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viernes, 6 de julio de 2012

Bufonada histórico-política en 4 actos


Acto I:

¡Defenderemos a Italia de los italianos! -11 de febrero de 1941-

-La situación en el Mediterráneo es crítica, Galeazzo, necesitamos cerrarlo con la conquista de Gibraltar, para así anular los convoyes aliados que tanto nos fastidian- le dijo Mussolini a su yerno y, por extensión, Ministro de Asuntos Exteriores, el conde Ciano.

-Debemos reconocer, Duce, que los éxitos británicos en África, al mando de ese Wavell, nos han puesto en una posición incómoda, aunque Rommel parece un hombre de talento. Desde luego, Hitler no le ha dado a usted la espalda tras el fracaso de Graziani... –Mussolini interrumpió violentamente a Ciano al escuchar ese nombre:

-¡No pronuncies a ese bastardo de Rodolfo!

-Calma Duce, calma- intentó apaciguarlo Ciano.

-¡Ni calma ni nada! Ese hombre es la vergüenza del ejército italiano, ¿qué digo del ejército? ¡Es la vergüenza de Italia!

-En verdad, parece que nos equivocamos al otorgarle el puesto del mariscal Italo Barbo- el Duce, al oír el nombre de Barbo volvió a explotar con furia:

-¡Ese era un gran militar! ¡Querido Galeazzo, ya no quedan hombres así en Italia, al mando del ejército Italiano! Ahora tan sólo quedamos tú y yo... –Mussolini efectuó aquí una dramática pausa, como si con ella recordara otros momentos pasados, tal vez mejores, felices para Italia y para el denostado ejército italiano, que se dejaban entrever en las muecas reflexivas y en los gestos, seguidos de un insistente cabeceo resignado y a la par inconformista, esculpidos en el rostro del Duce. Un Duce que se empezaba a ver algo avejentado, de una incipiente obesidad y cuyo corte de pelo casi al cero confería a sus facciones unos rasgos de dureza que lindaban con la brutalidad. Por el contrario, Ciano se mostraba acicalado, elegante y bien vestido con su uniforme de aviador, cuidado incluso en el último y apolíneo detalle.

-Mira, yo todavía, pese a las conclusiones de la comisión y de su asqueroso informe, no estoy convencido de que a Balbo no se lo cargaran con una conspiración –prosiguió Mussolini.

-¡Pero Duce, si las pruebas demostraron que su avión fue derribado por error, un lamentable error mientras sobrevolaba Tobruk! –Ciano se negaba a admitir los argumentos de una conspiración en el seno del propio ejército italiano.

-¡Abatido por nuestra propia artillería antiaérea! –tras un nuevo silencio, Mussolini cerró la discusión-. Ese Graziani ha demostrado ser tan incompetente que no dudo en que lo organizara todo para eliminar a Balbo y alcanzar así un escalafón al que jamás podría aspirar de otra manera... Pero que idioteces digo, ¡Graziani sería incapaz de organizar una operación tan complicada! ¡Pero no me obligues a creer en el informe de esos chupatintas! ¡Otro, bien podría llevar a cabo todo el plan para beneficiar a Graziani!

-Bueno, ese asunto ya está olvidado, con el cambio de Graziani por Gariboldi al menos defendemos algunas de nuestras posiciones más delicadas en África –resumió Ciano con afán conciliatorio.

-Sí, pero a qué precio... –murmuró Mussolini-, ¡defendernos!, esa fue la desastrosa aportación de Graziani, que se convirtió en el coronel más joven de Italia en la Gran Guerra, unos dudosos méritos por los que nos dejamos impresionar, ¡qué estúpidos fuimos! ¡El Nuevo Escipión, le llegaron a apodar! La estupidez humana y la del pueblo italiano no conocen límites, Galeazzo.

Ciano se limitó a asentir, pero el Duce aún murmuraba acerca de Graziani y de la destitución fulminante con la que lo castigó. Al respecto, añadió en alto, para que Ciano tomara nota de sus palabras… por si acaso:

-No, no queda ni una pizca de honor en Italia. Si Graziani fuera un hombre honor, tras su fracaso africano, que nos obliga a lo que ahora nos obliga, se suicidaría de buen grado antes que aceptar la humillación de la destitución... ¡Y yo lo enterraría, pese a toda su incompetencia, con honores de mariscal, como un héroe de la patria! Sin embargo... ¡Míralo ahí, en el Lazio, patéticamente refugiado con su familia, acobardado junto a su mujer y sus hijos, retirado de todo!

