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martes, 17 de julio de 2018

Los conciertos del Botánico en Madrid: Simple Minds y la noche boca arriba



*Esta crónica apareció en el sitio achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/los-conciertos-del-botanico-en-madrid-simple-minds-y-la-noche-boca-arriba/

El ejercicio de veteranía que la banda escocesa Simple Minds desplegó dentro del festival de las Noches del Botánico, demostró a Madrid que este grupo conserva el mismo nervio que le hizo triunfar en los años ochenta apoyado, fundamentalmente, en el carisma y la voz de un Jim Kerr todavía elástico y de un setlist equilibrado en donde los grandes éxitos de antaño se abrazaron de forma melódica y exacta con las canciones de su nuevo disco: Walk Between Worlds.

A veces, las giras de estos grupos anclados en el triunfo de antaño y que se han puesto de nuevo en gira con la excusa de presentar un nuevo disco, ofrecen la sorpresa de alimentarse de un último trabajo a la altura de lo que significó su estrellato, con temas decentes, cuando no brillantes, que conviven sin estridencias en la selección de canciones interpretadas en vivo.
Uno de los carteles de la gira que deja bien claro quienes son los dos miembros originales que todavía permanecen de Simple Minds.

Tal es el caso de esta gira Walk Between Worlds Tour. Éxitos que conviven en la memoria colectiva como Waterfront o Love Song, comparten escena con canciones del más reciente disco: Summer o The Signal And The Noise, y la conjunción funciona realmente bien. De esta forma, el público recupera a los Simple Minds con su músculo de antaño y descubre a una versión remozada de la banda que ofrece toda la calidad en su nueva encarnación del siglo XXI. Tal vez eso sea, realmente, caminar entre mundos.
Me resulta bien curioso que un grupo con la etiqueta de new wave o pospunk electrónico accediera al estrellato a través del éxito de la industria hollywoodiense, es decir, del consumo masificado de la radio fórmula. Me refiero al mega hit que los encumbró y que marcó un antes y un después, que proyectó a la banda a lo más alto desde la oscuridad de sus composiciones profundamente experimentales y alternativas: Don´t You Forget About Me.

Esa canción cambió en gran parte la historia de Simple Minds. El grupo, fiel a sus marcas originales, viró con este tema a un new wave ciertamente más comercial y reventó las esclusas del reconocimiento internacional. Algo parecido a lo que le sucedió a otra banda oscura y en principio minoritaria, The Psychedelic Furs, que encontraron el acceso a la popularidad que los llevó a abandonar los tiempos de garaje con Pretty In Pink, otro tema utilizado por la industria cinematográfica y, como en el caso de Simple Minds, para una película de adolescentes descerebrados, aunque en este caso la canción de The Psychedelic Furs estaba compuesta antes que la película que, incluso, se inspiró en ella.
A pesar de lo ligero y poco atractivo que en principio podría parecer, sustentado por la escasa calidad de ambas películas (The Breakfast Club en el caso de los escoceses y La chica de rosa con los londinenses), el resultado de ambos temazos es reconfortante. Y así quedó demostrado en la noche madrileña del Jardín Botánico, cuando los primeros acordes de Don´t You Forget About Me la pusieron boca arriba, la voltearon, para firmar un concierto espectacular repleto de concesiones al público (como ese Mandela Day, por ejemplo, en un repertorio con dos temas más que los interpretados en Granada Valencia, que se quedaron sin escuchar este himno).
La noche boca arriba, ese delirio del público unido al título de uno de los mejores cuentos de Cortázar…, y de pronto entiendo que lo de la noche boca arriba no ha sido una casualidad, me ha venido a la cabeza por algo: reflexiono acerca de aquel tiempo pasado de los ochenta en que me alimentaba, casi en exclusiva, de Jack Daniel´s, literatura y música, y con mis lecturas de Julio Cortázar, o Borges, acompañadas de un lecho musical en donde a menudo retumbaban Promised You A MiracleWaterfronty el disco mas completo, la obra maestra del grupo, ese Once Upon A Time que me dejó una profunda huella, casi como una cicatriz.
Un clásico: los cuentos completos de Cortázar reunidos en los cuatro volúmenes de Alianza Editorial.

