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miércoles, 26 de diciembre de 2018

Pink Tones en el Nuevo Apolo: cuando Pierre Menard interpretó Pink Floyd


*Esta crónica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/pink-tones-en-el-nuevo-apolo-cuando-pierre-menard-interpreto-pink-floyd/

Pink Tones en el Nuevo Apolo: cuando Pierre Menard interpretó Pink Floyd

El pasado 16 de octubre pude al fin darme el gusto de ver a Pink Tones sobre las tablas de un teatro, en concreto en el Nuevo Apolo de Madrid. Pude presenciar un concierto mayúsculo, en la línea de la excelencia a la que la banda nos tiene acostumbrados y que, además, ofreció algunas sorpresas que me resultaron emocionantes. La banda de Alvaro Espinosa, con 15 años ya sobre los escenarios, es una máquina de hacer música, de extasiar a su público, en un ejemplo de generosidad sonora que aúna respeto por los maestros y libertad creativa en las interpretaciones.

Ya lo he dicho hasta la saciedad: Pink Tones no es una banda tributo, es una orquesta de rock que interpreta la música de Pink Floyd como una gran filarmónica lo haría con las partituras de HaydnMahler o Beethoven, por ejemplo. ¿Qué significa eso? Que le imprimen a estas composiciones legendarias un sello propio que convierte sus actuaciones en una aventura para los sentidos.
En efecto, Pink Tones despliega una música sentimental, es decir, un sonido sinestésico, que se percibe no solo por el oído, también por la vista y por el tacto que produce en la piel, que suele ponerse de gallina con mucha facilidad en los conciertos de esta banda. Pero la música de Pink Tones alcanza, todavía, más allá. ¿Más allá? Sí.
Fue el escritor argentino Jorge Luis Borges quien creó a un notable personaje: Pierre Menard. Este gris escritor francés protagoniza uno de los relatos más celebrados del argentino, el titulado Pierre Menard, autor del Quijote, de su libro Ficciones del año 1944. En unas pocas páginas, se nos cuenta la biografía y la bibliografía de Menard que, como principal mérito literario, había conseguido escribir los capítulos noveno y trigésimo octavo de El Quijote cervantino, así como un fragmento del capítulo veintidós.

¿Los copió?, os preguntaréis. En absoluto. El mérito consiste en eso: Menard logró reproducir esos capítulos línea a línea, palabra a palabra, letra a letra, convirtiéndose en un Cervantes fuera de su tiempo. Menard intentó:
 “saber el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918”.
Solo de esa forma podía aproximarse a la perfección cervantina.
Al final, semejante esfuerzo desembocó en los fragmentos escritos a los que me refería antes, pero nunca a la obra completa que, sin embargo, y como afirma Borges en el relato:
A pesar de los obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil e infinitamente más rico que el de Cervantes”.
¿Por qué semejante afirmación? Pues porque los capítulos escritos en el siglo XX se han cargado de otros significados (insisto, a pesar de ser iguales, con las mismas palabras, puntos y comas) a la luz del momento en que fueron creados. Las reflexiones y aventuras de Sancho y su Quijote se revisten de una trascendencia muy distinta como producto espontáneo de otra época, tal y como consiguió Menard.
Borges y su siempre peculiar interpretación del mundo.
En cierto modo, Pink Tones encarnan el espíritu borgiano de este Pierre Menard porque siguen algunos de sus pasos creativos. No han intentado convertirse en Pink Floyd como Menard lo intentó con Cervantes, pero tal y como ellos afirman en su página web, y con muy buen tino:
Sin caricaturas, sin caer en lo fácil. Estudiando palmo a palmo la extensa obra de los Floyd, sus paisajes sonoros, su técnica, su filosofía de vida, los entresijos de sus espectáculos… Pink Tones no es una banda al uso y su actitud sobre el escenario dista mucho de los llamados grupos covers o tributos”.
Sin duda, en esto radica el éxito de estos Pierre Menard musicales, en que reproducen de forma espontánea esta música, cargándola así con nuevos significados. ¿O acaso el tema Money del año 1973 no puede ahora entenderse de otra forma desde nuestra perspectiva consumista desaforada del siglo XXI? ¿Y qué podemos decir de Time, también del 73, cuando ahora nuestras agendas se encuentran a rebosar y sin un minuto para nada? Estas canciones, interpretadas ahora, son demoledores alegatos contra nuestra sociedad egoísta y alienante.
Esta recarga de significados inserta la obra de Pink Floyd emanada en una tradición cultural, la de los años 70, en otra tradición cultural completamente diferente, la del siglo XXI, y por ello la dota de un nuevo mensaje totalmente distinto, aunque la estructura, la melodía, las notas y las canciones, sean exactamente las mismas.
Pero el asunto no termina aquí, todo lo contrario. El trabajo operativo que ejerce Pink Tones sobre la música de Pink Floyd significa que hay tantos grupos de Pink Floyd como intérpretes y receptores de la música de Pink Floyd. Así, se produce un trasvase personalísimo de la música del grupo, que es decodificada por cada oyente de una forma diferente en función de su propio momento existencial…
Y, además, está siendo interpretada de diferentes formas en función de los estados de ánimo de los músicos de la banda, del lugar en donde tocan, y de miles de variantes que inciden sobre esa música como el rayo de luz sobre el prisma de la portada de The Dark Side Of The Moon, con el resultado de una miríada arcoíris de nuevos tintes, sabores, texturas y matices distintos en cada actuación.

