lunes, 27 de febrero de 2012

El lector de Dickens (parte 7 de 10)


En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, tarde del 2 de junio de 1924.

-Mi vida…, sí, mi vida: ha consistido, siempre, en intentos de escribir…, vanos intentos, fallidos…, pero si no lo hubiera intentado, sin escribir, yacería en el suelo, digno de ser barrido –quién así hablaba, superada la terrible crisis de la mañana, era Franz Kafka, recuperado gracias a una inyección en la laringe suministrada por Klopstock.

Se consumía el último hálito, la suprema mejoría previa a la caída en el abismo, los instantes de euforia que se regala el cuerpo para ceder a la enfermedad, satisfecho de sí mismo.

-Mis fuerzas, desde siempre, fueron miserablemente pequeñas. Por ello las ahorré y me he perdido un poco de todo para mantener la potencia suficiente para realizar mi principal objetivo- Franz se explayaba así delante de sus dos amigos y de la propia Dora.

Leo Nemec escuchaba ese tipo de declaraciones, las confrontaba con su propia vida, y se notaba desfallecer.

-Recuerdo –prosiguió Kafka enfebrecido por la medicación- que una vez incluso elaboré una lista de todo lo que sacrifiqué por la escritura, todo lo que no tenía, de lo que no disfrutaba y que sólo podía soportar su ausencia con esa explicación, arrebatado en aras de escribir. Si Balzac enarbolaba un asta con la divisa yo supero todo obstáculo, muy bien puedo yo componer mi leyenda: todo obstáculo me ha superado. Con el tiempo he llegado a una conclusión desoladora: existe un orden general que dispone que, en la vida, a nadie le resulte fácil conseguir las cosas, por sencillas que parezcan.

Nemec no pudo soportarlo, menos aún inmerso en el ambiente hostil que le dedicaba Klopstock, que no le hablaba desde la mañana. Se dispuso a salir de la habitación, acongojado.

Kafka elevó la voz y sentenció:

-Lo difícil para un hombre no es morir, lo realmente complicado para un hombre es soportar la vida que he tenido yo y enfrentarse a la muerte con ese bagaje. Todo es tan difícil, tan injusto… Y sin embargo tiene que ser así.

Nemec cerró la puerta de la habitación compungido y podría asegurar que escuchó murmurar a Klopstock:

-Huye, huye de nuevo.

El lector de Dickens (parte 6 de 10)


En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, mañana del 2 de junio de 1924.

¿L.N?, escribió Kafka en la pizarra. Le preguntaba a Klopstock por Leo Nemec, con quién salió a desayunar y sin el cual acababa de regresar.

-Supongo que vendrá en breve –aclaró, no sin cierto tono de malicia-, porque seguro que se atreve –remachó para sí.

Dora Diamant, a la cabecera de la cama de Franz, trataba de mantener lúcido al enfermo en la estéril creencia de que así le ganaría minutos, quién sabe si no días, al final.

-Intentamos recordar… –informó la mujer a Klopstock que, inmediatamente, sintió deseos de rogarle un por favor no lo tortures más, aún a sabiendas de que eso heriría brutalmente a Dora porque, en su amor por Franz, no se daba cuenta del sufrimiento al que lo sometía, un sacrificio que él aceptaba de buen grado, con voluntad extrema-: Jugábamos a rememorar las chicas que pasaron por su vida –era esa forma de pronunciar, chicas, el recreo de dos adolescentes descerebrados que ignoran el verdadero final que aguarda tras el timbrazo: el regreso a las clases, a las tareas sin terminar, a las reprimendas; en el caso de Kafka, el retorno a la dura realidad de la extinción.

F y M, escribió Franz, las iniciales de las dos únicas mujeres que recordaba.

-¡Se refiere a Felice y Milena! –exclamó alborozada Dora-: ¡Dinos detalles de ellas, cariño! ¡Dinos algo de Felice, de Milena! –le ordenó como le pediría a un crío que enumerara una lista de cosas con el color del cielo.