The Signal And The Noise, del último disco, es el tema con el que Jim Kerr ha elegido comenzar el concierto. Bien pronto se reconocen todos los estilemas del grupo, aunque se trata de una canción nueva. Poderosa batería, ambientalidad de los teclados y ese toque de canción tipo himno en los estribillos y del que nunca han podido escapar o nunca han querido escapar (y que elevaron al paroxismo, y también un poco al aburrimiento, en el casi fallido Street Fighting Years).
En cualquier caso, es un buen principio, nervioso y contundente, ellos lo saben, y al finalizar la canción hacen algo que jamás había visto antes en un concierto: se colocan los siete integrantes del grupo en fila delante del público, como cuando las bandas saludan al final, con la diferencia de que acaban de empezar.
Recogen así, todos juntos, los aplausos que son el reconocimiento del público al longevo recorrido de la banda, para de inmediato retornar a sus puestos sobre las tablas mientras suena el atronador y característico bajo de Waterfront. Ese bajo, la entrada de la batería de Cherisse Osei, la guitarra punteando… Ya está aquí el muro de sonido de Simple Minds, ese muro de sonido tan característico. En efecto, son ellos, y no otros, los que están tocando en el Botánico.
Foto promocional de los siete componentes de Simple Minds para esta gira de 2018.

Porque todos los grupos, al menos los buenos, los que poseen una personalidad verdadera, tienen ese momento exacto en un concierto que hace que cuando lo escuchas te percates, definitivamente, de que en efecto estás presenciando un concierto de esa banda. Es como su tarjeta de visita personal, tal vez un acorde, un sonido característico, una guitarra, o la entrada de una batería o la profundidad de unos sintetizadores. En U2 es cuando suena la guitarra de The Edge en Pride o en Where The Streets Have No Name, recuerdo que con Genesis me ocurría al escuchar la pandereta de Phil Collins, o el sonido cavernoso del Stick de Tony Levin en los conciertos de King Crimson.
Solo son algunos ejemplos; así que cuando arrancó aquel bajo, y luego entró la guitarra, y Waterfrontpuso de nuevo la noche boca arriba, entendí que estaba viendo a Simple Minds. Nadie en el mundo podría desplegar ni imitar ese sonido, esa montaña sonora en cuya cima se mueve la voz de Jim Kerr.
La noche boca arriba, relato de Cortázar, y decía otro escritor argentino, Roberto Arlt, que una buena página literaria debía ser como “un cross a la mandíbula”, algo que muchos han adaptado a la teoría general del relato, afirmando que un cuento que se precie debe arrancar noqueando al lector. Con ese principio, juntando una poderosa canción nueva con WaterfrontSimple Minds fueron fieles a su propia teoría compositiva, y nos dejaron rendidos y con la guardia baja desde el segundo tema.
La concatenación de grandes temas no iba a detenerse aquí. A Waterfront le siguió otro clásico, Let There Be Love, y después, como resonando desde otro mundo, Love Song. Vayamos por partes:
The Signal And The Noise, de Walk Between Worlds, 2018.
Waterfront, de Sparkle In The Rain, 1984.
Let There Be Love, de Real Life, 1991.
Love Song, de Sons And Fascination, 1981.
Las cuatro primeras canciones abarcan un arco temporal de 27 años. Y sonaron todas perfectamente empastadas, sin discrepancias, sin fricciones, tan frescas y jugosas como si hubieran sido inmediatamente recogidas del árbol de la inspiración. Estas cuatro canciones eran el golpe directo, el gancho demoledor que impactaba justo ahí, en el centro de la mandíbula del espectador.

Love Song, con esa introducción efervescente que de forma automática transporta al público más veterano hasta las misteriosas noches de la radio española, a las madrugadas recortadas de oscuridad en las ventanas y asfixiadas por el humo azul de los cigarrillos, Love Song fue, sin duda, la puerta de acceso a ese mundo de atrás, ese mundo pasado que todavía permanece albergado en algún lugar polvoriento de nuestra cabeza.
Una vez abierta esa esclusa el vertido de cualquier canción de Simple Minds en esta noche boca arriba provoca sensaciones convulsivas, es el viaje por una autopista de luz y tiempo; ahora suena Let There Be Love, que cuando era pincha discos en un antro de la madrileña zona de Moncloa solía poner como una forma de tregua ante la música basura que me veía obligado a pinchar, para hacer algo más respirable la atmósfera de minis de cerveza y submarinos de whisky.