Esto es lo que diferencia a Pink Tones del resto de las bandas tributo. O por eso Pink Tones no es una banda tributo. No es lo mismo verlos en la sala de La Riviera que en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid, son un conjunto de intérpretes que desleen la partitura de Pink Floyd, nunca de dos formas iguales. Las bandas tributo, epígonos, además de buscar un grotesco parecido con la referencia que imitan, interpretan maquinalmente, una y otra vez de la misma forma, los temas aprendidos de la banda.
Simplemente hay que insertar las canciones de Pink Floyd en el discurso político y social del momento en el que vivimos para que la apoteósica interpretación de One Of These Days nos ponga los pelos de punta insertada en la marea posmoderna de violencia y crispación que soportamos (por cierto, uno de los temas donde la banda raya a mayor altura y que en un ejercicio menardiano han convertido en plenamente suyo).
Nos ocurre lo mismo con el resto de las canciones, desde Another Brick In The Wall, revestida como ninguna de una nueva significación, Wish You Where Here o Shine On Your Crazy Diamond… Pink Tonesreformula la visión del mundo contenida en los temas de Pink Floyd y de esa forma nos ofrece un concierto gilmourianomenardiano y pinktoniano. Y en esa Santísima Trinidad (sin olvidar lo watersiano, por supuesto) radica el éxito de este descomunal ejercicio de inteligencia musical.

Y no cabe duda: el estado natural de Pink Tones es sobre la tarima de un teatro, con la tramoya a las espaldas y la cuarta pared brechtiana enfrente mientras las melodías floydianas corretean entre bambalinas. Es ahí donde deben estar. Son animales de teatro, porque este hábitat les permite dotar a su música de un relieve especial, casi reverencial e intimista, tal y como exigen muchas de las piezas de Gilmour y Waters.
¿Nos tomaríamos un valiosísimo coñac en un vaso de tubo? Evidentemente no: para eso está la copa de balón, que recoge mejor las fragancias y el buqué. Pues ocurre lo mismo a la hora de degustar a esta banda. Entiendo que las salas de rock y los pabellones sean tal vez más populares, pero los matices, los aromas, las maderas, la riqueza de la música que ejecutan, necesita de un entorno teatral para que podamos saborearla en todo su esplendor.
En el repertorio, como dije antes, algunas sorpresas emocionantes. Un Empty Spaces seguido de un Young Lust descomunal entregados para empezar y esa interpretación de Nobody Home en el primer bis. Esta canción me resultó especialmente notable. Primero, por que la considero una de las mejores composiciones del disco de The Wall, aparece dentro de su aparente sencillez entre el maravilloso barroquismo conceptual de la obra, y después porque me alegró que Pink Tones la recuperaran demostrando así que es un temazo; y además porque Álvaro Espinosa la interpretó al mejor estilo Waters: con el butacón y la lampara, tal y como lo hace en sus giras.
La suite de Dogs, del disco Animals, un Brain Damage/Eclipse tomado de The Dark Side Of The Moon o la interpretación íntegra del álbum Wish You Where Here (algo que cada vez que lo hacen me sigue admirando y maravillando), viene a demostrar sobre qué conceptos musicales ancla sus firmes raíces Pink Tones.
Aunque siempre incluyen varios temas del disco The Wall, el grupo nada, aletea y respira en el repertorio de tres discos que resultan fundamentales para la historia de la música rock: The Dark Side Of The MoonWish You Where Here y Animals; un abanico temporal que encierra desde 1973 a 1977. Saben que, dejando aparte The Wall, son los momentos de mayor explosión y riqueza creativa, y que las canciones de esa época se adaptan a la perfección para la naturaleza interpretativa del grupo.


