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sábado, 18 de agosto de 2012

Rosas de Lídice


I. Operación Antropoide
 –mañana del 27 de mayo de 1942-

-Buenos días, mi comandante –saludó el chófer Klein, tan solícito como todas las mañanas, a su jefe, Reinhard Heydrich.

-Buenos días, Klein- le contestó, mientras miraba su reloj, preocupado por el ligero retraso que acumulaban. Heydrich acostumbraba a salir un poco antes de las nueve y media de su sede en el palacio de Panenske Brezany, a unos veinte kilómetros de Praga. Residía allí desde su llegada al Protectorado de Bohemia y Moravia, junto con su esposa Lina y sus dos hijos, Klaus y Heide, pero todas las mañanas se dirigía a despachar a su cuartel general, sito en el castillo de Hradcany y en calidad de Reichsprotektor, una pesadilla para los checos que soportaban la ocupación nazi.

Se detuvo a medio camino de las escalinatas y se caló los guantes. Klein, que sujetaba servilmente la portezuela del coche, le advirtió:

-No los necesitará usted, mi comandante, hace un día espléndido.

Heydrich miró al cielo tapándose ligeramente la vista con una mano: comprobó que era cierto, hacía muy buena mañana. Ambos, chófer y comandante, subieron al Mercedes 320 e iniciaron el viaje de unos cuarenta minutos de duración. Era un auto descubierto y en días tan claros era una bendición circular y sentir el aire fresco en la cara. Heydrich le rogó a Klein que pisara a fondo el acelerador, algo que pedía con frecuencia y, un día más, como de costumbre, el coche de escolta se quedó rezagado.

Heydrich viajaba absorto en sus pensamientos: se encontraba satisfecho por algunos informes recibidos de Adolf Eichmann acerca de la situación tan satisfactoria encontrada en su visita a Auschwitz y le remitía una entrevista mantenida con Höss, el comandante del campo. Repasaba los papeles y se congratulaba de lo bien que cumplían todos con la sagrada labor que se les encomendó en Wansee.

El coche se detuvo en una curva muy cerrada a la entrada de Praga, en la confluencia de la avenida Kirchmayerstrasse con la Holeschonitzerstrasse, que obligaba a los vehículos a disminuir de velocidad para tomarla.

Un operativo sufragado por el gobierno checo en el exilio y la inteligencia británica, cuyo objetivo era atentar contra la vida del Reichsprotektor –bajo el nombre en clave de Operación Antropoide-, eligió esa curva de la Kirchmayerstrasse como el lugar idóneo para ejecutarlo. Jan Kubis y Jozef Gabcik llegaron en bicicleta a la curva a las ocho y media de la mañana. Portaban sendas carteras de cuero que contenían granadas en su interior, además de un subfusil desmontado y sus respectivas pistolas. Josef Valcik aguardaba a varios metros de distancia, calle arriba, estacionado en una parada de tranvía desde la que se divisaba la recta anterior a la curva: su misión era la de avisar a Kubis y Gabcik de la llegada del Mercedes de Heydrich. Adolf Opalka los cubriría desde el otro lado.

La espera resultó insoportable. En contra de sus costumbres, el Reichsprotektor había salido del palacete rural con casi media hora de retraso, pero todos suspiraron aliviados -para luego tensar sus músculos con una fuerte descarga de adrenalina- cuando Valcik les envió las señales oportunas desde el inicio de la curva, marcadas con un espejo orientado al luminoso sol que engalanaba la bella mañana de Praga.

II. La curva de la Kirchmayerstrasse
–mañana del 27 de mayo de 1942-

Así que Höss obtenía unos resultados maravillosos en Auschwitz con el gas que adquirió la administración del campo para fumigar los barracones infestados de insectos, ese Zyklon B de la empresa de pesticidas Tesch y Stabenow, radicada en Hamburgo... ¡Se harían millonarios con las partidas de insecticida que el Reich pensaba encargarles! ¡Fantástico, él se llevaría una buena comisión!

En esas cosas pensaba Heydrich mientras repasaba el informe de Eichmann y releía los resultados técnicos del gaseamiento, en el pasado mes de abril, de un grupo de judíos eslovacos. No cabían mayores dudas, el gas era mucho más eficaz que el humo de los escapes de esos motores de los tanques arrebatados a los soviéticos. Así le informaría a Himmler; sin duda, a punto de marcarse el mayor tanto de todos... quién podía saberlo, pero tal vez esos rumores que colocaban a Heydrich como el número tres del Reich empezaran a ser fundados. Göring sometía a un desprestigio cada vez mayor a la Luftwaffe, se comportaba como un fantoche sin remedio, Bormann no era sino un lameculos advenedizo, siempre al lado de Hitler, pero sin unas aspiraciones claras, Goebbels era abnegado... no se podía negar, fiel, en efecto....

El repaso a sus oponentes políticos en el poder arrojaba un resultado meridianamente claro, tras Hitler y Himmler aparecía él: Reindhard Heydrich. En la Cancillería especulaban ya con trasladarlo a Francia, en breve, puesto que su trabajo en Praga ya tocaba a su fin con el brutal desmantelamiento de las redes de resistencia...

 Entonces, advirtió que el automóvil se detenía casi por completo al tomar la curva. Se inclinó  para ordenarle a su chofer que acelerara de nuevo, que se les hacía muy tarde, pero no le dio tiempo a ello.

Una explosión en el coche, sobre la rueda trasera, y cuya onda expansiva destrozó los cristales de un par de tranvías que circulaban próximos al lugar, sacudió la zona. La granada acababa de arrojarla Kubis, pero el planeado complemento a su actuación, un barrido de fuego del subfusil, no se produjo al encasquillarse el arma de Gabcik. Por eso, de entre la humareda de la explosión aparecieron Heydrich y Klein, con sus armas cortas en ristre, unas negras y brillantes Lugers que disparaban a todos los lugares. Kubis, imprudentemente herido por la explosión, huyó calle abajo en su bicicleta. El chófer Klein persiguió a Gabcik; en la persecución, el checo se ocultó en el local de una carnicería e hirió al Klein en ambas piernas con dos precisos disparos. Después, se perdió entre la multitud que abarrotaba un tranvía. Opalka se marchó con disimulo, como si diera un tranquilo paseo.

