innecesarios como irritantes.
El otro aspecto es el de la llamada crítica impresionista, esa que se basa en el “me gusta/me disgusta”, sin aportar ni un solo argumento para sustentar esas opiniones. Por favor, basta ya de afirmaciones del estilo de que una novela no es del agrado de su crítico porque el personaje “le cae gordo”, o “antipático”. Necesitamos escarbar un poco, un poquito solo, y atender a la estructura, a la forma en que está escrita, a sus recursos… Escapemos de ese mundo maniqueo de lo bueno y lo malo en función de una percepción física de los personajes de la obra.
Si atendemos a esta crítica impresionista furiosa, La conjura de los necios con su repulsivo Ignatius, o El guardián entre el centeno con el insufrible Holden, serían obras clasificadas en el “no me gusta”. Por el contrario, personajes de acción, pero radicalmente planos, que se mueven en los Best sellers de ínfima calidad literaria, entrarían en la categoría de “me gusta”. Así, obras incómodas y exigentes con los lectores, como El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers o Austerlitz de Sebald, o El pozo de Onetti, serían relegadas a las columnas de las malas obras. Desde el punto de vista impresionista, se reordenaría toda la literatura, de una forma realmente chusca.
Por último, también creo necesario detenerme, o que os detengáis o reflexionéis sobre dos aspectos más: es conveniente huir de la imbricación de la vida del autor enlazada a su obra, y de la idea de que una novela es su final. Me explicaré. Un texto literario debe sostenerse, no importando nada de lo que ocurra a su alrededor. El texto existe por sí solo, atendiendo a su construcción y a su estructura, a sus recursos y a la verdad literaria que alberga en su interior. Solo después de este análisis podemos mirar en la vida del autor que lo construyó, para terminar de comprender algún dato nebuloso, aunque esto ni siquiera debería ser necesario.
Un ejemplo de esta maldición del biografismo la podemos encontrar en la interpretación del poemario Ariel de Sylvia Plath, durante años leído como la influencia que sobre la autora tuvo la asistencia a la obra de La tempestad de Shakespeare que se celebró en su colegio. Al final, se descubrió que Ariel era el nombre de uno de los caballos que montaba, especialmente manso y afable. Válganos esto como advertencia. La biografía de un autor puede venir en nuestra ayuda de muchas formas al enfrentarnos a un texto, pero solo después de haberlo trabajado desde ese propio texto. No obremos al contrario porque entonces la vida, la personalidad del autor, actúa como interferencia.
En mi taller de lectura comparada pude escuchar el otro día, por parte de una alumna, las tan ansiadas palabras que forman parte de mi objetivo principal al impartirlo. Reconoció, al fin, que no deseaba terminar con la lectura de Austerlitz. No le importaba la forma en que acababa el libro porque había comprendido que lo realmente interesante era el camino, el viaje realizado por esa galaxia literaria, y todas las cosas deliciosas que salían a su paso y que iba incorporando en su interior. Es todo un cambio de perspectiva. Desde la idea de la novela como la búsqueda de un final, de un desenlace, por el mero hecho de poder acabar para empezar otra, derivó a la lectura como viaje, en donde el punto de destino es lo menos importante.
Por eso, nunca nadie puede destriparnos una novela contándonos el final. A nosotros, el final no nos importa, no nos parece interesante. Nosotros encontramos apasionantes las formas en las que el autor nos ha conducido a ese final, final que representa un principio, al cerrar y completar la obra con nuestra lectura, incorporarla a nuestra biblioteca interior, y sumarla a la nueva lectura que hagamos después.
Desde estas perspectivas, podemos abandonar concepciones anticuadas de la idea de la literatura y podremos realizar reseñas críticas útiles para los demás pero, especialmente, útiles para nosotros mismos. Porque la literatura, fundamentalmente, por encima de otros aspectos, sirve para un único fin: nuestro crecimiento personal. Todos esos libros están escritos para nosotros y por nuestra culpa. Son nuestros. Ni tan siquiera pertenecen ya a sus autores.
Entendedlo así.

domingo, 4 de febrero de 2018

Los libros como nuestra defensa ante las ofensas de la vida


*Esta columna se publicó en achtungmag:

http://www.achtungmag.com/los-libros-como-nuestra-defensa-ante-las-ofensas-de-la-vida/


Durante estos días, una persona que es muy querida para nosotros está pasando por unos momentos muy difíciles y dolorosos a causa de la pérdida de un familiar. En situaciones así hay pocas cosas que puedan decirse o hacer, salvo dejar pasar el tiempo para hacerse a la idea. Sin embargo, parece que esta persona ha encontrado en los libros, en sentirse rodeada y arropada por ellos, en sumergirse en la lectura, aunque sea brevemente, aunque abandone a las pocas páginas un volumen para ponerse con otro, un refugio a los malos momentos que la afligen. En este caso, con mayor razón que nunca, se cumple la máxima de Cesare Pavese de que “la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”.

