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domingo, 3 de marzo de 2013

soportes




amor y conocimiento: los dos soportes de la poesía

lunes, 24 de diciembre de 2012

laura




es agradable             muy agradable
dante                                    pensó
sobre
beatriz

es placentero           muy placentero
boccaccio                                 dijo
de
fiammetta

es una maravilla                 exclamó
petrarca                         recordando
a su
laura

si  
una maravilla será                            
acostarse
con una  mujer
que no  necesite
emborracharse             
para
yacer
contigo

(y luego
llegó la peste
con sus ataúdes
de plomo)

domingo, 23 de diciembre de 2012

beatrice



en el fondo de tus
ojos
de ginebra verde
respira el nido de un pajarito
aplumado
en los cantos de petrarca

en tu
boca
de oporto
y maderas palo de rosa
se maceran las palabritas del poeta
cuando se emborrachó de la vida
a mitad del camino
en medio de la
selva oscurecida

tu
piel
se recita con sabor
de sextinas
y gustos del
cancionere

todo tu
cuerpo
es forma de abismarte en mí
para buscarme    rescatarme

primero
me gemiste
eurídice

después
para
alcanzar las tres
estrellas
me enredaste en el empíreo
de tu pelo

al fin
en tu sexo de cielos y poemas
me moldeaste hombre

y suspiré versos
como
tu beatriz



martes, 26 de junio de 2012

Oliveira


no
no quiero ser oliveira
enamorado de la maga

no
no quiero ser el magistral
sufriendo por anita

no
no quiero ser petrarca
enfermo de laura

no
no quiero ser dante
enfebrecido por beatriz

quiero
ser
yo

inficionado
de
ti

martes, 8 de mayo de 2012

600 días


hoy hace 600 días
hoy hablé de Dante
y hoy hace 600 días
y hoy hablé de Dante y de su Beatriz
600 días que han sido
como 600 visitas a la tumba de Kafka
como 600 veces que aguardara tu llegada bajo la estatua de San Wenceslao
como 600 gritos llamándote Milena
como los 600 días de Mussolini en su Saló
como 600 veces fusilado y cagado y meado por la multitud
como 600 veces colgado de ganchos y boca abajo del techo de una gasolinera
como 600 lacrimosas
como 600 astillas bajo las uñas
como 600 letras de tu nombre bajo las 600 uñas de los 600 dedos
y como 600 páginas escritas en 600 novelas
acompañadas por sus 600 largas notas de rechazo editorial: de 600 editoriales
pero también fueron
como ver 600 estrellas neréidas
y leer 600 poemas de Parra
y como 600 veces paseando por aquella playa de Lunario Sentimental
y como 600 lecturas de Dante y Petrarca
y como 600 veces liberado de la angina de pecho de tu nombre
y como 600 veces elevado al Empíreo para descubrir que hay vida en el Empíreo
porque 600 veces no estás tú en el Empíreo
y 600 veces haber vaciado el plomo del pecho
y 600 veces mirar en el fondo de los ojos de Beatriz
hoy hace 600 días
hoy hablé de Dante
y hoy hace 600 días
y hoy hablé de Dante y de su Beatriz
y comprendí el motivo
los motivos
los 600 motivos
por los que la Divina Comedia
concluye
con la palabra
estrellas

viernes, 4 de mayo de 2012

Viterbo

Siempre creí que tú eras mi apoteosis de Beatriz: que contigo alcanzaría el Empíreo del conocimiento. Y descubrí, amortajado en la decepción, que tan sólo alcanzaste a ser mi fracaso de Beatriz Viterbo, que tuve que contemplarte como tumbado desde el suelo, allá por el cuarto escalón de una escalera en un sotanillo, eso sí: repleto de humillación.

