Mostrando entradas con la etiqueta Somme. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Somme. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de noviembre de 2011

La gloria fue para Errol Flynn


Trincheras del Somme, en la tarde del veintiuno de abril de 1918

Antes de que el aparato de Roy Brown aterrizase en el aeródromo de Bertangles la noticia ya corría como la pólvora. Que se mostrara algo azorado en su modestia al descender de la carlinga no era sino una mera pose. Acababa de sobrevolar de forma rasante el campo de trincheras del valle del Somme para rubricar su hazaña. Henchido de orgullo se pavoneó en el aire como uno de los gallos de Faverolles del mariscal Merde, en un claro reclamo para sí de la paternidad del derribo. Todo el mérito de haber terminado con el Barón Rojo era suyo y, allá abajo, los soldados atrincherados lanzaron sus cascos al aire en señal de alegría y agradecimiento. Y Brown pensó que eso era lo mejor de todo, el agradecimiento. Se lo agradecían, por eso se preocupó de que nadie albergase la más mínima duda acerca de lo que allá arriba acababa de ocurrir: él era quién debía de pasar a la Historia como el piloto que abatió al mito alemán.

-Yo preferiría brindar con una buena cerveza -les dijo a los muchachos que ya lo rodeaban alborozados y sin apenas darle tiempo a bajarse por completo del avión. La ocurrencia se celebró con una gran risotada. Se apiñaban los mecánicos, los mozos de hangares, los soldados del retén, los encargados del aeródromo, los de intendencia, sus otros camaradas pilotos... que le propinaban sonoras palmotadas en la espalda, apretones de manos, piropos, elogios, alharacas, enhorabuenas. Entonces, el corrillo se abrió y apareció el comandante con una botella de champán en una mano y la espumosa jarra de cerveza en la otra.

-¡Muy bien, muchacho! -le felicitó a la par que descorchaba la botella y salpicaba a todos con un reguero de líquido. A las pocas horas, Brown recibía un mensaje del Alto Estado Mayor Aliado: le proponían para un par de condecoraciones, el Gobierno del Canadá lo invitaba personalmente para un acto de reconocimiento y se le concedían dos semanas de permiso. Luego vendrían los homenajes en Toronto, en su barrio, en su escuadrilla, y las medallas, los diplomas, las conferencias, una biografía, una película de Hollywood, la fama, el éxito...

Ajeno a todo, el ametrallador Perth aplastaba la cara contra el embarrado suelo de la trinchera como una manera de que no se la volaran los fragmentos desprendidos de las carcasas de los obuses. Con los ojos llenos de tierra y con los churretes de barro que correteaban por sus mejillas, poco podía saber él de la cantidad de homenajes y de fama que el aviador Brown cosechaba por un derribo que tan sólo se le podría atribuir a Perth.

Sin embargo, no muy lejos de las trincheras, en las tiendas de campaña, el sargento de la compañía a la que pertenecía Perth luchaba a brazo partido con la burocracia y el estamento militar para que se reconocieran los méritos del soldado, que no sería sino reconocer los méritos de la división australiana, que incluso podría recibir una medalla. Con ella vendría aparejada la gloria.

-Es una inyección de moral para la tropa, señor -el sargento mentía, ese argumento no era cierto en absoluto, tan sólo perseguía su propio éxito al mando- y además, lo que es justo es justo, ese Brown no merece, ni de lejos, toda la polvareda triunfal que se ha montado a su alrededor.

El coronel escuchó con atención la historia de su sargento. Tras reflexionar unos minutos resolvió que trajeran de inmediato al ametrallador Perth ante su presencia. El sargento, al escuchar la orden, supo que acababa de conseguirlo, que se terminaría por saber la verdad y que se despojaría a Brown de tan injustos honores. Se levantó eufórico, saludó a su superior y gritó alborozado:

-¡Al instante, señor!

El sargento corrió a lo largo de la línea del frente y gritó incansablemente el nombre de Perth. Siempre se encontraba con alguien que acababa de verlo o que sabía de su última posición. “Iba por allá”, “le vimos en esas trincheras de allí”... y las indicaciones y las conversaciones se interrumpían bruscamente por el impacto de algún obús o por el tableteo del fuego de las ametralladoras enemigas.