-Parece que Rommel invertirá el curso de las cosas por allá abajo –Ciano se mostraba optimista ante los refuerzos enviados al Norte de África, comandados por Rommel, a la par orgulloso de que el Reich, el país más poderoso del mundo, ayudara así a Italia con que tan sólo se lo pidiera.

-No te engañes Galeazzo –el Duce adoptó un tono casi paternal con el marido de su hija, por el que, ciertamente, sentía una debilidad casi paternofilial-, Hitler nos ayuda en África a cambio de conseguir lo que tendré que lograr yo personalmente en mi cita en Bordighera.

-¿Qué España entre en la guerra?

-Desde luego... y ese Franco es un hueso duro de roer, tan cerril y cabezota. ¿Sabes lo que me confesó el Führer tras su entrevista con él en Hendaya? –Ciano negó con la cabeza, no sabía-. ¡Pues que prefería dejarse sacar las muelas antes que volver a entrevistarse con Franco!- ambos personajes rieron francamente, a gusto, la ocurrencia. Se carcajearon desde sus tarimas de poder.

-¡Por eso nos tocará a nosotros ahora hablar con él!- exclamó Ciano.

-Por eso- y Mussolini esbozó una sonrisa de complicidad que fue recibida con otra carcajada, ahora más tenue, por parte de Ciano -: Mira, Franco es un hombre de corazón valeroso, pero en este asunto yo opino como Hitler, se ha convertido en jefe por una carambola y carece de talla, tanto de político como de organizador. Si España no entra en guerra de nuestro lado, inminentemente, el Führer asegura que Franco cometería el error más grande de toda su vida. Y además, ¡qué diantres!, ese hombre es un desagradecido, ya lo sabes tú bien, Galeazzo, la ayuda que tanto el propio Hitler como yo le prestamos cuando se encontraba en apuros... Ese desagradecimiento apena mucho al Führer, pero a mí, que me tomo las cosas de diferente manera, me enciende.

Ciano trató de que Mussolini no montara de nuevo en cólera, ahora que parecía más calmado, así que desvió el asunto del “desagradecido Caudillo español” por los derroteros estratégicos que deberían abordar en la conferencia:

-Resumamos, Duce, que Franco nos debe permitir cerrar el Mediterráneo con su entrada en la guerra del lado del Eje, permitirnos la conquista de Gibraltar y la expulsión de los ingleses del Peñón, pues para ello envió Hitler las divisiones de Rommel al África del Norte en nuestro socorro.

-Exacto... Si Franco es un hombre inteligente, circunstancia que ya comienzo a poner en duda, nos permitirá el libre acceso a la península ibérica para que demos un golpe de mano que cambie el curso de la guerra en el Mediterráneo –los ojos de Mussolini brillaban de satisfacción al recrearse en el estratégico cierre del mar por el Estrecho, con todo lo que eso significaría de aumento de su prestigio ante Hitler, al que idolatraba, si le llevaba en bandeja las concesiones que el propio Führer en persona no fue capaz de arrancarle a Franco.

-Mis contactos con Serrano Suñer no son malos, los españoles están receptivos a tal efecto, diríase que hasta ansiosos de escuchar nuestras propuestas –Ciano intentaba agradar a Mussolini.

-¡Eso espero Galeazzo, eso espero! Ya lo decían los marinos británicos: “quién domina el Mediterráneo domina el mundo” y, como dice Churchill, “el Mediterráneo es el bajo vientre de Europa” -Ciano guardó un respetuoso silencio ante las citas del Duce. Este, tras una leve pausa, continuó-: Inglaterra será batida. Inexorablemente batida; ¡ésta es una verdad que les vendrá bien a todos metérsela en la cabeza! -llamaron con los nudillos a la puerta del despacho. Ciano exclamó alborozado:

-¡Bueno Duce, debo marcharme ya! Bien siento no poder permanecer a su lado en la conferencia, pero ya sabe que soy un piloto destinado al frente griego... ¡y se debe predicar con el ejemplo!