Después, el septeto de Kerr atacó un tema nuevo, Sense Of Discovery, y el toque de una garganta prodigiosa enfermó de música el recinto del BotánicoSarah Brown (M PeopleStevie WonderIncognitoAnnie LennoxSimply RedBrian Ferry…) derramó su voz como un destilado de miel y ron, mientras la galesa Catherine Anne Davies (por cierto, doctora en Literatura) opuso el tono delicado y de una belleza gélida y aguda de su voz durante la interpretación de Dolphins.
El soul de Sense Of Discovery, con un ejercicio de coros emocionante, significó el puente perfecto por el que desfilar hacia el Mandela Day y el recuerdo del concierto en Wembley con motivo del 70 aniversario de Nelson Mandela: 11 de junio de 1988. Qué lejos queda ese “entonces” …
Sin embargo, este “ahora” muestra unos relieves palpables con otro retazo de pasado que Jim Kerrdeposita en nuestras manos para que brille reluciente: se trata de She´s A River, canción del disco publicado en el año 1995 y titulado Good News From The Next World, que atesoramos con cuidado para añadir a su lado Someone Somewhere In Summertime, de New Gold Dream, año 1982, y que se nos aparece con el sabor añejo pero rebelde de un dulce espumoso.

Es la hora de presentar a la criatura recién nacida, ese Walk Between Worlds que debe hacer su puesta de largo en escena concatenando dos canciones, después de que la banda nos haya hipnotizado con el principio de su relato: érase una vez una banda escocesa que hizo himnos oscuros y electrónicos…
…Y que ahora, en el nudo de la historia que nos está narrando, se muestra segura y rejuvenecida con Walk Between Worlds y Summer. Entonces, en Summer, el bochornoso clima, pesado y cargante como sólo el verano sabe serlo en Madrid, entonces, digo, en Summer, caen unas pocas gotas de lluvia sobre el agobio que baila al son de Simple Minds bajo los cielos de nubes negras que jamás llegarán a descargar.

Es la hora de acometer la parte final de la historia: ese desenlace épico en el que aparecen dragones, príncipes y héroes, caballeros templarios y gigantes, mujeres exploradoras y heroínas aventureras: suenan Once Upon A Time y All The Things She Said del disco que ha sido la mejor obra del grupo, su cota más alta, su cenit compositivo: Once Upon a Time, del año 1985.

De verdad, creo que este disco deberían tocarlo, siempre, entero. Es perfecto. Cierto es que en esa década de los 80 muchos grupos firmaron discos perfectos, pero lo de Once Upon A Time es tremendo: la combinación de talento, de unas canciones demoledoras junto a unos arreglos originalísimos y entonces revolucionarios para la banda, además de esa edición en picture disc que conservamos todos con tanto cariño en la memoria. El disco rompió ventas, y todos compramos esa versión pintada en donde el vinilo parecía una tarta de nata y oro, junto a una cajita de presentación que parecía una bombonera.
Yo vendí todos mis vinilos… Problemas de espacio y el relevo tecnológico del disco compacto. No puedo evitar una tenaza en el corazón cuando recuerdo ese picture y me pregunto quién lo tendrá ahora, si significará para él tanto como significaba ese Once Upon A time pintado para mí.


Hay que relajar el ambiente, aunque eso signifique ponernos todavía mas melancólicos. Después de la épica de las dos canciones de Once Upon A Time, con la determinante guitarra de Charlie Burchillvolviendo loco al público (junto a Kerr el único componente original de la banda que se mantiene en liza), llega esa delicada Dolphins, extraviada en el disco Black & White 050505 del año 2005 y una versión del grupo The Call, la canción Let The Day Beguin de su álbum homónimo de 1989, que interpreta en solitario Sarah Brown.
Porque, mientras tanto, Kerr se ha cambiado de ropa y se ha enfundado en una chaqueta de cuero que anuncia lo que va a suceder. Es la chaquetilla de cuero del rebelde de instituto, del gamberrillo castigado después de clase, del Breakfast Club: y suena Don´t You Forget About Me y claro, la noche boca arriba.
Los bises son un regalo inconmensurable para un público entregado al delirio: Promised You a Miraclede New Gold Dream y que todos recordamos de la versión en directo del disco de 1987 grabado en ParísLive In The City Of Light; después, See The Lights del Real Life y el que es, sin lugar a duda, el momento del concierto, por encima de Waterfront, de Mandela Day e, incluso, de Don´t You Forget About Me. Se trata de Alive And Kicking, la perla maestra del disco Once Upon A Time.