-¿Es cierto eso que se comenta por ahí? -le preguntaban los compañeros a Perth, pero él manifestaba no saber nada de nada, ignoraba a que diantres se referían. Al enterarse de que se le atribuía el derribo del Barón Rojo sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. “No puede ser”, pensó. Era un hombre más bien tímido, no quería notoriedad, prefería mantenerse alejado de la fama, de las condecoraciones, de los homenajes.

Prefería continuar con vida.

-¡Te propondrán para una medalla, una de las gordas! -le gritó un compañero. Perth se notaba aterrado por la responsabilidad.

“¡Perth, ametrallador Perth, Perth, Perth, Perth!”, le llamaba sin cesar el sargento por entre el barrizal de la línea de trincheras. “¡Señor!”, le avisó un soldado. El sargento se volvió expectante. “Lo busca por lo de la medalla, ¿no es verdad?”. El sargento meneó la cabeza afirmativamente. “Pues no lo busque más, que ya lo ha encontrado, está por ahí detrás desde hace un par de horas”, y le señaló el talud de una profunda trinchera.

Con gran nerviosismo, el sargento rodeó el montículo para aparecer por el lado más bajo de la trinchera, el que miraba a la retaguardia, a la vez que gritaba alborozado: “¡Maldito sea Perth, llevo todo el día buscándolo por en medio de este barrizal infernal!”. Y añadió un: “¡Venga, vamos!, lo llaman de Comandancia, le van a dar una medalla por lo de...”, pero no pudo acabar la frase. Al girar y descubrir el suelo de la trinchera se encontró con cuatro cadáveres en fila. El tercero por la derecha era el del ametrallador Perth. Un gran agujero abierto en su pecho dejaba ver algunas costillas desgajadas y un reguero sangriento. Un gran agujero justo en el lugar en el que iban a colgarle la medalla.

“Ha muerto sin la gloria que merecía...”, reflexionó el desencantado sargento, que se acababa de quedar sin la propia gloria que para sí tanto ansiaba. Nunca condujo a Perth en presencia de los superiores, nunca se investigó la autoría real del derribo. Brown pudo disfrutar de un par de semanas de permiso y descanso en Canadá y pudo sacar brillo a sus medallitas.

Al fin y al cabo, las guerras necesitaban de héroes, daba igual quienes fueran, acertados o no.

Errol Flynn encarnó a Brown en la película.

viernes, 18 de noviembre de 2011

El últmo vuelo del Barón Rojo


-Sobre el frente del Somme en la mañana del veintiuno de abril de 1918-

-¡Ahí vienen, ahí vienen! -le advirtió su compañero, el servidor de la ametralladora.

Perth se encontraba entre tenso y asustado, pero en absoluto nervioso, no podía temblarle el pulso ahora que dependía su vida de ello. Varios aviones alemanes, en formación de ataque, perseguían a un grupo de combate inglés sobre el cielo del frente del Somme. Desde abajo apenas podían ayudar a sus compañeros aliados, la altura era demasiada como para soñar en acertarles a los aparatos con los disparos desde el nido de las ametralladoras.

Como sucedía cada mañana en el campo de aviación de Cappy, el Barón Rojo montó en su triplano Fokker Dr I y salió, junto a otras dos docenas de aviones que formaban el agrupamiento, a la caza de una escuadrilla de aviones Sopwith Camel aliados que evolucionaban sobre el área del pueblecito de Saylli-le-sec; sería coser y cantar, un trabajo fácil. Les infligían tantas bajas a los ingleses que sus pilotos eran cada vez más jóvenes e inexpertos.

El Barón se sentía despejado por las dos tazas de café y pensó que desde entonces siempre desayunaría dos tazas, tal era el grado de alerta en el que se encontraba.

Avistaron la escuadrilla enemiga y se abalanzaron sobre ella. Muy pronto comenzó la mengua aliada; por contra, los alemanes apenas sufrían algún rasguño en la carena de sus aviones. En eso, Von Richtofen, demasiado excitado y seguro de sí mismo, tal vez por la taza extra de café ingerida, se lanzó en una alocada persecución en pos del alférez novato Wilfrid May. Traicionaba así a sus maniáticos y milimétricos hábitos, a sus ritos sagrados, pero no por segunda vez en ese día, sino ya por tercera vez porque, justo antes de acceder al hangar donde se encontraba su avión, se dejo hacer, en contra de la superstición de la flotilla, una foto junto a un perrillo. Esa foto del barón, sujetando a un fox terrier en sus brazos, se haría famosa al convertirse en la última imagen de Von Richtofen con vida.