Mussolini sentía mucho que su fiel  Galeazzo, tan válido, no lo ayudase en su reunión con Franco, pero no podía privarlo de asistir al frente griego rogándole que se quedara, sobre todo tras darle toda esa charla sobre el honor...

-¡Ve tranquilo, yo me basto y me sobro para acabar con las tonterías y los delirios de ese charlatán de Franco! Además, el frente es el destino y el lugar de un valiente aviador de la Regia Aeronáutica, en la defensa de este país, que debería de empezar por protegerse de sus propios habitantes. No, no voy a impedirte que vayas.

Ambos hombres se miraron fijamente, Ciano iba a pronunciar unas frases de agradecimiento que comenzó con un balbuciente “Duce...”, pero que Mussolini cortó de raíz con un “ya está aquí tu coche”. Se levantaron de las butacas del Salón del Mapamundi en el Palazzo Venecia de Roma, absolutamente convencidos de que tras la cita en Bordighera, España, la testaruda España, entraría en la guerra del lado del Eje, sin reservas. Las horas de Gran Bretaña en la contienda, tras esa circunstancia, parecían contadas, al menos así lo pensaba Ciano: “Gran Bretaña está perdida, Franco será incapaz de resistirse al influjo y la personalidad del carismático Duce”, se repetía mientras en el coche oficial se dirigía al aeródromo, con más miedo en el cuerpo que un perrillo apaleado que huye de los soportales…

Acto II:

Cita en Bordighera -12 de febrero de 1941-

Bordighera es una recoleta localidad italiana, en la Liguria, cercana a la frontera francesa. Francisco Franco se desplazó allí para verse cara a cara con Benito Mussolini, el Duce que, según parecía, se encontraba inmerso en una situación delicada en África a causa de la incompetencia de sus mariscales. Por supuesto, Franco no pensaba pronunciar una sola palabra acerca de eso, como Mussolini no pensaba, ni remotamente, arrojar con orgullo reproches acerca del agradecimiento que España, la “España nacional de Franco”, estaba obligada a demostrar por Italia, por la ayuda prestada en la Guerra Civil.

-Estoy convencido, Caudillo –le expresaba Mussolini en un buen español que relajó mucho a Franco al poderse liberar de la presencia de los incómodos traductores de rigor en las entrevistas- de que el Eje alcanzará una victoria total en la “cruzada”.

El Duce no era tonto, salpicaba su discurso con términos afines a Franco, tales como “Caudillo”. Al dictador español le causaba una inmensa alegría escucharse así nombrado de boca de un poderoso personaje y “cruzada” era palabra con la que parecía identificarse por completo el destino de Franco, de Hitler e, incluso, del mismo Mussolini. Sí, la conjunción de guerras, una tras otra, no era sino una cruzada emprendida contra los bolcheviques.

-Mire, Caudillo, es absolutamente imposible que España permanezca al margen de la guerra, ¡no puede permanecer por más tiempo al margen de la guerra! –aunque alzaba el tono de voz, no por ello se mostraba amenazante, ni mucho menos, era un recurso que Mussolini utilizaba a veces para recalcar la importancia de unas palabras insertadas en la totalidad del discurso-. Obviamente, en esto tanto el Führer como yo queremos ser exquisitamente claros, las fechas de entrada de España en el conflicto tan sólo dependen, exclusivamente, de sus decisiones, Caudillo.

-Mire, Duce –Franco iniciaba su réplica-, España, yo mismo y mi gobierno, no nos negamos a entrar en el conflicto, del lado del Eje, obvio es decirlo, pero como ya le transmití al Führer en Hendaya, una colaboración militar con el Eje de la categoría que ustedes desean nos llevaría a una situación crítica que no deseo para el país. España necesita suministros de trigo y gasolina que ahora recibimos de ultramar y que, inevitablemente, se nos cortarían de raíz en cuanto nos alineáramos militarmente con el Eje; venimos de una cruel guerra, derrotar al demonio rojo nos ha debilitado. Hoy por hoy no puedo permitirme ni permitir a los españoles la supresión de esos suministros.

Hitler ya le advirtió de que Franco era testarudo, pero no importaba, él, el Duce, lo conseguiría, lograría que entrara en razón, ¡vaya que sí, entraría en razón!

