sábado, 11 de agosto de 2018

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo



*Esta columna pareció en achtungmag.com:

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Ya estamos metidos en agosto, y eso significa, para un sector afortunado de la población, vacaciones. Al menos para algunos. Muchos de aquellos que están sumidos en ese trance vacacional mudan sus ropajes, e incluso su piel, y se comportan como energúmenos descerebrados, porque ya se sabe: en vacaciones parece que todo vale. Incluso se admite hasta la lectura de aquellos libros de literatura basura en la creencia de que nos proporcionarán un rápido entretenimiento acorde con el compás de las olas a la orilla del mar…, acorde con el tipo pesado de las palas, con esos borricos de la pelota de fútbol, con el grupito de la radio a todo volumen. Si los libros son una defensa ante las ofensas de la vida, en verano son, más que nunca, una defensa ante la infamia de las vacaciones. ¿Ofreceros una lista con los libros veraniegos recomendados? No, que va. En Achtung! siempre vamos más allá, ya lo sabéis. Hoy os traigo una lista de los libros con los que me defendí de las vacaciones de verano.

Recuerdo un verano muy especial en la urbanización de La Zenia, perteneciente a las playas de Orihuela, en Murcia, destino que he repetido en varias ocasiones porque allí tenía un apartamento familiar. Su playa, El bosque, apareció en un vetusto Estudio 1 de Radiotelevisión Española (entonces no era solo “televisión”), de aquella época en la que existían únicamente dos cadenas, y lo hizo como escenario de una parte de la obra Cuatro corazones con freno y marcha atrás (Espasa Calpe, colección Austral) de Enrique Jardiel Poncela.

Una parte de rocas, la llamada Cala Capitán, aparecía al fondo con los personajes en primer plano, Una playa salvaje, muy alejada de la marabunta urbanística que ahora la ha convertido en irreconocible. Al mismo ritmo que proliferaron los bungalós lo hicieron los turistas de dudoso gusto. Al principio, pensé que un paraje que servía de fondo a una obra de Jardiel Poncela no podría resultar incómodo, pero estaba equivocado.
En el siguiente enlace os ofrezco la obra entera, con algunos actores clásicos españoles como Ismael Merlo, Amparo Baró, Teresa Rabal, Luis Varela o Mari Carmen Prendes. Es muy recomendable, la verdad, y las escenas de la playa aparecen, para los más curiosos, desde el minuto 38; así se puede apreciar como era esa zona en septiembre de 1977, fecha de la filmación:
Al abrigo del estallido turístico, la zona se saturó de chiringuitos de atronadora música infecta mientras te asediaba bajo la sombrilla una marea de vendedores africanos de mantas, de chinos que ofrecían dudosos masajes y de gitanos que vendían réplicas de gafas de sol de marca y baratijas. Ese verano de bullicio desaforado, de noches aguantando las risotadas de los vecinos ingleses hasta el amanecer, o de belgas que arrasaban en la piscina como si fuera un parque acuático privado, encontré refugio en El tambor de hojalata (Alfaguara) de Günter Grass.

