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viernes, 6 de julio de 2012

Bufonada histórico-política en 4 actos


Acto I:

¡Defenderemos a Italia de los italianos! -11 de febrero de 1941-

-La situación en el Mediterráneo es crítica, Galeazzo, necesitamos cerrarlo con la conquista de Gibraltar, para así anular los convoyes aliados que tanto nos fastidian- le dijo Mussolini a su yerno y, por extensión, Ministro de Asuntos Exteriores, el conde Ciano.

-Debemos reconocer, Duce, que los éxitos británicos en África, al mando de ese Wavell, nos han puesto en una posición incómoda, aunque Rommel parece un hombre de talento. Desde luego, Hitler no le ha dado a usted la espalda tras el fracaso de Graziani... –Mussolini interrumpió violentamente a Ciano al escuchar ese nombre:

-¡No pronuncies a ese bastardo de Rodolfo!

-Calma Duce, calma- intentó apaciguarlo Ciano.

-¡Ni calma ni nada! Ese hombre es la vergüenza del ejército italiano, ¿qué digo del ejército? ¡Es la vergüenza de Italia!

-En verdad, parece que nos equivocamos al otorgarle el puesto del mariscal Italo Barbo- el Duce, al oír el nombre de Barbo volvió a explotar con furia:

-¡Ese era un gran militar! ¡Querido Galeazzo, ya no quedan hombres así en Italia, al mando del ejército Italiano! Ahora tan sólo quedamos tú y yo... –Mussolini efectuó aquí una dramática pausa, como si con ella recordara otros momentos pasados, tal vez mejores, felices para Italia y para el denostado ejército italiano, que se dejaban entrever en las muecas reflexivas y en los gestos, seguidos de un insistente cabeceo resignado y a la par inconformista, esculpidos en el rostro del Duce. Un Duce que se empezaba a ver algo avejentado, de una incipiente obesidad y cuyo corte de pelo casi al cero confería a sus facciones unos rasgos de dureza que lindaban con la brutalidad. Por el contrario, Ciano se mostraba acicalado, elegante y bien vestido con su uniforme de aviador, cuidado incluso en el último y apolíneo detalle.

-Mira, yo todavía, pese a las conclusiones de la comisión y de su asqueroso informe, no estoy convencido de que a Balbo no se lo cargaran con una conspiración –prosiguió Mussolini.

-¡Pero Duce, si las pruebas demostraron que su avión fue derribado por error, un lamentable error mientras sobrevolaba Tobruk! –Ciano se negaba a admitir los argumentos de una conspiración en el seno del propio ejército italiano.

-¡Abatido por nuestra propia artillería antiaérea! –tras un nuevo silencio, Mussolini cerró la discusión-. Ese Graziani ha demostrado ser tan incompetente que no dudo en que lo organizara todo para eliminar a Balbo y alcanzar así un escalafón al que jamás podría aspirar de otra manera... Pero que idioteces digo, ¡Graziani sería incapaz de organizar una operación tan complicada! ¡Pero no me obligues a creer en el informe de esos chupatintas! ¡Otro, bien podría llevar a cabo todo el plan para beneficiar a Graziani!

-Bueno, ese asunto ya está olvidado, con el cambio de Graziani por Gariboldi al menos defendemos algunas de nuestras posiciones más delicadas en África –resumió Ciano con afán conciliatorio.

-Sí, pero a qué precio... –murmuró Mussolini-, ¡defendernos!, esa fue la desastrosa aportación de Graziani, que se convirtió en el coronel más joven de Italia en la Gran Guerra, unos dudosos méritos por los que nos dejamos impresionar, ¡qué estúpidos fuimos! ¡El Nuevo Escipión, le llegaron a apodar! La estupidez humana y la del pueblo italiano no conocen límites, Galeazzo.

Ciano se limitó a asentir, pero el Duce aún murmuraba acerca de Graziani y de la destitución fulminante con la que lo castigó. Al respecto, añadió en alto, para que Ciano tomara nota de sus palabras… por si acaso:

-No, no queda ni una pizca de honor en Italia. Si Graziani fuera un hombre honor, tras su fracaso africano, que nos obliga a lo que ahora nos obliga, se suicidaría de buen grado antes que aceptar la humillación de la destitución... ¡Y yo lo enterraría, pese a toda su incompetencia, con honores de mariscal, como un héroe de la patria! Sin embargo... ¡Míralo ahí, en el Lazio, patéticamente refugiado con su familia, acobardado junto a su mujer y sus hijos, retirado de todo!