Poco más se puede decir de esta canción vestida de la belleza marfileña de las teclas de un piano de cola y las vibraciones coloristas de una batería inigualable. El público lo sabe. Y ellos, la banda, también. Es la culminación de la noche boca arriba, esa noche boca arriba…, que termina de voltearse con la última canción del concierto, Sanctify Yourself (Once Upon A Time es un disco de leyenda, y su espacio en el setlist de hoy así lo demuestra).
Don Julio era un gran amante del jazz, pero estoy seguro de que también le habrían gustado Simple Minds…
Sanctify Yourself nos devuelve al Jim Kerr más revoltoso, descarado y con un toque de rebeldía violenta. El Jim Kerr que, con su voz, una voz que sigue sonando como la de esos Simple Minds que surfeaban en la cresta de la ola del éxito en los años 80, ese Jim Kerr, ese mismo, termina de voltear la noche para poner así el colofón, el desenlace a la historia sobre música y décadas, notas y paso del tiempo, guitarras que son recuerdos y canciones capaces de poner Madrid y el Botánico, boca arriba.
Julio Cortázar, desde algún sitio que le permite verlo todo, ha contemplado esta noche calurosa y nos mira y sonríe. Seguro, sonríe.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Agosto: el mes de la literatura cuántica


*Este artículo apareció originalmente en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/agosto-mes-la-literatura-cuantica/

Este mes de agosto que ya se acaba se celebran dos nacimientos determinantes para la literatura moderna: los de Jorge Luis Borges (el día 24) y Julio Cortazar (el día 26). Ambos, buscaron elevar el relato a la categoría de un arte maestro mediante la innovación técnica, las tramas sorprendentes y un empleo revolucionario del espacio y el tiempo. Sin lugar a dudas son dos representantes de aquello que se ha dado en denominar literatura cuántica. Si a ello añadimos que el 18 de agosto se conmemoró el aniversario del nacimiento del francés Robbe-Grillet, otro mago a la hora de quebrar el espacio-tiempo, puedo afirmar que el mes de agosto es el mes de la literatura cuántica. Ahora bien, parafraseando a Murakami, ¿de qué estoy hablando cuando hablo de literatura cuántica?

Desde 1995, el crítico literario Manuel García Viñó, venía publicando una serie de artículos sobre la novela cuántica —que él escribía con la letra Q, quántica— que cristalizaron en un texto fundamental, La novela relativista y quántica. Materiales para la construcción de una teoría aplicable a otras artes, publicado como un folleto por parte de la revista Heterodoxia, y prácticamente imposible de conseguir hoy en día.

El planteamiento de Viñó al respecto es muy simple:

“la novela, desde Cervantes hasta el siglo XIX, fue novela newtoniana. La novela propia del siglo XX y principios del XXI es y será novela relativista y quántica”.

Por ello, el tratamiento del espacio/tiempo es determinante en la novela cuántica, que alcanza mucho más allá de las analepsis y prolepsis —es decir flashbacks y avances súbitos en el tiempo— convencionales de la novela clásica. Se produce una unión entre futuro y pasado dando lugar al espaciotiempo o a lo que Maldonado Alemán en su estudio de 2006 titulado Günter Grass (Síntesis), calificó como pasapresenturo, un término atemporal grassiano que en las teorías de García Viñó es una característica inequívoca de la novela quántica:

“no hay espacio y tiempo, sino espaciotiempo. Como quiera que las perspectivas espaciotemporales, según la teoría einsteniana de la relatividad, son cambiantes, para expresarlas se necesita un nuevo lenguaje y una nueva estructuración del texto que implique al observador, esto es, al novelista y, en su momento, al lector (…) En el espaciotiempo, las cosas no ocurren, sino que, simplemente, son” (Viñó, 1995: 12-13).

El principal elemento que caracteriza este tipo de literatura es la abolición del tiempo como absoluto, un concepto desgajado de las teorías de la relatividad de Einstein. Si una novela es un pequeño universo que se contiene en sí mismo, y por extensión un poema o un poemario, incluso una obra de teatro, que se expanden con su lectura, y actualmente ha cambiado nuestra concepción del universo gracias a las teorías cuánticas, por ende, el pequeño universo literario ha evolucionado y mutado obligatoriamente a la par de esas innovaciones.

