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sábado, 1 de septiembre de 2018

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo (Parte 3)



*Esta columna apreció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/algunos-libros-imprescindibles-defendernos-verano-veraneo-parte-3/

Esta semana hemos pasado el Rubicón del verano, ese punto de no retorno que significa el 15 de agosto. Porque el 15 de agosto aúna todos los males vacacionales juntos: el espanto del periodo agostímarida con las fiestas de los pueblos y el resultado es repugnante. El 15 de agosto, y los dos o tres días que le siguen, son el mal absoluto, ese Satanás anclado en el mismo centro del Infierno en la Comediade Dante, salvo que en este caso, además, el demonio hace gala de una malsana fijación: rifar perritos-piloto y poner la música más atronadora y chabacana posible en la pista de los autos de choque. Esta es la tercera entrega (y última) de El Odradek y esos libros veraniegos que pueden salvarnos de situaciones límite como son las ferias que se deslizan con nocturnidad y alevosía en nuestras vidas, para no dejarnos dormir hasta las tantas de la madrugada.

Pero antes de entrar en el espectral mundo de las fiestas de los pueblos, y en concreto en las fiestas de Torrelodones, me ha quedado pendiente relataros una última aventura, o más bien desventura vacacional, de esos tiempos en los que me marchaba bien lejos, en una huida que buscaba escaparme de mí mismo y, después, de todo lo que me rodeaba.
Nuevamente Fuerteventura como escenario de mi desgracia. En concreto, un lugar, un hotel en Costa Calma, cerca de la Playa de Sotavento, lo suficientemente remoto como para que no hubiera un médico en muchos kilómetros alrededor, una circunstancia que a un veraneante del malditismo como yo no suele preocuparle… Hasta que se desencadena el cólico nefrítico.
Así fue: al segundo día de tomar posesión del bungaló tipo iglú más alejado de todos (porque era un hotel conformado de bungalós) mis riñones entendieron que me encontraba en una situación muy interesante para sufrir un cólico. Bienvenidos al capítulo de enfermedades veraniegas, de consultorios fantasmas, de médicos extraños. De veraneantes ingleses, holandeses, belgas, esquilmando a nuestra universal y bienintencionada Seguridad Social. De salas de espera con descalabrados, intoxicados, quemados por el sol, meduseados, erizados, cortodigestivados, en fin, todos ellos mirando al techo, sin saber muy bien cómo acababan de arruinar lo que prometía ser un lapso vacacional maravilloso.
Tengo que decir en mi defensa que a la vista de esta perspectiva, y de la lejanía del médico más próximo, opté por aguantar con los dolores en el hotel y consumir los días que tenía allí contratados. Entonces, descubrí lo complejo que es sentirse horriblemente mal en el corazón de una infraestructura que está diseñada para agobiarte, azuzarte, hostigarte con la excusa del agasajo y que no entiende de solitarios ni reservados ni, por supuesto, de enfermos.
Aunque por un momento he pensado que todos estos complejos, si algo buscan detrás de esa presunta felicidad del cliente, es precisamente eso: hacerlo enfermar. De ahí los pantagruélicos bufés libres del desayuno, las opíparas cenas, los bares de cocteles en mitad de las piscinas con el objetivo de que bebas mientras estás en remojo y, además de con una borrachera, también llegues a la habitación con una buena cistitis.
Si en algún momento no nos ponemos malos de beber, de comer o de bañarnos, o agarramos algo en el Spa o en la sauna, o en el baño en agua helada, o bajo los chorros o las duchas con aceites esenciales, es como si la diversión no hubiera existido. El veraneante de pro, el que se recuece al borde de la piscina un 15 de agosto, ese, si no se pone malo no obtiene el mayor beneficio de las vacaciones. Suena raro, lo sé, pero muchas veces es lo que parece. En vacaciones la gente vomita mucho. Y motivos para hacerlo hay de sobra, desde luego.