Aquella novela salvó mi verano, como después tantas otras me valdrían, como un escudo del Capitán América, para protegerme de tantas iniquidades: de la señora que le cambiaba el pañal al niño y lo lavaba en la orilla del mar, del grupo que se ponía a jugar a las cartas a voz en grito, del zumbido de las motos acuáticas, y de los idiotas obstinados en ahogarse en una playa peligrosa como aquella y que, una vez rescatados, todavía tenían fuerzas para insultar y pelearse con los socorristas.
El libro de Günter Grass (Premio Nobel de Literatura y Premio Príncipe de Asturias de las Letras, ambos en el año 1999) es una de esas grandes joyas que nos ha legado ese género absolutamente prodigioso que es la novela, y que según en manos de quién caiga puede pasar de prodigioso a odioso.
Pero volviendo a El tambor de hojalata, la obra de Grass lo reúne todo si queremos aislarnos de la voracidad y de la grosería del mundo que nos rodea. En una larga tirada de páginas, tantas como 660, el escritor alemán nos sumerge en el mundo de la ciudad polaca de Danzig, lugar donde estalló la Segunda Guerra Mundial, bajo la mirada de los ojos de un niño muy peculiar.
Elegí esta novela grotesca, picaresca y crítica, insoportablemente lúcida, como libro del mes de agosto del año pasado para uno de los sitios en los que colaboro, Mi Nueva Edad. Puedes leer mi reseña en este enlace:
Así que es bien significativo: si necesito pensar en un libro para el veraneo, que me defienda del veraneo, siempre acude a mi cabeza en primer lugar este prodigio de la literatura alemana. Será por algo. Así que le otorgo, en capacidad defensiva y de blindaje ante paellas de arroz pasado, niños gritones en la piscina y menús del día con un 500% de recargo, dos Cola Jets (y el Cola Jet es mi mayor baremo).
Me viene a la cabeza una nueva ocasión en La Zenia, durante otro veraneo: me veo chapoteando con los pies, sentado al borde de la piscina, yo solo, durante las peores horas de calor de la mañana, mientras todos se están cociendo en la playa cercana; de ella regresaran los ingleses, los holandeses y los belgas, como una manada de ñus en estampida cruzando el Serengueti, para convertir ese rectángulo de agua, a eso de las dos o las dos y media de la tarde, en uno de los lugares más insoportables de la zona.
Es cierto, el comportamiento durante el verano cambia radicalmente. Es inevitable. El mundo está repleto de situaciones ante las que, por mucho que te embosques, acaba brotando tu verdadero yo. Y ese yo es infame, taimado, egoísta y sucio. Por ejemplo: un Burger King (o un Mc Donald´s, que para el caso son lo mismo), donde a golpe de promociones XXL adquirimos una cantidad ingente de comida que no podremos terminar, y beberemos, gracias a eso de rellenarnos el refresco gratis, de forma incontrolada.
Lo mismo ocurre en el bufé libre veraniego, aquello es una radiografía cruel de la personalidad de cada uno. Basta con ver los platos a rebosar. Otro lugar que saca lo peor de nosotros es el campo de fútbol, aquí no creo necesarias las explicaciones y, curiosamente, esos minutos previos a la proyección de una película en el cine. ¿Qué no sabéis de qué hablo? La próxima vez echad, por favor, un vistazo alrededor. Somos ogros… a la espera de un incentivo para desencadenarnos.
Pero mi columna de El Odradek de hoy no es antropológica, aunque pueda parecerlo, sino defensiva. De la defensa que la literatura nos ofrece ante el bronceador con olor a coco, de aquellos que pisotean las toallas de los demás cuando se dirigen a bañarse, de quienes se colocan justo al lado de tu sombrilla cuando tienen metros y metros de playa para hacerlo… Incluso de esas señoras que, como un correcaminos reencarnado, se hacen siete u ocho largos de la playa a pleno sol y a ritmo de paso de Marine para luego asegurar, a tu lado, que las está matando la artrosis.
La vacaciones veraniegas son un mundo chusco y perverso del que muy pocos pueden huir, pero yo, en aquella piscina silenciosa a la espera de que llegase la estampida, me defendía de todo aquello con un ejemplar de La mandolina del capitán Corelli (Plaza & Janés), del británico Louis de Bereniéres, novela por entonces no contaminada con la película de Nicholas Cage y Penélope Cruz: y es que esos dos pueden cargarse cualquier cosa que se les ponga por delante.

En efecto, nos encontramos ante una gran novela que es, fundamentalmente, un brillante ejercicio de narración. Como ejemplo, muchos de los argumentos y personajes de la novela ni siquiera aparecen en la película, así que olvidémonos de ella y centrémonos en el texto.
Una novela histórica que elige narrar las desdichas del bando de los perdedores, en este caso los italianos, y que abunda en algunos aspectos históricos de una forma muy original, ofreciendo retratos sorprendentes de algunos personajes reales y elaborando un grupo de protagonistas inspiradísimos. 250 páginas de absoluto blindaje a la indigestión de melón insípido, al gazpacho aguado y a la petanca playera, que califico con dos Drácula en el índice de protección.

Aún guardo otro recuerdo de las playas de La Zenia, en este caso leyendo bajo la sombrilla mientras era asediado por vendedores de fruta, de sandalias, de refrescos, la canción del verano se proyectaba desde el chiringuito cercano y los aviones con publicidad de El Tío de la bota o Aqualand (¿por qué no estaba escrito con la ce?)  hacían sus pasadas en vuelo rasante.

En mitad de todo aquello, como Astérix, defendía mi pequeño reducto de sombra y me sumergía en un libro. En este caso se trataba de las Confesiones de un inglés comedor de Opio (Cátedra), de Thomas de Quincey, y posteriormente me cobijaría en otra de sus obras, Del asesinato considerado como una de las bellas artes (Alianza).