Acto III:

Despedida en Bordhigera -12 de febrero de 1941-

-Muy bien, entonces tomo nota de sus dos condiciones para entrar de nuestro lado en el conflicto -pasaron las horas y todo el esfuerzo de Mussolini fue en vano, la posibilidad de cerrar el Mediterráneo se esfumaba-: Yo se las haré llegar al Führer, aunque no le son en absoluto desconocidas ya que vienen a ser las mismas que en Hendaya -¡pero cómo podía presentarse ante Hitler con tal fracaso y decirle “lo siento Führer, estaba usted en lo cierto, Franco no accede a entrar en razón!”.
-Que me satisfagan de inmediato, tanto Alemania como Italia, las necesidades de trigo, armamento y carburante –repitió Franco, antes de que Mussolini añadiera:
-Y que se revisen las concesiones territoriales que España recibiría del Eje en el norte de África, una vez terminada la guerra y obtenida la victoria.
-Eso es- sentenció Franco- pero no se olvide, Duce, que mi corazón está con ustedes, que deseo la victoria del Eje. Es algo que va en interés mío y en el de mi país.
-Pues así se lo comunicaré al Führer... ¡ya veremos lo que se pueda obtener!
Quince minutos después, ambos líderes posaban ante la foto oficial del encuentro. El rostro de Benito Mussolini, debajo de una monumental gorra de plato, se mostraba taciturno, sin cesar de repetirse:
-¡Si mi fiel Galeazzo se encontrase aquí!

Acto IV:

 España expulsada de la Nueva Cancillería -12 de febrero de 1941-

Mussolini se apresuró en la elaboración de un memorándum de la entrevista de Bordighera, que acompañó de una carta personal dirigida a Hitler:

“Führer:

Franco, con su actitud de imposibilitar la operación contra Gibraltar, le hace un flaco favor al Eje. Con esto no solo demuestra su ingratitud hacia usted Führer y para conmigo, sino que además evidencia que carece de una auténtica visión política. Es dudoso ya que el Eje colabore con los españoles. Además, siempre queda en el aire el riesgo de que los españoles puedan volver sus armas contra el Eje. La historia muestra con ejemplos lo encarnizada que puede ser la resistencia española. Los españoles son hábiles y muy buenos soldados, especialmente capacitados para la defensa. Lamento que Franco se muestre tan desagradecido con Alemania e Italia, siento mucho que no pude conseguir que cambiara de opinión”.

Ribbentrop terminó de leer en voz alta la misiva y Hitler se puso bruscamente en pie. Abandonó su puesto tras la mesa de su despacho en la Nueva Cancillería mientras el eco de sus zapatos sobre el rico mármol parecía acompasar sus pensamientos. Tras dar un par de pasos cortos en derredor de Ribbentrop, que permanecía serio y de pie, resolvió con calma, sin un ápice de contrariedad, como resignado -o tal vez albergaba otros ocultos motivos que le hacían no tomarse a mal la actitud de Franco-:

-Ocupar España sin obtener antes el consentimiento de los españoles es algo irrealizable, ya que los españoles son el único pueblo latino duro y se dedicarían a una guerrilla en nuestra retaguardia. No quiero ni oír hablar ya más de este asunto.

El asunto español ya no se volvió a mencionar, jamás, entre los muros de la Nueva Cancillería.
 

martes, 11 de octubre de 2011

Gangrena gaseosa


En la Retaguardia del Isonzo: Hospital de Campaña italiano, agosto de 1917.

No podía creerlo. Debía de soñar todavía, seguro que una de esas pesadillas producto de la fiebre, porque abrió los ojos y vio, justo frente a su cama, al rey Víctor Manuel III rodeado de toda su comitiva y acompañado de los principales prebostes del hospital y del Regimiento.

-Convalece de su última operación, que se le realizó hace tres días –explicó uno de los Oficiales médicos a Su Alteza Real.

Era una pesadilla, obviamente, porque Mussolini aborrecía a la realeza y era imposible que el mentecato se encontrara, ahora, delante suyo, y escuchara encandilado los detalles de sus heridas de guerra. No, definitivamente, no podía ser eso de ningún modo.

