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lunes, 30 de abril de 2018

Thomas Bernhard: retablo de enfermedad, locura, suicidio y muerte


*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/thomas-bernhard-retablo-de-enfermedad-locura-suicidio-y-muerte/

Imaginemos un escritor que sea capaz de enganchar tiradas de cientos de páginas sin colocar un solo punto y aparte: cuando se toma entre las manos una novela suya nos golpea un bloque de letras que parece infranqueable. Ahora, imaginemos que algunas de sus frases alcanzan una distancia de cuatro o cinco páginas, con decenas de comas, y que además repite y repite palabras e ideas sin descanso, casi de forma compulsiva. Además, sus temas giran en torno a la locura, a la muerte, a la enfermedad y a los comportamientos más abyectos del ser humano. ¿Leeríamos a un escritor así, a un autor que exige hasta la extenuación a sus lectores? Claro que sí que lo leeríamos. Y lo leemos: admiramos a Thomas Bernhard.

Ayer tuve una sesión más de mi Taller de Literatura y Lectura Comparada que imparto en Torrelodones. Consistió en el análisis y puesta en común de la novela Amras (editada en Alianza Editorial como todas las que aparecen en este artículo), del escritor austriaco Thomas Bernhard. Fueron dos horas muy enriquecedoras con un debate apasionante alrededor de esta obra tan difícil como sorprendente, tan dura como poética, tan Thomas Bernhard, al fin y al cabo.
Si quieres saber más de lo que hacemos en los Talleres de Literatura y Lectura Comparada puedes leer este artículo que publicamos aquí, en Achtung!:
Un escritor como Bernhard es insostenible en los tiempos que corren. Lo que demanda del lector solo lo hallará en quienes somos muy vehementes o en aquellos lectores verdaderamente avezados. Los amigos de novelitas del tres al cuarto y de consumo rápido, que lo fían todo a una lectura veloz con un final previsible que les proporciona un único sentido (el de terminar el libro y pasar al siguiente), deben olvidarse. Este caviar es mucho caviar. Ni siquiera sigan leyendo este artículo. Continúen con sus algarrobas literarias.

Pero como sé que hay muchos buenos lectores que saben apreciar a un novelista supremo que pone en pie unas arquitecturas narrativas en donde el lenguaje es el gran protagonista —mediante un trabajo que somete a ese lenguaje hasta la exasperación—, por todos ellos, hoy me apetecía recordar en esta columna de El Odradek a Thomas Bernard.
Es un escritor que o lo amas o lo odias, ambas cosas con pasión y casi furia. Es un autor de otros tiempos que resulta muy necesario para estos tiempos. Porque puede demostrar a mucha gente que anda ofuscada lo que es la verdadera literatura.
A Bernhard hay que leerlo para después aborrecerlo, si es que eso es necesario. Lo que ofrece es tan original, tan rigurosamente distinto, que si lo comparamos con todos esos autores que ahora mismo copan las mesas de novedades el resultado es bochornoso. Simplemente, son categorías diferentes.

Me parece determinante que su primera novela, con la que se revela como un escritor digno de tener en cuenta dentro de una tradición literaria como la alemana (tan compleja y repleta de autores mayúsculos) sea Helada, publicada en 1963. Un texto complejo como pocos, abigarrado, en donde ya aparecen todas esas incomodidades que Bernhard regala al lector. Aun así: un éxito.