-Parece que Rommel invertirá el curso de las cosas por allá abajo –Ciano se mostraba optimista ante los refuerzos enviados al Norte de África, comandados por Rommel, a la par orgulloso de que el Reich, el país más poderoso del mundo, ayudara así a Italia con que tan sólo se lo pidiera.

-No te engañes Galeazzo –el Duce adoptó un tono casi paternal con el marido de su hija, por el que, ciertamente, sentía una debilidad casi paternofilial-, Hitler nos ayuda en África a cambio de conseguir lo que tendré que lograr yo personalmente en mi cita en Bordighera.

-¿Qué España entre en la guerra?

-Desde luego... y ese Franco es un hueso duro de roer, tan cerril y cabezota. ¿Sabes lo que me confesó el Führer tras su entrevista con él en Hendaya? –Ciano negó con la cabeza, no sabía-. ¡Pues que prefería dejarse sacar las muelas antes que volver a entrevistarse con Franco!- ambos personajes rieron francamente, a gusto, la ocurrencia. Se carcajearon desde sus tarimas de poder.

-¡Por eso nos tocará a nosotros ahora hablar con él!- exclamó Ciano.

-Por eso- y Mussolini esbozó una sonrisa de complicidad que fue recibida con otra carcajada, ahora más tenue, por parte de Ciano -: Mira, Franco es un hombre de corazón valeroso, pero en este asunto yo opino como Hitler, se ha convertido en jefe por una carambola y carece de talla, tanto de político como de organizador. Si España no entra en guerra de nuestro lado, inminentemente, el Führer asegura que Franco cometería el error más grande de toda su vida. Y además, ¡qué diantres!, ese hombre es un desagradecido, ya lo sabes tú bien, Galeazzo, la ayuda que tanto el propio Hitler como yo le prestamos cuando se encontraba en apuros... Ese desagradecimiento apena mucho al Führer, pero a mí, que me tomo las cosas de diferente manera, me enciende.

Ciano trató de que Mussolini no montara de nuevo en cólera, ahora que parecía más calmado, así que desvió el asunto del “desagradecido Caudillo español” por los derroteros estratégicos que deberían abordar en la conferencia:

-Resumamos, Duce, que Franco nos debe permitir cerrar el Mediterráneo con su entrada en la guerra del lado del Eje, permitirnos la conquista de Gibraltar y la expulsión de los ingleses del Peñón, pues para ello envió Hitler las divisiones de Rommel al África del Norte en nuestro socorro.

-Exacto... Si Franco es un hombre inteligente, circunstancia que ya comienzo a poner en duda, nos permitirá el libre acceso a la península ibérica para que demos un golpe de mano que cambie el curso de la guerra en el Mediterráneo –los ojos de Mussolini brillaban de satisfacción al recrearse en el estratégico cierre del mar por el Estrecho, con todo lo que eso significaría de aumento de su prestigio ante Hitler, al que idolatraba, si le llevaba en bandeja las concesiones que el propio Führer en persona no fue capaz de arrancarle a Franco.

-Mis contactos con Serrano Suñer no son malos, los españoles están receptivos a tal efecto, diríase que hasta ansiosos de escuchar nuestras propuestas –Ciano intentaba agradar a Mussolini.

-¡Eso espero Galeazzo, eso espero! Ya lo decían los marinos británicos: “quién domina el Mediterráneo domina el mundo” y, como dice Churchill, “el Mediterráneo es el bajo vientre de Europa” -Ciano guardó un respetuoso silencio ante las citas del Duce. Este, tras una leve pausa, continuó-: Inglaterra será batida. Inexorablemente batida; ¡ésta es una verdad que les vendrá bien a todos metérsela en la cabeza! -llamaron con los nudillos a la puerta del despacho. Ciano exclamó alborozado:

-¡Bueno Duce, debo marcharme ya! Bien siento no poder permanecer a su lado en la conferencia, pero ya sabe que soy un piloto destinado al frente griego... ¡y se debe predicar con el ejemplo!