Tengo que reconocerlo: este escritor promete más en los títulos de sus obras porque el contenido, por mucho que le gustara a Borges, no se encuentra acorde con la magnificencia de los títulos. Incluso su nombre, ese Thomas de Quincey, hace pensar en un escritor más grande de lo que es.
En esos dos trataditos podemos encontrar una visión de la vida refrescante y algo estrambótica. Por ejemplo, en Del asesinato considerado como una de las bellas artes, se nos asegura que:
“Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”.
Hay que reconocer que con afirmaciones así uno puede contemplar el devastador panorama playero con otros ojos. Se tratan de dos opúsculos, el del opio con marcado carácter autobiográfico, que buscan transgredir las formas y las reglas, pero con el arma de la inteligencia, no con pestíferas barbacoas a media tarde, ni con lavados del coche en mitad de las plazas del aparcamiento de la comunidad, ni con escandalosos baños en la piscina a media noche o, uno de mis favoritos, con la televisión a todo volumen hasta las tantas.
Evidentemente, para poder transgredir las normas y alterar el statu quo de las buenas costumbres de la época hay que ser inteligente, cínico y ácido, y todo ello sabe serlo De Quincey. Lamentablemente, los ingleses que disfrutan en las playas de Orihuela de sus 15 días de sol anuales están más por trasegar contenedores de alcohol y por elevar la temperatura de su piel a 800 grados. Cada cual transgrede como sabe o como puede. El problema radica en cuando esa transgresión te hace la vida imposible a ti.
De modo que a estos dos ensayos, o cómo se quiera definirlos, los catalogo, en mi clasificación de defensa y blindaje ante la diarrea estival y el vino de garrafón, con dos Calippos de Lima-limón.
La semana que viene abandonaré La Zenia y Orihuela, y os hablaré en una segunda entrega de otros libros con los que me he defendido del verano en localidades como Tenerife, Jávea o Fuerteventura, donde la hostilidad también era elevada y el nivel de alerta insostenible.
Porque aunque sean vacaciones, alguien debería recordarle a las hordas desencadenadas que, o no lo son para todos, o acaso algunos no queramos disfrutarlas como ellos, en su estilo chabacano y zafio. Que el acto de extender universalmente el jolgorio de la borrachera haciendo participe a todo el mundo de los gritos y la escandalera, tal vez no sea tan pertinente como pueda parecer bajo el prisma que proporcionan muchas copas de más en el estómago.
Afortunadamente, siempre aparecerá un libro con su blindaje de adamantium tras el que podremos resguardarnos de calimochos, pinchos de tortilla rancia, mayonesas con salmonelosis, cervezas recalentadas y sin gas, quemaduras solares, una desgraciada exhibición de tatuajes de mal gusto, los top-less más inoportunos y esos papilomas piscineros que siempre acuden fieles a la cita para recordarnos que vivimos la inigualable fiesta del veraneo.

sábado, 4 de agosto de 2018

Vasili Grossman: una transformación entre humo, obuses y alambre de espino

Grossman como corresponsal durante la Segunda Guerra Mundial.


*Esta columna se publicó en achtngmag.com:

http://www.achtungmag.com/vasili-grossman-una-transformacion-entre-humo-obuses-y-alambre-de-espino/

La semana pasada recordé en esta columna de El Odradek al escritor italiano Primo Levi, superviviente de Auschwitz, y cómo, desde entonces, dedicó su vida a recordar las terribles circunstancias que había soportado, enfrentándose a la terrible memoria e intentando superar su amarga condición. Al final, su polémica muerte, al parecer un suicidio, demostró que Levi no pudo superar su batalla interior, que la monstruosidad vivida hacía imposible toda resistencia. En esta nueva columna de hoy os traigo una reflexión sobre otro escritor que asistió a horrores parecidos a los que se enfrentó Levi, y que intentó conjurarlos con la escritura, colisionando contra el Estado totalitario que se encargó de silenciar gran parte de su obra. Me refiero a Vasili Grossman.

Judío de lengua rusa y nacionalidad soviética, Grossman pasó a la historia de la literatura, fundamentalmente, por tres novelas: Por una causa justa, Vida y destino y Todo fluye (todas en Galaxia Gutenberg), un arriesgado análisis de la sociedad totalitaria que le tocó vivir, pero con la que no siempre fue crítico. Para Tzvetan Todorov, en su libro Memoria del Mal, Tentación del Bien. Una Indagación sobre el Siglo XX (Península):
“El Destino de Grossman comporta un enigma que podría formularse así: ¿cómo es posible que sea el único escritor soviético conocido por haber sufrido una conversión radical, pasando de la sumisión a la revuelta, de la ceguera a la lucidez? ¿El único en haber sido, primero, un servidor ortodoxo y temeroso del régimen, y en haberse atrevido, más tarde, a enfrentarse con el problema del Estado totalitario en toda su magnitud?”.
Será el conflicto de la Segunda Guerra Mundial el que lleve a Grossman a cambiar de perspectiva ante el régimen soviético, de ahí la importancia que tuvo para él. Siguiendo con Todorov:
“Grossman sufre una completa mutación: de sometido a hombre que ansía y busca la libertad. Al principio, Grossman se definía a sí mismo como marxista”.
Los personajes de sus primeros escritos —su novela larga Stepán Kolchugin está consagrada a la vida de los obreros (sin traducción al español)— eran personajes típicamente soviéticos, típicamente plegados al sistema. En el año 1933 detuvieron a su prima Nadia, que le había ayudado mucho en su carrera de literato, pero no hizo nada por ayudarla.