Esta es una opinión producto de haberlos visto ya varias veces: es en la gélida y hermosa Shine On Your Crazy Diamond, en la fervorosa Have A Cigar? y en la demoledora Welcome To The Machine, además de en la monumental interpretación que hacen de TimeMoneyThe Great Gig In The Sky, Us & Them, Brain Damage y, especialmente, en ese sobresaliente y estremecedor final con Eclipse, en donde Pink Tonesdemuestran toda su solidez, la garra y lo enorme de su valía.
Por supuesto, uno siempre echa de menos alguna que otra canción dentro de un repertorio de casi tres horas de música. Esta vez no tocaron Run Like Hell, algo que personalmente no me importa mucho, no soy muy partidario de esta canción. Terminaron con Confortably Numb, como no puede ser de otra forma, pero me hubiera gustado escuchar en el teatro High Hopes (quizás la última gran canción de verdad de Pink Floyd) y cómo no, mi eterna reivindicación: que algún día suene On The Turning Away.
Pero por encima de estas pequeñas manía personales, producto de querer reivindicar algo a un espectáculo que ya de por sí es perfecto, un concierto de Pink Tones es una obra de música clásica, puesto que clásico es el grupo al que interpretan, clásicas sus canciones, y maestros los intérpretes que, una y otra vez, nos las aproximan a nuestros días.
Puedes comparar esta crónica del concierto en el Teatro Nuevo Apolo con aquella que hicimos en Achtung! del concierto en La Riviera de noviembre de 2017:
Y si deseas saber algo más de la personalidad de Álvaro Espinosa, no dejes de leer esta entrevista que le realizamos para nuestra Galería de Cronopios:

lunes, 27 de noviembre de 2017

De librerías, libros y libreros... en el día de las librerías


Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/librerias-libros-libreros-dia-las-librerias/


Para Marina, la Sra. Bibliotecaria de Instagram. No conozco a nadie que haga tanto por las pequeñas librerías y las editoriales independientes y de calidad.

Pues sí, hoy es el día de las librerías, pero no de esas del IKEA, imposibles de montar. Hoy es el día de las librerías que venden ese bien tan preciado, extraño, y que algunos se atreven a declarar en vías de extinción: los libros. Existe un recurso literario que consiste en la literatura que habla de la propia literatura, y recibe el nombre de metaliteratura. Pues bien, en un día tan señalado como hoy, voy a dedicar esta columna de El Odradek de los viernes a los libros que hablan de librerías y libreros: o sea, los metalibros.

Y empezaré confesando que la idea me rondaba por la cabeza desde el estreno a bombo y platillo de la película sobre la novela de La librería (Impedimenta), basada en el libro de Penelope Fitzgerald. No he visto la película, ni he leído el texto, de momento, así que me voy a referir aquí a algunos otros textos que se ocupan del asunto. Algunos son muy conocidos, otros nada.

Y quiero comenzar por una joya de miles de quilates: Mendel el de los libros (El Acantilado), en algunas ediciones antiguas aún preserva su título en alemán, Buchmendel, y su autor es Stefan Zweig. Publicado en 1929, se trata de un relato breve, pero intenso y hermosísimo, que destila amor por los libros y los eleva a la condición de todo un estilo de cultura y de vida, que al entrar en vías de extinción corre el riesgo de perderse.

Mendel es un librero de viejo, que pasa las horas desplegando su enorme sabiduría en un cafetín de Viena, de la Viena del Imperio Austrohúngaro. Cuando se produce el colapso del Antiguo Régimen, su condición de judío lo convierte en sospechoso de espionaje, y es recluido en un campo de prisioneros. A su regreso, ya se ha consumado la catástrofe, y su mundo ha cambiado radicalmente. Realmente, no queda ya espacio para la cultura, al menos la cultura que Mendel representa: clásica, erudita, reposada y tolerante.