El enfermo se amparó en un súbito esfuerzo:

-¿Felice? –susurró-, ¿Felice? –la memoria se le negaba, todo el cuerpo se concentraba en la única y suprema voluntad: morir.

-Sí, Felice Bauer, ¿no te acuerdas de ella? –en la voz de Dora se podía identificar con nitidez el pánico: si ese hombre dejaba de recordar estaría entregado. Los ojos de Kafka se abrieron, iluminados por un súbito fogonazo del pasado:

-Felice…, si, Felice…, no fue la mujer más hermosa que conocí…, con esos dientes tan feos, mal cuidados…, era tan golosa…, y esa piel que, a veces, me daba la impresión de estar tan cansada… -añadió para, a continuación, esbozar una sonrisa que era más bien un rictus de dolor. Dora, al escuchar la declaración, estalló en alegres carcajadas y contempló absolutamente satisfecha a Klopstock, que fruncía una especie de sonrisa aterrada, de incomprensión ante la escena que presenciaba.

-¿Y Milena? –insistió Dora con cierto candor repleto de imprudencia.

-A sí…, Milena…, me acuerdo bien de la dulcísima Milena… -era terrible, pero su cerebro ya no era capaz de encontrar mayor rastro de esas dos mujeres. Una era feúcha, la otra dulcísima, ambas fueron grandes amores que parecían no dejar en la corteza de Kafka ni tan siquiera una muesca.

En ese momento, la puerta se abrió y permitió el paso a Leo Nemec, con los ojos todavía enrojecidos por el llanto y la humillación balanceándosele en la cara. Klopstock lo miró con despreció para, a continuación, abandonar la estancia. Necesitaba un descanso.

viernes, 24 de febrero de 2012

El lector de Dickens (parte 5 de 10)


En Kierling: Taberna El Murciélago, mañana del 2 de junio de 1924.

El schwarzer, un café solo muy aromático y cargado, agradaba y despejaba a Leo Nemec, también los bollitos que el eficiente e impecable camarero acercó a la mesita de mármol entorno a la que compartía el desayuno con Robert Klopstock. Ambos colegas, camaradas hermanados en el dolor de Franz Kafka, intentaban reponerse de toda una noche en vela y ganar unos preciados ánimos, tan necesarios de cara a la batalla final que se avecinaba.

El colofón al desayuno fue la elección del licor por parte de Klopstock, todo un acierto. Pidió un par de copas de kirtsch de cerezas que aún acompañaron con pastelillos de crema y una última taza de brauner, una especie de café cortado. Terminaron los dulces, apuraron el café humeante, que les resultó especialmente reconfortante tras la vigilia que se les adhirió a los pliegues de su cuerpo con cada hora ganada a la noche, y Klopstock se aproximó a Nemec en ademán de realizar una confidencia aunque, para desgracia de su interlocutor, le espetó una grave acusación a media voz:

-Sé lo ocurrido con Pollak –Leo evitó mirar a los ojos de Robert para no verse delatado. La vista, en su huida, se fijó en la ventana que mostraba un inmaculado prado peinado por la brisa. Un escalofrío de malestar recorrió su cuerpo y palideció.

-Lo… sabe… -acertó a musitar.

-Sí, lo sé –sentenció Klopstock, para agregar con mayor severidad-: Yo también he leído Historia de Dos Ciudades, conozco muy bien su final.

-Conoce el final –repitió Nemec mecánicamente.

-El cambio de identidades entre Carlos Darnay y Sydney Carton. Uno muere en lugar del otro: usted y Oskar Pollak.

Era la sentencia. Robert Klopstock acababa de pronunciar acusación y veredicto juntos, sin dudar un instante. En efecto, en esa novela el gran parecido de uno de sus protagonistas llevaba al otro personaje a intercambiarse, nada menos, que ante el cadalso. En el caso de Leo con Pollak no necesitaron recurrir al parecido porque en la guerra, ante la muerte, todos eran iguales o igual daban unos que otros.

