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sábado, 4 de agosto de 2018

Vasili Grossman: una transformación entre humo, obuses y alambre de espino

Grossman como corresponsal durante la Segunda Guerra Mundial.


*Esta columna se publicó en achtngmag.com:

http://www.achtungmag.com/vasili-grossman-una-transformacion-entre-humo-obuses-y-alambre-de-espino/

La semana pasada recordé en esta columna de El Odradek al escritor italiano Primo Levi, superviviente de Auschwitz, y cómo, desde entonces, dedicó su vida a recordar las terribles circunstancias que había soportado, enfrentándose a la terrible memoria e intentando superar su amarga condición. Al final, su polémica muerte, al parecer un suicidio, demostró que Levi no pudo superar su batalla interior, que la monstruosidad vivida hacía imposible toda resistencia. En esta nueva columna de hoy os traigo una reflexión sobre otro escritor que asistió a horrores parecidos a los que se enfrentó Levi, y que intentó conjurarlos con la escritura, colisionando contra el Estado totalitario que se encargó de silenciar gran parte de su obra. Me refiero a Vasili Grossman.

Judío de lengua rusa y nacionalidad soviética, Grossman pasó a la historia de la literatura, fundamentalmente, por tres novelas: Por una causa justa, Vida y destino y Todo fluye (todas en Galaxia Gutenberg), un arriesgado análisis de la sociedad totalitaria que le tocó vivir, pero con la que no siempre fue crítico. Para Tzvetan Todorov, en su libro Memoria del Mal, Tentación del Bien. Una Indagación sobre el Siglo XX (Península):
“El Destino de Grossman comporta un enigma que podría formularse así: ¿cómo es posible que sea el único escritor soviético conocido por haber sufrido una conversión radical, pasando de la sumisión a la revuelta, de la ceguera a la lucidez? ¿El único en haber sido, primero, un servidor ortodoxo y temeroso del régimen, y en haberse atrevido, más tarde, a enfrentarse con el problema del Estado totalitario en toda su magnitud?”.
Será el conflicto de la Segunda Guerra Mundial el que lleve a Grossman a cambiar de perspectiva ante el régimen soviético, de ahí la importancia que tuvo para él. Siguiendo con Todorov:
“Grossman sufre una completa mutación: de sometido a hombre que ansía y busca la libertad. Al principio, Grossman se definía a sí mismo como marxista”.
Los personajes de sus primeros escritos —su novela larga Stepán Kolchugin está consagrada a la vida de los obreros (sin traducción al español)— eran personajes típicamente soviéticos, típicamente plegados al sistema. En el año 1933 detuvieron a su prima Nadia, que le había ayudado mucho en su carrera de literato, pero no hizo nada por ayudarla.

Después, en el 1937, fueron dos escritores, dos de sus mejores amigos y vinculados a su mismo grupo literario, Pereval, los purgados, ante la pasividad de Grossman. En 1938 el ejecutado será su tío, y su indiferencia continúa, es un fiel producto al servicio del Partido. Incluso en el 1937 firmó una petición de pena de muerte colectiva para los implicados en uno de los Procesos de Moscú, Nikolái Bujarínentre ellos. La delación y la sumisión eran el modo de supervivencia impuesto en el régimen de Stalin,Grossman no era ajeno a todo ello. Se vivían los peores años de la pesadilla del estalinismo.
Entonces estalló la guerra, y Grossman, en el año 1941, se lanzó a defender a su patria. Esa experiencia lo cambiaría del todo. Como dice uno de sus personajes en Vida y Destino:
“sentía que, luchando contra los alemanes, luchaba por una vida libre en Rusia, que la victoria sobre Hitler sería también una victoria sobre los campos de la muerte donde habían perecido su madre, sus hermanas, su padre”.
Grossman se convirtió en corresponsal de guerra, tal vez el más célebre de la URSS. Estuvo en Moscú, Stalingrado, Ucrania, Polonia y entró en Berlín en el 1945. A finales de la guerra se enteró de una información clave para el resto de su vida y que influiría absolutamente en su producción literaria: supo que, en 1944, su propia madre fue víctima de los Einsatzgruppen (las “brigadas volantes” que limpiaban de judíos las localidades conquistadas) que actuaron en una Aktion en Berdichev —una de las “capitales” judías de Ucrania—, cuando la ciudad fue ocupada por los nazis.