Mussolini sentía mucho que su fiel  Galeazzo, tan válido, no lo ayudase en su reunión con Franco, pero no podía privarlo de asistir al frente griego rogándole que se quedara, sobre todo tras darle toda esa charla sobre el honor...

-¡Ve tranquilo, yo me basto y me sobro para acabar con las tonterías y los delirios de ese charlatán de Franco! Además, el frente es el destino y el lugar de un valiente aviador de la Regia Aeronáutica, en la defensa de este país, que debería de empezar por protegerse de sus propios habitantes. No, no voy a impedirte que vayas.

Ambos hombres se miraron fijamente, Ciano iba a pronunciar unas frases de agradecimiento que comenzó con un balbuciente “Duce...”, pero que Mussolini cortó de raíz con un “ya está aquí tu coche”. Se levantaron de las butacas del Salón del Mapamundi en el Palazzo Venecia de Roma, absolutamente convencidos de que tras la cita en Bordighera, España, la testaruda España, entraría en la guerra del lado del Eje, sin reservas. Las horas de Gran Bretaña en la contienda, tras esa circunstancia, parecían contadas, al menos así lo pensaba Ciano: “Gran Bretaña está perdida, Franco será incapaz de resistirse al influjo y la personalidad del carismático Duce”, se repetía mientras en el coche oficial se dirigía al aeródromo, con más miedo en el cuerpo que un perrillo apaleado que huye de los soportales…

Acto II:

Cita en Bordighera -12 de febrero de 1941-

Bordighera es una recoleta localidad italiana, en la Liguria, cercana a la frontera francesa. Francisco Franco se desplazó allí para verse cara a cara con Benito Mussolini, el Duce que, según parecía, se encontraba inmerso en una situación delicada en África a causa de la incompetencia de sus mariscales. Por supuesto, Franco no pensaba pronunciar una sola palabra acerca de eso, como Mussolini no pensaba, ni remotamente, arrojar con orgullo reproches acerca del agradecimiento que España, la “España nacional de Franco”, estaba obligada a demostrar por Italia, por la ayuda prestada en la Guerra Civil.

-Estoy convencido, Caudillo –le expresaba Mussolini en un buen español que relajó mucho a Franco al poderse liberar de la presencia de los incómodos traductores de rigor en las entrevistas- de que el Eje alcanzará una victoria total en la “cruzada”.

El Duce no era tonto, salpicaba su discurso con términos afines a Franco, tales como “Caudillo”. Al dictador español le causaba una inmensa alegría escucharse así nombrado de boca de un poderoso personaje y “cruzada” era palabra con la que parecía identificarse por completo el destino de Franco, de Hitler e, incluso, del mismo Mussolini. Sí, la conjunción de guerras, una tras otra, no era sino una cruzada emprendida contra los bolcheviques.

-Mire, Caudillo, es absolutamente imposible que España permanezca al margen de la guerra, ¡no puede permanecer por más tiempo al margen de la guerra! –aunque alzaba el tono de voz, no por ello se mostraba amenazante, ni mucho menos, era un recurso que Mussolini utilizaba a veces para recalcar la importancia de unas palabras insertadas en la totalidad del discurso-. Obviamente, en esto tanto el Führer como yo queremos ser exquisitamente claros, las fechas de entrada de España en el conflicto tan sólo dependen, exclusivamente, de sus decisiones, Caudillo.

-Mire, Duce –Franco iniciaba su réplica-, España, yo mismo y mi gobierno, no nos negamos a entrar en el conflicto, del lado del Eje, obvio es decirlo, pero como ya le transmití al Führer en Hendaya, una colaboración militar con el Eje de la categoría que ustedes desean nos llevaría a una situación crítica que no deseo para el país. España necesita suministros de trigo y gasolina que ahora recibimos de ultramar y que, inevitablemente, se nos cortarían de raíz en cuanto nos alineáramos militarmente con el Eje; venimos de una cruel guerra, derrotar al demonio rojo nos ha debilitado. Hoy por hoy no puedo permitirme ni permitir a los españoles la supresión de esos suministros.

Hitler ya le advirtió de que Franco era testarudo, pero no importaba, él, el Duce, lo conseguiría, lograría que entrara en razón, ¡vaya que sí, entraría en razón!