¿Qué podría decirle a ese hombre? ¿Que se aproximó a su amigo con el pánico en el rostro, que era incapaz de saltar la trinchera? ¿Que Pollak, en una tarea inherente al mando, en el caso de que Nemec no se lanzara talud arriba tras el toque de silbato, se vería obligado a volarle la cabeza allí mismo, por cobarde, a su propio amigo? ¿Que se miraron uno al otro como nunca un hombre ni unos ojos miraron a Nemec?

Uno carecía del valor para atacar, el otro era incapaz de asesinar al amigo…, también era incapaz de enviarlo con un silbido a la muerte. Por eso, con aquella mirada, Pollak le preguntó a Nemec: ¿Tú serás capaz de silbar aún a sabiendas de que yo voy a morir en tu lugar? ¿Serás capaz de volarme la cabeza por cobarde si no ataco? En el fondo de los ojos de Nemec encontró Pollak la respuesta: sí era capaz de cualquier cosa a cambio de salvar su vida.

Se intercambiaron el silbato. Lo demás era una historia ya dicha y sabida. Él existía, Pollak no. Era el peso de una existencia vivida en lugar de otra por vivir, de una vida malempleada, de un sacrificio dickensiano totalmente baldío porque, al final, la vida no acaba igual que en las novelas.

Minutos más tarde, Klopstock dejó el cafetín para reencontrarse cara a cara con la agonía de Franz Kafka. Atrás quedaba Leo Nemec, incapaz de explicarse mejor, de justificarse ante las acusaciones.

Sollozaba, buscaba reunir unos despojos de valor rescatados de los posos de su taza.

jueves, 23 de febrero de 2012

El lector de Dickens (parte 4 de 10)


En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, 1 de junio de 1924, aún más tarde.

Transcurridas un par de horas de reposo, Franz se acababa de despertar; llamó a Leo Nemec con la insistencia de sus susurros. Klopstock, que en esos instantes velaba al lado de la cama, de nuevo lo trajo a su presencia. Al colocarse frente a él, Nemec se sintió frente a un tribunal que fuera a interrogarlo acerca de sus peores crímenes y, en cierto modo, no se equivocaba.

El pecho de Franz subió y bajó con un esfuerzo supremo, pero rechazó de mala gana la pizarra en la que escribía si ya no era capaz de articular palabra. Atrajo a los dos amigos para sí, bien cerca las cabezas de sus labios, y formuló:

-Dime, Leo, tú que estabas allí…, dime que no sufrió. Tú debiste verlo, nunca quisiste contármelo y siempre evitaste decirme nada al respecto –los pulmones de Kafka se derrumbaron vencidos y emitieron un pequeño estertor que alarmó a Klopstock. Franz abrió los ojos para demostrar que era una falsa alarma, aún continuaba con ellos, cada vez con menor intensidad.

-¿A qué se refiere? –le preguntó Klopstock a Nemec.

-Bueno… -Leo fingió una pequeña duda, pero conocía muy bien lo que Kafka deseaba escuchar. Creyó que quizás podría ganar unos instantes y salvarse de confesar su infamia-: Quiere averiguar la realidad de la muerte de su amigo Oskar Pollak, en la Guerra… -al escuchar ese nombre los ojos de Kafka se abrieron sedientos de verdades.

-Sí, alguna vez me habló de Pollak –admitió Klopstock-. ¿Conoce lo que le ocurrió? –interrogó a Nemec sorprendido.

