viernes, 6 de julio de 2012
Bufonada histórico-política en 4 actos
martes, 11 de octubre de 2011
Gangrena gaseosa
En la Retaguardia del Isonzo: Hospital de Campaña italiano, agosto de 1917.
No podía creerlo. Debía de soñar todavía, seguro que una de esas pesadillas producto de la fiebre, porque abrió los ojos y vio, justo frente a su cama, al rey Víctor Manuel III rodeado de toda su comitiva y acompañado de los principales prebostes del hospital y del Regimiento.
-Convalece de su última operación, que se le realizó hace tres días –explicó uno de los Oficiales médicos a Su Alteza Real.
Era una pesadilla, obviamente, porque Mussolini aborrecía a la realeza y era imposible que el mentecato se encontrara, ahora, delante suyo, y escuchara encandilado los detalles de sus heridas de guerra. No, definitivamente, no podía ser eso de ningún modo.
-Lleva seis meses de hospital y le extraímos cuarenta y cuatro fragmentos de astillas y proyectiles tras veintisiete operaciones, dos de ellas se realizaron sin anestesia… -el Oficial médico recitaba los datos del heroísmo de Mussolini, que el enfermo interpretó como el momento ideal para formular una bravuconada:
-Esas operaciones sin anestesia…, las pedí porque quería ver el proceder los médicos, vigilarlos, ¡no fuera a despertarme sin piernas! –la chanza sólo fue recibida con medias sonrisas por el personal sanitario. No les gustó nada que el patán se burlara de ellos.
El rey tragó saliva tras escuchar la tontería e interpretó su personaje: un mamarracho a años luz del dolor, del sufrimiento, inmune incluso al propio resentimiento que brutos como Mussolini podrían albergar contra la monarquía a la que consideraban una sanguijuela que oprimía a los trabajadores.
Se dirigió, calmudo, al convaleciente:
-¿Dígame, Mussolini, se encuentra bien? –el interpelado abrió los ojos desaforados. ¿Podría encontrarse bien después de lo relatado? Decididamente, ese reyezuelo era un estúpido. ¡Qué lástima no poseer la totalidad de las fuerzas para correrlo a puñadas, para expulsarlo del Pabellón Médico a puntapiés y patadas!
-No me encuentro muy bien, Majestad –sin embargo, se contuvo a la hora de responder, presa de un extraño pudor que se negaba a reconocer como respeto.
-¡Bravo Mussolini! Aguante la inmovilidad y el dolor con valentía, es su deber –eso era todo lo que se le ocurría para transmitir ánimos. Al monarca le gustaría ser capaz de pronunciar unas palabras más elevadas, pero se sentía torpe, inhábil para ello, de su boca no brotaban más que nimiedades.
-Gracias Majestad –el reconocimiento brotó del pecho de Mussolini con un suspiro desgastado. En realidad querría mandarlo a tomar viento.
El rey reposó sus atribulados ojos en la mesilla del herido. Allí florecía la espléndida pipa de espuma de mar. Uno de los médicos se anticipó, sumiso, a la pregunta que se disponía a pronunciar Su Alteza.
-Es la pipa de Mussolini, no se separa de ella. La suele utilizar cuando lo sacamos al jardín para tomar el aire…
-Es muy bonita –murmuro el rey, encaprichado. Se aclaró la voz con una ligera carraspera para añadir-: Por el momento, convaleciente, no creo que el herido salga de nuevo al patio, así que no veo la necesidad de la pipa…
-En efecto, Alteza, no la necesita en absoluto –como si la pipa fuera suya, el médico dispuso a su antojo del objeto, ofrendándoselo al rey con un gesto de extraordinaria sumisión que, para los allí presentes, desprendió un olor repulsivo, de úlcera infecciosa.
Víctor Manuel III se guardó la pipa en un bolsillo de la guerrera militar. Mussolini lo aferró de una de las mangas. Se encontraba bajo los efectos de los medicamentos porque, lejos de percatarse del robo de su pipa a manos del personaje que para él podría ser el más indeseable que existía, le rogó al rey que dejaran de sonar los timbres de los teléfonos. En un lugar de reposo para heridos esos desconsiderados timbrazos perturbaban la calma.
Nadie se esforzó en explicarle al rey, que se marchaba del pabellón, que Mussolini creyó oír timbrazos en la campanilla de un monaguillo que acompañaba al sacerdote y que, en esos instantes, administraba la extremaunción al desdichado que ocupaba lugar en la cama de al lado, devoradas sus extremidades por la gangrena gaseosa.
lunes, 10 de octubre de 2011
La venganza del Mesozoico

En el Frente del Isonzo: Monte del Carso, Cota 144, 23 de febrero de 1917.