Vayamos con la literatura: Para esos momentos de cólico en mitad de la nada tenía, afortunadamente, un buen puñado de libros. Recuerdo que entre pinchazo y pinchazo, cuando los picos de fiebre me devolvían a momentos de tranquilidad, tomaba de la mesilla mi ración de lectura medicinal. Concretamente, ese Wittgenstein manchado de sangre que es Una investigación filosófica(Anagrama), del recientemente fallecido Philip Kerr. Una novela negra distinta, absorbente y dinámica, ubicada en una especie de Londres distópico (pero no muy alejado en el tiempo, al contrario, en la novela, escrita en el año 1992, se habla del Londres de 2013), que tuvo efectos calmantes para mi cólico.

n este enlace podéis leer una crítica que hice del libro:
Se trata de algo distinto, quizás sea la mejor novela de Kerr, y como la leí en Fuerteventura le otorgo en mi baremo heladero de excelencia dos Sandy Pop, que son producto del esfuerzo empresarial de aquellas tierras.

Después, cuando empecé a mejorar, muy lentamente, me dejé caer por el salón de la televisión del hotel con el ánimo de probarme y ver mis fuerzas. Entre turistas que se ponían chuzos a gin-tonics y combinados de ron Arehucas yo me sentaba pálido y demacrado con una tacita de poleo o manzanilla entre las manos. Lo sé, doy pena.
Al salón llevaba un libro, como no, aunque no era sencillo naufragar en la lectura cuando la televisión atronaba con Juan Carlos Navarro anotando canastas como un poseso (por cierto, hoy acaba de retirarse, qué viejos somos ya…). Era un partido del Eurobasket de Lituania, en donde España se hizo de nuevo con el oro —venía de ganarlo también en la edición anterior, jugada en Polonia—.

Así que mientras bebía a sorbitos la infusión, trataba de leer algunas páginas de El asesino de la carretera (Ediciones B), novela de James Ellroy, pero Navarro, que finalmente sería elegido MVP del torneo, interfería con el incansable bombardeo del aro de la selección que se le pusiera por delante. La novela de Ellroy es una de las mejores obras que he leído del norteamericano, un auténtico MVP de la novela negra, con ese estilo telegráfico propio tan atractivo como contundente.

Alguien se me acercó farfullando en español unos elogios al baloncestista que, al parecer, acababa de masacrar a Macedonia con la friolera de 35 puntos, 19 de ellos en un solo cuarto, record absoluto de un Eurobasket. Confieso que miré con indiferencia a esa persona que intentaba entablar una conversación conmigo, también con mi poleo y con mis profundas ojeras: en mis manos tenía a un verdadero crack, a Ellroy ni más ni menos, y donde estuviera esa fascinante narración de los crímenes de un asesino en serie operando por las carreteras de Estados Unidos, ninguna actuación gesta deportiva podía hacerle sombra.

Para El asesino de la carretera, en mi clasificación de excelencia, le doy dos polos de gelatina, el Gelyde fresa.