-En cierto modo así es –resolvió, ¿pero podría confesar la verdad tan dura y difícil? ¿Comprendería Kafka que el verdadero amigo no se encontraba allí, que el verdadero amigo murió en el lugar de Nemec, en un cambalache cobarde y traicionero? Era muy difícil sincerarse ante una persona sumida en un estado tan delicado: Pollak, quién sí sabría proporcionar el consuelo oportuno a Franz, llevaba años fallecido y Nemec, la persona a quién regaló su vida, nada de provecho sabía realizar con ella. Ni siquiera era capaz de otorgarle a Kafka un pellizco de paz al admitir la verdad y reconocer su vergüenza-. Fue parecido a un libro de Dickens… -confesó Leo Nemec tras tomar una pizquita de valor. El rostro del moribundo se iluminó al escuchar el nombre de uno de sus autores favoritos.

-¿La muerte de Pollak se relaciona con una novela de Dickens? –Klopstock no entendía la declaración. Azorado, sin posibilidad de ganar mayor tiempo a sus mentiras, Nemec decidió atacar la verdad de una vez por todas:

-La novela es Historia de Dos Ciudades. ¿Entiende lo que quiero decir? –la pregunta iba dirigida a Klopstock, porque Kafka era incapaz de asimilar el subterfugio.

-Creo que un poco… -Franz los miraba sin atisbar la forma en que la muerte de su amigo se encontraba cifrada en el interior de la trama de un libro del cual apenas recordaba nada.

-Pollak hizo honor a la historia…, quiero decir que al igual que sucede en esa novela yo… -Leo proseguía con su dificultoso inculpamiento.

La fortuna se alió con Nemec. En ese instante, el instante de arrojar la mascara y cambiarla por el velo de la infamia, apareció en la habitación Dora Diamant, la amante de Kafka que regresaba de realizar unos encargos, de comprar las flores que nunca faltaban alrededor de la cama del enfermo.

Dora no era capaz de controlarse. Veía el estado de postración de Franz y comenzaba a derramar lágrimas intentando disimularlas lo máximo posible. Llorando en silencio, se situó al lado de Kafka, tomó sus manos y él volvió la cabeza con un lento esfuerzo para dirigirse a ella con un exhausto hilo de voz:

-Manos tan delicadas que hacen un trabajo tan sangriento… -un escalofrío recorrió la columna vertebral de la mujer al escuchar la frase, tan dura, tan cruel en esos instantes. Esa misma frase, esa misma, era la primera que escuchó de boca de Kafka al conocerlo. Ella se dedicaba a limpiar pescado en un campamento de vacaciones en Müritz, localidad en la que Franz se encontraba descansando. Un día fue invitado a cenar y al cruzar por delante de las cocinas se topó con Dora Diamant, aplicada a su tarea. Arrebatado por un flechazo demoledor no tuvo otra ocurrencia para halagar a la mujer que pronunciar esa frase, la misma que ahora sonaba tan maldita: maldita porque ya no se refería a destripar a los pescados sino al empeño de la mujer por cuidar de Kafka, que él interpretaba como un trabajo mucho más sangriento que limpiar peces. Por eso le dolieron a Dora tanto esas palabras, pero desarmada ante el extraño piropo, fue incapaz de retirar sus manos de entre las de Kafka, huesudas y estiradas, blanquecinas; su anatomía decidía rendirse empezando por las zonas más extremas para acabar, sostenido un cerco inagotable, en el centro, en el centro de su corazón, no sin antes aplastar laringe y pulmones…, porque en el asedio a su cuerpo, la enfermedad no tomaría prisioneros y arrasaría con todo a su paso.

Dora buscó un remanso en los ojos de Franz Kafka y allí pareció encontrarse con la playa, con los rescoldos de la pasión por el idioma hebreo que ambos alimentaron, con las deliciosas lecturas compartidas que avivaron su amor: siete semanas después de conocerse se marcharon, juntos, para vivir en Berlín. Poco tiempo después, desahuciados por la enfermedad, se mudaron al sanatorio.

Kafka se durmió en Dora y olvidó por completo la muerte de Pollak.

Nemec, sibilino en su mentira, se creyó a salvo; una vez más escapaba indemne con su impostura.

El lector de Dickens (parte 3 de 10)

En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, 1 de junio de 1924, después.