En Helada asistimos a una relación entre hermanos en donde uno (el estudiante de medicina) observa al otro (un pintor recluido en un valle desde hace 20 años). Aparece esa Naturaleza opresora y maligna, los rasgos de una locura que se deriva de la localización topográfica y el miserable retrato de la sociedad rural austriaca.
Los eternos temas de Bernhard cuajan en Helada: un eje temático que aúna la enfermedad, la locura, el suicidio y la muerte; la ya mencionada hostilidad de la Naturaleza contra el hombre; la crítica a la sociedad austriaca; y un último conjunto que aglutina el aislamiento, la falta de comunicación y la soledad. Leer sobre estos temas, expuestos de forma compleja, no es sencillo, desde luego. Pero aquí radica la grandeza de este autor.
En 1964 publicará Amras como una forma de salir de un bloqueo, dado que el éxito de Helada lo tenía bastante presionado. En Amras el escritor se muestra todavía más hostil desde su planteamiento: unos hermanos sobreviven al suicidio masivo que habían planeado junto a sus padres, que sí fallecen. Además, uno de los dos hermanos es epiléptico, igual que lo era su madre, y para protegerlos del oprobio que acarrea esa enfermedad maldita junto a la pertenencia a una familia estigmatizada por el suicido, el tío materno decide recluir a los dos huérfanos en una torre.
Es difícil imaginar un planteamiento más duro y una puesta en escena más sórdida. Sin embargo, Amras contiene una gran carga poética, dado que se encuentra atravesado por el espíritu romántico de Novalis, determinante en la confección que de los mecanismos de la locura llevará a cabo Thomas Bernhard en la totalidad de su obra, independientemente de los factores externos producto de la azarosa vida del autor. Quienes me conocen ya saben que siempre trato de alejarme del biografismo a la hora de comprender una trayectoria literaria, puesto que soy de la opinión que eso embarra y arroja más nieblas que certezas sobre una lectura provechosa de los textos.
Amras se inicia con una cita de Novalis:
“La esencia de la enfermedad es tan oscura como la de la vida”.
Por supuesto, esto no ha sido colocado al azar o por capricho al inicio de la novela. Para comprenderlo, debemos conocer cómo entiende el brote de locura Thomas Bernhard, apoyado, precisamente, en Novalis.
El poeta romántico Georg Philipp Friedrich von Hardenberg, más conocido como Novalis.

La novelística de Bernhard siempre intenta moverse entre dicotomías que, producto de su roce, producen el magma literario.  La más importante de estas dicotomías es la de una mente lúcida frente a una mente atrofiada. Y sobre ellos se articula el discurso bernhardiano.
Una mente lúcida es extremadamente sensible ante los sucesos que la rodean, de todos ellos extrae unas conclusiones torturantes. Los propietarios de este tipo de cerebros perceptivos en las novelas de Bernhard están condenados a la locura. Han elegido no sumergirse en la corriente mundana, zafia, vil, repleta de bajezas, de los representantes del pueblo, que significan el paradigma de mente atrofiada; se dejan llevar en dirección al crimen y a la inmoralidad.
Pero resistir intelectualmente (con su enorme dosis de suplicio) o dejarse ir para abrazar la ignominia (con su porción placentera) es una respuesta, una actitud que es necesaria tomar ante las afrentas de una vida que resulta insoportable. Un ejemplo es el mero acto de levantarse de la cama todas las mañanas, algo que resulta insufrible para Bernhard (y no es por causa del despertador que suena a las siete, del atasco en la autopista, de los problemas para aparcar o del jefe que nos espera); al levantarse uno asume voluntariamente y con mansedumbre la sarta de iniquidades, de humillaciones, derrotas y fracasos que van a baquetearnos hasta lo insufrible. Tal y como afirma en su novela Trastorno:
“Por la mañana todos tienen miedo de que les hablen; también yo tengo miedo por la mañana de que alguien me hable, de que pueda ser el primero a quien hablen. Oímos como nos levantamos, nos lavamos y nos vestimos, pero tenemos miedo de mirarnos. De repente nos hablamos mutuamente y quedamos destrozados. Destrozados para todo el día”.

En efecto: levantarse de la cama ya es nuestra primera derrota.