Porque aunque aquí estoy hablando de novela cuántica, es extensible a otros géneros. Así, encontramos poesía cuántica —el poemario La flor de la vida, de Heberto de Sysmo, o Mar de Chira, de Montserrat Doucet—, incluso teatro cuántico en El tragaluz de Buero Vallejo. Si estás interesado en leer algunos análisis míos sobre estas obras, puedes encontrarlos en los siguientes enlaces:



Si la mecánica cuántica aboga por la inexistencia del espacio ilimitado, que es posible retroceder en el tiempo y que hay infinitos universos paralelos, ¿acaso no estamos definiendo la estructura narrativa de la novela moderna? Muy recomendable, para adentrarse y poder entender estas teorías cuánticas, y otras muchas, es el libro de David Jou, Introducción al mundo cuántico: de la danza de las partículas a las semillas de las galaxias (ediciones Pasado & Presente).

La novela clásica es un relato de nacimiento, vida y muerte, ya sea de un personaje o de unos ideales, o de una empresa entendida como un intento de llevar algo a cabo situado sobe el tiempo lineal. La cuántica, acota un instante sin pasado ni futuro, es una visión fragmentada de muchos sucesos a la par, sin ninguna linealidad. El ámbito de la novela clásica es una parte del mundo, el de la cuántica, el universo.

Así, basándose en que la realidad no es aquello que los sentidos nos dictan, ya que el universo no se mueve ni obedece en función de las leyes de un determinismo newtoniano sino en función del principio de indeterminación, la concepción cuántica universal marcará de forma determinante la manera de ofrecer la realidad mediante el empleo del tiempo y del espacio puestos en perspectiva relativa. Espacio y tiempo se diluyen, comparten el mismo lugar, corretean mezclados para dar lugar a nuevos sucesos temporales en la concepción de la novela moderna. Con la desaparición del tratamiento clásico del espacio y del tiempo se dará lugar a otros fenómenos temporales que situarán a las novelas en un nuevo paradigma literario.

Me permito proponer como ejemplo de novela cuántica que trasforma desde ese punto de vista la perspectiva del espacio-tiempo, y que se instala en el nuevo paradigma, la obra Matadero Cinco (Anagrama), de Kurt Vonnegut, escrita en 1969.

Además, en esta nueva novela cuántica la idea del personaje protagonista se ha visto alterada gracias al perspectivismo y a la recreación de lo espacio-temporal. Ya no aparece un personaje central al estilo clásico, ya no se puede designar a un personaje central como el protagonista del fluido novelístico, sino que ha sufrido una mutación para integrarse como una pieza más en el engranaje narrativo y colocarse al servicio del mecanismo narrativo-literario en conjunto.

A diferencia de lo que sucede en la novela clásica –el argumento y la trama obedecen a la lógica– en la cuántica los parámetros espaciales y temporales alumbran ilimitadas variaciones de un acontecimiento. Todo el eje narrativo se supedita a la interpretación subjetiva y también, por ello, a las dudas, ya que los sucesos y el devenir de los personajes se presentan ahora como puntos en el marco de lo espacio-temporal.

Pasado y futuro son tan reales y presentes como el presente propiamente dicho. Se ha dinamitado el espacio-tiempo clásico, se ha reprogramado como un espaciotiempo mucho más interesante. Entre este tipo de novelas puedo citar como ejemplares Austerlitz (Anagrama) de W. G. Sebald, o tres del autor albanés Ismaíl Kadare: Spiritus, La cena equivocada y El accidente —todas ellas publicadas en Alianza Editorial—, por citar algunas novelas ya del nuevo siglo XXI.

Un análisis de Spiritus puedes encontrarlo aquí:


En un intento de cristalizar todas estas ideas, en el año 1998 apareció publicado en España el libro El cadáver de Balzac: Una visión cuántica de la literatura y el Arte (Epígono), de Gregorio Morales. El texto pasa por ser el manifiesto fundacional de la estética cuántica en España, al que le siguió el nacimiento del Grupo de Estética Cuántica, apoyado por algunas publicaciones en revistas filológicas americanas. Sin embargo, tal vez por el fallecimiento repentino de Morales, o porque El cadáver de Balzac se perdía en laberintos teóricos y críticos sobre la creación y el arte, la literatura cuántica quedo aparcada en España. Además, las novelas cuánticas de Morales, incluso una obra de teatro cuántica sobre Marilyn Monroe, fueron editadas en editoriales pequeñas y actualmente son casi imposibles de localizar.

