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martes, 10 de julio de 2012

IBYS 2000

No: nunca me canso de viajar en metro: los chirridos, la herrumbre, las tinieblas de neón y los húmedos túneles. Los andenes polvorientos y los pasajeros tristes, serios: ademanes y muecas que se acentúan a las primeras horas del día, molidos por el amanecer, o machacados de cansancio: empachados de la jornada que termina.

Vago por los pasillos enormes, casi eternos, de los transbordos: entrelazo las líneas más antiguas y oxidadas, me muevo cosido a las más modernas, las que se clavan en lo más profundo del subsuelo.

Algunas mañanas consigo despertarme temprano: antes, incluso, del turbador amanecer. Así, logro capturar el primer tren del servicio. Apenas un puñado de viajeros ocupan los coches.

Despertarme temprano me abrió un apetito voraz: no resulta extraño, ya que soy de un apetito voraz. Logré desayunar algo en el bar de la estación de Cuatro Caminos: del suelo rescaté unos corruscos de pan duro y algún que otro sobrecito de azúcar medio lleno. Tuve suerte y pude capturar unos trozos de porra que se le cayeron al suelo a un hombre que leía absorto su diario deportivo.

He metido la pata: pero tenía hambre: desde esta mañana no había comido nada: me introduje en aquel cajetín seducido por su buen olor: creo que era sebo de caballo o tocino... pero eso no es más que para disimular y esconder el amargor de la estricnina: este veneno no surte un efecto inmediato: así, las ratas no asocian la muerte de sus congéneres con la última comida: no relacionan el exterminio con el veneno y continúan mordiendo el cebo: engañadas: ingieren la sustancia y perecen horas después, en su miserable agujero con el sistema nervioso desquiciado.

Yo he picado: he picado en el IBYS 2000.

Mi pardo vientre peludo se inflama por momentos... estoy a punto de morir: entre convulsiones descubro el motivo de mi amor por el metro: permanece tranquilo y en reposo bajo la tierra como los muertos en sus ataúdes y en los tranquilos cementerios: por eso me gusta tanto: un subsuelo junto a todas esas alcantarillas repletas de cieno y detritus en las que se amontonan miles y miles de chillonas ratas: el metro está cerca de las ratas: cerca de sus madrigueras: muy cerca...

Tan cerca como que yo soy una de ellas...

viernes, 27 de abril de 2012

Subsuelo. Uso y disfrute (2)