Después, en el 1937, fueron dos escritores, dos de sus mejores amigos y vinculados a su mismo grupo literario, Pereval, los purgados, ante la pasividad de Grossman. En 1938 el ejecutado será su tío, y su indiferencia continúa, es un fiel producto al servicio del Partido. Incluso en el 1937 firmó una petición de pena de muerte colectiva para los implicados en uno de los Procesos de Moscú, Nikolái Bujarínentre ellos. La delación y la sumisión eran el modo de supervivencia impuesto en el régimen de Stalin,Grossman no era ajeno a todo ello. Se vivían los peores años de la pesadilla del estalinismo.
Entonces estalló la guerra, y Grossman, en el año 1941, se lanzó a defender a su patria. Esa experiencia lo cambiaría del todo. Como dice uno de sus personajes en Vida y Destino:
“sentía que, luchando contra los alemanes, luchaba por una vida libre en Rusia, que la victoria sobre Hitler sería también una victoria sobre los campos de la muerte donde habían perecido su madre, sus hermanas, su padre”.
Grossman se convirtió en corresponsal de guerra, tal vez el más célebre de la URSS. Estuvo en Moscú, Stalingrado, Ucrania, Polonia y entró en Berlín en el 1945. A finales de la guerra se enteró de una información clave para el resto de su vida y que influiría absolutamente en su producción literaria: supo que, en 1944, su propia madre fue víctima de los Einsatzgruppen (las “brigadas volantes” que limpiaban de judíos las localidades conquistadas) que actuaron en una Aktion en Berdichev —una de las “capitales” judías de Ucrania—, cuando la ciudad fue ocupada por los nazis.

Tras la muerte de Stalin en el año 1953, comienza un leve deshielo en la Unión Soviética, y Grossmancree llegado su momento. Aprovecha la nueva coyuntura para ponerse manos a la obra en la que sería su obra maestra: Vida y Destino, cuyo inicio data del año 1955, y elabora también la primera versión de Todo Pasa.
Grossman finalizaría Vida y Destino en el año 1960 pero, aunque ya habían transcurrido siete años desde el deceso de Stalin, todavía no era posible publicar semejante novela en la Unión Soviética, ni siquiera bajo el leve deshielo de Jruschov. La obra llegó al KGB, que procedió a su secuestro. Empezaba así la lucha de Grossman, la otra lucha después de la sostenida durante la Segunda Guerra Mundial, por que viera la luz una de las novelas capitales sobre la Guerra del siglo XX.
Grossman murió de cáncer en 1964 sin saber nada de su novela, ignorando si algún día vería la luz o si las pocas copias existentes habían sido destruidas. La obra no aparecería hasta las décadas de los años 70 y 80, y lo haría en el extranjero.

Ambas novelas, Vida y Destino y Todo Pasa (no así Por una causa justa, anterior a Vida y destino y que todavía respetaba el realismo socialista) eran producto de la conversión de su autor, conversión que experimentó durante la guerra y que despertó su conciencia judía, identificándose por completo con uno de los protagonistas de Vida y Destino: Strum. De hecho, el personaje, en el libro, confiesa que nunca había tomado conciencia de que era un judío hasta que se vio inmiscuido en la guerra.
Fue Hitler y el comportamiento de sus tropas —los “batallones volantes”— quienes se encargaron de que el personaje ficticio —Strum— y su encarnadura real, el escritor —Grossman— se dieran cuenta de su naturaleza hebrea con todo lo que eso conllevaba: un descubrimiento de la realidad opresora, del desarraigo, del aplastamiento al que los sometía el Estado totalitario; unas circunstancias ante las que ya era hora de revelarse.
Todos los judíos de Berdichev fueron asesinados, la madre de Grossman entre ellos, circunstancias que el escritor refleja fielmente en su novela Vida y Destino. Por si esto fuera poco, la toma de conciencia judía y la nueva posición ante la realidad se consolidó a medida que Grossman avanzaba por los terrenos liberados, primero por Ucrania, y descubría las pruebas de la limpieza étnica de las tropas de Hitler, hasta que llegó al campo de concentración de Treblinka.

