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jueves, 13 de febrero de 2014

hitler de carnestolendas



de aquella época recuerdo el frío, el frío de tu casa, eso por encima de todo, y también las ganas de escribir, las ganas que tenía de escribir y de cómo me atrincheraba en tu pisito, pequeño y sin calefacción en un ático cochambroso de alonso martínez y, en efecto, yo quería ser escritor y tú ni tan siquiera te planteabas eso, salías de casa todas las mañanas camino del trabajo en la empresa de tele-marketing y me dejabas allá, en la soledad helada que habíamos intentado calentar durante el desayuno utilizando la vetusta chimenea, quemando unos tocones de papel prensado barato y cutres que apenas daban calor

de aquella época recuerdo eso, mis intentos por escribir, entonces una novela que acabó en el fondo de un cajón y junto a otras tantas aspiraciones de mis fracasos y recuerdo también que en aquella época, por entonces, no había ni facebook ni twiter ni redes sociales ni nada de eso, y que me dedicaba a escribir todo el día mientras tú llamabas y llamabas en tu tele-marketing intentado colocar unidades y unidades de objetos inútiles, cuchillos de cocina, colecciones de discos o aparatos de gimnasia, y yo en la congelación de la literatura escribía en la buhardilla muerto de frío

recuerdo que una mañana de aquella época en la que yo quería ser escritor y tú ni te imaginabas que serías escritor decidimos terminar con el frío quemando en la chimenea libros, si libros de la biblioteca, libros de los que durante un tiempo atrás, asesorado por dios sabe que cuadrilla de imbéciles, habías ido comprando, la mayoría de segunda mano y baratos, aunque también ardió, y con chisporroteos de placer, alguna que otra edición de lujo del best seller del momento

y recuerdo que arrojamos, con deleite incluso mucho más allá de las expectativas de calor que podrían proporcionarnos, ejemplares de novelas de edgardo merendoza, mudaina grandezas, mémez verte, sanchís dragontea y, cómo no, aquellos espantos de saray auriga, el peor de todos ellos, en particular su novela entokiados, por ejemplo, que daba ganas de vomitar, y recuerdo tu sonrisa de medio lado plena de odio y aborrecimiento literario cuando como si fueras un nazi ante la pila erigida y exigida por el mismísimo führer entregaras al sacrificio del fuego purificador el entokiados de saray auriga, con gran merecimiento de que una mierda así se calcinara y al menos nos calentara un poco

recuerdo que no conseguí publicar nunca nada y que dejamos de vernos, que nos perdimos la pista y que los tiempos en los que no había twitter ni facebook se extinguieron y dieron paso a los tiempos en los que si hay twitter y facebook y entonces me topé de nuevo contigo, bueno más que contigo con lo que parece ser tu reencarnación mediática y oportunista de escritor maleable vendido al ideal de unas gafas de pasta y una cuadrilla de colegas aduladores

entonces he sentido ganas de vomitar, hoy he leído un tweet tuyo, un tweet emético que elogiaba la nueva novela de saray auriga, que tanto estabas disfrutando con su lectura

disfrutando de la nueva novela de saray auriga felicidades amigo

y la vergüenza al recordar como ardía entokiados en la chimenea de la buhardilla de alonso martínez y te cagabas en la madre que parió a saray auriga que no parecía ser entonces nada amigo y te enciscabas en toda su obra y regodeabas en la pira de fuego como un pequeño hitler de carnestolendas y cuchufleta y ahora que pareces tan amigo

porque unos a otros os acaricias el lomo unos a otros vendidos a los premios unos a otros y al marketing que ya ni siquiera es tele-marketing que es marketing directo

y unos a otros

y entonces entendí que te hiciste un escritor consagrado de los que son líderes de opinión en 140 caracteres de esos a los que a la gente les interesa tanto cuando avisan que van a cagar o han pillado purgaciones y no pude ya indignarme mucho más porque entonces comprendí

comprendí que tú y todos los tuyos, aquellos de quienes quemábamos las novelas en la chimenea, averiguasteis hace mucho tiempo la clave en esto de la literatura moderna, que se reduce a una cuestión de chuparse las pollas

y si acaso después a un buen enjuague bucal

y bueno

que recuerdo todo eso

miércoles, 8 de agosto de 2012

En el bucólico Wansee

1-Invitación a comer con la muerte
–preparativos para llevar a cabo el Holocausto, nueve de diciembre de 1941-

"Les invito a una discusión, seguida de un almuerzo, el nueve de diciembre de 1941, a las doce horas y en la oficina de la Comisión Internacional de la policía criminal, Berlín, Am grossen Wansee, Nr. 56/58".

La invitación cursada por Reinhard Heydrich encontró un retrasó de algo más de un mes a causa de que, ese mismo nueve de diciembre, Japón bombardeó Pearl Harbour y eso conmocionó los cimientos administrativos del Reich que, presurosos, le declararon la guerra a Estados Unidos.
Así, la nueva fecha para celebrar la conferencia se fijó en el veinte de enero de 1942.

2-En el bucólico Wansee
-la sentencia de muerte, un veinte de enero de 1942-

-Muy bien señores, veo con agrado que han acudido todos ustedes, que recibieron mi carta en la que hablaba por representación del Führer

Reinhard Heydrich, comandante general de las SS  y Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, de una elegancia perenne, con ese porte y ese toque de distinción y apostura que hacía que el uniforme le sentara como a un dandy y que todos los demás aparecieran ante él como unos patanes, aguardó pacientemente a que los conferenciantes ocuparan sus posiciones en torno a la mesa en donde se indicaba, mediante papelitos con los nombres escritos adecuadamente, el lugar correspondiente a cada uno.

Una vez acomodados, se abrieron los voluminosos dosieres preparados por Adolf Eichmann, que actuaba como el encargado de redactar y levantar acta de todo lo que allí se dijera al respecto del asunto tan delicado que pretendían tratar. Eichmann se encontraba parapetado en un extremo de la mesa, junto a la ventana, porque por allí penetraba mayor luz y él no veía muy bien (siempre llevaba unas horripilantes gafas de culo de vaso).

Iban a celebrar una conferencia sobre un asunto harto espinoso: cómo terminar con el problema judío en los territorios del Reich y qué medidas definitivas se deberían adoptar al respecto.