He citado Trastorno, su tercera publicación y la segunda gran novela de Bernhard, publicada en 1967. Esta obra confirmó su éxito en Alemania, pero en Austria ya se había granjeado odios por la feroz crítica que mostraba del país, centrada en la malignidad de sus pueblos más típicos (como los del Tirolprofundo) y de sus centros de cultura impostada (como Viena). Una serie ingente de obras de teatro, después, contribuirían a generar polémicas, enfrentamientos, y un rechazo enorme por parte de sus paisanos. En esa vorágine, en un momento determinado, Bernhard llegará a prohibir la publicación de sus obras en Austria.
En Trastorno serán un médico y su hijo (de nuevo la tortuosa relación familiar, ya sea paterno-filial o entre hermanos) quienes pasan consulta en un profundo valle y se irán encontrando con un surtido de miseria y enfermedades que son, generalmente, producto del comportamiento depravado de los habitantes de la zona. Todos ellos han decido, ante la opresión de la Naturaleza, dejarse llevar, arrastrar en dirección a la zafiedad y a la inmoralidad.
Uno de los males prototípicos es la conocida como epilepsia del Tirol (que también aparece en Amras); en muchos casos son enfermedades producto de las relaciones incestuosas. Asesinatos, crímenes de todo tipo, adulterios…, todo es poco para caracterizar el ambiente de corrupción de esa población ubicada en la Estiria profunda.
Por otro lado, está el Príncipe Saurau, propietario de una mente lúcida que, ante la contemplación de la decadencia que lo rodea, se ha aislado en su castillo y está enloquecido. Novalis ya abundaba en esta terrible dualidad. Para él, las personas se dividían en asténicos y esténicos. Los primeros eran lúcidos y sufrientes, los segundos activos, representantes de una fuerza brutal. En palabras del propio Príncipe:
“No obstante, era un error creía él, negarse a aceptar la evidencia de que todo era enfermizo y triste —dijo realmente enfermizo y triste—”.
Pero, además, y esto es clave para la obra de Bernhard, esos asténicos luminosos tienen desarrollada una percepción de lo que les rodea a flor de piel, es decir, los bordes de la realidad les resultan insoportables, y eso les hace enloquecer. Se trata de un círculo maligno porque a mayor locura, a mayor enfermedad, mayor progreso en el proceso de captación de todo lo que les rodea, con una conclusión inevitable: enloquecimiento y muerte, generalmente mediante el suicidio (el otro gran tema de Thomas Bernhard).
Un ejemplo de este binomio locura-lucidez lo hallamos en la novela La Calera (cuyo núcleo central es un solo párrafo de más 220 páginas, con puntos y seguido, eso sí). La Calera es una vieja fábrica de cal abandonada en donde se encierran Konrad y su mujer, inválida por un tratamiento médico erróneo. Los cinco años de asilamiento voluntario, o de trabajo forzado de Konrad, obedecen al intento de conformar un complejo estudio sobre el oído, del que no consigue escribir más que unas palabras (muchos personajes de Bernhard están inmersos en planes inabarcables como Rudolf en la novela Hormigón —de 1983— que intenta llevar a cabo un estudio sobre el músico Mendelssohn).
Imaginativos diseños para las portadas de la La Calera:


Konrad termina por matar a su mujer de dos disparos (no hago ningún tipo de spoiler bernhardianopuesto que esto ya se cuenta al principio de la novela). En su cabeza ha entrado la locura. Tras esos años de silencio y aislamiento ha desarrollado un oído tan sensible que es capaz de escucharlo prácticamente todo, incluso, imagino, que los “ruidos del cerebro” de los que se queja el Príncipe Saurau en Trastorno.
Desde ahí, hasta alcanzar el suicidio para detener el sufrimiento, solo hay un paso. Y en eso ya no tiene nada que ver un clima opresivo o martirizado por ese viento caliente propio de la zona, el Föhn, que desata la locura. Casi es peor que reine el buen tiempo para estos seres de cerebro hiperactivo y luminoso. En Trastorno se especifica uno de los motivos:
“Precisamente en los días despejados, dijo, en que el mundo se mostraba en todas direcciones transparente como el aire y, simplemente por su serenidad, la Naturaleza era bella, el dolor de los que sobrevivían a alguien muerto hacía tiempo era doble”.
Las relaciones humanas para Bernhard son terribles además de imposibles, y sólo encuentra la paz el ser humano cuando, como se asegura en Trastorno,
“sólo era capaz de estar con otro ser querido cuando este había muerto y se encontraba verdaderamente dentro de él”.
He querido acercar los principales motivos novelísticos arraigados en la locura y la muerte que nos ofrece el autor austriaco a grandes rasgos, sin entrar en otras obras maestras de Bernhard —por motivos de espacio y porque la función de esta columna solo era aproximar algo de este escritor descomunal— como son El malogrado (de 1983), Tala (1984) o Maestros Antiguos (1985), o incluso en sus relatos y nouvelles, a los que tal vez dedique otro Odradek más adelante —sin duda lo merecen—.
Dos interesantes portadas de la novela Tala:


Odiado durante años en Austria, y muy en concreto en Viena, como si fuera una víctima de esa cultura vacua y alienante que tanto denunció, ahora se rinde homenaje a Bernhard en modo de souvenirs, postales y rutas por los cafés vieneses que frecuentaba.
Igual que existe una Viena mozartiana o musical alentada por los turoperadores, también existe unaViena de los escritores (en la que se incluye a Freud junto a Arthur Schnitzler, el poeta Peter Altenberg, Elias Canetti, Graham Greene, Karl Kraus, entre otros muchos) de la que Thomas Bernhard forma parte. Supongo que muy a su pesar, si lo supiera.
Foto legendaria de Bernhard en su mesa habitual del café vienes Bräunerhof. Es una de las postalitas que se venden como souvenir vienés.

Este ha sido el viaje que he propuesto en El Odradek por la literatura mental y filosófica de uno de los mayores genios literarios del siglo XX. La cosa es bien sencilla: si no has leído nunca a Bernhard no sabes lo que es la literatura, por muchos libros, lecturas y autores que lleves en la mochila. Luego ya tendrás tiempo de odiarlo con bilis o amarlo hasta la vehemencia (como yo).


Pero no dudes una cosa: tu visión de lo que significa escribir, de lo que significa el monumental y mastodóntico oficio de construir una novela, experimentará un antes y un después tras conocer la obra de este hombre magníficamente traducido por Miguel Sáenz, uno de esos lujos de los que disfrutamos los lectores españoles (además ha traducido a Grass, Sebald o Brecht).
Si todavía tienes dudas de lo que afirmo, hazte un favor: con motivo de este próximo Sant Jordi, de la maldita noche en blanco de los libros o de la semana cultural que se avecina, deja a un lado a toda esa escoria cómodamente ubicada en la industria del capitalismo literario que copará actos y mesas de novedades con sus porquerías recién editadas para aprovechar el tirón mediático de la ocasión, e inténtalo con la novela El malogrado, una de sus mejores obras.

Todos esos autores no van a salvar la literatura que exprimen, de la que viven con sus inmensas basuras, aunque pretendan erigirse en adalides de una cultura destruida y en protectores del mercadeo que los alimenta de forma sonrojante, pero puede que la lectura de Bernhard te salve a ti, o al menos te reconcilie con la verdadera literatura de calidad, alejadísima de este saco de vergüenzas que es la literatura de consumo actual.
Toma El malogrado y corre a casa. Aíslate de esos estúpidos fastos y conmemoraciones de colorín. Abre el libro y empieza a leer a Bernhard. Celebra así tu propio día del libro, tu semana de la cultura, lo que desees. De inmediato, habrás caído en el embrujo del lenguaje bernhardiano. No podrás huir ya de su genialidad.

lunes, 27 de febrero de 2012

El lector de Dickens (parte 9 de 10)


En Praga: Domicilio de Milena Jesenska, 5 de junio de 1924.

Se aproximó al balcón, contempló la calle, el empedrado, un solitario coche de caballos que golpeaba con la uña los timbales del suelo. Se notaba la ausencia, la Gran Ausencia que planeaba en la ciudad. La Gran Ausencia en Praga, en Viena, en Berlín, en el mundo.

