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miércoles, 21 de diciembre de 2011

Espuma de mar en la ribera del río Isonzo


En las cercanías de Görz: Cuartel General de la División de Voluntarios Austriacos; retaguardia del Frente Alpino del río Isonzo –Estafeta Postal-, 15 de septiembre de 1915.

El aspecto del capitán de correos Palotay siempre era el mismo: aturdido. Aturdido por la gran cantidad de cartas que el Estado necesitaba censurar, embotado por la enorme pila de pliegos que cada día leía con ojos escrutadores, con la mayor de las atenciones posibles, pendiente de un detalle aquí, de un desliz acá, de una indiscreción más allá que, con pulso firme y trazos gruesos, eliminaba para dejar ilegibles. Tal era el proceso del censor Palotay: abría los sobres (que alcanzarían su destino violentados por el bien de la seguridad nacional), extraía y leía con atención las cartas y reprobaba sin miramientos.

Con enorme cansancio, sujetó entre sus manos una nueva misiva que recogió del infinito montón apilado junto a su escritorio. Contempló el remitente y se dijo: Otra vez ese Oskar Pollak del demonio, que no para de enviar cartas. Rasgó el sobre, extendió el papel en la mesa e inició la lectura. El encabezamiento databa, con pelos y señales, el lugar de estacionamiento de la división de Cazadores Austrohúngaros.

-¡Sólo le falta indicar las cotas métricas y el número de baterías que defienden nuestras posiciones! -exclamó indignado Palotay para preguntarse, después, mientras encendía una pipa de espuma de mar con la magnífica cabeza de un dogo esculpida en la cazoleta-: ¿No será un espía? –las dudas eran razonables, a otros, por mucho menos, les formaban Consejo de Guerra.

Con gran celo tachó la información prohibida para, a continuación, desmenuzar con tiento el resto del contenido:

‹‹En el Frente XXXXXXXXXXXXXXXX

‹‹Estimado y querido Franz:

‹‹Espero que la palabra “Frente”, escrita en el encabezamiento de la carta, no te cause miedo ni intranquilidad. Queda sin preocupaciones por tu amigo que, pese a encontrarse, en efecto, en el Frente, también se encuentra a salvo. Hacen falta más que unas divisiones italianas para terminar conmigo y, por ende, con el ejército austriaco desplegado por la zona.

A continuación, Palotay aplicó una nueva censura: consideró que resultaba demasiado peligroso citar el lugar de nacimiento del río porque eso proporcionaba pistas de la ubicación de las tropas en ese instante. Mientras, el humo de su pipa se elevaba al compás de unas detonaciones lejanas, quizás de baterías italianas, tal vez austriacas. ¿Quién podría saberlo desde allí, tan lejos? Prosiguió con la lectura:

‹‹Casi me parece mentira que el plácido curso del río que nace en XXXXXXXXXX, con sus apacibles recodos, pueda concentrar el espíritu bélico de dos naciones. A ti, querido Franz, te gustaría ver el paraje, te ayudaría a disipar la nubosa y gris languidez que te rodea en Praga, esa Praga que amas y odias por igual y que, ¡ojala me equivoque!, un día terminará por consumirte anegado y ahogado en tu tristeza.

‹‹¡Basta ya de melancolías! ¡Miremos al futuro con optimismo creciente! A continuación paso a exponerte una muestra de mis proyectos, ambiciones que conformarán el futuro, ese futuro que será nuestro por entero, futuro en el que nos comeremos el mundo. Dejé en Praga, ya casi listo para su edición, un manuscrito titulado La Actividad Artística Bajo el Papa Urbano VIII que, a buen seguro, deberá ser publicado en dos tomos. Te ruego que, si dispones de tiempo, te dirijas a casa de mis padres y se lo pidas; ellos esperan ansiosos tu visita. Me encantaría que sometieras el trabajo a un vistazo crítico de los tuyos. Y digo crítico, por supuesto, que ya sabes que de buen grado aceptaré todos y cada uno de tus reproches.

