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miércoles, 8 de agosto de 2012

En el bucólico Wansee

1-Invitación a comer con la muerte
–preparativos para llevar a cabo el Holocausto, nueve de diciembre de 1941-

"Les invito a una discusión, seguida de un almuerzo, el nueve de diciembre de 1941, a las doce horas y en la oficina de la Comisión Internacional de la policía criminal, Berlín, Am grossen Wansee, Nr. 56/58".

La invitación cursada por Reinhard Heydrich encontró un retrasó de algo más de un mes a causa de que, ese mismo nueve de diciembre, Japón bombardeó Pearl Harbour y eso conmocionó los cimientos administrativos del Reich que, presurosos, le declararon la guerra a Estados Unidos.
Así, la nueva fecha para celebrar la conferencia se fijó en el veinte de enero de 1942.

2-En el bucólico Wansee
-la sentencia de muerte, un veinte de enero de 1942-

-Muy bien señores, veo con agrado que han acudido todos ustedes, que recibieron mi carta en la que hablaba por representación del Führer…

Reinhard Heydrich, comandante general de las SS  y Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, de una elegancia perenne, con ese porte y ese toque de distinción y apostura que hacía que el uniforme le sentara como a un dandy y que todos los demás aparecieran ante él como unos patanes, aguardó pacientemente a que los conferenciantes ocuparan sus posiciones en torno a la mesa en donde se indicaba, mediante papelitos con los nombres escritos adecuadamente, el lugar correspondiente a cada uno.

Una vez acomodados, se abrieron los voluminosos dosieres preparados por Adolf Eichmann, que actuaba como el encargado de redactar y levantar acta de todo lo que allí se dijera al respecto del asunto tan delicado que pretendían tratar. Eichmann se encontraba parapetado en un extremo de la mesa, junto a la ventana, porque por allí penetraba mayor luz y él no veía muy bien (siempre llevaba unas horripilantes gafas de culo de vaso).

Iban a celebrar una conferencia sobre un asunto harto espinoso: cómo terminar con el problema judío en los territorios del Reich y qué medidas definitivas se deberían adoptar al respecto.

Heydrich, tras un gestito de nerviosismo controlado, continuó con su alocución a los representantes del Partido, a los chupatintas gubernamentales, a las bestias burócratas de los ministerios, a los paniaguados de la administración y a los embrutecidos miembros del ejército:

-El Reichsmarshall Hermann Göring me ha proporcionado el honor de ser el responsable de preparar una solución final para los judíos europeos en cooperación con todas las demás agencias centrales de importancia, así como de iniciar todos los preparativos necesarios con relación a las medidas organizativas, técnicas y materiales, encaminadas a una definitiva solución de la cuestión judía en Europa, y de presentarle, en breve, el borrador de una propuesta completa sobre este asunto. No pienso defraudarlo ni a él ni a nuestro jefe en común, Adolf Hitler. Tenemos ante nosotros, señores, un desafío de once millones de judíos que residen en Europa, una carga intolerable para el territorio del Reich –al llegar a tal punto se produjo un desagradable murmullo-. ¡Señores, señores, no se alboroten!, nos reunimos aquí para arreglar, precisamente, eso que tanto les preocupa: el modo en que nos desharemos de ellos...

Hizo una pausa, que muchos aprovecharon para examinar con mayor detenimiento el voluminoso dossier preparado por Eichmann. Como si hubiera tomado fuerzas al ser consciente del esfuerzo de su secretario, Heydrich aseguró, apuntalado en su ego:

-No lo duden… Dispongo de todos los poderes para llevar a cabo la solución final de la cuestión judía y mi departamento es responsable de la dirección de la misma sin ningún género de limitaciones...
Heydrich miró en señal de amenaza, como por encima del hombro, a los delegados que lo escuchaban. Sí, ahora ya quedaba bien clara la auténtica dimensión de su poder, así que podía proseguir:

-Actualmente son responsabilidad nuestra los judíos que se encuentran en los territorios controlados por Alemania, pero deberán ser erradicados los de Inglaterra e Irlanda, Suiza, España, Turquía, incluso los de las colonias francesas en África del Norte. La inminente victoria completa y total en la guerra proporcionará a Alemania la posibilidad, y en mi opinión también el deber, de solucionar la cuestión judía en Europa. A tal efecto, se peinaran los terrenos de oeste a este y se integrará a los capturados en brigadas de trabajo. Veremos de proporcionar otro tipo de tratamiento a los judíos que sobrevivan al trabajo agotador.