Muchas personas han manifestado, en diferentes ocasiones, que la literatura, o los libros, o la lectura, no es que les ha cambiado la vida, sino que les ha salvado la vida. Esta afirmación, que puede parecer exagerada o frívola es, en muchos de los casos, una verdad incuestionable. En el caso de Pavese, a pesar de la convicción en su frase, esa defensa literaria al final terminó por quebrarse y se suicidó. Sin embargo, hay otros casos en donde la luz de los libros ha iluminado las tinieblas de las pulsiones de la muerte.

Daniel Pennacchioni era un pésimo estudiante. Y el problema se agudizaba con unos grandes problemas de aprendizaje, dificultad manifestada en la escuela y que lo convertía en una diana para sus compañeros. Estaba desesperado, y según avanzaba en los cursos, su sensación de rabia y de dolor lo estaban llevando hacia una idea: el suicido. Sin embargo, con 13 años, decidió empezar a leer a los clásicos, quizás espoleado por un profesor que le propuso cambiar el examen de matemáticas que tenía que hacer por la lectura de un libro, por ver si de aquello sacaba más provecho.

Y vaya que lo sacó: de la lectura de los cuentos de Andersen pasó a esos clásicos, y desde ellos, además, empezó a escribir. A menudo, manifiesta que la lectura, y después esa escritura, le salvaron la vida; que le impidió arrojarse por una ventana. Ese muchacho rescatado por la literatura es hoy el más que pujante escritor Daniel Pennac. Esta historia la he encontrado en una entrevista que la periodista Catalina Gómez le realizó para la revista digital Arcadia un 30 de junio de 2010.

Un muchacho tartamudo que no hablaba prácticamente con nadie, se encontraba solo y aislado en su desesperación. Para sostenerse en un mundo cruel, empezó a escribir de una forma vehemente, y a leer volúmenes que intercambiaba en un trapero por dos reales. Este niño se hizo un escritor de un éxito descomunal, especialmente entre los jóvenes. Es Jordi Serra i Fabra, y no tiene problemas en reconocer que leer, también a él, le salvo la vida. Este relato lo podemos encontrar en una entrevista realizada por Jordi Avellá para el periódico El Mundo, un 26 de marzo de 2015.

Los ejemplos son muchos entre los escritores: Simone de Beauvoir manifestó en muchas ocasiones que cuando era niña, y cuando era adolescente, los libros la salvaron de la desesperación. O Bukowski, que aseguraba que la escritura le salvaba de caer en la locura. Pero prefiero referirme a la lectura, no a la escritura, cuando digo que los libros han salvado de la oscuridad a muchas personas y que, en efecto, han sido esa defensa ante las ofensas de la vida. Porque la vida tiene muchas ofensas.
Incluso en los lugares más hostiles, en donde la muerte es cotidiana, aferrarse a la literatura puede ser el detalle que marque una diferencia entre vivir o ser aniquilado. Primo Levi, durante su cautiverio en el campo de Auschwitz recordaba la Odisea de Homero y pasajes de la Divina Comedia de Dante como una forma de mantenerse atado a su espíritu humano, al concepto de belleza, a la lucha por la vida…

De la misma forma, el escritor Varlam Shalámov en sus Relatos de Kolymá (Editorial Minúscula) recuerda que durante su condena en Siberia algunos afortunados, los intelectuales, los escritores, la gente que era como él, podían sobrevivir algo mejor si eran capaces de montar historias para los prisioneros con los que compartían barracón.