Mendel es un librero de lance, un buhonero que trata con libros de segunda mano. Puedes encontrar en este enlace un artículo que publicamos en Achtung! sobre algunos de los libros más habituales que nos podemos encontrar en el ecosistema de la librería de saldo:


Más conocido, al menos por el boom que experimentó en el mercado anglosajón, es Una lectora nada común (Anagrama), del británico Alan Bennett y publicado en 2007. Es un libro realmente curioso, en donde la Reina de Inglaterra (la misma que en mi novela Softcore aparece retratada de una forma un tanto diferente) descubre un súbito amor por los libros al toparse con lo que por aquí denominamos vulgarmente como bibliobús.


En efecto, es el bibliobús que nutre de lecturas al personal del Palacio de Buckingham, y un pinche de cocina se acabará convirtiendo en el asesor literario particular de la Reina. Hasta tal punto le toma gusto a la lectura, que la Monarca empieza a sentirse fastidiada por los quehaceres propios de su rango, que le privan de las placenteras horas que pasa con sus libros.

Placenteras, he dicho, eso es. Porque lo que Bennet plantea en la novela es la grieta que se abre en la Reina, consagrada hasta entonces a servir a su pueblo, al sacrificio (todo esto desde un punto de vista muy británico, claro), y que encuentra en la lectura el placer, ese placer que aquellos que ostentan semejantes cargos parecen tener vetado. Un placer tan enorme como para… ¿plantearse abdicar para consagrar todo su tiempo a la lectura?

Pero claro, si se trata de librerías, ¿cómo no mencionar el relato de Borges, La biblioteca de Babel? Aparecido en el libro de 1941, El jardín de los senderos que se bifurcan, forma parte del volumen Ficciones (Alianza). Los tics del escritor argentino, y algunos de sus tocs, aparecen en este texto: la recursividad cuántica, la estructura de fractales, la reflexión cosmológica… Todo esto convierte a este texto en un claro ejemplo de aquello que denomino como Literatura Cuántica.

La biblioteca de Babel es una narración fascinante, ¿acaso existe alguna narración de Borges que no sea fascinante?, en tanto que presenta el intento de una ordenación del cosmos como si fuera una biblioteca. Una biblioteca ciertamente eterna y que se sobrepone al tiempo y al espacio: permanece ahí desde siempre, y parece que siempre permanecerá. Sus galerías son infinitas, y las estructuras de cada una de ellas se ordenan según una matemática recursiva que va reproduciendo series de números, desde lo mayor a lo menor. Algo así como nuestras huellas dactilares, que son iguales a las espirales de las constelaciones que discurren sobre nuestras cabezas, a millones de años luz.

La biblioteca de Babel está repleta de trampas algebraicas, guiños numéricos y otros enigmas que la convierten en un lugar que parte del interior de nosotros mismos y se proyecta al infinito. Todos los demás enigmas que alberga este texto hipnótico ya los dejo al gusto del lector. Buena suerte.

Algo mucho más ligero en cuanto al planteamiento juvenil, son las deliciosas aventuras de un muchacho que trabaja en una librería de Zagreb. Estoy hablando del más que minoritario libro del autor croata Ivica Prtenjača, un auténtico ídolo literario en su país. Se trata de la novela Que bien, qué bonito (Baile del Sol ediciones), de 2006, en cuya traducción del doctor Francisco Javier Juez Gálvez tuve la ocasión de intervenir, muy modestamente, aportando mi espíritu literario.

La novela, fresca y divertida, pero también con una nube de pesadumbre o pesimismo generacional, presenta una ciudad de Zagreb ciertamente complicada, para una especie de autoficción con grupo juvenil al fondo. Llama poderosamente la atención la circunstancia de que el autor elija un minimalismo literario a la hora de utilizar los recursos en la novela, lo que la dota de relieve y de una garra extraordinaria.

En el siguiente enlace os dejo una crítica que realicé para el número 33 de los Cuadernos del Ateneo de La laguna:


Hay un relato muy notable dentro de una colección de cuentos titulada El hombre invadido (Anagrama), del escritor italiano Gesualdo Bufalino, publicado en 1986. De más que curioso nombre, Las visiones de Basilio o bien La batalla de las polillas y de los héroes, se nos presenta un momento de la historia de la humanidad en donde se ha decidido guarecer en una inmensa fortaleza todo el saber del mundo, enviando en barcos el contenido de innumerables bibliotecas. El cogollo, esa centena de textos que albergan el saber universal, se guarecen en la Torre de la fortaleza, con la esperanza de poder protegerlos de un gusano devorador de papel, mientras los químicos se afanan en descubrir el veneno que pueda doblegarlo.