-Como representante del Gobierno General –se anunció Bühler- creo que mí zona debería de ser la primera en donde se empiecen a evacuar judíos, la mayoría de los más de dos millones y medio que se asientan allí no son aptos para el trabajo; no hacen sino molestar.

Heydrich, solícito ante las exigencias del Secretario de Estado, le prometió:

-Le doy mi palabra de que sus demandas se cumplirán en el plazo de los siguientes meses, no lo dude, 
tendrá usted a Hans Frank tranquilo -Frank era el Gobernador General del anexionado territorio polaco y representaba un problema continuo el escuchar sus quejas acerca del ingente número de judíos que soportaba en su zona, por lo que la respuesta agradó a  Bühler, que le regaló a Heydrich una gran sonrisa de agradecimiento. Entonces, fue Otto Lange, del Östland, quién alzó la voz con una pregunta:

-¿De sus palabras, podemos deducir que se descarta por completo el Plan Madagascar?

-Por completo; no es ni rentable ni práctico, su coste resulta desmesurado para el Reich –repuso con orgullo Heydrich-. Aunque eso se lo aclarará mucho mejor nuestro secretario, él se encarga de las finanzas –y al decir esto, señaló a Eichmann, concentrado en anotar todo lo que sucedía. Un poco sorprendido de que lo invitaran a intervenir, se levantó con el dedo índice las gruesas gafas que le colgaban sobre la punta de la nariz y, azorado y tímido, acertó a decir:

-Sí... así es, si comprueban mis cálculos en la documentación que me he permitido prepararles verán que el coste de fletar barcos repletos de judíos con destino a Madagascar y a Costa Rica es inviable. El Reich no se puede arriesgar a una quiebra financiera por ese motivo y se gastaría un dinero muy necesario para suministros...

-¡Queda claro! -interrumpió Heydrich, que instó a los presentes a consultar un punto determinado de los informes-: Miren, por favor, en el censo de población, así podremos todos formarnos una idea más clara de ante qué descomunal tarea nos enfrentamos.

Eichmann, sumiso, volvió a esconder su cabeza entre los papeles que registraban la transcripción de la reunión, pero el hombre modesto debió de sentirse bastante orgulloso de que se consultaran una y otra vez sus cálculos, sus estudios, sus análisis, sobre los que iba a cimentarse la Solución Final que allí se aprobaría. Sí, Eichmann tenía más peso en el asunto de lo que el despegado trato que Heydrich le deparaba pudiera indicar. Así era  Eichmann, siempre oculto, anónimo, abnegado, tan opuesto al modo de vida de la mayoría de los jerarcas nazis; trabajaba en la sombra... y eso enfermaba a Heydrich, no lo podía soportar… pero cargaba con la eficiencia de su segundo como se soporta un mal incómodo, pero necesario.

-¡Insisto! Miren y fíjense en las cifras, los datos contemplan incluso a los judíos residentes en lugares tan dispares como Irlanda o Malta, ¡de todos ellos deberemos encargarnos cuando el Reich gobierne Europa en su totalidad! Hoy debemos llevar adelante la misma guerra en la que Pasteur y Koch combatieron. La causa de incontables enfermedades es un bacilo: el judío. Seremos personas saludables si eliminamos a los judíos –todo el grupo asintió ante las palabras de Heydrich y consideraron más que acertada su comparación, que no era del todo suya, en honor a la verdad, sino que se la apropió de Adolf Hitler en una ocasión en que le dijo: “Me siento como el Robert Koch de la política. Él encontró el bacilo de la tuberculosis y a través de eso mostró nuevos caminos a la investigación médica. Yo descubrí a los judíos como el bacilo y el fermento de toda descomposición social”. Así que Heydrich se limitó a reproducir la cita formulada por el Führer, pero se guardó muy bien de revelar la identidad del autor de la misma y la colocó como propia.

-Por el momento no resultan muy definitivas las algaradas, el hostigamiento a los judíos, las leyes antisemitas, los castigos... Incluso los guetos de las ciudades, que funcionan razonablemente bien, no representan la solución definitiva que buscamos. Con todo ello no cosechamos sino tan sólo un éxito parcial en el propósito de que los judíos abandonen el territorio alemán. La mayor parte de ellos son tercos y se muestran reacios en extremo. Las deportaciones en masa siempre van a resultarnos demasiado lentas y caras –aquí, Eichmann asintió para sí, pero fue observado por la mayoría de los asistentes, que buscaron con sus miradas una ratificación de las palabras de Heydrich en los gestos del transcriptor y secretario-. Así pues, suena la hora de administrar un giro radical y definitivo a todo esto…

Heydrich se encontraba soberbio, ya empezaba a creerse, de verdad, esos insistentes rumores que lo colocaban de número tres del Reich, tan solo por detrás de Hitler y Himmler. Le  encomendaron un trabajo difícil, cierto, pero no pensaba fallar ni defraudar al Führer.