Durante las noches, un grupo de hombres reducidos a un escombro humano, que ansiaba relacionarse con esa parte anulada de su ser, la imaginación, consumían ávidos las historias que brotaban como un vino cálido de las bocas de esos narradores afortunados. Los jefes del barracón, los temibles capos, a menudo sanguinarios presos comunes —porque la mayoría de los prisioneros eran condenados políticos— apreciaban estas narraciones porque sosegaban su fiereza, y prometían que, a cambio de aquellas historias desgranadas sobre los espíritus helados y que se fundían en sus corazones como carbones al rojo, al siguiente dia la vida resultaría un poco más sencilla para tan valiosos relatadores. Y eso significaba que podrían seguir viviendo en un lugar donde lo habitual era continuar muriendo.

Allí adentro, en el barracón que se mantenía medio podrido en mitad del frío, se apiñaban esos hombres en derredor de un aedo, de un recitador que empezaba a derramar las virtudes curativas de sus historias, mientras afuera, la noche tremenda trataba de ocultar los lugares del crimen. Y lo que contaba no eran sino aquellas historias que había leído en los grandes clásicos de la literatura: las aventuras de Ulises, algo de Shakespeare… lo que fuera, traído a la memoria como salvación.

Pero al fin y al cabo, estas han sido, aunque reales, historias de personajes íntimamente relacionados con la literatura. Eso no quiere decir que sean menos ciertas, pero ahora voy a recordar algunos sucesos en donde los libros han servido de parapeto ante la desesperación y el impulso violento, en personas que salvaron sus vidas por la irrupción de los libros en su día a día.

Buceando en los archivos de la hemeroteca digital podemos encontrar algunos testimonios realmente impactantes. Tal es el caso de Mariano Cuesta, que el 27 de mayo de 2015 escribía en Eldiario.es su historia relacionada con una adolescencia compleja, agudizada por cierto retraso y problemas de aprendizaje y conducta. De nuevo, esos problemas magnificados en el colegio, como en el caso de Pennac, y de nuevo el descubrimiento de la lectura como salvación, en concreto El proceso de Kafka, perfecto para identificarse con un personaje en un mundo en el que no se comprende nada, y mucho menos el castigo y la crueldad sin motivo:

“Me refugié en la lectura. Conocí a Kafka, Camus, Hesse, Stephen King… Una gran cantidad de autores en los que encontré refugio, algunos como Kafka me hacían comprender que no estaba solo en mi existencia incomprendida”.

Otro caso es el de José, que nos lo cuenta el escritor Fran Correa. José agradece a su bibliotecaria Yunia que le haya salvado la vida. El relato de este suceso, publicado en el medio Cubanet, es del 5 de febrero de 2015. José era un pintor de brocha gorda que tan solo tenía a su televisor para hacerle compañía después de las jornadas agotadoras. Eso y el ron con el que ahogaba su existencia. Pero un dia el televisor se averió, y entonces se desesperó. La soledad y el silencio de su cuarto a oscuras, y la imposibilidad económica y también comercial de encontrar piezas de repuesto (recordemos que nos encontramos en Cuba) lo llevó a la angustia.

Tenía una soga, pero no encontró en donde colgarse…, o tal vez no llegó a intentarlo con ahínco porque esa cuerda ataba un rimero de libros. Al ver esos libros, recordó que en la esquina de su casa vivía Yunia, una mujer que había sacrificado su habitación para convertirla en una biblioteca comunitaria:

“Cuando estuve frente a los libros me sentí salvado. Comencé fuerte, por todo Vargas Llosa y después me leí En el camino, de Jack Kerouac y Ragtime, de Doctorow (…) Seguí con Tom Wolfe y Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, que me hizo recordar mi niñez (…) y luego encontré lo mejor, las biografías de Aníbal, de Alejandro Magno, de Julio César, de Kennedy, de Martín Luther King… Ya no me hace falta el televisor, y todos gracias a la bibliotecaria Yunia, que vive al doblar de la esquina”.

Estas son sólo algunas de las historias que se pueden encontrar publicadas en la prensa. Hay muchas más, pero ahora quiero terminar con dos historias que conozco de primera mano. Una, me la conto su protagonista hace ya tiempo, quizás demasiado tiempo, y no quiero dejar de traerla aquí porque siempre se ha mantenido fresca en mi memoria.