Heydrich, tras un gestito de nerviosismo controlado, continuó con su alocución a los representantes del Partido, a los chupatintas gubernamentales, a las bestias burócratas de los ministerios, a los paniaguados de la administración y a los embrutecidos miembros del ejército:

-El Reichsmarshall Hermann Göring me ha proporcionado el honor de ser el responsable de preparar una solución final para los judíos europeos en cooperación con todas las demás agencias centrales de importancia, así como de iniciar todos los preparativos necesarios con relación a las medidas organizativas, técnicas y materiales, encaminadas a una definitiva solución de la cuestión judía en Europa, y de presentarle, en breve, el borrador de una propuesta completa sobre este asunto. No pienso defraudarlo ni a él ni a nuestro jefe en común, Adolf Hitler. Tenemos ante nosotros, señores, un desafío de once millones de judíos que residen en Europa, una carga intolerable para el territorio del Reich –al llegar a tal punto se produjo un desagradable murmullo-. ¡Señores, señores, no se alboroten!, nos reunimos aquí para arreglar, precisamente, eso que tanto les preocupa: el modo en que nos desharemos de ellos...

Hizo una pausa, que muchos aprovecharon para examinar con mayor detenimiento el voluminoso dossier preparado por Eichmann. Como si hubiera tomado fuerzas al ser consciente del esfuerzo de su secretario, Heydrich aseguró, apuntalado en su ego:

-No lo duden… Dispongo de todos los poderes para llevar a cabo la solución final de la cuestión judía y mi departamento es responsable de la dirección de la misma sin ningún género de limitaciones...
Heydrich miró en señal de amenaza, como por encima del hombro, a los delegados que lo escuchaban. Sí, ahora ya quedaba bien clara la auténtica dimensión de su poder, así que podía proseguir:

-Actualmente son responsabilidad nuestra los judíos que se encuentran en los territorios controlados por Alemania, pero deberán ser erradicados los de Inglaterra e Irlanda, Suiza, España, Turquía, incluso los de las colonias francesas en África del Norte. La inminente victoria completa y total en la guerra proporcionará a Alemania la posibilidad, y en mi opinión también el deber, de solucionar la cuestión judía en Europa. A tal efecto, se peinaran los terrenos de oeste a este y se integrará a los capturados en brigadas de trabajo. Veremos de proporcionar otro tipo de tratamiento a los judíos que sobrevivan al trabajo agotador.

-Como representante del Gobierno General –se anunció Bühler- creo que mí zona debería de ser la primera en donde se empiecen a evacuar judíos, la mayoría de los más de dos millones y medio que se asientan allí no son aptos para el trabajo; no hacen sino molestar.

Heydrich, solícito ante las exigencias del Secretario de Estado, le prometió:

-Le doy mi palabra de que sus demandas se cumplirán en el plazo de los siguientes meses, no lo dude, 
tendrá usted a Hans Frank tranquilo -Frank era el Gobernador General del anexionado territorio polaco y representaba un problema continuo el escuchar sus quejas acerca del ingente número de judíos que soportaba en su zona, por lo que la respuesta agradó a  Bühler, que le regaló a Heydrich una gran sonrisa de agradecimiento. Entonces, fue Otto Lange, del Östland, quién alzó la voz con una pregunta:

-¿De sus palabras, podemos deducir que se descarta por completo el Plan Madagascar?

-Por completo; no es ni rentable ni práctico, su coste resulta desmesurado para el Reich –repuso con orgullo Heydrich-. Aunque eso se lo aclarará mucho mejor nuestro secretario, él se encarga de las finanzas –y al decir esto, señaló a Eichmann, concentrado en anotar todo lo que sucedía. Un poco sorprendido de que lo invitaran a intervenir, se levantó con el dedo índice las gruesas gafas que le colgaban sobre la punta de la nariz y, azorado y tímido, acertó a decir:

-Sí... así es, si comprueban mis cálculos en la documentación que me he permitido prepararles verán que el coste de fletar barcos repletos de judíos con destino a Madagascar y a Costa Rica es inviable. El Reich no se puede arriesgar a una quiebra financiera por ese motivo y se gastaría un dinero muy necesario para suministros...

-¡Queda claro! -interrumpió Heydrich, que instó a los presentes a consultar un punto determinado de los informes-: Miren, por favor, en el censo de población, así podremos todos formarnos una idea más clara de ante qué descomunal tarea nos enfrentamos.

Eichmann, sumiso, volvió a esconder su cabeza entre los papeles que registraban la transcripción de la reunión, pero el hombre modesto debió de sentirse bastante orgulloso de que se consultaran una y otra vez sus cálculos, sus estudios, sus análisis, sobre los que iba a cimentarse la Solución Final que allí se aprobaría. Sí, Eichmann tenía más peso en el asunto de lo que el despegado trato que Heydrich le deparaba pudiera indicar. Así era  Eichmann, siempre oculto, anónimo, abnegado, tan opuesto al modo de vida de la mayoría de los jerarcas nazis; trabajaba en la sombra... y eso enfermaba a Heydrich, no lo podía soportar… pero cargaba con la eficiencia de su segundo como se soporta un mal incómodo, pero necesario.

-¡Insisto! Miren y fíjense en las cifras, los datos contemplan incluso a los judíos residentes en lugares tan dispares como Irlanda o Malta, ¡de todos ellos deberemos encargarnos cuando el Reich gobierne Europa en su totalidad! Hoy debemos llevar adelante la misma guerra en la que Pasteur y Koch combatieron. La causa de incontables enfermedades es un bacilo: el judío. Seremos personas saludables si eliminamos a los judíos –todo el grupo asintió ante las palabras de Heydrich y consideraron más que acertada su comparación, que no era del todo suya, en honor a la verdad, sino que se la apropió de Adolf Hitler en una ocasión en que le dijo: “Me siento como el Robert Koch de la política. Él encontró el bacilo de la tuberculosis y a través de eso mostró nuevos caminos a la investigación médica. Yo descubrí a los judíos como el bacilo y el fermento de toda descomposición social”. Así que Heydrich se limitó a reproducir la cita formulada por el Führer, pero se guardó muy bien de revelar la identidad del autor de la misma y la colocó como propia.