Tras la muerte de Stalin en el año 1953, comienza un leve deshielo en la Unión Soviética, y Grossmancree llegado su momento. Aprovecha la nueva coyuntura para ponerse manos a la obra en la que sería su obra maestra: Vida y Destino, cuyo inicio data del año 1955, y elabora también la primera versión de Todo Pasa.
Grossman finalizaría Vida y Destino en el año 1960 pero, aunque ya habían transcurrido siete años desde el deceso de Stalin, todavía no era posible publicar semejante novela en la Unión Soviética, ni siquiera bajo el leve deshielo de Jruschov. La obra llegó al KGB, que procedió a su secuestro. Empezaba así la lucha de Grossman, la otra lucha después de la sostenida durante la Segunda Guerra Mundial, por que viera la luz una de las novelas capitales sobre la Guerra del siglo XX.
Grossman murió de cáncer en 1964 sin saber nada de su novela, ignorando si algún día vería la luz o si las pocas copias existentes habían sido destruidas. La obra no aparecería hasta las décadas de los años 70 y 80, y lo haría en el extranjero.

Ambas novelas, Vida y Destino y Todo Pasa (no así Por una causa justa, anterior a Vida y destino y que todavía respetaba el realismo socialista) eran producto de la conversión de su autor, conversión que experimentó durante la guerra y que despertó su conciencia judía, identificándose por completo con uno de los protagonistas de Vida y Destino: Strum. De hecho, el personaje, en el libro, confiesa que nunca había tomado conciencia de que era un judío hasta que se vio inmiscuido en la guerra.
Fue Hitler y el comportamiento de sus tropas —los “batallones volantes”— quienes se encargaron de que el personaje ficticio —Strum— y su encarnadura real, el escritor —Grossman— se dieran cuenta de su naturaleza hebrea con todo lo que eso conllevaba: un descubrimiento de la realidad opresora, del desarraigo, del aplastamiento al que los sometía el Estado totalitario; unas circunstancias ante las que ya era hora de revelarse.
Todos los judíos de Berdichev fueron asesinados, la madre de Grossman entre ellos, circunstancias que el escritor refleja fielmente en su novela Vida y Destino. Por si esto fuera poco, la toma de conciencia judía y la nueva posición ante la realidad se consolidó a medida que Grossman avanzaba por los terrenos liberados, primero por Ucrania, y descubría las pruebas de la limpieza étnica de las tropas de Hitler, hasta que llegó al campo de concentración de Treblinka.