Heydrich fue capaz de caminar unos pasos tras sus agresores… pero, de repente, sintió un intenso dolor en la espalda y se desplomó sobre el adoquinado. El Reichsprotektor acababa de resultar malherido.


III. Brindis por unas heridas en la columna
–27/28  de mayo de 1942-

-¡No, no quiero que me toque nadie que no sea un médico alemán! –bramaba Heydrich, que se retorcía de dolor en la camilla del hospital.

-¡Pero las radiografías revelan que tiene usted esquirlas de la bomba incrustadas en la columna vertebral!

-¡He dicho que no quiero ser operado nada más que por cirujanos alemanes! –y la cara de Heydrich se contraía de dolor a cada instante con espasmos brutales que le obligaban a crisparse.

Los doctores checos se miraban unos a otros anonadados y, aunque intentaron que el preboste del Reich entrase en razón, terminaron por darse cuenta de que era inútil, de que en ningún caso admitiría su ayuda. Así que optaron por retirarse, no sin cierto agrado de ver como sufría el animal.

Heydrich sangraba abundantemente por la espalda, como sangró tendido sobre el adoquinado de la calle. Fue socorrido por una mujer alemana que pasaba por el lugar y un grupo de policías lo transportó al hospital de Bulovka en el interior de un camión. Poco antes de que los cirujanos del agrado de Heydrich llegaran al hospital, un comando de las SS  tomó el edificio por entero y lo convirtió en una fortaleza. En la segunda planta se encontraba ingresado el Reichsprotektor, el acceso se vetó a cualquier médico checo desde ese instante. Pese al secretismo, más de un ciudadano de Praga pudo brindar con una cerveza tipo Pilsen al enterarse de la gravedad del asunto. Supieron del golpe contra el Reich en su figura de Heydrich por el trajín de ramos de flores que comenzaron a inundar las dependencias del hospital al siguiente día, enviados por las más altas autoridades alemanas.

IV. La maldición de la corona
 -4 de junio de 1942-

-Ese desgraciado no sabía con lo que estaba jugando… -musitaba Jaroslav en la taberna, mientras bebía su cerveza en honor de los que habían terminado con la vida de Reinhard Heydrich.

A su alrededor, varios personajes acodados a la barra, le rogaron silencio. Todos eran presa del pánico a que pudieran ser escuchados…  El rumor popular inundaba Praga.

Era cierto, en efecto, la maldición de San Wenceslao se había cumplido. La maldición era terrible para con sus enemigos. Quién osara ceñirse la corona sin pertenecerle dinásticamente, hallaría la muerte en el plazo de un año. Y se comentaba que el Reichsprotektor, en un ataque de soberbia, no pudo evitar, tras su deslumbrante contemplación, colocarse la corona sobre la cabeza, ahora hacía de eso, más o menos, un año…

Incluso, se decía que desafío en voz alta a las supercherías del pueblo para, a continuación, desdibujarse la seriedad de su rictus con tremendas carcajadas que nunca se le habían escuchado, risotadas que retumbaron en los ecos de la cripta de la catedral de San Vito…

-¡Bebamos! –ordenó Jaroslav.

Y todos, allí, bebieron con una mezcla de alegría y pavor.

V. “Una estupidez o una imbecilidad pura”.
 -4 de junio de 1942-

Cuando Hitler viajaba en avión camino de Finlandia para realizar una visita al barón Carl Mannerheim, comandante supremo de las fuerzas armadas finesas, se recibió por radio la noticia de que Heydrich acababa de morir. Goebbels se enteró por una llamada telefónica desde Praga y avisó al vuelo del Führer.

Hitler, que apenas unos momentos antes se encontraba en silencio, pensativo, que miraba por la ventanilla las blancas extensiones nevadas intentando averiguar si Finlandia seguiría colaborando con el Reich, montó en cólera al saber lo de Heydrich.

Daba miedo verlo, medio incorporado en su butaca; alzó el puño y exclamó:

-¡Esta muerte sólo es achacable a una estupidez o una imbecilidad pura que ha hecho que un hombre tan insustituible como Heydrich hubiese de exponerse al peligro de esos asesinos viajando en un coche descapotable y sin la correspondiente escolta!

Tras una pausa, en la que recobró el ánimo templado y el resuello perdido, anunció:

-¡Todos los dirigentes del Reich deberán, desde ahora, atenerse a las medidas de seguridad adecuadas! Yo siempre le recomendé a Reinhard que fuera en automóvil blindado...
           
Inició una perorata sobre sus precauciones, sus consejos al valeroso Reinhard, sobre esos traicioneros perros checos… pero eso ya no le devolvería la vida a Heydrich.

VI. Melancolía en la sala de mosaicos
-9 de junio de 1942-

Adolf Hitler se mostraba preocupado, cabizbajo y pensativo en el funeral de Reinhard Heydrich, que se celebraba en Berlín. Rumiaba multitud de ideas que se le abalanzaban sobre la mente. Hitler se puso ciertamente melancólico con la pérdida de su inestimable colaborador y, aunque todavía no se habían detenido a los asesinos, se mostraba convencido de que sería una cuestión de tiempo, para ello se trabajaba en Praga sin reparar en los medios.