-Por el momento no resultan muy definitivas las algaradas, el hostigamiento a los judíos, las leyes antisemitas, los castigos... Incluso los guetos de las ciudades, que funcionan razonablemente bien, no representan la solución definitiva que buscamos. Con todo ello no cosechamos sino tan sólo un éxito parcial en el propósito de que los judíos abandonen el territorio alemán. La mayor parte de ellos son tercos y se muestran reacios en extremo. Las deportaciones en masa siempre van a resultarnos demasiado lentas y caras –aquí, Eichmann asintió para sí, pero fue observado por la mayoría de los asistentes, que buscaron con sus miradas una ratificación de las palabras de Heydrich en los gestos del transcriptor y secretario-. Así pues, suena la hora de administrar un giro radical y definitivo a todo esto…

Heydrich se encontraba soberbio, ya empezaba a creerse, de verdad, esos insistentes rumores que lo colocaban de número tres del Reich, tan solo por detrás de Hitler y Himmler. Le  encomendaron un trabajo difícil, cierto, pero no pensaba fallar ni defraudar al Führer.

-¿Habrá alguna excepción al plan general? –la pregunta se la formulaba Stuckart, del Ministerio del Interior. Heydrich lo contempló asombrado, dudó un instante y dictaminó:

-Tal vez… los judíos ancianos... y los que combatieron del lado de Alemania en la Gran Guerra… sí, tal vez puedan ser recluidos en el gueto para viejos de Theresienstadt, pero no estoy aún muy seguro de qué será de ellos...

-Nuestro colega se refería al asunto de los mischlinge y de los judíos casados con ciudadanos arios -le interrumpió Freisler, del Ministerio de Justicia. El asunto de los medio judíos, que tan sólo descendían de los hebreos por un lado de la rama familiar, era delicado. Sin embargo, para Heydrich, aún siendo ciudadanos alemanes, no representaban ningún problema:

-Me preguntan por judíos, ¿no? -Fresiler y Stuckart asintieron afirmativamente-. ¡Pues como tales, a mi entender, aunque sean medio judíos, deben seguir el destino de todos los judíos!

Asunto resuelto.

La conferencia giró en torno a los mismos derroteros, se contemplaron diversos métodos de solución y durante una larga hora los políticos trastocados ya en matarifes concretaron las formas y maneras en que se llevaría a cabo tan gigantesco plan.

Durante todo ese tiempo los camareros sirvieron generosas y aromáticas libaciones en panzudas copas de coñac.

-Bueno, señores, pues no tenemos más de que hablar... ¡todos saben lo que debemos conseguir! ¡Adelante!
De esa manera, así de fácil, se acababa de gestar y dictar la sentencia de muerte y, a continuación, como si todo aquello careciera realmente de importancia, como si en ningún caso se hablara allí de segar vidas humanas, los representantes del Reich pasaron a consumir un refrigerio.

Eichmann se acercó a Heydrich, que permanecía pensativo y con la mirada fija en el exterior de la ventana. Ambos sostenían tintineantes vasos de licor rodeados de unas llamativas servilletas. La gran villa que albergaba la conferencia, un palacete situado junto al lago Wansee, cerca de Berlín, permitía la visión de un lánguido y bucólico paisaje por sus ventanales.

-Uno se quedaría aquí para siempre -propuso Heydrich, al sentir que Eichmann se colocaba a su altura, a la par que extraviaba la mirada por la relajante nieve que cubría el extenso jardín.

-Desde luego... –suspiró éste, aunque después añadió un resuelto-: ¡Pero nos llama el deber de servir al Reich!

Heydrich contempló a Eichmann con cierto desprecio mal disimulado y apuró su vaso.


miércoles, 18 de julio de 2012

Funesta perspectiva desde las torres del Kremlin (y un epílogo histórico)



Funesta perspectiva desde las torres del Kremlin –Moscú, cuatro de diciembre de 1941-

-Nos encontramos ante una situación crítica, Gran Camarada -pero  las palabras de Lavrenti Beria apenas sí fueron escuchadas por Stalin, tal vez no quiso oírlas, tan reticente como era a las manifestaciones derrotistas o, en verdad, el endiablado viento decembrino que azotaba las torres del Kremlin ensordecía al hombre de acero ahora asediado por las tropas de Adolf Hitler.
           
Stalin apartó los prismáticos de sus ojos. Se encontraba absolutamente anonadado por lo que acaba de ver: tropas nazis en firme avance por los arrabales de Moscú, a tan sólo veinte kilómetros escasos del centro de la capital. Con una leve mejoría del tiempo, sin la tremenda ventisca que dificultaba la visión, ni tan siquiera necesitaría de los prismáticos para aterrorizarse con la imagen de las divisiones Panzer apuntando en dirección a la Plaza Roja, empecinadas en percutir contra los muros del Kremlin. Ni en la peor de sus pesadillas Stalin soñó jamás con que los alemanes pudieran llegar tan cerca.

Lavrenti Beria, su fiel camarada, dejó caer la posibilidad de un abandono inmediato de la ciudad. Para ello tenía preparado un tren especial secreto. Beria era un tipo inteligente y, como tal, sabía mantenerse al lado de Stalin cuando otros cayeron por menos, incluso cuando formulaba ideas que desagradaban al dictador. Siempre era mejor sugerir un repliegue a una huida, definir una situación insostenible como crítica, en lugar de perdida...        

En cualquier caso, la población no era tonta y tampoco se mostraba ajena a las circunstancias. El pavor a los invasores desencadenó el llamado bolshoi drap, el gran pánico que se apoderó de las calles de la ciudad. Los moscovitas eran conscientes de que los alemanes se encontraban a las puertas de la capital e iniciaron un dramático éxodo masivo para huir de lo que se avecinaba. Stalin movilizó a medio millón de hombres para la construcción de un formidable anillo de fortificación, de una barrera anticarros que frenara aquello que, en el sentimiento popular, incluso en el de los atemorizados integrantes del PCUS y del Politburó, ya parecía imparable: el avance de los Panzer nazis. Menos mal que las nevadas y los barrizales atascaron, con mayor efectividad que la barrera Stalin, a los blindados alemanes y que, gracias a ello, Moscú aún resistía. Moscú aún resistía, sí, pero la cuestión era ¿por cuánto tiempo lo haría?

