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sábado, 31 de marzo de 2012

La exposición de Arte Degenerado


-Múnich, verano de 1937-

Este es un lugar libre de judíos, avisaba un cartel a la entrada de la exposición de Arte Degenerado. Quería decir que, como en gran cantidad de lugares de Alemania, en las tiendas, cines, consultorios médicos, estadios, bares, transportes, etcétera, allí tampoco podían acceder los judíos, y ni falta que les hacía contemplar la pomposa exposición, porque la gran mayoría de los cuadros calificados de inmorales y degenerados pertenecían precisamente a ellos, a los pintores judíos… así que el lugar, paradójicamente, no estaba tan libre de judíos.

Los curiosos, guiados por el morbo del que entonces era su Ministro de Propaganda, el doctor Goebbels, ardían en deseos de contemplar esas pinturas fruto de las más profundas e ignominiosas decadencias humanas, de las más abyectas razas, producto de los comportamientos más bajos del hombre, inspiradas en todas las miserias humanas que, sin duda, poseían sus perpetradores.

Una larga fila de personas guardaba cola para abonar los reichmarks que costaba el acceso y satisfacer así su inquietud: comprobar, no sin cierto miedo, si era cierto que la contemplación de tales aberraciones provocaba, como algunos rumoreaban, la inmediata pérdida de la visión en las personas más íntegras, y también en las más sensibles.

Dentro de la galería pululaban a sus anchas pasantes de arte y coleccionistas al acecho, personas que buscaban el negocio fácil con la compra a precio de saldo de un patrimonio del que se deshacía ahora, avergonzado, el Tercer Reich. Multitud de las pinturas expuestas acabarían malbaratadas en manos de intermediarios que las revenderían, a su vez, a coleccionistas americanos y a otras galerías de arte de los Estados Unidos. Al final, no se trataba más que de negociar con el sufrimiento y las angustias de los demás, una práctica habitual del hombre, tan antigua como la humanidad.

En el interior de la exposición velaban por la seguridad los agentes de las SS, mientras elementos de la Gestapo permanecían bien atentos a las exclamaciones de aborrecimiento y desaprobación de los presentes, que argumentaban que Hitler bien podría quemar esos cuadros de una vez por todas, aunque si tales porquerías ayudaban a engrosar las arcas de Alemania se daba por bien empleada su conservación para la venta al extranjero.

Lovis Corinth, Paul Klee, Paul Gauguin, Franz Marc, Vincent van Gogh, Vasili Kandinsky, Oskar Kokoschka, Mark Chagall, Pablo Picasso... acusados de decadentes por ser judíos, por padecer enfermedades mentales o físicas, por pertenecer a movimientos vanguardistas que Hitler tanto odiaba y por plasmar la realidad deformada, de una manera atormentada y aberrante... Casi cualquier motivo era bueno para que colgaran el cuadro de un pintor en esa exposición aunque, realmente, la razón de una inclusión en el catálogo radicaba en que sus autores, en mayor o menor medida, consciente o inconscientemente, se oponían al nazismo y al modo de vida que preconizaba.

De repente, un coche oficial se detuvo frente a la entrada de la exposición. Venía escoltado por cuatro motoristas y flanqueado por otros dos automóviles. De él se bajaron Hitler y Goebbels. El Führer llevaba oyendo hablar tanto de la exposición por todas partes que decidió que ya era hora de reservar un hueco en su agenda para visitarla. La presencia del Canciller en la galería causó un colapso entre los asistentes que, no de muy buenas maneras, fueron desalojados de allí por los agentes de las SS. Parsimoniosamente, Hitler y su Ministro de Propaganda recorrieron la instalación.

-¿Cuántas basuras hay colgadas de este tipejo? -Hitler preguntaba por el número de cuadros de Paul Klee, un artista que le era profundamente desagradable. Goebbels se rascó la cabeza y añadió:

-Creo que son diecisiete, Führer -Hitler esbozó una mueca de asco, para añadir a modo de reflexión:

-Son... ¡son completamente repulsivos! -y miró a su acompañante que esbozaba una sonrisa de complicidad, satisfecho por el efecto que la muestra causaba en Hitler.

-Debemos deshacernos de todas estas aberraciones -comentó el Canciller-. El renacer del pueblo alemán debe venir de la mano de un resurgir del arte alemán, ¡y para ello no necesitamos estas barbaridades! ¡Me revuelven el estómago!

