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sábado, 11 de agosto de 2018

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo



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Ya estamos metidos en agosto, y eso significa, para un sector afortunado de la población, vacaciones. Al menos para algunos. Muchos de aquellos que están sumidos en ese trance vacacional mudan sus ropajes, e incluso su piel, y se comportan como energúmenos descerebrados, porque ya se sabe: en vacaciones parece que todo vale. Incluso se admite hasta la lectura de aquellos libros de literatura basura en la creencia de que nos proporcionarán un rápido entretenimiento acorde con el compás de las olas a la orilla del mar…, acorde con el tipo pesado de las palas, con esos borricos de la pelota de fútbol, con el grupito de la radio a todo volumen. Si los libros son una defensa ante las ofensas de la vida, en verano son, más que nunca, una defensa ante la infamia de las vacaciones. ¿Ofreceros una lista con los libros veraniegos recomendados? No, que va. En Achtung! siempre vamos más allá, ya lo sabéis. Hoy os traigo una lista de los libros con los que me defendí de las vacaciones de verano.

Recuerdo un verano muy especial en la urbanización de La Zenia, perteneciente a las playas de Orihuela, en Murcia, destino que he repetido en varias ocasiones porque allí tenía un apartamento familiar. Su playa, El bosque, apareció en un vetusto Estudio 1 de Radiotelevisión Española (entonces no era solo “televisión”), de aquella época en la que existían únicamente dos cadenas, y lo hizo como escenario de una parte de la obra Cuatro corazones con freno y marcha atrás (Espasa Calpe, colección Austral) de Enrique Jardiel Poncela.

Una parte de rocas, la llamada Cala Capitán, aparecía al fondo con los personajes en primer plano, Una playa salvaje, muy alejada de la marabunta urbanística que ahora la ha convertido en irreconocible. Al mismo ritmo que proliferaron los bungalós lo hicieron los turistas de dudoso gusto. Al principio, pensé que un paraje que servía de fondo a una obra de Jardiel Poncela no podría resultar incómodo, pero estaba equivocado.
En el siguiente enlace os ofrezco la obra entera, con algunos actores clásicos españoles como Ismael Merlo, Amparo Baró, Teresa Rabal, Luis Varela o Mari Carmen Prendes. Es muy recomendable, la verdad, y las escenas de la playa aparecen, para los más curiosos, desde el minuto 38; así se puede apreciar como era esa zona en septiembre de 1977, fecha de la filmación:
Al abrigo del estallido turístico, la zona se saturó de chiringuitos de atronadora música infecta mientras te asediaba bajo la sombrilla una marea de vendedores africanos de mantas, de chinos que ofrecían dudosos masajes y de gitanos que vendían réplicas de gafas de sol de marca y baratijas. Ese verano de bullicio desaforado, de noches aguantando las risotadas de los vecinos ingleses hasta el amanecer, o de belgas que arrasaban en la piscina como si fuera un parque acuático privado, encontré refugio en El tambor de hojalata (Alfaguara) de Günter Grass.

Aquella novela salvó mi verano, como después tantas otras me valdrían, como un escudo del Capitán América, para protegerme de tantas iniquidades: de la señora que le cambiaba el pañal al niño y lo lavaba en la orilla del mar, del grupo que se ponía a jugar a las cartas a voz en grito, del zumbido de las motos acuáticas, y de los idiotas obstinados en ahogarse en una playa peligrosa como aquella y que, una vez rescatados, todavía tenían fuerzas para insultar y pelearse con los socorristas.
El libro de Günter Grass (Premio Nobel de Literatura y Premio Príncipe de Asturias de las Letras, ambos en el año 1999) es una de esas grandes joyas que nos ha legado ese género absolutamente prodigioso que es la novela, y que según en manos de quién caiga puede pasar de prodigioso a odioso.
Pero volviendo a El tambor de hojalata, la obra de Grass lo reúne todo si queremos aislarnos de la voracidad y de la grosería del mundo que nos rodea. En una larga tirada de páginas, tantas como 660, el escritor alemán nos sumerge en el mundo de la ciudad polaca de Danzig, lugar donde estalló la Segunda Guerra Mundial, bajo la mirada de los ojos de un niño muy peculiar.
Elegí esta novela grotesca, picaresca y crítica, insoportablemente lúcida, como libro del mes de agosto del año pasado para uno de los sitios en los que colaboro, Mi Nueva Edad. Puedes leer mi reseña en este enlace:
Así que es bien significativo: si necesito pensar en un libro para el veraneo, que me defienda del veraneo, siempre acude a mi cabeza en primer lugar este prodigio de la literatura alemana. Será por algo. Así que le otorgo, en capacidad defensiva y de blindaje ante paellas de arroz pasado, niños gritones en la piscina y menús del día con un 500% de recargo, dos Cola Jets (y el Cola Jet es mi mayor baremo).
Me viene a la cabeza una nueva ocasión en La Zenia, durante otro veraneo: me veo chapoteando con los pies, sentado al borde de la piscina, yo solo, durante las peores horas de calor de la mañana, mientras todos se están cociendo en la playa cercana; de ella regresaran los ingleses, los holandeses y los belgas, como una manada de ñus en estampida cruzando el Serengueti, para convertir ese rectángulo de agua, a eso de las dos o las dos y media de la tarde, en uno de los lugares más insoportables de la zona.
Es cierto, el comportamiento durante el verano cambia radicalmente. Es inevitable. El mundo está repleto de situaciones ante las que, por mucho que te embosques, acaba brotando tu verdadero yo. Y ese yo es infame, taimado, egoísta y sucio. Por ejemplo: un Burger King (o un Mc Donald´s, que para el caso son lo mismo), donde a golpe de promociones XXL adquirimos una cantidad ingente de comida que no podremos terminar, y beberemos, gracias a eso de rellenarnos el refresco gratis, de forma incontrolada.
Lo mismo ocurre en el bufé libre veraniego, aquello es una radiografía cruel de la personalidad de cada uno. Basta con ver los platos a rebosar. Otro lugar que saca lo peor de nosotros es el campo de fútbol, aquí no creo necesarias las explicaciones y, curiosamente, esos minutos previos a la proyección de una película en el cine. ¿Qué no sabéis de qué hablo? La próxima vez echad, por favor, un vistazo alrededor. Somos ogros… a la espera de un incentivo para desencadenarnos.
Pero mi columna de El Odradek de hoy no es antropológica, aunque pueda parecerlo, sino defensiva. De la defensa que la literatura nos ofrece ante el bronceador con olor a coco, de aquellos que pisotean las toallas de los demás cuando se dirigen a bañarse, de quienes se colocan justo al lado de tu sombrilla cuando tienen metros y metros de playa para hacerlo… Incluso de esas señoras que, como un correcaminos reencarnado, se hacen siete u ocho largos de la playa a pleno sol y a ritmo de paso de Marine para luego asegurar, a tu lado, que las está matando la artrosis.
La vacaciones veraniegas son un mundo chusco y perverso del que muy pocos pueden huir, pero yo, en aquella piscina silenciosa a la espera de que llegase la estampida, me defendía de todo aquello con un ejemplar de La mandolina del capitán Corelli (Plaza & Janés), del británico Louis de Bereniéres, novela por entonces no contaminada con la película de Nicholas Cage y Penélope Cruz: y es que esos dos pueden cargarse cualquier cosa que se les ponga por delante.

En efecto, nos encontramos ante una gran novela que es, fundamentalmente, un brillante ejercicio de narración. Como ejemplo, muchos de los argumentos y personajes de la novela ni siquiera aparecen en la película, así que olvidémonos de ella y centrémonos en el texto.
Una novela histórica que elige narrar las desdichas del bando de los perdedores, en este caso los italianos, y que abunda en algunos aspectos históricos de una forma muy original, ofreciendo retratos sorprendentes de algunos personajes reales y elaborando un grupo de protagonistas inspiradísimos. 250 páginas de absoluto blindaje a la indigestión de melón insípido, al gazpacho aguado y a la petanca playera, que califico con dos Drácula en el índice de protección.

Aún guardo otro recuerdo de las playas de La Zenia, en este caso leyendo bajo la sombrilla mientras era asediado por vendedores de fruta, de sandalias, de refrescos, la canción del verano se proyectaba desde el chiringuito cercano y los aviones con publicidad de El Tío de la bota o Aqualand (¿por qué no estaba escrito con la ce?)  hacían sus pasadas en vuelo rasante.

En mitad de todo aquello, como Astérix, defendía mi pequeño reducto de sombra y me sumergía en un libro. En este caso se trataba de las Confesiones de un inglés comedor de Opio (Cátedra), de Thomas de Quincey, y posteriormente me cobijaría en otra de sus obras, Del asesinato considerado como una de las bellas artes (Alianza).

Tengo que reconocerlo: este escritor promete más en los títulos de sus obras porque el contenido, por mucho que le gustara a Borges, no se encuentra acorde con la magnificencia de los títulos. Incluso su nombre, ese Thomas de Quincey, hace pensar en un escritor más grande de lo que es.
En esos dos trataditos podemos encontrar una visión de la vida refrescante y algo estrambótica. Por ejemplo, en Del asesinato considerado como una de las bellas artes, se nos asegura que:
“Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”.
Hay que reconocer que con afirmaciones así uno puede contemplar el devastador panorama playero con otros ojos. Se tratan de dos opúsculos, el del opio con marcado carácter autobiográfico, que buscan transgredir las formas y las reglas, pero con el arma de la inteligencia, no con pestíferas barbacoas a media tarde, ni con lavados del coche en mitad de las plazas del aparcamiento de la comunidad, ni con escandalosos baños en la piscina a media noche o, uno de mis favoritos, con la televisión a todo volumen hasta las tantas.
Evidentemente, para poder transgredir las normas y alterar el statu quo de las buenas costumbres de la época hay que ser inteligente, cínico y ácido, y todo ello sabe serlo De Quincey. Lamentablemente, los ingleses que disfrutan en las playas de Orihuela de sus 15 días de sol anuales están más por trasegar contenedores de alcohol y por elevar la temperatura de su piel a 800 grados. Cada cual transgrede como sabe o como puede. El problema radica en cuando esa transgresión te hace la vida imposible a ti.
De modo que a estos dos ensayos, o cómo se quiera definirlos, los catalogo, en mi clasificación de defensa y blindaje ante la diarrea estival y el vino de garrafón, con dos Calippos de Lima-limón.
La semana que viene abandonaré La Zenia y Orihuela, y os hablaré en una segunda entrega de otros libros con los que me he defendido del verano en localidades como Tenerife, Jávea o Fuerteventura, donde la hostilidad también era elevada y el nivel de alerta insostenible.
Porque aunque sean vacaciones, alguien debería recordarle a las hordas desencadenadas que, o no lo son para todos, o acaso algunos no queramos disfrutarlas como ellos, en su estilo chabacano y zafio. Que el acto de extender universalmente el jolgorio de la borrachera haciendo participe a todo el mundo de los gritos y la escandalera, tal vez no sea tan pertinente como pueda parecer bajo el prisma que proporcionan muchas copas de más en el estómago.
Afortunadamente, siempre aparecerá un libro con su blindaje de adamantium tras el que podremos resguardarnos de calimochos, pinchos de tortilla rancia, mayonesas con salmonelosis, cervezas recalentadas y sin gas, quemaduras solares, una desgraciada exhibición de tatuajes de mal gusto, los top-less más inoportunos y esos papilomas piscineros que siempre acuden fieles a la cita para recordarnos que vivimos la inigualable fiesta del veraneo.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Literatura y cine: algo más que novelas y películas

Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/literatura-cine-algo-mas-novelas-peliculas/


Hace bien poco que se ha estrenado Asesinato en el Orient Express, la película basada en la célebre novela de Agatha Christie (en RBA). Cuando lo manifiesto, la gente me mira asombrada. No pueden creerlo. Pero es cierto. Realmente, no me gusta el cine. Se pueden buscar todos los motivos que se quieran. Los más cercanos, quizás, sean el hastío que me produce, una mezcla de aburrimiento y la sensación de que estoy perdiendo un tiempo precioso que podría utilizar en otras cosas. Sin embargo, siempre he sentido curiosidad por aquellas películas que se basan, o intentan ser fieles, a las novelas que convierten en celuloide. Y alguna hasta me gusta.

Tengo pendientes dos películas que llevan a la pantalla sendas obras maestras: Pastoral Americana (Debolsillo) y, la mucho más antigua, de 2012, Cosmópolis (Seix Barral), según las novelas de esos dos gigantes de la literatura norteamericana que son Philip Roth y Don DeLillo. Así que no puedo manifestarme sobre ellas, pero sí que puedo hacerlo sobre algunas otras que se han inspirado en novelistas estadounidenses.

En primer lugar, debo romper una lanza por American Psycho, tanto por su versión cinematográfica como por la novela. Tengamos en cuenta que yo no soy crítico de cine, que ni entiendo ni lo pretendo, y que me fijo, para realizar estos comentarios, en la afortunada o desafortunada forma en que el material literario original ha sido reconvertido en película. Alguno pensará que, si empiezo recomendando American Psycho, lo mejor será dejar de leer esta columna ahora mismo. Puede que tenga razón.


Sin embargo, creo que American Psycho (Ediciones B), la novela de Bret Easton Ellis, merece mucho la pena. En primer lugar, porque presenta las manías posmodernas de un mundo repleto de tics consumistas; es un retrato de lo repulsivo del ser humano bajo ciertas condiciones de dinero y éxito; en segundo lugar porque, la que muchos pueden calificar como una novelita, encierra un código oculto. Reescribe ciertas partes del descenso a los Infiernos de Dante en la Divina Comedia (Cátedra). Si se lee teniéndolo en cuenta, se descubre una novela magnífica.

Además, la adaptación es fiel al texto, y consigue aquello que pido de una película basada en una novela: fidelidad, y que reproduzca en imágenes las ideas que se habían desencadenado en mi cabeza durante la lectura. Y en ese sentido, esta película es más que aceptable.

Sin embargo, ya que hablamos de escritores norteamericanos, y pasaré por ella de puntillas, una decepción enorme fue La carretera, basada en el libro de Cormac McCarthy (Debolsillo). La verdad, el desencanto ya se encontraba en el propio texto, impropio de un escritor de prestigio, pero bueno, esa es una historia en la que no quiero entrar ahora. Prefiero recordar la inolvidable Club de lucha de David Fincher, que en este caso (y mira que me gusta Chuck Palahniuk) mejora la novela —publicada en El Aleph—, aunque ojito a ese final que no aparece en el libro.

Que la película supere a su madre literaria no es algo que ocurra muchas veces, pero alguna vez sucede. Lo normal es que las cosas sean al contrario, decepcionantes, como la ambiciosa y fallida Pozos de ambición, basada en la novela de Upton Sinclair, ¡Petróleo! (Edhasa) basada tan sólo en las primeras 150 páginas de una novela de casi 600.

Realizar filmes de una parte del libro es algo habitual, y no por ello debe significar un desastre. Buena prueba de ello es la película que ganó el Oscar a la mejor producción extranjera en 1979. Me refiero a El tambor de hojalata, dirigida por el alemán Volker Schlöndorff, y sobre la novela de Günter Grass, Premio Nobel de literatura (en Alfaguara). La película se detiene a la mitad de la narración del libro, pero es algo que resulta lógico porque la obra de Grass es monumental. Verterla en la pantalla con esa minuciosidad y veracidad, haría necesaria una cinta de cuatro o cinco horas. Aun así, esta obra maestra ya dura 142 minutos de pura fascinación.

También se da el caso de que la película sea una adaptación que, sin embargo, y a pesar de alejarse del original, conserve parte de la magia de la obra. Este es el caso de Abril Despedaçado, del director brasileño Walter Salles, en realidad una versión lírica y delicada, a la par que muy interesante, de Abril quebrado (Alianza), una de las novelas emblemáticas del escritor albanés Ismaíl Kadaré.


De igual manera, nos encontramos con una sorprendente recreación de Michael Kohlhaas, la novela de Heinrich von Kleist (Nordica), transportada al western americano y con John Cusak en el papel protagonista del desairado comerciante que busca una restitución justa ante los abusos que sobre él cometen los poderosos y que, como no lo consigue, decide tomarse la justicia por su mano.

Aunque claro, si de recreaciones trasplantadas a otros ambientes se trata, qué podemos decir de Apocalypse Now y El corazón de las tinieblas (Navona) de Joseph Conrad…, donde el Congo Belga es el Vietnam y el delegado Kurtz aparece interpretado por Marlon Brando.

En este enlace puedes encontrar más información sobre la novela de Conrad, en un artículo que publique aquí mismo, en Achtung!:


Encontramos bastantes adaptaciones lustrosas y de relumbrón, afortunadamente, en las películas que tratan temas de ciencia ficción o de género distópico. Los ejemplos de 2001: Una odisea en el espacio, según la novela de Arthur C. Clarke (en Debolsillo), 1984, la obra de George Orwell (en Destino) o La naranja mecánica (Booket) de Anthony Burguess, enjugan desgracias como la versión moderna de Solaris (Impedimenta) de Stanisław Lem, con un desacertado George Clooney. Y hoy dejaremos tranquilo a Tarkovsky.


En el terreno patrio no puedo explayarme mucho, porque si no me gusta el cine, aún menos el cine español (lo siento, soy un troglodita, es lo que hay), aunque existen tres películas que superan a los libros en los que se apoyan. Curiosamente, dos son novelas del Premio Nobel Camilo José Cela: la archiconocida y alabada La colmena (Destino) y su debut literario plasmado en una adaptación cinematográfica prácticamente olvidada, La familia de Pascual Duarte (Austral), con un magnífico José Luis Gómez en el papel del asesino rural.

La tercera película, como no, son Los santos inocentes (Planeta) del escritor Miguel Delibes. El film, casi perfecto, ha contribuido a crear una falsa imagen de la novela, es lo que denomino como falso imaginario. El Azarías será por siempre Paco Rabal, y Alfredo Landa se nos aparecerá cada vez que leamos el nombre de Paco el Bajo. Es imposible extirparlos de la memoria colectiva, del falso imaginario que el cineasta ha creado en nosotros. Los que leímos la novela y después vimos la película no podíamos creer lo que estábamos viendo: ¿En dónde se retrata así a estos personajes? ¿Acaso La Niña Chica no abandona la palidez del texto para convertirse en un personaje perturbador? Y no entro con el asunto de la Milana…

Mario Camus, en estado de gracia —él y todos los que aparecen en ella—, destruye la novela de Delibes con su magnífica y mucho más que sobresaliente adaptación: infinitamente mejor que el original al que pretende copiar. Desde ese instante, desde la proyección de la película, el texto queda ensombrecido, Los santos inocentes desaparece, pierde su aura de novela porque, y es aquí donde se ven sus carencias, era un texto demasiado endeble que se ha visto recompensado con una adaptación cinematográfica tan magistral que termina por anularlo.

Si os interesa conocer mi opinión completa sobre el asunto, la podéis encontrar en el siguiente enlace:


El género bélico siempre ha vivido de adaptar, en ocasiones magníficamente, obras literarias. Un caso en donde la película, cualitativamente hablando, se ubica a años luz de la novela monótona y desvaída, es La delgada línea roja, basada el libro de James Jones (Ediciones B). Por otro lado, Un puente lejano, sobre el espectacular trabajo informativo realizado por el periodista Cornelius Ryan (en Inedita), es una de las mejores películas bélicas de la historia.

Podría continuar enumerando muchísimas películas que se apoyan en novelas inolvidables para nosotros. A veces, nos indigna el maltrato al que han sido sometidas —la escasamente afortunada Suite Francesa (en Salamandra) de la escritora Irène Némirovsky, por ejemplo—, pero en otras ocasiones puede resultar un ejercicio casi satisfactorio —como ocurre con La lista de Schindler, basada en la investigación histórica del australiano Thomas Keneally, El arca de Schindler (Edhasa)—.

En cualquier caso, yo no puedo sino reafirmarme en el malestar que generalmente me produce el cine. Y en eso, he descubierto que, al menos, ya somos tres: Holden Caulfield, Charles Bukowski y yo.

Bukowski, en su novela Hollywood (Anagrama) expone su opinión del cine, un asunto que no deja de tener cierta guasa, puesto que esa novela narra cómo se fue confeccionado el guion de Barfly y su posterior etapa de producción y rodaje:

“Era una enfermedad: ese gran interés en un medio que, sin cesar, una y otra vez, no lograba producir nada en absoluto. La gente se había acostumbrado de tal forma a ver mierda en las películas que ya no se daba cuenta de que era mierda”.


Del personaje protagonista de la novela de Salinger, El guardián entre el centeno (Alianza), poco puedo decir. De todos es conocido su aborrecimiento por el cine. Así que ya coincidimos en algo los tres… Lástima que solo me parezca en eso —sólo en eso— a Holden y Chinaski.

martes, 6 de septiembre de 2011

Oskar Matzerath, actor porno


Una mañana ese encantador enano, algo jorobado y deforme, no sé si lo recuerdan, Oscarcito, vamos, el Oskar Matzerath del Tambor de hojalata, sí, hombre, sí, la novela de Grass, ya saben, pues ese mismo, se presentó en mi despacho de la productora, allí en Venice Beach y me dijo, casi me exigió: ¡Quiero ser actor porno! ¡Hágame un casting, no lo defraudaré! Y aunque me vea bajito, contrahecho… ¡estoy bien armado!

Estaba sentado delante de mí, separado por la mesa apenas podía verle media cara y sus piececitos colgaban sin ser capaces de alcanzar el suelo. ¡Sáquesela!, le ordené. No lo dudó un momento, se veía que estaba dispuesto a llegar lejos en esto del porno. Y, en efecto, estaba bien provisto, desde luego. Lo tenía que se lo pisaba, aunque ustedes pueden pensar que poder llegar a pisárselo, por longitud, en un enano como era él, es algo no demasiado extraño, comparado con que se la pueda pisar un hombre de metro ochenta: pues bueno, piensen lo que quieran.

Y la llevo bien cargada, donde pongo el ojo pongo la bala, ya sabe, tengo varios hijos… En efecto, tal y como pude leer después, hasta uno de esos hijos casi lo descalabra de una pedrada en la cabeza.

¿No lo hacen con perros, con animales? ¿No firman películas con caballos y con todo tipo de aberraciones? Pues ahora inaugure un nuevo género: las pelis porno de enanos, me intentó convencer Oscarcito. A su argumento, le respondí con evidente hastío: amigo, ya se hacen, las hay a cientos… con enanos, jorobados, embarazadas, con un Gran Danés que se llama Mr. Dog y es toda una estrella y con un tipo que es el doble de Clinton y otro el doble de Bin Laden… se sorprendería de nuestro catálogo.

Bueno, pues le propongo algo nuevo del todo. Estaba claro que necesitaba ese trabajo, y que pensaba innovar en la materia. Ahora sí lo escuché con atención. Igual, al final, salía algo bueno de todo aquello. Se bajó de la silla con dificultad y se me acercó a un lado, en actitud confidencial. Esta idea sólo va a conocerla usted, ¿de acuerdo? Asentí en ademán de complicidad.

¡Haremos una peli porno con personajes de novelas!

¡Pues vaya mierda! ¿Esa era la idea innovadora! Se había rodado una Cenicienta y una Blancanieves y un Gladiator y yo que se cuantas películas porno con personajes de novelas, de cuentos, de libros… Oscarcito meneó la cabeza: No, no me entiende. No con personajes de novelas sino con los personajes de las novelas, matizó. Entonces, empecé a entenderlo: el me proporcionaría para las películas, no a un actor que hiciera de Don Quijote para una versión porno (la enésima) del Don Quijote de la Mancha, sino al propio Don Quijote, al personaje literario. Lógicamente, Don Quijote era un ejemplo, factible, eso sí, porque había hablado con unos cuantos (he tocado a algunos, dijo Oscarcito), y estaban todos de acuerdo con su proyecto. La posibilidad de rodar una porno con Madame Bovary trajinándose a Harry Potter o a La Regenta enfrascada en un francés con el prota del Código Davinci, era una idea millonaria. He de decir que yo, por entonces, no visualicé esos ejemplos, que de lectura poca, y no sabía quienes eran la mayoría de esos personajes. De hecho, donde yo olfateé el dinero fue en una escena salvaje entre Holden Caulfield, Ignatius J. Reilly y la prota de las novelas de Stieg Larsson, puesto que esos libros sí que los había leído.

Oscarcito filmó un centenar de películas, e incluso se dio el gustazo de hacer una escena con La Maga, de quién dijo estar enamorado desde siempre. Siempre tocaba el tambor en el momento en que iba a correrse: ram ta pa plan, ram ta pa plan, es mi sello, afirmaba. Después, el desenfreno, las drogas, el alcohol y el desmesurado éxito, hicieron que durante el festival porno de Barcelona, una mañana, no bajara a desayunar: se había quedado tieso en la suite: producto de una mezcla de speed y barbitúricos, y alcohol, claro, toneladas de alcohol: siempre dijo que en su pequeño interior de enano anidaba un diminuto Chinaski. Ese día lo comprendí: demasiado tarde, claro, aunque yo sigo disfrutando de su herencia, de las películas que rodamos y de dar a conocer los grandes personajes de la literatura a descerebrados de Arkansas, paletos de Minnesota, chulos de playa de California o imberbes polihormonados universitarios que, entre paja y paja, al menos, ahora, saben quién es el Bartleby, el Capitán Ahab o el Gran Gatsby y que, de otra forma, es decir a través de sus estudios o conocimientos propios, jamás habrían tenido ni la más mínima oportunidad de saberlo…