-Camarada Lavrenti -le dijo Stalin en el tono paternal que solía utilizar con sus hombres de confianza- no voy a tomar en cuenta tus palabras, sé que tú no eres un militar, eres un policía que vela por la seguridad y por el orden de la patria que, por otra parte, es para lo que te elegí. Por lo tanto, cumples con fidelidad tu trabajo y, al sugerirme que abandonemos la ciudad, obedeces a tus obligaciones; eso te honra... Aunque no albergo la más mínima intención de salir de aquí- ahora, de momento y ante las palabras de Stalin, tan sólo le quedaba a Beria actuar como sabía que era la manera más prudente. Así que se mantuvo en silencio, se caló el gorro de abrigo e intentó soportar, estoico, el inhumano frío que azotaba la torre sur del complejo del Kremlin.

-Esos malditos están ahí al lado... –murmuró Stalin, que de nuevo miró por los prismáticos. En la puerta de acceso a la terracilla de la torre se encontraban dos sicarios de Beria que componían la guardia personal de Stalin. Esa mañana, como todas las mañanas desde que se inició el ataque alemán contra la URSS, Stalin se levantó temprano. Tras desayunar un té con un chorrito de vodka se dirigió a su despacho para tratar con los mariscales sobre las últimas circunstancias de la guerra. Apenas se encontraban al inicio de la reunión cuando el propio Lavrenti osó interrumpir para dar la fatídica noticia:

-¡Gran Camarada Stalin! –dijo solemnemente mientras prorrumpía sin apenas protocolo en mitad del círculo de militares- ¡Podemos ver a los alemanes desde las torres!

Stalin saltó de su butacón y miró con furia al consejo militar. Su mirada los acusaba de no saber nada de la situación, como si dijera: “¡Me habláis de avances, frentes, rupturas, embolsamientos de tropas, de Kiev, Leningrado, Sebastopol, Odessa, pero el enemigo se encuentra en los arrabales de Moscú! ¿Pensabais informarme de ello cuando entraran en mis dependencias para pegarme un tiro?”.

Una vez ya en la balconada, Beria le extendió a Stalin los prismáticos y le dijo:

-¡Mire, Gran Camarada!

Stalin miró. No pudo creer lo que veía.

-¡No abandonaré Moscú! -fue lo último que dijo. Giró sobre sí mismo y desapareció escaleras abajo para reanudar su charla con los jefes militares. ¡Debía tomar medidas de emergencia! Como ninguno de los integrantes de esa pandilla de brutos era capaz de hacerlo tendría que ser él quién solucionara el apuro. Entró de nuevo en la sala y, ante las expectantes miradas de los militares que aguardaban la orden inmediata de iniciar la completa evacuación de la ciudad, les espetó:

-He contemplado una funesta perspectiva desde la torre sur del Kremlin, camaradas oficiales –los prebostes se preparaban para aceptar, con agrado disimulado, la orden de huida- pero no pienso ceder un metro de terreno sin lucha, si ese malnacido de Hitler desea Moscú deberá conquistar con muerte cada palmo.

La oficialidad allí reunida sintió un escalofrío, ese hombre no pensaba en huir, en rendirse, se volvía loco, no cabía otra explicación. En su locura pensaba arrastrar a todos con él. Tal vez pesara en Stalin la circunstancia de que durante el bolshoi drap, ante la cobardía y el pánico de los ciudadanos moscovitas, ordenó disparar, incluso por la espalda, a todos los habitantes que intentaran huir de Moscú, independientemente de que fueran ancianos, mujeres o niños. La marcha de Stalin causaría una gran desmoralización entre los hombres, como si hasta su propio líder lo diera todo por perdido. ¡De eso nada! Además, su salida de allí era sinónimo de entregarle la ciudad a Hitler. Y a eso no estaba dispuesto.

Arriba, aún en la torre, Lavrenti Beria contempló con los prismáticos a un Panzer que avanzaba sobre la nieve con una esvástica colocada sobre la parte trasera para que, así, los aviones alemanes no lo confundieran desde las alturas con un blindado ruso. “Se encuentran tan cerca...”, musitó. Sintió un escalofrío que se apoderaba de su cuerpo, pero no era un espasmo provocado por el intenso frío, aunque él prefirió creerlo así. Se trataba de un escalofrío de pavor, del terror que la visión de la cruz gamada le provocaba.

***

Epílogo histórico: Botas de una talla mayor -Arrabales de Moscú, en la noche del cuatro  de diciembre de 1941-

Lo que sucedió durante aquella noche en los arrabales de Moscú define muy bien lo que realmente le ocurrió a la Wehrmacht en su avance por Rusia. Las unidades blindadas se vieron obligadas a detenerse cuando más cerca aparecía el objetivo de la ciudad porque la enorme distancia entre la cabeza del ataque y la retaguardia provocó una desconexión de las líneas. Guderian y las demás compañías optaron por retirarse para un reagrupamiento antes del golpe de gracia final. Esa noche, como si Stalin fuera poseedor de una endiablada y diabólica suerte, el tiempo empeoró aún más y eso inició el desastre de las divisiones alemanas que se vieron atrapadas por el frío y el barro que luego se extendería por todo el frente.

La temperatura descendió a los cuarenta bajo cero y los soldados de la Wehrmacht aún vestían los mismos uniformes que al inicio de la campaña, en verano. Los dispositivos automáticos de las armas se congelaban, con lo que tan sólo podían disparar tiro a tiro, la munición anticarro no entraba en los cañones al solidificarse la grasa, la mantequilla de las raciones debía de cortarse con un serrucho y para beber una sopa no podía dejarse transcurrir más de un minuto porque pasado ese breve espacio de tiempo el líquido se endurecía como una piedra.

Así las cosas, aunque los rusos no se encontraban preparados en absoluto al inicio del ataque de Hitler, con la llegada del invierno demostraron que si poseían pertrechos adecuados para combatir el frío. Los alemanes padecieron de disentería, perdieron miembros y extremidades por congelación y la gran mayoría de los soldados afectados por éste mal se suicidaron con una granada accionada sobre sus estómagos al verse los pies y las piernas ennegrecidas, segadas de cuajo por los rigores de tan acerado clima. Como ya le pasara a Napoleón, a Hitler también le falló la intendencia a la hora de enfrentarse al mito del  General Invierno.

