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sábado, 7 de septiembre de 2013

Inmortal

“Un poema, novela, u obra de teatro se contagia de todos los trastornos de la humanidad, incluyendo el miedo a la mortalidad, que en el arte de la literatura se transmuta en la pretensión de ser canónico, de unirse a la memoria social o común (…) ¿De dónde procede la idea de concebir una obra literaria que el mundo esté desipuesto a considerar inmortal? (…) ¿En qué fecha de la historia de la escritura profana se comienza a hablar de poemas o de relatos inmortales? El concepto está en Petrarca”.

Harold Bloom
El canon occidental
Anagrama, Barcelona 2009
Traducción de Damián Alou.
5ª Edición, pp. 28-29.

viernes, 23 de agosto de 2013

Carne Vs. Hierro (dos)



A las pocas horas, un segundo email llegaba a mi bandeja de entrada. Asunto: Tumor de piedra (debo añadir que yo había sido, recientemente, operado de un tumor en la columna vertebral, por lo que ese encabezado recorrió mi espinazo como una descarga).

El chofer de Tiresias nos dejó delante de la catedral normanda de Cefalú. Durante el trayecto desde Palermo mi guía no dejó de mostrarse como un hombre amable, excelente conversador y de una cultura exquisita: en varias ocasiones sus reflexiones giraron en derredor de la Eneida, de la Odisea, sobre Dante y Petrarca e, incluso, los poetas sicilianos que florecieron en la corte de Federico II Hohenstaufen como antecesores del dolce still novo. Yo escuchaba encantado, hablaba de Pier della Vigna, Giacomo da Lentini, Guitonne de Arezzo, y luego Guinizelli, Cavalcanti… sabía que yo era escritor y que esos asuntos podrían interesarme. Lo que ignoraba era el tipo de escritor que yo era, oscurecido, tan alejado de un “cor gentile”.

La catedral de Cefalú, incrustada, empastada entre las casas, entre los tejadillos rojizos, una excrescencia, un enorme tumor de piedra pardusca que le había salida al pueblo en su mismo hueso: esa es la impresión que me dio la construcción. Me desasosegaba.

Y una extraña estatua en la escalinata de acceso todavía acrecentaba mi malestar.


¿Quién es?…bueno, ¿era?, le pregunté a Tiresias. ¿Y qué más da?, me repuso. En cualquier caso, su tiempo ha pasado ya, ¿no cree? Tiresias advirtió mi inquietud y con un gesto tranquilizador me invitó a recorrer el interior, un interior dominado, fagocitado por el Pantocrátor del ábside, de quien todo el mundo en Cefalú estaba taaaaan orgulloso.

Un caramelo policromado, un dulce empalagoso de dorados.


Justo debajo, representados como murciélagos o tarántulas, los arcángeles…  


¡Elija la vida, rechace la muerte!, escuché el grito. ¡Silencio! ¡No hable en alto, está en un lugar de oración! La mujer, de rostro asediado por la vejez y la piel ajada de soles y por el trabajo en el campo, no dejaba de chillarle al vigilante del duomo sus ¡elija la vida, rechace la muerte! El vigilante reaccionó con brutalidad: un empujón desplazó a la mujer, que patinó por los escaques de la Catedral en un grotesco curling siciliano. Quedó frente a una imagen de Santa Ágata. A voces, se dirigió a ella: Soy María Fernanda, madre de tres hijas y te pido que tengas compasión... El vigilante la sujetó del brazo para despacharla. La gente miraba con asombro, indignación y compasión. ¡Le he dicho que se calle! La mujer, al sentir la presa metálica en su piel, se revolvió y le chilló al guardia: ¡Elija la vida, no la muerte! Pero él no tuvo necesidad de elegir. Un golpetazo en la cara sumió a María Fernanda en la espiral de la vergüenza. Y fue, tal vez, como si todo el azúcar de las cúpulas se desmoronara sobre ella. Y yo, pobre estúpido, tan sólo pude refugiarme del dolor agudo de aquella escena arrastrando mis pensamientos por las frescas losetas de la Catedral y fijando la vista en un elemento sorprendente: se trataba de la figura de un enano que cargaba a sus espaldas con la  pila de agua bendita (te adjunto foto).


Tiresias ayudó a levantarse a la mujer y, algo desagradado por la escena que acabábamos de presenciar, me comento que quizás fuera buen momento de abandonar el lugar y dirigirnos a un restaurante que el conocía en donde podríamos recuperar fuerzas…

Por cierto, me preguntas que cómo me llamo: puedes llamarme Agesilao, Agesilao Degli Incerti.
           
¡No, no, no!; le escribí como respuesta a tan descarado correo. Has cometido un error al mandarme la fotografía de la pila bautismal del enano. Has topado con un estudioso sobre Kafka, lo siento amigo Agesilao –si es que te llamas en verdad así, cosa que dudo-. Esta figurita fue lo que más le llamó la atención a Kafka cuando la vio por un Kaiserpanorama, el artefacto de fotografías en tres dimensiones que hacía furor en su época. Reseñó en uno de sus diarios que el enano de la pila bautismal le parecía enormemente vivo… la fotografía exhibida en el Kaiserpanorama era de la iglesia de Santa Anastasia en Verona (te adjunto la foto verdadera que vio Kafka, la tuya, desde luego, también es de esa misma iglesia veronesa). 

domingo, 7 de abril de 2013

oído a petrarca

 la literatura es una disgregación del concepto de verdad

lunes, 24 de diciembre de 2012

laura




es agradable             muy agradable
dante                                    pensó
sobre
beatriz

es placentero           muy placentero
boccaccio                                 dijo
de
fiammetta

es una maravilla                 exclamó
petrarca                         recordando
a su
laura

si  
una maravilla será                            
acostarse
con una  mujer
que no  necesite
emborracharse             
para
yacer
contigo

(y luego
llegó la peste
con sus ataúdes
de plomo)

domingo, 23 de diciembre de 2012

beatrice



en el fondo de tus
ojos
de ginebra verde
respira el nido de un pajarito
aplumado
en los cantos de petrarca

en tu
boca
de oporto
y maderas palo de rosa
se maceran las palabritas del poeta
cuando se emborrachó de la vida
a mitad del camino
en medio de la
selva oscurecida

tu
piel
se recita con sabor
de sextinas
y gustos del
cancionere

todo tu
cuerpo
es forma de abismarte en mí
para buscarme    rescatarme

primero
me gemiste
eurídice

después
para
alcanzar las tres
estrellas
me enredaste en el empíreo
de tu pelo

al fin
en tu sexo de cielos y poemas
me moldeaste hombre

y suspiré versos
como
tu beatriz