Lo que atormentaba a Hitler era el sentimiento de tristeza que inundaba, primero, la sala de mosaicos de la nueva Cancillería del Reich y, después, a todo el cortejo fúnebre en el cementerio de los Inválidos. La capilla ardiente fue instalada con solemnidad en la Cancillería. Allí montaron guardia, junto al féretro, una amplia representación de las SS y de los ejércitos. Hitler rendía los honores al cadáver cuadrado frente al ataúd y con el brazo en alto durante un buen rato. El fuego de las antorchas en sus pebeteros laterales dotaba a la escena de un ambiente apocalíptico, culminado con la doble runa de las SS expuesta en unas grandes telas. Después, Hitler se aproximó a los hijos del fallecido y los consoló con una caricia de la palma de la mano en sus mejillas. Entre ambos chavales se encontraba Himmler y, frente a ellos, la plana mayor del Reich, con Göring, Rosenberg, Lutze, Schirach, Frick y Ley entre otros ministros y delegados.

Y tanta melancolía llevó a Hitler, al término de las exequias que culminaron con el desfile de los restos de Heydrich por las abarrotadas calles en las que la gente, en silencio respetuoso, despedía el paso del féretro con el brazo en alto, a recordar, en un mano a mano con Goebbels, los buenos tiempos de los discursos de Múnich, de los discursos en el Circus Krone y en el Sportpalasz, como si se tratara de un soldado cansado que rememorase batallitas de escaso interés...

O a lo mejor le sucedía eso, que empezaba a no vislumbrar una salida airosa de la situación en la que se encontraba y la muerte de Heydrich era una muy seria advertencia, un golpe durísimo, a lo que deparaba el inminente futuro.


VII. El hombre de Lídice
-10 de junio de 1942-

-¡Salgan inmediatamente, entréguense o lo pagará todo el pueblo!

Ya muy de mañana, un nutrido grupo de soldados de las SS rodeó la aldea checa de Lídice, al noroeste de Praga y que, según las últimas investigaciones de la Gestapo, podría ser el escondite de los asesinos de Heydrich. En cualquier caso, no quedaba duda de que allí se ocultaban familiares y allegados de los comandos checos.

-¡Es la última vez que lo repetimos, salgan inmediatamente, están rodeados, o salen o lo pagará todo el pueblo!

Los camiones, las camionetas y los coches de la Gestapo y las SS cerraron cualquier ruta de posible escape. Luego, por medio de unos desagradables altavoces, comenzaron a proferir sus amenazas. O se entregaban los asesinos de Heydrich o se reduciría el pueblo a cenizas. De pronto, un hombre que representaba a la atemorizada población de Lídice, se aproximó al máximo responsable de la operación con cautela, no fuera a ser que le pegaran un tiro por error.

-¡Ellos no están aquí! –gritaba en una dificultosa mezcla lingüística de checo y burdo alemán al grupo de soldados de las SS que le apuntaban mientras se acercaba por un polvoriento camino de tierra -¡Le juro que no se encuentran ocultos aquí!

El jefe de las SS a cargo de la operación cruzó una mirada con el hombre de la Gestapo. Este le apoyó con una seña desganada que indicaba un de acuerdo, parlamente con él. El hombre de las SS se aproximó al representante que mantenía los brazos en alto. Al llegar a su altura lo miró con desprecio, sin dejar de encañonarlo.

-¡Sabemos que se ocultan aquí! –le gritó brutamente. Se podían escuchar los llantos de algún niño provenientes del interior de una de las casas del pueblo.

-¡Les han informado mal, se lo juro! –el SS miró hacia el pueblo, luego dirigió su vista al hombre de la Gestapo y le gritó, con media sonrisilla perversa:

-¡Parece que dice la verdad, que no se encuentran aquí!

-¡Pero sabemos que viven familiares de los asesinos, que eran de este pueblo! –le contestó el de la Gestapo.

El SS miró al checo, que continuaba con las manos en alto.

-¡Ya ha oído! –le dijo-: ¡Que salgan los parientes!

-¡Vamos, por favor, en este pueblo, en la zona, unos somos parientes de otros! –le razonó al alemán -¿No irán a matarnos a todos por eso?

Aquí, se equivocaba el hombre de Lídice, ellos eran capaces de eso y de mucho más. El sicario de las SS se volvió en dirección al pueblo del que provenía el eco de unos ladridos. El llanto del niño cesó, entonces. Después, miró al colega de la Gestapo con una expresión sonriente. Entretenido en secar el sudor del forro de su gorra, el de la Gestapo meneó la cabeza en señal de aprobación. El SS miró de nuevo al paisano, que aún mantenía las manos en alto. A continuación, escupió al suelo, sonrió de nuevo y disparó una breve ráfaga de metralleta sobre la cabeza del checo. Se escuchó el seco tableteo y el cuerpo se desplomó sobre el polvo del camino con el cráneo prácticamente desintegrado.

Fue la señal para que las unidades de las SS y de la Gestapo irrumpieran en el pueblo.

VIII. Nacht und Nebel
-10 de junio de 1942-

Como, en efecto, los reclamados no se encontraban allá, los alemanes ejecutaron sus amenazas. Se entró casa por casa, se sacó a los inquilinos a las calles a empellones y a punta de fusil. Los sesenta hombres del pueblo formaron en la plaza. Un todoterreno que llevaba montada una ametralladora en su parte trasera se detuvo delante de ellos.

-¡Por última vez!, ¿quiénes son los familiares y amigos de esos bastardos? –preguntó el miembro de la Gestapo. No obtuvo respuesta alguna. Con un movimiento de su mano la ametralladora abrió fuego. No quedaron supervivientes.

Después, con los pequeños estallidos de los disparos de gracia de las Lugers en las nucas de los ajusticiados, que resonaban en las ya desiertas calles del pueblo condenado, se embarcó con gran violencia -con profusión de empujones, culatazos, puñetazos y patadas- a las mujeres en camiones y se las trasladó a los campos de Ravensbrück, Auschwitz y Mauthausen. Allí murieron.

Se separó a las familias por entero, los ochenta y ocho niños de la aldea fueron enviados, directamente, a las cámaras de gas.