La teoría cuántica propone una nueva estética que


“parte del hecho de que la realidad no sólo no se agota en las apariencias, sino que puede conculcar las leyes que consideremos sensatas; el mundo continúa más allá de donde hasta ahora lo habíamos creído y lo hace de forma no familiar, vulnerando el espacio, el tiempo y la causalidad” (Morales, 1998: 16).



La aplicación de esta nueva estética a la literatura, en donde los materiales de trabajo del escritor son, básicamente, el tratamiento del tiempo y del espacio, parte más de una necesidad del avance científico técnico que de un mero modismo, aunque, para ofrecer el justo contrapunto, no puedo dejar de citar la obra de Alan Sokal y Jean Bricmont con el significativo título Imposturas intelectuales (Paidós Ibérica), en donde ofrecen su propia y particular lectura de la aplicación de ciertas ciencias a las artes, entre ellas la física cuántica, concluyendo que muchas veces se toman estas teorías como un paraguas en donde refugiarse para, finalmente, no aportar nada novedoso.

Por ello, es cuestión de lector, cuando se aproxime a una novela cuántica, concluir que parte existe de palabrería en todo esto, y cuánto de talento. Los textos que yo recomiendo en esta columna son, sin la menor duda, algunas de las mayores obras maestras de la Literatura.

Espero que todas estas teorías que he expuesto ayuden a aclarar qué es la literatura cuántica, y que definan los motivos por los que considero a Borges y Cortazar como autores cuánticos. Si quedase alguna duda, aparte de recordar el inmenso puzle que es la novela Rayuela, podemos echar un vistazo a relatos cortazarianos como Continuidad en los parques, Las babas del diablo o La noche boca arriba, y gran cantidad de cuentos borgianos tales como El otro, El jardín de los senderos que se bifurcan o La biblioteca de Babel, donde lo laberintico y lo recursivo, el eterno retorno, la alternancia de planos temporales, y los saltos cuánticos, crean un universo propio. Puedes consultar aquí algunos análisis míos de estos relatos, aplicando la plantilla cuántica:


Y no sólo estos dos argentinos representan esta corriente, que es toda una forma de narrar y novelizar, y en la que podemos incluir a escritores como Kafka, Faulkner, Joyce… y un larguísimo etcétera. Hace muchos años, ya expuse mis intenciones de abordar una teoría literaria cuántica ante los alumnos de una clase de Master de Literatura Hispanoamericana, con motivo de mi análisis de El recurso del método (Alianza Editorial), novela de Alejo Carpentier. Entonces, fui interrogado por aquellos muchachos poco menos que como un chalado. Afortunadamente, en la Universidad de San Jose de Costa Rica he encontrado un auditorio algo más moderno y abierto; ya estoy preparando mi segunda videoconferencia sobre el tema, que daré el próximo día 31 de agosto, ¡bendito mes cuántico!

El tema es apasionante, la renovación de la novela se encuentra en la manera de quebrantar antiguos moldes, en generar novedosas formas de narrar…, y como muestra de la inmensa riqueza que destilan todas estas teorías, dejaré para una futura columna —que tal vez sea escrita en el pasado o en el presente, o en ambos a la vez—, mis digresiones sobre otro tipo de literatura que se contiene dentro de la cuántica: la literatura de fractales. Pero eso ya será en otro plano temporal.


jueves, 22 de agosto de 2013

La primera novela de Wilhelm First



YouTube:

Aparece en el vídeo un tipo, podría llevar los ojos tapados por una tira negra de las que se añaden en la posproducción, pero no, que va, ni tan siquiera se oculta tras las tinieblas ni se enmascara en una voz de helio, y la declaración que realiza es tan vergonzosa que muy bien debería camuflarse, aunque fuera tras unos bigotes postizos, porque seguro que lo señalaran por la calle, se mofaran de su estampa al afirmar: me llamo Wilhelm First y soy escritor; lo dicho: para matarlo, es de vergüenza. Escritor. Dios, qué lástima.