El novicio Basilio, —sin olvidar que el relato, aunque en su parafernalia recuerda a una puesta en escena medieval, ocurre a finales del siglo XXI, después de ignominiosas catástrofes— queda recluido como único vigilante del preciado tesoro del saber. Desde luego, Bufalino, hombre cultísimo y de gran formación clásica, nos proporciona un relato que permite una lectura profunda riquísima, pero si nos quedamos en lo meramente lineal, no podemos dejar de sorprendernos por lo original del desarrollo del asunto.

A pesar de las precauciones tomadas, el gusano empieza a roer el núcleo del saber más importante. Las polillas destruyen los libros por doquier —deliciosa la reflexión metafórica que Bufalino lleva a cabo sobre la destrucción del lenguaje— hasta que Basilio encuentra una solución drástica para terminar con la amenaza que pone en riesgo lo más valioso del conocimiento de la humanidad… Leed el cuento si queréis saber cómo termina esta pequeña obra maestra. Solo diré que el novicio Basilio es el paradigma de librero o bibliotecario sacrificado, abnegado y perfecto en su cometido de preservar el saber albergado en los libros.

Así, nadie podrá decirme eso de que hago spoliers, aunque a estas alturas todos los que me siguen ya deberían saber que la verdadera riqueza de la lectura no se encuentra en el desenlace de un libro, sino en el viaje delicioso realizado hasta allí.

Y quizás, porque el viaje realizado hasta el final de 84 Charing Cross Road (Anagrama), de Helen Hanff, no me resultó nada satisfactorio, y no digamos ya el de la novela El lector (Anagrama) de Bernhard Schlink, no las he traído hasta mi compendio que busca llevar a cabo un homenaje a las librerías y a los libreros. Sinceramente, creo que deslucirían bastante, aunque muchos os preguntéis, y os entiendo, qué clase de males les encuentro a estas obras.

En estos dos enlaces, si os interesa, podréis descubrirlo:


Hoy es un día especial porque es el día de las librerías. No hay que olvidarlo. Son el pequeño reducto que nos queda para salvaguardarnos de la mediocridad, del hastío repetitivo de la rutina y de la crueldad de nuestros semejantes.


Celebrémoslo entrando en una librería de lance, visitemos a nuestro Mendel particular, y adoptemos el volumen que nos inspire mayor lástima, mayor abandono, dándole un refugio cálido en los plúteos de nuestro estudio, en el salón de casa, junto a las queridas ediciones de lujo de las novelas que más apreciamos. Así, nosotros, también seremos como el novicio Basilio

lunes, 11 de septiembre de 2017

Agosto: el mes de la literatura cuántica


*Este artículo apareció originalmente en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/agosto-mes-la-literatura-cuantica/

Este mes de agosto que ya se acaba se celebran dos nacimientos determinantes para la literatura moderna: los de Jorge Luis Borges (el día 24) y Julio Cortazar (el día 26). Ambos, buscaron elevar el relato a la categoría de un arte maestro mediante la innovación técnica, las tramas sorprendentes y un empleo revolucionario del espacio y el tiempo. Sin lugar a dudas son dos representantes de aquello que se ha dado en denominar literatura cuántica. Si a ello añadimos que el 18 de agosto se conmemoró el aniversario del nacimiento del francés Robbe-Grillet, otro mago a la hora de quebrar el espacio-tiempo, puedo afirmar que el mes de agosto es el mes de la literatura cuántica. Ahora bien, parafraseando a Murakami, ¿de qué estoy hablando cuando hablo de literatura cuántica?

Desde 1995, el crítico literario Manuel García Viñó, venía publicando una serie de artículos sobre la novela cuántica —que él escribía con la letra Q, quántica— que cristalizaron en un texto fundamental, La novela relativista y quántica. Materiales para la construcción de una teoría aplicable a otras artes, publicado como un folleto por parte de la revista Heterodoxia, y prácticamente imposible de conseguir hoy en día.

El planteamiento de Viñó al respecto es muy simple:

“la novela, desde Cervantes hasta el siglo XIX, fue novela newtoniana. La novela propia del siglo XX y principios del XXI es y será novela relativista y quántica”.