-Lleva seis meses de hospital y le extraímos cuarenta y cuatro fragmentos de astillas y proyectiles tras veintisiete operaciones, dos de ellas se realizaron sin anestesia… -el Oficial médico recitaba los datos del heroísmo de Mussolini, que el enfermo interpretó como el momento ideal para formular una bravuconada:

-Esas operaciones sin anestesia…, las pedí porque quería ver el proceder los médicos, vigilarlos, ¡no fuera a despertarme sin piernas! –la chanza sólo fue recibida con medias sonrisas por el personal sanitario. No les gustó nada que el patán se burlara de ellos.

El rey tragó saliva tras escuchar la tontería e interpretó su personaje: un mamarracho a años luz del dolor, del sufrimiento, inmune incluso al propio resentimiento que brutos como Mussolini podrían albergar contra la monarquía a la que consideraban una sanguijuela que oprimía a los trabajadores.

Se dirigió, calmudo, al convaleciente:

-¿Dígame, Mussolini, se encuentra bien? –el interpelado abrió los ojos desaforados. ¿Podría encontrarse bien después de lo relatado? Decididamente, ese reyezuelo era un estúpido. ¡Qué lástima no poseer la totalidad de las fuerzas para correrlo a puñadas, para expulsarlo del Pabellón Médico a puntapiés y patadas!

-No me encuentro muy bien, Majestad –sin embargo, se contuvo a la hora de responder, presa de un extraño pudor que se negaba a reconocer como respeto.

-¡Bravo Mussolini! Aguante la inmovilidad y el dolor con valentía, es su deber –eso era todo lo que se le ocurría para transmitir ánimos. Al monarca le gustaría ser capaz de pronunciar unas palabras más elevadas, pero se sentía torpe, inhábil para ello, de su boca no brotaban más que nimiedades.

-Gracias Majestad –el reconocimiento brotó del pecho de Mussolini con un suspiro desgastado. En realidad querría mandarlo a tomar viento.

El rey reposó sus atribulados ojos en la mesilla del herido. Allí florecía la espléndida pipa de espuma de mar. Uno de los médicos se anticipó, sumiso, a la pregunta que se disponía a pronunciar Su Alteza.

-Es la pipa de Mussolini, no se separa de ella. La suele utilizar cuando lo sacamos al jardín para tomar el aire…

-Es muy bonita –murmuro el rey, encaprichado. Se aclaró la voz con una ligera carraspera para añadir-: Por el momento, convaleciente, no creo que el herido salga de nuevo al patio, así que no veo la necesidad de la pipa…

-En efecto, Alteza, no la necesita en absoluto –como si la pipa fuera suya, el médico dispuso a su antojo del objeto, ofrendándoselo al rey con un gesto de extraordinaria sumisión que, para los allí presentes, desprendió un olor repulsivo, de úlcera infecciosa.

Víctor Manuel III se guardó la pipa en un bolsillo de la guerrera militar. Mussolini lo aferró de una de las mangas. Se encontraba bajo los efectos de los medicamentos porque, lejos de percatarse del robo de su pipa a manos del personaje que para él podría ser el más indeseable que existía, le rogó al rey que dejaran de sonar los timbres de los teléfonos. En un lugar de reposo para heridos esos desconsiderados timbrazos perturbaban la calma.

Nadie se esforzó en explicarle al rey, que se marchaba del pabellón, que Mussolini creyó oír timbrazos en la campanilla de un monaguillo que acompañaba al sacerdote y que, en esos instantes, administraba la extremaunción al desdichado que ocupaba lugar en la cama de al lado, devoradas sus extremidades por la gangrena gaseosa.

lunes, 10 de octubre de 2011

La venganza del Mesozoico


En el Frente del Isonzo: Monte del Carso, Cota 144, 23 de febrero de 1917.

Parecía que sería una mañana tranquila, pero el capitán se empeñó en que no fuera así: ordenó maniobras para mantener alerta y en forma a la tropa y dispuso un fuego graneado de mortero sobre una serie de objetivos naturales. Debían apuntar al Portón del Este, localizado entre dos insolentes peñas del Mesozoico, o acertarle a la cota 265, ubicada en la falda de un montecillo de la época del Mioceno. Así, el orgullo de las piedras que la erosión y el paso de los siglos no consiguió destruir, sería borrado de la geografía y del mapa por unas bombas dirigidas por un puñado de astrosos milicianos italianos que, de muy mala gana, practicaban puntería por mero capricho de sus superiores. Cambrico, Magdaleniense, Carbonífero… periodos de tiempo fáciles de borrar de un soplido por la maquinaria bélica del hombre. Evaporados sin ningún sentido.