Esa noche, en la que los blindados de Guderian y Hoeppner patinaban sobre la embarrada nieve que no les permitía avanzar, faltos de combustible en muchos casos, Stalin lanzó un furibundo contraataque que obligó a los amenazadores de Moscú a situarse a la defensiva. La acción ya no cambiaría de lado y terminaría con la expulsión de los nazis del territorio de la URSS.

Como diría después el mariscal Yukov: “Toda la admiración que sentía por el Estado Mayor alemán se desmoronó al ver a los primeros prisioneros. Oficiales y soldados calzaban botas de su medida; los alemanes ignoraban que desde siglos atrás los militares rusos somos equipados con botas de un número superior al que pudiera correspondernos. ¿A qué efecto? A fin de que podamos rellenar de paja o de papel de periódico las botas para evitar que se nos hielen los pies”.

Las columnas de prisioneros alemanes que avanzaban en dirección al confinamiento en Siberia eran similares, con sus uniformes veraniegos, destrozados por los mordiscos del frío, a las patéticas colas que formaban los soldados napoleónicos vencidos. La Wehrmacht ejecutaba así una pirueta en el tiempo para asemejarse a la Grande Armee, no en las victorias napoleónicas, como tanto le hubiera gustado a Hitler, sino en la más implacable de las derrotas.

Sobre las nieves de la estepa, el otrora joven comunista le ganaba la partida, al final, al antiguo pintor de acuarelas, como si entonces, en la Viena de principios de siglo, ambos ya intuyeran o conocieran algo de todo esto cuando sus furibundas miradas se encontraron en la Plaza de la Catedral de San Esteban, hacía ya tanto...

viernes, 6 de julio de 2012

Bufonada histórico-política en 4 actos


Acto I:

¡Defenderemos a Italia de los italianos! -11 de febrero de 1941-

-La situación en el Mediterráneo es crítica, Galeazzo, necesitamos cerrarlo con la conquista de Gibraltar, para así anular los convoyes aliados que tanto nos fastidian- le dijo Mussolini a su yerno y, por extensión, Ministro de Asuntos Exteriores, el conde Ciano.

-Debemos reconocer, Duce, que los éxitos británicos en África, al mando de ese Wavell, nos han puesto en una posición incómoda, aunque Rommel parece un hombre de talento. Desde luego, Hitler no le ha dado a usted la espalda tras el fracaso de Graziani... –Mussolini interrumpió violentamente a Ciano al escuchar ese nombre:

-¡No pronuncies a ese bastardo de Rodolfo!

-Calma Duce, calma- intentó apaciguarlo Ciano.

-¡Ni calma ni nada! Ese hombre es la vergüenza del ejército italiano, ¿qué digo del ejército? ¡Es la vergüenza de Italia!

-En verdad, parece que nos equivocamos al otorgarle el puesto del mariscal Italo Barbo- el Duce, al oír el nombre de Barbo volvió a explotar con furia:

-¡Ese era un gran militar! ¡Querido Galeazzo, ya no quedan hombres así en Italia, al mando del ejército Italiano! Ahora tan sólo quedamos tú y yo... –Mussolini efectuó aquí una dramática pausa, como si con ella recordara otros momentos pasados, tal vez mejores, felices para Italia y para el denostado ejército italiano, que se dejaban entrever en las muecas reflexivas y en los gestos, seguidos de un insistente cabeceo resignado y a la par inconformista, esculpidos en el rostro del Duce. Un Duce que se empezaba a ver algo avejentado, de una incipiente obesidad y cuyo corte de pelo casi al cero confería a sus facciones unos rasgos de dureza que lindaban con la brutalidad. Por el contrario, Ciano se mostraba acicalado, elegante y bien vestido con su uniforme de aviador, cuidado incluso en el último y apolíneo detalle.

-Mira, yo todavía, pese a las conclusiones de la comisión y de su asqueroso informe, no estoy convencido de que a Balbo no se lo cargaran con una conspiración –prosiguió Mussolini.

-¡Pero Duce, si las pruebas demostraron que su avión fue derribado por error, un lamentable error mientras sobrevolaba Tobruk! –Ciano se negaba a admitir los argumentos de una conspiración en el seno del propio ejército italiano.

-¡Abatido por nuestra propia artillería antiaérea! –tras un nuevo silencio, Mussolini cerró la discusión-. Ese Graziani ha demostrado ser tan incompetente que no dudo en que lo organizara todo para eliminar a Balbo y alcanzar así un escalafón al que jamás podría aspirar de otra manera... Pero que idioteces digo, ¡Graziani sería incapaz de organizar una operación tan complicada! ¡Pero no me obligues a creer en el informe de esos chupatintas! ¡Otro, bien podría llevar a cabo todo el plan para beneficiar a Graziani!

-Bueno, ese asunto ya está olvidado, con el cambio de Graziani por Gariboldi al menos defendemos algunas de nuestras posiciones más delicadas en África –resumió Ciano con afán conciliatorio.

-Sí, pero a qué precio... –murmuró Mussolini-, ¡defendernos!, esa fue la desastrosa aportación de Graziani, que se convirtió en el coronel más joven de Italia en la Gran Guerra, unos dudosos méritos por los que nos dejamos impresionar, ¡qué estúpidos fuimos! ¡El Nuevo Escipión, le llegaron a apodar! La estupidez humana y la del pueblo italiano no conocen límites, Galeazzo.

Ciano se limitó a asentir, pero el Duce aún murmuraba acerca de Graziani y de la destitución fulminante con la que lo castigó. Al respecto, añadió en alto, para que Ciano tomara nota de sus palabras… por si acaso:

-No, no queda ni una pizca de honor en Italia. Si Graziani fuera un hombre honor, tras su fracaso africano, que nos obliga a lo que ahora nos obliga, se suicidaría de buen grado antes que aceptar la humillación de la destitución... ¡Y yo lo enterraría, pese a toda su incompetencia, con honores de mariscal, como un héroe de la patria! Sin embargo... ¡Míralo ahí, en el Lazio, patéticamente refugiado con su familia, acobardado junto a su mujer y sus hijos, retirado de todo!