Por ello, el tratamiento del espacio/tiempo es determinante en la novela cuántica, que alcanza mucho más allá de las analepsis y prolepsis —es decir flashbacks y avances súbitos en el tiempo— convencionales de la novela clásica. Se produce una unión entre futuro y pasado dando lugar al espaciotiempo o a lo que Maldonado Alemán en su estudio de 2006 titulado Günter Grass (Síntesis), calificó como pasapresenturo, un término atemporal grassiano que en las teorías de García Viñó es una característica inequívoca de la novela quántica:

“no hay espacio y tiempo, sino espaciotiempo. Como quiera que las perspectivas espaciotemporales, según la teoría einsteniana de la relatividad, son cambiantes, para expresarlas se necesita un nuevo lenguaje y una nueva estructuración del texto que implique al observador, esto es, al novelista y, en su momento, al lector (…) En el espaciotiempo, las cosas no ocurren, sino que, simplemente, son” (Viñó, 1995: 12-13).

El principal elemento que caracteriza este tipo de literatura es la abolición del tiempo como absoluto, un concepto desgajado de las teorías de la relatividad de Einstein. Si una novela es un pequeño universo que se contiene en sí mismo, y por extensión un poema o un poemario, incluso una obra de teatro, que se expanden con su lectura, y actualmente ha cambiado nuestra concepción del universo gracias a las teorías cuánticas, por ende, el pequeño universo literario ha evolucionado y mutado obligatoriamente a la par de esas innovaciones.

Porque aunque aquí estoy hablando de novela cuántica, es extensible a otros géneros. Así, encontramos poesía cuántica —el poemario La flor de la vida, de Heberto de Sysmo, o Mar de Chira, de Montserrat Doucet—, incluso teatro cuántico en El tragaluz de Buero Vallejo. Si estás interesado en leer algunos análisis míos sobre estas obras, puedes encontrarlos en los siguientes enlaces:



Si la mecánica cuántica aboga por la inexistencia del espacio ilimitado, que es posible retroceder en el tiempo y que hay infinitos universos paralelos, ¿acaso no estamos definiendo la estructura narrativa de la novela moderna? Muy recomendable, para adentrarse y poder entender estas teorías cuánticas, y otras muchas, es el libro de David Jou, Introducción al mundo cuántico: de la danza de las partículas a las semillas de las galaxias (ediciones Pasado & Presente).

La novela clásica es un relato de nacimiento, vida y muerte, ya sea de un personaje o de unos ideales, o de una empresa entendida como un intento de llevar algo a cabo situado sobe el tiempo lineal. La cuántica, acota un instante sin pasado ni futuro, es una visión fragmentada de muchos sucesos a la par, sin ninguna linealidad. El ámbito de la novela clásica es una parte del mundo, el de la cuántica, el universo.

Así, basándose en que la realidad no es aquello que los sentidos nos dictan, ya que el universo no se mueve ni obedece en función de las leyes de un determinismo newtoniano sino en función del principio de indeterminación, la concepción cuántica universal marcará de forma determinante la manera de ofrecer la realidad mediante el empleo del tiempo y del espacio puestos en perspectiva relativa. Espacio y tiempo se diluyen, comparten el mismo lugar, corretean mezclados para dar lugar a nuevos sucesos temporales en la concepción de la novela moderna. Con la desaparición del tratamiento clásico del espacio y del tiempo se dará lugar a otros fenómenos temporales que situarán a las novelas en un nuevo paradigma literario.

Me permito proponer como ejemplo de novela cuántica que trasforma desde ese punto de vista la perspectiva del espacio-tiempo, y que se instala en el nuevo paradigma, la obra Matadero Cinco (Anagrama), de Kurt Vonnegut, escrita en 1969.

Además, en esta nueva novela cuántica la idea del personaje protagonista se ha visto alterada gracias al perspectivismo y a la recreación de lo espacio-temporal. Ya no aparece un personaje central al estilo clásico, ya no se puede designar a un personaje central como el protagonista del fluido novelístico, sino que ha sufrido una mutación para integrarse como una pieza más en el engranaje narrativo y colocarse al servicio del mecanismo narrativo-literario en conjunto.

A diferencia de lo que sucede en la novela clásica –el argumento y la trama obedecen a la lógica– en la cuántica los parámetros espaciales y temporales alumbran ilimitadas variaciones de un acontecimiento. Todo el eje narrativo se supedita a la interpretación subjetiva y también, por ello, a las dudas, ya que los sucesos y el devenir de los personajes se presentan ahora como puntos en el marco de lo espacio-temporal.