Cenizas. Sabor a cenizas en la boca. Como si la Lluvia de fuego de Lugones se hubiera desencadenado en el paladar, en el cielo de la boca negro y terrible, granizada de hierro fundido, de metales y cobres sobre las sienes en la mañana de la resaca con el sol enlistonado en la habitación y el cuerpo de Bea al lado. Allí abajo, en lo profundo, las ratas roen cables de aceite y se envenenan con hemorrágicos. Pronto tendrán unas muertes ejemplares. Cenizas. Las cenizas en el suelo y por las sábanas y fuimos en la oscuridad donde me hiciste tan feliz y fuimos en la oscuridad en donde contigo, Bea, me siento tan indefenso. Te pido un nuevo abrazo, pero no sé si he pagado, también, por eso: nuestra relación va más allá que de la meramente comercial porque siempre soy tu último cliente, ya entrada la mañana, y me transmuto en el primero de tus amores con la caída de la tarde. Juntos hasta que, con la llegada de la noche, esa noche nuestra dánosla hoy, ambos nos activamos como homo laborans  y a ti te llama la realidad de miembros henchidos, venosos y repletos de esperma como cañas de crema y a mí me recluta el subsuelo inmundo repleto de podredumbre, de ratas, de cables, de fracasos. La noche es dardo para Bea, un dardo caliente que palpita y estalla en vaharadas de odio y soledad; la noche es un dardo que me clavan, un dardo de alcantarillas y aguas fecales que se me atornilla al pecho, un pulpo adoquinado que me abraza por la espalda y me abraza tanto y tan fuerte que diluye tu abrazo en las sombras de las galerías y se convierte en cadenas y hierros que me aherrojan sin piel, sin calidez y con aborrecimientos de luces y noche. Puedo pensar y quiero pensarlo para que sea más llevadera la vigilia, puedo pensarlo y quiero pensarlo: que esas galerías, esos túneles de cemento, son tus muslos, que los conductos de cable son tus conductos, y que puedo verlos con las cámaras como si me introdujera en ti con una laparoscopia, a  través de tu cuerpo, muy hondo, y puedo navegarte como antes te he navegado cuando te penetro, tan abundante, en mi cama pequeña, con el agotamiento del turno de noche derramado como una manta de leche sobre mis espaldas y es una costra plasticosa que intentas arrancarme con tus manos acabadas en dedos y dedos acabados en terminaciones nerviosas de amor que van más allá de una relación en donde el pilar fundamental sea la tarjeta de crédito, el billete de euro y la amenaza de una enfermedad sexual. Pollas, vergas, cipotes, nabos, rabos, son tus instrumentos de trabajo: detectores de humos, cables de fibra óptica y silencios eternos, son mis instrumentos de trabajo: y ratas. En el escudo gremial de tu oficio un falo se levanta megalítico sobre el horizonte espermado. En el fondo aparece un corazón ensangrentado: mi propio corazón ensangrentado que ya es tuyo, que ya sabe que es tuyo y, por ello, por eso, me cobras un polvo, pero ya te quedas junto a mí todo el día: por culpa de ese corazón que aparece en tu escudo. Pedimos comida, pizza, en la cama, entre las cenizas, el humo y las sábanas empapadas. ¿Y en mi escudo?, me preguntas, ¿qué aparece en el escudo de tu gremio? Aparece una rata sobre campo de ratas y con pequeñas ratas coronadas de ratas. Y en un rinconcito he añadido un pequeñito amor, que es por ti, Bea. No, no quieres añada ese pequeñito amor por ti, te aterra, te asusta, porque te niegas que vayamos más allá de la relación clientelar, porque te quedas junto a mí, horas, hasta la tarde noche, y quieres que lo considere como un regalo, como cuando en un bar te conocen y te invitan a la segunda copa. Tú me regalas tu coño, Bea. Tómatelo así si quieres, me dices, pero mi coño borra esa esquinita de tu escudo por donde asoma el amor. Después de eso, Bea, sólo nos resta ducharnos juntos y cada uno regresa a su lugar: tú: Bea, al bar Ámsterdam, y yo: a mi Centro de Control, con el sabor a ceniza de la tormenta desencadenada en el paladar a la par que me regalaste tu sexo y, también, tu lengua. Los whiskys no te sabrán igual esta noche, mientras piensas en ese amor que aparece por una esquina de mi escudo y como un pajarillo, anida en el tanga, en la esquina de tu tanga.

(acuarela de Steve Hanks)

jueves, 26 de abril de 2012

Subsuelo. Uso y disfrute (1)