-Parece que Rommel invertirá el curso de las cosas por allá abajo –Ciano se mostraba optimista ante los refuerzos enviados al Norte de África, comandados por Rommel, a la par orgulloso de que el Reich, el país más poderoso del mundo, ayudara así a Italia con que tan sólo se lo pidiera.

-No te engañes Galeazzo –el Duce adoptó un tono casi paternal con el marido de su hija, por el que, ciertamente, sentía una debilidad casi paternofilial-, Hitler nos ayuda en África a cambio de conseguir lo que tendré que lograr yo personalmente en mi cita en Bordighera.

-¿Qué España entre en la guerra?

-Desde luego... y ese Franco es un hueso duro de roer, tan cerril y cabezota. ¿Sabes lo que me confesó el Führer tras su entrevista con él en Hendaya? –Ciano negó con la cabeza, no sabía-. ¡Pues que prefería dejarse sacar las muelas antes que volver a entrevistarse con Franco!- ambos personajes rieron francamente, a gusto, la ocurrencia. Se carcajearon desde sus tarimas de poder.

-¡Por eso nos tocará a nosotros ahora hablar con él!- exclamó Ciano.

-Por eso- y Mussolini esbozó una sonrisa de complicidad que fue recibida con otra carcajada, ahora más tenue, por parte de Ciano -: Mira, Franco es un hombre de corazón valeroso, pero en este asunto yo opino como Hitler, se ha convertido en jefe por una carambola y carece de talla, tanto de político como de organizador. Si España no entra en guerra de nuestro lado, inminentemente, el Führer asegura que Franco cometería el error más grande de toda su vida. Y además, ¡qué diantres!, ese hombre es un desagradecido, ya lo sabes tú bien, Galeazzo, la ayuda que tanto el propio Hitler como yo le prestamos cuando se encontraba en apuros... Ese desagradecimiento apena mucho al Führer, pero a mí, que me tomo las cosas de diferente manera, me enciende.

Ciano trató de que Mussolini no montara de nuevo en cólera, ahora que parecía más calmado, así que desvió el asunto del “desagradecido Caudillo español” por los derroteros estratégicos que deberían abordar en la conferencia:

-Resumamos, Duce, que Franco nos debe permitir cerrar el Mediterráneo con su entrada en la guerra del lado del Eje, permitirnos la conquista de Gibraltar y la expulsión de los ingleses del Peñón, pues para ello envió Hitler las divisiones de Rommel al África del Norte en nuestro socorro.

-Exacto... Si Franco es un hombre inteligente, circunstancia que ya comienzo a poner en duda, nos permitirá el libre acceso a la península ibérica para que demos un golpe de mano que cambie el curso de la guerra en el Mediterráneo –los ojos de Mussolini brillaban de satisfacción al recrearse en el estratégico cierre del mar por el Estrecho, con todo lo que eso significaría de aumento de su prestigio ante Hitler, al que idolatraba, si le llevaba en bandeja las concesiones que el propio Führer en persona no fue capaz de arrancarle a Franco.

-Mis contactos con Serrano Suñer no son malos, los españoles están receptivos a tal efecto, diríase que hasta ansiosos de escuchar nuestras propuestas –Ciano intentaba agradar a Mussolini.

-¡Eso espero Galeazzo, eso espero! Ya lo decían los marinos británicos: “quién domina el Mediterráneo domina el mundo” y, como dice Churchill, “el Mediterráneo es el bajo vientre de Europa” -Ciano guardó un respetuoso silencio ante las citas del Duce. Este, tras una leve pausa, continuó-: Inglaterra será batida. Inexorablemente batida; ¡ésta es una verdad que les vendrá bien a todos metérsela en la cabeza! -llamaron con los nudillos a la puerta del despacho. Ciano exclamó alborozado:

-¡Bueno Duce, debo marcharme ya! Bien siento no poder permanecer a su lado en la conferencia, pero ya sabe que soy un piloto destinado al frente griego... ¡y se debe predicar con el ejemplo!

Mussolini sentía mucho que su fiel  Galeazzo, tan válido, no lo ayudase en su reunión con Franco, pero no podía privarlo de asistir al frente griego rogándole que se quedara, sobre todo tras darle toda esa charla sobre el honor...

-¡Ve tranquilo, yo me basto y me sobro para acabar con las tonterías y los delirios de ese charlatán de Franco! Además, el frente es el destino y el lugar de un valiente aviador de la Regia Aeronáutica, en la defensa de este país, que debería de empezar por protegerse de sus propios habitantes. No, no voy a impedirte que vayas.

Ambos hombres se miraron fijamente, Ciano iba a pronunciar unas frases de agradecimiento que comenzó con un balbuciente “Duce...”, pero que Mussolini cortó de raíz con un “ya está aquí tu coche”. Se levantaron de las butacas del Salón del Mapamundi en el Palazzo Venecia de Roma, absolutamente convencidos de que tras la cita en Bordighera, España, la testaruda España, entraría en la guerra del lado del Eje, sin reservas. Las horas de Gran Bretaña en la contienda, tras esa circunstancia, parecían contadas, al menos así lo pensaba Ciano: “Gran Bretaña está perdida, Franco será incapaz de resistirse al influjo y la personalidad del carismático Duce”, se repetía mientras en el coche oficial se dirigía al aeródromo, con más miedo en el cuerpo que un perrillo apaleado que huye de los soportales…

Acto II:

Cita en Bordighera -12 de febrero de 1941-

Bordighera es una recoleta localidad italiana, en la Liguria, cercana a la frontera francesa. Francisco Franco se desplazó allí para verse cara a cara con Benito Mussolini, el Duce que, según parecía, se encontraba inmerso en una situación delicada en África a causa de la incompetencia de sus mariscales. Por supuesto, Franco no pensaba pronunciar una sola palabra acerca de eso, como Mussolini no pensaba, ni remotamente, arrojar con orgullo reproches acerca del agradecimiento que España, la “España nacional de Franco”, estaba obligada a demostrar por Italia, por la ayuda prestada en la Guerra Civil.

-Estoy convencido, Caudillo –le expresaba Mussolini en un buen español que relajó mucho a Franco al poderse liberar de la presencia de los incómodos traductores de rigor en las entrevistas- de que el Eje alcanzará una victoria total en la “cruzada”.