Parecía que sería una mañana tranquila, pero el capitán se empeñó en que no fuera así: ordenó maniobras para mantener alerta y en forma a la tropa y dispuso un fuego graneado de mortero sobre una serie de objetivos naturales. Debían apuntar al Portón del Este, localizado entre dos insolentes peñas del Mesozoico, o acertarle a la cota 265, ubicada en la falda de un montecillo de la época del Mioceno. Así, el orgullo de las piedras que la erosión y el paso de los siglos no consiguió destruir, sería borrado de la geografía y del mapa por unas bombas dirigidas por un puñado de astrosos milicianos italianos que, de muy mala gana, practicaban puntería por mero capricho de sus superiores. Cambrico, Magdaleniense, Carbonífero… periodos de tiempo fáciles de borrar de un soplido por la maquinaria bélica del hombre. Evaporados sin ningún sentido.
Un silbido, una parábola y el impacto elevaba un terrón de barro. El humillo blanquecino en suspensión permitía calificar la puntería de los artilleros.
-¡Sois unos burros! ¡Zopencos! –protestaba el capitán ante el mal ejercicio de sus hombres, que volvían a recargar una y otra vez. Los impactos cercaron los objetivos por la derecha, después los aliviaron con tiros demasiado alejados por la izquierda. Ahora, corrieron un breve, pero serio riesgo, de volar por los aires tras la corrección de unos grados al norte y, antes, fueron librados por exceso de inclinación al sur de los morteros; se probó la puntería quizás un poco más alta, también a tirar más abajo: los alrededores sembrados de cráteres, y en medio de todo, burlones, el Portón y la Cota se despechugaban indemnes.
-¡Inútiles, seguiremos hasta que acertéis, será mañana o el año que viene! –las airadas órdenes del capitán se contestaban con más fuego artillero y, si cabe, con peor puntería.
Entre la desgana generalizada llamaban la atención los servidores de uno de los morteros ubicados en el interior de una trinchera. El grupo se componía de cinco hombres. Uno de ellos era el sargento Mussolini, ascendido veintidós días antes. En lugar de atender a su cometido, enfriar la boca del artefacto con agua, se repantingaba al sol, apoyado en uno de los taludes, a buen recaudo de los prismáticos del capitán, engolfado con la fumada de la pipa de espuma de mar hurtada al enemigo. El fondo de la cazoleta prendía con una brasa rojiza a cada chupada, igual que la boca del mortero, incandescente ya desde un par de detonaciones anteriores. A unos metros reposaba un cubo de madera enmohecida, sin una gota de agua en su interior, y el cucharón necesario para refrescar la pieza. Los cinco hombres, retorcidos sus cráneos por el alto sol, con la resaca de la tarde anterior, bebieron toda la reserva de líquido por ver de paliar la sed y el dolor de cabeza provocados por la borrachera que sendas cantimploras de schnapps de ciruelas arrebatadas a los austriacos desencadenaron en sus ya de por sí mermadas facultades.
-¡Preparados para un nuevo disparo! –ordenó el capitán desde un altozano.
Un conejo, atolondrado por las descargas, brincaba de un lado a otro. Los soldados intentaban acertarle de un disparo con sus carabinas de peor puntería que los obuses.
-¡Dejad a ese animal en paz, idiotas! ¡Disparad fuego de mortero! –la orden, gritada con enorme desprecio, fue obedecida con la exasperante lentitud de quienes veían perderse ladera abajo el complemento a las insulsas cenas de rancho.
En cuanto embocaron el obús se dieron cuenta de lo que estaba a punto de suceder. El cañón de la pieza artillera blanqueaba por el calor, amenazaba con derretirse o reventar en el momento de escupir la munición.
Se miraron unos a otros. Era necesario refrescar el arma.
Rápido, agua.
El agua.
Mussolini mordió con fuerza la pipa en su boca. Abrió los brazos, no entendía qué le demandaban. Sus compañeros buscaron con ojos febriles el cubo tirado en un rincón. Mussolini comprendió la gravedad del asunto y se giró rápido en pos del cucharón. Escarbó en el interior de la madera carcomida y corroboró que no quedaba ni una gota de agua. Se volvió para advertir de tal circunstancia a sus camaradas, pero el aviso se le colgó de la boca como la pipa de espuma.
Un zumbido.
Una explosión sorda.
Una oleada de metralla destripó a los soldados, muñecos de paja, y arrojó, cargado de hierro y esquirlas, el cuerpo de Mussolini a cuatro metros de distancia.