‹‹Por otro lado, Franz, amigo, mantengo aquí, a mi lado y en el cuartel, los manuscritos de los trabajos que he realizado acerca de los pontificados de Inocencio II y de Alejandro VII. Tal vez no sea el lugar más adecuado para ellos, ¡estoy seguro de que no lo es!, pero debo reconocer que mis papelotes me han abierto la franca amistad de un capitán amante del arte y de la historia que se ha mostrado muy interesado en mi proyecto de elaboración de una bibliografía sobre las guías artísticas romanas. Al enterarse el capitán Tadeusz, que así se llama mi superior, de que he viajado por Viena y Roma, en calidad de crítico de arte, de que me ocupo del periodo barroco y de la historia arquitectónica de Praga, casi se desmaya, de lo gran amante del arte que es. Así que ya lo ves, gracias a mi pasión por la belleza incluso aquí he conseguido a un buen amigo.

Palotay no sabía cómo actuar. ¿Qué partes de ese párrafo eran inconvenientes? ¿Quién era ese Franz? ¿Debería conocer ese tal Franz que la Oficialidad, en lugar de pensar en la batalla, se entretenía con los soldados, enzarzada en charlas artísticas? ¿Qué imagen daba así el Ejército Imperial?

‹‹En cuanto todo esto acabe pienso iniciar una biografía de Pietro de la Cortona y, por supuesto, continuaré abundando en el arte italiano, no muy bien visto por aquí, en mitad del conflicto, continuamente encañonados por rifles de esa nacionalidad. Ya sabes, las guerras tan sólo son un mero accidente que enfrenta a los hombres; después, italianos y austriacos volveremos a ser los camaradas de siempre.

¡Eso ya era intolerable! Enardecía la cultura enemiga, instaba a la reconciliación, a la tregua, a la paz con los países hostiles. No, Palotay no pensaba pasar eso por alto y con un furioso golpe de su muñeca tachó el párrafo entero. Menos mal que el soldado se despedía con un cierto ensalmo patriótico. Eso lo salvaba, de momento, de que elevara un informe y se le abriera un expediente por derrotismo que podría culminar en juicio sumarísimo:

‹‹En fin, amigo Franz, ¡toda mi admiración por Durero! He comenzado las primeras líneas de su biografía, pero me temo que será un trabajo muy largo.

‹‹Suerte, pronto volveremos a vernos:

‹‹Tu Oskar Pollak, voluntario austriaco.

‹‹Post Data:

‹‹Aprovecho para saludar a tu inseparable amigo Max Brod, ¿le va todo tan bien?

Palotay sonrió con malicia y decidió eliminar todos los párrafos inconvenientes, incluido en el cual Pollak se refería a su amistad con el superior y al gusto del capitán por el arte. La carta quedaba insulsa, reducida en sus tres cuartas partes, pero los soldados ya sabían a lo que se exponían. Arrojó el sobre al interior de una saca que rebosaba de misivas ya censuradas y avisó a su ordenanza para que la despachara. El secretario, de mala gana -maldecía rezongando entre dientes-, se llevó el fardo de allí no sin antes colocar en su lugar uno vacío, que se iría engrosando poco a poco con el goteo de nuevas cartas inspeccionadas.

Satisfecho con su actividad, Palotay cargó y encendió una nueva pipa y se recostó en la silla. El aroma del tabaco, las vaharadas del humo, lo sumieron en un sueño agradable y cálido en donde un enorme caldero de goulash expandía sus aromas a carnes y especias al arrullo de las detonaciones que se sucedían en el Frente, cada vez más cercano.

***

Un estampido brutal despertó a Palotay. Tal fue el susto que la pipa de espuma de mar se le cayó al suelo.

-¡Mierda! -exclamó con disgusto, puesto que el material era muy frágil y con cualquier golpe podía quebrarse, además de ser un recuerdo familiar muy apreciado. Cuando su bisabuelo se reunió con otros criadores del Dogo Alemán, allá por el mil ochocientos ochenta y siete, con la intención de crear la normativa y los estándares del animal, decidió encargar a un gran artesano la elaboración de una pipa cuya cazoleta reflejara lo más fielmente posible las enhiestas orejas del que se consideraría el Apolo de los Perros. Con buen criterio, el artista eligió la espuma de mar, material que proporcionaba las mejores características para esculpir…

Se agachó para recogerla y se congratuló de su buena suerte: parecía que no sufría desperfectos. Alargó la mano, ya la alcanzaba…, entonces, un estruendo terrible agitó la Estafeta Postal. La pared, que lindaba con uno de los taludes de la trinchera, se desmoronó producto del fuego de tambor de las baterías italianas y un violento chorro de agua embarrada penetró con furia y arrastró la pipa un poco más allá.