El tipo, que tiene cara de capullo, después se verá en la hora de documental que realmente es un capullo, un gilipollas vamos, pues el tipo, va y añade: esta es la historia de mi primera novela. ¿La primera novela de este tipo? Ummm, puede ser interesante, me enciendo un pito y, esperando con alegría un recital de afrentas y de ver cómo la industria editorial y sus agentes van a partirle la cara, me pongo cómodo y a disfrutar.

Minuto quince: lleva un buen rato con planos y contra planos en los que aparece escribiendo, y algunas veces mira a cámara y cita mucho a Roland Barthes, de verdad que se cree que Barthes, junto con Eco, lo salvaran de algo, o le harán escribir mejor o yo que sé… Realmente, atareado y empleado a fondo en la escritura, tomas y más tomas sobre los folios, alternadas con las imágenes de cierta tertulia abstrusa a la que acude y con algunas declaraciones animosas de amigos que son poetas o, presuntamente, escritores como él. De repente, mira a cámara y, mientras enarbola en alto un legajo grueso como los cimientos del Empire State, asegura: he terminado, esta es mi primera novela. Cierto gesto torcido en la mueca de su cara en un intento de sonreír, que es algo que por lo visto no acostumbra ni sabe, le pone una sonrisilla de vinagre y, cuando eleva el manuscrito recuerda al arenero de la plaza de toros de las Ventas, ese personaje que levanta el cartelón, la pizarra con el nombre del toro que va a salir al ruedo.

Minuto diecisiete y medio: primera lectura del manuscrito ante sus colegas de la tertulia, que descubro que no es una tertulia, es un taller literario en donde se leen y trabajan textos. Es casi peor, porque esa gente arremeterá con virulencia, seguro, el tertuliano no respeta opiniones, pero el integrante de un taller literario aborrece el talento y ataca con furia, y en donde lo hace con saña es realmente con los mediocres, y estoy seguro, Wilhelm es un rato mediocre. Pero lo que ocurre a continuación es aún mejor: con gran ceremonial se dispone a leer los primeros párrafos y cuando arranca, ¡ay cuando arranca!, los rostros de estupefacción, y un primer plano de un tío que menea la cabeza decepcionado… Sí, sí, ya voy con lo de la primera línea: el tipo va, y lee su arranque: “¿En qué momento se había jodido el Perú?” Y desde ahí, Conversación en la catedral enterita, la novela de Varga Llosa en toda su extensión. Y los rostros anonadados de estupor e incredulidad. Un poco más adelante, tras la lluvia de insultos, alguno ha intentado pegarle un puñetazo, y uno de sus amigos, compungido, lo ha sacado de allí para evitar que lo descalabren.

Minuto veinte: en la habitación de un piso miserable del extrarradio de una cuidad indeterminada y gris, mientras sonidos de autos, sirenas, voces, penetran una y otra vez por las ventanas, con varias botellas de coñac vacías y tiradas por el suelo, una bombilla pelada se balancea levemente en el techo, y Wilhelm se dirige a cámara afectado, apesadumbrado por el incidente en la tertulia, está borracho, porque sólo así se comprende que se justifique de una manera tan humillante: saben lo de Pierre Menard, ¿verdad?, el tipo que escribió de nuevo el Quijote palabra por palabra, sin haberlo copiado, pues eso me ha pasado a mí… me puse a escribir una novela y me ha salido Vargas Llosa, yo no tengo la culpa… ¡soy como ese hijodeperra de Menard!, y se desploma aturdido por el alcohol.

Minuto treinta: el tipo ha estado escribiendo con energías renovadas, ignorando su fracaso anterior, y en apenas un mes tiene un nuevo manuscrito, que enarbola ante la cámara con orgullo. Y se repite la lectura en la tertulia, han entendido su estupidez anterior, porque si no es imposible comprender que le permitan una segunda oportunidad. Silencio y expectación, primeros planos de pedantes y cuellos de cisne, gafas de pasta y patillones de hacha, y sinceramente, mucha miseria humana. Y Wilhelm ahí va, y lee el inicio de su nueva novela, y se hiela el corazón de los asistentes, se hiela el cafetín que alberga la tertulia, hasta casi se hiela la propia cámara, y después, un talibán de la cultura que dice ser su amigo y hacer aquello por el propio bien de Wilhelm, le abre la cabeza de un botellazo. ¿Y la primera línea que desencadenó la ira? Pues bien, es esto lo que Wilhelm leyó ceremonioso y hasta empachado de su propio ego y seguridad en la genialidad, como una seguridad de sonámbulo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre…”, y antes de acabar el primer párrafo de Pedro Páramo la sangre ya le chorreaba del corte en la cabeza.

