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jueves, 24 de agosto de 2017

Chocolate amargo


El equilibrista, desde aquellos monótonos días de su infancia en que subió al tejado, nunca volvió a pisar el suelo. Ahora, tras la muerte de su madre, sus zapatos fueron chocolate amargo con la tierra del cementerio y por las piernas le subió la certeza del vértigo.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Artista del Llanto


Y llegó un día en el que el Artista del Hambre no pudo soportar su hambre y mordisqueó un mendrugo. Cancelaba, así, años de ayuno. Desde el estómago le retrepó una sensación de calor y derrota. Entonces, por varias décadas más, solo fue un Artista del Llanto.

domingo, 20 de agosto de 2017

El don del error



El malabarista consiguió hacer girar los platillos en sus palos para siempre. Era un espectáculo sensacional... ¡Lo nunca visto! Entonces, el malabarista perdió el don del riesgo y del error, cayó en desgracia, y sin trabajo, hizo equilibrios con una vida de fracaso proyectada por su éxito.

lunes, 8 de abril de 2013

Monteiro Rossi escribe la necrológica del cuentista Montero Roso


Sostuvo Pereira, sí, sostuvo, antes del tránsito apoplejético, que su protegido Monteiro Rossi había dejado entre los últimos papeles garrapateados poco antes de ser asesinado por la policía del régimen, sostiene Pereira –bueno, sostuvo, que ya cría malvas de un paralís- que en efecto, entre esos nefandos papeles póstumos de Monteiro Rossi se encontraba la necrológica del celebérrimo autor Montero Roso y esto, así, puede sonar bien extraño, porque en esa época el autor que nos compete, Montero Roso, ni tan siquiera había nacido, aunque bien es cierto que después, sí que nació, y es cosa de acierto de Monteiro Rossi que sabía ser preclaro y de juicio en el horizonte, pues bien, nacido Montero Roso, no sólo Monteiro Rossi acertó con que sería escritor, sino que celebró su necrológica setenta años antes con los más exactos motivos de su muerte, aplastado por el elefante que lo hizo tan famoso, famoso, sí señor, porque Montero Roso se hizo célebre, en su Antofagasta natal, después en el mundo entero, por ser el autor del cuento, o del relato, o como deseen llamarlo, más laaaargo del mundo, su cuento, de un gúgolplex de palabras, sobre ese elefante que despertó de una siesta –bueno de un sueño que bien pudo ser una siesta de eras, no sé, ¿quién sabe?-, pues ese elefante que se durmió en la época de los grandes helechos y se despertó en la era de los grandes viajes interplanetarios de Solaris y Lem, los de Arthur C. Clark, en donde los millones de años luz se servían para desayunar, ese elefante se despertó en ese futuro en el cuento más largo de la historia de la literatura (un cuento de un gúgolplex de palabras, recuerden) y cuando ese elefante se despertó, después de un gúgolplex de palabras, pásmense, señores, pásmense, cuando el elefante despertó tras un gúgolplex de palabras… TODAVÍA ESTABA ALLÍ, ¿no es asombroso?, en efecto, TODAVÍA ESTABA ALLÍ cuando el elefante, tras un gúgolplex de palabras para componer el cuento o relato más laaaaargo de la historia de la literatura, no una novela, no, un cuento, un cuentecillo de un gúgolplex de palabras, pues eso, después de eso: TODAVÍA ESTABA ALLÍ, y entonces, Monteiro Rossi, encargado de necrológicas de escritores en esa Lisboa desteñida de dictadura, fue y acertó la muerte de Montero Roso: apachurrado por el elefante del zoo de Antofagasta que lo había inspirado y ante el que acudía todas las tardes para darle de merendar manzanas y cerezas.
Bueno, eso sostiene Pereira que hizo Montero Rossi necrologizando sobre Montero Rosi: bueno, eso sostuvo, que a Pereira le dio un tantarantán cerebral, se quedó como medio tonto de medio cuerpo y pronto se murió, así que eso lo sostuvo, según me cuentan ahora, Pereira, acerca de la necrológica que escribió Monteiro Rossi sobre la futura muerte de Montero Roso el autor del cuento de un gúgolplex de palabras sobre el elefante que se despertó y que fue encontrada entre sus escritos dejados para la postumoridad tras paliza de la secreta.
Eso sostuvo Pereira –o eso me dicen-.