Acto III:

Despedida en Bordhigera -12 de febrero de 1941-

-Muy bien, entonces tomo nota de sus dos condiciones para entrar de nuestro lado en el conflicto -pasaron las horas y todo el esfuerzo de Mussolini fue en vano, la posibilidad de cerrar el Mediterráneo se esfumaba-: Yo se las haré llegar al Führer, aunque no le son en absoluto desconocidas ya que vienen a ser las mismas que en Hendaya -¡pero cómo podía presentarse ante Hitler con tal fracaso y decirle “lo siento Führer, estaba usted en lo cierto, Franco no accede a entrar en razón!”.
-Que me satisfagan de inmediato, tanto Alemania como Italia, las necesidades de trigo, armamento y carburante –repitió Franco, antes de que Mussolini añadiera:
-Y que se revisen las concesiones territoriales que España recibiría del Eje en el norte de África, una vez terminada la guerra y obtenida la victoria.
-Eso es- sentenció Franco- pero no se olvide, Duce, que mi corazón está con ustedes, que deseo la victoria del Eje. Es algo que va en interés mío y en el de mi país.
-Pues así se lo comunicaré al Führer... ¡ya veremos lo que se pueda obtener!
Quince minutos después, ambos líderes posaban ante la foto oficial del encuentro. El rostro de Benito Mussolini, debajo de una monumental gorra de plato, se mostraba taciturno, sin cesar de repetirse:
-¡Si mi fiel Galeazzo se encontrase aquí!

Acto IV:

 España expulsada de la Nueva Cancillería -12 de febrero de 1941-

Mussolini se apresuró en la elaboración de un memorándum de la entrevista de Bordighera, que acompañó de una carta personal dirigida a Hitler:

“Führer:

Franco, con su actitud de imposibilitar la operación contra Gibraltar, le hace un flaco favor al Eje. Con esto no solo demuestra su ingratitud hacia usted Führer y para conmigo, sino que además evidencia que carece de una auténtica visión política. Es dudoso ya que el Eje colabore con los españoles. Además, siempre queda en el aire el riesgo de que los españoles puedan volver sus armas contra el Eje. La historia muestra con ejemplos lo encarnizada que puede ser la resistencia española. Los españoles son hábiles y muy buenos soldados, especialmente capacitados para la defensa. Lamento que Franco se muestre tan desagradecido con Alemania e Italia, siento mucho que no pude conseguir que cambiara de opinión”.

Ribbentrop terminó de leer en voz alta la misiva y Hitler se puso bruscamente en pie. Abandonó su puesto tras la mesa de su despacho en la Nueva Cancillería mientras el eco de sus zapatos sobre el rico mármol parecía acompasar sus pensamientos. Tras dar un par de pasos cortos en derredor de Ribbentrop, que permanecía serio y de pie, resolvió con calma, sin un ápice de contrariedad, como resignado -o tal vez albergaba otros ocultos motivos que le hacían no tomarse a mal la actitud de Franco-:

-Ocupar España sin obtener antes el consentimiento de los españoles es algo irrealizable, ya que los españoles son el único pueblo latino duro y se dedicarían a una guerrilla en nuestra retaguardia. No quiero ni oír hablar ya más de este asunto.

El asunto español ya no se volvió a mencionar, jamás, entre los muros de la Nueva Cancillería.
 

jueves, 5 de julio de 2012

Cita en Hendaya

-veintitrés de octubre de 1940-:

El Führer echaba chispas de indignación. En un alemán rapidísimo -que le confería un aspecto aún mucho más terrible-, vertiginoso, se dirigió a su séquito, formado por su Ministro de Negocios Extranjeros, Ribbentrop, por el mariscal Keitel y por el Estado Mayor en pleno, que se encontraban formados en el andén. No dejaba de señalar, con visibles aspavientos de disconformidad, el reloj. El tren en el que viajaba Franco parecía no llegar nunca. ¡Con lo puntual que Adolf era siempre! Estos detalles demostraban bien a las claras el carácter de un país, un país con una red de ferrocarriles de tercera categoría e impuntual. Bueno, debía mostrarse comprensivo, acababan de salir de una guerra contra el demonio bolchevique y aún existían muchas partes de la infraestructura destruidas. Pero aún así... ¡Era impensable dar plantón al líder del Tercer Reich! Desde luego, eso demostraba todo el carácter de un pueblo. Los alemanes, siempre serios, siempre en punto, en la cima del mundo. Los españoles alcanzaban lo exigido con grandes apuros, ¡llegaban siempre tarde! ¿Que podían representar en el concierto mundial? Esa impuntualidad, esos malditos retrasos...