Ambos hombres continuaron la visita. Hitler se detuvo ante El Rabino, un cuadro de Chagall. Meneó la cabeza en señal de descontento y añadió:

-Es repulsivo... intolerable...

Después, frente al Jardín de Monasterio, de Klee, el Führer agudizó la voz para mofarse de la pintura:

-¿Pero es que este hombre no sabe o no puede dibujar aceptablemente? ¿Le pasa algo en las manos, es tal vez manco, o retrasado? ¡Incluso un niño o un mono lo pintarían mejor! ¡Qué difícil es encontrar hoy en día artistas como Makart o Menzel! Pero ambos ya están fallecidos... ¡Para nuestra desgracia! -se lamentó Hitler.

Goebbels aprovechó la ocasión para adular un poco más al Führer y enumeró a otros de sus pintores favoritos:

-O como Miguel Ángel, Ver Meer, Bruegel... –pero Hitler no prestó mucha atención.

-¡Venga, vámonos! No puedo terminar de ver la muestra... Se me revuelve el estómago…

Y a la vez que avanzaba en pos de la salida, su siempre delicado estómago se quejó de todo aquello que no podía digerir con un recio borborigmo y un sonoro eructo con efluvios a requesón, que obligo a Goebbels a mirar para otro lado, y a unos miembros de la Gestapo a contener su gruesa risotada con acentos de cuero.


enlace a una muestra de la exposición:

http://www.contranatura.org/graficas/pinturas/degenerado/index.htm



jueves, 6 de octubre de 2011

Tiempo penoso


En Múnich: Galería Hans Goltz, 10 de noviembre de 1916.

- …era demasiado tarde, el vomito chorreaba ya por la máquina –Kafka realizó una parada brusca en su lectura, provocada por un súbito suspiro, más bien por una especie de gritito mezclado con un quejido que alarmó a la concurrencia que seguía atenta su interpretación pública del relato En la Colonia Penitenciaria.

-¡Rápido, un médico! –pidió a grandes voces el marido de la dama que acababa de desmayarse.

Kafka siempre fue reticente a este tipo de actos, pero, por una vez, se vio obligado a complacer a Brod, un poco para deshacer el malestar que creció entre ellos tras el incidente con Musil, su rechazo de la oferta para colaborar en la revista, por otro lado excelente, que ya se publicaba en Viena. Brod, que apenas pudo creer que su amigo, ahora sí, se doblegara mansamente a su ofrecimiento de aparecer en público, bien pronto le organizó una lectura en la galería de arte moderno Hans Goltz de Múnich. Será espléndido, varios escritores de prestigio, no lo dudes, acudirán a la cita.

En efecto, así era: Eugene Mondt, Max Pulver y Rainer Maria Rilke se encontraban entre el público. Para desgracia de Kafka también acudieron unas mojigatas, escandalizadas ante el calado del texto que, en principio, sorprendió a la audiencia y que, a medida que avanzaba en su lectura, repugnaba y admiraba a partes iguales… hasta que se desvaneció la mujer. Fue lo peor que podía sucederle, con todos esos escritores tan imponentes entre los asistentes. ¡Seguro que se mofarían de él! Ahora se convencía de su error al aceptar fantochadas de ese estilo. Se propuso que, nunca más, volvería a tomar en cuenta a Max Brod para esos asuntos.

Entre los perplejos asistentes se encontraba un médico que ya sujetaba la muñeca de la mujer, pálida en su desvanecimiento, y solicitaba un pomo de sales de las presentes.

La dama afectada abandonó la sala en compañía de su malhumorado marido, hechizado y repleto de curiosidad ante lo monstruoso del relato: se le privaba la posibilidad de averiguar su misterioso desenlace.

Franz prosiguió con la lectura. Alcanzó el punto en donde, con detenimiento, exponía el funcionamiento de la rastra que claveteaba sus agujas en el cuerpo de la víctima.

-… el cuerpo no se desprendía de las largas agujas, seguía desangrándose… -sendos alaridos volvieron a truncar su recital: otras dos mujeres se desplomaron truculentas, pálidas, con los labios morados por falta de riego. También, de nuevo, el médico y las sales disfrutaron de su protagonismo.