-¿Habrá alguna excepción al plan general? –la pregunta se la formulaba Stuckart, del Ministerio del Interior. Heydrich lo contempló asombrado, dudó un instante y dictaminó:

-Tal vez… los judíos ancianos... y los que combatieron del lado de Alemania en la Gran Guerra… sí, tal vez puedan ser recluidos en el gueto para viejos de Theresienstadt, pero no estoy aún muy seguro de qué será de ellos...

-Nuestro colega se refería al asunto de los mischlinge y de los judíos casados con ciudadanos arios -le interrumpió Freisler, del Ministerio de Justicia. El asunto de los medio judíos, que tan sólo descendían de los hebreos por un lado de la rama familiar, era delicado. Sin embargo, para Heydrich, aún siendo ciudadanos alemanes, no representaban ningún problema:

-Me preguntan por judíos, ¿no? -Fresiler y Stuckart asintieron afirmativamente-. ¡Pues como tales, a mi entender, aunque sean medio judíos, deben seguir el destino de todos los judíos!

Asunto resuelto.

La conferencia giró en torno a los mismos derroteros, se contemplaron diversos métodos de solución y durante una larga hora los políticos trastocados ya en matarifes concretaron las formas y maneras en que se llevaría a cabo tan gigantesco plan.

Durante todo ese tiempo los camareros sirvieron generosas y aromáticas libaciones en panzudas copas de coñac.

-Bueno, señores, pues no tenemos más de que hablar... ¡todos saben lo que debemos conseguir! ¡Adelante!
De esa manera, así de fácil, se acababa de gestar y dictar la sentencia de muerte y, a continuación, como si todo aquello careciera realmente de importancia, como si en ningún caso se hablara allí de segar vidas humanas, los representantes del Reich pasaron a consumir un refrigerio.

Eichmann se acercó a Heydrich, que permanecía pensativo y con la mirada fija en el exterior de la ventana. Ambos sostenían tintineantes vasos de licor rodeados de unas llamativas servilletas. La gran villa que albergaba la conferencia, un palacete situado junto al lago Wansee, cerca de Berlín, permitía la visión de un lánguido y bucólico paisaje por sus ventanales.

-Uno se quedaría aquí para siempre -propuso Heydrich, al sentir que Eichmann se colocaba a su altura, a la par que extraviaba la mirada por la relajante nieve que cubría el extenso jardín.

-Desde luego... –suspiró éste, aunque después añadió un resuelto-: ¡Pero nos llama el deber de servir al Reich!

Heydrich contempló a Eichmann con cierto desprecio mal disimulado y apuró su vaso.


sábado, 31 de marzo de 2012

La exposición de Arte Degenerado


-Múnich, verano de 1937-

Este es un lugar libre de judíos, avisaba un cartel a la entrada de la exposición de Arte Degenerado. Quería decir que, como en gran cantidad de lugares de Alemania, en las tiendas, cines, consultorios médicos, estadios, bares, transportes, etcétera, allí tampoco podían acceder los judíos, y ni falta que les hacía contemplar la pomposa exposición, porque la gran mayoría de los cuadros calificados de inmorales y degenerados pertenecían precisamente a ellos, a los pintores judíos… así que el lugar, paradójicamente, no estaba tan libre de judíos.

Los curiosos, guiados por el morbo del que entonces era su Ministro de Propaganda, el doctor Goebbels, ardían en deseos de contemplar esas pinturas fruto de las más profundas e ignominiosas decadencias humanas, de las más abyectas razas, producto de los comportamientos más bajos del hombre, inspiradas en todas las miserias humanas que, sin duda, poseían sus perpetradores.

Una larga fila de personas guardaba cola para abonar los reichmarks que costaba el acceso y satisfacer así su inquietud: comprobar, no sin cierto miedo, si era cierto que la contemplación de tales aberraciones provocaba, como algunos rumoreaban, la inmediata pérdida de la visión en las personas más íntegras, y también en las más sensibles.