al fue el impacto, que se puso manos a la obra: investigó sobre el campo, interrogó a testigos, supervivientes, también a algún verdugo, y culminó El Infierno de Treblinka (Galaxia Gutenberg), el primer testimonio publicado sobre los campos de exterminio. A la par, el genocidio hitleriano se convertiría en uno de los temas recurrentes de Vida y Destino, además del antisemitismo ruso y ucraniano, que también obtuvieron su hueco en la novela…, convirtiéndola en un texto peligroso que se desviaba de los severos cánones de la literatura realista socialista.
Pero la conversión de Grossman no sólo se debe a su toma de posición judía: durante el conflicto pudo comparar comportamientos y decisiones de los dos tiranos, Hitler y Stalin, estableciendo por sus actos un paralelismo y una equivalencia; ambos eran igual de sanguinarios y una vez derrotado en el campo de batalla el primero, debía luchar intelectualmente contra el segundo.
El nazismo denunció muchas de las verdades sobre el supuesto paraíso comunista, descubrió los lagers, la inhumanidad de Stalin, y toda esa publicidad no fue ajena a Grossman. Ahora, ya no sólo denunciará la brutalidad del nazismo, sino que también hablará, en palabras de Todorov:
“del chirrido combinado de  los alambres de púas de la taiga siberiana y del campo de Auschwitz”.
Las similitudes entre nazismo y comunismo quedan reflejadas en una de las escenas de Vida y Destino, en donde un viejo bolchevique detenido por los nazis entabla una jugosa y sustanciosa conversación con un alto oficial que debe interrogarle y en donde se demuestra que ambos regímenes son imágenes recíprocas una de la otra.
No es de extrañar, entonces, que la novela fuera secuestrada por el KGB (confirmando así esa teórica reciprocidad de los regímenes, desde luego). El paralelismo era, ciertamente, sonrojante: la Noche de los Cuchillos Largos germana tenía su equivalente en las purgas de Stalin, el extermino de los judíos era similar al de los Kulaks, los campos de concentración tuvieron su réplica en los lagers, Auschwitz era a Kolimá y a Vorkutá como la Gestapo al KGB.
Además, la bomba atómica y el impacto que Hiroshima y Nagasaki produjeron en Grossman también tuvieron fiel reflejo en su literatura: Strum, protagonista de Vida y Destino, hará un descubrimiento como físico que se relaciona con la fisión nuclear y que le valdrá una llamada de felicitación del propio Stalin.
No hay que olvidar que Grossman era químico de formación y todo el proceso de la fabricación de la bomba atómica (proceso del que la URSS estuvo mucho tiempo en ayunas) a la fuerza tuvo que llamar la atención en él, máxime una vez vistas las consecuencias del infierno desencadenado sobre territorio japonés por los resultados del Proyecto Manhattan.
De hecho, en 1953 Grossman escribió un relato breve titulado Abel, que refleja el estado de ánimo de los pilotos y la tripulación del Enola Gay y el de las víctimas, salpicado de frases con un contenido tan humanista como esta:
“Ni ese niño de cuatro años ni su abuela comprendieron porque les incumbía a ellos, precisamente, pagar las cuentas de Pearl Harbor y de Auschwitz”.
Como ya dije arriba, la muerte de su madre, o mejor dicho, el descubrimiento de la muerte de su madre a manos de un Einsatzcommando, marcaron el punto de inflexión en el carácter de Grossman, una vez más influido por los acontecimientos acaecidos en la Guerra Mundial. Vida y Destino, dedicada a ella, es la expresión de los pensamientos que le inspiró: compasión por su destino, admiración por su ejemplo, algo paralelo al destino de la Unión Soviética y de sus ciudadanos en el martirio de su madre.
Para Grossman, y siempre en palabras de Todorov, su madre ejemplarizó
“el destino de la humanidad en tiempos inhumanos”.
En Vida y Destino la madre de Strum es fusilada por los nazis al estilo de la propia madre de Grossman; he ahí su homenaje.
Otro de los motivos de la toma de conciencia anti totalitaria y que marcó a Grossman fue la victoria de los rusos en Stalingrado, y que tan bien refleja en Vida y Destino. En Stalingrado se produjo un cambio ideológico significativo en contra del régimen de Stalin que se autodenominaba con el lema de “el socialismo en un solo país”.
Sin embargo, no se defenderá la ciudad a orillas del Volga a través de consignas comunistas, ni citando a Marx y a Engels, no, sino que se recurrirá a mencionar el espíritu de Pedro el Grande, la heroicidad de Alexander Nevsky, empleando el populismo de la Historia,  enardeciendo el sentimiento nacionalista, identificando así a la nación con sus glorias pasadas.
La ideología de Stalin, del Partido, el sistema en sí, no eran suficientes para calar en el pueblo, para llamarlo a resistir, y tuvo que ser ese nacionalismo exacerbado el que hiciera reflexionar a Grossman y volverlo en contra de la insoportable realidad: un efecto más de la Segunda Guerra Mundial, el debilitamiento del ideal comunista en la población que, no obstante, todavía sobreviviría al nazismo durante muchos años de infamia.

sábado, 16 de junio de 2012

Yagoda descubre la existencia de Dios


-Cárcel de la Lubyanka, Moscú, en el mes de marzo de 1938-:

Varlaam Maximov fue un poeta comprometido con la causa estalinista: además de un ferviente defensor de la colectivización agraria, que mató de hambre a millones de ucranianos, delató implacablemente a sus camaradas escritores a quienes entregaba, indefensos, a las insaciables fauces de la policía política, acusados con falacias que los conducían al paredón o al lager. No era de extrañar que Maximov, rapsoda de la construcción y de la electrificación, trovador del estajanovismo, fuera calificado como el mayor poeta vivo de la historia soviética, protegido y mimado por Stalin ante la fidelidad demostrada. Ahora, un dieciocho de junio de 1935, el gran personaje acababa de fallecer para, así, ascender a la gloria y ocupar un sitio en el panteón de las letras.

Un afamado escultor del régimen tomó en escayola una mascarilla de la cara y moldes de las manos, un equipo de médicos preparaba ya su instrumental para llevar a cabo el embalsamamiento del cuerpo. Maximov destacaría en su lugar de honor en el muro del Kremlin, enterrado cerca de otras ilustres personalidades. La casa del escritor, nacido en una aldea cercana a Odessa, hacía años ya que fue reconvertida en un museo al que peregrinaban muchos seguidores y los retratos de Stalin y Gorki, el otro gran intelectual del pueblo, compartían paredes con el de Maximov. Hasta un sello de correos presentaba a esa misma troika con la bandera de la hoz y el martillo al fondo y la palabra “proletarios” entre combativos signos de admiración.

La ceguera del poeta, juguete en manos del cruel régimen, fue tal que no llegó a percatarse nunca de que el sistema al que tanto laudaba mató a su propio hijo, Ivan, porque daba evidentes muestras de disidencia con la realidad estalinista. Los jefes supremos de la policía y de los sistemas represivos del estado acordaron asesinarlo, no fuera que el vástago influyera en la conciencia de su padre y corrompiera al intelectual.

Un amigo del muchacho, vendido al NKVD -el aparato policial que con el paso de los años cambiaría la piel de sus siglas por las escamas no menos terroríficas de KGB- se encargó de emborracharlo con el sabroso Narzak, una mezcla de coñac y agua mineral Narzán, y luego procuró que durmiera la resaca a la intemperie. A la tercera ocasión en que se repitió el proceso la ya de por sí quebradiza salud de Ivan no lo soportó. Despertó tiritando sobre la nieve del parquecillo hasta donde lo condujo la noche anterior su traidor amigo, helado por las corrientes de aire que prendieron en su pecho y desencadenaron una pulmonía. La muerte del hijo desmenuzó el espíritu de Varlaam Maximov, que apenas aguantó con vida un par de años más, como ido y sin arrestos.

Una muchedumbre de notorios velaba el cadáver de Maximov en la lujosa dacha que poseía a las afueras de Moscú, tal vez impropia para un cantor del comunismo. De repente, entre los gemidos de las plañideras y el ambiente crispado por la temblorosa mano del wodka que siempre se apoderaba de los duelos, se deslizó un silencio reverencial que los personajes guardaron en la habitación más por temor a Stalin que por respeto al muerto; el Gran Camarada Stalin acababa de entrar en la salita en donde se encontraba el ataúd del poeta, acompañado por un cortejo de burócratas entre los que destacaba Guénrij Yagoda, por entonces comisario del NKVD y responsable de innumerables purgas, asesinatos políticos, juicios sumarísimos... especialista en montar acusaciones partiendo de las pruebas más peregrinas –y el auténtico padre del plan que terminó con la vida del hijo de Maximov-.

El secretario personal de Maximov –también confidente del NKVD- se acercó a Stalin y le tendió un manuscrito. Era lo último que compuso el poeta, un panegírico en verso sobre la primera central hidroeléctrica de la URSS, levantada sobre el río Voljoz y recientemente terminada, además de unas glosas sobre la construcción del canal que unía el Báltico con al mar Blanco, más de doscientos kilómetros de obras en las que perecieron decenas de miles de presos, entre ellos los escritores acusados por el poeta, compañeros de letras que pasaban por ser amigos suyos y que terminaron como mano de obra en los campos de Siberia.

Stalin miró fijamente el féretro en donde reposaba el prócer. En la imaginación del tirano bullían ya los fastos que organizaría para mayor gloria del vate, así como los aniversarios y juegos florales que llevarían su nombre. Saboreaba el fruto político y propagandístico que obtendría del óbito del escritor cuando, de repente, una voz cavernosa rasgó el negro mutismo para aseverar:

-¡Es cierto, Dios existe!

Todos miraron espantados hacia el lugar de donde brotaron palabras tan infames e insensatas, agravadas al ser pronunciadas en presencia del Gran Camarada. Ante el estupor general, el cuerpo del poeta Maximov acababa de incorporarse y era él quien acababa de articular tamaño despropósito. Inmediatamente después, como satisfecho tras desembuchar la terrible certeza de la que ahora ya podía estar bien seguro tras su viaje al más allá, se desplomó de nuevo para recuperar su eterna placidez ultraterrena.

Stalin, azorado, ordenó a Yagoda silenciar aquel suceso sorprendente ante el que no podía encontrarse una explicación lógica. Maximov fue borrado de la historia de la URSS: se suprimió su nombre de todos los documentos y sus cenizas fueron esparcidas en una fosa común. El poeta fue eliminado con sutiles retoques de las fotografías oficiales y la totalidad de su obra, elegida para altares y gloria, desapareció sin dejar rastro. Nunca existió, igual que les sucedió a Mandelsthan, Ajmatova y Babel. Paradójicamente, Maximov corrió idéntico destino que los escritores a quienes acusó en sus numerosas delaciones…

***

-¡Es cierto, Dios existe!

-¿Qué dice? –le preguntó a Yagoda el agente del NKVD que instruía la declaración de su ex jefe.

-¡Es cierto, es cierto… de todas formas, Dios existe! –gritaba con insistencia, tres años después, el mismísimo Guénrij Yagoda, asaltado por el recuerdo de cuando estuvo presente en la dacha de Maximov y fue testigo de la efímera resurrección del poeta. Ahora, el que otrora fuera destacado arquitecto de la represión, se encontraba recluido en una celda de la Lubyanka, caído en desgracia por intrigas políticas y acusado durante el Tercer Proceso de Moscú.

-Es sencillo... –le aclaró desde el otro lado de los barrotes de acero-. De Stalin no he merecido otra cosa que el desagradecimiento por los servicios prestados… pero de Dios he merecido el castigo más severo. He incumplido todos sus mandamientos miles de veces... ¡Y mira ahora dónde me encuentro y juzga tú mismo si Dios existe o no!

Yagoda, como Maximov, creyó en Dios en el momento supremo y, como le sucedió al poeta, fue borrado de las fotos, de los archivos y de la Historia, aunque sus crímenes, como los crímenes de Stalin, nunca pudieron ser escamoteados, por mucho que intentaron alterarse los hechos preñándolos con mentiras.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Aguda fiebre de grillos (parte 4 de 10)


Las diapositivas del padre Gago –ese curita menudo y aseado, obsesionado con la entonación de sus máximas, que entraba en clase a la par que musitaba sus rezos y que, tras pronunciar un Jesús, ordenaba papelucho y daba una palmadita de aviso- eran lo que más le gustaba a Alejandro de su profesor. Bueno, eso y su sistema académico: Gago dividía los exámenes en tres categorías: los exámenes a la antigua usanza, los que llamaba papel y los calificados como papelucho. El primero, el examen, era la prueba de fin de curso, y Gago se ocupaba de que todo el mundo aprobara: siempre tenía planeado algún viaje con la inminencia del verano y no pensaba permitir que unos cuantos suspensos le obligaran a continuar anclado al internado por culpa del cursillo de recuperación de julio: recién acababa de dictar las preguntas del examen anunciaba un tranquilizador voy a subir a por unas cosas que se me han olvidado, ¿no pensaran ustedes copiar?, y desaparecía por un período de quince o veinte minutos, dando un tiempo más que suficiente para que los chicos pudieran consultar los libros de texto y para que no hallase ni un solo suspenso en las correcciones posteriores: así podía marcharse de viaje: contemplar las maravillas de la humanidad y elaborar nuevas diapositivas. Incluso una vez viajó a la URSS (aunque en el internado siempre se refirieron al país de los demonios comunistas por su antiguo apelativo zarista de Rusia) y eso fue algo que se comentó mucho: en el colmo de la osadía, Gago se retrató junto al momificado cuerpo de Lenin en su célebre mausoleo. En cierto modo, con sus nueve meses de clases jalonadas de misas y de rezos, sin gasto alguno, y luego con sus viajes, podría decirse que el padre Gago –que ahora acababa de ordenar un papelucho- lo tenía todo bien controlado.

Papel: era una modalidad menos importante que el examen, pero más importante que el papelucho: cuando ordenaba papel utilizaban un folio en donde consignaban los nombres y los apellidos, contestaban a la pregunta y lo entregaban para su posterior corrección. Con el papelucho no sucedía así: simplemente debían agenciarse cualquier cosa sobre la que pudieran escribir unas líneas, daba igual lo que fuera, incluso el envoltorio de un chicle, y esbozar, a grandes rasgos, la respuesta a la pregunta que el Jabugo formulaba a quemarropa. Tras unos minutos de espera, que daban tiempo a que los alumnos redactaran, decidía preguntar al azar a alguno de los chicos para que leyese en voz alta la contestación que acababa de garrapatear apresuradamente. Los demás, mientras escuchaban la lectura del compañero, no podían añadir ni una coma a lo que pusieron en sus respectivos papeluchos, pero eran muchos los que trampeaban y, al llegar su turno de leer sus atribuladas respuestas, con los añadidos colocados a destiempo, el padre Gago siempre se daba cuenta de que el alumno ignoraba la contestación, no sabía la materia: a continuación era calificado con un sonoro CEeeeROOO, seco y demoledor: que resultaba bochornoso dada la entonación con que lo pronunciaba...

lunes, 4 de julio de 2011

Gagarin


¿Qué se siente cuando se está, durante tantos años, por encima del bien y del mal?, le preguntaron.

Asco, pensó. Y a su cabeza acudió, mientras abría la boca para pronunciar asco, Gagarin, colgado del espacio, allí en lo alto, sobre el bien y el mal, dando vueltas y mareado, sintiendo cada vez menos su propio cuerpo, en órbita, sintiendo asco.

Asco, dijo. Se siente mucho asco.