Por último, para que Hitler cumpliera su venganza por la muerte de Heydrich, se dinamitaron las casas, se quemó la iglesia, se borró a Lídice del mapa. Era como si la noche y la niebla se cernieran sobre Lídice, desaparecidos sus habitantes y sus edificaciones en la bruma de los tiempos.


IX. Por un millón de Reichsmarks
 -11 de junio de 1942-

El día del atentado a Heydrich se declaró el toque de queda en todo el país y más de cuatro mil hombres de las SS, de la Gestapo y pertenecientes al cuerpo de la policía checa peinaron Praga en busca de los terroristas. Se purgó la red de la resistencia, se detuvo, incluso, al menor de los simpatizantes por el menor de los indicios, pero entre los quinientos arrestados no se encontraban Kubis, Gabcik, Valcik y Opalka. Desde Berlín se ordenó al nuevo Reichsprotektor, el secretario de Estado Karl Frank, que fusilara a todos los colaboradores en el atentado, con sus familias, y que tomara a diez mil rehenes checos como medida de prevención. Después, como las acciones coercitivas no daban los resultados apetecidos, se paso a ofrecer un millón de marcos por la delación.

Los cuatro hombres más buscados por el Tercer Reich se sirvieron de la red de la resistencia y se les encontró acomodo en la cripta de la iglesia de San Cirilo y San Metodio, situada en la calle Resslova, en donde se atrincheraron.

X. La delación
-16 de junio de 1942-

-Me llamo Karel Curda, vine desde Inglaterra y fui lanzado en paracaídas sobre Moravia a principios de mayo... –así empezaba la declaración del traidor, que comenzó a dar todos los datos, con minuciosidad, de los nombres de las familias y personas de la resistencia checa implicadas en el asesinato de Heydrich y que ayudaron a cobijarse a los ejecutores, con profusión de informaciones sobre las actividades de los resistentes en Bohemia y Eslovaquia. La recompensa de un millón de marcos le condujo a efectuar la delación que llevaba a cabo en el cuartel general de la Gestapo de Praga. A consecuencia de la traición, en la medianoche del diecisiete de junio, Karl Frank ya sabía dónde encontrar a los asesinos de Heydrich: en el interior de la cripta de San Cirilo y San Metodio.

XI. En la cripta de San Cirilo y San Metodio
-madrugada del 17 de junio de 1942-

A las cuatro y cuarto de la madrugada los hombres del general de las SS Karl von Trenenfeldt rodearon la iglesia. A la cripta se accedía por unas angostas escaleras por las que tan sólo podían descender de uno en uno; un diminuto ventanuco enrejado que daba a la calle proporcionaba el aire necesario en el interior del lugar, un antiguo panteón de los monjes. A Kubis, Valcik, Gabcik y Oplaka se les unieron en el refugio otros tres paracaidistas de la resistencia checa, Svarc, Bublik y Hruby.

-¡Ríndanse, se les ofrecerá el tratamiento de prisioneros de guerra! –la propuesta la hizo el intérprete del superintendente Pannwitz, que fue el encargado de dirigir la investigación de la Gestapo y que acababa de entrar por la puerta de la iglesia junto a varios policías y soldados de las SS.

Por toda respuesta a sus proposiciones, los resistentes contestaron con una ráfaga de ametralladora que causo varios muertos entre los alemanes y que desencadenó una encarnizada lucha de más de dos horas de duración, en la que parecía imposible vencer a los hombres del interior de la cripta. Opalka, Kubis y Svarc, que abandonaron el refugio en una acción suicida, presentaron una furibunda oposición que acabó con sus vidas cerca de las siete de la mañana.

Pannwitz les ofreció, a los cuatro checos restantes, una renovada oferta de rendición, pero no obtuvo ninguna respuesta a tal efecto, ni tan siquiera la voz de las ametralladoras. La única manera de sacar a esos tipos de allí era inundar la cripta de agua, para lo que se empleó a los bomberos de Praga, que introdujeron sus mangueras por el ventanuco que daba a la calle tras un larguísimo combate que costó numerosas bajas en el cuerpo por la enconada defensa que los atrincherados hicieron del tragaluz. El destino de Hruby, Bublik, Valcik y Gabcik acababa de sellarse y, por si esto fuera poco, con el agua que ya les alcanzaba a la altura de las rodillas, la policía acababa de descubrir un nuevo acceso a la cripta -tras dinamitar una losa del suelo de la iglesia- por el que se abalanzaban al interior.

Los checos pudieron repeler la primera oleada de las SS, pero ya tan sólo les restaban las balas de las recámaras de sus armas. Se miraron unos a otros, con el agua a la altura de la cintura, en silencio.

Con las pistolas se apuntaron a las cabezas. 

           
XII. Héroes de inscripción en piedra, de otros tiempos
 -17 de junio de 1942-

Lo que encontró la nueva remesa de soldados de las SS que descendían a la vez por las escaleras de la cripta y por el nuevo acceso ganado por la fuerza de la dinamita, fue a los cuatro cuerpos de los resistentes checos flotando panza arriba sobre el agua vertida por las mangueras de los bomberos, con sendos disparos descerrajados en las sienes.

Karl Frank no pudo capturarlos con vida.

El tres de septiembre de1942 el obispo de Praga, el párroco de la iglesia de San Cirilo y San Metodio, y otros doscientos cincuenta colaboradores en el atentado de Heydrich, fueron fusilados, al igual que los familiares de los integrantes del comando, que en absoluto se encontraron nunca entre los asesinados en Lídice, lugar al que las pesquisas habían conducido a los hombres de la Gestapo de manera errónea, lo que añadía una absoluta gratuidad a su desgraciado destino.

La actividad de los tres principales campos de exterminio de los judíos del Gobierno General de Polonia se bautizó como Aktion Reinhard en homenaje al miembro caído. Sobibor, Belzec y Treblinka pasaron a formar una red independiente dentro del entramado de campos de concentración. Así, se reconocían en el Reich los esfuerzos del hombre que activó  Wansee, el brutal protector de Bohemia y Moravia, el comandante de las SS, el extraordinario, al parecer, tirador de esgrima.