Sí... se dejó fotografiar y, además, se tomó una taza extra de café... Pero, sobre todo, y eso era lo grave, se dejó fotografiar antes de un combate.... De repente, se encontró sin cobertura por parte de su escuadrilla, abismado en un vuelo demasiado cercano del suelo.

Sintió varios impactos en la cola del aeroplano que provenían de la ametralladora Vickers del capitán canadiense Roy Brown. El enemigo se aprovechaba de su retaguardia desguarnecida y le hostigaba. Richtofen debía de olvidarse del novato al que perseguía, remontar el vuelo y ponerse a salvo del posible fuego de tierra. ¿Cómo era tan estúpido para meterse tan abajo, entre dos líneas de disparo? Pensó en que la culpa de todo radicaba en la segunda taza de café, que obnubilaba sus nervios... pero sabía que el problema era el gafe de la maldita fotografía.

Una ráfaga de ametralladora lanzada desde el frente de tierra le segó el pecho.

El aparato del Barón Rojo se empotró contra los árboles de un bosque cercano. Los soldados que presenciaron desde tierra la maniobra de Brown lo celebraron alborozados. El piloto canadiense levantó los brazos en señal de alegría y ejecutó dos triunfales pasadas rasantes sobre el frente aliado para atribuirse todo el mérito del derribo.

-¡Lo he visto todo, soldado Perth! -le advirtió su sargento.

-¿Qué es lo que ha visto, mi sargento? -preguntó Perth, todavía aturdido por la salva de disparos que acababa de lanzar al aire.

-¡Que acaba de derribar al Barón Rojo! -pero el soldado ametrallador Perth se encontraba tan exhausto de la refriega que le temblaron las piernas, se quedó sin aire y se desplomó sin sentido. Su sargento salió a toda prisa de allí, en dirección a las tiendas de la Comandancia:

-¡Debo de informar sobre esto! ¡La gloria del derribo le pertenece a nuestro pelotón! ¡Será una sensacional inyección de moral para nuestros hombres!

El ametrallador Perth fue reanimado con un poco de agua sucia y embarrada

En el hangar alemán, un hombre con un fox terrier y una cámara fotográfica en brazos se deshacía en impacientes preguntas acerca de cuándo regresaría el Barón Rojo, de quien ansiaba una nueva fotografía tras su misión triunfal.

martes, 15 de noviembre de 2011

El ametrallador Perth saborea su té


-Trincheras del Somme, en la mañana del veintiuno de abril de 1918-

-¡Hum! –fue el placentero suspiro del ametrallador Russell Perth, del VI regimiento aussie de Infantería; un suspiro placentero producto del reconfortante paladeo de su té matutino, un bebedizo elaborado entre las trincheras y los agujeros de obús del frente del Somme, entre el barro y que, al menos, le servía para calentarse los congelados dedos y las palmas de las manos, unas manos apenas protegidas por unos sucios mitones.

Durante esas primeras horas en las trincheras no solía existir mucho jaleo. Eran unas horas que Russell Perth aprovechaba para desperezarse ante una nueva mañana, una mañana más de nubes y lluvias torrenciales. Los bombardeos, el fuego cruzado de obuses y los gases venenosos, solían empezar pasadas las diez de la mañana. Era como si se hubiera establecido un acuerdo tácito para permitir el descanso de los hombres, para que todo el mundo pudiera disfrutar de sus desayunos... por llamar a la taza de agua sucia de alguna manera.

¿Qué hacía un australiano allí, en el frente de Bélgica, tan alejado de su casa, de su tierra, de su isla? Perth no encontraba respuestas, solo sabía que, tras alistarse y soportar un largo viaje, terminó en la embarrada Europa.

-¡Cuidado! -gritaron dos observadores. Los enemigos cumplían milimétricamente con el horario habitual del ataque: las diez en punto y, desde lejos, una escuadrilla de aviones alemanes se aproximaba hacia la situación donde se ubicaba Perth. Arrojó la taza con los restos de su humeante té al suelo y adoptó una posición defensiva en su nido de ametralladoras. Asió el arma fuertemente con ambas manos para, acto seguido, apuntar al cielo.