Estoy escribiendo esta columna con cierto dolor de cabeza producto de varias noches durmiendo muy mal. Y con esto regreso a Torrelodones y a este mismo verano, al día de hoy, 17 de agosto. Si, voy a hablar de las fiestas del pueblo, culpables de que no pueda dormir, ni descansar.
Aquí, en Torrelodones, todos somos muy democráticos y entendemos, o al menos el Consistorio así lo comprende, que todos los vecinos tienen el mismo derecho a participar de la fiesta. La fiesta, un compendio de actividades que rezuman buen gusto y saber hacer, que se mete en tu casa y en tu cama como la cabeza de caballo de El Padrino.
Literalmente en tu cama, porque los feriantes colocan las atracciones a poco más de 20 metros de tu salón, para que así puedas vivir hasta la madrugada el jolgorio de las canciones de los autos de choque: un año fue la Camisa Negra repetida a volumen brutal, otro año le toco a Justin Bieber… Los cristales retumban, y te ves obligado a tomar una elección: o cierras a cal y canto y te asfixias, o dejas las ventanas abiertas e inicias con resignación la semana del Lexatín.
Esta admirable querencia en llevarte la juerga hasta la puerta de casa (ahora mismo está repicando la bocina del látigo o del pulpo, completada con una sirena de ataque nuclear, que se repite cada par de minutos), y de que los borrachos orinen en tu portal, de que las peleas y las broncas se desparramen por las calles cortadas por las cuales no puedes llegar a donde vives, es un ejemplo de espíritu solidario, no cabe duda.
Por eso, cuando yo tenga algo que celebrar, quizás me plante delante de la casa de algún concejal, o de la alcaldesa, a las tantas de la noche, para hacerlos partícipes de mi alegría. Seguro que les gustaría. Y también apreciarían mucho el que me orinase o vomitara, dejando un montón de porquerías en la puerta. Esto suena un poco a escrache festivo, pero, al fin y al cabo, ¿no somos todos tan modernos, comprensivos y tolerantes?
La vida, durante los días que cercan como un ejército maligno al 15 de agosto, es imposible en Torrelodones. La solidaridad festiva impide descansar, impide pasear, circular, aparcar, respirar. Los barracones con salchipapas a precios abusivos (cada día más papas con menos salchis, nunca pensé que las salchis acabarían siendo un artículo de lujo), las tómbolas y el tiro con carabina de aire comprimido, todos con sus propias bandas sonoras, timbres, bocinas y sonidos desagradables, contribuyen a crear un estado de nervios permanente en las personas que no tenemos muchas ganas de divertirnos por decreto.
Efectivamente, estas son unas fiestas solidarias, porque a fuerza de ser insolidarios con todo el mundo se acaba molestando por igual. Lástima que en lo cultural, y hablo de ello porque es el campo que me interesa, no se lo tomen con tanto entusiasmo. Algunas propuestas realizadas por mí al Ayuntamiento, que pensaba realizar de forma desinteresada, es decir, gratuita, encontraron una contundente negación por respuesta, cuatro meses después de haberlas formulado. Y con la diplomática delicadeza de comunicármelo en un escueto mensaje enviado por correo electrónico.


Pasemos a la defensa. No voy a comentar nada de las lecturas con las que estoy intentado insonorizarme este año, porque muchas de ellas aparecerán en reseñas aquí en Achtung! Pero en otras ocasiones, en otros agostos de agonía de churros en aceite, de charangas estridentes y de malignos perritos-piloto, me he anestesiado con las novelas del albanés Ismaíl Kadaré o con Chuck Palahniuk, en concreto con Snuff (Debolsillo) una delirante narración sobre el mundo del porno.
Ya sé que ambos autores no son comparables, pero a Kadaré le otorgo la máxima y más preciada de las valoraciones: un Maxibon. Mientras que a Palahniuk, por lo entretenido, le doy un Magnum Black.

Así que aquí andamos los vecinos de Torrelodones, que no deben ser confundidos con los vecinos por Torrelodones. Los vecinos de Torrelodones estamos soportando nuestra ordalía particular de cada verano, y si sobrevivo a este mes de agosto (espero que los libros me ayuden), pienso proponer para las fiestas del año que viene un acto cultural de auténtico relumbrón: la quema pública de mis novelas en una pira en pena calle Real, rociada y azuzada con el aceite de las fritangas de los puestos, para alegría de todos.
Siempre fiel al espíritu democrático, eso sí, que me ampara y me protege para poder mearme en la puerta de las casas de la gente, vomitar por las calles, montar broncas de madrugada o introducir mi espíritu festivo en los dormitorios de los demás, os deseo que el final del verano os sea leve.
Y si las dos semanas que nos restan se nos hacen insoportables, siempre podemos acudir a una libreríapara buscar remedio. Al fin y al cabo, agosto solo ocurre una vez al año. Menos mal.

jueves, 13 de julio de 2017

Género negro y panorama oscuro: la novela que vino medio muerta de frío


*Este texto apareció originalmente en el sitio Achtungmag.com: 
http://www.achtungmag.com/genero-negro-panorama-oscuro-la-novela-vino-medio-muerta-frio/