Palotay juraba a gritos. Con el agua a media pierna chapoteaba desesperado entre el limo. El ordenanza abrió la puerta alarmado y chilló:

-¡Italianos!, ¡son los italianos que ya vienen! –Palotay no prestó mucha atención a la advertencia. Agitaba los brazos entre cartas, enseres y artilugios de escritorio que flotaban a su alrededor. Creyó que si disponía de unos minutos más, tal vez uno solo, sería capaz de recuperar su amada pipa.

martes, 11 de octubre de 2011

Gangrena gaseosa


En la Retaguardia del Isonzo: Hospital de Campaña italiano, agosto de 1917.

No podía creerlo. Debía de soñar todavía, seguro que una de esas pesadillas producto de la fiebre, porque abrió los ojos y vio, justo frente a su cama, al rey Víctor Manuel III rodeado de toda su comitiva y acompañado de los principales prebostes del hospital y del Regimiento.

-Convalece de su última operación, que se le realizó hace tres días –explicó uno de los Oficiales médicos a Su Alteza Real.

Era una pesadilla, obviamente, porque Mussolini aborrecía a la realeza y era imposible que el mentecato se encontrara, ahora, delante suyo, y escuchara encandilado los detalles de sus heridas de guerra. No, definitivamente, no podía ser eso de ningún modo.

-Lleva seis meses de hospital y le extraímos cuarenta y cuatro fragmentos de astillas y proyectiles tras veintisiete operaciones, dos de ellas se realizaron sin anestesia… -el Oficial médico recitaba los datos del heroísmo de Mussolini, que el enfermo interpretó como el momento ideal para formular una bravuconada:

-Esas operaciones sin anestesia…, las pedí porque quería ver el proceder los médicos, vigilarlos, ¡no fuera a despertarme sin piernas! –la chanza sólo fue recibida con medias sonrisas por el personal sanitario. No les gustó nada que el patán se burlara de ellos.

El rey tragó saliva tras escuchar la tontería e interpretó su personaje: un mamarracho a años luz del dolor, del sufrimiento, inmune incluso al propio resentimiento que brutos como Mussolini podrían albergar contra la monarquía a la que consideraban una sanguijuela que oprimía a los trabajadores.

Se dirigió, calmudo, al convaleciente:

-¿Dígame, Mussolini, se encuentra bien? –el interpelado abrió los ojos desaforados. ¿Podría encontrarse bien después de lo relatado? Decididamente, ese reyezuelo era un estúpido. ¡Qué lástima no poseer la totalidad de las fuerzas para correrlo a puñadas, para expulsarlo del Pabellón Médico a puntapiés y patadas!

-No me encuentro muy bien, Majestad –sin embargo, se contuvo a la hora de responder, presa de un extraño pudor que se negaba a reconocer como respeto.

-¡Bravo Mussolini! Aguante la inmovilidad y el dolor con valentía, es su deber –eso era todo lo que se le ocurría para transmitir ánimos. Al monarca le gustaría ser capaz de pronunciar unas palabras más elevadas, pero se sentía torpe, inhábil para ello, de su boca no brotaban más que nimiedades.

-Gracias Majestad –el reconocimiento brotó del pecho de Mussolini con un suspiro desgastado. En realidad querría mandarlo a tomar viento.

El rey reposó sus atribulados ojos en la mesilla del herido. Allí florecía la espléndida pipa de espuma de mar. Uno de los médicos se anticipó, sumiso, a la pregunta que se disponía a pronunciar Su Alteza.

