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martes, 8 de mayo de 2012

600 días


hoy hace 600 días
hoy hablé de Dante
y hoy hace 600 días
y hoy hablé de Dante y de su Beatriz
600 días que han sido
como 600 visitas a la tumba de Kafka
como 600 veces que aguardara tu llegada bajo la estatua de San Wenceslao
como 600 gritos llamándote Milena
como los 600 días de Mussolini en su Saló
como 600 veces fusilado y cagado y meado por la multitud
como 600 veces colgado de ganchos y boca abajo del techo de una gasolinera
como 600 lacrimosas
como 600 astillas bajo las uñas
como 600 letras de tu nombre bajo las 600 uñas de los 600 dedos
y como 600 páginas escritas en 600 novelas
acompañadas por sus 600 largas notas de rechazo editorial: de 600 editoriales
pero también fueron
como ver 600 estrellas neréidas
y leer 600 poemas de Parra
y como 600 veces paseando por aquella playa de Lunario Sentimental
y como 600 lecturas de Dante y Petrarca
y como 600 veces liberado de la angina de pecho de tu nombre
y como 600 veces elevado al Empíreo para descubrir que hay vida en el Empíreo
porque 600 veces no estás tú en el Empíreo
y 600 veces haber vaciado el plomo del pecho
y 600 veces mirar en el fondo de los ojos de Beatriz
hoy hace 600 días
hoy hablé de Dante
y hoy hace 600 días
y hoy hablé de Dante y de su Beatriz
y comprendí el motivo
los motivos
los 600 motivos
por los que la Divina Comedia
concluye
con la palabra
estrellas

viernes, 27 de abril de 2012

Uninvited

te invité a mi vida y la metiste en la thermomix hasta que conseguiste una lechecilla blanquecina y repulsiva con la que te embadurnaste cuello, manos y vientre 

te invité a mis momentos de gloria de los que te reíste a gruesos salivazos hasta convertirlos en un denso asfalto que extendiste por tus piernas y muslos 

te invité a mi existencia dolida y te la comiste hasta dejar un suero con el que te lavaste los pies 

te invité a mi corazón, lo dejaste en la raspa y sin sangre, sin ningún fluido con el que poder adornarte el pecho, el cabello, los párpados, ni natas con las que blanquear el soplete de tus labios 

te invité a mí y dejaste una Troya de humos lacrimosa, un hombre cuarteado: la piel como la de esos tambores renegridos en su centro y que con las horas se van tiñendo con la sangre que gotea de las manos tan exhaustas, de una sangre en la que chapoteas, de una sangre que pudo ser un vino catedralicio e inciensado y que no pasa, ahora, de sangría de mesón barato en cuyo interior flotan, de mala gana en jarra desportillada, cuatro pelarzas de una vida demasiado amarga

sábado, 30 de abril de 2011

Desde el fondo (segunda lacrimosa)


Vete a la mierda, me avergüenzas, me avergüenzo de ti, me avergüenzo de tus actos, le dijo ella mientras en los andamios de su cara se ennegrecía una gran sombra de cicuta.
Él rompió a llorar: ni cicuta, ni vitriolo: sólo lágrimas.
Perdona, ella quiso suavizar el arsénico: hablo sin pensar, y sus susurros seguían hirviendo como radiación sin traje de amianto.
Que va... pensó, dijo, filosofó, sentenció él su trago de veneno: hablas desde el fondo del corazón.
Se miraron.
Ella pensó (pero no dijo, calló, calló, calló): joder, que bien me conoce: si está en lo cierto.

miércoles, 20 de abril de 2011

Lacrimosa


Porque las lágrimas no son suficientes para quererte tanto.