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sábado, 7 de septiembre de 2013

En defensa de la narratividad



Una mañana, la novela salió en defensa de la narratividad, y alzó la voz, gritó hasta enronquecer, hasta desollarse la garganta, hasta desgargantarse, pero nadie le hizo caso a ella, que luchaba contra el adelgazamiento de la anécdota, que exigía una reinstauración de las tramas jugosas y rezumantes de savia y resina, pegajosas en las manos del lector, y no esas raspas de sardina sobre las que era imposible ensamblar una frase para aclarar cuál era su argumento, inexistente, esos devaneos experimentales y fragmentarios que habían tomado y copado los tiempos de solapas adulatorias y  de montones-pila.

Nadie le hizo caso a la novela.

Y se extinguió la literatura, dando paso, con gran regocijo de algunos, a espantos disfrazados de obras maestras y a libros como muñequitos de ventrílocuo, de tripas vacías y que no articulaban más que la propia falsedad de sus autores con palabrillas grandilocuentes plasmadas en reflexiones de muchas páginas y tramas retorcidas, tan retorcidas como el intestino achorizado de un puerco. Achorizado, en efecto, a la espera de ser lavado de sus inmundicias: así que repleto de mierda, también.

Eso, de mierda, también

Inmortal

“Un poema, novela, u obra de teatro se contagia de todos los trastornos de la humanidad, incluyendo el miedo a la mortalidad, que en el arte de la literatura se transmuta en la pretensión de ser canónico, de unirse a la memoria social o común (…) ¿De dónde procede la idea de concebir una obra literaria que el mundo esté desipuesto a considerar inmortal? (…) ¿En qué fecha de la historia de la escritura profana se comienza a hablar de poemas o de relatos inmortales? El concepto está en Petrarca”.

Harold Bloom
El canon occidental
Anagrama, Barcelona 2009
Traducción de Damián Alou.
5ª Edición, pp. 28-29.

martes, 27 de agosto de 2013

Metaliterhartura






Y una mañana lluviosa, en el interior de un reputado cafetín en donde los sesudos académicos, los escritores de pro y los autores posmodernos que salían en los programas culturales de la televisión y copaban las reflexiones en las tertulias de las radios con manifestaciones geniales en las cuentas de Twitter, esa mañana de café sólo y cigarrillos, patillas de hacha y sonrisas envidiosas y melladas, esa mañana de ocurrencias en Facebook hasta la nausea (poco sartriana) y notables hashtag repulsivos, esa matiné, la propia novela, harta de que manosearan su nombre, de que la mentaran en vano, esa mañana, entre las tazas con cercos de bocas plagiarias, entre citas de Bordieu y Paul de Man, con las cañas de cerveza desgasadas, los pepinillos con relleno de anchoa, esa mañana, la propia novela en un acto de valentía (o de desesperación, vaya usted a saber) se propuso a sí misma como motivo novelesco, visto el agotamiento que en los cerebritos de esos autores tan sesudos había provocado durante las últimas décadas.

Y tras alguna mirada de soslayo, alguna que otra sonrisilla mellada de fracaso y unos eructillos disimulados por lo bajinis mientras se lo pensaban, todos aquellos fracasados encaramados a sus podios de ego le hicieron caso, les pareció una gran idea, y la propia novela, que se propuso como motivo novelesco, fue, desde entonces, un motivo novelesco.

Y nació la metaliterhartura, que tan pronto desvirtuaron aquellos maestros de palabras grasas y párrafos enfangados.

Y los escritores tan contentos, porque, con ella, con la metaliterhartura, no hacían sino masturbarse las conciencias de autores con gran placer y se hacían ilusiones de genios.

Y, además, algunos, hasta llegaron a cobrar por eso.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Los precursores

“Los grandes escritores no eligen a sus precursores fundamentales, son elegidos por ellos, pero poseen la inteligencia de transformar a sus antecesores en seres compuestos y, por tanto, parcialmente imaginarios (…) Un poema, una obra de teatro o una novela se ve necesariamente obligada a nacer a través de obras precursoras”.

Harold Bloom
El canon occidental
Anagrama, Barcelona 2009
Traducción de Damián Alou.
5ª Edición, pp. 21.