Una curiosa manera de honrar su memoria: indivisiblemente unida al holocausto.

Sobre la ventana enrejada de la iglesia de la calle Resslova hay una lápida de piedra con los nombres de los agentes checos. La historia los honra como héroes en el recuerdo. Encima de ella, rosas, las rosas del jardín que se ha construido sobre las ruinas de Lídice, como una forma de recordar el destino del pueblo borrado en la noche y en la niebla.

Algunos turistas, los menos, esa es la verdad, ya que Praga ofrece mayores atractivos al viajero que una placa, la leen con cierta desgana y piensan que se tratan de cosas que pertenecen a otros tiempos; tiempos, tal vez ya, demasiado lejanos y demasiado brutales… a la vista del magnífico aspecto que presenta el Puente Karlov son unos tiempos que se hacen, incluso, difíciles de creer, pero, luego, al visitar el cementerio del gueto judío, súbitamente, cobran una pesada y opresiva realidad.


domingo, 12 de agosto de 2012

Suite lacrimosa

1. Varsovia, entre nieve, reflectores y vagones de ganado
 -en el gueto, la madrugada del trece de enero de 1943-

Primero, los concentraron en ese inhumano gueto, hacinados, apiñados, quince personas en un piso, sin comida y sin apenas agua, con la prohibición expresa de salir del recinto, expuestos al maltrato de las patrullas de las SS que se internaban periódicamente por las calles del lugar; confinados entre enfermedades y cadáveres, sin posibilidad de asistencia sanitaria...

Después, empezaron las listas de evacuados elaboradas por los miembros del Judenrat, que citaban a la gente para la deportación.

La verdad era que Yaacob Rosenthal, al principio, no sabía si marcharse como integrante de uno de los grupos seleccionados para la evacuación. Le llegaban terribles rumores que hablaban de campos de trabajo y de condiciones de vida durísimas. ¿Acaso sería eso peor que la vida en el gueto? Ahora bien podría asegurar que no y, por ello, deseaba que lo incluyeran en una de las listas de salida.

Yaacob se encaminó a la calle Nisca, sede del Judenrat del gueto de Varsovia, para presionar personalmente a uno de los rabinos que formaban parte del Consejo con el fin de ser  incluido en la siguiente lista. El rabino Moshe se encontraba desbordado de trabajo, a cada día recibían una nueva petición que exigía más y más deportados por parte de las autoridades del Gobierno General de Hans Frank.

-¡Has debido de enloquecer, Yaacob Rosenthal! –le recriminó el rabino, que sabía del irremediable destino que aguardaba al final del camino. En varias ocasiones el rabino se las vio y se las deseó para evitar incluir a Yaacob en las listas. La amistad que le unía con su padre, muy anciano y que milagrosamente aún resistía con vida en el interior del gueto, además de la responsabilidad que representaba dejar indefensa a la hermana de Yaacob, de diez años, llevaron al rabino a silenciar el nombre del muchacho, incluso en la que fue, hasta esos instantes, la última gran operación de embarque de deportados, la del trece de septiembre de 1942. Entonces, se marcharon de golpe siete mil personas en dirección a las cámaras de gas de Treblinka y Yaacob Rosenthal no las acompañó. El rabino le salvó el pellejo esa vez, pero no podía asegurar que fuera capaz de seguir lográndolo por mucho tiempo.

Entonces, llegó esa tarde, la tarde en que los alemanes se quejaron airadamente al Judenrat del gueto de Varsovia de que en los últimos transportes de evacuados viajaron demasiados ancianos inanes, requerían un mayor número de hombres jóvenes y más cuota de mujeres; Yaacob Rosenthal figuraba en las listas que el Gobierno General de Polonia preparó para el envío del trece de enero de 1943 a Treblinka. Un transporte compuesto por diversos focos residuales que deberían ser liquidados inmediatamente, nada más llegar al complejo.

Se tomaron nombres de aquí y de allí hasta alcanzar el número de siete mil deportados, extraídos de varios guetos esquilmados. La inclusión de Rosenthal entre ellos fue inevitable. Éste, en su insensata ignorancia, se alegró de marcharse de allí, pero le dolía y le preocupaba sobremanera dejar a su padre y a su hermana en el interior del gueto. Sin embargo, opinaba que mejor ayuda podría ofrecerles desde fuera,  ya que pensaba escaparse del control de los nazis a la menor oportunidad. Veía tan sencillo arrojarse de un tren en marcha...

Los reunieron a las seis de la madrugada, bajo una intensa nevada, en la no muy extensa explanada de la calle Stawki, frente a la estación de la línea de ferrocarril que se adentraba en el gueto. Dos camiones de las SS, equipados con un reflector, barrían la zona en donde formaban los hombres congelados de frío, tan débiles de hambre y enfermedades.

Yaacob miró a ambos lados y sintió un escalofrío ante el drama que contemplaba: no eran sino un batallón de emaciados que se tambaleaban en mitad de la nieve, azotados y agitados por un gélido vendaval. Los encargados de las SS, en comandita con la policía judía del gueto, pedían la documentación del individuo antes de embarcar y comprobaban en sus largas y caóticas listas la coincidencia de los nombres allí consignados. Toda la operación se llevaba a cabo entre insultos, empellones, gritos, ruegos y súplicas, mientras las tétricas sombras de los focos dibujaban febriles arabescos en cada barrido.