Franz se azoró muchísimo. Ignoraba que su pluma, su redacción, su literatura, fuera capaz de generar reacciones tan extremas. Escrutó a los escritores en quienes, no tan inconscientemente como podría imaginar, buscaba un poco de reconocimiento. De entre ellos, Rilke abría los ojos desmesurados y contemplaba al autor embobado. Diríase que sucumbía por completo a la magia del relato. No así las damas que, escandalizadas, pugnaban por arrastrar a sus maridos al exterior de la sala.

Pudo rehacerse ante la nueva interrupción y, presa de un gran nerviosismo, fue capaz de terminar el relato. Al pronunciar la última frase se golpeó con un silencio expectante. Ni él mismo sabía que debería aguardar, si aplausos y vítores o un pateo despreciativo, pero lo que nunca pudo imaginar era el silencio, tan insoportable, un mutismo alimentado por la admiración y por el estupor de los presentes. Ante eso, se vio en la obligación de pronunciar una breve justificación por la dureza de lo leído:

-Creo necesario aclararles a todos ustedes una puntualización al respecto del relato: se que les ha resultado penoso. En efecto lo es, es un relato penoso, desde luego; pero nuestro tiempo en general y el mío en particular también es muy penoso…, especialmente el mío es incluso más penoso que el general.

No atendían: la audiencia dejó de ser una masa informe, anestesiada por la lectura, para salir, individual y sumida en un silencio reverencial, de la sala de arte; se vertieron al exterior de Múnich en busca de otro entretenimiento que les permitiera recobrar la calma y poder así disfrutar del placer de la tarde.

Una tarde que ese cenizo venido de Praga, por muy buena que fuera la promesa de la diversión posterior, ya les estropeó por completo.

martes, 6 de septiembre de 2011

Die Watch am Rhein en la Odeonsplatz de Múnich




El mismo, revuelto y tumultuoso, dos de agosto de 1914:

-¡Muerte a los serbios!

-¡Aniquilaremos a Serbia!

-¡Borraremos a Francia del mapa de Europa!

-¡Es necesaria la guerra contra Gran Bretaña!

-¡Rusos, preparaos!

La abigarrada multitud agolpada en la Odeonsplatz de Múnich acababa de recibir la noticia de que Alemania le declaraba la guerra a los rusos. La gente reaccionó con gritos de satisfacción: bramó consignas patrióticas y antibritánicas: blasfemó: maldijo el nombre de Serbia: levantó los puños en actitud amenazadora y, después de que un hombre se subiera hasta lo más elevado de las escaleras del Feldherrnhalle y leyera una proclama, la muchedumbre arrojó al aire los sombreros alborozada, una y otra vez, en una especie de reverencia que celebraba la guerra inminente.

Se escuchaban vivas y vítores al rey Luis III de Baviera y muchos ciudadanos respetables, elegantes y bien vestidos, increpaban a las potencias europeas con bravatas. Incluso las mujeres proferían insultos, ignoraban que las presentes celebraciones y algarabías no eran sino el preludio a los llantos, a un futuro de lamentos producto de la desesperación ante el envío de los hijos, de sus maridos, de los propios padres, a la segura muerte del frente.

Y todo esto le parecía muy bien a Adolf Hitler, inmerso en el corazón de la masa hirviente y desatada, de la masa que pedía venganza, que clamaba por restituir el orgullo nacional extraviado en la oscura maraña de tejemanejes políticos controlados por ingleses y franceses. Sí, todo aquello le parecía estupendo a Hitler, que demandaba la guerra anhelante, como quien aguarda recibir una bendición del cielo.

Hacía varios días que la excitación popular fue ganando enteros a medida que crecía la animadversión contra Francia e Inglaterra. La policía se vio obligada a rescatar a unas mujeres contra las que el populacho se abalanzó furioso tras escucharlas hablando en francés por las calles de Múnich y el café Fahrig fue brutalmente destrozado al negarse su orquesta a tocar la patriótica Die Watch am Rhein, considerada como el himno paralelo de Alemania. Esa noche, en los cafetines y mentideros de Múnich, en el café Stefany, en los alrededores del cabaret Simplicissimus, en el interior del Luitpold, las cosas ya no eran como siempre. Escritores, compositores, artistas e intelectuales, daban sus acaloradas y particulares versiones desesperanzadas acerca de la declaración de guerra. Unas opiniones que no eran siempre favorables al conflicto armado y que desencadenaban el abucheo intolerante de los autoproclamados patriotas.