-Es la pipa de Mussolini, no se separa de ella. La suele utilizar cuando lo sacamos al jardín para tomar el aire…

-Es muy bonita –murmuro el rey, encaprichado. Se aclaró la voz con una ligera carraspera para añadir-: Por el momento, convaleciente, no creo que el herido salga de nuevo al patio, así que no veo la necesidad de la pipa…

-En efecto, Alteza, no la necesita en absoluto –como si la pipa fuera suya, el médico dispuso a su antojo del objeto, ofrendándoselo al rey con un gesto de extraordinaria sumisión que, para los allí presentes, desprendió un olor repulsivo, de úlcera infecciosa.

Víctor Manuel III se guardó la pipa en un bolsillo de la guerrera militar. Mussolini lo aferró de una de las mangas. Se encontraba bajo los efectos de los medicamentos porque, lejos de percatarse del robo de su pipa a manos del personaje que para él podría ser el más indeseable que existía, le rogó al rey que dejaran de sonar los timbres de los teléfonos. En un lugar de reposo para heridos esos desconsiderados timbrazos perturbaban la calma.

Nadie se esforzó en explicarle al rey, que se marchaba del pabellón, que Mussolini creyó oír timbrazos en la campanilla de un monaguillo que acompañaba al sacerdote y que, en esos instantes, administraba la extremaunción al desdichado que ocupaba lugar en la cama de al lado, devoradas sus extremidades por la gangrena gaseosa.

lunes, 10 de octubre de 2011

La venganza del Mesozoico


En el Frente del Isonzo: Monte del Carso, Cota 144, 23 de febrero de 1917.

Parecía que sería una mañana tranquila, pero el capitán se empeñó en que no fuera así: ordenó maniobras para mantener alerta y en forma a la tropa y dispuso un fuego graneado de mortero sobre una serie de objetivos naturales. Debían apuntar al Portón del Este, localizado entre dos insolentes peñas del Mesozoico, o acertarle a la cota 265, ubicada en la falda de un montecillo de la época del Mioceno. Así, el orgullo de las piedras que la erosión y el paso de los siglos no consiguió destruir, sería borrado de la geografía y del mapa por unas bombas dirigidas por un puñado de astrosos milicianos italianos que, de muy mala gana, practicaban puntería por mero capricho de sus superiores. Cambrico, Magdaleniense, Carbonífero… periodos de tiempo fáciles de borrar de un soplido por la maquinaria bélica del hombre. Evaporados sin ningún sentido.

Un silbido, una parábola y el impacto elevaba un terrón de barro. El humillo blanquecino en suspensión permitía calificar la puntería de los artilleros.

-¡Sois unos burros! ¡Zopencos! –protestaba el capitán ante el mal ejercicio de sus hombres, que volvían a recargar una y otra vez. Los impactos cercaron los objetivos por la derecha, después los aliviaron con tiros demasiado alejados por la izquierda. Ahora, corrieron un breve, pero serio riesgo, de volar por los aires tras la corrección de unos grados al norte y, antes, fueron librados por exceso de inclinación al sur de los morteros; se probó la puntería quizás un poco más alta, también a tirar más abajo: los alrededores sembrados de cráteres, y en medio de todo, burlones, el Portón y la Cota se despechugaban indemnes.

-¡Inútiles, seguiremos hasta que acertéis, será mañana o el año que viene! –las airadas órdenes del capitán se contestaban con más fuego artillero y, si cabe, con peor puntería.

Entre la desgana generalizada llamaban la atención los servidores de uno de los morteros ubicados en el interior de una trinchera. El grupo se componía de cinco hombres. Uno de ellos era el sargento Mussolini, ascendido veintidós días antes. En lugar de atender a su cometido, enfriar la boca del artefacto con agua, se repantingaba al sol, apoyado en uno de los taludes, a buen recaudo de los prismáticos del capitán, engolfado con la fumada de la pipa de espuma de mar hurtada al enemigo. El fondo de la cazoleta prendía con una brasa rojiza a cada chupada, igual que la boca del mortero, incandescente ya desde un par de detonaciones anteriores. A unos metros reposaba un cubo de madera enmohecida, sin una gota de agua en su interior, y el cucharón necesario para refrescar la pieza. Los cinco hombres, retorcidos sus cráneos por el alto sol, con la resaca de la tarde anterior, bebieron toda la reserva de líquido por ver de paliar la sed y el dolor de cabeza provocados por la borrachera que sendas cantimploras de schnapps de ciruelas arrebatadas a los austriacos desencadenaron en sus ya de por sí mermadas facultades.