Tras más de dos horas de espera le llegó su turno. “¡Rosenthal, Yaacob!”, escuchó de boca de uno de los policías judíos. Empezaba a encontrarse sumido en un estado de calma, con un pesado sueño que indicaba el inicio del proceso de congelación. Ya no sentía su cuerpo, se notaba como dormido de pie. La voz repitió su nombre por segunda vez. Alertado, tomó conciencia de sí, notó como su organismo iniciaba un desesperado intento por recuperarse y generaba una reacción similar a la de sentirse atravesado por miles de agudos alfileres –recordó que una de sus primeras novias, Therése, llamaba aquello como tener hormigas en los pies-; al fin, sus piernas obedecieron mientras lamentaba, una vez más, que la pobre Therése se topase con una patrulla de las SS durante el toque de queda, todo por conseguir unos míseros colinabos: sin contemplaciones, le rompieron la cabeza a porrazos.

Al acudir con tanto retraso a la llamada, pese a que ya emergía de entre las filas de los despojos humanos, el reflector se centró sobre él y lo deslumbró, circunstancia que le llevó a trastabillarse y  a punto estuvo de caer al suelo. Cuando a duras penas ya recuperaba el balbuciente equilibrio se le acercó un soldado de las SS y le asestó un culatazo en la cabeza que le abrió una considerable brecha. Su sangre tiñó la nieve y su boca se llenó de barro. Escuchaba los desaforados gritos del soldado, malhumorado por permanecer allí, bajo ese frío y a esas horas intempestivas por culpa de un puñado de malditos judíos piojosos que remoloneaban a la hora de embarcar. Yaacob no se percataba de que el SS amenazaba con matarlo si no se ponía en pie. La situación parecía ya insostenible, momento en el cual intercedió el rabino Moshe, el amigo de la familia.

-¡Ya se levanta, ya se levanta, no pasa nada! -le dijo en tono conciliador al soldado mientras se interponía entre el hombre y Yaacob, al que ayudó a incorporarse. El soldado de las SS se apartó a un lado; pronto la emprendería a golpes con otra persona. El rabino condujo a Yaacob junto a la mesita plegable en la que un funcionario del Reich verificaba el registro. El joven, bien sujeto de un brazo para no derrumbarse de nuevo, cayó entonces en la cuenta de quién le ayudaba:

-Gracias rebbi... –murmuró-, sin usted no podría marcharme de aquí...

-¡Cállate insensato, no me des las gracias por esto!

-No sólo por esto... gracias... por incluirme en la lista -el funcionario le exigió la documentación a Yaacob, pero fue el rabino Moshe quién se la extendió. Los papeles estaban mojados por la caída en la nieve y manchados de sangre a causa de la brecha abierta en la cabeza, que goteaba abundantemente, pero esto ya no representaba un grave problema para el muchacho. Sería  la última vez que un representante del Reich le pediría la documentación.

-¿Rosenthal, Yaacob? –preguntó, de nuevo, el obtuso y obstinado funcionario. Esa era la maldita manía alemana de comprobarlo todo cien veces, de preguntar y preguntar, de verificar obsesivamente las cosas. Por eso, un sencillo embarque podía demorarse durante horas.

Asintió con la cabeza: sí, era él. El funcionario le devolvió la documentación, que Yaacob recogió con blanquecina y temblorosa mano. Ayudado del rabino continuó con su avance en dirección al cuarto vagón del convoy. Los tres primeros ya se encontraban cerrados con gruesas cadenas y firmes candados, abarrotados de gente moribunda en la mayoría de los casos.

El rabino empujó un poco a Yaacob para ayudarlo en la ascensión por la rampa. Los guardias aún no habían instalado a mucha gente en el interior del vagón y pudo elegir un lugar a mitad de camino de la única ventanilla existente. No era cosa de asfixiarse durante el trayecto, pero tampoco podía exponerse a helarse con la corriente.

Al volverse para, de nuevo, darle las gracias al rabino, comprobó que acababa de irse a toda velocidad. En realidad, la presencia del rabino allí obedecía a la obligación, ya que las autoridades nazis exigían que siempre permaneciera presente un miembro del Judenrat a la hora de llevarse a cabo un embarque y, esa noche, la nefasta noche en la que Yaacob Rosenthal acudió a su cita con la muerte, le tocó al rabino. Ya le fastidiaba, sobre todo porque no tuvo forma de evitar al ingenuo chaval. ¡Si hasta tuvo que ayudarle! ¡Y Yaacob se lo agradeció! ¿Pero cómo era posible que no fuera consciente de lo que le aguardaba al final del trayecto?

Salir de allí, del gueto... esa era la esperanza de Yaacob. Se trataba del mero instinto de supervivencia, que podía más que cualquier terrible certeza. La suerte, al fin y al cabo, bien podría darse la vuelta. Desde luego, nunca se sabía cuando podía hacerlo.

Aunque en el caso de Yaacob Rosenthal,  la suerte ya estaba echada. O así, al menos, podía asegurarlo el rabino Moshe, que comenzó a orar por él.

2. Autómatas del sufrimiento en un vagón de ganado
 -trece de enero de 1943-

Reconocía que allá, en la explanada, barajó la posibilidad de escapar, pero después, tras las horas de espera, sus fuerzas se vieron mermadas tan deprisa que ya no pensó más que en llegar al campo de trabajo para poder, con el empleo de todas las artimañas posibles, recuperarse. Una vez logrado ese empeño, entonces sí que emprendería la huida.

En el instante en que el tren abandonó el gueto y partió de la estación de Malkinia, con su demoniaco concierto de portazos, de puertas corredizas que restallaban a la luz del alba, de ladridos de los perrazos excitados bajo la copiosa nevada, de candados y de cerrojos que se cerraban, de órdenes y de gritos, del pitido de la locomotora y del rechinar de la máquina, allí dentro, apiñado con otras cien personas, en una posición en la que apenas podía moverse, con la cabeza incómodamente torcida para un lado, con unos jirones de ropa que actuaban como compresa sobre la brecha, jirones arrebatados a un anciano que murió al poco de entrar en el vagón, así, en esa situación, sintió un enorme alivio al saber que abandonaba el gueto.
           
Pensó en su padre y en su hermana.
           