Pasado y futuro son tan reales y presentes como el presente propiamente dicho. Se ha dinamitado el espacio-tiempo clásico, se ha reprogramado como un espaciotiempo mucho más interesante. Entre este tipo de novelas puedo citar como ejemplares Austerlitz (Anagrama) de W. G. Sebald, o tres del autor albanés Ismaíl Kadare: Spiritus, La cena equivocada y El accidente —todas ellas publicadas en Alianza Editorial—, por citar algunas novelas ya del nuevo siglo XXI.

Un análisis de Spiritus puedes encontrarlo aquí:


En un intento de cristalizar todas estas ideas, en el año 1998 apareció publicado en España el libro El cadáver de Balzac: Una visión cuántica de la literatura y el Arte (Epígono), de Gregorio Morales. El texto pasa por ser el manifiesto fundacional de la estética cuántica en España, al que le siguió el nacimiento del Grupo de Estética Cuántica, apoyado por algunas publicaciones en revistas filológicas americanas. Sin embargo, tal vez por el fallecimiento repentino de Morales, o porque El cadáver de Balzac se perdía en laberintos teóricos y críticos sobre la creación y el arte, la literatura cuántica quedo aparcada en España. Además, las novelas cuánticas de Morales, incluso una obra de teatro cuántica sobre Marilyn Monroe, fueron editadas en editoriales pequeñas y actualmente son casi imposibles de localizar.

La teoría cuántica propone una nueva estética que


“parte del hecho de que la realidad no sólo no se agota en las apariencias, sino que puede conculcar las leyes que consideremos sensatas; el mundo continúa más allá de donde hasta ahora lo habíamos creído y lo hace de forma no familiar, vulnerando el espacio, el tiempo y la causalidad” (Morales, 1998: 16).



La aplicación de esta nueva estética a la literatura, en donde los materiales de trabajo del escritor son, básicamente, el tratamiento del tiempo y del espacio, parte más de una necesidad del avance científico técnico que de un mero modismo, aunque, para ofrecer el justo contrapunto, no puedo dejar de citar la obra de Alan Sokal y Jean Bricmont con el significativo título Imposturas intelectuales (Paidós Ibérica), en donde ofrecen su propia y particular lectura de la aplicación de ciertas ciencias a las artes, entre ellas la física cuántica, concluyendo que muchas veces se toman estas teorías como un paraguas en donde refugiarse para, finalmente, no aportar nada novedoso.

Por ello, es cuestión de lector, cuando se aproxime a una novela cuántica, concluir que parte existe de palabrería en todo esto, y cuánto de talento. Los textos que yo recomiendo en esta columna son, sin la menor duda, algunas de las mayores obras maestras de la Literatura.

Espero que todas estas teorías que he expuesto ayuden a aclarar qué es la literatura cuántica, y que definan los motivos por los que considero a Borges y Cortazar como autores cuánticos. Si quedase alguna duda, aparte de recordar el inmenso puzle que es la novela Rayuela, podemos echar un vistazo a relatos cortazarianos como Continuidad en los parques, Las babas del diablo o La noche boca arriba, y gran cantidad de cuentos borgianos tales como El otro, El jardín de los senderos que se bifurcan o La biblioteca de Babel, donde lo laberintico y lo recursivo, el eterno retorno, la alternancia de planos temporales, y los saltos cuánticos, crean un universo propio. Puedes consultar aquí algunos análisis míos de estos relatos, aplicando la plantilla cuántica:


Y no sólo estos dos argentinos representan esta corriente, que es toda una forma de narrar y novelizar, y en la que podemos incluir a escritores como Kafka, Faulkner, Joyce… y un larguísimo etcétera. Hace muchos años, ya expuse mis intenciones de abordar una teoría literaria cuántica ante los alumnos de una clase de Master de Literatura Hispanoamericana, con motivo de mi análisis de El recurso del método (Alianza Editorial), novela de Alejo Carpentier. Entonces, fui interrogado por aquellos muchachos poco menos que como un chalado. Afortunadamente, en la Universidad de San Jose de Costa Rica he encontrado un auditorio algo más moderno y abierto; ya estoy preparando mi segunda videoconferencia sobre el tema, que daré el próximo día 31 de agosto, ¡bendito mes cuántico!