-¡Preparados para un nuevo disparo! –ordenó el capitán desde un altozano.

Un conejo, atolondrado por las descargas, brincaba de un lado a otro. Los soldados intentaban acertarle de un disparo con sus carabinas de peor puntería que los obuses.

-¡Dejad a ese animal en paz, idiotas! ¡Disparad fuego de mortero! –la orden, gritada con enorme desprecio, fue obedecida con la exasperante lentitud de quienes veían perderse ladera abajo el complemento a las insulsas cenas de rancho.

En cuanto embocaron el obús se dieron cuenta de lo que estaba a punto de suceder. El cañón de la pieza artillera blanqueaba por el calor, amenazaba con derretirse o reventar en el momento de escupir la munición.

Se miraron unos a otros. Era necesario refrescar el arma.

Rápido, agua.

El agua.

Mussolini mordió con fuerza la pipa en su boca. Abrió los brazos, no entendía qué le demandaban. Sus compañeros buscaron con ojos febriles el cubo tirado en un rincón. Mussolini comprendió la gravedad del asunto y se giró rápido en pos del cucharón. Escarbó en el interior de la madera carcomida y corroboró que no quedaba ni una gota de agua. Se volvió para advertir de tal circunstancia a sus camaradas, pero el aviso se le colgó de la boca como la pipa de espuma.

Un zumbido.

Una explosión sorda.

Una oleada de metralla destripó a los soldados, muñecos de paja, y arrojó, cargado de hierro y esquirlas, el cuerpo de Mussolini a cuatro metros de distancia.

El subteniente Francesco Caccese desbrozó un silencio de pánico reverencial y fue el primero en acercarse al lugar del accidente: Mussolini era el único que permanecía con vida. Su pierna izquierda, el pecho y la ingle, aparecían horadadas por pequeños pedazos de metal. En su boca, contraída por el éxtasis del dolor, aún permanecía intacta, de milagro, la pipa de espuma de mar. Esa misma pipa a la que sus manos acalambradas, antes del desmayo, se aferraron desesperadas mientras lo retiraban en camilla camino del Hospital de Campaña.

jueves, 22 de septiembre de 2011

La pipa de Mussolini


Ribera del río Isonzo: Octubre de 1915.

El aspecto devastado de la posición recién tomada. Los taludes de las trincheras desmenuzados. Cadáveres austriacos tremolados por los morteros, enormes ruinas desventradas. Restos de la intendencia, papeles oficiales, una taza desportillada, una cantimplora abollada. Ratas atribuladas en su ahíto ir y venir. Azufres en el aire pastoso y mefítico.

El soldado Benito Mussolini, del 11º Regimiento de Bersaglieri, empujaba un carromato junto a otros dos compañeros. Encaramado en el transporte, un mortero rudimentario, fatigoso de batallas y picado de óxidos, tormento de un asno bonachón hasta que la bestia se entregó consumida a una vereda del camino. Desde ese momento, los tres soldados fueron tres mulas de carga.

El carro embarrancó en el lodo. Un riachuelo subterráneo, redivivo por el soplo artillero –tan sólo vivificador para él- parió por los nuevos recovecos que las enormes lonjas de tierra desprendida le ofrecían. Fluido y cobrizo, anegó la hondonada del refugio en donde se ubicaba la abandonada retaguardia administrativa austriaca.