Minuto cuarenta: ha dado explicaciones, muchas, mirando a cámara y llorando, volviendo con lo de Pierre Menard, que él escribe y luego resulta que ya estaba escrito de antes… y durante su estancia en el hospital se afana en un nuevo manuscrito, y le dan el alta y continúa en casa, y dale que te pego, pasa el tiempo y lo tiene. Ahora sí que es el bueno, dice mirando a cámara con más pinta de capullo que nunca, y dedica una larga perorata a disertar sobre Barthes… y entonces, por increíble que parezca, y supongo que por el paso del tiempo que lo cura todo, está de nuevo en la tertulia, por tercera vez, afrontando la lectura definitiva de lo que será su obra maestra. Va la buena, seguro, mucha expectación, incluso en los barridos de cámara puede apreciarse a un público compuesto de curiosos, las noticias sobre este plagiador desaprensivo que cita a Barthes y Eco han corrido y todos ya desean verlo en acción, aunque una nueva barrabasada podría costarle caro, y cuando se aclara la garganta y se le hace una bola su propio ego, antes de empezar, en el aire ya se masca la tragedia. ¡Cómo se le ocurra hacerlo de nuevo! Y va, y lo hace. Dice con voz engolada, leyendo el arranque de su nueva novela: “¿Encontraría a la Maga?” Navajazos, gran pelea, un muerto.

Minuto cincuenta y cinco: una sala blanca y amoniacada de un hospital psiquiátrico: Wilhelm First, con la cara cruzada de navajazos y tiernas heridas, lanza su último exordio a cámara, y da mucha pena, la verdad: que el doctor ya lo ha diagnosticado, que sufre del síndrome de Pierre Menard, que en cuanto acomete cualquier actividad artística sólo le salen plagios, que si fuera pintor sus cuadros serían El grito o La Gioconda, que músico, la Novena o Madama Butterfly, arquitecto, el jodido Golden Gate, y de pronto, tras semejante declaración, confiesa el verdadero motivo que lo desespera: todo esto, dice con mirada húmeda y antes de romper a llorar desconsolado, todo es, prosigue angustiado, porque tú no estás conmigo Muñequita, y la llama “Muñequita” porque le resulta más posmoderno, entiendo, que le parece una forma de más estilo y más cool de añorar a ese amorcito que no se encuentra a su lado. Así que el plagio, todo eso, le surge espontaneo porque ella no está, si la Muñequita ella siguiera allí, sería capaz de escribir sin plagiar… o eso pretende hacernos y hacerse creer Wilhelm First. El resto de los minutos hasta el cincuenta y nueve y veinte segundos son llorosos, una poderosa llantina de plagiario.

Minuto cincuenta y nueve y veinte segundos: aparece el doctor. Informa de un empeoramiento del paciente en los últimos meses: recluido en aislamiento y celda acolchada, con camisa de fuerza, conversa a menudo con Barthes y Eco sobre disparates que denomina “el lector implícito” o “el cronotopo”, y desmanes semejantes, y últimamente sufre crisis paranoides en las que un grupo de poesía, el Grupo Aranjuez de Poetas, se le aparece en su celda, ante sus narices, para regalarle un recital, algo que lo tortura y aterra sobremanera. En las últimas horas apenas reacciona, atenazado por el pánico, temiendo que el Grupo Aranjuez se le aparezca y le de un recital a cada momento… La verdad, sostiene el doctor, los he buscado en internet y, sin ser nada del otro mundo, no son poetas tan malos como para perder el oremus… y mientras asegura eso, tuerce la sonrisilla.

Acaba el video de YouTube. Busco en Internet la página del Grupo Aranjuez de Poetas, con curiosidad, la verdad, pero la primera foto de un barbudo desagradable me hace abandonar la idea de leer su poesía. Y me los imagino, a todos, con el barbudo a la cabeza, recitando en la celda del loco Wilhelm, y a Muñequita por ahí, correteando ajena al dolor de Wilhelm e ignorando la posibilidad, real, de que un día el Grupo Aranjuez se persone en su casa, en la casa de Muñequita, a la misma cabecera de su cama, de la cama de Muñequita, para rendirle visita y recital a Muñequita.