Es la historia de una mujer maltratada por su marido. Es la historia terrible de una mujer sometida a tremendas vejaciones. Es la historia de una mujer que durante mucho tiempo vivió sometida como un perro, atada a una mesa, a los muebles, para que no pudiera salir de casa. No creo que jamás llegue a leer esto, si lo hace puede que se sienta molesta, no lo dudo, pero como mantengo su anonimato esta historia puede ser, lamentablemente, una de tantas de esas que aparecen en los telediarios cada día.

Prisionera en su propia casa, sin poder ir al baño ni lavarse, salvo cuando al hombre le venía en gana, encontró en aquella habitación en donde la recluían una forma de escapar. Un libro que, independientemente de mi opinión sobre su calidad literaria, algo que ahora no viene al caso, le sirvió de sujeción, fue una forma de aferrarse para poder salir de aquella tortura. El libro que leyó poco a poco, administrado como el contraveneno, la cura, el antídoto a toda esa violencia machista, era Como agua para chocolate de Laura Esquivel. Perderse en esa lectura hizo que se detuviera el tiempo, que pudiera escapar mentalmente de aquella situación.

Mucho tiempo después, cuando pudo liberarse, y el maltratador terminó en la cárcel, me contó esta historia. No puedo negar que le habían quedado multitud de marcas psicológicas, un fuerte desequilibrio, que trataba de controlar con un infinito amor por los libros. Años después, visto su deterioro —dejamos de hablarnos y he perdido todo contacto, me temo que para siempre—, he llegado a preguntar qué cantidad de verdad se albergaba en la historia…, si fue realmente así o era una forma de poder digerir lo terrible de la experiencia.

Prefiero darla por cierta, así resulta mucho más esperanzador y, aunque suene raro, incluso hermoso: el libro, el único libro de esa habitación de tortura, emergiendo como un salvavidas al que aferrarse.

La otra historia es la de un hombre de cuarenta años que una noche se despierta desesperado, enfermo de soledad y harto de angustias. Se levanta de la cama, y decidido sale de casa, descalzo, en calzoncillos, y sube a la azotea en obras de una parte del edificio en el que vive, en donde están realizando unas obras de reformas. Salta los plásticos anaranjados que prohíben el paso y, por la escombrera y los suelos de cemento, se aproxima hasta justo el borde de uno de los pisos abiertos a la noche. Son diez pisos. Y está seguro de que tiene que hacerlo.

Entonces, una certeza le asalta. Sabe que aún tiene muchos libros por leer, porque ama profundamente la literatura (esa que tanto le ha dado, pero que también tanto le ha quitado, después), y sobre todo: tiene muchas novelas pendientes por escribir. Y se da la vuelta. Ha comprendido en dónde se encuentra la salvación. Se vuelve a la cama y no le dice nada a nadie de aquello.

Años después, incluirá este suceso en un breve capitulillo de su novela Casillero del diablo (Xorki). Por supuesto, aquel aborto de suicida en calzoncillos era yo. No podía dejar abandonados a Kafka, a Bernhard, a Houellebecq, a Grass… Entonces, me decidí a estudiar Teoría de la literatura y literatura comparada, y hacerme Doctor en Estudios Literarios…, pero bueno, esa ya es otra historia.

Fue el fotógrafo húngaro André Kertész, hijo de librero, quién se dedicó a retratar en sus fotos a los lectores que sorprendía en cualquier lugar, ensimismados en sus libros. Blindados en sus libros. Parapetados tras los volúmenes. Entre 1915 y 1975, desde Budapest a París, y Nueva York, recogió instantáneas de personas defendiéndose de las afrentas de la vida con un libro. Esta fotos se pueden verse en el libro Leer (editado por     Periférica y Errata Naturae).

No puedo terminar esta columna sin recordar las palabras del escritor Willian Sommerset Maugham:

“Adquirir el hábito de la lectura es construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida”.

Y sin recordar a Cervantes cuando nos avisa de que:

“en algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia”.

Así es, y por eso, la persona a la que me refería al principio, ha elegido muy bien al refugiarse en los libros para superar un trance tan doloroso como la pérdida de un ser querido. Porque en esta vida somos superhéroes del sufrimiento y nos comportamos ante el daño que nos inflige la realidad batallando como Batman o Superman. Solo nos falta llevar puesta una capa. Y esa capa son, sin duda, nuestras lecturas favoritas, nuestros libros, aquellos que nos blindan y nos hacen más fuertes. Y nos permiten volar.