El Duce no era tonto, salpicaba su discurso con términos afines a Franco, tales como “Caudillo”. Al dictador español le causaba una inmensa alegría escucharse así nombrado de boca de un poderoso personaje y “cruzada” era palabra con la que parecía identificarse por completo el destino de Franco, de Hitler e, incluso, del mismo Mussolini. Sí, la conjunción de guerras, una tras otra, no era sino una cruzada emprendida contra los bolcheviques.

-Mire, Caudillo, es absolutamente imposible que España permanezca al margen de la guerra, ¡no puede permanecer por más tiempo al margen de la guerra! –aunque alzaba el tono de voz, no por ello se mostraba amenazante, ni mucho menos, era un recurso que Mussolini utilizaba a veces para recalcar la importancia de unas palabras insertadas en la totalidad del discurso-. Obviamente, en esto tanto el Führer como yo queremos ser exquisitamente claros, las fechas de entrada de España en el conflicto tan sólo dependen, exclusivamente, de sus decisiones, Caudillo.

-Mire, Duce –Franco iniciaba su réplica-, España, yo mismo y mi gobierno, no nos negamos a entrar en el conflicto, del lado del Eje, obvio es decirlo, pero como ya le transmití al Führer en Hendaya, una colaboración militar con el Eje de la categoría que ustedes desean nos llevaría a una situación crítica que no deseo para el país. España necesita suministros de trigo y gasolina que ahora recibimos de ultramar y que, inevitablemente, se nos cortarían de raíz en cuanto nos alineáramos militarmente con el Eje; venimos de una cruel guerra, derrotar al demonio rojo nos ha debilitado. Hoy por hoy no puedo permitirme ni permitir a los españoles la supresión de esos suministros.

Hitler ya le advirtió de que Franco era testarudo, pero no importaba, él, el Duce, lo conseguiría, lograría que entrara en razón, ¡vaya que sí, entraría en razón!

Acto III:

Despedida en Bordhigera -12 de febrero de 1941-

-Muy bien, entonces tomo nota de sus dos condiciones para entrar de nuestro lado en el conflicto -pasaron las horas y todo el esfuerzo de Mussolini fue en vano, la posibilidad de cerrar el Mediterráneo se esfumaba-: Yo se las haré llegar al Führer, aunque no le son en absoluto desconocidas ya que vienen a ser las mismas que en Hendaya -¡pero cómo podía presentarse ante Hitler con tal fracaso y decirle “lo siento Führer, estaba usted en lo cierto, Franco no accede a entrar en razón!”.
-Que me satisfagan de inmediato, tanto Alemania como Italia, las necesidades de trigo, armamento y carburante –repitió Franco, antes de que Mussolini añadiera:
-Y que se revisen las concesiones territoriales que España recibiría del Eje en el norte de África, una vez terminada la guerra y obtenida la victoria.
-Eso es- sentenció Franco- pero no se olvide, Duce, que mi corazón está con ustedes, que deseo la victoria del Eje. Es algo que va en interés mío y en el de mi país.
-Pues así se lo comunicaré al Führer... ¡ya veremos lo que se pueda obtener!
Quince minutos después, ambos líderes posaban ante la foto oficial del encuentro. El rostro de Benito Mussolini, debajo de una monumental gorra de plato, se mostraba taciturno, sin cesar de repetirse:
-¡Si mi fiel Galeazzo se encontrase aquí!

Acto IV:

 España expulsada de la Nueva Cancillería -12 de febrero de 1941-

Mussolini se apresuró en la elaboración de un memorándum de la entrevista de Bordighera, que acompañó de una carta personal dirigida a Hitler:

“Führer:

Franco, con su actitud de imposibilitar la operación contra Gibraltar, le hace un flaco favor al Eje. Con esto no solo demuestra su ingratitud hacia usted Führer y para conmigo, sino que además evidencia que carece de una auténtica visión política. Es dudoso ya que el Eje colabore con los españoles. Además, siempre queda en el aire el riesgo de que los españoles puedan volver sus armas contra el Eje. La historia muestra con ejemplos lo encarnizada que puede ser la resistencia española. Los españoles son hábiles y muy buenos soldados, especialmente capacitados para la defensa. Lamento que Franco se muestre tan desagradecido con Alemania e Italia, siento mucho que no pude conseguir que cambiara de opinión”.

Ribbentrop terminó de leer en voz alta la misiva y Hitler se puso bruscamente en pie. Abandonó su puesto tras la mesa de su despacho en la Nueva Cancillería mientras el eco de sus zapatos sobre el rico mármol parecía acompasar sus pensamientos. Tras dar un par de pasos cortos en derredor de Ribbentrop, que permanecía serio y de pie, resolvió con calma, sin un ápice de contrariedad, como resignado -o tal vez albergaba otros ocultos motivos que le hacían no tomarse a mal la actitud de Franco-:

-Ocupar España sin obtener antes el consentimiento de los españoles es algo irrealizable, ya que los españoles son el único pueblo latino duro y se dedicarían a una guerrilla en nuestra retaguardia. No quiero ni oír hablar ya más de este asunto.

El asunto español ya no se volvió a mencionar, jamás, entre los muros de la Nueva Cancillería.
 

jueves, 5 de julio de 2012

Cita en Hendaya

-veintitrés de octubre de 1940-:

El Führer echaba chispas de indignación. En un alemán rapidísimo -que le confería un aspecto aún mucho más terrible-, vertiginoso, se dirigió a su séquito, formado por su Ministro de Negocios Extranjeros, Ribbentrop, por el mariscal Keitel y por el Estado Mayor en pleno, que se encontraban formados en el andén. No dejaba de señalar, con visibles aspavientos de disconformidad, el reloj. El tren en el que viajaba Franco parecía no llegar nunca. ¡Con lo puntual que Adolf era siempre! Estos detalles demostraban bien a las claras el carácter de un país, un país con una red de ferrocarriles de tercera categoría e impuntual. Bueno, debía mostrarse comprensivo, acababan de salir de una guerra contra el demonio bolchevique y aún existían muchas partes de la infraestructura destruidas. Pero aún así... ¡Era impensable dar plantón al líder del Tercer Reich! Desde luego, eso demostraba todo el carácter de un pueblo. Los alemanes, siempre serios, siempre en punto, en la cima del mundo. Los españoles alcanzaban lo exigido con grandes apuros, ¡llegaban siempre tarde! ¿Que podían representar en el concierto mundial? Esa impuntualidad, esos malditos retrasos...