Adolf Hitler se mostraba excesivamente nervioso en su espera, recorría el andén de arriba abajo como un león enjaulado en el zoo de Berlín.

-¡Vaya fresquete! -le dijo uno de los guardias de la estación de Hendaya a otro.

-Sí, ya sabes, por aquí el clima es algo fresco en esta época del año, ten en cuenta que anda muy avanzado el mes de octubre -les interrumpió el desvencijado ruido, el lastimoso crujido de un tren que llegaba. Eran las tres y media de la tarde, un poco pasadas ya. Franco arribaba con un levísimo retraso de escasos minutos.

-¡Por fin! -exclamó aliviado el Führer. Se caló bien la gorra, se ajustó sus cinturones y correajes del uniforme y se enderezó la medalla de la Cruz de Hierro que lucía en la pechera. Se peinó el flequillo con las manos, de forma informal, pero marcial.

Hitler llegó a la estación de Hendaya a las tres y veinte de la tarde. Una decena de minutos más tarde aparecía Franco, por lo que se podía decir que el tren del mandatario español fue bastante puntual. En ningún caso el ligero retraso de Franco, ocasionado por el deplorable estado de las vías españolas, pudo parecer una descortesía con los alemanes. Incluso se hubiera visto muy mal, como un error de protocolo, que los visitantes españoles se presentaran en la cita antes que los anfitriones. Bien es cierto que los casi diez minutos de retraso pusieron nervioso a Hitler porque no existe nada que le crispe más los nervios a un dirigente que los ratos muertos, no contemplados en la agenda, esos que obligan a improvisar, a correr el enorme riesgo del fracaso, de errar, de mostrarse como se es en la realidad y no como el líder pretende que se le admire: en su total perfección milimétrica y ensayada.

En cualquier caso, el retraso se magnificaría después por el régimen y pasaría a formar parte de la leyenda franquista al interpretarse como una astuta maniobra del Caudillo en un intento de provocar el nerviosismo de Hitler. Una especie de inteligente jugada que no existió jamás.

Franco se apeó ligeramente trastabillado del vagón, pisó mal un escalón y casi tropezó. Estuvo en un tris de rodar por el piso. A Hitler no le hubiera parecido nada mal tener a sus pies, humillado, aunque fuera sólo por un instante, al astroso Caudillo español del tres al cuarto, ese que decían que era el más joven de Europa, con tanta gloria adquirida tras su victoria sobre las hordas marxistas. De todas maneras, no debían olvidar los españoles que gran parte del éxito de Franco –por no decir que todo el éxito- se lo debían al apoyo del Reich alemán y, en menor medida, a su aliado italiano, que aportaron los elementos necesarios para que los nacionales ganaran esa guerra. ¿O es que acaso se le olvidó ya al pueblo español victorioso, tan pronto, la inestimable ayuda prestada por Alemania en la campaña del Norte, la presencia de la Legión Cóndor, la toma de Bilbao, el importantísimo papel de los tanques y blindados alemanes en la batalla de Teruel, e, incluso, la presencia junto a los ejércitos de Franco del mando estratégico conjunto del general Sperrle y del coronel Von Richtofen? Sin su ayuda y sin la de Mussolini, sin los aviones, sin las piezas de artillería antiaérea, sin las bombas y misiles, sin las municiones proporcionadas, sin el puente aéreo que establecieron los pilotos alemanes con nueve Ju-52 que transportaron a veinte mil hombres de las tropas bloqueadas de Franco desde África a la península, ahora no existiría ninguna España nacionalista ni ningún Caudillo. A Hitler le molestaba sobremanera la posibilidad de que, tan temprano, todo eso se le olvidase a Franco.

Tras el Caudillo, descendió Serrano Suñer, Ministro de Asuntos Exteriores, y los jefes de las Casas Militar y Civil. El propio Hitler, junto a Ribbentrop y Von Brauchitsch, se dirigió hacia ellos con profusas muecas de cordialidad y satisfacción.