al fue el impacto, que se puso manos a la obra: investigó sobre el campo, interrogó a testigos, supervivientes, también a algún verdugo, y culminó El Infierno de Treblinka (Galaxia Gutenberg), el primer testimonio publicado sobre los campos de exterminio. A la par, el genocidio hitleriano se convertiría en uno de los temas recurrentes de Vida y Destino, además del antisemitismo ruso y ucraniano, que también obtuvieron su hueco en la novela…, convirtiéndola en un texto peligroso que se desviaba de los severos cánones de la literatura realista socialista.
Pero la conversión de Grossman no sólo se debe a su toma de posición judía: durante el conflicto pudo comparar comportamientos y decisiones de los dos tiranos, Hitler y Stalin, estableciendo por sus actos un paralelismo y una equivalencia; ambos eran igual de sanguinarios y una vez derrotado en el campo de batalla el primero, debía luchar intelectualmente contra el segundo.
El nazismo denunció muchas de las verdades sobre el supuesto paraíso comunista, descubrió los lagers, la inhumanidad de Stalin, y toda esa publicidad no fue ajena a Grossman. Ahora, ya no sólo denunciará la brutalidad del nazismo, sino que también hablará, en palabras de Todorov:
“del chirrido combinado de  los alambres de púas de la taiga siberiana y del campo de Auschwitz”.
Las similitudes entre nazismo y comunismo quedan reflejadas en una de las escenas de Vida y Destino, en donde un viejo bolchevique detenido por los nazis entabla una jugosa y sustanciosa conversación con un alto oficial que debe interrogarle y en donde se demuestra que ambos regímenes son imágenes recíprocas una de la otra.
No es de extrañar, entonces, que la novela fuera secuestrada por el KGB (confirmando así esa teórica reciprocidad de los regímenes, desde luego). El paralelismo era, ciertamente, sonrojante: la Noche de los Cuchillos Largos germana tenía su equivalente en las purgas de Stalin, el extermino de los judíos era similar al de los Kulaks, los campos de concentración tuvieron su réplica en los lagers, Auschwitz era a Kolimá y a Vorkutá como la Gestapo al KGB.
Además, la bomba atómica y el impacto que Hiroshima y Nagasaki produjeron en Grossman también tuvieron fiel reflejo en su literatura: Strum, protagonista de Vida y Destino, hará un descubrimiento como físico que se relaciona con la fisión nuclear y que le valdrá una llamada de felicitación del propio Stalin.
No hay que olvidar que Grossman era químico de formación y todo el proceso de la fabricación de la bomba atómica (proceso del que la URSS estuvo mucho tiempo en ayunas) a la fuerza tuvo que llamar la atención en él, máxime una vez vistas las consecuencias del infierno desencadenado sobre territorio japonés por los resultados del Proyecto Manhattan.
De hecho, en 1953 Grossman escribió un relato breve titulado Abel, que refleja el estado de ánimo de los pilotos y la tripulación del Enola Gay y el de las víctimas, salpicado de frases con un contenido tan humanista como esta:
“Ni ese niño de cuatro años ni su abuela comprendieron porque les incumbía a ellos, precisamente, pagar las cuentas de Pearl Harbor y de Auschwitz”.
Como ya dije arriba, la muerte de su madre, o mejor dicho, el descubrimiento de la muerte de su madre a manos de un Einsatzcommando, marcaron el punto de inflexión en el carácter de Grossman, una vez más influido por los acontecimientos acaecidos en la Guerra Mundial. Vida y Destino, dedicada a ella, es la expresión de los pensamientos que le inspiró: compasión por su destino, admiración por su ejemplo, algo paralelo al destino de la Unión Soviética y de sus ciudadanos en el martirio de su madre.
Para Grossman, y siempre en palabras de Todorov, su madre ejemplarizó
“el destino de la humanidad en tiempos inhumanos”.
En Vida y Destino la madre de Strum es fusilada por los nazis al estilo de la propia madre de Grossman; he ahí su homenaje.
Otro de los motivos de la toma de conciencia anti totalitaria y que marcó a Grossman fue la victoria de los rusos en Stalingrado, y que tan bien refleja en Vida y Destino. En Stalingrado se produjo un cambio ideológico significativo en contra del régimen de Stalin que se autodenominaba con el lema de “el socialismo en un solo país”.
Sin embargo, no se defenderá la ciudad a orillas del Volga a través de consignas comunistas, ni citando a Marx y a Engels, no, sino que se recurrirá a mencionar el espíritu de Pedro el Grande, la heroicidad de Alexander Nevsky, empleando el populismo de la Historia,  enardeciendo el sentimiento nacionalista, identificando así a la nación con sus glorias pasadas.
La ideología de Stalin, del Partido, el sistema en sí, no eran suficientes para calar en el pueblo, para llamarlo a resistir, y tuvo que ser ese nacionalismo exacerbado el que hiciera reflexionar a Grossman y volverlo en contra de la insoportable realidad: un efecto más de la Segunda Guerra Mundial, el debilitamiento del ideal comunista en la población que, no obstante, todavía sobreviviría al nazismo durante muchos años de infamia.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Primo Levi: Si esto es un hombre o la inutilidad de la resistencia


Edición filatélica conmemorativa italiana con el retrato de Primo Levi y el fondo con los primeros párrafos de su obra Si esto es un hombre.