Poco tiempo después, de tan agotado como se encontraba y de la alarmante manera en que notaba como sus fuerzas lo abandonaban, ni tan siquiera pudo pensar ya en nada; ni en nada ni en nadie.

Se convertía en otro autómata más, como la mayoría de los que abarrotaban el compartimento y que se dejaban conducir mansamente, en medio del gran sufrimiento, al matadero.

Tan exhaustos que no eran capaces ni de llorar.
           
3. La estación del reloj de las manecillas pintadas
– un indeterminado día de mediados de enero de 1943-

Se trataba de una nueva y sorprendente sensación dentro del drama: experimentó alegría al bajarse del tren que los sacó del gueto, contento de apearse allí aunque ignorase lo que pudiera esperarle, feliz por vencer al extenuante y largo viaje, perdida ya la cuenta de los días transcurridos y de los muertos que se sucedieron; exultante por aún conservar la vida que otros muchos ya perdieron.

Lo primero que los deportados escuchaban al  llegar a su destino eran unos ensordecedores altavoces que repetían consignas pronunciadas en un agresivo alemán. Y lo primero que leían, los que aún conservaban las fuerzas y las ganas de leer, eran dos letreros tranquilizadores:
           
            Treblinka. Cajero.

            Transbordo a los trenes con destino al Este.
           
 -Entonces es cierto... nos transportan a territorios rusos, más al este... Esperaremos aquí por unas horas hasta que llegue el tren que nos conducirá allá... Así que esas terribles afirmaciones no tienen fundamento alguno... –le susurró Yaacob a su compañero, un retal humano que apenas sí podía sostenerse en pie, mientras formaban sobre el andén, repleto de nieve y charcos, entre el pavoneo de los jefes de los batallones de las SS que se paseaban por delante de ellos con soberbia y contemplados por la nerviosa excitación de los perros que olfateaban la amalgama hedionda que provenía de los vagones que ahora tan sólo albergaban los cuerpos de los muertos, los despojos de quienes no fueron capaces de resistir los rigores del trayecto: aplastados, sofocados, asfixiados; una peste que también exudaban los viajeros, una mezcla de orina, vómitos, excrementos, junto a la putrefacción de algún miembro congelado, gangrenado ya... Todo un festín oloroso para los delicados hociquilos de los animales.

Un relámpago de pavor cruzó por la cabeza de Yaacob al caer en la cuenta de que las manecillas del reloj de la estación de Treblinka eran falsas, estaban pintadas, detenidas en el tiempo... Eso no era lo apropiado para una estación con la importante función de enlazar trenes y que debería de cumplimentar sus salidas con puntualidad. La calavera de las unidades de la Totenkompfverbänden que lucían los soldados de las SS a modo de insignia en las gorras en nada ayudaba a tranquilizarse, pero decidió no desesperarse, tan sólo debería limitarse a soportar la espera hasta la llegada del nuevo tren... ¿Pero a que venían esas manecillas pintadas? Esa insignificancia le acudía a la cabeza una y otra vez, su inconsciente elaboraba pavorosas teorías, edificaba una pesadilla de la nada, se alarmaba ante una circunstancia que seguro que tendría una risible –de puramente lógica- explicación.

Al principio de la apertura de Treblinka, a finales de julio de 1942, no llegaban hasta allí más de cinco mil deportados al día, por lo que podía dárseles un recibimiento calificado en el procedimiento nazi como de tranquila bienvenida, donde los soldados simulaban parsimoniosamente que los viajeros acababan de arribar a una estación intermedia de tránsito y que, tras atravesar por el trámite de una desinfección, continuarían su trayecto en dirección a los enclaves de reasentamiento del Este. Pero el rápido aumento de personas deportadas alcanzó la cifra de hasta doce mil al día. Eso obligó a la autoridades a emplear otros métodos mucho más directos con el objeto de ganar tiempo y, forzosamente, cambió esa situación de tranquila bienvenida que los mandos consideraban fundamental para el equilibrio mental de los soldados. Las maniobras de distracción y disimulo nunca pretendieron que los desdichados conducidos hasta las cámaras de gas murieran sin darse cuenta por motivos humanitarios –hubiera tenido gracia que el término humanitario se implicara en el procedimiento sistemático del asesinato- sino que las pantomimas de las duchas y las orquestas que recibían a los convoyes de condenados a pie de anden debían facilitar así el impacto emocional que la masacre podría tener en sus ejecutores, dulcificándola.

En el momento en que el breve periodo de tranquila bienvenida desapareció del procedimiento, desbordados por la gran masa a la que debían de aniquilar, la oficialidad se vio obligada a incrementar, como una manera de que la faena fuera algo más llevadera, los días de permiso y las raciones extra de aguardiente y de vodka asignadas a los grupos de las SS encargados de las tareas inherentes a la aplicación de la Solución Final.

Desde lo alto de la cabina de control de la estación de ferrocarril de Treblinka el Oberleutnant y comandante del campo, Franz Stangl, dio la orden con tan sólo un imperceptible golpe de cabeza que fue interpretado por uno de los fieles miembros de la guardia ucraniana del campo, el brutal Fedorenko, que puso en curso el procedimiento habitual.

A continuación, Franz Stangl se marchó a comer tranquilamente. Tenía hambre porque la resaca de la borrachera de la noche anterior le impidió desayunar como era debido.

Los soldados comenzaron a hostigar con empellones y golpes al famélico grupo con el objeto de que pasaran al interior de las dependencias de la estación. Lentamente, la masa se puso en marcha, espoleada, de repente, por una andanada mucho más sañuda de culatazos, puñadas y de aterradoras fauces dentudas que lanzaban mordiscos por doquier. Yaacob sintió de nuevo esa sensación de miles de alfileres clavados por todo el cuerpo con la que pudo poner el organismo en movimiento y allí, en mitad del pavor, volvió a recordar a la pobre Thérese, la de las hormigas y su cráneo descerebrado a porrazos.