Las estatuas de las fachadas de los edificios, las gárgolas de San Vito, los parques, los jardines, las colinas, esos elementos, los objetos que llevaban siglos detenidos allí, anclados, arrojados a Praga como los restos de un naufragio, esos objetos, sentían, sabían de la enorme orfandad en la que se sumían y emanaban una melancolía insoportable. Ellos, construcciones, bloques de cemento, muros, la última y más pequeña piedrecilla, el más insignificante guijarro, eran conscientes de la Pérdida.

No así los ciudadanos de Praga que, un día más, deambulaban fantasmales por los puentes, cruzaban el río y arrastraban su ignorancia con enorme desfachatez. Ignoraban que desde ese día Kafka ya no existía en Praga y que Praga, con su muerte, daba un paso más en dirección a la Intangibilidad de las Ciudades, ese fenómeno mediante el cual la urbe se torna más y más etérea con la desaparición de cada hombre importante que la encarna. Hoy sería una esquina desdibujada, una farola translúcida, mañana un café fantasma, un lugar borroso, desleído bajo la capa de niebla; pasado, una calleja entera que deja paso a un descampado. Así, llegará el día en que un viajero acuda de visita a Praga y se encuentre con un socavón enorme, que ya no exista la ciudad, transmutada e incorpórea, agotada y evaporada por la fuga mortal de los genios que vivieron en ella.

Se apartó del balcón y regresó a su lugar, a su triste puesto frente a la máquina de escribir. La hoja en blanco nunca fue más aterradora para ella: la hoja en blanco aguardaba letras de tinta negra, grajos posados en un campo de espigas que compondrían la necrológica de Franz.

Empezó a teclear con mayor inseguridad que nunca:

Kafka permitió que la enfermedad soportara todo el peso de su miedo a la vida, una enfermedad que alimentó cuidadosamente, que animó a que se manifestara y creciera en su interior, un mal que entendía como un castigo justo y divino, aceptado por esos motivos con resignación, casi con una alegría inconsciente.

Milena suspiró: recordó sus paseos junto a Franz por los bosques de Viena, su cita en Gmünd durante un mes de agosto agobiante y que resultó un auténtico martirio para ambos…, pero especialmente para él, enzarzado en los brazos de un amor tan turbulento, poco correspondido. Sin embargo, Milena era incapaz de rescatar la primera vez en que se vieron, esa primera vez en un café, esa primera vez que Kafka tantas veces le contaba con todo lujo de detalles porque, si bien ella no reparó en la ocasión, a él se le grabó a fuego el instante en que, ante su espectral existencia, se manifestó “su Milena”.

Su Milena, con lágrimas, empapaba el folio en el que redactaba la necrológica y las letras, esos grajos esparcidos en campo de espigas, que amenazaban con desplegar sus alas y volar, azorados, sin rumbo.

***

“Franz Kafka era un hombre tímido, amable y bueno, pero los libros que escribió eran crueles, dolorosos. Él veía un mundo repleto de demonios invisibles que hacían la guerra a los indefensos seres humanos y los destruían…”

Robert Musil no continuó con la lectura de la reseña de Milena Jesenska publicada en el periódico Naródní Listy. Arrojó, enfurecido, la publicación que se acababa de recibir en Viena y miró por la ventana del cafetín. De repente, le dio la sensación, podría jurarlo, de que un banco de sólida y rústica madera situado enfrente, al menos por un instante, amagó por volverse transparente y desaparecer en mitad de la nada.

***

“Era lúcido. Demasiado sabio para vivir y demasiado débil para luchar…”

Una punzada dolorosa se apoderó del pecho de Max Brod. No era capaz de terminar las palabras de Milena, tan certeras. Apartó el periódico a un lado y se asomó a la balconada. Creyó reconocer a su amigo, tocado con un sombrerito, que arrastraba su delgadez a grandes zancadas, doblaba las esquinas de Praga. Una aparición, al estilo del Golem, de forma sorprendente y ficticia, acorde con el mito de la imaginación popular… En cierto modo Franz también era ahora así, una figura de la Praga popular. ¿Y si Franz Kafka no fuera sino un personaje de ficción que se inventaron entre todos los novelistas frustrados y los borrachos fracasados del foro, para que fuera más llevadera la penuria de sus vidas?