*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/primo-levi-si-esto-es-un-hombre-o-la-inutilidad-de-la-resistencia/

El próximo día 31 de julio se cumplirán 99 años del nacimiento, en Turín, de Primo Levi, el escritor italiano. Sin embargo, creo que definirlo únicamente como escritor es abarcar escasamente la personalidad de Levi, que además de químico, fundamentalmente y por el resto de su vida, fue un superviviente de Auschwitz y se dedicó a recordarlo. Sus escritos, sus testimonios, han demostrado que la pluma de este autor de formación científica esta cargada de sentido y humanidad. Puso todo el empeño en dar testimonio de aquello, era para él algo más que una necesidad, y con ello nos regaló algunas de las páginas más estremecedoras de la literatura, así como lúcidas reflexiones conducidas al intento de digerir el significado de aquella barbarie. Creo que es hora de acordarnos, de nuevo, de él. En Achtung! y en esta columna de El Odradek, así lo entendemos.

Un boletín de la Agencia Reuters fechado en el día 11 de abril de 1987 anunciaba:
“El escritor italiano Primo Levi Murió hoy, resultado de una caída por el hueco de la escalera de su residencia en Turín. La policía considera su muerte un suicidio. Tenía sesenta y ocho años”.
Para sus más allegados el suicidio era incomprensible. La fecha era bien significativa: ese día era el aniversario de su liberación del Campo de Auschwitz. Y no podían olvidar que, siendo químico de profesión, y por tanto con capacidad para acometer un envenenamiento plácido, hubiera elegido arrojarse por el hueco de unas escaleras. Una forma desagradable de morir, que además era cruel con la familia que lo encontró aplastado en el suelo del edificio ubicado en la calle Re Umberto, número 75.
Fachada de la casa familiar de Levi en la calle Re Umberto de Turín y detalle del telefonillo:


No dejó ninguna nota que explicara aquello. Es más, parece que sobre la mesa acababa de realizar la lista de la compra, y un amigo suyo, que apoyaba la idea del accidente, argumentó que nadie que piense en suicidarse hace minutos antes la lista de la compra. Algunos rumores decían que ese día un grupo de neofascistas se había metido con él, que incluso le apuntaron con armas…, o que el motivo del suicidio fue el impacto que experimentó al ver la película El quimérico inquilino, de Roman Polanski, en donde un judío polaco intentaba suicidarse lanzándose al vació por el hueco de las escaleras; unas escaleras que, al parecer, guardan un gran parecido con las de la casa de Primo Levi.

Cartel de la película de Polanski del año 1976, titulada en España como El quimérico inquilino.

Sea como fuera, y dado que el rumor del suicidio era cada vez más sólido, el Rabí Artom de la ciudad de Turín tuvo que inventarse un recurso legal-teologal para que se permitiera enterrar a Levi de acuerdo con el ritual judío a pesar de haberse suicidado. La muerte no era exactamente un suicidio sino, más bien, un asunto de lo que denominó “homicidio demorado”. El argumento: cualquiera que se hubiera suicidado tras pasar por un Campo de Exterminio, realmente, estaba siendo asesinado por el régimen nazi; aunque la muerte ocurriera muchos años después.
En conclusión, el diario Corriere della Sera se mostró contundente en su titular:
“Aplastado por el fantasma del Campo”.
Así que Primo Levi, como judío italiano, fue deportado al campo de exterminio de Auschwitz en febrero de 1944 y sobrevivió a él, saliendo, moribundo, a mitad del año 45, cuando el lugar fue liberado por el Ejército Rojo.
Así registraba la prensa española, en este caso La Vanguardia en sus páginas de cultura, el suicidio de Primo Levi. Columna derecha.

Siguiendo la inquietud de otros intelectuales que pasaron por semejantes circunstancias —el Premio Nobel de Literatura húngaro Imré Kertész, por ejemplo, que estuvo en Auschwitz y Buchenwald—, Levi se aprestó a dar testimonio, aunque sobre él pesaría toda la vida esa máxima de Adorno que afirma:
“Después de Auschwitz es imposible hacer poesía”
Al igual que Levi había resistido con vida mientras estuvo en el campo, también se dedicó a resistir a los demoledores efectos de la experiencia y a combatir al terrible fantasma de los recuerdos, pero no pudo evitar entregarse a ser un superviviente por el resto de su vida. Si esto es un hombre (Península) su primer testimonio, apareció en 1947 y pasó sin pena ni gloria. El resto de su obra siguió por los mismos derroteros, apoyada firmemente en el recuerdo y la denuncia: La tregua, Los hundidos y los salvados(ambos en Península), El sistema periódico (en El Aleph con traducción de Carmen Martín Gaite)… Sería el éxito de La tregua la circunstancia que lo catapultaría mundialmente como uno de los escritores más importantes sobre el Holocausto.