Un silbido, una parábola y el impacto elevaba un terrón de barro. El humillo blanquecino en suspensión permitía calificar la puntería de los artilleros.

-¡Sois unos burros! ¡Zopencos! –protestaba el capitán ante el mal ejercicio de sus hombres, que volvían a recargar una y otra vez. Los impactos cercaron los objetivos por la derecha, después los aliviaron con tiros demasiado alejados por la izquierda. Ahora, corrieron un breve, pero serio riesgo, de volar por los aires tras la corrección de unos grados al norte y, antes, fueron librados por exceso de inclinación al sur de los morteros; se probó la puntería quizás un poco más alta, también a tirar más abajo: los alrededores sembrados de cráteres, y en medio de todo, burlones, el Portón y la Cota se despechugaban indemnes.

-¡Inútiles, seguiremos hasta que acertéis, será mañana o el año que viene! –las airadas órdenes del capitán se contestaban con más fuego artillero y, si cabe, con peor puntería.

Entre la desgana generalizada llamaban la atención los servidores de uno de los morteros ubicados en el interior de una trinchera. El grupo se componía de cinco hombres. Uno de ellos era el sargento Mussolini, ascendido veintidós días antes. En lugar de atender a su cometido, enfriar la boca del artefacto con agua, se repantingaba al sol, apoyado en uno de los taludes, a buen recaudo de los prismáticos del capitán, engolfado con la fumada de la pipa de espuma de mar hurtada al enemigo. El fondo de la cazoleta prendía con una brasa rojiza a cada chupada, igual que la boca del mortero, incandescente ya desde un par de detonaciones anteriores. A unos metros reposaba un cubo de madera enmohecida, sin una gota de agua en su interior, y el cucharón necesario para refrescar la pieza. Los cinco hombres, retorcidos sus cráneos por el alto sol, con la resaca de la tarde anterior, bebieron toda la reserva de líquido por ver de paliar la sed y el dolor de cabeza provocados por la borrachera que sendas cantimploras de schnapps de ciruelas arrebatadas a los austriacos desencadenaron en sus ya de por sí mermadas facultades.

-¡Preparados para un nuevo disparo! –ordenó el capitán desde un altozano.

Un conejo, atolondrado por las descargas, brincaba de un lado a otro. Los soldados intentaban acertarle de un disparo con sus carabinas de peor puntería que los obuses.

-¡Dejad a ese animal en paz, idiotas! ¡Disparad fuego de mortero! –la orden, gritada con enorme desprecio, fue obedecida con la exasperante lentitud de quienes veían perderse ladera abajo el complemento a las insulsas cenas de rancho.

En cuanto embocaron el obús se dieron cuenta de lo que estaba a punto de suceder. El cañón de la pieza artillera blanqueaba por el calor, amenazaba con derretirse o reventar en el momento de escupir la munición.

Se miraron unos a otros. Era necesario refrescar el arma.

Rápido, agua.

El agua.

Mussolini mordió con fuerza la pipa en su boca. Abrió los brazos, no entendía qué le demandaban. Sus compañeros buscaron con ojos febriles el cubo tirado en un rincón. Mussolini comprendió la gravedad del asunto y se giró rápido en pos del cucharón. Escarbó en el interior de la madera carcomida y corroboró que no quedaba ni una gota de agua. Se volvió para advertir de tal circunstancia a sus camaradas, pero el aviso se le colgó de la boca como la pipa de espuma.

Un zumbido.

Una explosión sorda.

Una oleada de metralla destripó a los soldados, muñecos de paja, y arrojó, cargado de hierro y esquirlas, el cuerpo de Mussolini a cuatro metros de distancia.

El subteniente Francesco Caccese desbrozó un silencio de pánico reverencial y fue el primero en acercarse al lugar del accidente: Mussolini era el único que permanecía con vida. Su pierna izquierda, el pecho y la ingle, aparecían horadadas por pequeños pedazos de metal. En su boca, contraída por el éxtasis del dolor, aún permanecía intacta, de milagro, la pipa de espuma de mar. Esa misma pipa a la que sus manos acalambradas, antes del desmayo, se aferraron desesperadas mientras lo retiraban en camilla camino del Hospital de Campaña.

jueves, 22 de septiembre de 2011

La pipa de Mussolini


Ribera del río Isonzo: Octubre de 1915.