Mussolini aventó el aire que soplaba a su favor, un carnívoro que acecha a su presa. Ya podía olisquear el botín. Sabía que, durante las grandes retiradas británicas en Bélgica, los alemanes se encontraron deliciosas mesas con deliciosos manjares sin tocar, esperándolos a ellos, bodegas enteras olvidadas a la carrera, objetos de plata en los escritorios, magníficos artículos de caza y pesca, machetes nacarados, abrecartas de lujo, pisapapeles de la oficialidad, plumas, tabaco, picadura…, los austriacos puede que no resultaran tan espléndidos como los ingleses. Esa imagen pasó por su cabeza embutida y prieta bajo un casco ridículo. Tarde o temprano, el cobarde gobierno que regía Italia, que sólo deseaba enfrentarse a los austriacos, se vería obligado a declarar la guerra a los alemanes y esperaba que, de ser así, llegaría a tiempo para poder rebañar las trincheras teutonas.

Decidió que no se embarraría más con el carro ni con la pieza de artillería que remolcaba y abandonó su puesto ante los insultos de los compañeros. Si tenía que ensuciarse sería a la búsqueda de un botín provechoso.

Descendió por el talud y se fijó en sus maltrechas botas. Sería un golpe de suerte encontrarse con un soldado en el interior de la trinchera que ya no las necesitara. La intendencia austriaca siempre era de buena calidad. Mussolini removió unos escombros, restos de madera pertenecientes a un portón, y se topó con el acceso a la Estafeta, semihundida en las achocolatadas aguas del Isonzo que se colaban por las grietas de las paredes. En mitad de la sala flotaba un cadáver, estúpidamente aferrado a una pipa de espuma de mar.

El soldado Mussolini se introdujo en el barrizal hasta la cintura, rodeado de tampones, secantes y otro material de escritorio. A un lado flotaban los restos de una mesa, más allá, las patas de una silla. Las sacas de correspondencia desparramaban, a modo de cornucopia, su contenido. Los sobres, lánguidos hasta desmenuzarse en papilla, una pasta blancuzca y pegajosa.

Con gran esfuerzo quebró los dedos del desgraciado y rescató la magnífica pipa. Instantes después ya ascendía por el parapeto con el artefacto mordido en la boca. Pensó que ojala resbalara y se rompiera allí mismo una pierna: una bonita herida en el Frente para irse de vuelta a casa con honores de veterano. Al coronar la cresta le llovieron los insultos de su sargento, llamándolo burro, bestia y animal por varar la pieza de artillería en mitad del camino y provocar un monumental atasco en la avanzada. Los gritos, la reprimenda, disipó los tempranos sueños de gloria del soldado Benito Mussolini.

Humillado, agachó la cabeza y guardó la pipa en uno de los bolsillos de su guerrera. La boquilla, húmeda de los salivazos de su difunto dueño y por el fango de la trinchera, le dejó un regusto amargo, el mismo de esas veces en que se le iba la mano con el vino tinto o con la grappa; ese sabor de domingo por la mañana, con el sol que dolía en las sienes.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Ni tan siquiera supo sus nombres (primera muerte del soldado Oskar Pollak)


En un recodo del frente del Isonzo, en junio de 1915:

-¡Pollak, elija a tres hombres y alcance ese recodo del río! -le ordenó el capitán Tadeusz. Oskar dudó, no se imaginaba que recibiría una orden así, que tan certera y fríamente le enviaba a la muerte.

-¿A que diablos aguarda Pollak? -Oskar esperó un poco antes de obedecer la orden por ver si el capitán reflexionaba, se arrepentía y elegía a otra persona para la carnicería...

Lo peor de todo fue que le obligaron a elegir a otras tres personas, tres desgraciados más para que murieran con él. Ni tan siquiera supo como se llamaban, pero le acompañaron en la inmolación. De dos de ellos tan sólo conocía el infame apodo, del otro, ni siquiera eso. “¡Tú, tú y tú!”, dijo con un gesto mecánico y, tras un leve golpe de cabeza, ellos lo siguieron.

El grupito no consiguió ganar la posición, a mitad de camino perecieron bajo el fuego de la fusilería italiana que se asentaba sobre unas rocas colindantes.

El capitán Tadeusz miró para otro lado, eligió a un nuevo soldado y le ordenó que seleccionara a tres hombres más para ocupar la curva del río.

Con el paso del día, el recodo terminó por carecer de importancia táctica. Ante la pujanza de los italianos, fue abandonado, tras la retirada de las tropas austrohúngaras.