-¡Vosotros! -le ordenó un coronel español a un grupo de soldados- ¡Vigilad que nadie entre en la estación, bloquead las puertas! -los soldados se fueron a paso ligero, solícitos, a cumplir la orden.

Hitler alzó su brazo:

-Heil! –exclamó alguien desde una fila trasera. Ambos mandatarios se dieron la mano.

-Encantado de verle -le espetó Franco en una frase interpretada en un burdo alemán y aprendida a marchas forzadas para la ocasión.

-Por fin satisfago un viejo deseo -manifestó Hitler.

Hechas las presentaciones, subieron al vagón-salón donde se celebraría la conferencia. Después se les unieron los traductores, con el barón de las Torres por parte española y Gross por la alemana. En el inicio del conciliábulo, Hitler hizo una primera declaración de intenciones:

-Soy el dueño de Europa y como poseo doscientas divisiones a mi disposición, no hay más que obedecer –Franco, dispuesto a pedir un sueño colonial mediterráneo inverosímil a cambio de la entrada en la guerra, sintió que se atragantaba ante tal inicio...

Mientras, el embajador de España en Berlín, el general Espinosa de los Monteros, y el de Alemania en Madrid, Von Sthorer, ya bebían cálidas y reconfortantes copas de vino en otro vagón cercano, y confraternizaban junto al resto de los séquitos que no tuvieron acceso a la entrevista. Al final, en el turno de las despedidas, un Hitler visiblemente contrariado por no obtener nada en claro de la reunión se dirigió a Ribbentrop con las palabras:

-Mit diesen Kerlen kann man nichtsmachen! (¡Con estos sujetos no se puede lograr nada!).

De nuevo, al partir, en mitad del marcial saludo de Franco, cuadrado y aguerrido militarmente sobre la plataforma del vagón, el tren pegó un súbito acelerón que casi dio con el Caudillo más joven de Europa en el suelo, a la altura de las botas de Hitler, de no ser por la providencial ayuda prestada, en forma de agarrón, de su jefe de la Casa Militar, el general Moscardó.

sábado, 30 de junio de 2012

Himmler en los toros



-Madrid, 20 de octubre de 1940-: 


-¡Date prisa, por Dios, Tato! -el Chocolate angustiaba con tantas urgencias a su aprendiz de la imprenta taurina. Debían empapelar todo Madrid con los cartelones, pero empapelarlo a base de bien. Toda la ciudad tenía que saberlo, estar perfectamente al tanto del acontecimiento porque no se trataba de una corrida más, no, que en ella se interesaba, nada menos, que el Palacio del Pardo.

El Chocolate nunca llegó a pasar de ser un mero monosabio al que una inoportuna cornada dejó cojo en la plaza de Chinchón, durante una aciaga tarde de fiestas del pueblo, de esas veces en las que vienen mal dadas. Su aprendiz, Tato, que soñaba con llegar a ser torero algún día, ponía empeño y ganas en la imprenta taurina, pero se le veía al chico sin madera, ni para lo uno, un tanto corto a la hora de desenvolverse entre prensas y tipos, ni para lo otro, lo del toreo, sin talento ni buenas maneras.

Casi siempre que se preparaba una corrida en las Ventas les encargaban de la impresión de los carteles, pero para una ocasión tal, tan solemne, las cosas se presentaron de muy diferente manera. Acudieron al taller unos siniestros hombres del Palacio del Pardo, dictaron los endiablados textos e incluso proporcionaron algunos de los elementos que deberían aparecer en la composición del aviso. Era una labor compleja y de responsabilidad, un trabajo difícil del que debía quedar satisfecho el mismísimo Caudillo.

El Chocolate levantó el primer cartel y lo miró a contraluz, para luego pasárselo al señor de traje oscuro que llevaba toda la tarde de supervisor de la tarea y que parecía que los miraba algo amoscado. El torero cojo exclamó orgulloso:
-¡El propio Generalísimo quedará satisfecho con esto! -el hombre asintió con la cabeza y les ordenó:

-¡Pues, ea, a empapelar Madrid!