Kafka personaje de novela. Pensó en eso. Deseó verlo aparecer tras la esquina.

Nunca más surgió tras ninguna esquina.

***

“Como hombre y como artista, era tan infinitamente escrupuloso que permanecía alerta incluso cuando otros, los sordos, se sentían seguros”.

-Firmado por Milena Jesenska –añadió Robert Klopstock que, con gran presencia de ánimo, sin que su voz temblara nada más que un par de veces, lo suficiente, acababa de leer en alto la necrológica para los parroquianos del café Arco. Sentado en una silla más alejada se encontraba Leo Nemec, que no podía reprimir una incómoda humedad en sus ojos.

Transcurridos unos instantes, la clientela retornó a sus quehaceres habituales: encendieron las pipas, fumaron, bebieron sus aguardientes, charlaron de la situación política de la República Checoslovaca, tan rodeada de países que la codiciaban...

Nemec se levantó y cruzó con decisión el saloncito para detenerse frente a Robert Klopstock.

Los dos hombres se miraron en silencio, rostro contra rostro se aguantaron con dureza para girar a la par sus cabezas en dirección al rincón en donde Franz Kafka solía sentarse.

Allí no había nadie.

sábado, 27 de agosto de 2011

La casualidad en Viena






Un indeterminado día al inicio de febrero de 1913.

Se había instalado en el Albergue de Hombres de Viena, situado al norte de la ciudad, pero eso no fue siempre así que, poco antes, vivió en húmedos sotanillos abandonados y en pensiones de mala muerte –como la de frau Zakreys y sus malditos diez kronen al mes-, se calentó como pudo al abrigo de los escombros de las casuchas derruidas, tomó sopa en los mediodías de caridad del comedor popular de un convento de la Gumpendorferstrasse y hasta se cobijó en el asilo de Meidling, un albergue repleto de piojos. Incluso, en más de una ocasión, sin una moneda en los bolsillos, se vio obligado a dormir al raso, pese a lo frío y duro del clima vienés. Durante una temporada, la más cruda e invernal, quitó a paladas la nieve que obstruía las puertas de los pasos de carruajes de la gente pudiente, también cargó equipajes como maletero en la Westbahnhof y se empleó en infinidad de humillantes chapuzas. Todos los sufrimientos se daban por buenos con tal de conseguir el deseo supremo por el que colgó los estudios y se trasladó hasta Viena: superar de una vez por todas el examen de ingreso a la Academia de Bellas Artes.

Un dinerillo escaso, no más de cincuenta kronen remitidos por su piadosa tía Johanna, le permitió hospedarse en el Albergue de Hombres. Revigorizado, comenzó a vender algunas de sus acuarelas, bien a través de pasantes judíos de arte o bien expuestas en un cochambroso tenderete improvisado en plena calle, en mitad del frío de la vía pública para, desde su frustrado parapeto, contemplar el bullicio de una ciudad inhumana y retrógrada embebida en el esplendor de su pléyade cultural. Así era la Viena de Hitler, una ciudad dura y cruel, aplastada por el peso del recuerdo de los numerosos genios que florecieron al amparo de las artes y al cobijo de los salones encopetados.

Así era la Viena de Hitler, sí, y también la Viena de Stalin, porque ambos personajes, por entonces dos perfectos desconocidos, un par de don nadies enfrentados a la humanidad desde la impotencia de su juventud, iban a coincidir en las rúas vienesas. El Hitler hambriento, que vivía en un albergue, se toparía con el Stalin agresivo, un joven comunista de poca monta llegado hasta Viena por orden de Lenin para asistir a un congreso político y familiarizarse allí con el programa elaborado por los socialistas austriacos.

Stalin deambulaba algo atolondrado a causa del bullicio urbano que le rodeaba. De repente, para evadirse del agobio provocado por una muchedumbre a la que en absoluto se acostumbraba, se detuvo a contemplar unas acuarelas que reflejaban típicos motivos vieneses y que intentaba vender un pintor callejero situado en una esquina de la Plaza de la Catedral.

