Mostrando entradas con la etiqueta cementerio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cementerio. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de agosto de 2017

Chocolate amargo


El equilibrista, desde aquellos monótonos días de su infancia en que subió al tejado, nunca volvió a pisar el suelo. Ahora, tras la muerte de su madre, sus zapatos fueron chocolate amargo con la tierra del cementerio y por las piernas le subió la certeza del vértigo.

sábado, 21 de julio de 2012

Todas tus catedrales


he rezado en todas tus catedrales
en todas
me arrodillé sobre las losas
de tus muslos
y se filtró la luz
desde las vidrieras de tu nuca
para alumbrarme el pecho

he rezado en todas tus catedrales
en todas
encendí en el nártex de tu vientre
velas para ti
que gotearon ceras y aromas
en mi espalda

he rezado en todas tus catedrales
en todas
he leído en tus misales
en todos tus misales
oraciones y súplicas
y también me arrodillé
trémulo
con tus pináculos sobre
nuestras cabezas

tú catedral
tú ciprés
tú cementerio
y entre las lápidas de tu cementerio
la tumba de mi agonía
que pintó caspar david friedich

túmulo
ahíto de mohos
desnudo de estatuas
con inscripciones en lodo
y anegado
en esa naturaleza
dramática
tan tuya

(pintura de Rodolfo Barral)

martes, 26 de junio de 2012

Nueva Wildesca


 "El mundo es un cementerio, y todos nosotros, como un ataúd, llevamos dentro un esqueleto".

Oscar Wilde: "La Duquesa de Parma".

sábado, 24 de abril de 2010

Frente a la tumba de Kafka


Frente a la tumba de Kafka uno se pregunta como se puede ser tanto y tan poco, tan escaso y nada. Uno se pregunta hacia dónde se arrastra el caracol de la desesperación, a qué apesta el lirio del desencanto.
Frente a la tumba de Kafka no hay posibilidad de perdón, de un perdón literario, de ese perdón que también te exigí a ti y que me negaste con un "nada, nada ha merecido la pena".
Nada, nada ha merecido la pena cuando uno se encuentra frente a la tumba de Kafka. El cielo de Praga amenaza con disolverse y el suelo se tapa, avergonzado de mí, con hojas marrones rendición. Bajo el cielo de Praga, frente a la tumba de Kafka, la vergüenza parece sobrevivirme.
Frente a la tumba de Kafka necesito respirar cansancio, necesito empaparme de la fina lluvia que cae, la fina lluvia del agotamiento, la delicada lluvia literaria del desprecio.
"Nada, nada ha merecido la pena", me dijiste, igual que podrías haberme dicho "me siento orgullosa del amor que me has dado". Pero elegiste decirme esa otra frase que me hirió intemporalmente, me acogotó de intemporalidad como ahora, frente a la tumba de Kafka, me hago eterno en el dolor que comparto con el túmulo.
En ti quise hacerme eterno y sólo conseguí eclipsarme. En ti busqué algo más y me encontré de menos. En ti, sí, en ti, en ti busqué todo eso y me quedé en nada. Nada frente a la tumba de Kafka, nada y cielos, cielos y noviembre, noviembre y cielos, la lluvia... es la lluvia quién repite tu nombre frente a la tumba de Kafka.
Frente a la tumba de Kafka me pregunto como puedo ser todo y nada, como puedo ser lo que soy, como puedo ser. Frente a la tumba de Kafka deseo que Kafka estuviera delante y me diera un abrazo. Al fin y al cabo nos conocemos ya de tanto... un abrazo que recibiría con lágrimas en los ojos y mi corazón desbocado en el pecho, entonces le susurraría que me dijiste que nunca nada mereció la pena y el asentiría con la cabeza, me comprendería y me calmaría, me diría a media voz que, en efecto, nunca nada mereció la pena para, con un exquisito cuidado, ayudarme a descender, juntos al fin, al interior del ataúd, calentitos y acurrucados en él como emparedados por una edición de tapas de lujo.
Y entonces, sólo entonces, aunque la vergüenza pudiera sobrevivirnos y con en el sufrimiento transfigurarnos, entonces, de verdad, nos daría igual que nada, nunca, te hubiera merecido la pena.
Pero eso no puede ser y, frente a la tumba de Kafka, descubro que, en efecto, tenías razón: nunca, nada, mereció la pena.
Y con los brazos en cruz, mientras la lluvia endurecida cae furiosa, en el dolor me hago eterno.