Dentro, en el vestíbulo de la estación, los instaron a desnudarse para que tomasen una ducha desinfectante... El imprevisto causó algunos recelos acerca de lo que podría sucederles a las ropas dejadas en los bancos. Esas eran sus únicas pertenencias y, en medio de tanto frío, adquirían un valor inusitado a la hora de conservar la vida.

-Nos van a desinfectar para que así entremos limpios en los vagones, quizás hasta nos den unas ropas nuevas, para no llevar hasta los reasentamientos del este liendres y parásitos -argumentó Yaacob a una parte del grupo, en un descomunal ejercicio de fe-. Seguro que por ese mismo motivo, por el problema de los piojos -continuó elucubrando- nos van a cortar el pelo al cero. Es una mera cuestión de higiene. ¡Los alemanes son unos maniáticos con la limpieza!

Los peluqueros se daban maña, mucha más que los encargados de los recuentos en la explanada del gueto, aún mayor que los conductores de los lentos trenes; tanta maña demostraban que parecían ser los únicos trabajadores del Reich competentes. El corte de pelo fue la única operación en todo el viaje que Yaacob vio desempeñar con presteza y diligencia. Para su desgracia, bien pronto comprobaría que le faltaba asistir a otra actividad librada con igual celo profesional.

Sin el pelo y desnudos, hombres, mujeres y niños se agolpaban en la parte trasera de la estación. Muchos aún se tapaban con las manos, se sentían ridículos, avergonzados de su desnudez, como si ya no tuvieran otra cosa de la que preocuparse (o tal vez es que no quisieran preocuparse de otra cosa) en una situación tan delicada.

De repente, un nutrido grupo de guardianes armados con látigos entraron en la estación y cargaron contra ellos.

El grupo, aterrorizado, entre gritos y chillidos, buscó la escapatoria por la única puerta abierta existente, colocada en un lateral y que daba a un embarrado camino, a un sendero bautizado por las SS como el camino del cielo, también conocido como el tubo. La masa, que ahora corría desnuda en volandas de un súbito y estruendoso silencio, porque el esfuerzo ya no les permitía derrochar las fuerzas, tan escasas, en continuar con los estériles alaridos de pavor, no podía ni imaginar cómo denominaban los alemanes al lugar por el que transitaban.

Los perros, -¡bien lo sabían los animales y por eso esperaban su momento desde que el grupo se bajó en el andén!- sueltos ahora de sus cadenas, perseguían y apresaban a los más débiles, que devoraban entre el fango, sin dejar de ser azuzados por los guardianes.

Los que ganaron el final del sendero no tuvieron tiempo de ver como otros compañeros se trastabillaban con los sarmentosos miembros de los ya caídos, ni contemplaron como los perros se abalanzaban sobre ellos, ni como se desgarraban dedos, jirones de piel, genitales arrancados de cuajo... Tan sólo podían escuchar el angustioso “¡deprisa, daos prisa!”, que les ordenaban los guardianes. Y ellos se limitaban a obedecer. Obedecían en mitad de un sepulcral silencio tan solo violentado por los ladridos de los perros, por los vozarrones de los verdugos y por los lastimeros lamentos de dolor de las víctimas que se quedaban atrás, sobre el barro del camino.

Al final del sendero no podían avanzar nada más que a la derecha. Tras subir cinco peldaños  ingresaron por una puerta hasta el interior de un barracón de hormigón. Cuando los casi quinientos condenados se encontraban ya en su totalidad dentro de la cámara, la puerta se cerró con un sonido que les heló el alma.

Automáticamente, el jadeo que la carrera provocó en muchos se detuvo en seco, cortado de raíz por el sentimiento de pavor ante una muerte segura.

Junto a la maquinaria, otros dos guardias ucranianos, Nikolai Shalaiev e Ivan Marchenko, accionaron los engranajes. Mientras aguardaban el final del proceso se fumaron un cigarrillo y trasegaron unos tragos de sus petacas de vodka.

En la cámara se escuchó el rugido del motor diesel de un tanque soviético modelo T-4, de 500 CV de potencia, que expulsó el monóxido de carbono por los orificios del barracón. La gente comenzó a convulsionarse, se asfixiaban y se golpeaban contra otros cuerpos que experimentaban una agitación similar, hacinados, sin espacio para desplomarse contra el suelo.

En el horror, antes de morir, Yaacob pensó:

-¡He aguantado tanto para esto!

Ni tan siquiera se acordó de su padre y de su hermana, que morirían poco después, entre los meses de abril y mayo, durante la trágica insurrección y posterior liquidación del gueto de Varsovia, ni fue consciente de que su ilusión por formar parte de las listas del Judenrat era un suicidio.

Ni siquiera recordó a Therése.

No reparó ya en las manecillas pintadas del reloj de la estación, carentes ahora de todo significado.

No, no pensó en nada de eso... Tan sólo le dio tiempo a lamentarse de lo inútil de su resistencia.

Tanto esfuerzo para, al final, nada.

Yaacob moría, según lo acordado por Heydrich y sus secuaces en el bucólico paraje de Wansee, cuando se reunieron con las panzudas copas de coñac entre las manos y las sentencias de muerte prendidas en sus corazones.

Mientras tanto, Franz Stangl comía con buen apetito, su dolor de cabeza remitía y la guardia ucraniana fumaba, bebía y reía satisfecha.

Y allá, en los sórdidos y enmoquetados despachos del Reich, en Berlín, Adolf Eichmann continuaba entregado a su labor de coordinar envíos, de cuadrar cifras, de que la tarea de exterminio fuera lo menos costosa y deficitaria posible para la Alemania de Adolf Hitler.

Porque al final, Yaacob se había tratado de eso: de un mero asunto económico en el cual se debía procesar su muerte con el menor gasto posible.
(pintura de Lucien de Cassan: A través de Treblinka)