El aspecto devastado de la posición recién tomada. Los taludes de las trincheras desmenuzados. Cadáveres austriacos tremolados por los morteros, enormes ruinas desventradas. Restos de la intendencia, papeles oficiales, una taza desportillada, una cantimplora abollada. Ratas atribuladas en su ahíto ir y venir. Azufres en el aire pastoso y mefítico.

El soldado Benito Mussolini, del 11º Regimiento de Bersaglieri, empujaba un carromato junto a otros dos compañeros. Encaramado en el transporte, un mortero rudimentario, fatigoso de batallas y picado de óxidos, tormento de un asno bonachón hasta que la bestia se entregó consumida a una vereda del camino. Desde ese momento, los tres soldados fueron tres mulas de carga.

El carro embarrancó en el lodo. Un riachuelo subterráneo, redivivo por el soplo artillero –tan sólo vivificador para él- parió por los nuevos recovecos que las enormes lonjas de tierra desprendida le ofrecían. Fluido y cobrizo, anegó la hondonada del refugio en donde se ubicaba la abandonada retaguardia administrativa austriaca.

Mussolini aventó el aire que soplaba a su favor, un carnívoro que acecha a su presa. Ya podía olisquear el botín. Sabía que, durante las grandes retiradas británicas en Bélgica, los alemanes se encontraron deliciosas mesas con deliciosos manjares sin tocar, esperándolos a ellos, bodegas enteras olvidadas a la carrera, objetos de plata en los escritorios, magníficos artículos de caza y pesca, machetes nacarados, abrecartas de lujo, pisapapeles de la oficialidad, plumas, tabaco, picadura…, los austriacos puede que no resultaran tan espléndidos como los ingleses. Esa imagen pasó por su cabeza embutida y prieta bajo un casco ridículo. Tarde o temprano, el cobarde gobierno que regía Italia, que sólo deseaba enfrentarse a los austriacos, se vería obligado a declarar la guerra a los alemanes y esperaba que, de ser así, llegaría a tiempo para poder rebañar las trincheras teutonas.

Decidió que no se embarraría más con el carro ni con la pieza de artillería que remolcaba y abandonó su puesto ante los insultos de los compañeros. Si tenía que ensuciarse sería a la búsqueda de un botín provechoso.

Descendió por el talud y se fijó en sus maltrechas botas. Sería un golpe de suerte encontrarse con un soldado en el interior de la trinchera que ya no las necesitara. La intendencia austriaca siempre era de buena calidad. Mussolini removió unos escombros, restos de madera pertenecientes a un portón, y se topó con el acceso a la Estafeta, semihundida en las achocolatadas aguas del Isonzo que se colaban por las grietas de las paredes. En mitad de la sala flotaba un cadáver, estúpidamente aferrado a una pipa de espuma de mar.

El soldado Mussolini se introdujo en el barrizal hasta la cintura, rodeado de tampones, secantes y otro material de escritorio. A un lado flotaban los restos de una mesa, más allá, las patas de una silla. Las sacas de correspondencia desparramaban, a modo de cornucopia, su contenido. Los sobres, lánguidos hasta desmenuzarse en papilla, una pasta blancuzca y pegajosa.

Con gran esfuerzo quebró los dedos del desgraciado y rescató la magnífica pipa. Instantes después ya ascendía por el parapeto con el artefacto mordido en la boca. Pensó que ojala resbalara y se rompiera allí mismo una pierna: una bonita herida en el Frente para irse de vuelta a casa con honores de veterano. Al coronar la cresta le llovieron los insultos de su sargento, llamándolo burro, bestia y animal por varar la pieza de artillería en mitad del camino y provocar un monumental atasco en la avanzada. Los gritos, la reprimenda, disipó los tempranos sueños de gloria del soldado Benito Mussolini.

Humillado, agachó la cabeza y guardó la pipa en uno de los bolsillos de su guerrera. La boquilla, húmeda de los salivazos de su difunto dueño y por el fango de la trinchera, le dejó un regusto amargo, el mismo de esas veces en que se le iba la mano con el vino tinto o con la grappa; ese sabor de domingo por la mañana, con el sol que dolía en las sienes.