La charla entre los tres amigos transcurría repleta de ironías, recuerdos, sucesos que eran saboreados como una cerveza añeja, con el regusto de un licor con posos de madera. De pronto, Franz quebró el embrujo de la memoria con una frase espeluznante, producto de ese cerebro ahora desbocado por las drogas que ya no obedecía más que a impulsos, a chispazos:

-He sido una paloma bíblica. Enviada, no encontré jamás el verdor y ahora vuelo de regreso a la oscuridad del Arca.

Nemec y Klopstock se miraron asombrados. Franz, inundado de una nueva vitalidad, siguió:

-Leí una frase en el Törless de Musil que me vuelve a la cabeza una y otra vez: la serena sabiduría de una enfermedad prolongada. Se trata de eso exactamente, de la manera en que interpreto las cosas, ese filtro con el que la enfermedad ha dotado a mi percepción, con el que contemplo a modo de Kaiserpanorama mi propia vida, bueno a modo de Kaiserama, tal y como una tarde, en la Plaza Vieja de Praga, me confesó su creador que acababa de rebautizarlo según las extrañas normas de la Publicidad americana. ¿Recuerdan ustedes esos montajes en tres dimensiones que tanto sorprendían a la gente? La salida de un Zeppelin del hangar, un mitin campestre, una carrera de bicicletas…, esos trucajes fotográficos ante cuyas máquinas de visionado se agolpaba la muchedumbre ansiosa de admirarse con el crucero central de la catedral de San Miguel de Viena, o con el bullicioso ambiente de una tarde en el hipódromo; pues bien, como si fueran esas figuritas en relieve, así, gracias a la nueva interpretación que obtengo a causa de mi enfermedad, me es comprensible la realidad. Diríase que todo lo veo virado, tamizado a través mi propio, seamos publicitarios, Kafkarama.

-Supongo que nosotros parecemos pasmarotes, monigotes sobredimensionados en ese Kafkarama –bromeó Leo Nemec.

-No estoy seguro –Kafka proseguía la conversación en un tono solemne, acorde con lo que a continuación pensaba declarar-: El peor favorecido en una composición de ese tipo sería yo. Tengo por bien seguro que una imagen que resume mi existencia es la de un poste inútil, cubierto de nieve y escarcha, levemente clavado en el suelo de la inmensidad de un campo profundamente roturado, al borde de una gran llanura, en una oscura noche de invierno. ¡Imagínenselo en tres dimensiones!

-¡Nosotros tampoco saldríamos muy bien parados! –añadió Klopstock con un nudo en la garganta, as de guía que solía enroscársele al escuchar esa típicas declaraciones del amigo.

Kafka meneó la cabeza. No se entendían. Se esforzó para montar un discurso coherente, explicarse mejor:

-Tú, Leo, has pasado una gran parte de tu vida tras la búsqueda de un imposible. Pero no desesperes, porque ese anhelo de obtener lo imposible es inherente a todas las naturalezas humanas…, bueno, no a todas, eso es lo que quiero decir: ese anhelo no es inherente a mi propia naturaleza; yo he pasado la vida constatando que lo posible me era imposible. Ese fue mi castigo y también mi sufrimiento. Me resulta asombrosa la forma en que me destruí sistemáticamente, con empeño. Con el correr de los años percutí una y otra vez contra mi persona. Lo que más me duele es que en toda mi vida sólo permití que atrajeran mi atención cosas absurdas. Por ejemplo, mis estudios de derecho, el trabajo en la oficina y otras actividades completamente insensatas; la jardinería, la carpintería, tonterías similares. ¡Si me hubiera dedicado con toda mi alma a escribir! ¡Empleada cada hora en ello! Pero no fui capaz de eso –movió la cabeza decepcionado y resignado-, sin duda a causa de mi debilidad general y, en particular, por la debilidad de mi voluntad.

El silencio pegajoso se escurría como una mortaja, lo cubría todo.