Escritor, judío y superviviente de Auschwitz. ¿De qué manera Levi, en sus textos, intentó resistir a la terrible experiencia? Su actitud no fue la de clamar una venganza desencadenada ni la de entonar un perdón humillante. Una venganza que para el escritor alemán W. G. Sebald en su obra Campo Santo(Anagrama), se fundamenta en que:
“Todo daño tiene su equivalente en alguna parte y realmente puede ser compensado, aunque sea, mediante el dolor del causante del daño, hipótesis que Nietzsche consideró el fundamento de nuestro sentido del derecho”.
Para Levi, sin embargo, no se trata de este tipo de venganza, sino de administrar justicia. La salida al problema estriba en la simple administración de la justicia:
“No tiendo a perdonar, nunca he perdonado a ninguno de nuestros enemigos de entonces (…) La venganza no me interesa, me convenía que los demás, la gente del oficio, se encargara de los ahorcamientos, obra de justicia”.
Creía en la justicia y pensaba en dejar que fueran los profesionales quienes la administraran. Porque, ante el asesinato en masa, el genocidio, obtener el perdón de un solo individuo no vale de nada. Lo que si resulta valioso, extraordinariamente precioso, es dar testimonio, utilizar el recuerdo. Y a ellos, a los que se quedaron por el camino, consagró sus obras.

Esta obsesión por dar voz a los hechos, que la masacre no cayese en el olvido, fue lo que terminó por amargar la propuesta de supervivencia y resistencia de Primo Levi. Demasiado a menudo se encontró, como manifiesta Reyes Mate en su libro Por los campos de exterminio (Antrhopos), que como testigo era “tratado como aguafiestas”, tal vez haciendo buena la idea de Walter Benjamin:
“Recordar es apropiarse del pasado en el instante de peligro”.
Y esa obsesión por el recuerdo les ha resultado siempre muy molesta e incómoda a quienes han intentado mirar para otro lado y querer pensar, para tranquilizar sus conciencias, que o nada tuvieron que ver con aquello o que, realmente, nada pudieron hacer para evitarlo.

Primo Levi relata a menudo la convicción de los nazis, cargada de soberbia, cuando decían a los prisioneros que nadie saldría vivo para contarlo y que, aunque lo consiguieran, nadie se lo creería. Y así lo registra en su prólogo de Los hundidos y los salvados, donde reproduce lo que aseguraban los nazis de Auschwitz:
“De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para dar testimonio de ella, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros que lo negamos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la dicte”.
Se tardó en creerlo, desde luego, pero los nazis se equivocaron, porque al final se creyó, aunque todavía existan negacionistas o revisionistas. El principal problema radicó en que aquella verdad tan insoportable de admitir generaba molestias; la verdad, sus raspas, se hicieron tan incómodas que supervivientes como Primo Levi acabaron sintiéndose como traidores por haber sobrevivido, como seres molestos que se movían, allí donde fueran, con la indignidad de los supervivientes.
Reyes Mate, filósofo español siempre sensible a las circunstancias de los Campos de Exterminio y en particular a Primo Levi.

Kertész, en su libro Sin destino (El acantilado), ya apunta claramente a esa derrota del superviviente” que, como dice­:
“Tiene que aceptar cualquier argumento con tal de seguir viviendo”.
Y que ante la pregunta de qué era lo que sentía tras todo lo pasado y sufrido, únicamente podía argumentar: “Odio”.

Sobre este asunto, en relación con los sufrimientos del escritor austriaco Jean Amery, Sebald concluye en Campo Santo que:
“La existencia prolongada más allá de la experiencia de la muerte tiene su centro afectivo en un sentimiento de culpa, esa culpa del superviviente (…) la carga psíquica más pesada de los que escaparon al asesinato”.
Ese era el pecado. Haber vuelto para contarlo, no haber fallecido para integrar las listas, para ser llorados, recordados de otra manera mucho más higiénica para la culpa colectiva y europea: simplemente de una forma fúnebre en la que no pudieran, al igual que los otros seis millones, hablar, acusar, señalar, argumentar la pregunta dolorosa: ¿Qué hiciste tú para poder evitarlo? Reyes Mate es categórico:
“Europa no puede pensarse ya de espaldas a esta tragedia”.
Pero lo cierto es que, como se lamenta más adelante Reyes Mate en su texto Por los Campos de Exterminio:
 “Los lugares están abandonados y los acontecimientos olvidados. Europa no ha aprendido nada”.
Tumba de Primo Levi en el Cementerio Monumental de Turín. Aunque en un principio solo se consignaron en la lápida los años de nacimiento y muerte, después se le añadió el número de prisionero que se le tatuó en Auschwitz, una identidad que le acompañó de por vida: 174517.