Los ojos del ruso reposaron sobre los burdos lienzos de grueso trazo, exentos de talento.

-Es una reproducción de la Catedral de San Esteban -le aclaró Hitler a su posible comprador. Stalin, entonces aún conocido por el mote de Koba, un indomeñable bandolero antizarista cuyas hazañas le cautivaron en las lecturas de la infancia, elevó la vista del enmarañado lienzo y sus ojos colisionaron con los del pintor.

Ambos hombres se miraron: cara a cara los futuros amigos por conveniencia frente a la cuestión polaca, cara a cara quienes, después, se declararían la guerra como enconados e irreconciliables enemigos; ambos, también, supremos asesinos y genocidas. Dos mentes criminales que coincidieron en el presente de la opresora atmósfera vienesa, en la ciudad que era la cuna de la composición, en el fructífero paraíso de los Strauss, Brahms, Mahler, Beethoven, Haydn, Schubert, Schöenberg... tanta belleza pautada infestada por el légamo de ambos personajes.

Stalin venía de celebrar una reunión con Bujarin y Trotski, camaradas a los que, con el correr del tiempo, aniquilaría en su lucha intestina por alcanzar la totalidad del poder en la Unión Soviética. Esa tarde, tras discutir los aspectos del Partido Comunista en Austria, junto a otras zarandajas por el estilo, los tres personajes decidieron salir a pasear un poco para despejar sus cabezas embotadas de tanto término político. Stalin decidió adelantarse con unas briosas zancadas al cansino paso de Bujarin y Trotski, que terminaron por alcanzarlo justo a la altura del puesto de acuarelas.

Stalin fue rodeado por los colaboradores. Los tres contemplaban las acuarelas de un gañán que, con el paso del tiempo, llegaría con sus todopoderosos ejércitos a mancillar los arrabales de Moscú, la ciudad en donde el botarate que ahora miraba algo atónito e indeciso los cuadritos se haría fuerte, casi tan fuerte como un zar.

A los rusos no les gustaron las acuarelas: Bujarin meneó la cabeza en señal de desagrado, Trotski miró para otro lado y Stalin se dio media vuelta y se perdieron calle abajo: Trotski con su futuro de piolet que le hundiría el cráneo; Bujarín, tras la amarga esquina de los años, una traicionera ráfaga de balas que acabaría con sus aspiraciones de controlar el Politburó.

Aunque para todo eso, para el pioletazo, para el fusilamiento, para que el chamuscado cadáver de Hitler cayera en manos de un Stalin que ya no se acordaría por entonces ni del revolucionario y juvenil Koba ni del miserable pintorcillo de la Plaza de la Catedral de San Esteban, aún faltaba un poco: un terrible y sangriento lapso previo al advenimiento del tiempo de los asesinos.

Hitler no logró vender una sola acuarela durante ese día. En el intento de ahorrar un poco del dinero enviado por tía Johanna eligió quedarse sin cenar esa noche.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Asfixia


En Bratislava, al atardecer, mientras cae la cellisca, los fantasmas de Kafka, Brod y Urzidil visitan la Plaza Mayor. En Viena, entrada la noche, junto al gasómetro, los fantasmas de Bernhard y Rilke vomitan sus palabras. En Budapest, al amanecer, Banffy y Maray se atragantan con palabras, me asfixian con su cháchara vertida en grandes volúmenes.

martes, 22 de febrero de 2011

Viena


Hay diferentes Vienas, muy distintas en función de los tristes personajes que arrostraron sus calles: la Viena de Mozart, la de Bernhard. la de Freud, la de Francisco José... hundido en la Cripta de los Capuchinos, en la marea movediza de la Viena de Joseph Roth, frente al féretro del archiduque: me pregunto dónde está mi Viena; nuestra Viena. Asfixiada bajo una tonelada de pasteles, de porciones Sacher y apfelstrudel, aplastada bajo una escombrera de dolores.