-Pero tu has escrito, Franz, has escrito mucho –intentó consolarlo Klopstock. El aludido suspiró profundamente. Con absoluta y total derrota en sus ojos sentenció:

-No quiero que perduren mis obras. Max ya está avisado de ello.

-¿Pero por qué cometer ese… crimen? –a Leo Nemec no le resultaba una palabra muy adecuada, pero en esos dramáticos instantes no encontraba otra.

-Los autores vivos tiene una relación viva con sus libros –aclaró Kafka con prestancia y seguridad-. Con su existencia luchan a favor o en contra de ellos. La verdadera vida independiente de los libros sólo comienza con la desaparición de los autores, transcurrido un tiempo después de su muerte, porque esos hombres son tan apasionados que aún prosiguen con la lucha después de fallecidos, batallan por sus obras más allá de su existencia. Yo nunca fui un autor vivo. He sido más bien un autor prematuramente muerto, o así me he sentido. Con mi exangüe existencia lo que hice por mis escritos, si algo pude realizar para influir en ellos, fue perjudicarlos, enfrentarme, diametralmente colocado en contra. ¿Puedo pretender que lo escasamente publicado por mí inicie esa vida independiente si soy consciente de que, incluso ya ido, me seguiré oponiendo a mi obra con las mismas fuerzas que los escritores apasionados a los que antes me refería extienden sus alas y su espíritu de ultratumba para preservar la suya? Yo no he luchado por mis trabajos en vida porque esa lucha significaba ser capaz de terminar, al menos, una novela. Por ello, si he sido incapaz de batallar en vida, ¿sería capaz de luchar más allá de mi muerte? No y no. Por ese motivo hay que eliminarlos, quemarlos, que desaparezcan. Quiero reposar tranquilo, no deseo abandonarme con esa responsabilidad sobre mi nombre y, además, no he escrito ni un renglón que me parezca válido: esa es la médula de la desgracia.

-La médula de la desgracia… -musitó Nemec, visiblemente afectado.

-Bueno –Klopstock quiso restarle trascendencia al asunto-, aún tendrás muchos años por delante para defenderte por ti mismo de tus escritos –sabía que mentía, en esa habitación todos sabían que mentía; el propio Kafka era conocedor de la inmensa falacia que su amigo acababa de pronunciar y se quedó mirándolo medio incorporado en el lecho, acusándolo en silencio, porque no era necesario, evidentemente, arrojarle a la cara un violento ¡mentiroso!, ¡mientes! No, eso no era necesario. Con leer en los ojos de Kafka era más que suficiente. Esos ojos, su profundidad, en esos instantes: la mejor y más desgarrada de sus novelas.

-Una vez escribí que a partir de cierto punto no hay retorno, ese es el punto que hay que alcanzar. Me refería a que es necesario llegar al momento en el cual lo que se decide acometer es ya irreversible; tomar decisiones, avanzar sin que importe ni dañe todo lo que venga, sin titubeos. Yo jamás he alcanzado un punto de no retorno, salvo quizás ahora. Ahora me encuentro en un punto de verdadero no retorno, no existe marcha atrás posible, he alcanzado el punto final –Kafka prosiguió con su discurso que sonaba a epitafio, a la peor oración de difuntos que podría rezar, el kaddish más cruel jamás pronunciado, destinado no para alcanzar el perdón sino para condenarlo-. Llegado al punto –se mostró seguro de sí mismo-, al momento supremo y final, tan sólo necesito encontrar respuesta a una pregunta, únicamente a una pregunta: ¿La causa de mi caída radica en un egoísmo demente, en esa mera ansiedad por mi propio yo? –en esos instantes la voz de Franz experimentó un súbito apagón y, convertida en un susurro, apenas sí pudo completar su decurso-: A menudo me dio la sensación de enviar a mi propio Vengador contra mí…, he vivido sobre una base tan frágil…, un escritor que no escribe…, amarrado a una oscuridad de donde emergía un opaco poder…, ignoré mis balbuceos y dudas para destruir mi vida –entonces, tomó un súbito y último aliento para declamar con voz rota-: He sido un escritor que no escribía…, toda una invitación a la locura. Trataba de emborronar cuadernos y cuadernos por las noches, devorado por el insomnio, me sentía capaz de escribir medianamente cuando el miedo me impedía dormir… ¿Miedo a qué? Tal vez el miedo primigenio, el miedo de ser hombre, el miedo a existir, el miedo a la muerte, esa que tan cercana parece. Ahora ese pavor se desata en mi interior de nuevo… Soy un escritor desamparado, un escritor que alimenta un terror demencial a morir porque aún no ha vivido. Tan sólo una cosa he comprendido en el camino recorrido hasta acá –sentenció, exhausto, con un hilillo de voz, la verdad más absoluta que podría descubrir en su vida, una verdad que acababa de revelársele-: Un escritor es el chivo expiatorio de la humanidad.