 Como dice Sebald en relación con lo que representa sobrevivir a la experiencia de los Campos:
“Haber sobrevivido significa (…) ser condenado a una existencia fantasmal, porque en su verdadera figura sigue viviendo aún en la ciudad de los muertos. Primo Levi, que estuvo algún tiempo en Auschwitz, describió esa ciudad muy concretamente: Buna se llamaba aquel conglomerado babilónico, donde además de los administradores y técnicos alemanes deambulaban cuarenta mil trabajadores reclutados en los campos de concentración circundantes, que hablaban más de veinte idiomas. En medio de la ciudad se alzaba, como un verdadero monumento, la torre de carburo construida por los esclavos, cuya punta estaba casi siempre rodeada de niebla”.
Sin embargo, lejos de la culpa de unos y de otros, se encuentra el intento de comprender lo sucedido en la obra de Primo Levi. Así, en Si esto es un hombre, manifiesta claramente sus dudas ante la posibilidad de aclarar, de una forma racional, lo sucedido:
“Quizá no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender casi es justificar. Me explico: comprender una proposición o un comportamiento humano significa (incluso etimológicamente) contenerlo, contener al autor, ponerse en su lugar, identificarse con él. Pero ningún hombre normal podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebbels, Eichmann e infinitos otros… No podemos comprenderlo; pero podemos y debemos comprender donde nace, y estar en guardia. Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también”.
 De forma que, para Levi, Auschwitz es incomprensible, estará condenado a luchar toda su vida contra los recuerdos y las vivencias de una monstruosidad enigmática. Los conocimientos relativos al Holocausto, por muchos que se posean, nunca constituyen una explicación suficiente al horror. Aunque tal vez, como concluye Reyes Mate:
“Decimos que Auschwitz es incomprensible porque no queremos ver a la barbarie como una posibilidad latente de nuestra cultura”.
En Los hundidos y los salvados, capítulo central en su tarea de resistencia, Levi descubre una zona denominada como La Zona Gris. Esta zona define a todos los insertados en el sistema de los Campos que no eran sencillamente víctimas o verdugos, sino que colaboraban con los guardianes o superiores para asegurarse la supervivencia. No todo era blanco y negro, había grises. Esos grises hacían aún más incomprensible lo sucedido e hicieron más intolerable el recuerdo de Levi.
La Zona Gris, película sobre la rebelión de un grupo de prisioneros de Auschwitz que toma su nombre de la obra de Primo Levi.

Entre Si esto es un hombre y Los hundidos y los salvados hay una reflexión brutal: Auschwitz no ha servido de nada, la historia de la humanidad sigue su curso. Levi va cayendo, poco a poco, en la desesperanza y ya sólo puede reformular en su trabajo Informe Sobre Auschwitz (Reverso Ediciones) el axioma de Adorno:
“Después de Auschwitz no se puede escribir poesía que no trate de Auschwitz”.
Porque la realidad de aquel sistema, tan perverso, es definida por Sebald como un proceso:
“En que el provecho económico que obtenía el sistema de utilización de despojos humanos (…) no justificaba ni de lejos el gasto realizado. Y en ese saldo negativo se esconde una dimensión en cierto modo metafísica, un mal al parecer totalmente sin sentido”.
Fue la imposible realidad de ese sin sentido, constatada, tan horrible, tan insoportable, que Levi se dejó caer por el hueco de las escaleras de su casa cuando pasaban cinco minutos de las 10 de la mañana. Los que quieren creer que nunca dio por doblada su resistencia siguen afirmando que le dio un vahído, un mareo. Pero otros, intuimos la desoladora verdad, con un Levi derrotado en su exasperante lucha, circunstancia que comprende muy bien Sebald cuando afirma:
“Forma parte del estado de ánimo físico y social de la víctima el que no se la pueda compensar por lo que se le hizo. Quién fue víctima sigue siéndolo”.
Porque, en palabras del historiador Lothar Machtan en su obra El secreto de Hitler (Planeta):
“Hitler (…) no sólo infecto de forma fatal su mundo, sino también el nuestro, dejando en él su huella perdurable”.

Se ha creado así un reinicio de la historia para muchos intolerable. Imre Kertész en Un instante de silencio en el paredón (editorial Herder), libro de ensayos y conferencias, afirma con la contundencia de la derrota absoluta:
“Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz”.



Eso fue lo que le resultó del todo intolerable a Primo Levi, que declaraba al regresar de Auschwitz, en 1945:
“Todo se ha vuelto un caos: estoy solo en el centro de una nada gris y turbia, y precisamente sé lo que ello quiere decir, y también sé que lo he sabido siempre: estoy otra vez en el Lager, y nada de lo que había fuera del Lager era verdad.”
 Y eso es lo que también les resultó insoportable a intelectuales y a escritores, a pensadores brillantes, como el ya mencionado Jean Amery, al poeta Paul Celan, o a Stefan Zweig, aunque alejado de los Campos de Exterminio muy próximo a la creencia de esa contundente derrota de la humanidad. Y esa certeza es tan aplastante como imposible de admitir.
Jean Amery y Paul Celan: