miércoles, 1 de agosto de 2018

Primo Levi: Si esto es un hombre o la inutilidad de la resistencia


Edición filatélica conmemorativa italiana con el retrato de Primo Levi y el fondo con los primeros párrafos de su obra Si esto es un hombre.

*Esta columna apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/primo-levi-si-esto-es-un-hombre-o-la-inutilidad-de-la-resistencia/

El próximo día 31 de julio se cumplirán 99 años del nacimiento, en Turín, de Primo Levi, el escritor italiano. Sin embargo, creo que definirlo únicamente como escritor es abarcar escasamente la personalidad de Levi, que además de químico, fundamentalmente y por el resto de su vida, fue un superviviente de Auschwitz y se dedicó a recordarlo. Sus escritos, sus testimonios, han demostrado que la pluma de este autor de formación científica esta cargada de sentido y humanidad. Puso todo el empeño en dar testimonio de aquello, era para él algo más que una necesidad, y con ello nos regaló algunas de las páginas más estremecedoras de la literatura, así como lúcidas reflexiones conducidas al intento de digerir el significado de aquella barbarie. Creo que es hora de acordarnos, de nuevo, de él. En Achtung! y en esta columna de El Odradek, así lo entendemos.

Un boletín de la Agencia Reuters fechado en el día 11 de abril de 1987 anunciaba:
“El escritor italiano Primo Levi Murió hoy, resultado de una caída por el hueco de la escalera de su residencia en Turín. La policía considera su muerte un suicidio. Tenía sesenta y ocho años”.
Para sus más allegados el suicidio era incomprensible. La fecha era bien significativa: ese día era el aniversario de su liberación del Campo de Auschwitz. Y no podían olvidar que, siendo químico de profesión, y por tanto con capacidad para acometer un envenenamiento plácido, hubiera elegido arrojarse por el hueco de unas escaleras. Una forma desagradable de morir, que además era cruel con la familia que lo encontró aplastado en el suelo del edificio ubicado en la calle Re Umberto, número 75.
Fachada de la casa familiar de Levi en la calle Re Umberto de Turín y detalle del telefonillo:


No dejó ninguna nota que explicara aquello. Es más, parece que sobre la mesa acababa de realizar la lista de la compra, y un amigo suyo, que apoyaba la idea del accidente, argumentó que nadie que piense en suicidarse hace minutos antes la lista de la compra. Algunos rumores decían que ese día un grupo de neofascistas se había metido con él, que incluso le apuntaron con armas…, o que el motivo del suicidio fue el impacto que experimentó al ver la película El quimérico inquilino, de Roman Polanski, en donde un judío polaco intentaba suicidarse lanzándose al vació por el hueco de las escaleras; unas escaleras que, al parecer, guardan un gran parecido con las de la casa de Primo Levi.

Cartel de la película de Polanski del año 1976, titulada en España como El quimérico inquilino.

Sea como fuera, y dado que el rumor del suicidio era cada vez más sólido, el Rabí Artom de la ciudad de Turín tuvo que inventarse un recurso legal-teologal para que se permitiera enterrar a Levi de acuerdo con el ritual judío a pesar de haberse suicidado. La muerte no era exactamente un suicidio sino, más bien, un asunto de lo que denominó “homicidio demorado”. El argumento: cualquiera que se hubiera suicidado tras pasar por un Campo de Exterminio, realmente, estaba siendo asesinado por el régimen nazi; aunque la muerte ocurriera muchos años después.
En conclusión, el diario Corriere della Sera se mostró contundente en su titular:
“Aplastado por el fantasma del Campo”.
Así que Primo Levi, como judío italiano, fue deportado al campo de exterminio de Auschwitz en febrero de 1944 y sobrevivió a él, saliendo, moribundo, a mitad del año 45, cuando el lugar fue liberado por el Ejército Rojo.
Así registraba la prensa española, en este caso La Vanguardia en sus páginas de cultura, el suicidio de Primo Levi. Columna derecha.

Siguiendo la inquietud de otros intelectuales que pasaron por semejantes circunstancias —el Premio Nobel de Literatura húngaro Imré Kertész, por ejemplo, que estuvo en Auschwitz y Buchenwald—, Levi se aprestó a dar testimonio, aunque sobre él pesaría toda la vida esa máxima de Adorno que afirma:
“Después de Auschwitz es imposible hacer poesía”
Al igual que Levi había resistido con vida mientras estuvo en el campo, también se dedicó a resistir a los demoledores efectos de la experiencia y a combatir al terrible fantasma de los recuerdos, pero no pudo evitar entregarse a ser un superviviente por el resto de su vida. Si esto es un hombre (Península) su primer testimonio, apareció en 1947 y pasó sin pena ni gloria. El resto de su obra siguió por los mismos derroteros, apoyada firmemente en el recuerdo y la denuncia: La tregua, Los hundidos y los salvados(ambos en Península), El sistema periódico (en El Aleph con traducción de Carmen Martín Gaite)… Sería el éxito de La tregua la circunstancia que lo catapultaría mundialmente como uno de los escritores más importantes sobre el Holocausto.


Escritor, judío y superviviente de Auschwitz. ¿De qué manera Levi, en sus textos, intentó resistir a la terrible experiencia? Su actitud no fue la de clamar una venganza desencadenada ni la de entonar un perdón humillante. Una venganza que para el escritor alemán W. G. Sebald en su obra Campo Santo(Anagrama), se fundamenta en que:
“Todo daño tiene su equivalente en alguna parte y realmente puede ser compensado, aunque sea, mediante el dolor del causante del daño, hipótesis que Nietzsche consideró el fundamento de nuestro sentido del derecho”.
Para Levi, sin embargo, no se trata de este tipo de venganza, sino de administrar justicia. La salida al problema estriba en la simple administración de la justicia:
“No tiendo a perdonar, nunca he perdonado a ninguno de nuestros enemigos de entonces (…) La venganza no me interesa, me convenía que los demás, la gente del oficio, se encargara de los ahorcamientos, obra de justicia”.
Creía en la justicia y pensaba en dejar que fueran los profesionales quienes la administraran. Porque, ante el asesinato en masa, el genocidio, obtener el perdón de un solo individuo no vale de nada. Lo que si resulta valioso, extraordinariamente precioso, es dar testimonio, utilizar el recuerdo. Y a ellos, a los que se quedaron por el camino, consagró sus obras.

Esta obsesión por dar voz a los hechos, que la masacre no cayese en el olvido, fue lo que terminó por amargar la propuesta de supervivencia y resistencia de Primo Levi. Demasiado a menudo se encontró, como manifiesta Reyes Mate en su libro Por los campos de exterminio (Antrhopos), que como testigo era “tratado como aguafiestas”, tal vez haciendo buena la idea de Walter Benjamin:
“Recordar es apropiarse del pasado en el instante de peligro”.
Y esa obsesión por el recuerdo les ha resultado siempre muy molesta e incómoda a quienes han intentado mirar para otro lado y querer pensar, para tranquilizar sus conciencias, que o nada tuvieron que ver con aquello o que, realmente, nada pudieron hacer para evitarlo.

Primo Levi relata a menudo la convicción de los nazis, cargada de soberbia, cuando decían a los prisioneros que nadie saldría vivo para contarlo y que, aunque lo consiguieran, nadie se lo creería. Y así lo registra en su prólogo de Los hundidos y los salvados, donde reproduce lo que aseguraban los nazis de Auschwitz:
“De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para dar testimonio de ella, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros que lo negamos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la dicte”.
Se tardó en creerlo, desde luego, pero los nazis se equivocaron, porque al final se creyó, aunque todavía existan negacionistas o revisionistas. El principal problema radicó en que aquella verdad tan insoportable de admitir generaba molestias; la verdad, sus raspas, se hicieron tan incómodas que supervivientes como Primo Levi acabaron sintiéndose como traidores por haber sobrevivido, como seres molestos que se movían, allí donde fueran, con la indignidad de los supervivientes.
Reyes Mate, filósofo español siempre sensible a las circunstancias de los Campos de Exterminio y en particular a Primo Levi.

Kertész, en su libro Sin destino (El acantilado), ya apunta claramente a esa derrota del superviviente” que, como dice­:
“Tiene que aceptar cualquier argumento con tal de seguir viviendo”.
Y que ante la pregunta de qué era lo que sentía tras todo lo pasado y sufrido, únicamente podía argumentar: “Odio”.

Sobre este asunto, en relación con los sufrimientos del escritor austriaco Jean Amery, Sebald concluye en Campo Santo que:
“La existencia prolongada más allá de la experiencia de la muerte tiene su centro afectivo en un sentimiento de culpa, esa culpa del superviviente (…) la carga psíquica más pesada de los que escaparon al asesinato”.
Ese era el pecado. Haber vuelto para contarlo, no haber fallecido para integrar las listas, para ser llorados, recordados de otra manera mucho más higiénica para la culpa colectiva y europea: simplemente de una forma fúnebre en la que no pudieran, al igual que los otros seis millones, hablar, acusar, señalar, argumentar la pregunta dolorosa: ¿Qué hiciste tú para poder evitarlo? Reyes Mate es categórico:
“Europa no puede pensarse ya de espaldas a esta tragedia”.
Pero lo cierto es que, como se lamenta más adelante Reyes Mate en su texto Por los Campos de Exterminio:
 “Los lugares están abandonados y los acontecimientos olvidados. Europa no ha aprendido nada”.
Tumba de Primo Levi en el Cementerio Monumental de Turín. Aunque en un principio solo se consignaron en la lápida los años de nacimiento y muerte, después se le añadió el número de prisionero que se le tatuó en Auschwitz, una identidad que le acompañó de por vida: 174517.

 Como dice Sebald en relación con lo que representa sobrevivir a la experiencia de los Campos:
“Haber sobrevivido significa (…) ser condenado a una existencia fantasmal, porque en su verdadera figura sigue viviendo aún en la ciudad de los muertos. Primo Levi, que estuvo algún tiempo en Auschwitz, describió esa ciudad muy concretamente: Buna se llamaba aquel conglomerado babilónico, donde además de los administradores y técnicos alemanes deambulaban cuarenta mil trabajadores reclutados en los campos de concentración circundantes, que hablaban más de veinte idiomas. En medio de la ciudad se alzaba, como un verdadero monumento, la torre de carburo construida por los esclavos, cuya punta estaba casi siempre rodeada de niebla”.
Sin embargo, lejos de la culpa de unos y de otros, se encuentra el intento de comprender lo sucedido en la obra de Primo Levi. Así, en Si esto es un hombre, manifiesta claramente sus dudas ante la posibilidad de aclarar, de una forma racional, lo sucedido:
“Quizá no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender casi es justificar. Me explico: comprender una proposición o un comportamiento humano significa (incluso etimológicamente) contenerlo, contener al autor, ponerse en su lugar, identificarse con él. Pero ningún hombre normal podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebbels, Eichmann e infinitos otros… No podemos comprenderlo; pero podemos y debemos comprender donde nace, y estar en guardia. Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también”.
 De forma que, para Levi, Auschwitz es incomprensible, estará condenado a luchar toda su vida contra los recuerdos y las vivencias de una monstruosidad enigmática. Los conocimientos relativos al Holocausto, por muchos que se posean, nunca constituyen una explicación suficiente al horror. Aunque tal vez, como concluye Reyes Mate:
“Decimos que Auschwitz es incomprensible porque no queremos ver a la barbarie como una posibilidad latente de nuestra cultura”.
En Los hundidos y los salvados, capítulo central en su tarea de resistencia, Levi descubre una zona denominada como La Zona Gris. Esta zona define a todos los insertados en el sistema de los Campos que no eran sencillamente víctimas o verdugos, sino que colaboraban con los guardianes o superiores para asegurarse la supervivencia. No todo era blanco y negro, había grises. Esos grises hacían aún más incomprensible lo sucedido e hicieron más intolerable el recuerdo de Levi.
La Zona Gris, película sobre la rebelión de un grupo de prisioneros de Auschwitz que toma su nombre de la obra de Primo Levi.

Entre Si esto es un hombre y Los hundidos y los salvados hay una reflexión brutal: Auschwitz no ha servido de nada, la historia de la humanidad sigue su curso. Levi va cayendo, poco a poco, en la desesperanza y ya sólo puede reformular en su trabajo Informe Sobre Auschwitz (Reverso Ediciones) el axioma de Adorno:
“Después de Auschwitz no se puede escribir poesía que no trate de Auschwitz”.
Porque la realidad de aquel sistema, tan perverso, es definida por Sebald como un proceso:
“En que el provecho económico que obtenía el sistema de utilización de despojos humanos (…) no justificaba ni de lejos el gasto realizado. Y en ese saldo negativo se esconde una dimensión en cierto modo metafísica, un mal al parecer totalmente sin sentido”.
Fue la imposible realidad de ese sin sentido, constatada, tan horrible, tan insoportable, que Levi se dejó caer por el hueco de las escaleras de su casa cuando pasaban cinco minutos de las 10 de la mañana. Los que quieren creer que nunca dio por doblada su resistencia siguen afirmando que le dio un vahído, un mareo. Pero otros, intuimos la desoladora verdad, con un Levi derrotado en su exasperante lucha, circunstancia que comprende muy bien Sebald cuando afirma:
“Forma parte del estado de ánimo físico y social de la víctima el que no se la pueda compensar por lo que se le hizo. Quién fue víctima sigue siéndolo”.
Porque, en palabras del historiador Lothar Machtan en su obra El secreto de Hitler (Planeta):
“Hitler (…) no sólo infecto de forma fatal su mundo, sino también el nuestro, dejando en él su huella perdurable”.

Se ha creado así un reinicio de la historia para muchos intolerable. Imre Kertész en Un instante de silencio en el paredón (editorial Herder), libro de ensayos y conferencias, afirma con la contundencia de la derrota absoluta:
“Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz”.



Eso fue lo que le resultó del todo intolerable a Primo Levi, que declaraba al regresar de Auschwitz, en 1945:
“Todo se ha vuelto un caos: estoy solo en el centro de una nada gris y turbia, y precisamente sé lo que ello quiere decir, y también sé que lo he sabido siempre: estoy otra vez en el Lager, y nada de lo que había fuera del Lager era verdad.”
 Y eso es lo que también les resultó insoportable a intelectuales y a escritores, a pensadores brillantes, como el ya mencionado Jean Amery, al poeta Paul Celan, o a Stefan Zweig, aunque alejado de los Campos de Exterminio muy próximo a la creencia de esa contundente derrota de la humanidad. Y esa certeza es tan aplastante como imposible de admitir.
Jean Amery y Paul Celan:



lunes, 30 de julio de 2018

Una despedida de leyenda



*Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad.

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/7/17/el-disco-del-mes-last-waltz-de-band/

El disco del mes: The Last Waltz de The Band


Intérprete: The Band
Título: The Last Waltz
Discográfica: Warner Bros.
Género: Rock
Duración: 2 horas; 9 min; 6 seg.
Número de canciones: 54 (4 cds)
Fecha de publicación: 7 de abril de 1978

Una despedida de leyenda

Aunque existen varias versiones distintas de este disco, la verdad es que da un poco igual cual se tenga: en todas ellas se despliega el monumental documento sonoro de aquel concierto de despedida que The Band ofreció el día de Acción de Gracias de 1976 en el Winterland Ballroom de San Francisco. En efecto, para quienes todavía lo desconozcan, nos encontramos ante una de las más brillantes grabaciones en directo que ha legado la música rock: The Last Waltz.
El grupo canadiense de The Band, después de 16 años girando, estaban cansados de tanto tiempo en la carretera y tomaron la decisión de retirarse de los escenarios con un concierto conmemorativo en el mismo lugar en donde habían debutado en 1969. Para ello, invitaron a una pléyade de artistas que admiraban y con los que habían trabajado anteriormente.
Además, el evento fue filmado por el director de cine Martin Scorsese, convirtiéndose, quizás, en el mejor documental de música rock de la historia (algo que Scorsese, después, intentó repetir con los Rolling Stonesy el magnífico Shine a Light).
De esta forma, The Band desplegó todo un repertorio mítico de canciones propias que aderezó con un montón de clásicos del rock y del folk en los que se acompañaron de los mejores artistas del momento. Por The Last Waltz desfilaron Neil Young, Joni Mitchell, Muddy Waters, Dr. John, Van Morrison, Ringo Starr, Eric Clapton, Ron Wood, Neil Diamond, Ronnie Hawkins, Bob Dylan… cuajando algunas interpretaciones memorables.
Dentro del repertorio propio de The Band, destaca la ejecución en directo de la inolvidable The Weight, canción del que fue el imprescindible primer disco del grupo, Music From The Big Pink, del año 1968.
La primera de esas intervenciones legendarias de los invitados fue la del músico de Nueva Orleans conocido como Dr. John, que interpretó junto a The Band la canción Such A Night, original de Elvis Presley y ampliamente versionada por numerosos artistas. Otra joya es la voraz Mannish Boy a cargo de Muddy Waters. El bluesman de Misisipi se mostró inconmensurable en este tema que es un clásico entre los clásicos.
Como no, la efervescencia de la guitarra de Eric Clapton en Further On Up The Road protagonizó otro de los momentos notables. El tema, original de Bobby “Blue” Bland, siempre ha estado entre el repertorio favorito de Clapton. Pero claro, si nos estamos fijando en momentos inolvidables, dos destacan por encima del resto en el disco.
Me refiero a las actuaciones de Neil Diamond y Van Morrison. Son dos voces prodigiosas, que suenan repletas de épica, potencia y vitalidad.Diamond atacó Dry Your Eyes, canción de su disco Beautiful Noise, de 1976, y que había sido compuesta a dúo con Robbie Robertson, guitarra y líder de The Band.
Por su parte, Van Morrison nos demuestra que poseía queroseno en la garganta al regalarnos la actuación más portentosa del concierto con ese monumento a las cuerdas vocales que es Caravan, una de las joyas del álbum Moondance que Morrison había publicado en 1970.
Entre las aportaciones de Bob Dylan al concierto, hay una que sobresale por encima de las demás, y es cuando interpreta junto a Richard Manuely una gran cantidad de los músicos invitados, I Shall Be Realeased, una canción que The Band había incluido como cierre de su disco debut y que significaba el final del concierto.
Después de aquella puesta en escena sensacional nos quedó la carrera de los miembros de The Band en solitario; una carrera con altibajos, pero que en el caso de Robbie Robertson aún fue capaz de ofrecer grandes joyas, en especial su disco Storyville, de 1991.
El grupo volvió a reunirse en 1983, ya sin un Robertson consagrado a su carrera en solitario y sin Richard Manuel que se había suicidado —se ahorcó en una habitación de hotel en Florida—, y hasta que la muerte del otro miembro fundamental, Rick Danko —de un paro cardiaco mientras dormía, está enterrado en Woodstock—, dio por terminada la existencia de la banda.
Un final triste y amargo para algunos de sus miembros, que certifican, en cierto modo, esa grandeza maldita que poseen algunas de las mejores bandas del rock. El disco de The Last Waltz ha quedado para atestiguarlo y, además, podemos disfrutar del documental de Scorsese para darnos cuenta de la crucial aportación que The Band hizo al mundo de la música, y en concreto al rock que, si todavía sigue resistiendo en estos tiempos, es gracias a músicos como ellos.

martes, 17 de julio de 2018

Los conciertos del Botánico en Madrid: Simple Minds y la noche boca arriba



*Esta crónica apareció en el sitio achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/los-conciertos-del-botanico-en-madrid-simple-minds-y-la-noche-boca-arriba/

El ejercicio de veteranía que la banda escocesa Simple Minds desplegó dentro del festival de las Noches del Botánico, demostró a Madrid que este grupo conserva el mismo nervio que le hizo triunfar en los años ochenta apoyado, fundamentalmente, en el carisma y la voz de un Jim Kerr todavía elástico y de un setlist equilibrado en donde los grandes éxitos de antaño se abrazaron de forma melódica y exacta con las canciones de su nuevo disco: Walk Between Worlds.

A veces, las giras de estos grupos anclados en el triunfo de antaño y que se han puesto de nuevo en gira con la excusa de presentar un nuevo disco, ofrecen la sorpresa de alimentarse de un último trabajo a la altura de lo que significó su estrellato, con temas decentes, cuando no brillantes, que conviven sin estridencias en la selección de canciones interpretadas en vivo.
Uno de los carteles de la gira que deja bien claro quienes son los dos miembros originales que todavía permanecen de Simple Minds.

Tal es el caso de esta gira Walk Between Worlds Tour. Éxitos que conviven en la memoria colectiva como Waterfront o Love Song, comparten escena con canciones del más reciente disco: Summer o The Signal And The Noise, y la conjunción funciona realmente bien. De esta forma, el público recupera a los Simple Minds con su músculo de antaño y descubre a una versión remozada de la banda que ofrece toda la calidad en su nueva encarnación del siglo XXI. Tal vez eso sea, realmente, caminar entre mundos.
Me resulta bien curioso que un grupo con la etiqueta de new wave o pospunk electrónico accediera al estrellato a través del éxito de la industria hollywoodiense, es decir, del consumo masificado de la radio fórmula. Me refiero al mega hit que los encumbró y que marcó un antes y un después, que proyectó a la banda a lo más alto desde la oscuridad de sus composiciones profundamente experimentales y alternativas: Don´t You Forget About Me.

Esa canción cambió en gran parte la historia de Simple Minds. El grupo, fiel a sus marcas originales, viró con este tema a un new wave ciertamente más comercial y reventó las esclusas del reconocimiento internacional. Algo parecido a lo que le sucedió a otra banda oscura y en principio minoritaria, The Psychedelic Furs, que encontraron el acceso a la popularidad que los llevó a abandonar los tiempos de garaje con Pretty In Pink, otro tema utilizado por la industria cinematográfica y, como en el caso de Simple Minds, para una película de adolescentes descerebrados, aunque en este caso la canción de The Psychedelic Furs estaba compuesta antes que la película que, incluso, se inspiró en ella.
A pesar de lo ligero y poco atractivo que en principio podría parecer, sustentado por la escasa calidad de ambas películas (The Breakfast Club en el caso de los escoceses y La chica de rosa con los londinenses), el resultado de ambos temazos es reconfortante. Y así quedó demostrado en la noche madrileña del Jardín Botánico, cuando los primeros acordes de Don´t You Forget About Me la pusieron boca arriba, la voltearon, para firmar un concierto espectacular repleto de concesiones al público (como ese Mandela Day, por ejemplo, en un repertorio con dos temas más que los interpretados en Granada y Valencia, que se quedaron sin escuchar este himno).
La noche boca arriba, ese delirio del público unido al título de uno de los mejores cuentos de Cortázar…, y de pronto entiendo que lo de la noche boca arriba no ha sido una casualidad, me ha venido a la cabeza por algo: reflexiono acerca de aquel tiempo pasado de los ochenta en que me alimentaba, casi en exclusiva, de Jack Daniel´s, literatura y música, y con mis lecturas de Julio Cortázar, o Borges, acompañadas de un lecho musical en donde a menudo retumbaban Promised You A Miracle, Waterfronty el disco mas completo, la obra maestra del grupo, ese Once Upon A Time que me dejó una profunda huella, casi como una cicatriz.
Un clásico: los cuentos completos de Cortázar reunidos en los cuatro volúmenes de Alianza Editorial.

The Signal And The Noise, del último disco, es el tema con el que Jim Kerr ha elegido comenzar el concierto. Bien pronto se reconocen todos los estilemas del grupo, aunque se trata de una canción nueva. Poderosa batería, ambientalidad de los teclados y ese toque de canción tipo himno en los estribillos y del que nunca han podido escapar o nunca han querido escapar (y que elevaron al paroxismo, y también un poco al aburrimiento, en el casi fallido Street Fighting Years).
En cualquier caso, es un buen principio, nervioso y contundente, ellos lo saben, y al finalizar la canción hacen algo que jamás había visto antes en un concierto: se colocan los siete integrantes del grupo en fila delante del público, como cuando las bandas saludan al final, con la diferencia de que acaban de empezar.
Recogen así, todos juntos, los aplausos que son el reconocimiento del público al longevo recorrido de la banda, para de inmediato retornar a sus puestos sobre las tablas mientras suena el atronador y característico bajo de Waterfront. Ese bajo, la entrada de la batería de Cherisse Osei, la guitarra punteando… Ya está aquí el muro de sonido de Simple Minds, ese muro de sonido tan característico. En efecto, son ellos, y no otros, los que están tocando en el Botánico.
Foto promocional de los siete componentes de Simple Minds para esta gira de 2018.

Porque todos los grupos, al menos los buenos, los que poseen una personalidad verdadera, tienen ese momento exacto en un concierto que hace que cuando lo escuchas te percates, definitivamente, de que en efecto estás presenciando un concierto de esa banda. Es como su tarjeta de visita personal, tal vez un acorde, un sonido característico, una guitarra, o la entrada de una batería o la profundidad de unos sintetizadores. En U2 es cuando suena la guitarra de The Edge en Pride o en Where The Streets Have No Name, recuerdo que con Genesis me ocurría al escuchar la pandereta de Phil Collins, o el sonido cavernoso del Stick de Tony Levin en los conciertos de King Crimson.
Solo son algunos ejemplos; así que cuando arrancó aquel bajo, y luego entró la guitarra, y Waterfrontpuso de nuevo la noche boca arriba, entendí que estaba viendo a Simple Minds. Nadie en el mundo podría desplegar ni imitar ese sonido, esa montaña sonora en cuya cima se mueve la voz de Jim Kerr.
La noche boca arriba, relato de Cortázar, y decía otro escritor argentino, Roberto Arlt, que una buena página literaria debía ser como “un cross a la mandíbula”, algo que muchos han adaptado a la teoría general del relato, afirmando que un cuento que se precie debe arrancar noqueando al lector. Con ese principio, juntando una poderosa canción nueva con Waterfront, Simple Minds fueron fieles a su propia teoría compositiva, y nos dejaron rendidos y con la guardia baja desde el segundo tema.
La concatenación de grandes temas no iba a detenerse aquí. A Waterfront le siguió otro clásico, Let There Be Love, y después, como resonando desde otro mundo, Love Song. Vayamos por partes:
The Signal And The Noise, de Walk Between Worlds, 2018.
Waterfront, de Sparkle In The Rain, 1984.
Let There Be Love, de Real Life, 1991.
Love Song, de Sons And Fascination, 1981.
Las cuatro primeras canciones abarcan un arco temporal de 27 años. Y sonaron todas perfectamente empastadas, sin discrepancias, sin fricciones, tan frescas y jugosas como si hubieran sido inmediatamente recogidas del árbol de la inspiración. Estas cuatro canciones eran el golpe directo, el gancho demoledor que impactaba justo ahí, en el centro de la mandíbula del espectador.

Love Song, con esa introducción efervescente que de forma automática transporta al público más veterano hasta las misteriosas noches de la radio española, a las madrugadas recortadas de oscuridad en las ventanas y asfixiadas por el humo azul de los cigarrillos, Love Song fue, sin duda, la puerta de acceso a ese mundo de atrás, ese mundo pasado que todavía permanece albergado en algún lugar polvoriento de nuestra cabeza.
Una vez abierta esa esclusa el vertido de cualquier canción de Simple Minds en esta noche boca arriba provoca sensaciones convulsivas, es el viaje por una autopista de luz y tiempo; ahora suena Let There Be Love, que cuando era pincha discos en un antro de la madrileña zona de Moncloa solía poner como una forma de tregua ante la música basura que me veía obligado a pinchar, para hacer algo más respirable la atmósfera de minis de cerveza y submarinos de whisky.

Después, el septeto de Kerr atacó un tema nuevo, Sense Of Discovery, y el toque de una garganta prodigiosa enfermó de música el recinto del Botánico. Sarah Brown (M People, Stevie Wonder, Incognito, Annie Lennox, Simply Red, Brian Ferry…) derramó su voz como un destilado de miel y ron, mientras la galesa Catherine Anne Davies (por cierto, doctora en Literatura) opuso el tono delicado y de una belleza gélida y aguda de su voz durante la interpretación de Dolphins.
El soul de Sense Of Discovery, con un ejercicio de coros emocionante, significó el puente perfecto por el que desfilar hacia el Mandela Day y el recuerdo del concierto en Wembley con motivo del 70 aniversario de Nelson Mandela: 11 de junio de 1988. Qué lejos queda ese “entonces” …
Sin embargo, este “ahora” muestra unos relieves palpables con otro retazo de pasado que Jim Kerrdeposita en nuestras manos para que brille reluciente: se trata de She´s A River, canción del disco publicado en el año 1995 y titulado Good News From The Next World, que atesoramos con cuidado para añadir a su lado Someone Somewhere In Summertime, de New Gold Dream, año 1982, y que se nos aparece con el sabor añejo pero rebelde de un dulce espumoso.

Es la hora de presentar a la criatura recién nacida, ese Walk Between Worlds que debe hacer su puesta de largo en escena concatenando dos canciones, después de que la banda nos haya hipnotizado con el principio de su relato: érase una vez una banda escocesa que hizo himnos oscuros y electrónicos…
…Y que ahora, en el nudo de la historia que nos está narrando, se muestra segura y rejuvenecida con Walk Between Worlds y Summer. Entonces, en Summer, el bochornoso clima, pesado y cargante como sólo el verano sabe serlo en Madrid, entonces, digo, en Summer, caen unas pocas gotas de lluvia sobre el agobio que baila al son de Simple Minds bajo los cielos de nubes negras que jamás llegarán a descargar.

Es la hora de acometer la parte final de la historia: ese desenlace épico en el que aparecen dragones, príncipes y héroes, caballeros templarios y gigantes, mujeres exploradoras y heroínas aventureras: suenan Once Upon A Time y All The Things She Said del disco que ha sido la mejor obra del grupo, su cota más alta, su cenit compositivo: Once Upon a Time, del año 1985.

De verdad, creo que este disco deberían tocarlo, siempre, entero. Es perfecto. Cierto es que en esa década de los 80 muchos grupos firmaron discos perfectos, pero lo de Once Upon A Time es tremendo: la combinación de talento, de unas canciones demoledoras junto a unos arreglos originalísimos y entonces revolucionarios para la banda, además de esa edición en picture disc que conservamos todos con tanto cariño en la memoria. El disco rompió ventas, y todos compramos esa versión pintada en donde el vinilo parecía una tarta de nata y oro, junto a una cajita de presentación que parecía una bombonera.
Yo vendí todos mis vinilos… Problemas de espacio y el relevo tecnológico del disco compacto. No puedo evitar una tenaza en el corazón cuando recuerdo ese picture y me pregunto quién lo tendrá ahora, si significará para él tanto como significaba ese Once Upon A time pintado para mí.


Hay que relajar el ambiente, aunque eso signifique ponernos todavía mas melancólicos. Después de la épica de las dos canciones de Once Upon A Time, con la determinante guitarra de Charlie Burchillvolviendo loco al público (junto a Kerr el único componente original de la banda que se mantiene en liza), llega esa delicada Dolphins, extraviada en el disco Black & White 050505 del año 2005 y una versión del grupo The Call, la canción Let The Day Beguin de su álbum homónimo de 1989, que interpreta en solitario Sarah Brown.
Porque, mientras tanto, Kerr se ha cambiado de ropa y se ha enfundado en una chaqueta de cuero que anuncia lo que va a suceder. Es la chaquetilla de cuero del rebelde de instituto, del gamberrillo castigado después de clase, del Breakfast Club: y suena Don´t You Forget About Me y claro, la noche boca arriba.
Los bises son un regalo inconmensurable para un público entregado al delirio: Promised You a Miraclede New Gold Dream y que todos recordamos de la versión en directo del disco de 1987 grabado en París, Live In The City Of Light; después, See The Lights del Real Life y el que es, sin lugar a duda, el momento del concierto, por encima de Waterfront, de Mandela Day e, incluso, de Don´t You Forget About Me. Se trata de Alive And Kicking, la perla maestra del disco Once Upon A Time.

Poco más se puede decir de esta canción vestida de la belleza marfileña de las teclas de un piano de cola y las vibraciones coloristas de una batería inigualable. El público lo sabe. Y ellos, la banda, también. Es la culminación de la noche boca arriba, esa noche boca arriba…, que termina de voltearse con la última canción del concierto, Sanctify Yourself (Once Upon A Time es un disco de leyenda, y su espacio en el setlist de hoy así lo demuestra).
Don Julio era un gran amante del jazz, pero estoy seguro de que también le habrían gustado Simple Minds…
Sanctify Yourself nos devuelve al Jim Kerr más revoltoso, descarado y con un toque de rebeldía violenta. El Jim Kerr que, con su voz, una voz que sigue sonando como la de esos Simple Minds que surfeaban en la cresta de la ola del éxito en los años 80, ese Jim Kerr, ese mismo, termina de voltear la noche para poner así el colofón, el desenlace a la historia sobre música y décadas, notas y paso del tiempo, guitarras que son recuerdos y canciones capaces de poner Madrid y el Botánico, boca arriba.
Y Julio Cortázar, desde algún sitio que le permite verlo todo, ha contemplado esta noche calurosa y nos mira y sonríe. Seguro, sonríe.

lunes, 9 de julio de 2018

Para vosotros, alérgicos




*Esta entrada se publicó originalmente en el blog de la Asesoría literaria Proscritos de Torrelodones:

https://proscritos.com/para-vosotros-alergicos/


Muchos meses, demasiados creo yo, son los que llevamos soportando una alergia pertinaz de estornudos, toses, lloriqueos y ahogos. A ver si va a resultar que la alergia no es primaveral, sino una reacción defensiva ante los espantos que nos rodean, esos que últimamente son demasiado cotidianos…
Cada mañana, cuando me enfrento a la salva obligatoria de estornudos y angustias, me pregunto si se trata de una reacción provocada por la estupidez generalizada que entra por la ventana, se derrama en las redes sociales, asoma por el televisor o, simplemente, se pasea por la calle.
En efecto, quizás sea una alergia a todo eso, que es como decir que se trata de una alergia a una cosa sola: al ser humano. Porque los seres humanos somos cada vez más gilipollas. O tal vez siempre hayamos sido así, y ahora estemos tan hartos que ya no lo soportamos.
No soy ni un Sartre ni un Camus con la capacidad para refugiarme de nuestra estupidez detrás de un ego salpimentado de filosofías, ni un Dylan Thomas parapetado tras la botella, ni siquiera un influencer de cabeza hueca encastillado en esa novela que alguien le ha escrito para entontecer a sus miles de seguidores.
Por eso, porque no soy ninguno de ellos, creo que el remedio a la terrible alergia existencial que me persigue, que nos persigue a muchos, puede encontrarse en aquella frase de Cesare Pavese sobre entender la literatura “como defensa ante las ofensas de la vida”. Tal vez, hundirnos en la lectura de algún libro reparador sea la fórmula magistral que pueda calmar nuestras alergias provocadas por las oleadas de estupidez humana que nos rodean.
Lo tengo tan claro que creo que deberían recetarse lecturas y libros en las consultas de la Seguridad Social. Nos recibiría nuestro apático médico de cabecera con el desgastado “¿qué le pasa?”, y cuando le hubiéramos contado nuestros males, tiraría de receta y prescribiría una “muerte de Ivan Ilich”, de Tolstoi, para el pesadito que está siempre en el médico, al menor síntoma de resfriado, o el “retrato del artista adolescente”, de Joyce, para el muchacho hiperactivo; incluso, “En busca del tiempo perdido”, de Proust, para todos aquellos que solo sabemos vivir, y mirar obsesionados, la caja de caudales de nuestro pasado ulceroso.
Nos extendería la recetita, y al salir de la consulta se nos ofrecerían diferentes puestos de libros con todo tipo de volúmenes, desde ediciones de lujo hasta libros usados y de segunda mano, en donde poder adquirir nuestras medicinas.
Esa tarde, en casa, leyendo los remedios ordenados por los médicos, muchos encontraríamos calma a las alergias, porque, al fin y al cabo, nuestras alergias no son más que angustias del corazón. Y de eso, de angustias y corazones, la buena literatura, la que es grande de verdad, sabe mucho.