Dentro de la galería pululaban a sus anchas pasantes de arte y coleccionistas al acecho, personas que buscaban el negocio fácil con la compra a precio de saldo de un patrimonio del que se deshacía ahora, avergonzado, el Tercer Reich. Multitud de las pinturas expuestas acabarían malbaratadas en manos de intermediarios que las revenderían, a su vez, a coleccionistas americanos y a otras galerías de arte de los Estados Unidos. Al final, no se trataba más que de negociar con el sufrimiento y las angustias de los demás, una práctica habitual del hombre, tan antigua como la humanidad.

En el interior de la exposición velaban por la seguridad los agentes de las SS, mientras elementos de la Gestapo permanecían bien atentos a las exclamaciones de aborrecimiento y desaprobación de los presentes, que argumentaban que Hitler bien podría quemar esos cuadros de una vez por todas, aunque si tales porquerías ayudaban a engrosar las arcas de Alemania se daba por bien empleada su conservación para la venta al extranjero.

Lovis Corinth, Paul Klee, Paul Gauguin, Franz Marc, Vincent van Gogh, Vasili Kandinsky, Oskar Kokoschka, Mark Chagall, Pablo Picasso... acusados de decadentes por ser judíos, por padecer enfermedades mentales o físicas, por pertenecer a movimientos vanguardistas que Hitler tanto odiaba y por plasmar la realidad deformada, de una manera atormentada y aberrante... Casi cualquier motivo era bueno para que colgaran el cuadro de un pintor en esa exposición aunque, realmente, la razón de una inclusión en el catálogo radicaba en que sus autores, en mayor o menor medida, consciente o inconscientemente, se oponían al nazismo y al modo de vida que preconizaba.

De repente, un coche oficial se detuvo frente a la entrada de la exposición. Venía escoltado por cuatro motoristas y flanqueado por otros dos automóviles. De él se bajaron Hitler y Goebbels. El Führer llevaba oyendo hablar tanto de la exposición por todas partes que decidió que ya era hora de reservar un hueco en su agenda para visitarla. La presencia del Canciller en la galería causó un colapso entre los asistentes que, no de muy buenas maneras, fueron desalojados de allí por los agentes de las SS. Parsimoniosamente, Hitler y su Ministro de Propaganda recorrieron la instalación.

-¿Cuántas basuras hay colgadas de este tipejo? -Hitler preguntaba por el número de cuadros de Paul Klee, un artista que le era profundamente desagradable. Goebbels se rascó la cabeza y añadió:

-Creo que son diecisiete, Führer -Hitler esbozó una mueca de asco, para añadir a modo de reflexión:

-Son... ¡son completamente repulsivos! -y miró a su acompañante que esbozaba una sonrisa de complicidad, satisfecho por el efecto que la muestra causaba en Hitler.

-Debemos deshacernos de todas estas aberraciones -comentó el Canciller-. El renacer del pueblo alemán debe venir de la mano de un resurgir del arte alemán, ¡y para ello no necesitamos estas barbaridades! ¡Me revuelven el estómago!

Ambos hombres continuaron la visita. Hitler se detuvo ante El Rabino, un cuadro de Chagall. Meneó la cabeza en señal de descontento y añadió:

-Es repulsivo... intolerable...

Después, frente al Jardín de Monasterio, de Klee, el Führer agudizó la voz para mofarse de la pintura:

-¿Pero es que este hombre no sabe o no puede dibujar aceptablemente? ¿Le pasa algo en las manos, es tal vez manco, o retrasado? ¡Incluso un niño o un mono lo pintarían mejor! ¡Qué difícil es encontrar hoy en día artistas como Makart o Menzel! Pero ambos ya están fallecidos... ¡Para nuestra desgracia! -se lamentó Hitler.

Goebbels aprovechó la ocasión para adular un poco más al Führer y enumeró a otros de sus pintores favoritos:

-O como Miguel Ángel, Ver Meer, Bruegel... –pero Hitler no prestó mucha atención.

-¡Venga, vámonos! No puedo terminar de ver la muestra... Se me revuelve el estómago…

Y a la vez que avanzaba en pos de la salida, su siempre delicado estómago se quejó de todo aquello que no podía digerir con un recio borborigmo y un sonoro eructo con efluvios a requesón, que obligo a Goebbels a mirar para otro lado, y a unos miembros de la Gestapo a contener su gruesa risotada con acentos de cuero.


enlace a una muestra de la exposición:

http://www.contranatura.org/graficas/pinturas/degenerado/index.htm