Hace unos pocos días recibí la novela Hijos de la Stasi (HarperColllins Ibérica), de David Young, una novela negra que viene avalada por muy buenas críticas y un gran premio literario. Desde luego, no defrauda las expectativas, y es un texto sólido y bien construido que excede el traje de novela de género. Porque la llamada novela negra se reviste de unos códigos férreos que, muchas veces, hacen que las historias sean flojas, los personajes planos y todo ello, en general, vacío de contenidos. No nos engañemos, escribir una novela de género, sea cual sea, muchas veces es la mejor forma de disfrazar la falta de talento. Sin embargo, en otras ocasiones, por entre las rigurosas reglas que marcan los códigos genéricos, florece el genio

Durante muchos años me he mantenido fiel a una máxima: no me gusta la novela negra, me gustan James Ellroy y Phillip Kerr. Verdaderamente, si lo pienso detenidamente, ni siquiera esto es verdad, pero hay muy pocas cosas verdaderas en las afirmaciones de un escritor. En cualquier caso, y en esta época veraniega en donde las listas de libros recomendados florecen junto a los mojitos, las piñas coladas, los bares de piscina y la paella de arroz pasado, el terreno parece abonado para una proliferación de lecturas de novelas de género: la novela histórica y la novela negra se llevan la palma entre los lectores playeros o entre aquellos que hacen cola y aguardan en la sala de embarque a que toque fin su pesadilla aeroportuaria anual.

James Ellroy, el perro rabioso de la literatura norteamericana, ha sido vacunado y domesticado, si me atengo a su último y desmayado trabajo, Perfidia (Random House) una de las novelas más flojas, si no es la peor, que haya escrito en su dilatadísima carrera, bien repleta de obras maestras. Por ello, debo rectificar: no me gusta Ellroy, tan sólo me gustan algunas de las novelas de Ellroy. De entre ellas, tengo que destacar El asesino de la carretera y dos de las obras que integran su trilogía Americana o de los bajos fondos: América y Seis de los grandes. La monumental trilogía se cierra con Sangre vagabunda, todas ellas publicadas por Ediciones B, una obra que ya muestra la tónica de los últimos trabajos de Ellroy, pérdida de chispa, escritura rutinaria, personajes estirados hasta lo insostenible y una trama endeble.

Por su parte, Phillip Kerr me deslumbró con Una investigación filosófica (Anagrama) en su momento una de las novelas negras más originales que había leído. Y luego me decepcionó con su aclamado ciclo de novelas sobre el detective Bernie Gunther, esa Trilogía berlinesa que ahora ya alcanza una serie de 11 entregas. La fórmula de Kerr es una técnica exitosa en la novela de género. Desde hace mucho tiempo, las editoriales han pensado que no hay nada mejor como cebo para un libro que envolver su trama en un devenir concreto de la Historia. Cualquier asunto, unos amoríos turbulentos, un triángulo amoroso o un crimen, adquieren relieve si se saben imbricar en los mimbres de un periodo histórico determinado.

De esa forma, las novelas de género negro han insertado, a veces con calzador, sus crímenes en la Alemania nazi, en el antiguo Egipto, en la Roma de los Césares, en el Telón de Acero… Ubicar esos textos en un tiempo histórico concreto requiere de un exhaustivo trabajo de documentación y ambientación. Y claro, muchas veces estas novelas chirrían. Afortunadamente, dentro de este marasmo de autores y libros, siempre sobresalen aquellos que poseen el talento suficiente para ir contra el dictado del mercado editorial.

Una novela que resiste y resiste el paso de las modas, y el pensamiento único del consumismo desaforado en la mesa de novedades, es El complot mongol, del mexicano Rafael Bernal. Publicada en 1969, se considera como la primera novela de género negro mexicana. Conocía esta obra ya desde hacía unos años. Tuve la oportunidad de leerla en una vieja edición hispanoamericana y ahora, afortunadamente, Libros del Asteroide ha decidido publicarla en uno de sus cuidados volúmenes. Su protagonista, el detective Filiberto García, ese “fabricante de muertos pinches”, tal y como se define, no merecía menos.