Esas palabras le pesaron a Nemec -una lápida-. Esa frase dolió en su conciencia –el dolor de un desamor-.

Se sintió avergonzado.

jueves, 16 de febrero de 2012

El lector de Dickens (Parte 2 de 10)


En la habitación de Franz Kafka: sanatorio Hoffmann, 1 de junio de 1924, más tarde.

-¿Recuerda usted cuando nos conocimos, doctor? –Klopstock meneó la cabeza afirmativamente. Rememoró ese instante y en su rostro se pintó una sonrisa que tiró de los goznes anclados por el dolor, un dolor generado por la agonía del amigo.

-Por supuesto que recuerdo ese día, fue en Matliare… –Kafka le impidió continuar. Era uno de esos días en los que, a veces, experimentaba momentos de mejoría, pequeñitas treguas que le permitían expresarse con un tono de voz cercano a la normalidad:

-En efecto, fue en Tatranske Matliare, en el sanatorio para tuberculosos de la señora Jolan Forberger, un lugar magnífico, ubicado entre las montañas de Eslovaquia. Ese día yo daba un paseo matutino y apareció usted por un recodo del camino. Mi primer impulso fue dar media vuelta y huir, pero me llamó poderosamente la atención que su caminata se desarrollaba de forma mecánica, enfrascada en la lectura; apenas despegaba usted la vista del libro en el que se encontraba embebido, incluso con grave riesgo de su integridad. Antes de alcanzar mi altura estuvo a punto de pegar un par de traspiés

-¡Así que fue el libro lo que le atrajo de mí! –en el tono de Klopstock se podía interpretar un diminuto rastro de broma mezclado con una pizca de desengaño.

-¡Desde luego que fue el libro! Me llamó, ferozmente, la concentración que dedicaba a la lectura y me devoraba la curiosidad por saber quién sería el afortunado autor que contaba con tan desmesurada atención por parte de uno de sus lectores. ¡Cuál fue mi sorpresa al atisbar el título del libro!

-Temor y Temblor, lo recuerdo bien –subrayó Klopstock.

-Sí, de mí admirado Kierkegaard. De inmediato, sentí la necesidad de entablar conversación con alguien capaz de pasearse así, hipnotizado por el magistral libro de un autor sensacional; más aún, al extraer yo de los bolsillos de mi chaqueta un volumen con el mismo título. La coincidencia estaba servida: también elegí a Kierkegaard para endulzar mi paseo.

-Yo aún estudiaba medicina, apenas contaba con veintiún años y cambié mi Hungría natal por unas prácticas en el sanatorio eslovaco de los montes Tatras –explicó Klopstock.

-Y llegó una nueva coincidencia: su gran amor por Dostoievski, al menos tan enorme como el mío.

-Y mi admiración por Max Brod, que resultó ser su mejor amigo.

-En efecto, fueron demasiadas concomitancias para que cada uno ignorase al otro y prosiguiéramos con nuestro anónimo camino.

-Así iniciamos la amistad –rememoró Klopstock

-¡Y conversaciones literarias! –sentenció Kafka.

-Hablando de amistades, ha venido una persona que desea verlo –así le anunció Robert Klopstock la presencia de Leo Nemec que, en ese instante, abría con discreción la puerta de la habitación, presa de la timidez que asalta al penetrar en un lugar en donde la enfermedad, el padecimiento y la muerte son invitadas a la tertulia.

Avanzó, para presentarse ante el escritor como si lo condujeran en angarillas, camino de alcanzar un altar sagrado.

El lector de Dickens (Parte 1 de 10)


En Kierling, cercanías de Viena: sanatorio Hoffmann, 1 de junio de 1924.

-Está muy mal…, nuestro amigo está muy mal… -era el rostro del doctor Robert Klopstock, más que las graves palabras pronunciadas, lo que inmediatamente hizo comprender a Leo Nemec que Franz Kafka se encontraba en la fase final de su enfermedad.

-¿Tan mal se encuentra? –con esa pregunta, Nemec no quería admitir la realidad que le aguardaba en ese sanatorio, destino final de su viaje desde Praga, tras decidir que compartiría y trataría de ayudar a Kafka en los peores instantes.

-Apenas pesa cuarenta y nueve kilos, casi no puede hablar, extrae fuerzas de flaqueza y susurra. Es la laringe, tuberculosis de laringe. Le impide comer y beber con libertad. Serán tres, a lo sumo cuatro días -los ojos de Klopstock se arrasaron de lágrimas al dar semejante noticia, pero con un resuelto esfuerzo por permanecer en calma se dirigió de nuevo a Leo Nemec-: Bueno, aséese un poco porque vendrá cansado del viaje; luego lo llevaré ante Franz. Seguro que usted querrá verlo cuanto antes y él se alegrará de poder compartir un rato con un amigo de los viejos tiempos de Praga.Los viejos tiempos de Praga. Esa afirmación le sonó a Leo como si el tiempo pasado fuera un tiempo remotísimo, o tal vez el título de una obra que abundara en la época de los alquimistas, del rey loco Rodolfo II, de los husitas, de Tycho Brahe y de Jan Huus, pero que, sin embargo, se refería a unos pocos años atrás de su vida.

-¿No obtiene alivio de los tratamientos? –Nemec buscaba agarrarse a una última esperanza.

-Apenas. Antes, le inyectaba alcohol en el nervio laríngeo superior para intentar desinflamar la laringe, pero ahora ya es inútil: la epiglotis se encuentra también afectada, la hinchazón no remite y he optado por calmar el sufrimiento, dentro de lo poco que puedo, con rociadas de mentol. ¡Eso es lo peor de ser médico, la impotencia a la que a veces nos enfrentamos con nuestros pacientes! –Klopstock, desolado, confesaba su desespero mientras sus manos se crispaban levemente. Él, al igual que Leo Nemec, lo dejó todo y corrió al lado del amigo para velar sus últimos días-: El Pyramidon en dosis de tres veces al día controla su fiebre; el Demopon, el Anastesin y la codeína ya no se muestran efectivos contra la tos que le mina poco a poco, por lo que me he decido a pasarme a la atropina –tras un suspiro derrotado sentenció-: Me temo que muy pronto deberemos aceptar la administración de morfina o Pantopon…, en fin, usted ya sabe lo que se oculta tras eso.

-Será un intento de que sus últimas horas sean más soportables, dentro de lo posible.

-Eso, y no otra cosa, aporta la morfina. Empezará a pedirla por su propia voluntad y sabremos que ha tirado la toalla, que ha comprendido a la muerte.

Muerte, palabra que flotó entre ambos, se expandió por la salita, salió por la ventana y pareció retrepar a los pisos superiores del sanatorio, esos en los que convalecían los enfermos, esos en los que yacía Kafka.


Ilustración: El lector, de Pelayo ortega.