lunes, 27 de febrero de 2012

El lector de Dickens (parte 7 de 10)


En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, tarde del 2 de junio de 1924.

-Mi vida…, sí, mi vida: ha consistido, siempre, en intentos de escribir…, vanos intentos, fallidos…, pero si no lo hubiera intentado, sin escribir, yacería en el suelo, digno de ser barrido –quién así hablaba, superada la terrible crisis de la mañana, era Franz Kafka, recuperado gracias a una inyección en la laringe suministrada por Klopstock.

Se consumía el último hálito, la suprema mejoría previa a la caída en el abismo, los instantes de euforia que se regala el cuerpo para ceder a la enfermedad, satisfecho de sí mismo.

-Mis fuerzas, desde siempre, fueron miserablemente pequeñas. Por ello las ahorré y me he perdido un poco de todo para mantener la potencia suficiente para realizar mi principal objetivo- Franz se explayaba así delante de sus dos amigos y de la propia Dora.

Leo Nemec escuchaba ese tipo de declaraciones, las confrontaba con su propia vida, y se notaba desfallecer.

-Recuerdo –prosiguió Kafka enfebrecido por la medicación- que una vez incluso elaboré una lista de todo lo que sacrifiqué por la escritura, todo lo que no tenía, de lo que no disfrutaba y que sólo podía soportar su ausencia con esa explicación, arrebatado en aras de escribir. Si Balzac enarbolaba un asta con la divisa yo supero todo obstáculo, muy bien puedo yo componer mi leyenda: todo obstáculo me ha superado. Con el tiempo he llegado a una conclusión desoladora: existe un orden general que dispone que, en la vida, a nadie le resulte fácil conseguir las cosas, por sencillas que parezcan.

Nemec no pudo soportarlo, menos aún inmerso en el ambiente hostil que le dedicaba Klopstock, que no le hablaba desde la mañana. Se dispuso a salir de la habitación, acongojado.

Kafka elevó la voz y sentenció:

-Lo difícil para un hombre no es morir, lo realmente complicado para un hombre es soportar la vida que he tenido yo y enfrentarse a la muerte con ese bagaje. Todo es tan difícil, tan injusto… Y sin embargo tiene que ser así.

Nemec cerró la puerta de la habitación compungido y podría asegurar que escuchó murmurar a Klopstock:

-Huye, huye de nuevo.

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