Hitler estaba completamente convencido de que debían limpiar la sangre de la muerte del archiduque Franz Ferdinand con más sangre y con más muerte y reparar el orgullo en el campo de batalla, con la intervención de las armas... Ya no quedaba otro remedio y, como dijo el estadista británico David Lloyd-George:“Los países de Europa han resbalado por el borde y se han caído dentro del caldero hirviendo”.

Un caldero en el que también se encontraba inmerso Hitler, en el que también se encontraban sumergidos todos los que abarrotaron la plaza, roncos de cantar el Deutschland Über Alles y, de nuevo, el Die Watch am Rhein.

Con los pelos de punta y la piel de gallina, con lágrimas en los ojos, Hitler decidió en esos instantes que se alistaría al ejército, que se presentaría como voluntario para servir en el Primer Regimiento de Infantería Bávaro. Daba, así, el paso adelante para salir de la anónima masa y, con ello, a la larga, sumiría en las tinieblas al mundo entero porque, en el frente de la Gran Guerra, su vida cambió con un giro radical y, por ende, las vidas de cincuenta millones de personas se transformarían en desgracia.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Pinturas de guerra (de la Guerra del 14)


–Múnich, Bonn, dos de agosto de 1914-

Franz Marc terminó de aplicar una pincelada sobre el lienzo con un milimétrico golpe de muñeca. Era un trazo exacto sobre la tela, un suave toque que ya nadie más podría ejecutar como él, una paletada administrada de esa manera única, genial: porque Franz Marc era tan irrepetible como lo fueron Goya, Rembradt o Van Gogh.

Sus manos parecían poseer la precisión de un relojero, la seguridad y la determinación de un cirujano, como esos que, en los hospitales de campaña, pronto amputarían y desbridarían las extremidades de los heridos del frente en cuanto la sangría se desencadenase.

Marc tomó una pequeña distancia con el caballete para conseguir la visión completa de la tela: tras el último retoque magistral asintió con la cabeza y murmuró para sí un bien, satisfecho del trabajo terminado. Después, descorrió ligeramente los visillos de la ventanita de su estudio de Múnich para contemplar la calle. Un incansable murmullo le llegaba desde hacía unos minutos: los ánimos, de nuevo, se encontraban caldeados allá abajo.

Una discusión, otra discusión más, sobre la conveniencia de entrar en guerra. Un corrillo de personas increpaban a quién osaba manifestarse como un pacifista contrario a los deseos tumultuosos del vulgo. La canalla ansiaba, de una vez por todas, la guerra a sus hostiles, vengativos y desalmados enemigos.

El sol de agosto inundó el estudio de Franz Marc con una luminosidad alegre, optimista, creó una plácida atmósfera, tan alejada de las duras horas que iban a cernirse sobre todos y cada uno, incluso sobre los integrantes del belicoso grupo que golpeaba a un transeúnte en respuesta a sus pacíficas opiniones. El tumulto se saldó con la presta intervención de la policía que detuvo al hombre bajo la acusación de disturbio público. A Franz Marc le pareció distinguir que el detenido, mientras se alejaba en el carromato policial tirado por un caballo negro, sangraba por la nariz y por la boca. El repiqueteo de los cascos del equino contra el suelo se perdió entre el eco de las calles de Múnich, ahogado por el clamor de la manifestación espontánea en favor de la declaración de guerra a la que miles de personas se unían. Y muy pronto, el ruido de los rifles, de las bombas y de los morteros, ahogaría las proclamas de los manifestantes y el sonido de las herradas patas de los animales contra el adoquinado.

Esa misma mañana, en su estudio de la ciudad de Bonn, el pintor August Macke, uno de los mejores amigos de Franz Marc, encaraba las últimas pinceladas de una obra cuando le llegó el ruido de la manifestación que clamaba venganza. Indignada, la muchedumbre aseguraba que el pangermanismo necesitaba lavar las afrentas diplomáticas y que Alemania debía declarar la guerra. Entonces, a Macke se le llenó la cabeza, igual que el horizonte, de malos presagios.

August Macke era tan único e irrepetible como lo fueron Goya, Rembrandt y Van Gogh. Tan único e irrepetible como su amigo Franz Marc. Pero eso, entonces, ellos no podían saberlo.