Gesualdo Bufalino no fue un escritor de novela negra. Y Gesualdo Bufalino tampoco fue escritor durante gran parte de su vida, puesto que el éxito le llegó a los 60 años. Entonces, uno de los más brillantes autores italianos del siglo XX, publicó un puñado de novelas extraordinarias y, entre ellas, una pequeña obrita maestra titulada Qui pro cuo (Anagrama). La novela, bastante corta —175 páginas que se devoran en un instante— es un homenaje a Agatha Christie y un ejercicio de ese humor barroco del italiano. Como el mismo definía su novela en un texto introductorio, se trata de “una excursión dominical a los terrenos de la novela policiaca”. Y, además, el libro trata de la muerte de un editor en su casa de vacaciones… (no negaré que esta perspectiva me cautiva).

Llegamos al agónico panorama literario español, que en este asunto de la novela negra no es ajeno al desastre literario general en el que vivimos inmersos. Se escriben y se publican una cantidad de este tipo de obras, un género que resulta un varadero para tipos sin talento, un contenedor de fracasados, desaprensivos y diletantes. De hecho, algunos de los grandes popes del género han perpetrado los productos literarios más infames que se hayan publicado en nuestro país. Estos productos literarios, o emanaciones culturales, porque me niego a calificarlos como novelas, han copado —y copan— las listas de los libros más vendidos y desfilan, arrogantes y altivos, ocupando su sitio de privilegio sobre las irritantes mesas de novedades de las librerías.

Afortunadamente, siempre se cuelan por un túnel o una alcantarilla, depende del momento, escritores que sí merecen la pena y, de esa forma, dignifican esta profesión a la que me dedico y que a veces es comparable a la de un paria que rebuscase su sustento entre las miasmas de un basurero. No son muchos, es cierto, pero no quiero dejar de mencionar aquí a algunos como Esteban Navarro (al que dediqué mi primera entrada de El Odradek en Achtungmag), toda una máquina de crear ficciones con una larga producción literaria, y a un joven y prometedor escritor, Alejandro Feito que, en su ópera prima titulada La caricia del verdugo (Planeta), nos presenta a un sicario muy peculiar: Radu Dumukrat, un romaní inmerso en una novela que tiene mucho de polar —el cine policiaco francés de los años 60 y 70—. Tampoco voy a dejar pasar aquí una de las novedades más interesantes del año, un brillante ejercicio que mezcla el cine, el suspense, y un grupo de espías: Gilda en los Andes (Berenice) de Fernando Marañón, y que en un momento determinado desplaza su acción a terrenos árticos como una hiriente deconstrucción, cargada de mala leche, de esa moda que nos invade: la novela nórdica de crímenes y detectives.

Así es la realidad de la novela de género, achacosa en este país en donde unos pocos pretenden hacernos creer que goza de una salud inmejorable. Tal vez dedique otro momento a comentar los problemas y deterioros que ha experimentado la novela histórica, el otro gran género veraniego, y reflexione sobre el infinito daño que han hecho Dan Brown o Ken Follet. Si en la novela histórica hubo un momento en que todo eran códigos a descifrar o catedrales que construir, parece que en la novela negra, últimamente, las referencias son esos impersonales detectives nórdicos importados de los ficticios Estados del bienestar. Lo que se lleva ahora es el muerto del Ikea, el crimen vikingo o el misterio que vino del frío. Sería muy bueno que alguno de los capos de la novela negra española se fijase en Goya y en su Duelo a garrotazos para recuperar, así, nuestra carpetovetónica tradición del navajazo de Albacete y la ginebrita con limón.

Porque España no es país de Martinis agitados ni revueltos, ni de bourbon, ni siquiera de chicas que sueñen con una cerilla y un bidón de gasolina (aunque esto resulte difícil de creer) y el camino del epígono, siempre, es un viaje directo hacia el aburrimiento que termina en fracaso.