(acuarela de Steve Hanks)

martes, 13 de diciembre de 2011

La falacia Petrarca


Me llamo Francesco Petrarca, nací en el año del señor de 1304 y voy a morir hoy, justo un día antes de mi setenta cumpleaños, para así redondear mi biografía, convertirla en un mito literario: hacer de mi vida la mejor y más perfecta de mis obras; en cuanto termine de redactar esta confesión, me envenenaré, no dejaré rastro, y seré hallado, desvanecido, sobre uno de mis adorados volúmenes de mi biblioteca. He compuesto el cuadro del golpe de efecto final.
Sin embargo, antes de morir debo confesar algo, siento esa necesidad. Si lo hiciera público resquebrajaría el mito que sobre mí he construido, pero lo haré en esta confesión privada que luego archivaré en un lugar remoto y prácticamente imposible de localizar. Sólo la casualidad literaria, el oportunismo de un investigador avezado, hará, entrados ya los siglos, que quizás mi vergüenza se descubra, se reconozca.
Yo, Francesco Petrarca, que fui laureado poeta, coronado en ceremonia pública, que escribí los Triunfos, y de todos ellos el más grande, el Triunfo del Amor, yo, debo confesar una verdad lamentable: nunca, jamás, conocí el amor en ninguna de sus clases. Yo, Francesco Petrarca, el poeta ilustrísimo, excelso, nunca fui amado por ninguna mujer. Jamás. Y por ello, mi Laura, mi grande e inmortal Laura, no es más que una mera invención literaria, una triste falacia, copiada a imagen y semejanza de la Beatriz de Dante, devorado por los celos de su creación, enfermo de envidia y desamor…
Es cierto: ese seis de abril, ese viernes santo, en la iglesia de Santa Clara de Aviñón, nunca se me apareció ese ángel. Delante, las frías y húmedas baldosas, resbaladizas de soledad. No, no se produjo el reconocimiento, y en toda mi vida he sido reconocido con el amor de ninguna mujer, y frente al altar de Santa Clara, herido y traspasado de tristeza, abandonado, imaginé a mi Laura. Luego -es decepcionante, lo sé-, cuando la idea se hizo insoportable, la maté otro viernes santo. Lo demás, el resto, todo, es la falacia, es literatura, es un mundo dañino y circular que se alimenta de su propia vergüenza.
Lo reconozco, me obsesionan los ciclos, me torturaba el talento y el amor de Dante por Beatriz, incluso el de Boccaccio por la Fiammetta, no podía soportarlo. Inventé a mi Laura, me alimenté de ella, la adoré como a una diosa, la veneré como a un milagro y la dejé morir como un invierno cuando ni los sueños podían ya calentar el corazón de un viejo y, ahora, acabo de disolver el papelillo con el veneno en agua y lo he bebido. Estas son las últimas líneas de Francesco Petrarca, el poeta laureado…
¡Un momento! ¿Quién es esa dama que asoma por el huertecillo? ¡Con esos cabellos al aire! ¡Un momento, un momento! ¡Veneno, detente al instante! Ella me ha sonreído y se dirige hacia acá… ¡corazón, maldito, no te pares!... ¡es es ella, es ella! ¡Acabo de reconocerla! ¡Es mi verdadera Laura, la que se acerca! ¡Acabo de encontrarla ahora! Si pudiera moverme, mover un dedo al menos, indicarle que estoy envenenado… tal vez un beso suyo podría resucitarme… un beso para vencer al tósigo…
tal vez…
sus cabellos…
acariciando mi rostro, mis ojos...
y mis ojos
ahogados
en
sus
ojos

jueves, 8 de diciembre de 2011

Gritándote Milena


Y al fin: te leí.

Leí cada frase, cada palabra y cada silencio, cada verbo que no decías y cada poema arrastrado por el dolor y arrasado de dolor.

Leí: las páginas en blanco de tus muslos, por las que subí.

Leí: conocí un nuevo lenguaje articulado por lenguas y besos, por sonidos y manos.

Leí: en todos los tomos, uno a uno, de tus bibliotecas: en el interior de tus ojos, que almacenaban un nido de páginas de Dante y Petrarca.

Leí tu nombre: y se pronunciaba como Laura, se articulaba como Beatriz.

Leí en ti: te aprendí de memoria para poder convocarte en la medianoche: gritándote Milena.

Te apareciste, sabiéndote Dora, y entendí, entonces, lo bien que te había leído.