El tema es apasionante, la renovación de la novela se encuentra en la manera de quebrantar antiguos moldes, en generar novedosas formas de narrar…, y como muestra de la inmensa riqueza que destilan todas estas teorías, dejaré para una futura columna —que tal vez sea escrita en el pasado o en el presente, o en ambos a la vez—, mis digresiones sobre otro tipo de literatura que se contiene dentro de la cuántica: la literatura de fractales. Pero eso ya será en otro plano temporal.


jueves, 5 de diciembre de 2013

En el principio



Informe de bitácora de rastreo

La historia de la investigación que desenmascaró a Literator, el generador del que durante un breve periodo de tiempo pasó como el microcuento por antonomasia, halagado por consumidores y críticos, el texto hiperbreve que lo contenía todo, la historia, afirmo, empezó con la aclamación de Literator como el mayor generador de la eternidad, capaz de haber culminado, en una frase, la aspiración narrativa de todos los antiguos autores, desde Shakespeare a Kafka, de Ibsen a Joyce, aunados presente, pasado y futuro, compaginados todos los tiempos, componiendo así una obra total, que abarcaba al completo el universo en su totalidad.

Literator subió a la c.l.o.u.d su magistral, entonces así se calificaba, composición generada, y recibió, de forma unánime e inmediata –al difundirse por toda la e.s.f.e.r.a en nanosegundos- la consagración máxima que desde el final de los tiempos conocidos ningún otro generador había logrado. Fue coronado en acto cyberiano para toda la worldnet colocándosele un chip nacarado, y aún hubo quien dijo ciertas insensateces sobre un tal Petrarca que anteriormente se había colmado como poeta, con un par de hojas de laurel. Comentarios tan perniciosos como este son severamente castigados. El dueño de esas palabras que demostraban el conocimiento de algún instante anterior al final de los tiempos fue castigado de inmediato: se le aplicó una súbita desmemorización. Además, todos sabemos que el protocolo P.E.T.R.A.R.C.A fue el primer supraordenador de inteligencia emocional, conjunto de archivos que luego quedó desfasado y se empleó durante una época para redactar notas del día de San Valentín y textillos amorosos, hasta que llegó el final de los tiempos pasados y con ello el advenimiento de la oscuridad, y sus piezas fueron desguazadas.

Estas son otras historias, desde luego. Yo, como rastreador de la N.E.T, desde el primer instante dudé de Literator. Había algo en su generación llamada microrelato que no me cuadraba, que me sonaba manido, ya escrito, ya redactado, ya pronunciado, ya computado. Mi actividad-red consiste en eso, en buscar, peinar, analizar en toda la worldnet para encontrar coincidencias de plagio, o similitudes, o el texto idéntico, revelar que la producción cultural haya sido tomada de aquellos momentos de culturalismo decadente, previos a lo oscuro, al borrado y eliminación de soportes que culminó con nuestra era. Es intolerable que se genere un texto, que se emane una composición copiada de los tiempos pre-net. Intolerable.

Mis investigaciones fueron trabajosas, si podemos calificar así, trabajoso, al cuarto de microcentésima que tardé en localizar el origen del fiasco. Sobre el vetusto micronarrado del dinosaurio, que poseía la inmortalidad en los tiempos pasados y extintos, que era un mal recuerdo ya de otros tiempos, se elevaba ahora el nuevo microtexto de Literator, llamado a permanecer en el megatiempo. Pero desenmascaré la patraña.

Allá lejos, en algún lugar de la c-l-o-u-d, entre los cableados del gigasistema, enganchado a un racimo de bites, agarrado de un tera-archivo, enlazado a un bugol-link, encontré fragmentos de un viejo códice de los tiempos pasados. Y en ese códice, en su interior, viajaba el mismo microtexto de Literator, palabra por palabra: exacto. Computé el antiguo, lo cotejé con el nuevo. No cabía duda: En el principio creo Dios los cielos y la tierra, y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo.

Demasiado terrible. He desenmascarado a Literator, un computador de la serie Silicon K.A.F.K.A.F. Ya ha sido castigado por ello con la desmemoria. Ahora, yo, una máquina de procesos de la serie Cyber B.O.R.G.E.S debo ser reprogramada porque necesito olvidarme de los conocimientos de los tiempos pasados que he adquirido en mi tarea de rastreo y descubrimiento de la falacia; porque he adquirido el virus, un agujero de gusano por acceso a los archivos desconocidos y alterados, un mal de maquinismo que se denomina mal de Funes.

Así, la mentira de Literator ha sido mi propia mentira y, en cierto modo, su castigo ejecutado en cuestión de nanosegundos, mi verdadero castigo.