El subteniente Francesco Caccese desbrozó un silencio de pánico reverencial y fue el primero en acercarse al lugar del accidente: Mussolini era el único que permanecía con vida. Su pierna izquierda, el pecho y la ingle, aparecían horadadas por pequeños pedazos de metal. En su boca, contraída por el éxtasis del dolor, aún permanecía intacta, de milagro, la pipa de espuma de mar. Esa misma pipa a la que sus manos acalambradas, antes del desmayo, se aferraron desesperadas mientras lo retiraban en camilla camino del Hospital de Campaña.
jueves, 22 de septiembre de 2011
La pipa de Mussolini
Ribera del río Isonzo: Octubre de 1915.
El aspecto devastado de la posición recién tomada. Los taludes de las trincheras desmenuzados. Cadáveres austriacos tremolados por los morteros, enormes ruinas desventradas. Restos de la intendencia, papeles oficiales, una taza desportillada, una cantimplora abollada. Ratas atribuladas en su ahíto ir y venir. Azufres en el aire pastoso y mefítico.
El soldado Benito Mussolini, del 11º Regimiento de Bersaglieri, empujaba un carromato junto a otros dos compañeros. Encaramado en el transporte, un mortero rudimentario, fatigoso de batallas y picado de óxidos, tormento de un asno bonachón hasta que la bestia se entregó consumida a una vereda del camino. Desde ese momento, los tres soldados fueron tres mulas de carga.
El carro embarrancó en el lodo. Un riachuelo subterráneo, redivivo por el soplo artillero –tan sólo vivificador para él- parió por los nuevos recovecos que las enormes lonjas de tierra desprendida le ofrecían. Fluido y cobrizo, anegó la hondonada del refugio en donde se ubicaba la abandonada retaguardia administrativa austriaca.
Mussolini aventó el aire que soplaba a su favor, un carnívoro que acecha a su presa. Ya podía olisquear el botín. Sabía que, durante las grandes retiradas británicas en Bélgica, los alemanes se encontraron deliciosas mesas con deliciosos manjares sin tocar, esperándolos a ellos, bodegas enteras olvidadas a la carrera, objetos de plata en los escritorios, magníficos artículos de caza y pesca, machetes nacarados, abrecartas de lujo, pisapapeles de la oficialidad, plumas, tabaco, picadura…, los austriacos puede que no resultaran tan espléndidos como los ingleses. Esa imagen pasó por su cabeza embutida y prieta bajo un casco ridículo. Tarde o temprano, el cobarde gobierno que regía Italia, que sólo deseaba enfrentarse a los austriacos, se vería obligado a declarar la guerra a los alemanes y esperaba que, de ser así, llegaría a tiempo para poder rebañar las trincheras teutonas.
Decidió que no se embarraría más con el carro ni con la pieza de artillería que remolcaba y abandonó su puesto ante los insultos de los compañeros. Si tenía que ensuciarse sería a la búsqueda de un botín provechoso.
Descendió por el talud y se fijó en sus maltrechas botas. Sería un golpe de suerte encontrarse con un soldado en el interior de la trinchera que ya no las necesitara. La intendencia austriaca siempre era de buena calidad. Mussolini removió unos escombros, restos de madera pertenecientes a un portón, y se topó con el acceso a la Estafeta, semihundida en las achocolatadas aguas del Isonzo que se colaban por las grietas de las paredes. En mitad de la sala flotaba un cadáver, estúpidamente aferrado a una pipa de espuma de mar.
El soldado Mussolini se introdujo en el barrizal hasta la cintura, rodeado de tampones, secantes y otro material de escritorio. A un lado flotaban los restos de una mesa, más allá, las patas de una silla. Las sacas de correspondencia desparramaban, a modo de cornucopia, su contenido. Los sobres, lánguidos hasta desmenuzarse en papilla, una pasta blancuzca y pegajosa.
Con gran esfuerzo quebró los dedos del desgraciado y rescató la magnífica pipa. Instantes después ya ascendía por el parapeto con el artefacto mordido en la boca. Pensó que ojala resbalara y se rompiera allí mismo una pierna: una bonita herida en el Frente para irse de vuelta a casa con honores de veterano. Al coronar la cresta le llovieron los insultos de su sargento, llamándolo burro, bestia y animal por varar la pieza de artillería en mitad del camino y provocar un monumental atasco en la avanzada. Los gritos, la reprimenda, disipó los tempranos sueños de gloria del soldado Benito Mussolini.
Humillado, agachó la cabeza y guardó la pipa en uno de los bolsillos de su guerrera. La boquilla, húmeda de los salivazos de su difunto dueño y por el fango de la trinchera, le dejó un regusto amargo, el mismo de esas veces en que se le iba la mano con el vino tinto o con la grappa; ese sabor de domingo por la mañana, con el sol que dolía en las sienes.