Subsuelo, subsuelo, subsuelo, Subsuelo. Subsuelo. Subsuelo. La propia palabra lo indica: lo que está bajo el suelo. Tuberías, conexiones, líneas de alta tensión, cableados, y ratas, muchas ratas. Esas tuberías, esas líneas, esos cables, son una red de nervios, una red nerviosa de músculos y tendones también, una red de tejidos entretejidos, una malla neurótica y sensorial que sustenta el peso de la ciudad. Son huesos, además son huesos, corroídos por el cáncer de las mordeduras de los roedores, son esqueletos arruinados por la vejez y por el polvo, son conducciones que se deslizan por las galerías, las galerías de subsuelo, esas que vigilo, las que me duermo, esas que sueño, esas que me chupan la vigilia y mi sustancia, esas que me mastican, noche tras noche, asesinado en un turno de diez y seis horas, aherrojado a los fines de semana y futuros: mientras contemplo a la ciudad oculta, la ciudad de por abajo, la ciudad infraciudad, la subciudad, la cloaca inmensa en mis pupilas de vigía, de vigilante del estercolero. Las galerías son venas por donde cabalga la circulación infecciosa urbana. La galería del Paseo de la Castellana es una inmensa yugular lúgubre y por encima de ella se mueven los automóviles bypaseados por los alternadores de los semáforos. La galería del Paseo del Prado es una safena porosa, picada de heriditas, y Arturo Soria es una vena cava tumefacta y varicosa, esclerotizada de detritus y cagaditas de ratas, trombos de mierda. Arráncame las venas, arráncame las venas, arráncame las venas. Arráncame las venas, amor mío, le pido a Bea cada vez que tenemos sexo, pero ella apenas es capaz de darme un par de cachetes aterrorizados, y ni siquiera podría sorberme la venas chupándolas, jamás. Arráncame las venas, Bea. Arráncamelas. Muchas veces salgo del trabajo, a las siete de la mañana, rendido y demolido, y aún llego a la barra del bar en donde aguarda Bea, tras pasar por tres o cuatro clientes, tal vez cinco si la noche de negocio transitó bien, ella follando mientras por mis cámaras se paseaban las ratas, con su trotecillo alegre y rápido sobre las tuberías de conglomerado. Al principio, Bea no estaba, pero poco a poco se ha ido acostumbrando a que llegue a eso de las siete pasadas, y me espera. Sabe que todos los lunes, por encima de su cansancio, y por encima del mío, yo estaré allí, yo acudo ahí, voy a buscarla, aunque tenga que agachar la cabeza para burlar el cierre y la verja de la puerta a medio echar, y aparezco en el bar, en el Amsterdam, y puedo ver, al fondo, junto a una esquina de la barra, esas piernas que iluminan como una chispa previa al cortocircuito de un grupo electrógeno allá en Ronda de Atocha, cuando el incendio eléctrico crece y aumenta en las entrañas de la ciudad, y sus piernas desatan el chasquido eléctrico en las entrañas de mi deseo y voy hacia ella, agotado y con ojeras, pero mal disimulo una erección. Bea, de pechos planetarios, como dijo un poeta, descruza las piernas, me permite atisbar su tanga y dulcemente le pide un whisky con hielo al aturdido camarero que, aunque ya fuera de hora, y nos conoce por la fuerza de la costumbre, me sirve la copa. Mientras atravieso el bar hasta alcanzar la altura de Bea me imagino ser un personaje de Bernhard, de esos que nunca terminan de atravesar el bar, o de acudir a un entierro, o de entrar en una fonda y que, mientras realizan esos pasitos que los separan de pasar la frontera de la puerta, pueden desarrollar toda la novela en sus cabezas. Mientras atravieso el bar hasta alcanzar la altura de Bea desearía haber protagonizado El Malogrado, o Tala, o Amras, mejor haberlos escrito, desde luego. Mientras atravieso el bar hasta alcanzar la altura de Bea dejo atrás una estela de ratas y de subsuelo, de alcantarillado y telarañas, de insectos y aguas fecales. Estoy enterrado en el subsuelo como en la arena de una playa, hasta la cabeza, y cada vez me resulta más difícil respirar y a veces sueño con algo así: enterrado, con la cabeza fuera, y un tipo me introduce la polla en la boca con violencia y debo tragarla hasta el fondo, y otras veces es Bea la que se acuclilla sobre mí y extiende su sexo enorme y oceánico, ese coño enorme y mucoso, para que sus pliegues me asfixien como si una manta-raya se me extendiera por la cara, y descubro, muchas mañanas cuando el sol de las diez perfora los listones de la persiana que eso no era un sueño y la boca me chorrea de Bea, entre ahogos y sorpresas. Arrastro conmigo ese subsuelo, su pestazo y su ruina, a veces soy una rata dentuda y hambrienta que no puede dejar de roer, pero otras veces soy una carretilla de ruedas oxidadas o un saco de cemento abierto como un vientre en la oscuridad de una bajada de materiales. Hágase la luz cuando una cuadrilla accede al subsuelo para trabajar, hágase la luz con el terciopelo de tu tanga, Bea, que me clavas en el pecho cuando te subes encima para que podamos hacerlo de nuevo y los rayitos de ese sol de mediodía se proyecten en ti y me parezca, antes de correrme, que hasta tienes alas, las alas de un ángel succionador.
  
(acuarela de Steve Hanks)

domingo, 1 de abril de 2012

Gelatina


y apenas dispongo de cinco horas de descanso entre turno y turno de trabajo y dormir por la mañana no es sencillo y me tomé dos lorazepanes con un trago de old nº 7 por si acaso el viejo amigo de tennesse acudía en mi ayuda y yo no quería volver a soñar con el fracasado ni con el literator ni con los pechazos de la escritora tropical tan vacíos de literatura ni con periodistas de estúpidas preguntas presuntamente incisivas y entonces soñé con que la ciudad estaba hueca por debajo y repleta de galerías por las que correteaban las ratas y los espíritus de las enfermedades y flotaban preservativos y tampones usados y compresas y bolsas con desperdicios médicos y esas galerías eran como los cimientos de una ciudad de arena como en aquella película que tanto me gustaba de niño y era la de tierra de faraones creo y que la pirámide se sellaba mediante un mecanismo de arenas movedizas y el sumo sacerdote se quedaba allí atrapado para siempre con cara de capullo y soñé que la ciudad era algo así y asentada sobre las galerías de arena y esas galerías se frotaban unas con otras y rechinaban sus paredes y muros y una música como de esferas celestes brotaba del subsuelo y una rata corría por encima de un tubo de arena y todo era arena y era arena que chirriaba y se hundía y la ciudad se bamboleaba y temblaba como las tetas de la escritora tropical y se estremecía como una repulsiva gelatina de acero y barro y contaminación y asfalto y alcantarillas y ríos de mierda y yo lo veía todo desde mis pantallitas allí solitario en el centro de control de subsuelo y sentía como la ciudad de gelatina de deshacía y desaparecía salpicando lodo y entonces la música celeste de subsuelo cesó y empezó a sonar i wish de wet wet wet y era la música en el despertador de mi móvil y entendí desde las profundidades del sueño y de vuelta a la vida (es decir a la muerte) que la gelatina estaba en mi cerebro y que un día no muy lejano hundiría en ella una cuchara para alimentarme hasta reventar de un empacho de gelatina de cerebro de gelatina de mi cerebro

viernes, 23 de diciembre de 2011

Casillero del Diablo (avance#2)


CENTRO DE SUBSUELO. TURNO DE NOCHE:

02:16

voy a mear y en el servicio pienso en las ratas, de nuevo en las ratas, en si será cierto lo que bohumil hrabal dice de ellas en su libro una soledad demasiado ruidosa: que hay una guerra civil e intestina entre las ratas cellardas y las ratas de alcantarilla, con victoria para estas últimas y que, después, las vencedoras se dividen en dos clanes que se enfrentan, nuevamente, a muerte, y que en las cloacas y en el subsuelo de praga se está llevando a cabo, creo yo que desde tiempos inmemoriales, una aterradora lucha, una cruenta lucha que muy bien podría desarrollarse también en el subsuelo que me toca vigilar, igual que las ratas se matan entre ellas a dentelladas y sulfurosos bocados de tifus junto a los arrabales del puente carlos o del castillo de praga, aquí, los ejércitos ratoniles lo hacen, se masacran, en las cercanías del centro de control de subsuelo o cerca del aeropuerto, y lo hacen sin piedad, hendiendo sus incisivos de continuo crecimiento exasperante en las aceitosas colitas descarnadas de aspecto gomoso y creo que sí que podría yo distinguir a esta o aquella rata que cruza por el monitor como una rata perteneciente a uno u otro clan como también soy capaz de distinguir a quienes han sido heridos por la vida de quienes no lo han sido, porque ellos no necesitan para dormir emborracharse con chivas regal y aturdirse con tres cajas de valium

y las ratas, esas ratas que se aniquilan bajo la plaza de toros o cerca de tu casa, sí de tu casa también, desde luego, son parte de un inmenso ejército de ratas que se ejecuta sin compasión bajo las aceras de lugo, de burgos, de marsella, de londres, de nueva york, a tan sólo unos metros bajo tierra de las relucientes plaquitas de las calles que contienen nombres de calles como oxford street o carnaby street, quinta avenida o licenciado poza

y las ratas se asesinan junto a las murallas de ávila y bajo la torre eiffel y junto al mausoleo de napoleón y al lado de la columna de trafalgar y en las cercanías de la plaza del vaticano mientras el papa reparte su bendición semanal

03:15

me siento, desde siempre, especialmente identificado con hanta, el protagonista de una soledad demasiado ruidosa, la novela de hrabal, y que casualidad, al final sus comentarios sobre el subsuelo de praga y sobre las ratas los he podido hacer míos, al igual que esa teoría de que los ejércitos de ratas luchan entre ellos para obtener el derecho exclusivo a todos los excrementos que flotan en el alcantarillado, y estoy completamente de acuerdo con eso igual que estoy de acuerdo con otra afirmación que se hace en el libro: que los excrementos son diferentes los lunes que los domingos, que cada día tiene su peculiaridad, que no es lo mismo la basura del martes que la del miércoles o la generada en agosto que en febrero y que según el flujo de preservativos que navegan por el subsuelo se puede averiguar y asegurar sin ánimo de error que barrios de praga son más activos sexualmente y cuáles no, y yo suscribo todo eso y digo que también es aplicable a cualquier otra ciudad, a nuestra ciudad

y los teoremas de las galerías de subsuelo: según que depósitos de basura o restos de obra muy bien puedo averiguar tales cosas e incluso otras: si un día perdió un equipo de fútbol o ganó otro, si tuvo éxito tal o cual estreno cinematográfico o leer en los depósitos de basura porque leo en la basura como lo haría un adivino en los posos del café y soy capaz de advertir del porvenir y, lo que es más difícil, conozco a la perfección el pasado de esta ciudad y de tantos corazones rotos porque es más complicado averiguar el pasado que el futuro ya que el pasado es algo que todo el mundo siempre intenta ocultar porque lo odia, les aterra, y quisieran cambiarlo a menudo avergonzados por él

Casillero del Diablo (avance#1)


CENTRO DE SUBSUELO. SEGUNDO TURNO DE TARDE:

16:00

vázquez me vio llegar por el pasillito que da acceso a la sala de control, compuso su habitual mueca de asco, se levantó parsimonioso y me comentó las novedades: “no hay nada nuevo”, me dijo, y se marchó a su casa y en las galerías y los subterráneos las mismas ratas y el fango, las carretillas y los sacos de cemento y ladrillos que contemplo por las cámaras de vigilancia, sí, las mismas ratas e insectos y es muy posible que sientan algo por mí, es muy posible, es posible

una alarma de movimiento, una alarma de volumétrico salta, es una rata juguetona, una rata feliz que ignora el trágico momento en el que el veneno, un poderosísimo hemorrágico que ingirió esta mañana junto al túnel del metro, le haga efecto porque a todos nos hace efecto el veneno que ingerimos, tarde o temprano, y la rata se lo tomó camuflado en un trocito de tocino que se encontraba albergado en el interior de una trampa, justo al lado de uno de los andenes de la más vacía que de costumbre estación de metro, vacía por ser festivo y ese vacío, con tan sólo una poca gente endomingada a la espera del tren, fue lo que la llevó a comer el veneno porque en un día de fiesta con tan poca gente es muy poco probable morir envenenado se dijo y

glum glum

de dos lametazos el tocino adentro y los anticoagulantes que inmediatamente comenzaron a deshacer su sistema vascular y ahora la rata corretea contenta aun, pero en unas horas correrá desesperada sintiendo llegar la muerte en el vómito sanguinolento

y cayendo en la cuenta de lo equivocada que estaba:

sí que se puede morir y ser envenenado en un día festivo

18:00

veo retorcerse a la rata frente al monitor, unos segundos de agonía y listo, enseguida comenzara a descomponerse y con los gases de un par de horas de putrefacción saltarán alarmas de gases, de sulfhídrico exactamente, tantas molestias por una vulgar rata envenenada y un sistema de alerta de miles de euros alarmado por el cadáver de un ser tan ínfimo y al verla agonizar no puedo evitar pensar que, en efecto, somos como ratas, somos ratas como ratas envenenadas o como ratas a las que pronto envenenaran, porque siempre nos encontramos ante tres o cuatro vasos de veneno que ingerimos pensando que sean agua, incluso pensando que en un día festivo nadie, nunca, nos dará veneno, y salimos indemnes de un trago y de otro y de otro más hasta que un día,

sin saber como

nos tragamos el veneno

viernes, 21 de octubre de 2011

Despensero real



Me llamo Lope de López y soy despensero real. Es una tradición que viene de muy antiguo en mi familia: mi padre fue despensero, y el padre de mi padre, y su abuelo, y el bisabuelo… Pero los tiempos han cambiado: y con ellos el oficio: ya no abastezco de víveres, ni selecciono los embuchados, los quesos, los mejores tasajos, para la alacena real. Ahora, solamente me encargo de proveer al Rey de su bocado más exquisito. No es un bocado cualquiera, y debo cazarlo yo en persona cada noche y enviárselo, antes de las seis de la mañana, para que esté listo y cocinado en la mesa de su desayuno. Para desayunar: una enorme, jugosa, alquitranada, rata de alcantarilla.
La capital del Reyno está hueca por debajo: el subsuelo agujereado por el cáncer de un gran gusano tecnológico que ha entretejido una enorme red de galerías por las que circulan tuberías de agua, conducciones de cable, redes telefónicas, fibras de Internet… todo ello para evitar el tener que levantar el adoquinado cada vez que se produce una avería: un gran avance, sin duda. Un gran avance que ha hilvanado un entramado subterráneo, un nido de ratas y un mundo mefítico y solitario donde se congelan las telas de araña y agonizan los ruidos urbanos.
Para acceder a esa red de subsuelo necesito una autorización de un Centro de Control: ya soy amigo, con el paso de los años, del guardia del turno de noche que contesta a mi llamada cuando aviso de que voy a entrar en las galerías: qué tal, Pedro, y los niños, dónde te fuiste de vacaciones, cómo va todo, trabajando, hay sueño… etcétera.
No penetro en la red a la caza de mis ratas siempre por el mismo lugar. Aunque el Rey prefiere las capturadas entre el Arco del Triunfo y el Hospital General (se supone que al haberse alimentado de despojos clínicos, pedazos de carne amputada y purulenta, gasas y vendas ensangrentadas es como si las ratas se maceraran en ello y regalan un mayor y mejor sabor en el plato). Pero a las que cazo cerca del Gasómetro tampoco les hace ascos. Quizá las que menos le agradan sean las que atrapo en las cercanías del campo de fútbol, del aeropuerto, del embarcadero y de las estaciones de ferrocarril: esos lugares procuro evitarlos, pero, a veces, no me queda mas remedio que establecer allí mi caladero. Debo rotar, alternar mis zonas de capturas, porque esos bichos son muy listos y si repitiera mucho una zona acabaría por no cazar a ninguna. Su Alteza lo sabe.
Así que entro cada noche, a eso de las dos de la madrugada. Un chasquido de la electro cerradura de la puerta de la galería me avisa de que ya tengo autorización para acceder a mi coto de caza privado, paso libre al laberinto. Empuño una vara eléctrica con un lazo retráctil de finísima cuerda de nylon. Cuando enlazo del cuello a la rata le propino una fuerte descarga y, aturdida, la introduzco en la nasa que suelo dejar unos metros detrás de mí. Allí dentro las voy depositando, separadas por rejillas, porque la primera vez, que no usé nada más que un saco, se devoraron entre ellas víctimas de la ira, rabia y desesperación, lanzándose bocados furibundos y dentelladas hasta reducir el contenido del saco a una sangrienta masa de pelo y vísceras. Ese día me gané una buena reprimenda del Rey a quién dejé sin desayuno (y su mal humor nos hizo tener un incidente diplomático a media mañana, en la Recepción de Embajadores, y ese incidente nos llevó a una guerra y esa guerra trajo miles de muertes y la desaparición de toda unan generación de jóvenes de nuestro Reyno y con ello la extinción de una gran cantidad de mano de obra y la pérdida de empleados y la desaparición de oficios y llegó una enorme crisis económica y pobreza; toda esa catástrofe urdida en el rincón del subsuelo porque yo no supe mantener vivas a las ratas en un saco… moraleja: nunca dejes sin desayuno al Rey).
Así que esta noche estoy aquí otra vez. Me muevo por el subsuelo: desde el Palacio de los Deportes llego al Palacio de Invierno: allí engancho a un ejemplar enorme, de cola aceitosa y pelo hirsuto, agresivo y enloquecido por haber cometido su error y verse apresado. Más allá: junto a la curva del río, cerca del gran reloj astronómico: una rata albina. Será el bocado especial de hoy, de Su Alteza. Aún así, por si acaso, por lo que pueda ocurrir, continúo con mi batida: llego a la Plaza Central y junto a la avenida Pasteur, esquina con el Ensanche, termino de rellenar mi nasa con otros tres ejemplares. Son casi las cinco. He acabado. Abandono la galería a la altura de la vía Libertad y salgo a la superficie, al gélido aire de la noche que corretea por el bulevar Haydn. Tengo el tiempo justo para llegarme hasta el Palacio con mi redada a cuestas, entregarla a los cocineros reales que escaldaran las piezas, primero, para poder arrancar así su agrio pelaje y, después, proceder a desventrarlas, sacarles las entrañas y realizar la asadura, con abundante guarnición de patatas al vapor y zanahorias.
A las siete, cuando Su Majestad entre en el cuartillo del desayuno, decorado con fina filigrana de marfil, tendrá servido en humeantes platos un guiso de rata, otro de asado de rata y un tercero de gulash de rata. Hoy se decantará por el asado de la rata albina y lo aderezará con un chorrito de vinagre balsámico de cerezas y lo pasará con un par de chatos del buen y recio vino de nuestra tierra. Luego, puede que reciba a un político importante, a un embajador o quizás salga a saludar desde el balcón a la muchedumbre que todos los días se amontona y lo espera ansiosa en la Plaza Real, satisfecho y sonriente, con el calorcillo en las tripas de la rata cocinada: de mi rata, esa es mi ayuda al buen transcurso de las cosas en este Reyno.
Pues bien: este es mi trabajo.

martes, 4 de enero de 2011

Nochevieja de las Galerías


Es Nochevieja en las Galerías, pero ellas lo ignoran. Es Nochevieja en el Subsuelo, en Madrid, pero las tuberías, las conducciones de cable, no lo saben. Es Nochevieja, sí, en los colectores, en las alcantarillas, bajo tierra, pero las ratas no tienen ni idea de ello. Es Nochevieja en Madrid y yo estoy aquí solo, entre monitores, ordenadores, la moqueta de la oficina, las paredes asépticas y la madrugada que va sangrando. Es Nochevieja en las Galerías, en Madrid, en mi vida, pero tu pareces no saberlo, o no quieres saberlo, o simplemente te da igual saberlo.
Es Nochevieja, sí, y yo estoy tan solo, pero a ti parece que no te importa saberlo.
Porque lo sabes. Vaya que si lo sabes.

Tres Ratas en Ronda de Atocha


Ayer noche, tres ratas jugueteaban en Ronda de Atocha. Sobre sus lomos de aceite a mujeriegas mi futuro: no me gustó lo que vi.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Al estilo de Thomas Bernhard


Me contaron una vez que un hombre de Linz, que trabajaba en una empresa de Salzburgo vigilando el subsuelo de Salzburgo, las alcantarillas, los colectores, los sumideros, las desembocaduras, los sifones, ese hombre de Linz, que trabajaba en Salzburgo, decidió un día, bueno en realidad ese hombre de Linz que trabajaba en Salzburgo lo decidió una noche porque trabajaba en el turno de noche vigilando el subsuelo de Salzburgo, decidió, decía, que esa mañana, cuando todos se incorporaran al trabajo en el vetusto palacete de Salzburgo en donde estaba instalado el Centro de Vigilancia de Subsuelo, decidió que esa mañana los mataría a todos. Para eso, aquella noche de helada en Salzburgo, el hombre se llevó una escopeta de caza de cañones recortados con la que solía matar pájaros en el Obersalzberg. Así que esa mañana, cuando llegaron sus compañeros a darle el relevo, los mató uno a uno, incluso a su jefe, hasta alcanzar la docena. Después, confesó a la policía de Salzburgo que lo hizo porque había estudiado la carrera de Literatura en la localidad belga de Lovaina y, desde entonces, deseaba hacer algo al estilo de Thomas Bernhard en su libro El Imitador de Voces. Y aquello es lo que había hecho el hombre de Linz que trabajaba en Salzburgo vigilando el subsuelo de Salzburgo y había estudiado Literatura en Lovaina: algo al estilo de Thomas Bernhard.

lunes, 26 de abril de 2010

Mientras duermes


Mientras duermes, idiota, yo vigilo la ciudad y velo por tus sueños. Observo en silencio, desde mi puesto, las galerías subterráneas por donde corretean las ratas, contemplo las enormes distancias de cables y fibras perdidas en la gelidez de la noche. Las tuberías son un macabro recuerdo de días de luz, su redondez una imagen esmerilada de tu vientre, su óvalo el óvalo de tu boca.
Mientras duermes, imbécil, yo podría llegar hasta tu casa atravesando la ciudad por el subsuelo y alcanzar tu portal, y tu piso, y tu puerta, e introducirme en la habitación de tus tres hijos, de tus "tres amores", como creo que los llamas, y destrozarlos, destrozar lo que más quieres así, con un chasquido inhumano de mis dedos, sería tan fácil como eso... podría triturar sus cuerpecillos y cocinarlos y servírtelos al amanecer para desayunar en un rico guiso; todo eso mientras duermes.
Mientras duermes, estúpida, yo te vigilo, te vigilo a ti. Te vigilo con mis cámaras, pero también con los ojos que me saltan de las órbitas. Te observo y controlo cada movimiento tuyo. Conozco cómo respiras, cómo sube y baja tu pecho en la cama, cómo te alertas cuando uno de tus "tres amores" tiene una pesadilla: soñó que un hombre malo entraba en su cuarto para hacerlo picadillo con un cuchillo de carnicero y servírtelo de desayuno por la mañana. Se ha meado encima de la impresión.
Mientras duermes, puta, yo se que tan sólo aguardo un instante, el instante decisivo, el instante en que te voy a destruir acabando de golpe con lo que más quieres. Como un viento de ira y justicia me deslizaré por las galerías, como un gas noble ascenderé a la ventana de tu casa, como una descarga eléctrica inundaré de sangre la habitación de tus hijos y me sentaré a escucharte gritar.
Todo eso mientras duermes porque, mientras duermes, he sembrado la muerte sobre ti y los tuyos y tu apenas te has enterado de nada, desgraciada.