El cartelón, de fondo totalmente rojo, un color que tal vez no era muy bien visto por el régimen franquista, iba encabezado por un yugo y unas flechas en blanco. Bajo ellas se leía: “PLAZA de TOROS de MADRID”, a lo que seguía una extraordinaria cabeza de toro grabada a plumilla y tinta china. Tras el retrato del animal ponía:

El domingo, 20 de octubre de 1940 (si el tiempo no lo impide y bajo la presidencia... etc., etc., etc., con todos esos formulismos repetitivos habituales) GRAN CORRIDA DE TOROS organizada en honor de S.E. el REICHSFÜHRER S.S. HEINRICH HIMMMLER con asistencia de las Autoridades y Jerarquías del Partido. SE LIDIARAN SEIS MAGNIFICOS TOROS, 3 con divisa azul y encarnada de D. Bernardo Escudero, de Madrid y 3 con divisa verde y grana de D. Manuel Arranz, de Salamanca. Espadas: Marcial Lalanda, Rafael Ortega “Gallito”, Pepe Luis Vázquez, que confirmará la alternativa...

Luego, seguía la monótona relación de los nombres de los picadores, los picadores reserva y los banderilleros, las advertencias acerca del apartado de los toros y el precio de la entrada: 2,50 pesetas.

El cartel se cerraba, en su base, con una descomunal cruz gamada negra insertada en un círculo blanco.

-Ha quedado de rechupete -le murmuró el Chocolate al Tato. Ambos se dirigían por la calle de Alcalá, a la búsqueda de los lugares acostumbrados de pegada de los carteles. El Chocolate arrastraba una espectacular cojera y se tambaleaba al caminar entre los cubos y el engrudo que transportaba con dificultad.

La entrevista de Franco con Hitler en Hendaya se veía precedida por la visita de buena voluntad de Heinrich Himmler, el Reichsführer y jefe de las SS, con el objetivo de allanar el camino de las relaciones. Con la visita, Himmler se convirtió en el miembro del gobierno del Tercer Reich que con mayor rango visitó España. Entró por Irún el diecinueve de octubre de 1940, paró en San Sebastián, visitó la Diputación, el Palacio de San Telmo, el Club Náutico y el Monte Igueldo. Tras almorzar se marchó a Burgos para conocer la Cartuja y la Catedral y, a las once de la noche, a bordo de un tren especial, se encaminó en dirección a Madrid, ciudad a la que llegó el domingo veinte.

Tras las preceptivas recepciones y la entrevista en el Pardo con Franco, Himmler acudió esa tarde a los toros. El Chocolate y el Tato desempeñaron bien su trabajo y, en el trayecto que lo condujo a la plaza, Himmler pudo ver desde su coche un buen número de cartelones adornados con la esvástica, pegados por las paredes y las vallas de las calles.

Se acomodó en el palco, saludó con la mano en alto y dio comienzo la corrida. Allí permanecía impenetrable, con ese diminuto rostro que todo lo oteaba detrás de sus ridículas gafitas, como un búho al acecho de sus presas, sin dejar de mirar en derredor de la plaza como anonadado, pensativo, inmerso en asuntos y problemas ajenos a la estúpida y sangrienta corrida de toros que lo aburría mortalmente. Göring ya le advirtió de que, si viajaba a España, le obligarían a pasar por esa barbaridad de la que los españoles se sentían tan orgullosos. ¡Que salvajes! ¡Cuanta sangre! ¡Qué inhumanidad!

Dos aficionados entrecruzaron con disimulo varias frases acerca de la presencia de Himmler en la plaza:

-¿Pero qué puede saber ese cabeza cuadrada de toros?

-¡Shhh! ¡Baja la voz Manolo, no sea que te oigan!

-Me apuesto lo que quieras a que no se entera de nada. ¿Pero es que no le ves la cara de estúpido que tiene?

Himmler no durmió muy bien esa noche, asaltado por sangrientas pesadillas relacionadas con la corrida de toros. Al día siguiente, vio El Escorial y viajó a Toledo para recorrer el Alcázar. Ensimismado, rumiaba sus ideas, hastiado de España. Al visitar un monasterio benedictino y contemplar una imagen de la Virgen con el Niño manifestó, ante la incredulidad de unos acompañantes que en absoluto se atrevieron a mostrarse en desacuerdo:

-Ambos son, indiscutiblemente, de origen nórdico.

Al  día siguiente, marchó a Barcelona y, desde allí, salió en avión con destino a Alemania y a la búsqueda de ese destino que lo aguardaba: un pomo de cianuro y los soviéticos a sangre y fuego sobre la ruinas de Berlín.