Adolf Hitler se mostraba excesivamente nervioso en su espera, recorría el andén de arriba abajo como un león enjaulado en el zoo de Berlín.

-¡Vaya fresquete! -le dijo uno de los guardias de la estación de Hendaya a otro.

-Sí, ya sabes, por aquí el clima es algo fresco en esta época del año, ten en cuenta que anda muy avanzado el mes de octubre -les interrumpió el desvencijado ruido, el lastimoso crujido de un tren que llegaba. Eran las tres y media de la tarde, un poco pasadas ya. Franco arribaba con un levísimo retraso de escasos minutos.

-¡Por fin! -exclamó aliviado el Führer. Se caló bien la gorra, se ajustó sus cinturones y correajes del uniforme y se enderezó la medalla de la Cruz de Hierro que lucía en la pechera. Se peinó el flequillo con las manos, de forma informal, pero marcial.

Hitler llegó a la estación de Hendaya a las tres y veinte de la tarde. Una decena de minutos más tarde aparecía Franco, por lo que se podía decir que el tren del mandatario español fue bastante puntual. En ningún caso el ligero retraso de Franco, ocasionado por el deplorable estado de las vías españolas, pudo parecer una descortesía con los alemanes. Incluso se hubiera visto muy mal, como un error de protocolo, que los visitantes españoles se presentaran en la cita antes que los anfitriones. Bien es cierto que los casi diez minutos de retraso pusieron nervioso a Hitler porque no existe nada que le crispe más los nervios a un dirigente que los ratos muertos, no contemplados en la agenda, esos que obligan a improvisar, a correr el enorme riesgo del fracaso, de errar, de mostrarse como se es en la realidad y no como el líder pretende que se le admire: en su total perfección milimétrica y ensayada.

En cualquier caso, el retraso se magnificaría después por el régimen y pasaría a formar parte de la leyenda franquista al interpretarse como una astuta maniobra del Caudillo en un intento de provocar el nerviosismo de Hitler. Una especie de inteligente jugada que no existió jamás.

Franco se apeó ligeramente trastabillado del vagón, pisó mal un escalón y casi tropezó. Estuvo en un tris de rodar por el piso. A Hitler no le hubiera parecido nada mal tener a sus pies, humillado, aunque fuera sólo por un instante, al astroso Caudillo español del tres al cuarto, ese que decían que era el más joven de Europa, con tanta gloria adquirida tras su victoria sobre las hordas marxistas. De todas maneras, no debían olvidar los españoles que gran parte del éxito de Franco –por no decir que todo el éxito- se lo debían al apoyo del Reich alemán y, en menor medida, a su aliado italiano, que aportaron los elementos necesarios para que los nacionales ganaran esa guerra. ¿O es que acaso se le olvidó ya al pueblo español victorioso, tan pronto, la inestimable ayuda prestada por Alemania en la campaña del Norte, la presencia de la Legión Cóndor, la toma de Bilbao, el importantísimo papel de los tanques y blindados alemanes en la batalla de Teruel, e, incluso, la presencia junto a los ejércitos de Franco del mando estratégico conjunto del general Sperrle y del coronel Von Richtofen? Sin su ayuda y sin la de Mussolini, sin los aviones, sin las piezas de artillería antiaérea, sin las bombas y misiles, sin las municiones proporcionadas, sin el puente aéreo que establecieron los pilotos alemanes con nueve Ju-52 que transportaron a veinte mil hombres de las tropas bloqueadas de Franco desde África a la península, ahora no existiría ninguna España nacionalista ni ningún Caudillo. A Hitler le molestaba sobremanera la posibilidad de que, tan temprano, todo eso se le olvidase a Franco.

Tras el Caudillo, descendió Serrano Suñer, Ministro de Asuntos Exteriores, y los jefes de las Casas Militar y Civil. El propio Hitler, junto a Ribbentrop y Von Brauchitsch, se dirigió hacia ellos con profusas muecas de cordialidad y satisfacción.

-¡Vosotros! -le ordenó un coronel español a un grupo de soldados- ¡Vigilad que nadie entre en la estación, bloquead las puertas! -los soldados se fueron a paso ligero, solícitos, a cumplir la orden.

Hitler alzó su brazo:

-Heil! –exclamó alguien desde una fila trasera. Ambos mandatarios se dieron la mano.

-Encantado de verle -le espetó Franco en una frase interpretada en un burdo alemán y aprendida a marchas forzadas para la ocasión.

-Por fin satisfago un viejo deseo -manifestó Hitler.

Hechas las presentaciones, subieron al vagón-salón donde se celebraría la conferencia. Después se les unieron los traductores, con el barón de las Torres por parte española y Gross por la alemana. En el inicio del conciliábulo, Hitler hizo una primera declaración de intenciones:

-Soy el dueño de Europa y como poseo doscientas divisiones a mi disposición, no hay más que obedecer –Franco, dispuesto a pedir un sueño colonial mediterráneo inverosímil a cambio de la entrada en la guerra, sintió que se atragantaba ante tal inicio...

Mientras, el embajador de España en Berlín, el general Espinosa de los Monteros, y el de Alemania en Madrid, Von Sthorer, ya bebían cálidas y reconfortantes copas de vino en otro vagón cercano, y confraternizaban junto al resto de los séquitos que no tuvieron acceso a la entrevista. Al final, en el turno de las despedidas, un Hitler visiblemente contrariado por no obtener nada en claro de la reunión se dirigió a Ribbentrop con las palabras:

-Mit diesen Kerlen kann man nichtsmachen! (¡Con estos sujetos no se puede lograr nada!).

De nuevo, al partir, en mitad del marcial saludo de Franco, cuadrado y aguerrido militarmente sobre la plataforma del vagón, el tren pegó un súbito acelerón que casi dio con el Caudillo más joven de Europa en el suelo, a la altura de las botas de Hitler, de no ser por la providencial ayuda prestada, en forma de agarrón, de su jefe de la Casa Militar, el general Moscardó.