jueves, 10 de mayo de 2012

Borgesca eterniana

Borges, en El inmortal:
"Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas los son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal".

viernes, 4 de mayo de 2012

lunes, 30 de abril de 2012

miércoles, 28 de marzo de 2012

Poética del cuento


-¿Y si no es así, qué es para usted el cuento? -la Escritora Tropical, indignada con El Fracasado por sus movimientos negativos de cabeza, no pudo hacer como que lo ignoraba y se dirigió a él después de una hora de vomitar a medio digerir los pámpanos crudos de las poéticas que se aprendió y nunca entendió. En la presidencia de la mesa, Literator, con sus pupilas de bacalao, sonrió al ver atacado a ese ser tan odioso y odiado, el Odio asaetado con el Odio mismo… El Fracasado miró a la Escritora Tropical a los ojos y en la profundidad de los mismos no encontró palmeras salvajes, ni granos de arena, ni conchas, ni caracolas, sino páginas en blanco, bocetos a medio escribir:

-El cuento es como mascar un chicle antes masticado por un griposo… Es maleable, gomoso y contagioso, altamente contagioso –El Fracasado habló flanqueado por dos montañitas de notas de rechazo de las editoriales; ahora estaba decidido a ordenarlas por orden alfabético, pero antes ya las ordenó por tamaños, colores, fechas, magnitud de los insultos… pasaba el tiempo muy entretenido con eso.

La Escritora Tropical reflexionó por un instante aquellas palabras, para concluir:

-Muy interesante, así que se pueden contagiar los relatos, es una apreciación delicada y a la par metaliteraria que…

-¡No! –interrumpió El Fracasado, estirando el cuello entre sus papelotes, como un avestruz del fracaso. Sobre el silencio tropical y los ojos piscis del Literator, añadió-: Yo no dije eso… dije que se podía enfermar leyendo relatos… que son tan malos que son contagiosos…

-¿Se puede enfermar leyendo? –la Escritora Tropical no salía de su asombro.

-Leyendo su basura, en efecto, sí –concluyó el Fracasado.

Entonces: de repente, en el café se sirvió aromático y delicioso café de Costa Rica y afuera empezó a llover: el agua resbalaba por las cristaleras como otrora lo hizo en los escaparates de algunos establecimientos de la calle Boedo y todo el mundo pudo dedicarse a fumar con delectación, súbitamente levantada la prohibición: se abría una nueva Edad de Oro para la literatura… o eso parecía, pero duró escasos segundos, los que Literator tardó en prorrumpir en carcajadas insultantes. Junto con la caspa que bañaba su cabeza, parecía tal que un fletán ofertado en la pescadería, dormidito sobre su camita de gruesos hielos malolientes.

Acabar una relación


-Si acabar una relación ya es difícil, imagínense lo imposible que resulta terminar un relato.

La Escritora Tropical con ínfulas de escritora e inflamada de ego, borracha de saberse tan buena, encantadísima de sus genialidades, acababa de sentenciar esa frase en respuesta a una pregunta que había emergido, lacerante, desde las profundidades del café que ya no era café desde que no dejaban fumar, servían descafeinados, se triplicaba la cuenta en nombre de un injusto y mentiroso comercio justo y nunca llovía por el cambio climático. Además, aderezó su charla de todo a cien con una sarta de memeces embuchadas por su gaznate literario y aprendidas en la escuela de letras.

El Fracasado, sentado al fondo con su vasito de vinagre, ordenó sus notas de rechazo editorial y, apartando las torretas de papeles que lo ocultaban, asomó su boca cancerígena para defenderse de la llaga ulcerosa que las palabras de la Escritora Tropical acababan de producir en sus escamas literarias -podía haber argumentado teorías, podía haber mencionado las poéticas del cuento de Quiroga, Cortazar, Borges o Chéjov, podía haber recordado profundas y pesadas máximas de gran calado, pero se limitó a sentenciar:

-Es usted idiota.

Todos los presentes lo miraron, acribillándolo indignados para, en el silencio de un segundo, incómodo segundo, pensar en el interior de sus embotados cerebros un “¡tiene razón!”, y después ofrecieron a la Escritora Tropical una demi-glacé de aplausos mientras El Fracasado volvía a ocultarse tras el enorme rimero de su fracaso.